El silencio pesa, es elocuente y
denso, en el inicio de la gran celebración del Viernes Santo; silencio de
penitencia y austeridad, silencio de adoración ante el gran Misterio,
predispone muy bien a vivir interiormente esta sobria y santísima celebración:
“El sacerdote y los ministros se dirigen en silencio al altar sin canto
alguno. Si hay que decir algunas palabras de introducción, debe hacerse antes
de la entrada de los ministros.
El sacerdote y los ministros, hecha la debida reverencia al altar, se
postran rostro en tierra; esta postración, que es un rito propio de este día,
se ha de conservar diligentemente por cuanto significa tanto la humillación
“del hombre terreno”, cuanto la tristeza y el dolor de la Iglesia.
Los fieles durante el ingreso de los ministros están de pie, y después
se arrodillan y oran en silencio” (Carta Prep. y celebración de las fiestas
pascuales, 65).
El
silencio, igualmente, acompaña la solemne proclamación de la liturgia de la Palabra, incluyendo el
momento de gracia, ¡memorial!, en que en la Pasión se dice: “y Jesús, inclinando la cabeza,
entregó el espíritu”, cuando “todos se arrodillan y hacen una pausa”, como
marca el leccionario.
