6) Una atención expresa dedica
esta Constitución a la participación de los fieles en el sacrificio
eucarístico. Participar es implicarse, orar, cantar, responder, escuchar,
ofrecerse y la máxima participación será la comunión sacramental (si se está en
estado de gracia).
Todo
el pueblo cristiano, al celebrarse el sacrificio eucarístico, debe estar
implicado en él y no meramente asistir en silencio todo el tiempo, o superponiendo
sus propias devociones, o desentendiéndose de la celebración eucarística como
si sólo correspondiera al sacerdote y a los ministros.
Con
palabras claras, Sacrosanctum Concilium especifica bellamente cuál es la
participación litúrgica auténtica de la Santa
Misa, cuál su sentido, cuál su fin:
“La Iglesia,
con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de
fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través
de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la
acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la
mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos
al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino
juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión
con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC 48).
La
participación eucarística de todos los fieles cristianos se cifra, con grna
sentido pastoral y espiritual, en una serie de elementos por los que se
vinculan más estrechamente al sacrificio de Cristo en el altar:
·
comprenderlo bien en sus ritos y oraciones
·
implicándose (o sea, participando) “consciente,
piadosa y activamente”
·
ser instruidos por la Palabra
·
ser fortalecidos interiormente por el Sacramento
·
dar gracias a Dios (“¡es justo y necesario!”)
·
ofrecerse a sí mismo al Padre, juntamente con la
hostia inmaculada
·
perfeccionarse constantemente, es decir, crecer
en la vida de santidad con Cristo.









