Título de gloria, honrosísimo, mereció el apóstol Santiago: ¡amigo del Señor!
Leemos en el libro del Eclesiástico, capítulo 6, que "el que encuentra un amigo encuentra un tesoro" porque "vale más que las perlas". Santiago encontró en Cristo a su Amigo, al mejor tesoro; Cristo, su amigo, fue para Santiago el tesoro escondido en el campo y la perla fina. Todo lo supeditó a esta amistad con el Señor, todo lo vendió, lo despreció, lo dejó con tal de gozar de la amistad de Jesús.
El encuentro con Cristo fue decisivo para la vida de Santiago. Fue llamado, dejó a sus padres y las redes, y junto con su hermano Juan, lo siguió inmediatamente. Ya nada fue igual. La amistad con Cristo fue cambiando a Santiago, moldeándolo poco a poco; y el impulsivo y vehemente amigo llegó a ser el valiente y audaz apóstol y evangelizador que da su vida.
Pero también Cristo encontró en Santiago un amigo. Con Santiago el Señor va compartiendo las confidencias de su corazón, su intimidad; quiere su compañía al resucitar a la hija de Jairo y sobre todo en el monte de la Transfiguración y en el momento de la agonía en el Huerto de los Olivos. Cristo lo amó y lo quiso como amigo íntimo.


