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miércoles, 10 de marzo de 2021

Espiritualidad de la adoración eucarística



Puesto que la santidad y la oración son objetivos prioritarios pastorales para “Caminar desde Cristo” según la NMI, el culto eucarístico ayuda, ¡y mucho!, a plasmar este itinerario. 



Todo en la Iglesia, absolutamente todo, “debe situarse el camino pastoral que es el de la santidad” (NMI 30), como “urgencia pastoral” (ibíd.) y la Eucaristía  adorada nos hace ir por ese “alto grado de vida cristiana” (NMI 31) que es la santidad, “plenitud de la vida cristiana y perfección del amor” (cf. NMI 30).

 Para una verdadera y sabia pedagogía de la santidad” (NMI 31), “es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración” y además es preciso “aprender a orar”, “desarrollando un diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos” (cf. NMI 32).

La misma adoración eucarística nos permite “aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital” (NMI 32).

El culto eucarístico está muy en la órbita y NECESIDAD de vivirlo (y ofrecerlo) al inicio del Tercer Milenio, y es camino de Iglesia.          
          

lunes, 1 de junio de 2020

Colaborando en la reparación de Cristo

La reparación es una categoría teológica, y también espiritual, que nos conduce al núcleo de la obra de Cristo: la redención.

La reparación lograda por Jesucristo es expiación de los pecados y construcción de un puente entre Dios y los hombres, superando la enemistad que el pecado había causado.



Esta reparación de Cristo no está acabada hasta su venida gloriosa, cuando pecado, demonio y muerte sean sometidos. Mientras tanto, la gracia de Cristo nos lleva a asociarnos a Él y colaborar con Él en esa reparación.

Reparamos junto con Cristo y en la medida en que vivamos en la gracia de Cristo. Entonces, nuestras obras poseen valor redentor al ser ofrecidas, y nuestros sacrificios, cruces, alegrías y tristezas. También nuestra penitencia, nuestra oración litúrgica y personal y nuestra adoración eucarística.

Todo pasa a ser un conjunto armonioso que repara con Cristo el pecado del mundo.

  

domingo, 19 de abril de 2020

Santidad: reparación, abandono, Gracia




“No andéis preocupados por vuestra vida...” (Mt 6,25ss). “Todo sirve para el bien de aquellos a quienes Dios ama” (Rm 8,28).

“El camino que debe seguir cada fiel para llegar a ser santo es la fidelidad a la voluntad de Dios, tal como nos la expresan su Palabra, los mandamientos y las inspiraciones del Espíritu Santo. Al igual que para María y para todos los santos, también para nosotros la perfección de la caridad consiste en el abandono confiado, a ejemplo de Jesús, en las manos del Padre. Una vez más, esto es posible gracias al Espíritu Santo” (JUAN PABLO II, Audiencia general, 22-julio-1998).





                “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo quiero ser el Amor”. Teresa de Lisieux buscaba cuál era su puesto en la Iglesia, siendo contemplativa, porque ella leía las Escrituras, veía las distintas vocaciones existentes en la Iglesia, como sacerdotes, como predicadores, catequistas, misioneros, se sentía identificada en cada uno de ellos, pero no podía serlo todos, hasta leyendo la primera carta a los Corintios encuentra el himno a la caridad: “ambicionad los carismas mayores, y aún es voy a mostrar un camino mejor”. Ahí descubre que su puesto en la Iglesia no es hacer grandes cosas, grandes actividades, o ministerios de tipo activo; que entre los miembros del cuerpo de Cristo hay uno que no se ve y es fundamental, el corazón, y que sin la vida que da el corazón a la Iglesia, ni los maestros enseñarían la fe ni los mártires derramarían su sangre. 

“En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo quiero ser el Amor”. Esa era su vocación, el amor, escondida en el Cuerpo de Cristo, escondida como monja carmelita descalza en un monasterio pequeño, con los roces propios de la convivencia entre unas y otras monjas. Allí, en ese puesto pequeñito, invisible, oculto a los ojos del mundo, descubrió que su vocación era estar en el corazón de la Iglesia, ser el amor. 

                Aquí nos muestra, nos señala, y nos sorprende, el camino de lo que se llama “católicamente” la reparación. Poner amor, ofrecer nuestro amor al Señor por todos aquellos que no le aman, por los pecadores, por los que viven su vocación cristiana de forma mediocre o tibia: poner amor para arrancar al Señor todo bien y toda gracia para la Iglesia. Reparar con nuestro amor, ofrecer nuestro amor. “En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo quiero ser el Amor”.

domingo, 9 de febrero de 2020

Sentido eclesial del alma


El camino para una reparación más plena es eclesial: por la Iglesia, en función de la Iglesia, a favor de la Iglesia, sintiendo y amando la Iglesia. Con nuestra reparación amorosa la Iglesia misma irá logrando mayor plenitud como signo del Reino, como sacramento de salvación, como instrumento de la gracia y de la misericordia de Dios.




Participando de la redención de Cristo por nuestra reparación contribuiremos a que la Iglesia viva de la misericordia de Dios y muestre el rostro misericordioso del Padre a todos los hombres, y así nuestra reparación coopera a la vida y misión de la Iglesia.

La Iglesia profesa la misericordia de Dios; la Iglesia vive de ella en su amplia experiencia de fe y también en sus enseñanzas, contemplando constantemente a Cristo, concentrándose en Él, en su vida y en su evangelio, en su cruz y en su resurrección, en su misterio entero... 

La Iglesia parece profesar de manera particular la misericordia de Dios y venerarla dirigiéndose al corazón de Cristo. En efecto, precisamente al acercarnos a Cristo en el misterio de su corazón, nos permite detenernos en este punto –en un cierto sentido central y al mismo tiempo accesible en el plano humano- de la revelación del amor misericordioso del Padre, que ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del Hombre.


La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia –el atributo más estupendo del Creador y del Redentor- y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora (Dives in misericordia, 13).


viernes, 10 de enero de 2020

¡Todo por el bien de la Iglesia! (Reparación)


El amor a la Iglesia, el sentir la Iglesia y el sentir de la Iglesia en nuestras almas ,corrige las miopías y torpes lecturas que muchas veces hacemos de las cosas. 



La eclesialidad modifica la percepción de nosotros mismos como si fuéramos los únicos miembros útiles y valiosos de la Iglesia; la eclesialidad corrige ese modo de actuar orgulloso que sólo valora el propio carisma, la propia vocación, como lo mejor y más excelso, mirando con cierta altivez otras vocaciones, otros carismas, otros espirituales, otras Órdenes, otros movimientos o comunidades eclesiales u otros apostolados. 

La eclesialidad introduce nuevos elementos en nuestra vida: ya no nos preocupamos sólo de los pequeños problemas personales, o de la búsqueda afanosa de la santidad personal, sin importarnos otros asuntos; ya no vemos sólo las dificultades o límites de la propia comunidad o ámbito cristiano, sino que nuestra solicitud se extiende a toda la Iglesia creando una nueva percepción, más ajustada y real, de lo propio y cotidiano. Se sitúan en su justa medida, lo personal que antes parecía lo único y provocaba angustia, relativizando su importancia (que antes se creía absoluta) y haciéndonos partícipes de la vida de toda la Iglesia.
 
Situados, pues, en esta perspectiva eclesial, la reparación muestra su rostro más pleno: no reparamos por los propios pecados, al menos únicamente, ni deseamos solamente la propia santidad (querida por Dios), sino que ampliamos el sentido del sacrificio de la cruz por bien de la Iglesia. 

Nadie se hace santo para sí mismo, buscando lo suyo, más bien uno se expropia de sí mismos en favor de la Iglesia, de la extensión del Reino.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Reparamos en la comunión de los santos



Insertos en la Comunión de los santos, todo me viene entregado y regalado, y lo “mío” ya no es mío, es de la Iglesia y repercute en la Iglesia, y cada uno vive de la Iglesia y se ofrece a la Iglesia. En palabras de Von Balthasar: 



“En la Iglesia nada se hace, todo se otorga como don; y con la fecundidad del don del creyente ha de producir el treinta, el sesenta o el ciento por uno. Y nada es para uno mismo, sino para la totalidad que Jesús designa como “reino de Dios”. Ni siquiera se toma por cuenta propia la oración”[1]


Así mi oración santifica a otros, mi sufrimiento contribuye a la conversión de los pecadores, mi pequeña penitencia fortalece a los que son tentados, mis actos de paciencia y vencimiento sirven a aquellos más débiles, que sufren tribulación para que no desfallezcan porque “los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas”[2]; mi entrega hace que muchos abran sus vidas al Evangelio; mis sacrificios, que muchos crezcan en la fe, los que antes andaban en tinieblas[3]. Y del mismo modo, en el silencio del Misterio, yo soy sostenido y apoyado por los otros miembros de la Iglesia.

Estos principios se aplican tanto a la santidad como al pecado de los miembros de la Iglesia puesto que todo influye en el misterio de la Comunión de los santos.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Horizonte de la reparación: la comunión de los santos



Hemos contemplado y meditado los aspectos fundamentales en distintas catequesis o entradas: el verdadero contenido de la reparación obrada por Cristo, la colaboración personal en la redención con nuestra reparación, el modo y el significado de la reparación como participación en la redención del Señor en un perpetuo y constante estar crucificados con Cristo, expropiados de nosotros mismos, por la salvación del mundo. 



“Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo” (Juan Pablo II; Salvifici doloris, nº 19).


“Nuestra colaboración aquí consiste en el estar crucificados con Cristo en el mutuo estar crucificados el yo y el mundo... Todo el amor de entrega de Cristo nace del punto en que contempla al Padre, haciendo siempre lo que agrada a Éste. El que algunos miembros de la Iglesia dediquen su vida entera a esa contemplación no quiere decir que los demás estén dispensados de ella: todos tienen que realizar constantemente en la fe, de manera espiritual, su haber muerto y resucitado y su “haber sido co-trasladados al cielo”, cualquiera que sea el estado de la Iglesia a que pertenezcan”[1]. Es el modo de colaborar (reparar) con Cristo.

Ahora bien, esto será posible por el maravilloso misterio de la Comunión de los santos. Aquí aparece la dimensión eclesial de la reparación que debe brillar y animar toda nuestra existencia. La Iglesia es un misterio de comunión, la Iglesia es la Comunión de los santos[2]

jueves, 7 de noviembre de 2019

Lo ofrecido es reparador



Aceptar no es que todo “nos guste”, le encontremos sabor agradable y coincida con nuestro deseo y voluntad. Aceptar es prestar nuestra colaboración en el plan que Él nos muestra y señala a cada uno y que incluye el sufrimiento y la cruz. 

No es que nos agrade, podemos pedir que pase de nosotros el cáliz[1], pero deseando hacer la voluntad de Dios en donde hallamos el sentido y la plenitud de la existencia (“Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, preces Laudes Viernes II Salterio).



“Acoger el sufrimiento no es compadecerse en él. No es amar el sufrimiento por sí mismo. Es consentir ser humillado. Es abrirse al beneficio de lo inevitable, como la tierra que deja que el agua del cielo la penetre hasta el fondo de sus entrañas. Hay todo un arte de sufrir que no hay que confundir ni con el arte de cultivar el sufrimiento ni con el arte de evitarlo. El que se hace la víctima y se autoenternece por su dolor, pierde inmediatamente sus beneficios. Y lo mismo le pasa al que se repliega sobre su dolor y alcanza un gozo perverso saboreando su amargura. Cuando llega, no hay que rechazar el sufrimiento ni ceder ante él. No hay que luchar ni tratar de engañarle. Hay que acogerlo sin demasiada complacencia. Pero tal acogida nunca es definitiva. Por eso constituye el más alto ejercicio de libertad... El único medio de ser feliz es no ignorar el sufrimiento y no escapar de él, sino aceptar su transfiguración. Tristitia vestra vertetur in gaudium [vuestra tristeza se convertirá en alegría]”[2].


Hemos de ser conscientes que rechazar el sufrimiento, rebelarnos contra la cruz debilita nuestra vida teologal porque la fe duda de la bondad de Dios (¿cómo Dios, si es bueno y me ama, permite esta cruz en mi vida?); la esperanza, al no ver ni horizonte ni salida, desconfía en que las promesas de Dios se puedan cumplir; el amor se enfría al no sentir el Amor de Dios, sino el silencio y el abandono de Dios, e incluso la desolación del alma (como Jesús crucificado). 

lunes, 28 de octubre de 2019

La virtud de la penitencia es reparadora



Con espíritu generoso de ofrenda, vivir en amorosa actitud penitencial todos aquellos momentos que la sabiduría espiritual de la Iglesia señalan.

Es penitencia –siempre con amor que se ofrece- el cumplimiento de las leyes y los deberes del propio estado (matrimonial, religioso, sacerdotal, consagración, oficios y trabajos). 



Muchas veces cuesta hacer aquellas cosas cotidianas que son ineludibles y obligatorias, pero adquieren un valor redentor cuando las hacemos y las realizamos  bien, con la mejor perfección posible y esmero, “henchidos de Dios”[1]

Nos vamos santificando al realizar las pequeñas cosas diarias de nuestro oficio o vocación, y son fuente de redención y santificación si las hacemos con amor oferente.

Una segunda fuente de penitencia es la aceptación de la cruz, abrazarse a la cruz, integrando, con amor reparador, las dificultades y sufrimientos de la propia vida, sirviendo “con generosidad de espíritu”[2], “haz que aceptemos con generosidad las contrariedades de la vida”[3]

En bastantes ocasiones las preces de las Laudes, que son preces de consagración y santificación del día[4], presentan este aspecto reparador de la cruz diaria, de las dificultades y contrariedades; de hacer de la jornada con sus trabajos, desvelos y afanes un sacrificio espiritual agradable al Padre. Algunos ejemplos pueden ser iluminadores:

Concédenos, Señor, que con el corazón puro consagremos el principio de este día en honor de tu resurrección, y que santifiquemos el día entero con trabajos que sean de tu agrado (Miércoles I Salterio). 

Tú que te entregaste como víctima por nuestros pecados, acepta los deseos y proyectos de este día (Jueves I)

 Señor, Sol de justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día (Sábado I) 

Que sepamos bendecirte en cada uno de los momentos de nuestra jornada y glorifiquemos tu nombre con cada una de nuestras acciones (Sábado I).

lunes, 7 de octubre de 2019

Reparando con amor sobrenatural



Hemos de reparar con Cristo, con lo cual “la vida y la muerte se santifican y adquieren un nuevo sentido” (GS 22). 

Es toda la Iglesia, sacramento universal de salvación, presencia de Cristo en la historia de la humanidad, Corazón de Cristo para el mundo, la que está llamada –toda ella, y en ella, cada uno de sus miembros- a recorrer el camino de redención de Cristo (LG 8).



Por eso, a todos los fieles, la Iglesia invita a que “participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella” (LG 11).

A los enfermos, “exhorta a que asociándose voluntariamente a la pasión y muerte de Cristo contribuyan así al bien del pueblo de Dios” (LG 11).

Asimismo, como remedio a la increencia y a la secularización, “la Iglesia ha de hacer presente a Dios y a Cristo con la continua renovación y purificación propias” (GS 21).

Y también, en virtud de la reparación, señala el Vaticano II que para la obra de la evangelización “se han de ofrecer oraciones y obras de penitencia” (AG 36).

sábado, 14 de septiembre de 2019

Misterios de amor sobreabundante


Una vez más: la reparación sólo se entiende profundizando en la maldad y el desamor que conlleva todo pecado. ¡El pecado es desamor! ¡El pecado es amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios![1] 

Al ver este misterio de iniquidad en la humanidad necesitada de redención y entre los mismos miembros de la Iglesia, el corazón se nos conmueve; conocemos, además, la propia fragilidad y nuestras infidelidades al Señor: ¡qué mal hemos respondido a tanto Amor de Dios en nuestras vidas! 



Viendo este misterio de pecado, el alma católica desea colaborar con Cristo por medio de la reparación, trabajar hoy con Cristo en la redención del mundo para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, para que todos conozcan, esperen y amen a Dios, para que el amor sea más fuerte que el pecado, para que la vida de Cristo triunfe sobre la muerte. 

¡El Amor no es amado!, gritaba S. Francisco de Asís. Su grito resuena en el alma suscitando el deseo de amarle más y mejor, por nosotros pero también por los que no lo aman, o lo aman poco, o lo aman con tibieza y frialdad.

El pecado como desamor sólo puede ser redimido por el amor, que fue el camino por el cual nos redimió Cristo (“me amó y se entregó por mí”, Gal 2,20), y el único camino que posibilita el ser corredentores con Él.


lunes, 26 de agosto de 2019

La penitencia sacramental es reparación

Los sacramentos nos aplican los méritos redentores de Cristo; son los sacramentos los cauces por los que Cristo sigue redimiendo y santificando, derramando su gracia redentora.

Los sacramentos son fruto de la reparación de Cristo, de la obra inmensa de la redención.




Muy especialmente podemos fijarnos en el sacramento de la Penitencia. Ahí, de manera tremendamente personal, el penitente es asociado a la reparación de Cristo: es perdonado y, a su vez, debe reparar con Cristo. Ese es uno de los valores de la satisfacción sacramental, de la penitencia que el sacerdote impone al penitente.



La penitencia que se nos impone en el sacramento de la Reconciliación es, en primer lugar, modo de expiar nuestros pecados por medio de nuestras prácticas penitenciales diciéndole al Señor que, si bien antes me he separado de él por el pecado, ahora le muestro mi amor mediante obras concretas; y eso ya es reparación por los propios pecados; en segundo lugar, la penitencia ejerce una función medicinal y debe ser apropiada al penitente para curar las heridas del pecado, extirpar sus raíces y fortalecer el entendimiento y la voluntad en un mayor amor a Dios, debilitado y roto por el pecado. Atendamos a la doctrina de la Iglesia, en primer lugar del Catecismo:

lunes, 29 de julio de 2019

Contenido de la reparación de Cristo



El más pleno y perfecto acto reparador fue el de Cristo en su sacrificio pascual, pues “muriendo destruyó nuestra muerte y, resucitando, restauró nuestra vida”[1]. La iniciativa de la reconciliación viene de Dios que estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo[2]



“Cuando nosotros estábamos perdidos y éramos incapaces de volver a ti, nos amaste hasta el extremo. Tu Hijo, que es el único justo, se entregó a sí mismo en nuestras manos para ser clavado en la cruz”[3].


            En el acto redentor de Cristo se conjugan de modo perfecto la justicia y el amor, revelando así las entrañas de misericordia del Corazón de nuestro Dios. La encíclica Dives in misericordia, del papa Juan Pablo II, ofrece reflexiones muy sabrosas que iluminan el modo y contenido de la reparación realizada por Jesucristo.


lunes, 3 de junio de 2019

La obra redentora de Cristo



“Completar en nuestra propia carne lo que le falta a la pasión de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24), es asociarse íntimamente al Corazón del Señor que se entregó “como víctima de suave olor” (Ef 5,2), como sacrificio de propiciación por nuestros pecados[1], por los pecados del género humano y así, el misterio de la piedad[2] y del amor triunfó sobre el misterio de la iniquidad, el misterio, el abismo del mal. 

Con su muerte, Cristo derrotó a la muerte. Y fue con su obediencia como nos devolvió los bienes que por nuestra desobediencia habíamos perdido[3].



El pecado y la muerte han sido heridos de muerte, no pueden ya tener un dominio pleno sobre el hombre, porque la gracia de Cristo y su Amor insondable triunfan sobre toda resistencia, sobre toda inclinación pecaminosa del propio corazón, sobre todo pecado. Cristo, por el misterio pascual de su pasión y cruz, de su descenso a los infiernos, su gloriosa resurrección y su ascensión al cielo, ha abierto el camino de acceso al Padre. 

Su amor y obediencia al Padre, hasta tomar la forma kenótica de siervo, han hecho posible la obra maravillosa de la redención y si “de forma admirable nos creaste, de forma más admirablemente aún nos redimiste”[4]. El misterio pascual de Cristo señala el camino del Amor y de la gracia como restauración de la dignidad humana, adquisición de la dignidad de ser hijos de Dios, la apertura de las puertas de la misericordia cerradas por el pecado de Adán.

            La obra redentora de Cristo es una perfecta inmolación, un sacrificio cuyo contenido es obediencia y amor, al tomar en su carne la recapitulación de todos los pecados de la humanidad y destruirlos por su muerte oblativa en la cruz. En efecto, Él “se hizo pecado” (2Co 5,21) tomando sobre sí el pecado de los demás[5], mas no pecador, porque fue el Cordero, sin defecto ni mancha prefigurado en el Éxodo[6], ofrecido como inmolación, por cuya sangre somos rescatados[7]. “En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad y llena este espacio con el bien”[8].

sábado, 25 de mayo de 2019

Concepto cristiano de "reparación"

Al estudiar el concepto cristiano de "reparación", vamos a ver muchas líneas que se entrecruzan, preciosas todas ellas, como la redención, el mérito y la gracia, la comunión de los santos, la caridad, la cruz... y la devoción al Corazón de Cristo.



Vamos a partir como una glosa, a la par que una plácida meditación, de un versículo de la Escritura: “Completo en nuestra propia carne lo que le falta a la pasión de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). En él se encierran misterios estremecedores que provocan admiración, estupor y desemboca en silencio adorante, pues se toca toda la fibra del Misterio; ahí se contiene la reflexión de la fe sobre el acto reparador de Cristo, su prolongación en el hoy histórico de la Iglesia, y sienta las bases para incorporarnos, como miembros de la Iglesia, en la obra de la redención.

            La reparación ha ido asociada, con un carácter muy marcado, a la devoción al Corazón de Jesús. Humanidad real y gloriosa de Cristo Resucitado, Eterno Viviente, de cuyo costado traspasado nace la Iglesia; en cuyas llagas, “como saetías” (S. Juan de Ávila), como ventanas, podemos asomarnos a las entrañas de Cristo, que es todo amor y así nos lleva al amor y todo nos habla de su amor, del cual nada –excepto nosotros mismos- nos podrá separar. 

Vinculada a la devoción al Corazón glorificado de Cristo, la reparación, rectamente entendida, se sitúa en la perspectiva de la redención y en la Iglesia, en virtud del Misterio de la Comunión de los santos, donde halla el espacio sobrenatural en el que moverse, en el que desplegarse, en el que ejercer su benéfico influjo.

            Aunque el término “reparación” sea de cuño “reciente”, forma parte de la Tradición y del patrimonio espiritual de la Iglesia desde siempre porque, ¿qué es, sino, el sacerdocio bautismal, el ser “víctimas” con Cristo, ofrenda al Padre? ¿Qué otra cosa sino desplegar la virtualidad de la gracia sacramental del bautismo predicaban los Padres acompañando en el ejercicio de este sacerdocio a los fieles? ¿Y no es este sacerdocio, empleando el término aceptado en el lenguaje de la Iglesia, un sacerdocio reparador con Cristo?

domingo, 28 de febrero de 2016

Espiritualidad de la adoración (IX)

Para comprender uno de los elementos fundamentales de la espiritualidad de la adoración, habremos de entender y explicar bien, así como vivir bien, el concepto de "reparación".

Ante tanto desamor, ante tanta agresividad manifiesta contra Cristo, la reparación es una respuesta.


 A la vista del pecado de los hombres, de todos y de cada uno, como infidelidad a Cristo y un desprecio a su amor; viendo tantas situaciones de pecado, viendo una cultura antihumana, la reparación es un camino necesario.

Conscientes de tantas personas que se han alejado de la Iglesia y viven al margen de Cristo; conscientes de tantas personas que sólo tienen una referencia lejana de Cristo, de tantas personas que viven su fe de manera tibia, mediocre, separada de su existencia real, la reparación se hace urgente.

Para entender qué es la reparación, dos frases nos pueden ayudar:

"Amor saca amor" (Sta. Teresa de Jesús, V 22,14)

"Donde no hay amor, ponga amor y sacará amor" (S. Juan de la Cruz, Cta. a María de la Encarnación).

domingo, 4 de agosto de 2013

El "mérito": mi respuesta... y su repercusión comunitaria

Traigo un texto, a mi gusto, luminoso: para Dios, que ama tanto a cada uno de nosotros, nada de lo que hagamos es indiferente. Nuestra libertad la respeta. Y cada una de nuestras acciones tiene valor infinito a sus ojos. Es el concepto de "mérito".


Tal vez a alguien le suene mal la palabra "mérito", pensando que anula la gracia de Dios; nada de eso: recordemos la sentencia de san Agustín: "el que te creó sin ti, no te justificará sin ti". Y el mérito es ese "contigo" que Dios espera.

"Para la tradición de la Iglesia no existe, como hemos apuntado ya, ningún pensamiento por secreto que sea, ningún gesto por insignificante que sea, ningún acto por oculto que esté, que no sea un gesto responsable del universo, un gesto con valor eterno. De aquí brota, en la teología, el concepto de "mérito".

lunes, 8 de febrero de 2010

Cómo está Jesús en el Sagrario


“Si Jesús está presente en el Sagrario con sus ojos que me miran, yo debo estar ante el Sagrario mirando con mis ojos de carne la Sagrada Hostia, cuando me la dejan ver; y con mis ojos del alma el interior de esa Hostia.

Si Jesús está en el Sagrario con sus oídos para oírme, yo debo estar ante el Sagrario con mi atención para oírlo y con mi mayor interés para hablarle.

Si Jesús está presente en el Sagrario con sus manos rebosantes de dones para los necesitados que se lleguen a pedírselos, yo debo estar ante el Sagrario con mi indigencia expuesta en el plato de mi confianza.

Si Jesús está en el Sagrario con el Corazón palpitante de amor sin fin a su Padre y de amor hasta el fin a nosotros; si ese amor que sube a su Padre es infinitamente latréutico, porque lo alaba como Él se merece, e infinitamente eucarístico, porque le da gracias por los beneficios que nos hace hasta dejarlo satisfecho, e infinitamente expiatorio, porque lo aplaca por los pecados con que le ofendemos, hasta ponerlo en paz. Y es infinitamente impetratorio, porque con clamor válido intercede y ruega por nosotros.

Y si ese amor que desciende desde su Corazón a los hijos de los hombres, es amor de Padre, hartas veces menospreciado. De Hermano, casi siempre desairado. De Amigo, las más de las veces abandonado. De Esposo, muy poco correspondido. Y de Rey, muchas veces desobedecido, vilipendiado y traicionado...

Si todo esto es así, yo debo estar ante el Sagrario con todo mi corazón y con todo el amor de él, para sumergirme en aquel Corazón y palpitar con sus mismas palpitaciones y amar como Él ama, alabando, agradeciendo, expiando, intercediendo al Padre celestial y disponiéndome a darme por Él de todos los modos a mis prójimos hasta el fin, sin esperar nada...

En menos palabras: si Jesús está en el Sagrario para prolongar, extender y perpetuar su Encarnación y su Redención, lo menos que yo debo hacer es presentarle mi alma entera con sus potencias, y mi cuerpo entero con sus sentidos, para que se llenen y empapen de sentimientos, ideas y afectos de Jesús Redentor encarnado y sacramento...

Ésta, ésta es la compañía de compasión, la que pone entre Jesús y yo presentes comunicación y cambio de miradas, de palabras, de necesidades, de afectos... La que me hace mirar, hablar, oír, pedir, recibir, confiar, sentir y amar como Él y con Él...”

Beato D. Manuel González, El abandono de los Sagrarios acompañados, en O.C., Vol. I, nn. 218-219.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Estamos muy ocupados: ¡Pues más tiempo de oración!


Hay mucho que hacer. Muchas son las prisas, escaso el tiempo. Las ocupaciones son multiplican. Van tirando de nosotros de un lado y de otro y sentimos el agobio de no rendir más, no de estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros. Empecemos a dejar cosas para más adelante, para cuando se tenga algo de tiempo. El trabajo es absorbente, los desplazamientos una pérdida de tiempo pensando en llegar con puntualidad. Un largo etcétera se podría añadir, el largo etcétera que cada cual conoce de su propia jornada y obligaciones familiares, laborales, etc. En la vida eclesial, reuniones tras reuniones, el tiempo de apostolado, la formación cristiana y la catequesis de adultos. Pasa el día y queda la sensación de que no hemos hecho nada aun cuando no hemos parado ni un momento.

Y, ¿cuál sería la tentación? La tentación fundamental es arrinconar la oración, sin un orden fijo, para cuando haya un momento libre, ¡que nunca llega! La tentación es no encontrar el momento oportuno de llegarse a una iglesia y visitar a Jesús en el Sagrario, de no ver la hora en que diariamente me pudo acercar a participar de la Santa Misa. El desorden interior y las múltiples ocupaciones llegan a convencernos de que carecemos de tiempo para la oración, que antes hay que gestionar los asuntos pendientes. ¿Seguro?

La oración personal, el trato con la Persona de Jesucristo, ya sea por la mañana o al atardecer, garantizan que las energías de nuestro corazón no se dispersen en las actividades, sino que se concentran en un centro superior, en el vértice ideal de nuestra vida: ¡Jesucristo! La oración asegura el discernimiento de nuestras actividades, que pasadas por la criba de la oración, manifiestan su valor real, su importancia y rectitud. La oración permite el dominio de uno mismo (fruto del Espíritu) e impide que seamos arrastrados por el agobio o por el estrés, sino que fecunda nuestra personalidad, dándonos serenidad, y por tanto, convierte el tiempo de nuestro trabajo en tiempo mucho más sereno y, por ser más sereno, más fecundo en todos los órdenes. En la oración diaria ofrecemos al Corazón de Jesús nuestros trabajos, proyectos, sacrificios e ilusiones como ofrenda y reparación. En la oración diaria sentimos internamente cuál es la voluntad de Dios para la jornada, lo que hemos de hacer, cómo hacerlo, qué decir y qué callar, cuáles son las prioridades.

“Para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor... La oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo” (Benedicto XVI, Ángelus, 4-marzo-2007).

Diariamente, con un orden fijo, un plan de vida, la oración es espacio de salud espiritual y también psicológica. Es santificación. La oración diaria, la visita al Sagrario y la Misa diaria harán fecundo nuestro tiempo y nuestras muchas obligaciones durante el curso.

lunes, 5 de octubre de 2009

Témporas: expiar, agradecer, encomendar

Las Témporas son días especiales; en España se celebran en un solo día, el 5 de octubre, y poseen unos matices muy concretos. Al principio del curso, y vinculado al ritmo natural del tiempo, final de las cosechas y entrada en el otoño, la Iglesia eleva a Dios su plegaria. Se cierra un período y se abre otro ciclo nuevo. Se termina un curso, comienza otro, cargado de ilusiones, proyectos, trabajos. Entonces la liturgia nos lleva hoy de la mano (y siempre nos educa) para expiar, agradecer y encomendar.

Expiar: miramos y revisamos el curso pasado, y descubrimos lo que hemos hecho mal, nuestras infidelidades y pecados, nuestros errores, nuestra falta de correspondencia al amor de Dios, y suplicamos su perdón con arrepentimiento: “misericordia, Dios mío, por tu bondad...”, hemos rezado en las Laudes, y en Tercia: “Nos sentimos culpables, Señor, y confesamos ante ti nuestros pecados; ten misericordia de nosotros y danos la abundancia de tu paz”.

Agradecer: Dios no nos ha dejado de su mano; en su nombre hemos sembrado y puesto los cimientos de muchas realidades, y ahora cosechamos fruto y vemos resultados del curso terminado. Es conveniente dar gracias a Dios por lo vivido, agradecerlo lo bueno que hayamos podido realizar, las obras que se han consolidado. Él ha sido Fiel, como siempre, una vez más. Así la oración conclusiva de Laudes rezaba: “Te damos gracias por los dones que de ti hemos recibido y te pedimos nos concedas emplearlos en alabanza tuya y en bien de nuestros hermanos”.

Encomendar:
acometemos nuevos trabajos, se presentan nuevos proyectos en nuestras vidas, retomamos las tareas del curso. Sabedores de que no podemos nada por nosotros mismos sin su gracia, conscientes de que si Él no construye, en vano vamos a trabajar, encomendamos a Dios las tareas de nuestro curso, esperando que Él lleve a término cuanto hagamos y su gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras durante todo el año. Las preces de las Laudes y la oración conclusiva de Sexta dan ese matiz: “Oh Dios, tú has querido que el estudio y el trabajo del hombre perfeccionaran cada día el universo que has creado; te pedimos que nuestro trabajo y afanes resulten siempre provechosos a la familia humana y contribuyan al cumplimiento de tus designios sobre el mundo”.


Hoy, la misa de las Témporas, sería propiamente el inicio del curso en cualquier comunidad y parroquia, como tal debiera vivirse y convocar a todos, en lugar de multiplicar actos y misas. Al menos, personalmente, hoy debería ser un día con especial intensidad, procurando por todos los medios participar en la Santa Misa y dedicar un buen rato a la oración, expiando, agradeciendo, encomendando.