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viernes, 26 de febrero de 2016

Concepción integral del hombre (o verdadero humanismo)

¿Qué es el hombre?

¡Cuántas veces los salmos plantean esa pregunta con admiración!

¿Qué es el hombre?

Hijo de Dios, amado y redimido por Cristo, está llamado por gracia a la más alta vocación. Sí, le es posible, porque la gracia activa todos los recursos, y son muchos, de su humanidad creada. La penitencia, la mortificación, son herramientas para que el hombre, en cierto modo, saque relucir lo mejor de sí mismo y deje obrar a la gracia que eleve lo humano en él.


Éstos son rasgos de un verdadero humanismo, el humanismo cristiano, que halla su fuente y origen en Cristo, el Hombre verdadero y nuevo.

                "El hombre se está buscando a sí mismo. Quiere tener conciencia de sí mismo; quiere dar a su existencia una expresión propia, que siempre llama nueva, otras veces la llama libre, plena, poderosa, original, personal, auténtica... Alguno ha hablado de superhombre y del hombre de vida heroica; otros lo han definido prevalentemente desde el punto de vista biológico y zoológico (cf. Desmond Morris). La antropología es discutida en todos sus niveles. Es en la actualidad el tema principal de la discusión científica, filosófica, social, política y también religiosa (cf. GS 14). ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el tipo de hombre que podemos llamar ideal? Se repite la antigua pregunta socrática: “Yo te pregunto: ¿Qué es el santo?” (Platón, Erfirtrón).

                Insinuamos tan sólo la pregunta no para tratarla y resolverla en una humilde conversación como ésta, sino solamente para llamar nuestra atención sobre este tema central de la problemática contemporánea, y para poner hoy en evidencia una dificultad que proviene de nuestra profesión cristiana; no hablamos ahora del problema ya conocido del teocentrismo, es decir, de la posición central que Dios ocupa en la concepción de la vida cristiana, frente a la autoidolatría moderna, con el antropocentrismo; no hablamos, pues, de la concepción humanista y profana que coloca al hombre en el centro de todo. Nos referimos más bien a la actitud penitencial, que es condición previa para la participación en el “Reino de los cielos” (Mt 3,2), y que se llama “metanoia, conversión”, es decir, un cambio profundo y operante de pensamientos, de sentimientos, de conducta que obliga a una cierta renuncia de sí mismo, y que va unida tanto al aprendizaje como a la observancia de la norma cristiana; esta actitud aconseja renuncias, a veces muy grandes, como los votos religiosos; infunde en el fiel con un gran disgusto, aunque saludable, el sentido del pecado; exige la vigilancia sobre peligros y tentaciones que acechan continuamente a nuestra vida; señala al camino del hombre la vía estrecha, única que conduce a la salvación (cf. Mt 7,13-14); pide una imitación de Cristo, nada fácil, y nos empuja hasta el amor de su cruz y a alguna participación en su sacrificio. La vida cristiana estima en mucho la abnegación, la mortificación, la penitencia. (Confróntese, por ejemplo, la severidad exigida al hombre contra aquello que en el hombre mismo puede ser fuente de pecado, Mt 5,29-30; 18,8).

martes, 4 de marzo de 2014

Sigue vigente la penitencia

La penitencia es una virtud por la cual reparamos nuestros pecados (y los de los demás) ante Dios, ofrecemos un sacrificio de alabanza al Señor y crecemos en el dominio de nuestra carnalidad.

¿Pasada de moda? ¡No! Urgente y actual: la penitencia sigue siendo necesaria aun cuando el clima hedonista rechaza cualquier penitencia y cuando, incluso, hemos convertido la penitencia en mero sentimiento interior, privado de actos concretos que expresen y refuercen la virtud interior.


La penitencia doma al hombre viejo que tantas veces resurge con fuerza en nosotros, y hace crecer al hombre nuevo. Este es el tiempo de la gran penitencia eclesial: los hijos de la Iglesia practican la penitencia en un ejercicio constante y avanzan en la vida cristiana para llegar a la Pascua. Es la gimnasia del alma, la ascesis interior, manifestada en miles de elementos que convergen: ayuno, oración, limosna, caridad, postración, pequeños sacrificios, rezo prolongado, recogimiento, ausencia de diversiones exteriores...

Todo este conjunto, no lo dudemos, no lo olvidemos, está vigente, es actual, necesario, purificador. Aun cuando apenas se oiga hablar ni predicar ni catequizar, la penitencia es, también, un signo de vida cristiana que se purifica y crece para el Misterio pascual.


                "Por la gracia del Señor, nos encontramos aquí este año al comienzo del largo período penitencial que la Iglesia antepone a la celebración del Misterio pascual. Todos somos conscientes de los motivos espirituales y ascéticos que nos traen aquí para iniciar el camino de la santa cuaresma.

                Un camino de penitencia. Llegados a esta conclusión y, creemos, a su correspondiente propósito, surgen en la mente de todos una duda muy fácil, una pregunta casi espontánea: ¿Qué queda hoy de la penitencia en la disciplina y en el espíritu de la Iglesia?


sábado, 17 de marzo de 2012

La limosna del ayuno

El tiempo cuaresmal, para ser vivido santamente, fructuosamente, incluye el rigor del ayuno y de la abstinencia de carne. La ley eclesiástica determina que ayuno (una sola comida al día) es obligatorio el Miércoles de ceniza y el Viernes Santo, y que la abstinencia de carne se da, además de esos dos días de ayuno, todos los viernes cuaresmales sin posibilidad de conmutarlo por ningún ejercicio piadoso ni oración. Aquí, en Sentire cum Ecclesia, tenéis una buena presentación.





Pero una mirada atenta y amorosa verá que realmente es poco lo que nos prescribe, con carácter obligatorio, nuestra Madre Iglesia.


El tiempo cuaresmal es tiempo de voluntario -aquí es donde vamos a insistir- ayuno, de privaciones generosas, y por encima de todo, los viernes de Cuaresma, tan penitenciales. En esos días muy bien podríamos ayunar, es decir, hacer una sola comida al día; tampoco los viernes son días para ir de bares a tomar algo o convocar una comida de amigos. Además, toda la Cuaresma debería ir señalada con privaciones cotidianas de alimentos y bebidas que nos puedan gustar.

Estos días de privaciones, que realmente nos deberían costar, sirven para mucho:

sábado, 10 de marzo de 2012

El combate de la Cruz en nuestra debilidad

"San Pablo marcha delante de nosotros como el atleta y como el obrero de la viña del Señor (cf. 2Co 11,19; 12,9). Toda su vida fue lucha y esfuerzo, persecución y cuidados. ¡Cómo fue acosado este hombre! No encontró descanso en ninguna parte. Tan pronto como le dejaba un momento un enemigo, salía otro nuevo. Y lo peor de todo era que sus propios hermanos eran muchas veces sus peores y más enconados enemigos. Hay que añadir su mala salud, las persecuciones por parte de las autoridades y del Estado, la preocupación por sus hijos espirituales. Sin embargo, este hombre no se gloría de sus trabajos. Podía haberlo hecho, pues hizo del cristianismo una religión universal, él, el "maestro de los gentiles" (1Tm 2,7). Pero no dice más que "sólo me gloriaré en mis flaquezas" (2Co 12,5). Porque si él es débil, Cristo es fuerte en él. Y Cristo es su gloria, su vida y su amor. Quiere ser todo sólo para Cristo, que ha muerto por él. Es muy grande la revelación del poder de Dios en su fiel Pablo. No obstante, para que no se ensoberbeciera, Dios le envió un ángel de Satanás, que le martirizaba a puñetazos. Repetidas veces rogó al Señor que le librara de aquel azote. Pero el Señor le contesta: "Te basta mi gracia, que mi fuerza se realiza en la flaqueza" (2Co 12,9). Así, pues, San Pablo se gloriará de su debilidad, para que habite en él la fuerza de Cristo (cf. 2Co 12,9), la fuerza del Ágape. ¡Qué pequeño es el hombre que se apoya en sí mismo y qué grande, en cambio, el que se olvida de sí mismo!

Nosotros también tenemos que recorrer el camino de nuestra vida igual que San Pablo: tenemos que aceptar pacientemente la debilidad con que Dios ha cargado nuestras espaldas y confiar únicamente en Dios; aun los pecados que Dios ha tolerado, debemos llevarlos humildemente en penitencia, para que Cristo pueda mostrarse en nosotros como Redentor y Salvador. Si fallamos con tanta frecuencia y si nuestras fuerzas son tan exiguas y mezquinas, alegrémonos, porque de esa manera el hombre, en nosotros, se hace pequeño, y Dios, en cambio, grande. Muchas veces Dios nos hace llevar ciertas cargas a lo largo de toda la vida, para que seamos humildes y clamemos: "En ti, Señor, me cobijo, ¡nunca quede defraudado!" (Sal 30,2; Sal 70,1). Esto no quiere decir que no debamos combatir nuestras debilidades. El que no lucha, está ya perdido. No, la victoria está solamente en la lucha, primeramente una victoria oculta, y más tarde -cuando lo quiera Dios- una victoria manifiesta. Muchas veces Dios no nos concede saborear durante mucho tiempo la victoria, para que no le perdamos a Él, al Señor. ¿Para qué nos serviría una victoria externa, si quedáramos con ella separados de la verdadera fuente de energía? Pensaríamos al fin que habíamos alcanzado la meta por nuestros propios medios, siendo así que solamente la misericordia de Dios puede salvarnos. "El que se gloríe, gloríese en el Señor" (1Co 1,31). Solamente la paciencia consigue la corona".

(Odo Casel, Misterio de la Cruz, p. 166-167).

lunes, 15 de marzo de 2010

Ayunamos porque tenemos hambre


El ayuno es una práctica espiritual de primer orden, muy valorada y recomendada por la Tradición de la Iglesia no sólo para los monjes, sino para todo el pueblo cristiano. Bastaría ver los grandes sermones de los Padres en la Cuaresma.

Hoy, con la disciplina actual de la Iglesia, el ayuno está muy mitigado: sólo dos días al año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo a lo que hay que sumar la abstinencia de carne para los viernes. Añadamos que era tradicional, aunque no se ha recuperado su obligación, el ayuno no penitencial, sino pascual del Sábado Santo, disponiéndonos para la Vigilia pascual.

Pero, considerando el sentido del ayuno, éste debería ser más practicado, más generosamente ejercitado por todos.

Ayunar -un sola comida al día, y algo muy leve por la mañana y por la noche- nos hace experimentar la debilidad, nos educa en el dominio de uno mismo cuando tantas veces el pecado tiene una fuerza tal que no la sabemos sofocar; asimismo el ayuno es un recordatorio durante toda la jornada de que hay algo más, mayor y más importante, superior y necesario, para sustentar nuestro existir: ¡Jesucristo!

El ayuno y la abstinencia de carne marcan el espíritu penitencial durante la Cuaresma: reducir la cantidad de alimento, evitar los lujos y pequeños placeres, tal vez rehusar comer festivamente con los amigos en un restaurante, etc. Cada uno deberá concretar tanto el ayuno como las penitencias que nos ayuden a un espíritu de moderación, austeridad y penitencia.

Un prefacio de la liturgia cuaresmal canta la grandeza del ayuno por el cual se da gracias a Dios:

"Porque con el ayuno corporal
refrenas nuestras pasiones,
elevas nuestro espíritu,
nos das fuerza y recompensa
por Cristo, Señor nuestro" (IV de Cuaresma).

Éstos son los valores del ayuno corporal: refrenar las pasiones, elevarnos sobre nuestra condición tan terrena y apegada a lo material y adquirir fuerza y recompensa por medio de Cristo.

Ayunamos porque tenemos hambre: "No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"; o como decía bellísimamente la postcommunio del I domingo de Cuaresma: "haz que tengamos hambre de Cristo, pan vivo y verdadero".

Eso es: ayunamos porque tenemos hambre de Cristo, hambre de su Presencia, del encuentro con Él, de su misericordia.

Y eso no es todo: lo que nos ahorramos económicamente con el ayuno y con tanta privación no nos pertenece, es para los pobres. Por eso el Jueves Santo deberíamos entregar los ahorros del ayuno a Cáritas en la colecta de la Misa. Todo ayuno implica fraternidad.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Miércoles de Ceniza: reflexión sobre la condición humana

"Éste un día especial, que no puede dejar de imprimirle su espíritu, es el día llamado de la Ceniza en el rito romano, con el que comienza el período de intensa preparación a la gran solemnidad de la Pascua, es decir, el período de la Cuaresma.

Estamos deseos de dar a los ritos de la Iglesia su plenitud de significado y eficacia, especialmente ahora, después que el Concilio Ecuménico ha sancionado la Constitución sobre la Sagrada Liturgia; no podemos separar la oración de la vida y, en todo momento no podemos pasar por alto el recuerdo de la ceremonia de hoy, de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas con gesto y palabras que quieren ser muy impresionantes, casi terribles.

Esta ceremonia parece calificar el aspecto más grave de nuestra religión y tenido por muchos como el verdadero; más aún, como el único: el aspecto penitencial. Que es lo que aleja a tantas almas de la fe y de la iglesia, a los jóvenes en especial, a los hijos de nuestro tiempo que aspiran a la alegría, a la belleza, al gozo de la vida. El cristianismo es la religión de la cruz, la Iglesia es la maestra de la mortificación. Todo esto no va conforme con el espíritu moderno que aspira a la felicidad.

Pues bien, vosotros, que venís a visitarnos y que con vuestra presencia nos indicáis que queréis ser discípulos fieles de la Iglesia, vosotros sabéis que este aspecto penitencial de la vida cristiana es profundamente sabio y, por ello, digno de ser comprendido y aceptado.

Es, ante todo, francamente realista. Reconoce lo que de trágico y miserable esconde el rostro de nuestra vida. Cuando la Iglesia nos habla de lo precario de nuestra existencia terrena hace suya la experiencia más común y más corriente de nuestra condición presente, y hace propio el duro y crudo, pero irrefutable lenguaje de los filósofos pesimistas, ¿qué es el tiempo, sino una carrera hacia la muerte? Y ¿qué son los bienes de esta tierra “sino vanidad de vanidades”? De esta forma, cuando la Iglesia hace el análisis de nuestro mundo interior es también sincera, a mucho más que cuantos han explotado el fondo de la conciencia humana y han descubierto en ella multitud de torpes inclinaciones, ridículas veleidades y perversas intenciones. Los estudiosos modernos han superado a los antiguos al describir el cuadro bien triste de los “caracteres” humanos, estudiados en su psicología interna; la explicable y con frecuencia malvada sinceridad de estos bien conocidos estudiosos han hecho escuela en nuestro tiempo; pero la sinceridad del examen que enseña la ascética cristiana y la visión profunda de suyo, habría que decir que irreparable, de las condiciones reales del hombre, herido por el pecado original, que enseña la antropología cristiana, ni han sido igualadas ni rebatidas. La doctrina de la Iglesia no esconde, no atenúa la miseria de la pobre arcilla humana: la conoce, la enseña, la recuerda a nuestra ceguera y a nuestra vanidad: “Recuerda, hombre, que eres polvo y en polvo te has de convertir”.

Pero donde se detiene la ciencia moderna a la espera de la desesperación y de la muerte, la lección de nuestra doctrina, lo sabéis, no termina, sino que continúa animosa; añade otros dos capítulos que el mundo cree paradójicos, incomprensibles, y que para el cristiano son luz magnífica. El primero es el capítulo de la mortificación, como si no bastasen, dirá el profano, las desgracias inevitables que afligen a la humanidad, la escuela del Evangelio añade los sufrimientos voluntarios de la ascética y de la penitencia. Ya sea la penitencia espiritual o corporal, nos obliga a todos, según las tremendas palabras de Cristo: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis” (Lc 13,5). No se podrá decir, como se lee en los libros de nuestro tiempo, que el cristianismo está hecho para las almas débiles, que es óptimo para proporcionarles consuelo. No, el cristianismo es una palestra de energía moral, es una escuela de autodominio, es una iniciación en el coraje y en el heroísmo, precisamente porque no teme educar al hombre en la templanza, en el propio control, en la generosidad, en la renuncia, en el sacrificio, y porque sabe y enseña que el hombre verdadero y perfecto, el hombre puro y fuerte, el hombre capaz de actuar y de amar es alumno de la disciplina de Cristo, la disciplina de la Cruz.

De esta forma, la doctrina de la Iglesia añade el último capítulo a su lección sobre la miseria humana y sobre la mortificación cristiana, proclamando que ésta es el remedio de aquélla, y amabas se pueden esquematizar en una victoria del bien sobre el mal, de la felicidad sobre el dolor, de la santidad sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. Este es el epílogo del gran drama de la Redención que precisamente celebraremos en la próxima Pascua, y puede y debe ser, hijos carísimos, nuestro epílogo feliz, en el tiempo y más allá de la eternidad".

(PABLO VI, Alocución, 12-febrero-1964)

jueves, 1 de octubre de 2009

Santa Teresa de Lisieux o el gran amor por la Iglesia

Santa Teresa de Lisieux, o del Niño Jesús, santa francesa, carmelita descalza, que murió a los 24 años, es una santa con una gran personalidad “teológica”, con un carisma peculiar que ilumina nuevos aspectos de la fe eclesial. Balthasar, el gran teólogo suizo del siglo XX, le dedicó una obra muy aconsejable de leer: “Teresa de Lisieux. Historia de una misión”, publicada en la editorial Herder. En esta obra, Balthasar ofrece una panorámica nueva de santa Teresa de Lisieux que supera la imagen pueril que se ha dado de ella. Esta santa carmelita es una personalidad teológica, su misma existencia es una “existencia teológica”, con una aportación nueva. En la Iglesia la santidad de cada uno es diferente porque así la labra el Señor, y hay santidades de menor volumen –o menos llamativa, menos representativa- y santidades de mayor volumen –con un peso específico para toda la Iglesia-; de este último tipo es santa Teresa del Niño Jesús.

Los aspectos de su vida y su doctrina son múltiples y no están restringidos a los contemplativos en clausura sino que se ofrecen como un tesoro para todo católico: el abandono en las manos de Dios, la paternidad divina, la infancia espiritual, la eclesialidad, el amor, el sacrificio, la reparación, la oración como impulso del corazón y sencilla mirada, la gracia en nosotros, la absoluta centralidad de Jesús en su vida, etc.

Detengámonos en uno: su amor es amor eclesial. Claro que el amor no son sentimientos, sino un algo más, un algo divino; para ella el amor es ofrecer lo pequeño de sus obras e incluso ofrecer las manos vacías de méritos para que Jesús las llene. El amor en esta pequeña gran santa es el sacrificio, mejor, los pequeños sacrificios que cada día se presentan y que pueden resultar un regalo a Jesús cuando se aceptan con amor y con amor se le regalan. Así lo vivió ella en el Carmelo de Lisieux tal como lo relata en su Historia de un alma, con las pequeñas anécdotas y los roces de la vida comunitaria y lo mucho que sufrió. Es capaz de aprender y enseñarnos: “comprendí que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades, en sacar edificación de los menores actos de virtud que se les ve practicar. Pero sobre todo, comprendí que la caridad no ha de quedar encerrada en el fondo del corazón” (Ms C, fol. 12rº).

Este amor –caridad sobrenatural- ofrece un lugar y una vocación a Teresa. Ella se ve en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia; ella se ve como un miembro vivo, se sabe parte del organismo sobrenatural que es la Iglesia, y es consciente de que ha de hallar su lugar para entregarse a su vocación y aportarle algo a la Iglesia. Busca, reza, discierne, lee y llega a la consideración del amor en la Iglesia, de que la Iglesia posee un corazón que es el que da vida y sostiene a los otros miembros, ya sean apóstoles, doctores, misioneros...: “Adiviné que, precisamente, el corazón impulsaba al apostolado a los miembros de la Iglesia; que, una vez apagado, ya no seguirán los apóstoles anunciando el Evangelio, ni los mártires derramando su sangre” (Ms B, fol. 3vº). Entonces santa Teresa del Niño Jesús se sitúa en el corazón de la Iglesia, en su centro vital, y va entregando su amor (a base de oración y de los pequeños sacrificios) para que la Iglesia siga adelante como Cuerpo vivo. “Exclamé: “Oh Jesús, mi amor, encontré por fin mi vocación”. Mi vocación es el amor. Si, en verdad, he encontrado mi puesto exacto en la Iglesia. Este puesto tú me lo has dado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor, y con el amor lo seré todo” (ibíd.).

En el corazón de la Iglesia, mirando por el bien de toda la Iglesia, su edificación, su implantación en todos los sitios y lugares, la santificación de sus miembros... ¡En el corazón de la Iglesia! Allí se introdujo Teresa de Lisieux entregando oración, pequeños sacrificios y mortificaciones y finalmente su enfermedad y muerte; en el corazón de la Iglesia están situados los contemplativos, monjes y monjas de clausura que llegan bien lejos por la Comunión de los santos, y en el corazón de la Iglesia se puede situar cualquier bautizado que ponga su amor como regalo a la Iglesia, y al orar personal o litúrgicamente sepa que ora por la Iglesia y en nombre de la Iglesia y está unido a todos invisiblemente; aquel que sepa cada día ofrecer las pequeñas cosas, contrariedades, molestias o sacrificios por el bien de la Iglesia.

Ella fue declarada Doctora de la Iglesia y patrona de las misiones. Ya hemos visto que su existencia es una existencia teológica para la Iglesia. ¿Podríamos leer sus obras con sosiego? ¿Podríamos empezar a conocerla? ¡Es buena maestra y buena compañera de camino!

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El Evangelio sin glosas o el martirio de vivir en cristiano


Las afirmaciones de Cristo en absoluto son ambiguas, sino claras y firmes. Nadie se puede sentir engañado por Él, nadie ignorante de las directrices marcadas por Él, del camino señalado por Él. “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo” (Mt 16,23). Para seguirle en la libertad conquistada por su sangre, hay que despojarse de todo lo que estorba a esa libertad, a saber, el propio pecado, las tendencias pecaminosas del corazón, los caprichos del alma, o, en lenguaje paulino, mortificar la carne con sus concupiscencias que nos hacen carnales y terrenos. Para llegar a ser el hombre nuevo, el hombre viejo debe ir desapareciendo. El ropaje de mármol de nuestras concupiscencias y orgullos debe ser esculpido con golpes secos y precisos para que salga a la luz el hombre nuevo. Esos golpes son dolorosos a la par que necesarios. En lenguaje cristiano: mortificación interior, penitencia, espíritu de sacrificio. En lenguaje psicológico: madurez, autodominio, control de sí mismo, percepción ajustada de sí mismo y de la realidad...

Uno de los aspectos de la mortificación interior, que exige libertad y desprendimiento de sí mismo, es vivir según el Evangelio, tal cual, sin adiciones ni problemas de exégesis tibia. Se entra así en la dinámica martirial (testimonial por tanto, de la Verdad) inherente a la existencia cristiana:

“Aunque son pocos relativamente los llamados al sacrificio supremo, existe sin embargo "un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios" (Veritatis splendor, n. 93). Realmente, a veces hace falta un esfuerzo heroico para no ceder, incluso en la vida diaria, ante las dificultades y las componendas, y para vivir el Evangelio sin glosa” (Juan Pablo II, Ángelus, 29-agosto-2004).

Aquí está el martirio: “vivir el Evangelio sin glosa”. Es decir, tomarlo tal cual, sin interpretaciones acomodaticias que lo vuelvan cómodo, fácil, agradable, aguando el vino del Evangelio, convirtiéndolo en una sal sosa, en una fuerza inmóvil. El proceso que degenera en tibieza y en mediocridad es traer el Evangelio hasta mí y amoldarlo a lo que yo vivo y soy y siento, en lugar de ser yo el que me sitúe frente a Él y ser yo quien me amolde y configure a Él. El proceso degenera en falta de calidad cristiana, de elevación espiritual, cuando lo que el Evangelio me presenta lo interpreto como “exageraciones” ("no hay que exagerar", "Dios no pide tanto", "Dios es Padre..."), tal vez de otros tiempos, pero que hoy apenas tienen sentido. Lo interpreto rebajándolo, lo traduzco según me deje igual y no me vaya a cuestionar ni me pida cambiar. Tomo el Evangelio pero no lo tomo en su integridad y belleza, sino seleccionando páginas, elaborando mi propio canon dentro del canon. Y esto, que se hace tanto en la “exégesis más profesional y científica” como en la predicación, ocurre igualmente en el plano personal. Se pretende convivir con el Evangelio y con la mentalidad (secularizada) del mundo; se busca lograr una síntesis moderna del Evangelio eludiendo el aspecto básico: “el negarse a sí mismo”. ¿En qué se queda el Evangelio, en qué queda Cristo mismo? En un simple manual filantrópico, en un bello libro de ejemplos para ser buenos, solidarios, transformar el mundo (¡pero sin transformar a la persona por la conversión!); es un antropocentrismo que nada que tiene ver con el humanismo cristiano; es el liberalismo como clave de interpretación de todo.

“Vivir el Evangelio sin glosa”: entonces es cuando Cristo se convierte en la medida de todo, esto es, del pensar, del ser, del actuar, del decidir. Habrá que volver en otra ocasión sobre este tema.