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domingo, 14 de octubre de 2018

La fuerza del laicado

Que el laicado católico debe crecer en consistencia, lo tenemos claro todos.

Las líneas siempre serán la de la formación y la oración (sólida espiritualidad litúrgica, plegaria personal) para un renovado compromiso apostólico en la Iglesia y en el mundo.

Estas, y no otras, pueden ser las claves de trabajo con el laicado y el camino imprescindible para generar esas minorías creativas (término acuñado por Benedicto XVI) para la regeneración del mundo y la vitalidad de la Iglesia misma.

¿Cómo hacerlo? Y, ¿cuál es la misión que la Iglesia asigna al laicado?

Benedicto XVI, en un Mensaje al Foro Internacional de la Acción Católica, celebrado a finales de agosto de 2012, marcaba, en primer lugar, la corresponsabilidad del laico. Habrá, pues, que despertar la conciencia alertegada (o incluso "consumista" de sacramentos) para pasar a algo más: ser corresponsable de la vida y misión de la Iglesia:

"La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad especialmente respecto al papel de los laicos en la Iglesia, que no se han de considerar como «colaboradores» del clero, sino como personas realmente «corresponsables» del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su contribución específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en comunión cordial con los obispos.

Al respecto, la constitución dogmática Lumen gentium define el estilo de las relaciones entre laicos y pastores con el adjetivo «familiar»: «De este trato familiar entre los laicos y los pastores se pueden esperar muchos bienes para la Iglesia; actuando así, en los laicos se desarrolla el sentido de la propia responsabilidad, se favorece el entusiasmo, y las fuerzas de los laicos se unen más fácilmente a la tarea de los pastores. Estos, ayudados por laicos competentes, pueden juzgar con mayor precisión y capacidad tanto las realidades espirituales como las temporales, de manera que toda la Iglesia, fortalecida por todos sus miembros, realice con mayor eficacia su misión para la vida del mundo» (n. 37)".

martes, 12 de junio de 2018

Sólida vida del laicado católico

Cuando pensemos en el laicado católico, hemos de subir el nivel y la exigencia. Cuanto más bajos los pongamos, menos se crece; cuanto más suscitemos la aspiración a una vida radical de seguimiento de Cristo en el mundo, más se eleva el laicado -y todos, claro-.


Entre estos aspectos, y no es el menor ni el menos importante, está la solidez de una vida espiritual ordenada, metódica, amasada con la oración personal, la adoración eucarística y la vida litúrgica y espiritual.

Junto a la vida espiritual... podríamos añadir una formación cristiana segura, recia, clara. Así podrán dar razón de la esperanza cristiana como también podrán ser transmisores de la fe como buenos educadores, evangelizadores o catequistas.

Un amplio discurso ofrece perspectivas de tal manera que sólo queda cuestionarse y reorientar aquello en lo que se flaquee.



"DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UNA REUNIÓN DE LOS MOVIMIENTOS
QUE SE OCUPAN DE LA ESPIRITUALIDAD DE LOS SEGLARES[1]


Viernes 18 de abril de 1980


...Vuestra reunión reviste importancia particular para la Iglesia, pues la "renovación espiritual" de que vosotros sois signo fecundo entre tantas otras experiencias eclesiales, es el fundamento y la fuerza viva de la comunión de la Iglesia y de su obra de evangelización.

domingo, 9 de julio de 2017

Confusiones y límites - fundamentos de la participación (y V)


            La clericalización de los laicos se ha puesto de relieve, palpable, en mayor o menor grado, en la liturgia.

            Así se han multiplicado innecesariamente ministerios que acaparaban la liturgia, y se relegaba el papel del sacerdocio ministerial casi exclusivamente a la recitación de las palabras de la consagración; se han llegado a desarrollar continuas intervenciones en la liturgia, con una visión antropocéntrica, para que fueran seglares los que subieran y bajaran del presbiterio, hablaran, leyeran, incluso predicaran a su modo. Se les ha situado en el presbiterio para desacralizar cuanto más posible la celebración litúrgica y convertirla en “circular”, “asamblearia”, y se ha llegado a banalizar la distribución de la sagrada comunión, cuando sin una verdadera necesidad (ministros extraordinarios o ministros ad casum), se ha favorecido que sean seglares los que la distribuyan, y en algunos casos además,  mientras el sacerdote está sentado. Son abusos reales que se han producido y es una mentalidad difundida:

            “En la práctica, en los años posteriores al Concilio, para cumplir este deseo se extendió arbitrariamente "la confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares:  recitación indiscriminada y común de la plegaria eucarística, homilías pronunciadas por seglares, seglares que distribuyen la comunión mientras los sacerdotes se eximen" (Instrucción Inestimabile donum, 3 de abril de 1980, IntroducciónL'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de junio de 1980, p. 17).

            Esos graves abusos prácticos han tenido con frecuencia su origen en errores doctrinales, sobre todo por lo que respecta a la naturaleza de la liturgia, del sacerdocio común de los cristianos, de la vocación y de la misión de los laicos, en lo referente al ministerio ordenado de los sacerdotes” (Juan Pablo II, Disc. al 4º grupo de Obispos de Brasil en visita ad limina, 21-septiembre-2002).

            Lo que en algunas circunstancias y territorios de misión pudo ser un servicio en ausencia y espera de sacerdote, se ha convertido, por una mala teología y praxis pastoral, en algo permanente, confundiendo la distinta misión del sacerdocio bautismal de aquella que es propia del sacerdocio ministerial.

miércoles, 28 de junio de 2017

El peligro de la clericalización de los laicos - fundamentos de la participación (IV)


            La correcta doctrina sobre el sacerdocio bautismal y el sacerdocio ministerial disipa rápido los equívocos que en la práctica se han cometido, creando una confusión en los órdenes, ministerios, servicios y acciones. Cada cual tiene su misión concreta fruto del sacramento recibido, el Bautismo, y difiere del ámbito y de las acciones propias del sacerdocio ordenado.



            Los fieles seglares, bautizados y ungidos por el Espíritu Santo, poseen una propia y específica misión en cuanto seglares en el mundo y participan del apostolado de la Iglesia en su modo laical de vivir. Es la configuración sacramental con Cristo la que les confiere su propio apostolado:

            “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía” (AA 3).

            Cuando se descubre y valora la gracia propia de los sacramentos de la Iniciación cristiana, se llega a comprender hasta qué punto el “carácter” que imprimen significa una configuración con Cristo y, por tanto, una participación del bautizado en Cristo sacerdote, profeta y rey, viviéndolo en el mundo, en las realidades temporales. El carácter es la gracia impresa en el alma:

            “En el momento del bautismo fuimos marcados por un "carácter", por un "sello", que estableció de modo definitivo nuestra pertenencia a Cristo, dándonos una personal consagración, principio del desarrollo de la vida divina en nosotros. Tal consagración funda el sacerdocio común de todos los cristianos, es decir, el sacerdocio universal de los fieles que tiende a manifestarse en los diversos gestos de la liturgia, de la oración y de la acción” (Juan Pablo II, Ángelus, 7-enero-1990).

viernes, 10 de febrero de 2017

El apostolado seglar en el mundo (y II)

Continúa el discurso de Pablo VI sobre el apostolado seglar en el mundo, la acción del laicado en la Iglesia y en la sociedad, entre los hombres.


Está necesitado siempre de una base sólida, es decir, una espiritualidad viva, ardiente, fervorosa, que lo sostiene y le pone en contacto vivo con Cristo de modo que el apostolado nunca sea adoctrinamiento ni ideología, ni por la fuerza del pelagianismo se convierta en un super-héroe de causas sociales. El apóstol siempre será un testigo del Señor y sólo puede ser testigo del Señor.

Además, viviendo así, se sentirá enviado y acompañado por la Iglesia, sin presentarse a título propio ni exponer sus personalísimas ideas o teorías, siempre "modernas y adaptadas al mundo", sino sabiéndose miembro de la Gran Iglesia, que va plantando con pequeños ladrillos, sencillos, la Iglesia entre quienes aún no están en ella. 

Esa conciencia católica, finalmente, evitará un gravísimo peligro, siempre latente, y es interpretar el apostolado como un proselitismo que dirija a los demás hacia lo mío, mi grupo o movimiento o comunidad, reduciendo la evangelización a la agregación al propio grupo apostólico. El apostolado conduce a la Iglesia y acompaña a los hombres a la Iglesia y en ella cada cual descubrirá dónde está su lugar o qué sitio le asigna el Señor o su personalísimo camino espiritual. Mucho de lo que se hace apostólica está viciado y es infecundo porque sólo busca la parcialización, la adhesión a lo propio como si fuera lo único bueno que hay en toda la Iglesia. Ejemplos de lo anterior no faltan.

La palabra del papa Pablo VI da claves seguras.


lunes, 30 de enero de 2017

El apostolado seglar en el mundo (I)

Llamados y santificados por el bautismo y la confirmación, todo fiel bautizado está ordenado, dirigido, enviado, al mundo. Allí se convierte en apóstol, misionero y testigo.


Cada cual se entrega y vive el apostolado según su propia vocación, es decir, un modo es el estilo propio de los sacerdotes, otro distinto el de los religiosos y consagrados y finalmente, un modo propio es el de los seglares.

¿Pero también los seglares, los fieles cristianos laicos, han de implicarse en el apostolado? ¿Por qué? ¿Para suplir el número insuficiente de sacerdotes o religiosos? Más bien por la fuerza propia de su vocación cristiana. No es una generosa concesión ni una tarea de suplencia, sino el desarrollo hasta sus últimas consecuencias de los dones de Dios en los sacramentos de la Iniciación cristiana.

Para hoy, para evangelizar hoy, para fecundar la vida del mundo con la fuerza del Evangelio, es necesario despertar al laicado, hacerle tomar conciencia de su propia vocación, de su propia misión.


"1. ¿Será necesario repetiros de entrada el parecido y la confianza que la Iglesia y que nosotros mismo tenemos puesta en vosotros, miembros escogidos del Pueblo de Dios, que sois según la enseñanza de San Pedro "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1P 2,9)?

El reciente Concilio ha subrayado cuál es vuestro lugar de laicos en la Iglesia, que no es ciertamente un lugar asignado por los clérigos bajo la presión de las necesidades apostólicas, sino un puesto orgánico, con un carisma y una responsabilidad específicos.

domingo, 22 de enero de 2017

Plegaria por el laicado

"Nosotros, hombres de este siglo, laicos del pueblo de Dios, católicos deseosos de ser fieles y diligentes hijos y hermanos en tu Santa Iglesia.


Miramos a ti, Jesucristo, nuestro Señor, Maestro y Salvador de la humanidad, como a la luz del mundo, e, iluminados por ti, te rogamos que nos hagas comprender tu fulguración sobre nosotros como una vocación.

Amén.

Vocación a tu seguimiento, a tu palabra, a tu comunión, porque Tú, Cristo, eres el camino, la verdad, la vida.

Amén.

Haz, Señor, que jamás dejemos de ser sensibles a la llamada reveladora, que es tu Evangelio, secreto, fuerza y gozo de nuestro verdadero destino.

Amén.

martes, 21 de junio de 2016

El seglar...

Todo seglar, por su consagración bautismal, está llamado a ser un perfecto cristiano. Es la perfección de la santidad que se realiza en todos los estados de vida cristiano.


Lejos de tratarse de una vocación o de un estado de poca importancia, capaz de contentarse sólo con unos mínimos indispensables, la vocación del seglar es vocación a la santidad en el mundo, en la sociedad, en el ámbito ordinario de la vida (familia-matrimonio, trabajo, cultura, política, economía, arte...). Ahí realiza su vocación y así se demuestra lo que es ser cristiano.

La llamada, el recordatorio, la catequesis de hoy, quiere dejar fijada en la conciencia una sencilla verdad que, siendo así de sencilla, a veces se puede difuminar: todo seglar debe ser un perfecto cristiano. Así se muestra el potencial encerrado en los Sacramentos de la iniciación cristiana: un perfecto cristiano, es decir, un profeta en el mundo, un testigo, un sacerdote, un apóstol, un orante, un obrero de la viña del Señor por la consagración del bautismo.

Lo vivirá en el mundo, en el ámbito cotidiano. Ahí está el lugar y la materia de su santificación.

"Puede ser beneficio para vosotros, aunque no participéis en el Congreso de Apostolado Seglar, la lección que da a todos los seglares y fieles miembros de la Iglesia, una lección que repiten autorizadamente los documentos conciliares, que hicieron una gran apología del laicado católico; es decir, todo seglar debe ser un perfecto cristiano.

Los seglares no son cristianos de segunda fila, de dudosa fidelidad a la Iglesia y de una observancia imperfecta de los compromisos sacrosantos de su bautismo; también ellos están llamados a la perfección cristiana, al amor de Dios y del prójimo, a la santidad; una santidad conforme a su género de vida en el mundo, secular como se dice, pero no por ello tibia y complaciente con las debilidades humanas y las tentaciones del siglo; una santidad que tiende a la plenitud de la caridad y de la imitación de Cristo.

domingo, 17 de enero de 2016

El rostro de un católico santo (Palabras sobre la santidad - XXII)

Dibujar la santidad hoy, para cualquier católico en medio del mundo, implicaría multitud de líneas, puntos, perspectivas, elementos que la formarían. 

¿Cómo sería el rostro de un católico santo? 
¿Cómo vivir la santidad hoy cualquier católico, cualquier seglar, cualquier joven?


Un Mensaje del papa Benedicto XVI ofrece los rasgos fundamentales de la santidad para vivirla hoy. Es una presentación realista, capaz de orientar a todos, capaz de despertar en todos el deseo de vivir así.

"Tras las huellas de los Magos, animados por el anhelo de averiguar la verdad, jóvenes de todos los rincones de la tierra se dieron cita en Colonia para buscar y adorar al Dios hecho hombre, y después, transformados por el encuentro con él e iluminados por su presencia, volvieron a su país, como los Magos, "por otro camino" (cf. Mt 2, 12). Así también vosotros volvisteis a Holanda deseosos de comunicar a todos la riqueza de la experiencia vivida, y hoy queréis compartirla con vuestros coetáneos.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Testigos del Dios vivo

El lugar de los católicos es el mundo como luz y sal, y el laicado mismo encuentra su personalísima e ineludible vocación en el mundo, en la transformación de las estructuras del mundo según el Espíritu de Cristo ordenando las realidades temporales según Dios.

Ahí, en la sociedad, en las instituciones públicas, los católicos tienen mucho que hacer y que ofrecer, sin replegarse, para ser "testigos del Dios vivo", apóstoles en el mundo contemporáneo. Encerrarse en cálidos refugios afectivos, o acomodarse al interior de acciones eclesiales, o reducir la fe al ámbito privado-íntimo, es desvirtuar la vocación de la Iglesia, traicionando el mandato del Señor. Los católicos hallan su lugar propio en la vida pública.

"En una sociedad pluralista como la vuestra, se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica, individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es por ello inaceptable, como contrario al Evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito de lo estrictamente privado, olvidando paradójicamente la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana. ¡Salid, pues, a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política!" (Juan Pablo II, Hom. en la Catedral de la Almudena, Madrid, 15-junio-1993).

viernes, 4 de septiembre de 2015

Un plan de formación para el laicado

No lleve el título a confusión: no vamos a poner aquí un temario con fechas para desarrollar tales o cuáles temas de formación catequética para adultos. A este respecto, ya hay mucho en este blog, pero con el tono de blog, interrelacionado, con catequesis diarias pero de distintos temas, que se entrecruzan, se repiten, se amplían, y luego se rezan, se comentan y se intercambian experiencias y luces en los comentarios.


Un plan de formación para el laicado: es decir, las grandes líneas o los contenidos que hoy debe tener la formación del laicado ante los retos, desafíos e interrogantes de nuestro mundo y de la cultura secularizada.

Con mayor o menor incidencia, con mayor o menor extensión, cualquier formación catequética para el laicado, en cualquier ámbito (parroquias, movimientos, comunidades). Es el horizonte de formación catequética de adultos que ofrecía el papa Benedicto. O dicho de otro modo: más que señalar temas de catequesis y formación, el Papa nos dice los logros de una verdadera formación del laicado, los objetivos que hay que conseguir.

sábado, 22 de agosto de 2015

Santidad matrimonial (Palabras sobre la santidad - XVI)

Como la santidad es una vocación universal que corresponde a todo bautizado, el matrimonio y la familia (¡Iglesia doméstica!) está llamada a la santidad y, en sí mismo, es un camino de santidad.


Quien imagine la santidad exclusivamente como la vida de los anacoretas y monjes, apartados del mundo, se equivoca. Ese será el camino de quienes han sido llamados a la soledad del eremitorio o del monasterio. Pero quienes han sido llamados al matrimonio y construyen una familia, están igualmente llamados a la santidad, pero con el peculiar estilo de su propio estado de vida. Serán santos en la medida en que su matrimonio sea santo, vivido sobrenaturalmente; serán santos en la medida en que su familia sea una Iglesia doméstica donde Cristo reine.

El matrimonio y la familia son un camino de santidad apto y válido mientras se recorra conscientes de esa vocación y viviendo la gracia que dimana del Sacramento mismo del Matrimonio.

sábado, 2 de mayo de 2015

Llamada universal a la santidad (Palabras sobre la santidad - XIII)

El Bautismo y la Confirmación nos han santificado, otorgándonos una santidad a nuestro ser que luego se deberá conformar a nuestra santidad moral; santos en nuestro ser para ser también santos en nuestro obrar. Ya san Pablo hablaba de los cristianos como "los santos" y san Pedro hablará de que somos una "nación santa, un pueblo consagrado a Dios". Lo vivimos en el seno de la Iglesia que es santa.


Así, cada cristiano está llamado a la santidad, como una vocación primordial que a todos incluye. La voluntad de Dios es nuestra santificación (cf. 1Ts 4,3). Después, a partir de esa vocación universal a la santidad, vendrán las vocaciones particulares, carismas o misiones, pero su base es la vocación universal a la santidad. Ésta es vivida en el propio estado de vida, en la perfección de la caridad, desarrollando en unión con Cristo las obligaciones del propio estado, la cotidianeidad de la existencia.

Lo afirmaba claramente la constitución Lumen Gentium del Vaticano II:

viernes, 7 de noviembre de 2014

Ser y misión del laico (y II)

A poco que se conozca -¡y se asimile!- la doctrina de la Iglesia, tanto en el Concilio Vaticano II como en su desarrollo posterior, se verá que no hay fundamento alguno ni razón teológica para lo que se ha vivido y se ha visto en tantas ocasiones: los seglares desarrollando tareas sólo intraeclesiales, abdicando de su inserción en las realidades temporales, y los presbíteros empeñados en tareas extraeclesiales, sociales, renunciando al oficio de presidir, enseñar y regir la parcela del Pueblo de Dios que se les ha confiado. Ha sido la "clericalización" de los seglares y la "secularización" de los sacerdotes.


Vocaciones distintas en un mismo Cuerpo, con tareas por tanto distintas, se han invertido en muchos casos o se han suplantado. Por esa misma lógica, la unidad se ha visto rozada por rivalidades y una silenciosa lucha de poderes: algo absurdo si se conociera bien la enseñanza de la Iglesia y cada cual se entregara a vivir santamente el estado de vida cristiano propio.

No faltarán tampoco los "círculos" de seglares que han apropiado de un protagonismo tal que, lejos de servir, les ha servido para creerse "católicos comprometidos" que no permiten que otros realicen esas tareas; voces que se presentan sutilmente como 'colaboradores' pero cuyo protagonismo es evidente y acaparador.

Sin negar, ni mucho menos, las tareas eclesiales que corresponden a la naturaleza del laicado (en el campo de la liturgia, de la música, de la caridad, de la catequesis, etc.), habrá que poner más énfasis en la vocación al mundo del seglar que, permaneciendo fiel a Cristo y a la Iglesia, se inserta en las realidades temporales sin privatizar su fe: su matrimonio y familia, su propia profesión y el apostolado en la enseñanza, la política, la cultura, la economía, el arte... de manera privada o asociada. Sí, el mundo es el campo del laico.

Pero ¿habrá de vivir su apostolado y vocación por libre, aisladamente, autoconstituido en guía de sí mismo? ¿Al margen o en contra de la jerarquía de la Iglesia? Además, ¿podrá vivirlo sin una sólida vida interior, una espiritualidad recia, litúrgica, sacramental, orante?

lunes, 3 de noviembre de 2014

Ser y misión del laico (I)

La naturaleza del fiel seglar, su vocación y su misión, así como su inserción y lugar propio en la Iglesia, vienen determinadas por la impronta del Bautismo y de la Confirmación. Es importante descubrirlo, es necesario reconocerlo.

La Iglesia, con el Concilio Vaticano II, ha pronunciado palabras importantes sobre el laicado, no atribuyéndole nada que antes no tuviera o no fuera, sino impulsando a vivir con hondura y señalando el horizonte hacia el cual encaminarse. Han sido palabras -en sus documentos- de ánimo, estímulo y envío.


Tampoco ha sido una inversión de la Iglesia misma, ni mucho menos, otorgando una ficticia independencia "a la base" en palabras tan manejadas, oponiendo "la base" a la jerarquía. El laicado está en la Iglesia, es parte vivísima de la Iglesia y la jerarquía, o sea los pastores legítimamente constituidos, son los responsables de la guía pastoral de la Iglesia sin pretender crear una división de clases, una lucha de clases y una oposición nada evangélica.

Catequesis ésta sobre el laicado para considerar la naturaleza y la dignidad del fiel laico correctamente sin desviaciones ni reduccionismos ideológicos ni prejuicios provenientes de la secularización.

"En el curso de esta breve conversación nos parece indispensable resumir algunas afirmaciones fundamentales, lo que la Iglesia piensa de vosotros, queridos seglares católicos. Como los navegantes, en el curso de su itinerario a través de la inmensidad del mar, “fijan el rumbo”, es decir, determinan su posición y su orientación, así también nos parece que vuestro tercer Congreso mundial requiere que se pongan en evidencia las adquisiciones doctrinales proclamadas por la Iglesia en esta fase más reciente de su historia, y especialmente en el Concilio Vaticano II.

Reconocimiento solemne de la Iglesia a los seglares

No se trata de cosas nuevas, pero sí de cosas ciertas, importantes, y, para vosotros que las escucháis y las meditáis aquí, cosas fecundas y de una inmensa riqueza vital. He aquí la primera: la Iglesia ha tributado al seglar, miembro de la sociedad a la vez misteriosa y visible de los fieles, un reconocimiento solemne. He ahí, permítasenos la palabra, una antigua novedad. La Iglesia ha reflexionado sobre su naturaleza, sobre su origen, sobre su historia, sobre su aspecto “funcional”, y ha dado la más digna y rica definición del seglar que a Ella pertenece: le ha reconocido como incorporado a Cristo, sin desconocer, por ello, su característica peculiar, que es la de ser un hombre de este siglo, un ciudadano de este mundo que se ocupa de las cosas terrestres, que ejerce una profesión profana, que tiene una familia, que se entrega, en todos los dominios, a los estudios y a los intereses temporales.

sábado, 26 de julio de 2014

Oración del laicado católico

Es ésta una plegaria escrita por Pablo VI para el Congreso del Apostolado de los laicos en 1967. Podría muy bien ser la oración del apóstol católico, del seglar católico, que lleno de Cristo, respaldado y acompañado por la Iglesia, está ante el mundo y la vida pública desarrollando su vocación laical.


"Nosotros, hombres de este siglo, Laicos del Pueblo de Dios, Católicos deseosos de ser fieles y activos, hijos y hermanos en Tu Santa Iglesia,

Te miramos a Ti, Jesucristo nuestro Señor, Maestro y Salvador de la humanidad, como a la Luz del mundo, e iluminados por Ti, Te pedimos nos hagas comprender este resplandor Tuyo sobre nosotros como una vocación. –Amén.


viernes, 18 de julio de 2014

Crecer en el Misterio de la Iglesia

Situémonos en el Misterio de la Iglesia. Sabemos que ella es Misterio, participación en la vida divina, y supera cualquier categoría sociológica que impongamos, pensando en ella en términos humanos: un grupo, una ONG, una estructura social-ética...


La Iglesia es el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo y el Templo del Espíritu Santo. En ella nos insertamos, en ella vivimos y en ella crecemos.

"...ser “Pueblo de Dios” en camino, de ser Iglesia, comunidad peregrina en la historia hacia su cumplimiento escatológico en Dios. Esto significa reconocer que la Iglesia no posee en sí misma el principio vital, sino que depende de Cristo, del que es signo e instrumento eficaz. En la relación con el Señor Jesús, esta encuentra su propia identidad más profunda: ser don de Dios para la humanidad, prolongando la presencia y la obra de salvación del Hijo de Dios por medio del Espíritu Santo. En este horizonte comprendemos que la Iglesia es esencialmente un misterio de amor a servicio de la humanidad para su santificación. El Concilio Vaticano II afirmó sobre este punto: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Lumen Gentium, n.9). Vemos aquí que realmente la Palabra de Dios ha creado un pueblo, una comunidad, ha creado una alegría común, un peregrinaje común hacia el Señor. El ser Iglesia, por tanto, no viene de una fuerza organizativa nuestra, humana, sino que encuentra su origen y su verdadero significado en la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: este amor eterno es la fuente de la que viene la Iglesia y la Trinidad Santísima es el modelo de unidad en la diversidad y genera y plasma la Iglesia como misterio de comunión.

miércoles, 2 de julio de 2014

La construcción de la ciudad (política y oración)

La vocación apostólica del laicado en el mundo es la construcción de la ciudad secular según el diseño de la Ciudad de Dios; es ordenar las realidades temporales según el Espíritu de Cristo y por tanto transformar las realidades sociales en una cultura de la vida.

Lo propio del laicado es el mundo y el orden civil, social y político, para aportar según Cristo construyendo según los patrones de lo bueno, lo verdadero y lo bello. Sostenido, respaldado y enviado por la Iglesia, el laicado católico tiene una vocación grande, la de buscar el bien común de la ciudad sin plegarse a la cultura secularizada, sino inyectando vida verdadera en todo.

"La promoción y la defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hoy más urgente que nunca, exige la valentía de personas animadas por la fe, capaces de un amor gratuito y lleno de compasión, respetuosas de la verdad sobre el hombre, creado a imagen de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la plenitud de Cristo Jesús (cf. Ef 4, 13). No os desaniméis ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración la fuente de toda fuerza apostólica; hallad en el Evangelio la luz que guíe vuestros pasos" (Juan Pablo II, Disc. al Congreso sobre el apostolado laical, 25-noviembre-2000).

De modo particular y más directo, movidos por la identidad católica y llenos de fe, los políticos, parlamentarios y gobernantes reciben un mandato del mismo Cristo para desarrollar su vocación política y pública en consonancia con la fe, sin compartimentos estancos o reduciendo la fe a lo privado. 

lunes, 5 de agosto de 2013

Apostalado del creyente

Un Año de la Fe, como el que ahora transcurre, podrá revitalizar la vida cristiana en todos nosotros si nos dejamos guiar por el magisterio, luminoso, de la Iglesia. La fe que se encierra y se esconde, se pierde y se apaga; quedarán brasas que siempre podremos remover para que el fuego sea consistente. La fe que se encierra en lo subjetivo y no fructifica, será como intentar retener agua entre las manos: acaba fluyendo entre los dedos y las manos quedan vacías.


¡La fe se fortalece dándola! Un creyente, es decir, un cristiano que ha sido marcado por el Bautismo y la Confirmación, o es apóstol o no es cristiano, sabiendo que su propio apostolado va a permitir que su fe crezca, se robustezca, se consolide.

Después vendrá el modo de apostolado tan variado como variadas son las vocaciones, los estados de vida cristiano y las circunstancias concretas de cada cual: distintas tareas, distinta intensidad, apostolado asociado o personal, etc., pero siempre el apostolado es una nota inherente a la vida de fe.

Es momento entonces de crecer en la fe, de interiorizarla y encarnarla, de profundizar y hacerla más activa, así como -cada uno, uno a uno- plantearse realmente qué hace, qué apostolado real desempeña, qué pide el Señor que haga y cómo hacerlo.

lunes, 15 de julio de 2013

"Apostolicam actuositatem": líneas de fuerza para el laicado

El Decreto Apostolicam actuositatem, del Concilio Ecuménico Vaticano II, como sabemos, trata del apostolado seglar, es decir, de la vocación del fiel laico en el mundo y en la Iglesia, de su misión y de su naturaleza eclesial, ya que "el apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia" (AA 1).


Pertenece a la naturaleza del laicado la santificación en el orden terreno y temporal, tratando con la materia del mundo para presentarla transformada a Dios, ofreciendo así un culto lógico, espiritual (cf. Rm 12,1s) y ante el laicado se despliega un campo de misión y actuación amplísimo: el matrimonio y la familia, lo profesional, técnico, cultural, artístico, y su aportación a la vida de la comunidad cristiana como un miembro vivo. Siempre conservando su peculiar condición laical, sin clericalización, sin resguardarse en ámbitos cálidos afectivos en el seno de las sacristías, sino en una exposición permanente a la intemperie del mundo:

"ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento" (AA 2).

La misma Constitución Lumen Gentium dedica todo el capítulo V al laicado. Primero lo define, señalando el origen bautismal de toda gracia y vocación, y luego lo ubica: en la Iglesia y como miembro de la Iglesia, insertado en el mundo y en el orden temporal:

"Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde" (LG 31).