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miércoles, 30 de junio de 2021

Eucaristía e unidad de la Iglesia (S. Cipriano)

Figuras de la unidad de la Iglesia, para la teología del gran San Cipriano, son la túnica inconsútil de Jesucristo, la imagen de la casa como signo de concordia y también el pan y el vino eucaristizados, es decir, el sacramento eucarístico.



La imagen del pan y del vino eucarísticos es de gran belleza y presenta el tema de la unidad desde la misma Eucaristía. La Eucaristía es momento de comunión, es la Iglesia toda la que realiza la oblación, el sacrificio pascual de Jesucristo y lo ofrece al Padre. 

Toda la asamblea litúrgica participa de un solo pan y un solo cáliz, mostrando así la unidad. Es el argumento principal de Pablo: "el cáliz de bendición que bendecimos ¿no es la comunión con la sangre de Cristo? Porque no hay más que un solo pan, todos formamos un solo cuerpo, puestos todos participamos de un mismo pan" (1Cor 10, 16s), y como consecuencia, la unidad, si no es así, no es la cena del Señor: "cuando os reunís, hay entre vosotros divisiones, y en parte lo creo; pues es necesario que haya disensiones entre vosotros para que se manifiesten los que son de virtud probada. Cuando, pues, os reunís en común, ya no es eso comer la Cena del Señor" (1Cor 11, 18-20). 

La Eucaristía, signo de unidad, requiere que exista ésta para que se celebre auténticamente la Cena del Señor. Esta idea la toma Cipriano, presentando un argumento distinto, de extraordinaria belleza; el pan eucarístico es signo de unidad: 

viernes, 18 de junio de 2021

La visión de S. Cipriano sobre la unidad de la Iglesia


La unidad de la Iglesia es un tema de una tremenda actualidad que puede ser iluminado por la reflexión de Cipriano, ya que éste tiene todavía una palabra que decirnos y puede ayudarnos a vivir el ideal de Jesús, i.e. "que todos sean uno", en nuestra comunidad eclesial. 




Quisiéramos destacar dos aspectos de la obra de Cipriano que más nos han impactado: el uso de la Escritura y su actualidad, que nos pueden revelar al importancia que los Padres tienen para la Iglesia de todos los tiempos y la necesidad de volver a escucharlos, con una apertura de espíritu y, en concreto de este tema sobre la unidad eclesial. 

 En cuanto al primer aspecto de su obra, cabe reseñar el uso abundantísimo de la Escritura en Cipriano. Muchas citas están en su obra, de forma explícita o implícita, que hilvanan y fundamentan el pensamiento de Cipriano. Este revela el sentido de muchos pasajes a través de la alegoría dando interpretaciones de extraordinaria profundidad y belleza, así, p.e. el pasaje de la prostituta Rahab, la alegoría de la casa, el manto de Ajías, etc. Estas interpretaciones alegóricas son muy características de los Padres porque  parten de la idea de que Cristo está presente ya en el AT y que podemos descubrirlo a partir del NT; de ahí el uso de la alegoría en los Padres.

sábado, 29 de mayo de 2021

La casa, tipo de la unidad de la Iglesia (S. Cipriano)

Además de la túnica inconsútil de Cristo, figura de la unidad de la Iglesia, la imagen de la casa es otra importante figura para San Cipriano.



El símbolo de la casa representa la unidad de los que en ella viven en la concordia y el amor.  La casa es un tema muy repetido en la Sgda. Escritura. Cipriano parece apoyarse en el texto de Hch 1, 13-13: "[los apóstoles] cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían Pedro, Juan, Santiago y Andrés... Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús y de sus hermanos." 

También S. Cipriano comenta la siguiente perícopa: "en la casa de mi Padre hay muchas estancias y voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré para que donde esté yo estéis también vosotros" (Jn 14, 2-3). 

Con estos textos de fondo, dice Cipriano: 

"¿crees tú que puede mantenerse en pie y seguir viviendo quien se aleja de la Iglesia y se construye otras moradas y otros habitáculos distintos, teniendo en cuenta lo que se le dijo a aquella (Rahab), en quien estaba prefigurada la Iglesia? Esto es: 'reunirás a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la casa de tu padre junto a tí, en tu misma casa; y sucederá que quien se saliere fuera de la puerta de tu casa, se constituirá culpable por su cuenta" (De Unit. Eccl. 8), 
según lo narrado en Jos 2, 18s: el que se salga de la casa, rompiendo la unidad, se hará culpable.

sábado, 24 de abril de 2021

Figuras de la unidad de la Iglesia: la túnica de Cristo (S. Cipriano)



A través de muchas imágenes "plásticas" y de figuras del AT y NT, S. Cipriano presenta el Misterio de la Iglesia, (Misterio de Comunión) y su unidad. Así dice, por ejemplo, que: 


"también la Iglesia, inundada de la luz del Señor, esparce sus rayos por todo el mundo... y es una sola la luz que se difunde por doquier, y no se divide la unidad del cuerpo; extiende sus ramas con gran generosidad por toda la tierra; envía sus rayos que fluyen con largueza por todas partes" (De Unit. Eccl. 5). 

Para este Padre, la Iglesia es como el pan eucarístico formado por multitud de granos (cfr. Epist. 63,13); es semejante a una madre (cfr. De Unit. Eccl. 23), como veíamos en el capítulo anterior, es como un navío que tiene como piloto al obispo (cfr. Epist. 59,6), es un cuerpo en el que no puede haber ninguna división (cfr. Epist. 63,13; De Unit. Eccl. 17). 

La Iglesia es una e indivisible como la túnica de Cristo o como la imagen de la casa en la que se ha de convivir en unidad y armonía (con claras resonancias bíblicas). Fijémonos un poco más detenidamente en tres figuras, mencionadas con anterioridad: la túnica, la casa y el pan y vino eucarísticos.

  
LA TÚNICA DE CRISTO

                       
Siguiendo el estilo característico de los Padres en el uso de las figuras y prototipos contenidos en el AT y también en el NT, Cipriano ve reflejado el misterio de la unidad de la Iglesia en la túnica indivisa de Jesucristo. Así lo dice la Escritura: "los soldados después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba a abajo. Por eso se dijeron: 'no la rompamos; echémosla a suertes a ver a quién le toca'. Para que se cumpliera la Escritura: se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica. Y esto es lo que hicieron los soldados" (Jn 19, 23-24). Comenta Cipriano el texto diciendo: 
 

domingo, 14 de marzo de 2021

Comunión con Roma (S. Cipriano)

En la mens de san Cipriano, expuesta en su obra "La unidad de la Iglesia", toda Iglesia local, así como el episcopado universal, debe mantener la unidad, la comunión, con Roma, con el Papa, con el sucesor de Pedro.



La Iglesia de Roma es para Cipriano "matriz y raíz de la Iglesia Católica" (Epist. 48,3), y la califica como "la cátedra de Pedro e Iglesia principal de la cual deriva la unidad episcopal" (Epist. 59,14). 

Reconoce Cipriano una cierta autoridad al obispo de Roma como garante de la unidad del episcopado, mas esta "cierta autoridad" no es una primacía de jurisdicción, sino una primacía de honor, situando al obispo de la sede romana como "primum inter pares." Así "cuando Pedro que había sido elegido el primero por el Señor y sobre quien edificó su Iglesia, tuvo aquella controversia con Pablo sobre la circuncisión, no reclamó arrogantemente ninguna prerrogativa ni se mostró insolente con los demás diciendo que tenía el primado y que debía ser obedecido" (Epist. 71,3).

 Este primado de Roma no ejerce jurisdicción en las Iglesias, puesto que cada obispo es independiente en su Iglesia. "cada obispo manda y gobierna a su manera, con obligación de dar cuenta de su conducta a Dio" (Epist. 55,21) ya que "lo que fue Pedro lo eran también ciertamente los demás apóstoles, dotados de igual participación de honor y potestad, pero el origen proviene de la unidad, a fin de que la Iglesia de Cristo se muestre una sola... Quien no mantiene esta unidad de la Iglesia, ¿cree que mantiene la fe?" (De Unit. Eccl. 4). Estos son los pastores nuevos que iban a suceder a los pastores antiguos (Test. I, XIV), los que muestran que la Iglesia es una. 

domingo, 7 de febrero de 2021

Obispos para la unidad de la Iglesia (S. Cipriano)

Los obispos, por el sacramento del Orden, forman un colegio, el de los sucesores de los apóstoles; la cabeza del colegio episcopal es el Papa, sucesor de Pedro.

En el tratado sobre "La unidad de la Iglesia", de S. Cipriano, los obispos junto con Pedro, cuidarán de la unidad de la Iglesia.



Los obispos tienen una función clara dentro de la Iglesia para Cipriano, desde una colegialidad. 


"Esta unidad debemos mantenerla firmemente y defenderla sobre todos los obispos... El episcopado es uno solo, del cual uno participa solidariamente con los demás" (De Unit. Eccl. 5). 

Los obispos son defensores por su naturaleza eclesial, y que fueron constituidos pastores, jefes, por el mismo Señor "[éste] escogió a los obispos y superiores" (Epist. 3,3). Partiendo del conocido texto "Tu es Petrus" (Mt 16,18), Cipriano explica no sólo el primado de Pedro sino la elección de los obispos basándose en la sucesión apostólica por la imposición de manos. 


"Nuestro Señor... regulando el honor debido a los obispos y el orden de su Iglesia, habla en el Evangelio y dice a Pedro: 'Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella'. De ahí viene, a través de la serie de los tiempos y las sucesiones, la elección de los obispos y la organización de la Iglesia: la Iglesia descansa sobre los obispos, y toda la conducta de la Iglesia obedece a la dirección de esos mismos jefes" (Epist. 33,1).

martes, 19 de enero de 2021

La Iglesia es un Cuerpo (S. Cipriano)

Argumentando san Cipriano sobre la Unidad de la Iglesia, en esa obrita que debe fraguar nuestro pensamiento, comienza con la categoría de la Iglesia como "cuerpo".




Cipriano es un Padre que ama a la Iglesia profundamente y que lo deja bien reflejado en su ministerio y en sus escritos. La Iglesia para Cipriano es fundamental, porque constituye el único camino de salvación válido; afirma: "Salus extra ecclesiam non est" (Epist. 73,21) y "si pudo salvarse alguien fuera del arca de Noé, también se salvará quien estuviera fuera de la Iglesia" (De Unit. Eccl. 6). 

Todo cristiano debe estar unido a ella porque "christianus non est qui in Christi ecclesia non est" (Epist. 55,24); hasta tal punto es radical Cipriano en esta idea que dice : "No puede ya tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre" ["Habere non potest Deum patrem qui Ecclesiam non habet matrem"] (De Unit. Eccl. 6).
                       

S. Cipriano  ve siempre a la Iglesia como un madre que engendra hijos para la vida nueva y eterna. "Y es esta Iglesia la que en el Cantar de los Cantares el Espíritu Santo descubre en la persona del Señor, cuando dice: 'una sola es mi paloma, mi perfecta, la única que tiene su madre, la elegida de la que la engendró'" (De Unit. Eccl. 4). Y describe así a la Iglesia: "Y, sin embargo, una sola es la cabeza, uno solo el origen, y una sola la madre, rica por los frutos de su fecundidad. De su seno nacemos, con su leche nos alimentamos, y por su espíritu somos vivificados" (De Unit. Eccl. 5). 

La Iglesia es una madre fecunda y ha tenido más hijos de entre las naciones que cuantos antes había tenido la sinagoga, (Test. I, XX), basándose en los textos de Is 24,1-4; Ap 1; Ex 25, etc...


sábado, 5 de diciembre de 2020

La Unidad de la Iglesia (S. Cipriano)

La unidad de la Iglesia es la obra cumbre de S. Cipriano. Su profundidad de pensamiento y, a la vez, su actualidad, hace que nos cuestionemos mucho nuestra eclesiología actual y nuestra forma de vivir la unidad de la Iglesia. 



Presenta Cipriano una serie de ideas claves, de gran interés y agudeza, para que vayamos sumergiéndonos en el Misterio de la Iglesia; en última instancia, vayamos introduciéndonos, contemplando y viviendo, el Misterio Pascual de Jesucristo.
  
Esta obra fue escrita por Cipriano respondiendo así a una serie de temas y circunstancias de su Iglesia africana. Los herejes que seguían a Novaciano estaban bautizados ya en esta secta herética. Al plantearse el problema sobre los herejes que quieren volver al seno de la Madre Iglesia, la cuestión es la siguiente: ¿es válido el bautismo recibido por estos herejes? 

Cipriano responde negativamente, porque confunde validez y licitud -será S. Agustín el que, dos siglos después, dará luz al tema bautismal-. Cipriano hacía rebautizar a estos conversos, en contra de la costumbre de la Iglesia romana, y esta práctica de Cipriano es confirmada por los obispos africanos en el Concilio de Cartago (255). 

En el 256 se convoca otro concilio, se trata el mismo tema y se llega a la misma conclusión que es comunicada al papa Esteban que se opuso, con un tono muy agresivo, y parece ser que amenazó a Cipriano con la excomunión. Fue un grave problema de conciencia para Cipriano: creer que tenía razón y que era justo lo que hacía y callar y obedecer para no romper la unidad con Roma; cumplió con el pensamiento que había expuesto en "La unidad de la Iglesia".

 Esta obra se escribe en el 251, al poco tiempo de haber sido elegido obispo de Cartago, tras la persecución de Decio (249-251). Este obligó a todos a sacrificar a los dioses. Muchos, entonces, abandonaron la Iglesia (lapsi) y otros, por temor, consiguieron certificados falsos como comprobantes de haber sacrificado (libellatici). Muchos quisieron volver a la Iglesia. Fue la primera vez que Cipriano tuvo que decidir sobre este tema de la unidad. Así surgió esta preciosa, deliciosa obra.

martes, 19 de junio de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, y IX)

El término final de la paciencia cristiana es aguardar la Parusía del Señor.

Somos un pueblo peregrino que espera el retorno de su Señor en gloria, como Juez de vivos y muertos, término final de la historia, plenitud.


Vivimos, perseveramos en el bien, amamos pacientemente con la caridad sobrenatural -"la caridad es paciente"-, sobrellevamos debilidades y persecuciones, dolores y contrariedades, imitando la paciencia de Dios y la de Jesucristo en su pasión. Somos confortados con los ejemplos de los santos del Antiguo Testamento y, añadamos también, con la paciencia de todos los santos de la historia de la Iglesia que afirman la paciencia en nosotros cuando leemos y conocemos sus vidas.

Y, con paciencia, aquella paciencia con la que salvaremos nuestras almas, san Cipriano señala el objeto último y feliz de nuestra paciencia: la venida gloriosa de Cristo. Así completa san Cipriano este tratado "sobre el bien de la paciencia".

domingo, 10 de junio de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VIII)

Si en la última catequesis leímos cómo san Cipriano relacionaba los bienes de la paciencia con la caridad, ahora, para recalcar más aún su argumentación, expondrá los males que acarrea la impaciencia.

El impaciente no tiene medida del tiempo, ni de la duración, sino del instante. Sin visión sobrenatural alguna, fuerza todo para que ocurra aquí y ahora sin aguardar ni esperar. Es incapaz de pensar y de amar.


La paciencia es una virtud necesaria para edificar el bien, la impaciencia es una fuerza destructora que arrasa incluso el poco y pequeño bien que acaba de sembrar.

"19. Y para que resplandezcan mejor, hermanos amadísimos, los beneficios de la paciencia, consideremos por contraposición los males que acarrea la impaciencia.

Así como la paciencia es un don de Cristo, así la impaciencia, por el contrario, es un don del diablo; y al modo como aquél en quien habita Cristo es paciente, lo mismo siempre es impaciente aquél cuya mente está poseída por la maldad del demonio.

En resumen, tomemos las cosas por sus principios. El diablo no pudo sufrir con paciencia que el hombre fuese creado a imagen de Dios; por eso se perdió a sí mismo primero, y luego perdió a los demás. Adán, impaciente por gustar el mortal bocado, contra la prohibición de Dios, se precipitó en la muerte y no guardó la gracia recibida del Cielo con la ayuda de la paciencia. Caín, por no poder soportar la aceptación de los sacrificios y ofrendas, mató a su hermano. Esaú bajó de su mayorazgo a segundón y perdió su primacía por su impaciencia en comer un plato de lentejas.

¿Por qué el pueblo judío, infiel e ingrato con los favores de Dios, se apartó del Señor, sino por la impaciencia? No pudiendo llevar con paciencia la tardanza de Moisés, que estaba hablando con Dios, osó pedir dioses sacrílegos, llamando guías de su peregrinación a una cabeza de toro y a un simulacro de arcilla, y nunca desistió de mostrar su impaciencia, puesto que no aguantaba nunca las amonestaciones y gobierno de Dios, llegando a matar a sus profetas y justos y hasta llevar a la cruz y al martirio al Señor.

La impaciencia también es la madre de los herejes; ella, a semejanza de los judíos, los hace rebelarse contra la paz y caridad de Cristo y los lanza a funestos y rabiosos odios. Y para no ser prolijo: todo lo que la paciencia edifica con su conformidad en orden a la gloria, lo destruye la impaciencia por la ruina.


20. Por tanto, hermanos amadísimos, una vez vistas con atención las ventajas de la paciencia y las consecuencias de la impaciencia, debemos mantener en todo su vigor la paciencia, por la que estamos en Cristo y podemos llegar con Cristo a Dios.

Por ser tan rica y variada, la paciencia no se ciñe a estrechos límites ni se encierra en breves términos. Esta virtud se difunde por todas partes, y su exuberancia y profusión nacen de un solo manantial; pero al rebosar las venas del agua se difunde por multitud de canales de méritos y ninguna de nuestras acciones puede ser meritoria si no recibe de ella su estabilidad y perfección. 

La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de las pasiones, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas, la trabajosa castidad de las viudas, la indivisible unión de los casados.

La paciencia mantiene en la humildad a los que prosperan, hace fuertes en la adversidad y mansos frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con ahínco e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer las tentaciones, tolerar las persecuciones, consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, la que levanta en alto nuestra esperanza, la que encamina nuestras acciones por la senda de Cristo, para seguir los pasos de sus sufrimientos. La paciencia nos lleva a perseverar como hijos de Dios imitando la paciencia del Padre".

viernes, 25 de mayo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VII)

La caridad es paciente. Sólo se puede amar con un amor sobrenatural si hay paciencia ya que la impaciencia es madre de pecados y destroza todo lo que toca.

La relación de la paciencia con la caridad es expuesta por san Cipriano.


"15. La caridad es el lazo que une a los hermanos, el cimiento de la paz, la trabazón que da firmeza a la unidad; la que es superior a la esperanza y a la fe, la que sobrepuja a la limosna y al martirio; la que quedará con nosotros para siempre en el cielo. Pero quítale la paciencia y queda devastada y no perdura, quítale el jugo del sufrimiento y resignación, y queda sin raíces ni vigor. 

En fin, cuando el Apóstol habla de la caridad, le junta el sufrimiento y la paciencia: “La caridad, dice, es magnánima, es benigna, no es envidiosa, no es hinchada, no se encoleriza, no piensa el mal, todo lo ama, todo lo cree, todo lo espera, todo lo sufre” (1Co 13, 4-5. 7). Con esto nos indica que la caridad puede permanecer, porque puede sufrir todo. Y en otro pasaje: “Aguantándoos, dice, con caridad, poniendo interés en conservar la unión del espíritu con el lazo de la paz” (Ef 4,2). Enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz, si no se ayudan mutuamente los hermanos y mantienen el vínculo de la unidad con auxilio de la paciencia.

jueves, 3 de mayo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VI)

Hacer el bien en un momento puntual y concreto puede ser hasta fácil: una ayuda ocasional, un servicio concreto a alguien, una obra de misericordia corporal o espiritual.

Lo que ya es difícil, y requiere virtud, es continuar haciendo el bien, de forma constante, permanente, cuando nada externo nos ayuda, cuando no se ven resultados ni palabras de ánimo, o las circunstancias exteriores son adversas, o continuar haciendo el bien nos supone algún tipo de incomodidad, peligro o persecución.


La perseverancia en el bien sólo la alcanzan quienes son pacientes, aquellos que ya han adquirido la virtud de la paciencia. Entonces hacen siempre el bien a pesar de las resistencias o ataques exteriores o dificultades que se encuentran por el camino.

La consideración sobre el bien que es la paciencia adquiere aquí ese argumento más en favor de su necesidad. San Cipriano lo pondera.


"13. Es saludable el siguiente aviso del Señor, maestro nuestro: “El que se sostuviese hasta el fin, éste se salvará” (Mt 10,22). Y en otro lugar: “Si guardareis mi palabra, seréis verdaderos discípulos míos” (Jn 8,31). Hemos de soportar y perseverar, hermanos amadísimos, para que, con la esperanza de la verdad y libertad, podamos alcanzar la misma verdad y libertad; porque se es cristiano por la fe y la esperanza, pero para que logremos el fruto de ellas nos es precisa la paciencia. Pues no vamos tras la gloria de acá, sino tras la futura, conforme a lo que nos avisa el apóstol Pablo cuando dice. “Hemos sido salvados por la esperanza. La esperanza que se ve, ya no es esperanza; si uno ya lo ve, ¿cómo va a esperar lo que está viendo? Mas, si esperamos lo que no vemos, nos sostenemos por la espera de ello” (Rm 8,24-25).

lunes, 16 de abril de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, V)

Continúa san Cipriano, después de contemplar la paciencia de Dios y la de Jesucristo en su vida entera y en su pasión, con los ejemplos de paciencia del Antiguo Testamento.

Los santos del AT ejercitaron la paciencia movidos por su fe, aguardaban bienes mayores y sufrieron pacientemente penas, dolores, persecuciones, aflicciones. Así, dicho sea de paso, prefiguraban, anunciaban, la paciencia del Salvador cuando llegase.


Si los santos y justos del Antiguo Testamento fueron pacientes, mucho más lo habremos de ser nosotros que ya conocemos a Cristo y que poseemos la acción del mismo Espíritu Santo en nuestras almas. La caridad paciente de Dios se nos ha infundido en nuestros corazones.


"10. Por último, hallamos que patriarcas, profetas y todos los justos que prefiguraban a Cristo, ninguna virtud guardaron como más digna de sus preferencias que la observancia de una paciencia y ecuanimidad a toda prueba.

viernes, 30 de marzo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, IV)

No olvida san Cipriano, para exhortar a la paciencia cristiana, detenerse en la pasión de Jesús. En su pasión, Cristo nos dio un ejemplo para que sigamos sus huellas.

¿Podría ser de otro modo? En la pasión, Él se muestra modelo y ejemplo de todas las virtudes, y la paciencia aquí ocupa un lugar destacado.


El cristiano, con su paciencia, imita la paciencia de su Señor en la pasión y en la cruz.

"7. Aun durante la Pasión y la cruz, antes de derramar su sangre y de su cruel muerte, qué oprobios no escuchó con toda paciencia, qué burlas y afrentas no toleró, hasta recibir los salivazos Él, que había dado luz a los ojos de un ciego con su saliva; no mucho antes Él, en cuyo nombre son azotados el diablo y sus demonios por sus servidores, consiente en ser azotado, y en ser coronado de espinas Él, que corona a los mártires con flores que no se marchitan; en ser abofeteado con palmadas Él, que otorga la palma verdadera a los vencedores; en ser despojado de sus vestidos Él, que viste a los demás con la vestidura de la inmortalidad; en ser abrevado con hiel Él, que nos dio un manjar celestial; en beber vinagre Él, que nos brindó el cáliz de salud.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, III)

Ser pacientes y ser mansos es, en último término, imitar la paciencia de Dios.

¡Seamos imitadores de Dios!

Recibimos los ejemplos de paciencia de Dios para que nos conformemos al estilo divino.



"5. Y para mejor comprender, hermanos amadísimos, que la paciencia es virtud propia de Dios y que el paciente y manso es imitador de Dios Padre, cuando en su Evangelio el Señor daba saludables máximas y avisos espirituales para instruir a sus discípulos, habló así: “habéis oído lo que se publicó: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo declaro: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, el cual hace salir su sol sobre los buenos y malos y llueve sobre los justos e injustos. Pues si amareis a los que os aman, ¿qué recompensa tendríais? ¿Acaso no obran así también los publicanos? Y si saludareis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen esto también los gentiles? Debéis ser, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,43-48).

jueves, 1 de marzo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, II)

¿Cómo argumenta san Cipriano?

Nos sitúa ante la paciencia de Dios.


Dios es paciente con malos y buenos. Más: Dios espera pacientemente la conversión del pecador, no quiere su muerte sino que viva y aguarda al hijo que se ha ido de la casa a que regrese.

Esta virtud moral, la paciencia, la vemos de manera excelsa en Dios mismo.



"4. Cuál y cuánta es la paciencia de Dios se ve en que aguanta con toda calma la afrenta que hacen a su soberanía y dignidad los hombres, levantando templos idolátricos, fabricando estatuas, practicando sacrificios sacrílegos; se ve en que hace nacer el día y el sol lo mismo sobre buenos que sobre malos y riega la tierra con lluvias, sin quedar nadie excluido de sus beneficios, porque no discrimina entre justos y malvados.

viernes, 16 de febrero de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, I)

Tras haber visto el más antiguo tratado sobre la paciencia, el del escritor africano Tertuliano, pasaremos a leer el trabado "sobre el bien de la paciencia" de San Cipriano, el obispo africano de Cartago, mártir en el s. III.


Al considerar, bajo diferentes argumentos, la virtud de la paciencia, hemos de desearla, entenderla, asimilarla, por lo importante que es que logremos ser "hombres virtuosos", esto es, no tener un acto de paciencia una vez aislada, en alguna ocasión, sino ser siempre pacientes.

Con la paciencia, su raíz, su objeto, su fin, alcanzaremos los bienes definitivos. Sean éstas unas catequesis patrísticas de verdad morales, educando nuestro ser en la moral cristiana, no en el moralismo, y pidiendo desde ya el don de Dios en los corazones.



"1. Habiendo de tratar de la paciencia, hermanos amadísimos, y debiendo ponderar sus beneficios y ventajas, por dónde empezar mejor que diciéndoos que ahora mismo necesito de la vuestra para escucharme, pues sin ella no podéis oírme ni aprender de mí; un razonamiento bien concertado se capta con provecho y eficacia cuando se escucha con paciencia. Y, a la verdad, no encuentro un razonamiento más útil para la vida o más eficaz para la gloria que practicar por completo la paciencia siguiendo los preceptos del Señor con espíritu de temor y de entrega.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

San Cipriano: el obispo de la unidad de la Iglesia


16 de septiembre, San Cipriano, obispo de Cartago y mártir. Y nos acercamos a él por una pequeña deuda de gratitud. Fue -después de san Agustín- el primer Padre de la Iglesia que conocí a fondo gracias a un gran profesor, y a partir de ahí, los Padres de la Iglesia se presentaron como un tesoro, siempre rico e inabarcable, que me unía a una Tradición, a una cadena viva.

El obispo de Cartago, san Cipriano, fue una de las grandes figuras del cristianismo primitivo. Cartago era la sede principal de toda el África romana, con mucha vinculación con Roma por su puerto marítimo. La literatura cristiana en lengua latina nació en África antes que en Roma... Pero África sufrió sangrientas y muy crueles persecuciones contra el cristianismo naciente. La situación no fue fácil, como encontramos en las Actas de los mártires y en las epístolas de los Padres de esa época. Allí, en África, Tertuliano expresó la realidad del martirio: "La sangre de los mártires, semilla de nuevos cristianos". Así fue.

Se disfrutó durante casi 30 años de un período de paz que favoreció la difusión del cristianismo y el establecimiento de nuevas comunidades cristianas hasta que otra ola de persecuciones llegó. Cipriano es el obispo de la sede de Cartago, en cierto modo, la sede primada: los Concilios africanos se reúnen allí, Cartago y su obispo Cipriano es una sede referencia y el obispo un Padre de la Iglesia, escritor, predicador, maestro convirtiéndose en un referente intelectual desde que en 249 fuera elegido el obispo de Cartago. La primera oleada de persecuciones es la del emperador Decio en 250; en 257 la persecución de Valeriano, dirigida principalmente a los obispos y sacerdotes. Tras varios juicios, en 258 Cipriano será decapitado por negarse a ofrecer el sacrificio a los dioses paganos.

¡Qué difícil resumir una vida así, llena de luchas, intrépida, pastoral! En sus escritos hay muchos temas que se entrecruzan en los albores de la reflexión teológica: trató del bautismo, de la oración, del Padrenuestro, del martirio, de la unidad de la Iglesia, de la comunión con Roma, de la colegialidad episcopal junto con Pedro...

Algunos textos suyos son ilustrativos, nos pueden formar y abrir el apetito intelectual para conocer más y mejor la patrística.

Frente a los cismas que se apartan de la sede de Roma por diversos motivos, Cipriano replica: "Sobre él [Pedro] edifica la Iglesia y a él manda que apaciente las ovejas. Y, aunque a los demás apóstoles les conceda igual potestad, estableció, sin embargo, una sola cátedra y dispuso con su autoridad el origen y la razón de la unidad. Cierto que lo que fue Pedro lo eran también los demás, pero el primado se da a Pedro y se pone de manifiesto una sola Iglesia y una sola cátedra. Todos son también pastores, pero se nos muestra un solo rebaño, que ha de ser apacentado de común acuerdo por todos los apóstoles. Quien no mantiene esta unidad de Pedro, ¿cree que mantiene la fe? Quien se separa de la cátedra de Pedro, ¿confía en que está en la Iglesia?" (De Unit. Eccl., n. 4).

En la Iglesia está la salvación, ¡cuánto hemos de amar la Iglesia! "La esposa de Cristo no puede ser adúltera, inmaculada y pura como es. Ella sólo ha conocido una casa y ha guardado con casto pudor la santidad de su único tálamo. Ella nos guarda para Dios, nos encamina al reino de los hijos, que ha engendrado. Quien, separándose de la Iglesia, se une a una adúltera [una secta cismática o hereje], se separa de las promesas de la Iglesia, y no alcanzará los premios de Cristo quien abandona su Iglesia. Éste se convierte en un extraño, un sacrílego y un enemigo. No puede ya tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia por madre" (De unit. eccl. n. 6).

Frente a los cristianos que se pasaban a algunas de las sectas cismáticas que habían roto con Roma, Cipriano les recuerda a éstos que iban de supercatólicos pero sin comunión con el Papa que "fuera de la Iglesia no hay salvación" (Ep. 73). Juan Pablo II explicó esta frase (tan controvertida después por otra parte dada su mala comprensión): "El axioma extra Ecclesiam nulla salus ―"fuera de la Iglesia no hay salvación"―, que enunció san Cipriano (Epist. 73, 21: PL 1.123 AB), pertenece a la tradición cristiana y fue introducido en el IV concilio de Letrán (DS 802), en la bula Unam sanctam, de Bonifacio VIII (DS 870) y en el concilio de Florencia (Decretum pro jacobitis, DS 1.351) Este axioma significa que quienes saben que la Iglesia fue fundada por Dios a través de Jesucristo como necesaria tienen la obligación de entrar y perseverar en ella para obtener la salvación (cf. Lumen gentium, 14). Por el contrario, quienes no han recibido el anuncio del Evangelio, como escribí en la encíclica Redemptoris missio, tienen acceso a la salvación a través de caminos misteriosos, dado que se les confiere la gracia divina en virtud del sacrificio redentor de Cristo, sin adhesión externa a la Iglesia, pero siempre en relación con ella (cf. n. 10)" (Audiencia general, 31-mayo-1995).