Mostrando entradas con la etiqueta salmos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta salmos. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de marzo de 2018

Miserere - Misericordia, Dios mío, por tu bondad



            Cada viernes se canta el Miserere. 

           
            ¿Qué le decimos a Dios en el Miserere?
             
             ¿Qué es, en definitiva, el Miserere que cada viernes la Liturgia canta y en muchos lugares se entona delante de alguna imagen del Señor con la cruz o Crucificado?



            Es un salmo, el salmo 50 del libro de los Salmos, y que entra dentro del grupo de los siete salmos penitenciales, aquellos salmos en que reconociéndonos pecadores, con pecados concretos nos acercamos en la oración a Dios implorando su perdón y misericordia. Es el hombre pecador que se acerca a Dios, su Padre compasivo y misericordioso, cual hijo pródigo. En efecto; la verdad es que, juntamente con la parábola del hijo pródigo, es la más grandiosa meditación que se haya escrito sobre el pecado y la misericordia de Dios. Y si hiciéramos un estudio comparativo, hallaríamos versículos muy parecidos en los dos textos. Jesús y sus oyentes tendrían como melodía de fondo el Miserere al exponer a los fariseos arrogantes la parábola del hijo pródigo.

            Este salmo lo escribió el rey David, en el s. IX a.C., confesando su pecado, el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de Urías, el esposo deshonrado, cuando el profeta Natán le hizo caer en la cuenta de la abominación en la que había incurrido; y siglos después se le añadieron otros versículos, la última parte del salmo, cuando el pueblo de Israel vuelve a su tierra tras el exilio de Babilonia y todo lo encuentra derruido y asolado: “Benigne fac, Domine, in bona voluntate tua Sion, ut aedificentur muri Jerusalem”, “Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén” (Sal 50,20).

            ¿De qué habla el Miserere?

            El salmo 50 repite en sus estrofas iniciales la realidad del pecado, su maldad, su perversidad que está patente a los ojos de Dios y que provoca arrepentimiento y dolor en el alma del pecador. El pecado es un mal esencial, es la muerte del alma que se aleja de Dios, es una infidelidad a Dios de quien uno se aparta para ir por senderos torcidos y tortuosos. Entonces se apela al corazón de Dios: “Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam; et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam”, “misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión obra mi culpa”.

jueves, 13 de octubre de 2016

El salmo 131



                “El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. He aquí que nos encontramos con un nuevo tipo de salmo y con unas nuevas categorías para interpretarlo. Es el salmo 131. Un salmo de los que se puede llamar históricos, porque narra acontecimientos de la historia, como es en este caso, la elección que Dios hace de Jerusalén como su ciudad santa, como la ciudad, la capital, donde el rey David pone su trono, donde está al arca y donde está el Templo. Toda la presencia de Dios se condensa en la ciudad santa de Jerusalén; santa por la presencia del Señor, santa por la elección que el Señor hizo de la ciudad de Jerusalén.


              Veamos completo este salmo:



Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob:

«No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob.»

Oímos que estaba en Efrata,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies.

Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de gala,
que tus fieles vitoreen.
Por amor a tu siervo David,
                                  no niegues audiencia a tu Ungido.

El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El salmo 122



                “Estáis muy equivocados, porque no entendéis las Escrituras”. Es la respuesta que da el Señor a los saduceos por la pregunta impertinente, con bastante mordacidad, que le hacen sobre la mujer que se casa con los siete hermanos. Dios quiera que a nosotros nunca nos tenga que decir el Señor que no entendemos la Escritura.


                La comprensión de los salmos es la tarea que llevamos entre manos porque los salmos alimentan la oración de la Iglesia y son constantemente empleados y cantados en la liturgia; ir desgranando, ir sacando el jugo a los salmos, que son profecías de Cristo, enseñanzas sobre Cristo, plegaria y oración.

                Veamos el salmo 122, conocido, esperanzador, que canta así:



A ti levanto mis ojos, 
a ti que habitas en el cielo. 
Como están los ojos de los esclavos 
fijos en las manos de sus señores;

Como están los ojos de la esclava 
fijos en las manos de su señora, 
así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, 
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia, 
que estamos saciados de desprecios; 
nuestra alma está saciada 
del sarcasmo de los satisfechos, 
del desprecio de los orgullosos.


                Este salmo 122 puede tener tres lecturas distintas, sí, y creo que a estas alturas las tendréis; si ya tenéis las claves de los salmos que llevamos tiempo ya predicando, no será difícil para ninguno de nosotros sacar esas tres claves. 


lunes, 22 de agosto de 2016

El salmo 120



                Supongo que a estas alturas de nuestra catequesis diaria, las tres claves de interpretación de los salmos, las tendremos mucho más a la mano, y nos será mucho más fácil ir interpretando e irle sacando contenido a los salmos, que son la materia primera para la oración de la Iglesia, para la oración de cada uno de los hijos de la Iglesia.


                En este sentido el salmo de hoy, el salmo 120, que todos conocemos  y hemos cantado en multitud de celebraciones, lo podemos interpretar, fundamentalmente, como la voz de la Iglesia a Cristo. En este salmo es la Iglesia, y cada alma fiel, la que va dirigiéndose en su oración a Cristo. 
               
                     Canta este bello y conocido salmo:

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
 

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

martes, 12 de julio de 2016

El salmo 102



                La Iglesia le tiene un particular cariño a la solemnidad del Corazón de Jesús; particular cariño que el Santo Padre está intentando renovar y potenciar como un eje vertebrador en la vida y en la espiritualidad católicas, porque celebrar el Corazón de Jesús es celebrar el Amor de Dios. El catolicismo se define como el Amor que Dios  nos tiene, y por la respuesta de amor que la Iglesia, y cada uno de nosotros como miembros y parte de la Iglesia, va dando a Cristo Jesús. Es la parte más humana, más sensible y más cercana del  Misterio: la humanidad de Cristo, el Amor de Cristo.


               En ese contexto aparece el salmo de hoy, solemnidad del Corazón de Cristo, que va a ser el punto de referencia para nuestra contemplación y para nuestra formación. 

                   Los salmos suelen corresponder a la primera lectura como un eco de lo que la primera lectura de la Liturgia de la Palabra ha proclamado, pero otras veces el salmo tiene sentido en sí mismo y va independiente de las otras lecturas, normalmente en las grandes solemnidades. Es el caso del salmo de hoy, el salmo 102. Lo ofrece la Iglesia en la liturgia de la Palabra de hoy con una interpretación sencilla: es la voz de la Iglesia la que ora a Cristo Jesús descubriendo cómo es su Corazón, encontrando en este salmo además, una profecía, un anuncio velado, de lo que va a ser el Misterio y la Persona del Redentor.

                      Canta el salmo, muy conocido por la piedad:


 Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.

El perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
el rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura;
el sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila
se renueva tu juventud.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El salmo 97



                En este salmo podemos reconocer el canto y las palabras que la Iglesia le reza a Jesucristo, su Señor, su Salvador. Es el salmo 97 que proclama la victoria de Cristo y cómo esa victoria de Cristo está siendo anunciada ya en toda la tierra a todos los hombres.

                    Canta este salmo:


 Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

El ha Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad:

tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos, aclamen los montes
al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud.



                “El Señor revela a las naciones su justicia”. ¿Qué justicia es ésta? ¿La justicia implacable que nosotros aplicamos a los demás según la vara de medir de nuestros propios criterios? Más bien, la justicia de Dios que es nuestra salvación.  


jueves, 4 de febrero de 2016

El salmo 96



                Los salmos han sido empleados por muchas generaciones que los han hecho suyos mediante la oración  o para ser saboreados mediante el canto, pues son letras de cantos. Generaciones del pueblo de Israel antes de Cristo ha orado con los salmos; Cristo oró con los salmos, según le habían enseñado, como prescribía la ley judía, su padre José y su madre María; por tanto la familia de Nazaret, oraba con los salmos. Los Apóstoles en el libro de los Hechos  cantaban salmos y recitaban himnos. Y toda la Iglesia los ha tenido en gran estima y en gran consideración porque expresan muy bien la fe cristiana bajo la forma de la poesía; expresan el misterio de Cristo, de la Iglesia, de la salvación. Esa tradición orante en torno a los salmos es lo que vamos recibiendo mediante la catequesis que desde aquí hacemos sobre los salmos.
               
                Vamos viendo que hay salmos de muchos tipos. Vimos que hay salmos penitenciales, como el salmo 50, que expresan la situación del hombre pecador que pide el perdón al Señor; existen salmos históricos donde se van narrando las proezas de Dios a lo largo de la historia, salmos que suelen ser más largos; existen salmos sapienciales, que son meditaciones sobre la vida, sobre la sabiduría, sobre el tiempo, por ejemplo el salmo 89: “Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna”.

                Así llegamos a otro grupo de salmos; el salmo 96 entra dentro del grupo de salmos “reales” o salmos “mesiánicos” que también se les llama, donde se aclama a Yahvé, a Dios, como Rey. Eso para nosotros, tiene una lectura cristiana muy fácil y muy próxima, porque para nosotros Cristo es el Rey, el Señor de cielo y tierra, como celebramos en el último domingo del año litúrgico. La Iglesia, desde el principio, cuando en los salmos aparece la figura del Rey, de “Yahvé, Señor de los ejércitos” inmediatamente lo sustituye mentalmente y lo traduce y ve en él a “Cristo Jesús”. “Cristo Jesús es el Señor”. Por eso San Pablo hablará tantas veces de “Cristo Señor”, del “Señor Jesús”, pensando en Cristo y atribuyéndole todas las características reales de poder que aparecen en los salmos.

                Así en este salmo 96 la Iglesia le está cantando a Cristo. 

 El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodea,
justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza el fuego, 

abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera 

ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan, 

los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El salmo 71, leído en Adviento: ¡habla de Cristo!

Leído en el clima del Adviento, lleno de esperanzas, donde resuenan las promesas de los profetas, el alma se ensancha y desea ya la venida inmediata de Jesucristo Salvador, el salmo 71, que tanto se canta en la liturgia de estos días, está refiriéndose clarísimamente a Jesucristo.

Sabemos de sobra que todos los salmos hablan de Cristo veladamente, pero algunos parecen que no es velada, sino clarísimamente.



Si hacemos una paráfrasis sencilla del salmo 71, veremos hasta qué punto estamos hablando de Jesucristo, de su venida y del deseo que tenemos de que llegue. Entonces, al cantarlo en la liturgia, gozaremos hablando de Cristo y deseando su venida gloriosa.


Dios mío, confía tu juicio a Cristo rey,
tu justicia al hijo de reyes, a Jesús Hijo de David,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

domingo, 15 de noviembre de 2015

El salmo 78



                 Vamos con el salmo 78, el salmo que la liturgia canta hoy. Es el salmo donde se canta un canto de lamentación, que son lágrimas, sobre la deportación, el destierro. Ha llegado el pueblo de Babilonia, muy propio de aquellos tiempos, el pueblo que tenga el ejército más fuerte arrasa al pueblo más cercano y tiene que pagar tributo y quedarse con su riqueza. Hasta ahí nada de extraordinario, lo normal en la política y en la historia. Han llegado, han arrasado Jerusalén, han derruido el Templo, se han llevado a los nobles, a los ricos y terratenientes y a los sacerdotes desterrados a Babilonia, y han dejado a las mujeres, a los niños, y pocos campesinos. Israel queda destrozado. 

              El salmista, con este salmo 78, reza así:


 Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad,
han profanado tu santo templo,
han reducido Jerusalén a ruinas.

Echaron los cadáveres de tus siervos
en pasto a las aves del cielo,
y la carne de tus fieles
a las fieras de la tierra.

Derramaron su sangre como agua
en torno a Jerusalén,
y nadie la enterraba.

Fuimos el escarnio de nuestros vecinos,
la irrisión y la burla de los que nos rodean.

¿Hasta cuándo, Señor?
¿Vas a estar siempre enojado?
¿Arderá como fuego tu cólera?

No recuerdes contra nosotros
las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados.

lunes, 5 de octubre de 2015

El salmo 50 (Miserere)



                Proclama la Iglesia como salmo responsorial el salmo 50, el más clásico y el más típico de los salmos penitenciales. Existen varios de ellos en las Escrituras, por ejemplo, el salmo 129, “desde lo hondo a ti grito, Señor”. Este salmo 50 expresa la realidad de nuestro pecado y la humilde confesión de nuestras culpas en la presencia del Altísimo

                 Dice este salmo, tan apropiado para prepararse al sacramento de la Penitencia (para confesarse) y para cada viernes del año:


 Misericordia, Dios mío por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame : quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

 

jueves, 3 de septiembre de 2015

El salmo 47


                Por el sacramento del Orden el Señor, elige a quien quiere y lo pone al frente de su pueblo, no porque tenga mayores méritos, o porque tenga mayores cualidades, sino porque es eterno su amor. “Llamó a los que quiso” dice el evangelio de san Marcos, “para que estuvieran con él”. La primera función del sacerdote es estar con Cristo, la oración, el trato interior con Él, y luego, “enviarlos a predicar”. De ahí que el sacramento del Orden imprima un sello imborrable, perenne, en el alma, el carácter sacramental, por el cual el sacerdocio ministerial es distinto del sacerdocio bautismal, no sólo de grado, sino esencialmente. A partir de ahí, el ministro ordenado se constituye no sólo en servidor de la comunidad, porque servidores de la comunidad pueden ser un catequista, o quien trabaja en Cáritas; no sólo servidor de la comunidad, ¡es que tiene la autoridad recibida de Cristo!, ejercida como servicio, pero por la autoridad que le viene del sacramento del Orden.

                El sacerdote recibe la misión de gobernar la comunidad cristiana, la misión de dirigir a la Iglesia y a esa parcela tan amada de la Iglesia que es la parroquia; y debe fortalecer la vida parroquial por encima de cualquier peculiaridad o parcialidad. 

                Debe santificar mediante su propia oración, mediante el ejercicio, con dignidad, con reverencia y con amor, de los santos sacramentos, especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía.

                Finalmente, tiene la misión de la predicación. Decía el Papa Juan Pablo en una carta que escribió a los obispos alemanes en el centenario de la muerte de San Pedro Canisio en 1998, que la predicación forma parte principalísima del ministerio porque es el oficio de quien enseña con autoridad, la autoridad recibida de Cristo por el Orden, y debe ejercerse ante todo, en la Eucaristía, en la predicación litúrgica. En ello estamos, sabiendo y pidiendo al Señor que un sacerdote santo, o un sacerdote que quiera santificarse será el que pueda santificar a su pueblo. No va a ser el sacerdote burócrata, o el sacerdote que sea una máquina haciendo cosas, o el que se crea algo o alguien, el que pueda santificar. El sacerdote santo es el que puede santificar a su pueblo y engendrar santos en su parroquia.

                Vamos al salmo de hoy, el salmo 47, un canto bien hermoso a la ciudad santa de Jerusalén. 

 Grande es el Señor y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra:
el monte Sión, vértice del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar.

miércoles, 8 de julio de 2015

El salmo 26


                Encontramos en nuestra catequesis de hoy la última parte del salmo 26, un salmo que es una plácida meditación que hace la Iglesia Esposa a Jesucristo, su Señor y Esposo. Normalmente el salmo responsorial suele seguir la línea de la primera lectura que se haya proclamado para que sea su eco, su respuesta hecha oración, o hecha canto, porque los salmos son para cantarlos.

                     Recordemos el texto completo del salmo:

                            El Señor es mi luz y mi salvación,
                            ¿a quién temeré?
                            El Señor es la defensa de mi vida,
                            ¿quién me hará temblar?
                            
                            Cuando me asaltan los malvados
                            para devorar mi carne,
                            ellos, enemigos y adversarios,
                            tropiezan y caen.
                            
                            Si un ejército acampa contra mí,
                            mi corazón no tiembla;
                            si me declaran la guerra,
                            me siento tranquilo.

                            Una cosa pido al Señor,
                            eso buscaré:
                            habitar en la casa del Señor
                            por los días de mi vida;
                            gozar de la dulzura del Señor,
                            contemplando su templo.

                            El me protegerá en su tienda
                            el día del peligro;
                            me esconderá
                            en lo escondido de su morada,
                            me alzará sobre la roca;

                            y así levantaré la cabeza
                            sobre el enemigo que me cerca;
                            en su tienda sacrificaré
                            sacrificios de aclamación:
                            cantaré y tocaré para el Señor.

                            Escúchame, Señor, que te llamo;
                            ten piedad, respóndeme.

                            Oigo en mi corazón:
                            "Buscad mi rostro".
                            Tu rostro buscaré, Señor,
                            no me escondas tu rostro.

                           

viernes, 15 de mayo de 2015

El salmo 24


                Es cada vez más imprescindible y necesario que los católicos tengan un nivel de formación lo más alto posible, para no ser, en el mal sentido de la expresión, “unos beatos”, que sólo saben recitar oraciones con los labios casi para cumplir, sino católicos que tengan un nivel doctrinal y una claridad de ideas y razonamientos, que les lleven a situarse en el mundo y dar respuesta y dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, y al mismo tiempo, con esa formación doctrinal seria, poder acercarse con mayor amor al misterio de Dios.


                Es lo que vamos haciendo, lo que pretendemos hacer, mediante la catequesis [de la Misa diaria] sobre los salmos, para que podamos orar con los salmos que constantemente se emplean en la liturgia, pero orarlos sabiendo interpretarlos, sacándoles jugo, conociendo las Escrituras.

                El salmo de hoy, el salmo 24, es de los salmos suaves, sapienciales; son reflexiones sobre la sabiduría y el deseo de la sabiduría para situarse y caminar en la vida. Un salmo delicioso. 

                    Dice el salmo 24:

lunes, 27 de abril de 2015

El salmo 5


La catequesis de los salmos que estamos haciendo, poco a poco, la realizamos desde la clave espiritual del salmo: esa clave que se traduce en la voz de Cristo al Padre, o voz de la Iglesia a Cristo, o la voz de cada uno de nosotros. Esa es la interpretación espiritual de los salmos, la más elevada y, por supuesto, la más necesaria: saber  interpretar espiritualmente con ojos nuevos lo que hay en la corteza, en la letra del salmo. Pero además de la interpretación espiritual del salmo, está la interpretación moral y la interpretación literal. La interpretación moral es aquella interpretación del salmo que nos enseña cómo vivir según Cristo. Es uno de los modos de lectura que tanto los Padres de la Iglesia como San Bernardo, el último de los Padres de la Iglesia, utilizaban muchas veces en las explicaciones de la Escritura. La interpretación literal es la más sencilla, dentro de lo que cabe, ya que es ir explicando lo que el salmo dice en sí, género, estilo, composición, verbos, etc.


            El salmo de hoy, el salmo 5, que guarda estrecha relación con la primera lectura y queda además iluminado por el Evangelio casualmente -sabéis que no tienen conexión el salmo con el Evangelio en la liturgia de la Palabra- nos viene muy bien para hacer una interpretación moral del salmo, y habituarnos también a sacar la moralidad en las Escrituras, en su recto sentido. "Moral" es una palabra que parece que está desfasada, a nadie le gusta hablar de moral, inmediatamente se le acusa de “moralista”, “eso es moralismo” y, sin embargo, la moral es imprescindible para vivir como creyentes.

Veamos primero el texto entero del salmo:
 
Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos,
haz caso de mis gritos de auxilio,
Rey mío y Dios mío.

A ti te suplico, Señor:
por la mañana escucharás mi voz,
por la mañana te expongo mi causa,
y me quedo aguardando.

Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia.

Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor.

Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda reverencia.

Señor, guíame con tu justicia,
porque tengo enemigos;
alláname tu camino.

En su boca no hay sinceridad,
su corazón es perverso;
su garganta es un sepulcro abierto,
mientras halagan con la lengua.

sábado, 14 de febrero de 2015

Salmo 149: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza...

El salmo 149, el penúltimo del libro del Salterio, es uno de los salmos llamados, en latín, “Laudate”, porque comienza por la alabanza, o salmo “aleluyático”, porque como estribillo tiene la palabra “Aleluya” en el original hebreo.

Son invitaciones no sólo para alabar al Señor, sino hasta para saltar de júbilo por las obras del Señor. “Cantad al Señor un cántico nuevo”. ¿Quién canta el cántico nuevo? Dirá San Agustín: canta el cántico nuevo, el hombre nuevo, el hombre que celebra la alianza nueva y eterna, el que vive en el Nuevo Testamento, el que vive el mandamiento nuevo, “amaos unos a otros como yo os he amado”. Todo es nuevo: la alianza, las promesas, el mandamiento, la salvación que Cristo nos ha conseguido por su sangre.

    “Cantad al Señor un cántico nuevo”. ¡Que cante la voz, que cante el corazón, que canten nuestras costumbres! ¡Que seamos nosotros mismos el cántico nuevo para el Señor que tanto nos ama!

    “Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles”. La asamblea de los fieles es la Iglesia; que resuene, pues, su alabanza en la Iglesia. Que el pueblo cristiano, cuando nos reunimos para aclamar a Cristo, el Señor, salte su corazón en la alabanza; que no sean nuestras caras, caras tristes o, caras de pena, caras que vienen a cumplir a la iglesia, caras que casi están temiendo al Señor como si fuere temible; mudos que apenas responden ni cantan en la liturgia, asistiendo como mudos y pasivos espectadores. ¡No! La alabanza brota del amor y la experiencia sincera de Dios desemboca en la alabanza, alegre, festiva, adorante. “Resuene su alabanza”. Haya alegría al celebrar nuestra liturgia; haya alegría de corazón, serenidad, consuelo. “Resuene su alabanza” en la Iglesia.

  

jueves, 15 de enero de 2015

Salmo 147: Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios...

Lo que pretendemos con estas catequesis sobre los salmos es saber interpretarlos, los 150 salmos, e interpretarlos como la voz de Cristo, o la voz de la Iglesia, y hacer de los salmos nuestra plegaria personal con el Señor y nuestra plegaria como Iglesia al Señor cuando se cantan en la liturgia.


    El salmo de hoy es de los más sencillos en cuanto a la interpretación, el salmo 147. Si cambiamos la primera palabra del salmo, “Jerusalén”, por el sentido que siempre se le pone en la tradición cristiana a la palabra Jerusalén, el salmo cobra toda luz. Jerusalén, la verdadera Jerusalén, es la Iglesia. A partir de ahí el salmo se vuelve transparente.

    “Glorifica al Señor, Jerusalén”. Glorifica al Señor, Iglesia santa, “alaba a tu Dios”. Es una de las formas de ser Iglesia, una expresión de su ser y de su propia naturaleza. Es verdad que hay que atender a los pobres, hay que tener presencia social, hay que hacer apostolado, hay que dignificar el mundo del trabajo, hay que santificarse en las realidades cotidianas... pero no menos importante ese sentido de la Iglesia como un pueblo que alaba a su Señor, que vive en la alabanza. Pensemos que la Iglesia es el Pueblo del Señor, que le pertenece y, por tanto, le adora y le glorifica.

    Y le glorificamos y le alabamos porque “ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti”. Estas puertas son aquellas de las que el Señor le entregó las llaves a Pedro, “y el poder del infierno no la derrotará”. El Señor ha hecho las puertas de la Iglesia fuertes, encomendándole las llaves a Pedro, el Papa, sucesor de Pedro. 

“Ha bendecido a tus hijos dentro de ti”. El Señor, dice un salmo, “bendice a su pueblo con la paz”. Nosotros por el bautismo somos los hijos de Dios, por puro amor y “por pura gracia” de Dios, no porque seamos mejores o peores que nadie, pero sí es verdad que somos sus hijos y que el Señor nos bendice. Lo recordamos muchas veces con el cántico de Ef 1, 3ss en las vísperas de los lunes y en otras solemnidades: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo; Él nos ha bendecido en la persona de Cristo".

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Salmo 144: Te ensalzaré, Dios mío, mi rey, bendeciré...

 Unas veces en los salmos hemos ido escuchando la voz de Jesucristo orando al Padre; otras veces hemos considerado el salmo, en lo que se llama la lectura moral, y nos lo hemos aplicado a nosotros, haciéndolos nuestra propia oración. El salmo de hoy, salmo 144, es la plegaria, la alabanza, que la Iglesia le dirige a Cristo su Señor y su Esposo; también en los salmos podemos oír la voz de la Iglesia que habla al Señor Jesucristo. Canta lo bueno que es el Señor.

Motivos de acción de gracias no nos faltan, ciertamente.

En primer lugar que hemos sido “arraigados en Cristo” y esto es un don de Dios y una bendición: conocer a Cristo y vivir unidos a Él. Cristo es Cabeza de toda la humanidad, ¡Cristo es Señor!, y por Cristo hemos obtenido nuestra plenitud. 

Luego una segunda bendición es que nuestra plenitud como personas sólo la podemos hallar en la persona de Cristo. Es san Pablo quien escribe que “por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo y hemos resucitado con el Señor”. Por tanto, estamos unidos a la cruz y la resurrección de Cristo, y por la Resurrección, tenemos vida. Mayor grandeza este Misterio porque “estábamos muertos por nuestros pecados” pero Cristo nos ha perdonado los pecados; en la cruz “se clavó el protocolo que nos acusaba”, es decir, el protocolo que nos acusaba es la sentencia, como en un juicio, donde se dice “culpable por esto y con tal condena” sumando todos los cargos y dando sentencia de condenación.  Sin embargo, todas las sentencias de cada uno de nosotros y de la humanidad entera, están clavadas, no existen. Cristo pagó por nosotros aquello que nosotros teníamos que haber pagado por nuestros pecados. “Borró el protocolo que nos acusaba”.

 Si toda esa es la acción de Dios en la Persona de Cristo, con razón la Iglesia le dice a Cristo en este salmo: “Te ensalzaré Dios mío, mi Rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás”

jueves, 2 de octubre de 2014

Salmo 112: el Señor se eleva sobre todos los pueblos...

Este salmo 112, “alabad siervos del Señor, alabad el nombre del Señor”, era el salmo con el que se inauguraban los cantos en la Cena pascual, por tanto, el primer salmo que cantó Cristo en la Última Cena; también era el salmo con el que el viernes por la noche, en las vísperas, o lo que eran algo parecido a las vísperas, en los hogares del pueblo de Israel se encendían las primeras lámparas saludando al sábado que llegaba. La lámpara la encendía el ama de casa, y mientras toda la familia reunida, cantaba. Este salmo lo cantaba la Santísima Virgen encendiendo las lámparas. El signo de la alabanza, de la bienvenida al Señor, que para el pueblo de Israel venía, se hacía presente, cercano, en el descanso, en el sábado.

    “Alabad siervos del Señor, alabad el nombre del Señor”. Dice San Agustín: “se invita a la alabanza, y al invitar a la alabanza, ya se está alabando”. Este alabar que nosotros ya usamos con la palabra “Aleluya” es una invitación y a la vez ya se está realizando la alabanza. “Alabad siervos del Señor, alabad el nombre del Señor”. Y se contempla admirado. 

Todo salmo de alabanza suele enumerar acciones de Dios, o suele ir sobreponiendo sentimientos, uno tras otro, contemplando la grandeza y la majestad de Dios. En este caso, el salmo en la primera parte, lo único que dice es “¡qué grande es el Señor!”, y lo dice de distintos modos. Una vez que se ha invitado a la alabanza, sigue: “bendito sea el nombre del Señor”, “de la salida del sol hasta su ocaso”, tanto en la duración  del tiempo, a lo largo de todo el día, como desde Oriente a Occidente, toda la tierra, sea bendecido el nombre del Señor, en todos los hombres, en todos los pueblos.  El Señor, se sigue contemplando admirado, como el sol que se levanta, “el Señor se eleva sobre todos los pueblos su gloria sobre los cielos”. A los salmos les gusta mucho utilizar los elementos de la naturaleza y los aplica al Señor. A Cristo se le llamará “Sol de justicia”, y cantamos en el Benedictus, “nos visitará el sol que nace de lo alto”.
   

jueves, 21 de agosto de 2014

Salmo 111: En las tinieblas brilla como una luz...

Dice el salmo 111: “Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos”.

    ¿Qué es temer al Señor en el lenguaje de la Biblia? Obedecer al Señor, no es tenerle miedo. Ya está bien de vivir una religión de temor, de que Dios no se enfade, de cumplir con Dios. Temer es obedecer. ¿Y quién obedece? Cristo. Cristo es quien teme al Señor y ama de corazón de sus mandatos. ¿Cómo obedece Cristo  al Señor? Obedeció “sometiéndose incluso hasta a la muerte y una muerte de cruz”.  “Ama de corazón de sus mandatos”. O como dice el salmo 39 -recogido en la carta a los Hebreos-: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, el mandato de salvación. Cristo ama de corazón los mandatos de Dios. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”, y la voluntad del Padre es entregar la vida por nuestra salvación. Cristo es, por tanto, el que teme al Señor y ama de corazón sus mandatos

    “Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita”. ¿Cuál es el linaje de Jesucristo? Nosotros. Somos del linaje de Adán, nuestro primer padre, Adán, linaje del “pecado que lleva a la muerte”, carta a los Romanos. Pero por la muerte y resurrección del Señor, nosotros somos del linaje de Cristo, “coherederos con Cristo y herederos de Dios”. Por eso, “su linaje será poderoso en la tierra”, el linaje de Cristo somos nosotros, miembros de la Iglesia, ¡y tan poderoso! Estamos en todas las naciones, la Iglesia es universal y católica. En extensión, estamos en todos los pueblos.

“Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita”. El justo es Jesucristo, fuera de Jesucristo no hay nadie que pueda ser perfectamente justo. “La descendencia del justo”, de Cristo, “será bendita”. Nosotros somos benditos del Señor y el Señor nos bendice constantemente. En la liturgia misma, siempre acabamos las celebraciones litúrgicas con la bendición de Dios todopoderoso. “La descendencia del justo será bendita”. Nosotros somos constantemente bendecidos por el Señor.

    “En su casa habrá riquezas y abundancia”. ¿Cuál es la casa en la Biblia, en los salmos, en este lenguaje? La Iglesia. “En su casa habrá riquezas y abundancia”. No precisamente de dinero. ¿En qué está la riqueza y la abundancia? En vocaciones, en carismas, en caminos espirituales, en santidad. Fijaos simplemente en los fieles en una misa dominical: casados, viudos, contemplativos, sociedades de vida apostólica...  “En su casa habrá riquezas y abundancia”. Unos tienen el don de predicar, otros de cuidar a los enfermos, otros tienen otra cosa que es el ofrecer su soledad  o su dolor. La Iglesia es un Cuerpo muy rico y variado.

lunes, 21 de julio de 2014

Salmo 110 (2ª parte)

Los salmos son nuestros primeros instrumentos y materia de oración, oración personal y de litúrgica. 


El salmo 110 es una acción de gracias, que brota de la admiración ante lo bueno que es el Señor y ante las cosas maravillosas que hace el Señor. Si miramos de verdad a Dios, el corazón salta de júbilo y alabanza, siempre y por todo.

    En primer lugar, la dimensión cristológica del salmo: todos los salmos hablan a Cristo, Cristo reza los salmos. Cristo dice: “Justicia y verdad son las obras de sus manos”. Dios no es un Dios injusto, no es un Dios parcial, Dios no es un Dios de tinieblas ni de mentira, Dios no ama al que convive con el pecado, Dios ama al que convive con la sabiduría. “Justicia y verdad son las obras de sus manos”.

    Dice Cristo al Padre: “todos sus preceptos merecen confianza”. La palabra de Dios es Palabra viva y verdadera, que, como un tesoro, cuando se proclama nos va dando luz, consuelo, guía. Las Palabras de Dios son palabras verdaderas; las palabras de los hombres son muy falsas: duran hoy y mañana ya no; y andamos con mentiras o con medias verdades. “La Palabra de Dios dura siempre”. “Son estables para siempre jamás” los preceptos del Señor, “se han de cumplir con verdad y rectitud”. Son preceptos de vida. Recordad la propuesta tan tremenda que nos dice el Señor en el libro del Deuteronomio (30,15-20): aquí tienes dos caminos, el camino de la vida y de la muerte, ¡escoge! El Señor, además, nos da a escoger el camino de la vida: libertad, justicia, entrega, pobreza en Cristo, misericordia, abnegación, cruz, resurrección. ¡Escoge! Por eso “los preceptos del Señor son estables”, son buenos para nosotros, sólo tenemos que escoger la vida o la muerte, lo que queramos.

    “Envió la redención a su pueblo”, y la envió en Cristo encarnado en el seno de Santa María. “Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza”. La ratifica con la sangre de la cruz, la ratifica con la sangre en el cáliz: “sangre de la alianza nueva y eterna”, y el vino ya no es vino, sino el mismo Cristo  entregado.