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sábado, 17 de diciembre de 2022

La base teológica de la participación (y II) (SC - XX)



6) Una atención expresa dedica esta Constitución a la participación de los fieles en el sacrificio eucarístico. Participar es implicarse, orar, cantar, responder, escuchar, ofrecerse y la máxima participación será la comunión sacramental (si se está en estado de gracia).

            Todo el pueblo cristiano, al celebrarse el sacrificio eucarístico, debe estar implicado en él y no meramente asistir en silencio todo el tiempo, o superponiendo sus propias devociones, o desentendiéndose de la celebración eucarística como si sólo correspondiera al sacerdote y a los ministros.


            Con palabras claras, Sacrosanctum Concilium especifica bellamente cuál es la participación litúrgica auténtica de la Santa Misa, cuál su sentido, cuál su fin:

“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC 48).

            La participación eucarística de todos los fieles cristianos se cifra, con grna sentido pastoral y espiritual, en una serie de elementos por los que se vinculan más estrechamente al sacrificio de Cristo en el altar:

·         comprenderlo bien en sus ritos y oraciones
·         implicándose (o sea, participando) “consciente, piadosa y activamente”
·         ser instruidos por la Palabra
·         ser fortalecidos interiormente por el Sacramento
·         dar gracias a Dios (“¡es justo y necesario!”)
·         ofrecerse a sí mismo al Padre, juntamente con la hostia inmaculada
·         perfeccionarse constantemente, es decir, crecer en la vida de santidad con Cristo.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

La base teológica de la participación (I) (SC - XIX)



El fin de la liturgia es la glorificación de Dios y la santificación de los hombres (cf. SC 7. 10). Es una acción santa de Cristo mediante la Iglesia. Por eso, la liturgia es de todo el pueblo santo de Dios, implica a todos los fieles cristianos y todos toman parte de ella glorificando a Dios y siendo santificados, cada cual según su ministerio y función: “En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC 28), evitando la confusión, o arrogarse funciones que a uno no le correspondan, o generando un cierto democraticismo en la liturgia, tan propio de la secularización.



            La liturgia no es una acción clerical que atañe sólo a los ministros ordenados mientras los fieles asisten esperando a que todo se acabe pacientemente (y realizando mientras sus devociones particulares y rezos), ni es una acción indiscriminada de todos, donde todos puedan intervenir haciendo algo o modificando la liturgia según sus propios criterios. La liturgia, según el Concilio Vaticano II, es una acción jerárquica y comunitaria:

            “Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos.
            Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual” (SC 26).

viernes, 5 de julio de 2019

Ministerios y servicios al servicio de la liturgia



            Para el correcto desarrollo de la liturgia hacen falta ministros. Primero, claro, el sacerdote... pero también otros ministros.

            En primer lugar los acólitos, que atienden el servicio del altar.



            Luego, los lectores. ¿Cómo han de leer? ¡Sólo los que sepan leer en publico, hacer viva la lectura...! “Covniene expresar en ellas capacidad, una sencillez y al mismo tiempo una dignidad tales, que hagan resplandecer, desde el mismo modo de leer o cantar, el carácter peculiar del texto sagrado”[1]. Participar no va a ser que suba cualquiera a leer... Mejor también aquí, la calidad que la cantidad... 

Los lectores proclaman las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Lo hacen en el ambón, sin leer lo que está en rojo (como “Primera lectura”, “Segunda lectura”, etc...).

            Está el salmista. Es decir, quien entona el Salmo responsorial, porque es un canto y, como tal, al menos el estribillo, la antífona, debería cantarse. (Por supuesto, sin decir “Salmo responsorial” ni frases como “Repitan...”, “a la primera lectura contestamos con el salmo tal...”).

sábado, 18 de mayo de 2019

Lo grande de la liturgia se concreta: ¿qué es participar?



            Lo primero, y de entrada, es que participar no es la intervención directa de muchas personas en la liturgia subiendo y bajando del presbiterio. Eso es ejercer un ministerio, un servicio en la asamblea. Pero participar... ¡¡es otra cosa!!



           El Concilio Vaticano II define la participación litúrgica como “plena, consciente, activa, interior, fructuosa”.

            a) Veamos primero lo interior:

      Participar es la actitud que tiene María al acoger en su seno al Verbo; es recibir, contemplar, orar, transformar la propia vida desde la propia liturgia en la celebración.

                        1. Recibir. En la liturgia se nos da Cristo mismo y nos comunica el Espíritu: se nos da en la asamblea y, sobre todo, en la Palabra proclamada, en las especies eucarísticas. Por eso recibir es escuchar atentamente, acoger en el corazón; cada palabra proclamada puede ser palabra de Dios "para ti". Cada signo litúrgico hay que recibirlo, interiorizarlo. Es actitud interior: no se celebra por ritualismo, ni por devocionalismo, ni por obligación.

                        2. Contemplar. ¿Pero qué? El Amor de Dios que se sigue ofreciendo a la Iglesia en la Santa Misa. "¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!"

                        3. Orar. Participar es orar, rezar interiormente las grandes oraciones que el presidente recita en nombre de la asamblea (prolongadas luego en nuestra meditación). Participar no será estar pasivamente, sino orar en los momentos de silencio, agradecer a Dios, meditar la Palabra, agradecer el don de la comunión.

                        4. Transformar la propia vida. La liturgia va transformando lentamente la propia existencia: la gracia de Dios actúa invisiblemente, y celebrar la liturgia implicará siempre vivir la Palabra que se ha escuchado. Coherencia con lo celebrado.

domingo, 9 de julio de 2017

Confusiones y límites - fundamentos de la participación (y V)


            La clericalización de los laicos se ha puesto de relieve, palpable, en mayor o menor grado, en la liturgia.

            Así se han multiplicado innecesariamente ministerios que acaparaban la liturgia, y se relegaba el papel del sacerdocio ministerial casi exclusivamente a la recitación de las palabras de la consagración; se han llegado a desarrollar continuas intervenciones en la liturgia, con una visión antropocéntrica, para que fueran seglares los que subieran y bajaran del presbiterio, hablaran, leyeran, incluso predicaran a su modo. Se les ha situado en el presbiterio para desacralizar cuanto más posible la celebración litúrgica y convertirla en “circular”, “asamblearia”, y se ha llegado a banalizar la distribución de la sagrada comunión, cuando sin una verdadera necesidad (ministros extraordinarios o ministros ad casum), se ha favorecido que sean seglares los que la distribuyan, y en algunos casos además,  mientras el sacerdote está sentado. Son abusos reales que se han producido y es una mentalidad difundida:

            “En la práctica, en los años posteriores al Concilio, para cumplir este deseo se extendió arbitrariamente "la confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares:  recitación indiscriminada y común de la plegaria eucarística, homilías pronunciadas por seglares, seglares que distribuyen la comunión mientras los sacerdotes se eximen" (Instrucción Inestimabile donum, 3 de abril de 1980, IntroducciónL'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de junio de 1980, p. 17).

            Esos graves abusos prácticos han tenido con frecuencia su origen en errores doctrinales, sobre todo por lo que respecta a la naturaleza de la liturgia, del sacerdocio común de los cristianos, de la vocación y de la misión de los laicos, en lo referente al ministerio ordenado de los sacerdotes” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

            Lo que en algunas circunstancias y territorios de misión pudo ser un servicio en ausencia y espera de sacerdote, se ha convertido, por una mala teología y praxis pastoral, en algo permanente, confundiendo la distinta misión del sacerdocio bautismal de aquella que es propia del sacerdocio ministerial.

miércoles, 28 de junio de 2017

El peligro de la clericalización de los laicos - fundamentos de la participación (IV)


            La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.



            Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

            “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

            Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

            “En el momento del bautismo fuimos marcados por un "carácter", por un "sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).

lunes, 12 de junio de 2017

Dignidad del sacerdocio común - fundamento de la participación (III)


            Una enseñanza completa y clara es la que nos ofrece san Pedro Crisólogo, mostrando la naturaleza, la dignidad y la función del sacerdocio bautismal; es la voz de la Tradición más genuina desplegando las riquezas de este sacerdocio común y orientando, con palabras de fe, para vivirlo y desarrollarlo:


            “Pero escuchemos ya lo que nos dice el Apóstol: Os exhorto –dice– a presentar vuestros cuerpos. Al rogar así el Apóstol eleva a todos los hombres a la dignidad del sacerdocio: a presentar vuestros cuerpos como hostia viva. 

            ¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima. 

            Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. Os exhorto, por la misericordia de Dios –dice–, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva. 

            Este sacrificio, hermanos, es como una imagen del de Cristo que, permaneciendo vivo, inmoló su cuerpo por la vida del mundo: él hizo efectivamente de su cuerpo una hostia viva, porque a pesar de haber sido muerto, continúa viviendo. En un sacrificio como éste, la muerte tuvo su parte, pero la víctima permaneció viva; la muerte resultó castigada, la víctima, en cambio, no perdió la vida. Así también, para los mártires, la muerte fue un nacimiento: su fin, un principio, al ajusticiarlos encontraron la vida y, cuando, en la tierra, los hombres pensaban que habían muerto, empezaron a brillar resplandecientes en el cielo. 

jueves, 25 de mayo de 2017

Ofrecer, orar y santificarse - fundamento de la participación (II)


            El sacerdocio común de los fieles es llamado también sacerdocio bautismal porque es en los sacramentos de la Iniciación cristiana donde se recibe, originando una participación nueva, óntica, de todo nuestro ser, en la Persona y misión del Salvador. En las aguas bautismales nace un pueblo nuevo, ya consagrado al Señor, pueblo sacerdotal.


            El sacerdocio bautismal nace de nuestra regeneración en Cristo y de la unción con el Espíritu Santo:

            “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?” (S. León Magno, Serm. 4,1).

            En ese sentido, destaca la interpretación patrística de la Unción post-bautismal con el santo Crisma:

            “Al salir de la piscina bautismal, fuiste al sacerdote. Considera lo que vino a continuación. Es lo que dice e salmista: Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón. Es el ungüento del que dice el Cantar de los cantares: Tu nombre es como un bálsamo fragante, y de ti se enamorar las doncellas. ¡Cuántas son hoy las almas renovadas que llenas de amor a ti, Señor Jesús, te dicen: Arrástranos tras de ti; correremos tras el olor de tus vestidos, atraídas por el olor de tu resurrección!

            Esfuérzate en penetrar el significado de este rito, porque el sabio lleva los ojos en la cara. Este ungüento va bajando por la barba, esto es, por tu juventud renovada, y por la barba de Aarón, porque te convierte en raza elegida, sacerdotal, preciosa. Todos, en efecto, somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio” (S. Ambrosio, De Mist., 29-30).

jueves, 11 de mayo de 2017

Sacerdocio bautismal, fundamento de la participación (I)


            Una buena teología orienta y determina que pueda darse una buena pastoral, así como una vida espiritual sólida, con solera; pero la ausencia de una buena teología, se presta a las veleidades de unos y otros, a las buenas intenciones y entusiasmos de unos y otros y, por tanto, a la creatividad salvaje, la improvisación y los cambios.


            Para alcanzar el meollo de la cuestión, la participación de los fieles en la liturgia (interior, consciente, activa, externa, plena, fructuosa, devota… adjetivos de la Constitución Sacrosanctum Concilium), se requiere una buena teología que vaya a lo central, en este caso, una teología que ahonde en el sacerdocio bautismal de todo el pueblo santo de Dios. Es este sacerdocio común, conferido por Cristo con su Espíritu Santo, el que determina el modo y la calidad de la participación en la liturgia. Todos deben participar en la santa liturgia en razón de que han sido constituidos sacerdotes para nuestro Dios.

            Este sacerdocio es llamado “sacerdocio bautismal” y “sacerdocio común”, diferente del “sacerdocio ministerial” en esencia y no solamente en grado: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). Los sacerdotes reciben el ministerio, que es distinto en su esencia, para el servicio de los fieles, para la santificación del pueblo cristiano y como ayuda para que todos vivan santamente su sacerdocio bautismal: “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios” (Ibíd.).

            Por el bautismo y la confirmación, Dios hace de sus hijos un pueblo santo, sacerdotal, para que vivan a Él consagrados en el mundo; así se entiende que podamos pedir en oración: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real, haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza”[1].

lunes, 17 de abril de 2017

El culto para la vida (participar) - y IV

El culto para la vida nace de la liturgia como de su fuente. Es en la liturgia donde la Iglesia encuentra su razón de ser y como un movimiento de sístole-diástole, bombea vida, impulsando a todos los miembros del Cuerpo a un servicio santo en el mundo.





La participación interior en la liturgia dispone y orienta para una vida santa; no es un refugio afectivo, cálido, del que guarecerse, sino la casa común donde aprovisionarse para un largo camino que viene después. 


De ahí se sigue que se participa bien, interiormente en la liturgia, el corazón del fiel va poco a poco cambiando, recibiendo una configuración distinta, orientándonos para el ejercicio de nuestra santificación en la vida, en las obras santas. Poco servirá ese concepto secularista de "participar" entendiéndolo como "intervenir" en la liturgia, reduciendo y estrechándolo todo a una liturgia movida, activista, como si eso constituyese el todo.

En la liturgia, recibimos una "educación para la vida", pero no por el verbalismo de muchas palabras moralizantes, sino por la fuerza misma de la liturgia cuando se entrega el corazón a la acción de Dios. La liturgia nos conduce, transformándonos, a una vida santa:

a) modelada según la liturgia
b) unión profunda con Cristo
c) somos presencia de Cristo
d) "pneumatóforos" con una vida teologal
e) hacer la voluntad del Padre.

Un último rasgo será cómo la liturgia nos configura -al participar internamente, conscientemente en ella- para estar en el mundo sin ser del mundo, es decir, nos sitúa de un modo nuevo ante el mundo.



martes, 28 de marzo de 2017

El culto para la vida (participar) - III

No perdamos el hilo de estas catequesis o artículos: se trata de ver cómo participar de verdad en la liturgia es una participación interior, no mera intervención, y, por tanto, conduce a la vida, a la transformación de la vida en una ofrenda santa a Dios.


Si se participa bien en la liturgia, esto es, consciente, activa, fructuosamente, interiormente, los fieles todos vivirán santamente el culto a Dios de su vida diaria, que se convierte en sacrificio santo al Señor.  La vida queda afectada -es decir, marcada, sellada- cuando la participación en la liturgia posee hondura interior.

Así, hemos visto que la vida:

a) queda modelada por la liturgia
b) unión profunda con Cristo
c) Somos presencia de Cristo
d) "Pneumatóforos" con una vida teologal.

Continuamos viendo los efectos y la transformación que produce en la vida, y en este caso:


            e) Hacer la voluntad del Padre

            La vida cristiana tiene como alimento, igual que Jesucristo, hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Es su voluntad nuestro alimento ya que como hijos, movidos por la piedad filial, es vivir la voluntad del Padre. “Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, rezamos en unas preces de Laudes[1].

martes, 28 de febrero de 2017

El culto para la vida (participar) - II

El culto es para la vida y así participar, con aquella participación interior y consciente que reclamaba la reforma litúrgica (con la Constitución Sacrosanctum Concilium) orientaba para la vida cristiana, de modo que fuese una vida santa.

Vimos que ese culto para la vida hacía algo nuevo de nuestras existencias:

a) Modelada por la liturgia

b) Unión profunda con Cristo.

Seguimos viendo entonces cómo el culto cristiano es para la vida por la impronta con que deja cuando se participa internamente en él.





             c) Somos presencia de Cristo

            La participación en la liturgia nos cristifica, nos une de tal modo con Cristo, que nos vamos transformando en Él, y así nuestra presencia es una memoria de Cristo para todos, un testimonio real que apunta al Señor y lo señala ante los hombres. Ante ellos, difundimos el buen olor de Cristo: “concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus sacramentos, sean en el mundo buen olor de Cristo”[1]. El bonus odor Christi es el perfume de una vida santa, bella; “somos el buen olor de Cristo” (2Co 2,15).

            Hasta tal punto es transformante la participación interior en la liturgia, que llegamos a parecernos al mismo Señor, teniendo la mente de Cristo, los sentimientos de Cristo: “te pedimos, Dios nuestro, la gracia de parecernos a Cristo en la tierra”[2], “transformados en la tierra a su imagen”[3], “los celestes alimentos que hemos recibido, Señor, nos transformen en imagen de tu Hijo”[4].

            Somos situados en el mundo a imagen de Cristo, el Hombre nuevo, y recreados en Él en santidad y justicia. Nos despojamos de nuestro hombre viejo para revestirnos de Cristo: “la participación en los sacramentos de tu Hijo nos libre de nuestros antiguos pecados y nos transforme en hombres nuevos”[5]. La liturgia nos transforma en lo más profundo de nuestro ser: “siempre caminemos como hombres nuevos en una vida nueva”[6].


miércoles, 8 de febrero de 2017

El culto para la vida (participar) - I


            Cuando participamos en la liturgia, todos, los fieles, recibimos la impronta del Espíritu Santo que, haciéndonos tomar la forma de Cristo, nos sitúa en el mundo para vivir una liturgia santa, encarnada en lo concreto de nuestra vida. ¿Cómo? Las oraciones, especialmente la oración de postcomunión, apuntan en esa dirección y entonces se ve el fruto real de la participación de los fieles en la liturgia, así como muchas preces en Laudes. O dicho de otra forma, la participación interior de los fieles nos conduce a un modo de vivir santo en el mundo.



            a) Modelada según la liturgia

            Aquello que hemos visto y oído, lo que nuestras manos han tocado, la Palabra de la Vida en la misma liturgia, dan forma a nuestra vida. Lo celebrado no es un paréntesis ritual, sino una transformación: “te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento”[1], prolongando eucarísticamente en lo cotidiano lo vivido en los sacramentos: “concede a cuantos celebramos los misterios de la pasión del Señor manifestar fielmente en nuestras vidas lo que celebramos en la eucaristía”[2].

            Esta acción de la liturgia no es espontánea, ni para un momento, sino que su acción se despliega de un modo permanente por gracia, hasta ir alcanzando todas las fibras de nuestro ser y nuestro obrar: “concédenos, Dios todopoderoso, que la fuerza del sacramento pascual, que hemos recibido, persevere siempre en nosotros”[3], y otra oración muy semejante suplicará: “el fruto de este santo sacrificio persevere en nosotros y se manifieste siempre en nuestras obras”[4]. La gracia de la vida litúrgica posee una nota de continuidad: “su fruto se haga realidad permanente en nuestra vida”[5].

            La vida litúrgica es fuente de santidad: “te rogamos, Señor, que esta eucaristía nos ayude a vivir más santamente”[6], “la participación en los santos misterios aumente, Señor, nuestra santidad”[7].

viernes, 27 de enero de 2017

El culto espiritual (participar en la liturgia)


            Lo nuestro es un culto a Dios en espíritu y verdad que se desarrolla no sólo en el templo, sino allí donde vivimos, luchamos y trabajamos. Es el culto litúrgico de nuestra vida diaria. “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Co 10, 31); también dirá el Apóstol: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor... Servid a Cristo Señor” (Col 3, 23s.) y así cualquier cosa que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Col 3,17).


            La participación interior en la liturgia nos cualifica después para vivir en el Señor, para hacerlo todo en el nombre del Señor. Nada hay ajeno a Cristo, que es la medida de todas las cosas; por tanto, si se participa en la liturgia, se va adquiriendo la forma de Cristo para vivir luego de un modo distinto y santo, como Cristo, en la liturgia de la vida. 

          Esos son los sacrificios espirituales que ofrecemos a Dios en el altar del corazón: “Tam­bién vosotros, como piedras vivas, entráis en la construc­ción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1P 2,5).

            El bautizado vive su existencia santamente, como un sacrificio litúrgico (cf. Flp 2,12), una liturgia viva, ofreciendo sacrificios espirituales y glorificando a Dios:

miércoles, 4 de enero de 2017

La liturgia de nuestra vida cotidiana (participación en la liturgia)


            Cuando se participa en la liturgia de modo consciente, activo, interior, pleno, la vida se va transformando en una liturgia de lo cotidiano, en un culto vivo y real de las cosas cotidianas, lo ordinario de la vida. 





                  Aquello que vivimos en el mundo, en la sociedad, el ámbito familiar y de amistad, el oficio o profesión, el apostolado, la vida social, etc., son la materia y el lugar donde cada uno de los fieles darán culto a Dios, sirviendo a Cristo Señor y santificándose en él.


            La liturgia de la Iglesia tiene una incidencia real en los creyentes, santificándolos, y de ese modo recibe una prolongación en la liturgia existencial de cada bautizado en el mundo. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Sentido de catolicidad al participar (III)

La catolicidad es una impronta en el alma y un modo espiritual de vivir y entender la liturgia.

Esta catolicidad, como vimos, corresponde a la naturaleza eclesial de la liturgia, ya que es el Cristo total, Cabeza y Cuerpo, quien es el sujeto de la liturgia.





Esta misma catolicidad conduce y educa a una oración de los fieles que es universal, abarcando, como la cruz de Cristo, de uno a otro confín, solícita de las necesidades no solamente particulares (de los asistentes) sino de toda la Iglesia, de todos los hombres y del mundo entero.


Un último paso en esta catolicidad, o un modo más de vivir con alma católica la liturgia, es la ofrenda por todos. Oramos e intercedemos, pero también ofrecemos. Así es como se modula la participación interior, cordial por tanto, de los fieles.


            Pero junto a la oración que es universal, católica, está la propia ofrenda. Se participa en el sacrificio eucarístico con corazón católico cuando se ofrece pensando en todos, en la salvación de todos, en la vida de todos. La catolicidad de la cruz del Señor orienta la ofrenda que presentamos al altar y que ofrendamos junto con nosotros mismos. Ofrecemos con sentido católico: “te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo”[1]. El deseo católico es que el efecto de la Eucaristía alcance a todos los hombres: “mira complacido, Señor, los dones que te presentamos; concédenos que sirvan para nuestra conversión y alcancen la salvación al mundo entero”[2].
   

lunes, 31 de octubre de 2016

Sentido de catolicidad al participar (II)

De la naturaleza eclesial de la liturgia se sigue la forma católica -universal, integradora- de orar y de interceder.

La catolicidad huye del espíritu de "capillismo", de mirar sólo al propio campanario, a lo pequeño y cerrado del propio ambiente: mira más allá de sí mismo y de lo mío (carisma, espiritualidad, parroquia, comunidad) extendiendo el corazón a todas las dimensiones de la Iglesia con una verdadera solicitud.


La oración eclesial siempre es católica, es decir, incluye a todos, mira por todos, abarca e incluye a todas las realidades eclesiales, a todos los miembros de la Iglesia así como a todos los hombres.


            De aquí, de este concepto católico se derivan muchas consecuencias[1]; en la participación interior en la liturgia, más concretamente, lleva a orar realmente por todos, ensanchando los espacios de la caridad, hacia cualquiera que necesite oración, y no simplemente las propias y personales necesidades.

            En la celebración eucarística hay un momento en que el pueblo cristiano ejerce su sacerdocio bautismal intercediendo por todos los hombres y la salvación del mundo: es la oración de los fieles:

jueves, 29 de septiembre de 2016

Sentido de catolicidad al participar (I)

No es tan evidente como a primera vista parece. La catolicidad es una impronta y un sentir cum Ecclesia, donde la Iglesia nace y crece en las almas, marcándolas, ensanchándolas.

Ese sentido de catolicidad a veces puede oscurecerse si tomamos la liturgia únicamente como un fenómeno humano, grupal, de un grupo concreto de asistentes que se erigen en norma para sí mismos y la liturgia se llega a convertir en una celebración de ellos mismos, de sus compromisos y estados afectivos.

El sentido de Iglesia en las almas, la catolicidad, orienta nuestro modo de vivir y participar en la liturgia interior y activamente. Así se vive la eclesialidad de la liturgia

            La participación interior en la liturgia se realiza cuando hay un espíritu católico. Con profundo sentido eclesial, reconoce en la acción litúrgica no una acción privada, reservada sólo a los asistentes y con efectos espirituales sólo en los asistentes, de manera que se identifique la liturgia como algo grupal, restringido a la propia comunidad. 

“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso” (SC 26).

            El sentido católico dilata el corazón, lo ensancha, y esta nota de catolicidad es definitiva para vivir la liturgia con una mayor hondura. La reducción secularista centra la liturgia en los participantes, en el grupo, convirtiéndolo todo en fiesta y compromiso; pero la liturgia, ni es privada ni se reduce a un grupo: es católica. Todos los fieles deben experimentar en sus almas que la liturgia es una “epifanía de la Iglesia”, que “el Misterio de la Iglesia es principalmente anunciado, gustado y vivido en la Liturgia”[1].

            Las súplicas de la Iglesia en su liturgia son siempre universales, incluyen a todos, miran las necesidades de todos los hombres. Lo más alejado de ese espíritu católico es mirar sólo a los propios asistentes, la comunidad allí reunida, sólo lo propio. La catolicidad es siempre integradora: de todos y de todo en la única y santa Iglesia.


miércoles, 31 de agosto de 2016

El corazón que participa en la liturgia (III)

La participación interior en la liturgia es un ejercicio constante de la vida teologal en nosotros. Infundidas gratuitamente en el bautismo, las virtudes teologales nos capacitan para la vida sobrenatural y ejercen en nosotros una dirección clara: sólo Dios.


En la liturgia, la participación sólo puede tener como motores internos la fe, la esperanza y la caridad. Así participar es vivir un profundo espíritu de fe en la liturgia y amar intensamente a Dios acogiendo su amor que se derrama en nosotros.

El espíritu mundano -espíritu que viene del padre de la mentira- fácilmente se puede introducir y desvirtuar esta participación en la liturgia trocándola por sus contrarios: arrogancia, protagonismo, soberbia, orgullo... como también rutina, cumplimiento, distracción...

Si lo teologal es desarrollado, la participación interior de los fieles se ve acrecentada y se vivirá la liturgia como una realidad profundamente espiritual y santa.


            Para participar realmente en la liturgia, el corazón del cristiano debe vivir según las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Ni asistimos a un ceremonial de obligado cumplimiento, una función religiosa para deleite de los sentidos, ni a un recuerdo subjetivo (psicológico) de algo del pasado que nos mueve al compromiso ético. Somos participantes de la actualidad del Misterio de Cristo, siempre presente en la liturgia. Sólo la fe intensa y viva conduce a participar; la fe rebosante de amor a Dios, de caridad sobrenatural.


jueves, 18 de agosto de 2016

El corazón que participa en la liturgia (II)

Se está en presencia de Dios, con la devoción, atención y respeto de los ángeles y de los arcángeles, porque la liturgia es un servicio santo, el homenaje de nuestro devoto servicio a Dios.

Ésta es una perspectiva de la participación interna, interior, de los fieles en la liturgia.





Una serie de virtudes espirituales o disposiciones interiores deben darse para que el corazón viva la liturgia y trate santamente las cosas santas, esté santamente ante las cosas santas.



            Para que la ofrenda eucarística, incluyendo la ofrenda que cada uno hace de sí mismo, pueda ser agradable a Dios Padre todopoderoso, es necesario que el corazón esté revestido de unas virtudes concretas. Es decir, la participación en la liturgia, cuando se da realmente en el servicio divino, atiende al corazón. El estilo desenfadado, informal, que trivializa para parecer aparentemente más cercano; la falsa familiaridad, el tono catequético para todo (convirtiendo la liturgia en logos y cayendo en verbalismo) o el tono rutinario, monótono y cansino; todo esto choca frontalmente con lo que antes veíamos, el carácter sagrado y el servicio divino, que eso es la liturgia.

            La primera virtud, o el primer modo, es la “dignidad”; es la cualidad de lo digno, la excelencia, el realce, la gravedad y el decoro. La dignidad corresponde a aquello que realmente es importante, y, en nuestro caso, santo: la liturgia de Dios y para Dios. La dignidad se reserva para cuando se está delante de alguien superior o en algo realmente importante, y eso mismo es lo que ocurre en la liturgia: estamos ante alguien superior, Dios, el Señor, y ante lo realmente importante: glorificarle. Es una concepción teológica y teologal de la liturgia, no utilitarista, secularizada, humanista, antropocéntrica.