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lunes, 25 de julio de 2011

¡Amigo del Señor!


Título de gloria, honrosísimo, mereció el apóstol Santiago: ¡amigo del Señor!

Leemos en el libro del Eclesiástico, capítulo 6, que "el que encuentra un amigo encuentra un tesoro" porque "vale más que las perlas". Santiago encontró en Cristo a su Amigo, al mejor tesoro; Cristo, su amigo, fue para Santiago el tesoro escondido en el campo y la perla fina. Todo lo supeditó a esta amistad con el Señor, todo lo vendió, lo despreció, lo dejó con tal de gozar de la amistad de Jesús.

El encuentro con Cristo fue decisivo para la vida de Santiago. Fue llamado, dejó a sus padres y las redes, y junto con su hermano Juan, lo siguió inmediatamente. Ya nada fue igual. La amistad con Cristo fue cambiando a Santiago, moldeándolo poco a poco; y el impulsivo y vehemente amigo llegó a ser el valiente y audaz apóstol y evangelizador que da su vida.

Pero también Cristo encontró en Santiago un amigo. Con Santiago el Señor va compartiendo las confidencias de su corazón, su intimidad; quiere su compañía al resucitar a la hija de Jairo y sobre todo en el monte de la Transfiguración y en el momento de la agonía en el Huerto de los Olivos. Cristo lo amó y lo quiso como amigo íntimo.


miércoles, 25 de agosto de 2010

Visita a Santiago Apostól o la experiencia de los orígenes

 Cada vez que visito Santiago de Compostela, me maravillo de la realidad de la fe católica al verla tan universal, tan integradora, tan variada. Es cierto que en Santiago se pueden encontrar diversos motivos por los que acuden los peregrinos, desde los meramente turísticos a los culturales, pasando por la sinceridad de la fe que impulsa a ir a celebrar el Año Santo y rezar al Apóstol, tras un Camino. Sí, un Camino, porque la fe es camino -peregrinos de la fe, caminando al cielo-, un continuo progreso ("caminan de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión", Sal 83), progresar de "gracia en gracia". Nunca la fe está acabada, ni plena, ni completada. Nunca el proceso de conversión de las estructuras del corazón está hecho, sino que siempre el dinamismo creyente necesita ser purificado y otra vez elevado. La experiencia del Camino en la fe es saludable. Recordemos la peregrinación en la carta a los Hebreos (11, 13ss).

Se llega a Santiago de Compostela. Es una ciudad que parece un mosaico de nacionalidades, razas y lenguas. Muchos, muchísimos católicos, que se les nota: el rostro alegre y cansado, una cruz al cuello, o una camiseta con algún lema cristiano, o alguna pancarta del grupo...; van muchos con sus sacerdotes, o con alguna religiosa...

Santiago de Compostela se convierte en una ciudad universal, mostrando hasta qué punto la Iglesia misma es universal, ¡y eso significa Católica!

Entonces queda pasar por la puerta santa -"Yo soy la puerta, el que entre por mí se salvará" (Jn 10,9)-, subir para abrazar la imagen del Apóstol y luego bajar a la cripta a venerar su cuerpo en la urna de plata.

En el nivel de la fe, que es el que nos debe mover siempre, habría que destacar algunos puntos.

1) La experiencia personalísima y única de estar ante un Apóstol, amigo del Señor. En su sepulcro, después de dar el abrazo a la imagen del Apóstol, rezar en un rinconcito de rodillas y saludarle como Amigo del Señor. ¡Qué suerte, qué grandeza! Fue realmente "amigo del Señor": compartió sus momentos de intimidad con Pedro y Juan en la resurrección de la hija de Jairo, en la Transfiguración, en el Monte de los Olivos. Estamos pues ante quien estuvo muy cerca del mismo Señor, el Verbo encarnado. A él le podemos suplicar que interceda ante su Amigo; a él le podemos rogar ser también nosotros "amigos del Señor".


domingo, 26 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (II)


Junto a su hermano Juan y a Pedro, Santiago era miembro del grupo más íntimo de Jesús. Esa cercanía le permitió entrar más en el Corazón insondable del Salvador, que lo iba cautivando. Los tres años de ministerio público de Jesús fueron la mejor escuela para educar a Santiago. Cristo desarrolló con él su pedagogía divina. Santiago ve resucitar a la hija de Jairo (Mc 5,37) como un privilegiado en el reducido recinto (¡su Maestro era capaz de devolver la vida! –qué orgulloso se sentiría-), Santiago, que con los demás se había escandalizado del anuncio de la Pasión, asiste lleno de estupor a la Transfiguración, la divinidad sin velos de Jesús, el anticipo de la resurrección. Descubre que en Jesús hay algo más que un ser excepcional: es la Presencia de Dios mismo. Cristo tenía que vencer, con amorosa pedagogía, las resistencias interiores de Santiago y reeducarlas en otra dirección. El ímpetu del fuego, el carácter fuerte que demuestra ante la aldea samaritana será encauzado por Cristo para tener el ímpetu del apóstol, conociendo de qué espíritu es: ¡llegará hasta Hispania, hasta el Finisterre, para anunciar al Resucitado! Entra en escena la madre, impulsiva, sin reparos humanos, sin mirar cuánta gente hay delante. ¡Ya vemos de dónde le viene el carácter a los hijos de tal madre! Pide el puesto a la derecha y a la izquierda en el Reino de Cristo. Probablemente, Santiago y Juan no se atrevieron a pedir por las claras los puestos de importancia, pero empujaron a la madre a realizarlo (o ésta se lanzó sola). Cristo se dirige no a la madre, sino a los hermanos. Palabras misteriosas. “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” La ambición de Santiago va a ser transformada. Cristo los estimula a su imitación, compartiendo con Él el cáliz de la pasión. “Podemos”. Lo bebió. Tras predicar en España y volver a Jerusalén, sufrirá –el primer apóstol- la Pasión. Cristo es modelo de educador. “El Pedagogo es educador práctico, no teórico; el fin que se propone es el mejoramiento del alma, no la instrucción; es guía de una vida virtuosa, no de una vida erudita” (Clemente de Alejandría, El Pedagogo 1,1,4). Su Presencia, su Compañía, son determinantes, y nadie que trate con Cristo permanece indiferente. Con Él todo es nuevo, y así brota una nueva personalidad. El ejemplo, Santiago: finalmente su única ambición fue extender el Reino, y su impulso fue predicar... ¡hasta beber el cáliz, dando la vida por Cristo!


sábado, 25 de julio de 2009

Santiago Apóstol o la pedagogía que usa Cristo (I)


La Compañía y la Presencia de Cristo son transformadoras de la vida. Quien se une al Señor y le sigue, va siendo transformado poco a poco, casi sin que se dé cuenta. Es lo humano –la personalidad, la mentalidad, los afectos, la sensibilidad...- que queda educado por Cristo. La totalidad de la persona es afectada por la Presencia de Cristo. Ya no se es lo mismo: ¡surge algo nuevo!, una personalidad cristiana.

Santiago Apostól. Conocemos dos rasgos de él: era generoso, pero impulsivo y de carácter fuerte. Generoso, porque no dudó en seguir a Cristo a su invitación; impulsivo, porque Jesús -¡qué le gustaba poner apodos!, ¡qué fino humor!- lo llamaba cariñosamente “Hijo del Trueno” (con su hermano Juan) ya que en un arrebato quería que bajase fuego del cielo y devorase a la aldea samaritana que no quiso recibir a Jesús (Lc 9,54-55). Éste era el material humano... ¡y cómo lo transformó Cristo!

Santiago trabajaba con su hermano Juan en el “negocio” familiar de su padre Zebedeo junto a los jornaleros: pescar, volver a la orilla, clasificar el pescado, repasar las redes. Pasa Jesús, y a una palabra, lo dejan todo para lanzarse a lo desconocido: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres”. Cristo dejó impactado a Santiago. No dudó (Mt 4,21-22). En Cristo su mirada, su voz, su Presencia, denotaban algo singular y único excepcional. Se produjo la gracia del encuentro que Santiago guardará como un tesoro. ¡Éste sí que es Único!, ¡Éste sí que responde a mi corazón, a sus exigencias más profundas de Verdad!

Escuchaba a Cristo predicar, cuando desgranaba los secretos del Reino, cuando los iniciaba con parábolas y a los apóstoles les enseñaba abiertamente en privado; palabras que seducían el corazón, aunque no se captasen de golpe su profundidad. Es la tarea de un maestro: volver sobre un tema una y otra vez, con suavidad, con distintos modos de acercamiento, despertando el interés y la curiosidad. Cristo corregía a sus apóstoles cuando era necesario, rompiendo sus seguridades humanas, enseñándoles a mirar la realidad con otra perspectiva. Asimismo, compartir la vida de Cristo: su oración, sus curaciones, sus encuentros personales... Todo era educador, todo era pedagogía divina.