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miércoles, 28 de abril de 2021

Leer a los santos y vidas de santos



Resulta interesante siempre para un cristiano acercarse a la experiencia de vida de otro cristiano. Más enriquecedor aún si estos otros cristianos vivieron en otras circunstancias y épocas distintas: reflejan una forma concretar de plasmar el cristianismo, una concreción del Evangelio en un tiempo, en una época, en una sociedad, en una persona con nombres y apellidos. 



¿Cómo percibieron el mensaje de Cristo? ¿Cómo se unieron a Él? ¿Qué obra hizo Dios en sus vidas? ¿De qué modo actuó la gracia de Dios en ellos?

Al entrar en contacto con ellos, con su corazón, con su alma abierta y comunicativa, vivimos una experiencia ciertamente única: entramos en la Comunión de los Santos, pues esta Comunión no sólo la vivimos con todos los cristianos que hoy profesan la misma fe, sino con los cristianos de toda lengua y cultura de todos los tiempos. 

A la vez realizamos otra experiencia no menos interesante: la de la catolicidad, la de la apertura de la mente y del espíritu a otros cristianos, con otras sensibilidades, otras vocaciones, otros carismas, diferentes espiritualidades, que permiten al cristiano de hoy enriquecerse y no encerrarse en ninguna espiritualidad o modo de seguimiento de Jesucristo como si fuera lo único y mejor, o pensando, como a veces ocurre, que la Iglesia “ha nacido con nosotros”. Formamos un pueblo, el Pueblo de Dios, con una larga Tradición, guiada por el Espíritu, a la que nos incorporamos y enriquecemos. Esto es ser católico, “universal”, integrador, nunca encerrado, siempre abierto a los aires del Espíritu Santo en la Iglesia de Jesucristo.

viernes, 18 de octubre de 2019

Los santos conocieron y trataron a Cristo




“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26).

“Los santos son especialmente los que han tenido un conocimiento global más exacto de Dios, y lo han adquirido a través de una fe vivísima, nutrida en la contemplación y sostenida por el don de sabiduría” (JUAN PABLO II, Discurso a los obispos chilenos en visita “ad limina”, 28-agosto-1989).




A la sorpresa de aquellos que conocían a Jesús “de toda la vida”, corresponde también nuestra propia admiración por la persona de Jesucristo. Aquellos conocían quién era desde pequeño, era el hijo de carpintero, en una aldea pequeña de 200 habitantes es fácil conocer e identificar a todos los habitantes y sus entresijos: es el hijo del carpintero; su padre José y su madre María; sus hermanos, sus familiares más próximos, Santiago, María...: “¿de dónde saca la sabiduría con la que habla?” 

Para aquellos mismos que le conocían resultaba un misterio. No llegaban a atisbar siquiera que aquel paisano, era el Hijo de Dios, la Sabiduría de Dios, el que hablaba con palabras de vida eterna.

Pero también así andamos nosotros. Conocemos al Señor de oídas,  de toda la vida; nos han hablando del Señor, de la Virgen y de los santos desde que éramos pequeñitos, pero, a veces, nos ha faltado esa asimilación personal, ese tratar con el Señor de verdad para descubrir quién es Jesucristo. Nos hemos quedado en la periferia de la persona, pero no hemos entrado en el Misterio del Señor. Sabemos de sus milagros, de sus obras, sabemos de memoria tres o cuatro frases del Evangelio, pero no nos hemos parado todo lo que necesitábamos, a tratar de verdad con el Señor.



miércoles, 3 de julio de 2019

Santos y místicos: sus aspiraciones (Palabras sobre la santidad - LXXI)

Para una teología que quiera ser viva y fecunda, y, por tanto, para una pastoral que quiera ofrecer algo sólido y real, los santos son unos referentes. Ellos son testigos y maestros a un tiempo; testigos de la acción y actuación de Dios en la vida, maestros porque expresan lo que ven y lo que viven, lo que palpan y experimentan del Misterio, abriendo caminos para que otros los puedan recorrer.



En los santos se cumple aquello que escribía Pablo VI en Evangelii Nuntiandi: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos” (n. 41). Son testigos, y constituidos en testigos, tienen palabras que pueden y deben ofrecer, siendo maestros para la vida de la Iglesia, para los otros hermanos y miembros de Cristo que peregrinan.

            ¿Y de qué hablan? ¿Qué pueden ofrecer?

            Ante todo, su experiencia personalísima del Misterio de Dios; pueden ofrecer sus deseos y aspiraciones de su alma que se han visto colmados con creces cuando se han unido al Señor y nada ha roto o debilitado esa unión.

            Los santos son testigos y maestros de una vida superior, plenamente cristiana, y por ello, mística. No se trata de un monje aislado, de un eremita apartado, o de una contemplativa tras su clausura: la vida mística, el desarrollo de la gracia que une a Cristo, se da en santos de toda condición, de toda vocación, también en la vida sacerdotal y en la vida laical, de tantos seglares en el mundo, trabajando en el mundo, transformándolo, y a la vez con una riquísima y oculta vida interior, mística.

 La oración es un camino de transformación de toda la persona, pero es, ante todo, unión con Cristo. Los santos y los místicos tienen una única aspiración y deseo: Jesucristo. Lo demás le parece pobre, insignificante.

jueves, 27 de abril de 2017

Vida sobrenatural (Palabras sobre la santidad - XXXVII)

El cristiano ha renacido a una vida nueva, distinta, sobrenatural, por el bautismo. Los santos son quienes mejor y más profundamente han vivido esta vida sobrenatural.


Llenos de Dios, asistidos por el Espíritu Santo, los santos adquirieron una visión sobrenatural de la realidad, una capacidad para descubrir la verdad de las cosas, de los hombres y de la realidad tal como Dios las ve. Es más, esta visión sobrenatural propia del cristiana, desarrollada al máximo en los santos, les permite percibir los signos de Dios, el lenguaje de Dios en la vida y en la historia.

La capacidad de los santos de llegar a tener una visión sobrenatural de todas las cosas, los condujo a saber discernir, es decir, saber con certeza aquello que realmente viene de Dios, es una palabra personalísimo para ellos de Dios en sus vidas, y obedecer.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La variedad de la Iglesia (Palabras sobre la santidad - XXXVI)

La Iglesia es realmente hermosísima: un Cuerpo que tiene a Cristo por Cabeza y diversidad de miembros, útiles y necesarios; un Templo grandioso de la Presencia de Dios con ladrillos distintos, amasados por el Espíritu Santo; un jardín, con variedad de flores y frutos.


En ella aparecen vocaciones y carismas, ministerios y funciones distintas y todas necesarias y complementarias; en ella brotan estilos espirituales distintos, caminos de vida cristiana, modos de oración, que ofrecen una variedad hermosísima y contribuyen a la belleza real y concreta de la Iglesia.

Predicaba san Agustín:
"Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los linos de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos" (Serm. 304,3).

lunes, 12 de diciembre de 2016

Perspectivas para mirar a los santos (Palabras sobre la santidad - XXXIII)

La santidad, concretada en la vida de cada uno de los santos, debe ser pensada, amada, valorada, desde las distintas perspectivas que ofrece un fenómeno tan especial. Una simple mirada nunca logrará abarcar el misterio de la santidad ni logrará abarcar el misterio personal de un santo. Son, cada uno de ellos, muy plurales, polifacéticos, porque reflejan un Misterio insondable, inefable: la santidad de Jesucristo.


Los santos, cuando se les conoce, cuando se les presenta en la Iglesia, nos enriquecen y estimulan. Una buena presentación de los santos son un acceso certero para ver los valores actuales de la santidad y suscitar el anhelo de la santidad.

"A la vez, [la Iglesia] presenta estos excelsos ejemplos a la imitación de todos los fieles, llamados con el bautismo a la santidad, meta propuesta a todo estado de vida. Los santos y los beatos, confesando con su existencia a Cristo, su persona y su doctrina, y permaneciendo estrechamente unidos a él, son como una ilustración viva de ambos aspectos de la perfección del divino Maestro. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Los santos, una palabra de Dios (Palabras sobre la santidad - XXXII)

Dios que continúa hablando y mostrándose a la Iglesia, a la cual nunca deja de guiar, en cada santo pronuncia una palabra nueva que revela aspectos nuevos del Evangelio, o que actualiza el Evangelio, en cada momento de la historia de la Iglesia.


Dios, que es elocuente, y sigue conduciéndonos por su Espíritu Santo a la verdad completa, ofrece palabras nuevas, sentidos nuevos, con cada santo, distinto de otro santo, y así Dios los constituye en llamadas de atención a todo el pueblo cristiano, en signos vivos de Dios que interpelan.

Cada uno de los santos, a lo largo de la bimilenaria vida de la Iglesia, ha sido fruto de una llamada de Dios en la historia.

jueves, 20 de octubre de 2016

La transformación de los santos (Palabras sobre la santidad - XXXI)

Los santos son aquellos que han recibido una profunda transformación en su ser, podríamos decir que fue una "luminosa transformación". Como en el Tabor Cristo se transfiguró revelando la verdad y la belleza de su ser, y brotando de Él la luz, así en el santo, en cada santo, se ha llevado a cabo una verdadera transfiguración de su persona reflejando la luz que le venía del Señor.


Somos opacos por nuestros pecados; pero la luz que nos viene dada permite que la materia de nuestra alma se vaya purificando hasta llegar a ser translúcida, dejando que "su luz nos haga ver la luz" (cf. Sal 35), convirtiéndose el santo en un hombre nuevo. Quien mira a un santo no lo ve solamente a él, sino que ve a Cristo mismo a través del santo, como reflejándose y mostrándose.

Para llegar a eso, el santo ha sido iluminado poco a poco, purificado, trabajado interiormente, transfigurado.

"El hombre reconoce dentro de sí el reflejo de la luz divina:  purificando su corazón, vuelve a ser, como al inicio, una imagen límpida de Dios, Belleza ejemplar (cf. S. Gregorio de Nisa, Oratio catechetica 6:  SC 453, 174). De este modo, el hombre, al purificarse, puede ver a Dios, como los puros de corazón (cf. Mt 5, 8):  "Si con un estilo de vida diligente y atento lavas las fealdades que se han depositado en tu corazón, resplandecerá en ti la belleza divina. (...) Contemplándote a ti mismo, verás en ti a aquel que anhela tu corazón y serás feliz" (Id., De beatitudinibus, 6:  PG 44, 1272 AB). Por consiguiente, hay que lavar las fealdades que se han depositado en nuestro corazón y volver a encontrar en nosotros mismos la luz de Dios. 

jueves, 12 de mayo de 2016

Los santos de la caridad social (Palabras sobre la santidad - XXVI)

Un amor tan grande como el de Cristo nunca se queda limitado a la persona que lo recibe, sino que transforma a la persona y al transformarla la convierte en un difusor de ese amor recibido. El amor -el bien- es difusivo de sí, se extiende, se da, se comunica.

Los santos vivieron ese amor grande, amor de Cristo, y en lugar de convertirlo en una vivencia subjetiva y sentimental, ese mismo amor fue motor de obras grandes, de acciones misericordiosas, para que los demás fuesen igualmente amados por Cristo. Obraron el bien, atendieron a las necesidades y sufrimientos del otro. 

Esto es lo que se podría definir como caridad social: el amor al otro que transforma, y cómo, la sociedad. Ni las palabras, los discursos, las ideologías, los programas de partidos políticos, ni las revoluciones, cosas tantas veces aparentes, sino un amor nuevo, el de Cristo vivido y compartido, cambia el mundo con opciones verdaderas, radicales, de bien para el prójimo. Recordemos algunos grandes santos de la caridad social, cuya acción cambió la sociedad de su época:

viernes, 22 de enero de 2016

Sólo evangelizan los santos

La evangelización, la vida pastoral cotidiana de nuestras mismas parroquias, sólo cobrarán impulso y eficacia sobrenatural, si es llevada adelante por santos, por personas -laicos, sacerdotes, religiosos- que vivan en santidad y tengan deseos de santidad.

La mediocridad es estéril. La tibieza jamás hace nada bueno. La rutina mata el Espíritu y el celo apostólico. Solamente la santidad puede dar algún fruto digno de Dios y que sirva a los hombres.

Recordemos a este respecto las palabras de Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio:



La solución, la clave, es abrirse a la Gracia, a la acción de Dios y al impulso del Espíritu Santo que, purificando, nos une a Cristo y nos transforma para luego enviarnos.

jueves, 23 de julio de 2015

Magisterio: sobre la evangelización (XXIX)

¿Cómo se evangeliza? ¿Cómo afrontar el reto de una nueva evangelización para masas que sumergidas en la postmodernidad y que vienen de vuelta del cristianismo?

¿Cómo evangelizar en un contexto nuevo, en una cultura nueva, y ante masas que han sido adormecidas para que ni pregunten ni busquen ni tengan sed de lo bello, verdadero y bueno?


¿Alguna receta pastoral? ¿Algún método concreto, novísimo, que funcione de maravilla? ¿Algún plan pastoral que sea casi mágico?

Realmente nada de esto.

Lo que evangeliza de verdad, y es ahí donde hemos de movernos, es la presencia de un verdadero testigo de Jesucristo, que se ha encontrado con Él y cuya vida ha sido transformada. Un testigo sí evangeliza porque provoca interrogantes, despierta conciencias, su misma presencia es luminosa.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Las pruebas de los santos (Palabras sobre la santidad - IX)

No les fueron ahorradas pruebas ni dificultades a los santos; experimentaron dificultades externas y persecuciones incluso en el seno de la misma Iglesia, y experimentaron dificultades exteriores, con períodos de cruz, de oscuridad.


La cruz de Cristo reposa sobre sus santos. Las pruebas y las adversidades purifican a los santos para que busquen sólo a Cristo y su amor, quitando las adherencias de pecado que pueda haber. Bien sabemos que no se puede busca a Cristo sin cruz y que el cristiano no existe sin cruz. Esta ley la vemos cumplida en los santos.

De un modo u otro, como una gran cruz en sus vidas en un momento concreto, o como diversas cruces más pequeñas pero constantes; como una etapa de años de oscuridad, o etapas diversas a lo largo de su vida, bebieron el cáliz del Señor. Dios usa una pedagogía distinta para cada uno. 

sábado, 25 de octubre de 2014

Los santos viven del amor de Cristo (Palabras sobre la santidad - VIII)

Como la santidad no es una opción ética, ni un razonamiento existencial, ni un voluntarismo moral, hay algo que es común a todos los santos, y es que todos, sin excepción, vivieron del amor de Cristo y su vida fue una respuesta al amor de Cristo.


La memoria, la inteligencia y la voluntad, los afectos, la sensibilidad y la acción, todo fue sellado por el amor a Cristo como una respuesta absoluta e íntegra a un amor mayor que ellos habían descubierto, el amor de Jesucristo. Cristo los amó primero y ellos amaron al saber amados. Sus vidas cambiaron por completo, se transformaron, se transfiguraron, al descubrir este mayor amor de Cristo y desde entonces y para siempre, nada ansiaban ni buscaban ni deseaban sino poder amar a Cristo.

La santidad encuentra su ser más hondo en el amor de Jesucristo.

domingo, 27 de julio de 2014

La luz de los santos (Palabras sobre la santidad - V)

Cuando Cristo dice: "Vosotros sois la luz del mundo", y el Apóstol señala que los cristianos son estrellas en el firmamento: "Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en resplandor" (1Co 15,41), vemos estas palabras cumplidas sobradamente en los santos, en cada santo, en su existencia particular, concreta, histórica.



Los santos son luz en el mundo, lámparas en la ciudad, estrellas que no producen una luz propia sino que reverberan la luz que reciben de Jesucristo, Sol de justicia. Así se erigen como luz para nosotros, brillando en la noche del mundo, para que nuestros pasos se encaminan siempre hacia Cristo. Son luz para entender las Escrituras, pues ellos son una plasmación de la Palabra misma; son luz para señalar caminos nuevos de santidad, de comunión y de misión en cada época y generación.

miércoles, 25 de junio de 2014

Medida y ejemplo, los santos (Palabras sobre la santidad - IV)

La santidad, a la cual todos estamos llamados en virtud de nuestro bautismo, encuentra un modelo claro en los santos. Ellos revelan que la santidad es realmente posible, que la santidad se puede encarnar en existencias concretas, con sus peculiaridades y dificultades, sus formas de ser y carácter, sus contradicciones y luchas.


Canonizar a alguien significa que la Iglesia reconoce la santidad en la vida de alguien y lo propone a todos como "canon", "norma", "medida", digna de ser no sólo admirada sino también imitada.

Los santos, especialmente los canonizados, se convierten en un referente para nosotros, un señal y signo claro de cómo vivir el Evangelio en las diferentes vocaciones. Sus reacciones, sus iniciativas, sus apostolados, su forma de orar y de amar, su respuesta concreta al amor de Cristo, se convierten para nosotros en sugerencias para vivir.

viernes, 30 de mayo de 2014

Los santos, reformadores (Palabras sobre la santidad - III)

La Iglesia, el Cuerpo de Cristo en la historia de los hombres, a la vez que es santa, está necesitada de reforma y renovación, por las adherencias de los hombres, de los tiempos, y por los propios pecados de quienes la forman.


Se encarna en las culturas diferentes y el paso del tiempo hace que algunos elementos se distorsionen, o no respondan a su verdad, o no sean ya útiles sino un lastre. Insistamos, el mayor lastre es el pecado de los hombres que deforma la belleza de la Iglesia. La Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, afirma:

"mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación" (LG 8).

domingo, 23 de marzo de 2014

El valor de los santos (Palabras sobre la santidad - II)

Los santos, tan presentes en la vida de la Iglesia, poseen un valor teológico más allá de la simple devoción con la que son rodeados.

¿Qué entender al hablar de la santidad? Más aún, ¿qué es un santo? Cualquier santo nos desvela las notas teológicas comunes a la santidad misma. Para ello hay que acercarse con una mirada escrutadora de la fe que supere las anécdotas o las narraciones de milagros, propias de una literatura que exalta así al personaje, para penetrar más allá y descubrir la esencia de la santidad.

El secreto de la santidad, aquel que constituye su esencia y naturaleza, y por tanto puede ser compartido perfectamente por todos y cada uno, es la amistad con Jesucristo. Un santo es un amigo de Jesucristo en largas jornadas con Él de convivencia, amistad, obediencia, fidelidad.

"El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad" (Benedicto XVI, Disc. a los seminaristas, Colonia-Alemania, 19-agosto-2005).

Hasta tal punto han sido amigos de Jesucristo, que han llegado a parecerse a Él en su forma de amar, trabajar, sentir, pensar; el Evangelio que leían fue una Palabra viva para sus existencias hasta el punto de encarnarse en sus vidas, con modulaciones distintas, mostrando aspectos del Evangelio en circunstancias y épocas distintas. Pero se atrevieron a plasmar el Evangelio, releyéndolo con la propia vida.


martes, 3 de diciembre de 2013

La experiencia de amor de los santos

Todos y cada uno de los santos, en su diversidad complementaria, en su armonía distinta, fruto de la gracia, tienen algo en común, lo fundamental: la experiencia de un amor mayor.

¿Amor humano, sentimiento de afecto?

Sí, pero no solo, ni mucho menos.


Es la experiencia de un Amor mayor, el de caridad, que proviene de Dios, por el cual se supieron amados por Dios de manera incondicional, fiel, intensa, perseverante.

El Amor de Dios -Ágape, Caridad- llenó y colmó sus vidas y con ese Amor de Dios se amaron a sí mismos humildemente, y pudieron amar dándose, donándose al otro, sin reservarse nada, sin egoísmo ni egocentrismo de ningún género.

Son los santos los que supieron amar porque antes percibieron ese Amor fundamental y fontal.

Son los santos los testigos del Amor de Dios.

martes, 1 de octubre de 2013

Santidad, ¡santos!

Estando en medio del mundo, dentro del mundo, con deseos de Dios, y sintiéndonos extraños, muchas veces fuera de lugar, hemos de tener claro quiénes somos y a qué somos llamados.

¡Sabemos cuál es la respuesta! ¡Ser santos!

Pero, ¿qué santidad? ¿De qué hablamos?


De aquella santidad cristiana que es obra de la Gracia, de aquella santidad cristiana que reproduce la imagen de Cristo, de esa santidad, hermosa, atrayente, que consiste en la obra del Espíritu Santo.

Así Dios actúa en todos, y todos, en medio del mundo, vivimos el drama y la tensión de estar en el mundo pero no ser del mundo, sabiendo que "lo nuestro" es algo mejor, más hermoso y bello, más maravilloso.

Los santos así modelados son luces de esperanza en el mundo y en la sociedad. Antes de cualquier compromiso con el mundo, incluso apostólico, antes de cualquier otra cosa, habremos de tener presente la realidad constitutiva de nuestro ser cristiano, la meta última a la que estamos destinados, la vocación sublime de la santidad, y sobre todo, sobre todo, la Gracia trabajándonos, dándonos forma (la forma de Cristo), con una variedad infinita de colores, matices, vocaciones, carismas.

jueves, 14 de junio de 2012

Los ejemplos de los santos (textos isidorianos)

Los santos son la expresión plástica, cercana y humana, de aquello que la Gracia de Dios busca realizar en el hombre redimido. ¡Éstos son los santos, geniales creaciones de la Gracia en su encuentro con la libertad humana! Por ello los santos son canon, norma, para los creyentes, y siempre viene muy bien -aunque hayamos perdido la costumbre- de leer "vidas de santos", hagiografías, para contemplar la obra de Dios en ellos. La tradición hispana presenta el valor que tienen los ejemplos de los santos:

"1. En orden a la conversión y enmienda de los mortales, aprovechan en gran manera los ejemplos de los santos, pues las costumbres de los incipientes no pueden perfeccionarse en el bien vivir de no ser modeladas a ejemplo de los maestros de la perfección.

2. Mas los répr
obos no atienden las lecciones de los buenos para imitarlas en orden a mejorarse, sino que se proponen los ejemplos de los malos, que les sirven para empeorar en la corrupción de sus costumbres.

3. Las caídas y la penitencia de los santos se narran por esta finalidad: para que infundan a los hombres la confianza de la salvación, a fin de que nadie, después de la caída, desconfíe del perdón, si practica la penitencia, cuando ve que también la recuperación de los santos tuvo lugar después de la caída.

4. Deben conocer los que están entregados al vicio cuán útilmente para ellos se les proponen los ejemplos de os santos, a saber, o bien para que tengan modelos que imitar en orden a la enmienda, o por lo menos para que, al compararse con estos, experimenten un castigo más duro por su desobediencia.

5. Dios ha propuesto las virtudes de los santos para ejemplo nuestro con este fin: para que de la misma manera que, si los imitamos, podamos conseguir los premios de la justicia, así también, si persistimos en el mal, tengamos castigos más dolorosos.


6. Porque, si faltasen, como estímulo para el bien, los preceptos divinos que nos lo muestran, nos bastarían como orientación los ejemplos de los santos. En cambio, puesto que Dios nos amonesta con sus preceptos y nos propone ejemplos de bella conducta en la vida de los santos, no tenemos ya excusa de nuestro pecado, puesto que todos los días la ley de Dios resuena en nuestros oídos y conmueven lo íntimo de nuestro corazón los testimonios de santas obras.


7. Y si a menudo hemos seguido los ejemplos de los malos, ¿por qué no hemos de imitar las acciones de los santos, encomiables y gratas a Dios? Y si fuimos capaces de imitar en el vicio a los perversos, ¿por qué somos negligentes en seguir a los justos por la senda del bien?