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miércoles, 20 de julio de 2022

El silencio regenera por una Presencia (Silencio - VI)



El silencio es una cura que calma muchas heridas, mucho tumulto y mucha ansiedad. La experiencia del silencio, deseado, es sanante. Pensemos en el silencio nocturno, hasta qué punto es necesario y reconfortante, después del ajetreo y barullo de la jornada.


            El silencio es pacífico y suave, y por tanto, recompone el alma, la mente, la psicología, que se desgasta con el ruido, el verbalismo, la actividad incesante. El silencio es tonificante del psiquismo humano

Y regenera en la medida en que permite el acceso a la Fuente de donde nos viene la vida, Dios mismo:

            “La persona humana se regenera verdaderamente sólo en la relación con Dios, y a Dios se le encuentra aprendiendo a escuchar su voz en la quietud interior y en el silencio” (Benedicto XVI, Ángelus, 10-agosto-2008).

domingo, 14 de mayo de 2017

Espiritualidad de la adoración (XX)

Cristo, con su glorificación y ascensión a los cielos, no ha desaparecido de la escena terrestre, ni nos ha dejado huérfanos; su presencia ha continuado ahora entre nosotros de modo sacramental. Ha cumplido así su promesa: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).


El Señor permanece con su Iglesia de un modo tangible, tremendamente cercano, en el sacramento de la Eucaristía, y la Iglesia, reconociéndole presente, vive el culto eucarístico como un tesoro de aliento y un impulso de vida y santidad. Cristo está con nosotros, permanece con nosotros.

Jesús nos pidió que permaneciéramos en su amor, como Él permanece en el amor del Padre, ofreciéndonos así una posibilidad de vida y amor que brota del seno de la Trinidad.

jueves, 4 de julio de 2013

La fuerza de los sacramentos

¿Cuáles son las implicaciones de todo sacramento?

¿Cuál es su fuerza?

¿A dónde nos lleva cada sacramento?

"Así ocurre con el sacramento. No hay necesidad alguna de saber reflexionar, de encontrar expresiones adecuadas, de sentir emociones en consonancia con el acontecimiento que tiene lugar al celebrarse. Lo decía muy bien el catecismo, con su aguda capacidad de síntesis, cuando dejaba claro, por ejemplo, que para acercarse a comulgar es necesario "saber y pensar a quien se va a recibir", esto es, ser conscientes del significado que tiene su Presencia Grande. Por eso, uno puede llevar a cabo ese gesto partiendo de un estado de ánimo lleno de resentimento, exasperado, con el corazón frío y la mente bloqueada. Pero lo que cuenta es el libre "ir a" llevándonos como petición a nosotros mismos, lo que cuenta es la presencia de uno ante Cristo, consciente, tornándose petición...

El contenido operativo de esos gestos misteriosos que son los sacramentos, po rmedio de los cuales se nos comunica en profundidad un nuevo ser en el seno de la Iglesia, no podemos percibirlo experimentalmente nosotros. Del sacramento sólo vemos el gesto que realizamos. Por consiguiente, si tuviéramos que confiar en la manifestación de nuestros sentimientos para poder vivir a través de ellos la relación con Cristo, estaríamos a merced de nuestra fluctuación emotiva. Mientras que el signo sacramental está sólidamente anclado en su fisonomía objetiva, y a ella conduce la Iglesia la atención del hombre. Así, a la Presencia Grande que se comunica con el hombre, éste le responde con su libre presencia que pide una vida nueva. Es la forma de oración más adecuada a la disposición de nuestra naturaleza humana, la más sencilla dada su objetividad.

jueves, 6 de junio de 2013

Dios, una presencia interior

Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

Dios, en lo interior de la conciencia, habla, se manifiesta y nos encamina a la Verdad.


Dios, a quien hemos de buscar en lo interior, habita en el corazón.

"Así pues, se puede definir a un verdadero cristiano como un hombre que tiene un sentido predominante d ela presencia de Dios en él... Un verdadero cristiano... es el que, en ese sentido, tiene fe en Dios, de manera que vive pensando que Dios está presente en él -presente no de una manera externa ni simplemente natural o providencial, sino en el fondo de su corazón o en su conciencia" (Newman, Sermones parroquiales V 16,225.226).

Un cristiano es consciente de esa Presencia de Dios: la interioridad se hace el método conveniente para el acceso constante a Dios desechando un volcarse fuera por medio de los sentidos. ¡Entrar en lo interior!

Esa Presencia de Dios regala la paz; esa Presencia de Dios es el regalo mayor.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Presencia de Dios entre los hombres (II)

Pero aquí hay paz, aquí el trono del Cordero en la tierra,
el atrio sagrado del cielo.
Y ningún espíritu creado puede comprender

lo que tu presencia llena de gracia,
obra de maravillas para la eternidad
en los corazones, convertidos en templos para ti;
aquí obras fuera de la vista de todo el mundo

lo que un día harás cuando renueves la faz de la tierra.


En el silencio de la tienda, oculto a la mirada del hombre,

sostienes tú el mundo en tu mano,

y a sus tormentas has puesto medida y meta.

Pero viene un día, entonces se abren las puertas,
sale el rey a bendecir a su país.

Los luminosos grupos de hijos esparcen flores en el camino

y entonan felices cantos de júbilo.

Cuando, después, los sonidos de campanas resuenan a lo lejos

la muchedumbre se arrodilla en silencio

para recibir la bendición de su Dios,

¿no va, pues, invisible tu ángel a través de las columnas

que se hallan admirando en los bordes de caminos
y pone aquí y allí sobre la frente
la señal, que le libra de la perdición?

Todavía no se imaginan, pero caerán las vendas,

cuando un día se desate el combate final
y tus fieles
testigos permanezcan a tu lado hasta la muerte.


¿Cuándo, Señor, cuándo será ese día?

Mi Señor y mi Dios, escondido bajo la forma de pan,

¿cuándo te manifestarás en tu gloria?
En dolores de parto se halla el mundo,

la esposa aguarda:

¡Ven pronto!
(Edith Stein, Tabernaculum Dei cum hominibus, 25-mayo-1937,
en Obras completas, vol. 5, Burgos 2004, p. 777).

domingo, 12 de septiembre de 2010

Presencia de Dios entre los hombres (I)


Tú dijiste: “Todo está cumplido”; e inclinaste la cabeza en silencio.
Había terminado tu peregrinación en la tierra,

a la derecha de tu Padre estaba el trono de la gloria

preparado desde el comienzo, y tú subiste a él.


Sin embargo, no te has separado de la tierra.

Con ella te desposaste para todos los tiempos,

desde que bajaste de las alturas del cielo
hasta lo más bajo.
Tú, buen Pastor, amabas ya a los tuyos

como nunca un corazón humano ha amado en la tierra,

y no quisiste dejar huérfanos a los hijos,

construiste en medio de ellas tu tienda

y es tu gozo permanecer aquí.


Así quedarás hasta el final de los tiempos:

tu sangre que has derramado para los tuyos abundantemente,
debe servirles la bebida de la vida,
y tú la ofreces cada nueva mañana.
Cada mañana el repicar de las campanas llama

por todas las calles e invita al banquete de bodas.


Los hombres se apresuran mudos y andan a prisa por los callejones,

el sonido alcanza sus oídos pero no su corazón.

Sólo un pequeño grupo de fieles corderitos escucha la voz del pastor.

Con alegría oculta siguen la llamada

a la tienda santa, a la mesa que has preparado.


domingo, 18 de julio de 2010

Plegaria a la Presencia amorosa del Señor


Tú te sientas en el trono a la derecha del Padre
en el reino de su eterna gloria
como Palabra de Dios desde un principio.


Tú gobiernas en el altísimo trono
también en transfigurada forma humana

después de haber consumado tu obra en la tierra.


Así creo yo, porque tu Palabra me lo enseña,

y porque lo creo me siento feliz,

y de ahí florece una dichosa esperanza:


Pues donde estás tú allí están también los tuyos,

el cielo es mi maravillosa patria,
yo participo contigo el trono del Padre.


El Eterno, que todo ser creó,
Él, tres veces santo, que abarca todo ser,
tiene su propio reino silencioso.


El habitáculo más íntimo del alma humana

es el más querido lugar de la Trinidad,

su trono celestial en la tierra.


Para redimir este reino celestial de las manos del enemigo

ha venido el Hijo de Dios como hijo del hombre,

y dado su sangre en rescate.


En el corazón de Jesús, que fue atravesado,

el reino celestial y la tierra están unidos,
aquí está para nosotros la fuente de la vida.


Este corazón es el corazón de la Trinidad divina

y centro de todo corazón humano,
que nos da la vida de la Divinidad.
(Edith Stein, “Yo estoy con vosotros”,
en Obras completas, vol. 5, Burgos 2004, pp. 799-803).

sábado, 29 de mayo de 2010

Percibir a Jesucristo en el Sagrario

“Pero, ¿en dónde me encontraré con Él?

¡Soberana realidad de los Sagrarios cristianos, ven a dar a mi alma la respuesta y la seguridad de su dicha!

Dile que sí que el Jesús de la virtud aquella vive todavía y vive muy cerca de mí, junto a mi casa, ¡en el Sagrario!


Di a mi alma y di a todas las almas que quieran oír, que en el Sagrario vive el mismo Jesús de Jerusalén y Nazaret, con su mismo Corazón tan lleno, tan rebosante de virtud de sanar y tan abierto para que salga perennemente en favor de todos...


Desde que he meditado así el Sagrario, ¡cómo se ha agrandado ante mis ojos y ante mi corazón!


El Sagrario no está ya limitado por las cuatro tablas que lo forman, ni aun por los muros que lo cobijan. El Sagrario se extiende mucho más.

El Sagrario será el límite de las especies sacramentales, pero no de la virtud que debajo de ellas constantemente brota.


Yo ya miro al Sagrado Corazón de Jesús en el Sagrario como un sol que irradia luz, calor y vida del cielo en torno suyo en una gran extensión, como un manantial de agua medicinal siempre corriente en muchas direcciones, como un delicioso jardín esparciendo siempre los aromas más exquisitos...


¡Ay!, si nuestros sentidos no fueran tan groseros, ¡qué impresiones tan deleitosas recibirían alrededor de los Sagrarios!

¡Cómo me explico ahora aquella atracción que se dice sentían algunos santos hacia el Sagrario, aun ignorado, por cuyas cercanías pasaban!
¿No sería quizás que sus sentidos espiritualizados percibirían ya el ambiente del lugar de los Sagrarios?

¿Te vas enterando ahora de lo que significa esa frase sobre la que quizás habrás pasado muchas veces distraído: tener Sagrario?


¿Ves ahora lo mal que se unen estas dos ideas: tener Sagrario y seguir siendo desgraciado?
¡Pues qué!, la virtud aquélla de sanar que exhala siempre para todos el Corazón de Jesús de aquel Sagrario, ¿no es bastante para acabar con todas tus desgracias?

¡Jesús sacramentado! En esa oscuridad, en que el abandono de los hombres te tiene sumergido, te confieso Luz de la Luz de Dios y única Luz del mundo.
En ese silencio, a que voluntariamente te has reducido ahí, yo te proclamo Palabra substancial de Dios y única Palabra creadora, restauradora, glorificadora y deificadora. En esa inmovilidad, a que te has obligado ahí, yo te reconozco Vida de Dios y única Vida de todo lo que vive”.

Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 409-411.

martes, 25 de mayo de 2010

Cómo debo estar yo con Cristo en el Sagrario

“Llena el alma de ese vivir sintiendo y compadeciendo con Él, procura no ver, ni oír, ni sentir, ni querer las cosas, los acontecimientos y a las personas, sino como Jesús desde su Sagrario las ve, oye, siente y quiere. Y de esta suerte la presencia nuestra ante el Sagrario, que por ser corporal está limitada sólo al tiempo en que estamos delante de Él, por esta compasión le podemos acompañar no a ratos, sino siempre, siempre...

Por esta compañía de compasión, nuestro corazón y nuestra vida se convierten en eco del Corazón y de la Vida que palpitan en nuestro Sagrario...

Alma que crees con fe viva en la presencia real de Jesús en la Eucaristía ¿puedes medir la inmensidad del amor que el Corazón de Jesús recibiría en su Sagrario y de la dulzura y seguridad y paz que te inundarían, si tu corazón no tuviera más ritmo que el ritmo del Corazón de Jesús Sacramentado?

Dos corazones con el mismo ritmo son un solo corazón. Ésa es la obra de la compasión perfecta".


Beato D. Manuel González, El abandono de los Sagrarios acompañados,
en O.C., Vol. I, n. 220.

domingo, 16 de mayo de 2010

Eucaristía: Sacrificio, Presencia, Comunión

La Eucaristía, sacramento pascual, es el tesoro inefable, que nunca se agota en su consideración.

A la vez, e inseparablemente, es:

-el Sacrificio de Cristo, que se hace presente (no se repite, porque es único; se hace presente el mismo Sacrificio del Calvario),
-es Presencia, porque el Pan y el Vino se convierten -transformándose sustancialmente- en el Cuerpo y la Sangre del Resucitado, y merecen toda nuestra adoración y el mayor respeto,
-y es Comunión, porque está destinado para ser sumido, comido, como Banquete pascual. Esta es la plena participación: poder comulgar tras haber discernido si estamos o no en gracia de Dios, debidamente preparado.

Las tres dimensiones de la Eucaristía deben estar presentes y ser asumidas, comprendidas, vividas. Una mala reducción de la Eucaristía considerará exclusivamente una de las dimensiones arrinconando las otras dos.

Desgraciadamente, esa reducción y ambigüedad sobre el Misterio de la Eucaristía, le han hecho perder, en la práctica celebrativa, su dimensión sagrada, y convertida en "una fiesta muy alegre con Jesús", una reunión de amigos para comprometerse con Jesús en la transformación del mundo, algo divertido y distraido (¡ay que ver qué cantos y qué ritmos musicales!)...

jueves, 1 de abril de 2010

Jueves Santo: el amor entregado


Estamos en comunión con toda la Iglesia la misma memorable tarde en que Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía.

Estamos, con fe y con gozo, celebrando el día de la Cena del Señor, la Cena pascual, la Pascua del Señor. Esta Pascua, celebrada ardientemente por Jesús con sus discípulos, se actualiza en esta la Eucaristía, Pascua del Señor.

Estamos en el día del memorial de la Pascua del Señor. Jesús va a celebrar su Pascua, su Paso de la muerte a la vida verdadera. La Pascua judía –memorial de la liberación de Egipto- anunciaba la auténtica Pascua que iba a llevar a cabo Cristo.
Jesús anticipa en la Eucaristía la Pascua que va a comenzar con su Cruz, descenso a los infiernos y su santa resurrección.

lunes, 8 de febrero de 2010

Cómo está Jesús en el Sagrario


“Si Jesús está presente en el Sagrario con sus ojos que me miran, yo debo estar ante el Sagrario mirando con mis ojos de carne la Sagrada Hostia, cuando me la dejan ver; y con mis ojos del alma el interior de esa Hostia.

Si Jesús está en el Sagrario con sus oídos para oírme, yo debo estar ante el Sagrario con mi atención para oírlo y con mi mayor interés para hablarle.

Si Jesús está presente en el Sagrario con sus manos rebosantes de dones para los necesitados que se lleguen a pedírselos, yo debo estar ante el Sagrario con mi indigencia expuesta en el plato de mi confianza.

Si Jesús está en el Sagrario con el Corazón palpitante de amor sin fin a su Padre y de amor hasta el fin a nosotros; si ese amor que sube a su Padre es infinitamente latréutico, porque lo alaba como Él se merece, e infinitamente eucarístico, porque le da gracias por los beneficios que nos hace hasta dejarlo satisfecho, e infinitamente expiatorio, porque lo aplaca por los pecados con que le ofendemos, hasta ponerlo en paz. Y es infinitamente impetratorio, porque con clamor válido intercede y ruega por nosotros.

Y si ese amor que desciende desde su Corazón a los hijos de los hombres, es amor de Padre, hartas veces menospreciado. De Hermano, casi siempre desairado. De Amigo, las más de las veces abandonado. De Esposo, muy poco correspondido. Y de Rey, muchas veces desobedecido, vilipendiado y traicionado...

Si todo esto es así, yo debo estar ante el Sagrario con todo mi corazón y con todo el amor de él, para sumergirme en aquel Corazón y palpitar con sus mismas palpitaciones y amar como Él ama, alabando, agradeciendo, expiando, intercediendo al Padre celestial y disponiéndome a darme por Él de todos los modos a mis prójimos hasta el fin, sin esperar nada...

En menos palabras: si Jesús está en el Sagrario para prolongar, extender y perpetuar su Encarnación y su Redención, lo menos que yo debo hacer es presentarle mi alma entera con sus potencias, y mi cuerpo entero con sus sentidos, para que se llenen y empapen de sentimientos, ideas y afectos de Jesús Redentor encarnado y sacramento...

Ésta, ésta es la compañía de compasión, la que pone entre Jesús y yo presentes comunicación y cambio de miradas, de palabras, de necesidades, de afectos... La que me hace mirar, hablar, oír, pedir, recibir, confiar, sentir y amar como Él y con Él...”

Beato D. Manuel González, El abandono de los Sagrarios acompañados, en O.C., Vol. I, nn. 218-219.

viernes, 8 de enero de 2010

Teología de la Navidad (ante tanto sentimentalismo y subjetivismo)

Siempre me ha parecido que el hombre pretende disimular u ocultar la fuerza del Misterio escondiéndolo tras lo banal o lo cultural, a lo mejor no tanto porque no se sepa preguntar al Misterio, cuanto que prefiere la comodidad del quedarse quieto y no indagar, no buscar para no hallar. Se amordaza el Misterio tras expresiones humanas o culturales y así se sobrevive con el Misterio sin atreverse a dejarse fascinar por lo bello y verdadero del Misterio.

El ciclo litúrgico de la Navidad es, en verdad, un Misterio, el gran Misterio, el Misterio accesible y palpable del Verbo, de la Presencia del Dios-con-nosotros, que descubre el hombre al hombre, le revela sus inmensas posibilidades, le señala el camino de su sobrenatural vocación a la santidad, el Misterio de la condescendencia divina, del admirable intercambio entre la naturaleza humana y la divina para hacernos a nosotros partícipes de la vida de Dios.

No obstante, frente al Misterio que sobrecoge al hombre y le hace brotar el estupor, la admiración y la adoración, el hombre ha preferido amortiguar el golpe de Dios, ocultar sus refulgentes rayos, envolviéndolo todo en un vulgar y simple papel de regalo; hemos querido arrebatarle fuerza transformándolo en dulzura meliflua, empalagosa, chorreante de miel; es un folclore navideño, aceptado y participado por todos que resulta más “entretenido” y falsamente “humano” que la acogida del Misterio que se da. La fuerza de Dios y la belleza del cristianismo que engendra se oculta tras los velos de la “solidaridad”, del compartir navideño, de los regalos y de lo convencionalmente aceptado por la sociedad, ya incluso, abierto y descaradamente, sin referencias a Jesús en muchos eventos, adornos o felicitaciones. El que se manifiesta lo preferimos como un Dios oculto y escondido; el que habla lo preferimos mudo. Un simple y último ejemplo: la liturgia misma de Navidad es abarrotada y colmada de cantos y villancicos populares, coros de niños vestidos de “pastorcitos” y Misas “flamencas o rocieras”, marginando los grandes cantos de la liturgia de Navidad, incluso el mismo salmo responsorial o el Gloria.
Pero volvamos al principio: estamos ante el Misterio.

Y el hombre sabio, el creyente, sabe que ante el Misterio hay que ponerse de rodillas, llenos de asombro y gratitud, adorar y amar, acoger y dejarse coger por el Misterio. Aquí está la Belleza, la Verdad, la Bondad, la Luz, la Palabra y la Vida.

lunes, 21 de septiembre de 2009

De liquidador de impuestos a hombre libre: ¡San Mateo apóstol!


Un relato fresco, ágil, sin disgresiones, con la fuerza de la misma Persona de Cristo, siempre seductor, con una autoridad distinta y nueva: el relato de la llamada a Leví, para convertirlo en el apóstol Mateo.

Pasó Jesús junto al mostrador del cobro de impuestos. Mira a Mateo y basta una sola palabra: “Sígueme” para que Mateo obedezca al instante, sin demora, sin titubeos, sin cálculos para medir el compromiso y poner un límite. Nada: sólo disponibilidad, sólo obediencia inmediata, sólo alegría por el encuentro, el encuentro definitivo, único, que marca a fuego la vida de Mateo. Mateo no hace componendas humanas para intentar compaginar su oficio de cobrador de impuestos y el seguimiento a Cristo; no hace cálculos para unir el servicio a Dios y al dinero; Mateo se entrega y lo hace por completo, arriesgándose generosamente: ¡el Señor resultará el mejor pagador! Tampoco tiene Cristo que empezar a convencer y razonar con Mateo para lograr su adhesión: ¡cuánto tiempo perdido a veces, intentando convencer y cuántas resistencias en tantos católicos para vivir su fe más entregada, más radical o más comprometida! En ocasiones, si a alguien se le llama a algún servicio, o apostolado, o misión, parece que hay que convencerle ofreciendo mil argumentos razonables y rebatiendo las respuestas de comodidad para no comprometerse... cuando lo que hay es pereza y falta de amor a Cristo. A Mateo no necesitó Cristo convencerlo, no hubo necesidad de nada, tan sólo de la Presencia de Cristo: ¡Sígueme!

Viendo este encuentro no podemos menos que admirarnos. ¿Qué tendría la Persona de Cristo que fascinaba de esa forma? ¿Su mirada, su voz, su forma de dirigirse a alguien amándole? ¡Era la Presencia que revelaba el amor de Dios! ¡Era la certeza misma que se imponía, que correspondía a la sed del corazón de Mateo, al deseo de felicidad y plenitud de todo hombre! Mateo se sintió amado y acogido por Cristo, Mateo sintió cómo Cristo leía en su corazón y lo recibía. Cristo era lo que Mateo en el fondo buscaba y necesitaba, Cristo era la respuesta a todo. ¡A nadie había visto, ni escuchado, ni conocido como aquél hombre, Jesucristo, que pasó junto a la mesa de los impuestos! Aquel encuentro determinó para siempre la vida de Mateo llenándola de sentido, de gozo, y cuántas veces no volvería Mateo con su memoria a aquel momento de gracia que fue el Acontecimiento definitivo de su existencia.

Cristo pronuncia la palabra exigente y tierna a la vez, “Sígueme”, y al mismo tiempo, invisiblemente, toca el corazón de Mateo para suscitar la respuesta. “Es que el Señor que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible” (Beda el Venerable, Homilía 21).

Para poder seguir a Cristo, Mateo ha de renunciar a una posición económica muy solvente. El dinero no puede ser jamás un ídolo que aprisione el corazón, ni un obstáculo para la libertad, ni un impedimento para la fe. Todo ha de subordinarse a Cristo. No estaba Mateo cobrando unos módicos aranceles por unos impresos oficiales, sellados y anotados, ni un liquidador de impuestos ajustándose a unas tasas. Era publicano. Un publicano era un colaborador del estado, en este caso, el Imperio romano, cobrador de impuestos de quien había subyugado a Israel, por lo que estaba muy mal visto entre sus compatriotas. “Reyes y gobernadores explotaban a sus súbditos y en las guerras e invasiones el saqueo era norma común. Y aún peor que los mismos impuestos, resultaba lamentable el modo de obtenerlos. El estado, en lugar de recaudarlos con administradores propios, arrendaba el cobro a ricos personajes que pagaban al estado una cantidad fija y luego se encargaban de sacar a la población todo lo que podían, reclamando cantidades mucho mayores de las realmente establecidas” (MARTÍN DESCALZO, Vida y misterio..., Vol. I, p. 50). Ésta era la función de Mateo-Leví: “practicaba el más sucio de los oficios, el de publicano, que no suponía sólo sacar dinero a sus compatriotas –y con no poca usura- sino que incluía, sobre todo, el haberse vendido a los paganos y ayudar a llenar las arcas romanas con el sudor del pueblo elegido. Es fácil imaginar la repulsión con que los demás apóstoles –fanáticos patriotas- recibieron a este traidor a sus ideas más sagradas” (Id., p. 266).

Nada le fue obstáculo a Mateo para seguir a Cristo, nada antepuso al amor de Jesucristo. ¡En Cristo lo halló todo, en Cristo lo poseía todo, en Cristo su vida descubrió la mayor riqueza y nada le importaba ya!

Así nosotros pedimos hoy con humildad en la oración colecta que “podamos seguirte siempre”, nada nos retenga, nadie nos lo impida, ningún obstáculo se interponga, “y permanecer unidos a ti con fidelidad”, sin cansarnos, ni desilusionarnos, sin poner expectativas humanas que nos defrauden.

sábado, 29 de agosto de 2009

De cómo el Evangelio se cumple: casas, hermanos, tierras...


Las palabras del Evangelio se cumplen siempre –¡Dios es Fiel!- y de un modo u otro, más tarde o más temprano, vemos cómo se realizan. Y nos sorprende Dios, siempre nos sorprende.

Cristo, a aquellos a los que invitaba a seguir, les anunciaba: “Os aseguro que todo aquel que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por mí y por la Buena Noticia, recibirá en el tiempo presente cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, aunque junto con persecuciones, y en el mundo futuro la vida eterna” (Mc 10,29-30). Esta promesa sigue vigente, es palpable.

He estado unos días en mi antigua parroquia, donde fui tremendamente feliz, en la que se hizo, gracias al equipo sacerdotal, una tarea grande en lo material y en lo espiritual –pero lógicamente requiere tiempo para que se consolide: catequesis de adultos, retiros parroquiales, retiros de padres, vigilias de oración, canto de Vísperas dominicales, etc...-, y tampoco faltaron las “persecuciones” de quienes creen que ya lo conocen todo, lo saben todo, con el “siempre se ha hecho así” (anteponen sus costumbres al mandamiento de Dios) y vivían en una versión moderna del “clericalismo” pero en su versión seglar.

Cuando he estado allí, el Señor ha puesto por delante casas, hermanos, familia; un hogar y una familia que recibe, la mesa puesta, la experiencia común de vida cristiana compartida, los momentos de comunión con unos y otros y entre todos, y los pequeños momentos en que visité el Sagrario de la parroquia, donde tantas horas estuve, y la Santa Misa en la parroquia donde se recibe el afecto sincero y cortés a un tiempo, con la conciencia de pertenecer únicamente a Jesucristo y a su Iglesia, no a éste o aquél sacerdote, pero con gratitud a quien ejerció el ministerio con ellos y para ellos La fe genera un sentido de pertenencia a la Iglesia y suscita la familiaridad, es decir, el ser y vivir como familia con unos lazos, los de la fe, que cuántas y cuántas veces son superiores a los lazos de la carne y de la sangre. ¡Qué a gusto se está así, entre ellos! Podían compartir la fe y el afecto personas de distinta formación, edad, espiritualidad, vocación y apostolado, porque nacía una Compañía de la Presencia de Cristo. ¡Y esto es hermoso, vale la pena disfrutarlo! Es una amistad que surge del reconocimiento de Cristo, y no de grupos cerrados, de afectividades inmaduras en torno a un líder, o de dependencias extrañas; era libertad de espíritu, era amistad diáfana, era Cristo en el centro de todo.

¡Qué buenos días he pasado! ¡Qué hermosa es la Iglesia que potencia lo humano, acrecienta la amistad, refuerza los vínculos con el Señor y entre nosotros!

Gracias por los días que he pasado con vosotros. Sed siempre fieles a Cristo, amad a la Iglesia, acrecentad vuestra vocación a la santidad... ¡ah!, y sed fermentos en el mundo.


sábado, 1 de agosto de 2009

Jaculatorias: reconocimiento de una Presencia


Las jaculatorias son breves frases dirigidas a Dios o a Jesucristo.
Se pueden recitar suavemente, casi al ritmo de la respiración sosegada, en la oración ante el Sagrario. Pero igualmente son muy útiles las jaculatorias a lo largo del día. Durante la jornada tenemos muchos momentos “vacíos”: nos trasladamos en coche solos, o vamos en autobús, o en el metro; vamos paseando; tenemos que esperar algo. Las jaculatorias nos permiten entonces orar rápidamente, aprovechar el tiempo, vivir una oración continua.

Las jaculatorias son flechas, dardos, veloces y raudos, al Corazón de Cristo.
Las jaculatorias nos ofrecen la posibilidad de una oración permanente.
Las jaculatorias son memoria de Cristo: Cristo está aquí, conmigo, me acompaña, me ve, me quiere.
Las jaculatorias son un medio de vivir la presencia de Dios en todo lo que soy y lo que realizo a lo largo de la jornada.
Las jaculatorias renuevan la oración de la mañana, ofrecen momento a momento el trabajo.
Las jaculatorias son el reconocimiento de esa Presencia que lo llena todo y en la que se fundamenta la propia vida.

Hay jaculatorias clásicas: “Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí que soy pecador”, “Jesús, confío en Ti”, etc.

Podemos emplear algún versículo bíblico con especial resonancia para cada uno: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”, “Mi alma está sedienta de ti”, “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”, “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”, “Yo soy la resurrección y la vida”, etc., etc.

Pero es sumamente útil escoger una jaculatoria fija para cada jornada, y tomarla o de la Liturgia de las Horas que hemos rezado, o de las oraciones de la Misa de ese día, o del Evangelio del día. Por ejemplo hoy, sábado 1 de agosto, de la primera semana del Salterio. Podríamos entresacar todas estas jaculatorias:

“Dios mío, con sincero corazón te lo ofrezco todo” (Antífona Oficio de lecturas).

“Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación” (Cántico Ex, Laudes).

“Concédenos, Señor, los tesoros de tu amor” (Respuesta Preces de Laudes).

“Que glorifiquemos tu nombre con cada una de nuestras acciones” (Preces de Laudes).

“Oh Dios que suscitas continuamente en tu Iglesia nuevos ejemplos de santidad” (Oración colecta S. Alfonso).

Si de la liturgia del día entresacamos la jaculatoria para cada jornada:

-renovaremos y prolongaremos la oración del mañana y lo que hayamos tratado y saboreado con el Señor para que llene todo el día
-y profundizaremos en los textos litúrgicos y bíblicos, extrayendo su riqueza y memorizándolos.

miércoles, 29 de julio de 2009

Marta: la Amistad de Jesús (Pedagogía de Cristo - III)


Cristo valoró la amistad, ¡es algo tan humano, tan necesario, tan limpio, tan gozoso! Gozaba de la amistad, descansaba en la experiencia del afecto mutuo de sus amigos. Santificaba así la amistad. La hacía un camino humano gratuito. Él suscitaba la amistad, despertaba el afecto.

Dedicaba tiempo a sus amigos y compartía con ellos, pero –Él siempre es Pedagogo- no centraba la amistad en ningún interés, ni con miras humanas, sino en un afecto tan puro y libre que conducía hacia el Padre, y su conversación –embelesadora, fascinante, seductora- dirigía el corazón hacia un conocimiento nuevo, a una sabiduría escondida a los sabios de este mundo. Pero no era sólo su palabra, su discurso, era todo Él, su Presencia, su Mirada, su Corazón lo que se imponía como una evidencia. En casa de Marta, María y Lázaro pasaba algunos días cuando le era posible, descansando de la actividad misional, pero siendo Maestro en todo momento. María, la hermana de Marta, se queda a los pies del Señor escuchando; Marta, sin duda seguiría la conversación, ¡seguro!, ¡no perdería puntada!, pero ajetreada con preparar la comida y seguir las leyes de la hospitalidad con el amigo. La amistad requiere tiempo mutuo, nunca prisas; la amistad necesita espacio sosegado para la confidencia y la intimidad. La amistad se construye día a día, momento a momento, en fidelidad, en escucha y diálogo, y ese tiempo es el que dedica Cristo a los suyos, mostrando la Belleza de un Amor que es verdadero, de una Amistad fiel. Las veces que paraba en casa de estos tres hermanos, fueron ocasiones de amistad. Y, como siempre, de iniciarlos en los secretos del Reino.

Esos encuentros no fueron baldíos. Cuando Lázaro ha muerto, Jesús llora por la muerte de su amigo (y la gente comentaba “cómo lo quería”, porque no hay porqué sospechar de la amistad como si estrechase el corazón); de hecho “quería mucho”, “amaba mucho” a Marta, María y Lázaro (Jn 11,5). Marta reconoce con una certeza absoluta que Aquél que es Amigo, que es Maestro, Huésped en su casa tantísimas veces, es el Dueño de la Vida y la Salud: “si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano” (Jn 11,21). Pero la amistad con Cristo le había servido para descubrir, y ahora confesar, que Cristo, es la resurrección y la vida. ¡Cree, cree en Cristo! ¡Qué feliz es Marta!, ha descubierto en Jesús, progresivamente, al Señor.

Esa experiencia también puede ser nuestra. Basta con albergar a Cristo en el hogar de nuestra existencia, en el recinto del corazón, y emprender una relación de amistad, de trato asiduo, constante, fiel, con Jesucristo. Él nos conducirá, con mucho amor, al reconocimiento de su Misterio. Y, estando con Él, aprenderemos a servirle y atenderle, con delicadeza, al igual que Marta sirvió al Señor.

domingo, 26 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (II)


Junto a su hermano Juan y a Pedro, Santiago era miembro del grupo más íntimo de Jesús. Esa cercanía le permitió entrar más en el Corazón insondable del Salvador, que lo iba cautivando. Los tres años de ministerio público de Jesús fueron la mejor escuela para educar a Santiago. Cristo desarrolló con él su pedagogía divina. Santiago ve resucitar a la hija de Jairo (Mc 5,37) como un privilegiado en el reducido recinto (¡su Maestro era capaz de devolver la vida! –qué orgulloso se sentiría-), Santiago, que con los demás se había escandalizado del anuncio de la Pasión, asiste lleno de estupor a la Transfiguración, la divinidad sin velos de Jesús, el anticipo de la resurrección. Descubre que en Jesús hay algo más que un ser excepcional: es la Presencia de Dios mismo. Cristo tenía que vencer, con amorosa pedagogía, las resistencias interiores de Santiago y reeducarlas en otra dirección. El ímpetu del fuego, el carácter fuerte que demuestra ante la aldea samaritana será encauzado por Cristo para tener el ímpetu del apóstol, conociendo de qué espíritu es: ¡llegará hasta Hispania, hasta el Finisterre, para anunciar al Resucitado! Entra en escena la madre, impulsiva, sin reparos humanos, sin mirar cuánta gente hay delante. ¡Ya vemos de dónde le viene el carácter a los hijos de tal madre! Pide el puesto a la derecha y a la izquierda en el Reino de Cristo. Probablemente, Santiago y Juan no se atrevieron a pedir por las claras los puestos de importancia, pero empujaron a la madre a realizarlo (o ésta se lanzó sola). Cristo se dirige no a la madre, sino a los hermanos. Palabras misteriosas. “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” La ambición de Santiago va a ser transformada. Cristo los estimula a su imitación, compartiendo con Él el cáliz de la pasión. “Podemos”. Lo bebió. Tras predicar en España y volver a Jerusalén, sufrirá –el primer apóstol- la Pasión. Cristo es modelo de educador. “El Pedagogo es educador práctico, no teórico; el fin que se propone es el mejoramiento del alma, no la instrucción; es guía de una vida virtuosa, no de una vida erudita” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo 1,1,4). Su Presencia, su Compañía, son determinantes, y nadie que trate con Cristo permanece indiferente. Con Él todo es nuevo, y así brota una nueva personalidad. El ejemplo, Santiago: finalmente su única ambición fue extender el Reino, y su impulso fue predicar... ¡hasta beber el cáliz, dando la vida por Cristo!


sábado, 25 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (I)


La Compañía y la Presencia de Cristo son transformadoras de la vida. Quien se une al Señor y le sigue, va siendo transformado poco a poco, casi sin que se dé cuenta. Es lo humano –la personalidad, la mentalidad, los afectos, la sensibilidad...- que queda educado por Cristo. La totalidad de la persona es afectada por la Presencia de Cristo. Ya no se es lo mismo: ¡surge algo nuevo!, una personalidad cristiana.

Santiago Apostól. Conocemos dos rasgos de él: era generoso, pero impulsivo y de carácter fuerte. Generoso, porque no dudó en seguir a Cristo a su invitación; impulsivo, porque Jesús -¡qué le gustaba poner apodos!, ¡qué fino humor!- lo llamaba cariñosamente “Hijo del Trueno” (con su hermano Juan) ya que en un arrebato quería que bajase fuego del cielo y devorase a la aldea samaritana que no quiso recibir a Jesús (Lc 9,54-55). Éste era el material humano... ¡y cómo lo transformó Cristo!

Santiago trabajaba con su hermano Juan en el “negocio” familiar de su padre Zebedeo junto a los jornaleros: pescar, volver a la orilla, clasificar el pescado, repasar las redes. Pasa Jesús, y a una palabra, lo dejan todo para lanzarse a lo desconocido: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Cristo dejó impactado a Santiago. No dudó (Mt 4,21-22). En Cristo su mirada, su voz, su Presencia, denotaban algo singular y único excepcional. Se produjo la gracia del encuentro que Santiago guardará como un tesoro. ¡Éste sí que es Único!, ¡Éste sí que responde a mi corazón, a sus exigencias más profundas de Verdad!

Escuchaba a Cristo predicar, cuando desgranaba los secretos del Reino, cuando los iniciaba con parábolas y a los apóstoles les enseñaba abiertamente en privado; palabras que seducían el corazón, aunque no se captasen de golpe su profundidad. Es la tarea de un maestro: volver sobre un tema una y otra vez, con suavidad, con distintos modos de acercamiento, despertando el interés y la curiosidad. Cristo corregía a sus apóstoles cuando era necesario, rompiendo sus seguridades humanas, enseñándoles a mirar la realidad con otra perspectiva. Asimismo, compartir la vida de Cristo: su oración, sus curaciones, sus encuentros personales... Todo era educador, todo era pedagogía divina.


viernes, 24 de julio de 2009

Edith Stein, una experiencia. ¡Algo distinto hay en nuestras iglesias!


Nuestras iglesias tienen un algo distinto. No son una sala de reuniones, un salón de catequesis. No están vacías cuando entramos. No son una sinagoga, no son una iglesia luterana o evangélica, lugares concebidos sólo para la asamblea, para recibir a los creyentes, pensando exclusivamente en el culto comunitario.

Nuestras iglesias están habitadas: Cristo vivo está allí, en el Sagrario. En cualquier momento se puede entrar a conversar con Cristo. ¡Hay Alguien! Alguien -Jesucristo en el Sagrario, vivo, glorioso- que me espera, me ama, me escucha, me recibe, me consuela, me ilumina, me asiste, me lleva a conocer y saborear la Verdad, me habla, se revela y se me da constantemente.

Edith Stein percibió esta experiencia que la impactó. Estamos en 1916, ella entregada a la filosofía y a sus estudios en la Universidad. La religiosidad judía la abandonó hace tiempo; se sumergió en el vacío de un ateísmo existencial, que la dejaba frustrada por dentro y sin respuestas, ¡sin respuestas a ella, sumamente inteligente y escudriñadora! Tendría que pasar tiempo. Mientras, el Señor mismo la buscaba a ella (y Edith tendrá que reconocer unos años después, en su conversión y bautismo, hasta qué punto ella no encontraría a Cristo si Cristo antes no la hubiese buscado a ella).

1916, camino de Friburgo, hace parada turística en Frankfurt. Se le ocurre entrar en la catedral: "Teníamos mucho que contarnos mientras recorríamos lentamente la ciudad antigua, que me era tan familiar por los "Pensamientos y recuerdos" de Goethe. Pero me impresionaron más otras cosas que el Monte de Roma y la Tumba del ciervo. Entramos unos minutos en la catedral y, mientras estábamos allí en respetuoso silencio, entró una señora con su cesto del mercado y se arrodilló en un banco, para hacer una breve oración. Esto fue para mí totalmente algo nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes, a las que había ido, se iba solamente para los oficios religiosos. Pero aquí llegaba cualquiera en medio de los trabajos diarios a la iglesia vacía como para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar" (Escr. Autobiogr., 9,2).

¡Esa Presencia tocaba su corazón!
Igualmente, hoy, esa Presencia puede tocar nuestro corazón.

Lo primero, agradecimiento a Cristo por habitar entre nosotros.
Lo segundo, recuperar la sanísima costumbre de la "visita al Sagrario", entrando unos minutos para un diálogo confidencial con el Señor.
Lo tercero, una mirada sorprendida y siempre nueva al entrar en nuestras iglesias: ¡Señor, qué maravilla, estás aquí, por puro amor y misericordia!