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martes, 20 de julio de 2021

La comunión invisible con toda la Iglesia

En la celebración eucarística se realiza no sólo una comunión visible con la Iglesia apostólica y católica, sino con la Iglesia invisible, la del cielo.




La Iglesia es un Misterio de Comunión, y aquí habría que recordar y extraer las consecuencias del dogma de la Comunión de los santos. La asamblea no es un grupo particular, cerrado en sí mismo, que se mira a sí mismo, sino el Cuerpo de Cristo en comunión con la Iglesia celestial, con los santos. 

Todo lo nuestro, nuestras plegarias e intercesiones, nuestros sacrificios, la ofrenda eucarística, por la Comunión de los Santos, repercute en todo el Cuerpo Místico que es la Iglesia, aunque de modo invisible y guiados sólo por la fe. Por eso, la Iglesia, es un Misterio abierto, social, no cerrado y exclusivista. 

Existen unos vínculos espirituales, pues el Espíritu nos une a todos, tanto en el cielo como en la tierra. Es un Misterio invisible, pero no por ello menos cierto y real. Von Balthasar, en su libro “Católico”, cita un párrafo admirable de Lutero que nos puede dar esta dimensión espiritual, sobrenatural, de dimensión comunional, de la misma Eucaristía. Es una de las mejores y más amplias explicaciones de lo que es la Comunión de los santos (lo invisible de la Eucaristía), dogma que pasa tan desapercibido muchas veces en nuestra praxis espiritual y en el Misterio mismo de la Eucaristía –como si ésta fuera de una secta-.

               “Esta es la comunión de los santos de la que nos gloriamos... ¿Es que no es bueno para nosotros permanecer allí, donde todos los miembros sufren cuando un miembro padece, y donde todos se alegran cuando uno es glorificado? Por tanto, cuando sufro, no sufro solo, conmigo sufre Cristo y sufren todos los cristianos; como dice el Señor: “Quien os toque, ese toca mi pupila”. Mi carga la llevan así otros, su fuerza es la mía. La fe de la Iglesia viene en auxilio de mis temores, la castidad de otros soporta la tentación de mi concupiscencia, el ayuno de otros se convierte para mí en ganancia, la oración de otros se preocupa por mí. Y así puedo gloriarme, en verdad, de los bienes de otros como de los míos propios; y los míos son suyos en realidad cuando me deleito y me alegro junto con ellos. Yo puedo ser vergonzoso y sucio: aquellos a los que quiero, a los que apruebo, son bellos y agradables. Con este cariño me hago dueño no sólo de sus bienes, sino de ellos mismos, y así, gracias a su gloria, mi ignominia se convierte en honor, gracias a su abundancia se cubre mi necesidad, gracias a sus méritos serán perdonados mis pecados. ¿Quién quiere, pues desesperar de sus pecados? ¿Quién no querría alegrarse en sus castigos, siendo así que él no lleva por sí mismo sus pecados y castigos o, por lo menos, no los lleva él solo, cuanto tantos santos hijos de Dios, y Cristo mismo le acompañan? ¡Qué gran cosa es la Comunión de los Santos y la Iglesia de Cristo!

lunes, 16 de noviembre de 2020

Celebrando en la Comunión de los santos



Si cada Eucaristía es un resquicio del cielo, y la liturgia es el cielo en la tierra, estamos ante el Misterio del cielo y de la tierra, lo visible (lo que somos, hacemos, cantamos), y lo invisible (los ángeles, los santos, el cielo entero). 



Lo que se canta en las II Vísperas Llegó la boda del Cordero, su Esposa se ha embellecido, se realiza en lo invisible del Misterio. Ni estamos solos, ni la Eucaristía es nuestra (de la asamblea concreta que celebra o del sacerdote que preside). Recordemos Enar 85,1 de S. Agustín recogida en la IGLH: “Cristo ora en nosotros, ora por nosotros, es invocado por nosotros”.

Este Misterio precioso es la Comunión de los Santos, los vínculos de amor eternos entre todos los bautizados –diacrónica y sincrónicamente- los santos del cielo y los bautizados que ahora, aún peregrinos celebramos la Eucaristía. Lo confesamos en el Credo apostólico: “Creo en la comunión de los santos”. 

Acudamos primero al Magisterio, luego a la eucología y la liturgia misma.

            Señala y enseña el Catecismo (946-962) y así destaca:

            Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros... Es pues necesario creer [...] que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza [...] Así, el bien de Cristo es comunicado [...] a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia. Como esta Iglesia está gobernada por un solo y un mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común. (CAT 947).

            La expresión “comunión de los santos” tiene, pues, dos significados estrechamente relacionados: “comunión de las cosas santas” y “comunión entre las personas santas” (CAT 948).


lunes, 1 de junio de 2020

Colaborando en la reparación de Cristo

La reparación es una categoría teológica, y también espiritual, que nos conduce al núcleo de la obra de Cristo: la redención.

La reparación lograda por Jesucristo es expiación de los pecados y construcción de un puente entre Dios y los hombres, superando la enemistad que el pecado había causado.



Esta reparación de Cristo no está acabada hasta su venida gloriosa, cuando pecado, demonio y muerte sean sometidos. Mientras tanto, la gracia de Cristo nos lleva a asociarnos a Él y colaborar con Él en esa reparación.

Reparamos junto con Cristo y en la medida en que vivamos en la gracia de Cristo. Entonces, nuestras obras poseen valor redentor al ser ofrecidas, y nuestros sacrificios, cruces, alegrías y tristezas. También nuestra penitencia, nuestra oración litúrgica y personal y nuestra adoración eucarística.

Todo pasa a ser un conjunto armonioso que repara con Cristo el pecado del mundo.

  

viernes, 10 de enero de 2020

¡Todo por el bien de la Iglesia! (Reparación)


El amor a la Iglesia, el sentir la Iglesia y el sentir de la Iglesia en nuestras almas ,corrige las miopías y torpes lecturas que muchas veces hacemos de las cosas. 



La eclesialidad modifica la percepción de nosotros mismos como si fuéramos los únicos miembros útiles y valiosos de la Iglesia; la eclesialidad corrige ese modo de actuar orgulloso que sólo valora el propio carisma, la propia vocación, como lo mejor y más excelso, mirando con cierta altivez otras vocaciones, otros carismas, otros espirituales, otras Órdenes, otros movimientos o comunidades eclesiales u otros apostolados. 

La eclesialidad introduce nuevos elementos en nuestra vida: ya no nos preocupamos sólo de los pequeños problemas personales, o de la búsqueda afanosa de la santidad personal, sin importarnos otros asuntos; ya no vemos sólo las dificultades o límites de la propia comunidad o ámbito cristiano, sino que nuestra solicitud se extiende a toda la Iglesia creando una nueva percepción, más ajustada y real, de lo propio y cotidiano. Se sitúan en su justa medida, lo personal que antes parecía lo único y provocaba angustia, relativizando su importancia (que antes se creía absoluta) y haciéndonos partícipes de la vida de toda la Iglesia.
 
Situados, pues, en esta perspectiva eclesial, la reparación muestra su rostro más pleno: no reparamos por los propios pecados, al menos únicamente, ni deseamos solamente la propia santidad (querida por Dios), sino que ampliamos el sentido del sacrificio de la cruz por bien de la Iglesia. 

Nadie se hace santo para sí mismo, buscando lo suyo, más bien uno se expropia de sí mismos en favor de la Iglesia, de la extensión del Reino.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Reparamos en la comunión de los santos



Insertos en la Comunión de los santos, todo me viene entregado y regalado, y lo “mío” ya no es mío, es de la Iglesia y repercute en la Iglesia, y cada uno vive de la Iglesia y se ofrece a la Iglesia. En palabras de Von Balthasar: 



“En la Iglesia nada se hace, todo se otorga como don; y con la fecundidad del don del creyente ha de producir el treinta, el sesenta o el ciento por uno. Y nada es para uno mismo, sino para la totalidad que Jesús designa como “reino de Dios”. Ni siquiera se toma por cuenta propia la oración”[1]


Así mi oración santifica a otros, mi sufrimiento contribuye a la conversión de los pecadores, mi pequeña penitencia fortalece a los que son tentados, mis actos de paciencia y vencimiento sirven a aquellos más débiles, que sufren tribulación para que no desfallezcan porque “los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas”[2]; mi entrega hace que muchos abran sus vidas al Evangelio; mis sacrificios, que muchos crezcan en la fe, los que antes andaban en tinieblas[3]. Y del mismo modo, en el silencio del Misterio, yo soy sostenido y apoyado por los otros miembros de la Iglesia.

Estos principios se aplican tanto a la santidad como al pecado de los miembros de la Iglesia puesto que todo influye en el misterio de la Comunión de los santos.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Horizonte de la reparación: la comunión de los santos



Hemos contemplado y meditado los aspectos fundamentales en distintas catequesis o entradas: el verdadero contenido de la reparación obrada por Cristo, la colaboración personal en la redención con nuestra reparación, el modo y el significado de la reparación como participación en la redención del Señor en un perpetuo y constante estar crucificados con Cristo, expropiados de nosotros mismos, por la salvación del mundo. 



“Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo” (Juan Pablo II; Salvifici doloris, nº 19).


“Nuestra colaboración aquí consiste en el estar crucificados con Cristo en el mutuo estar crucificados el yo y el mundo... Todo el amor de entrega de Cristo nace del punto en que contempla al Padre, haciendo siempre lo que agrada a Éste. El que algunos miembros de la Iglesia dediquen su vida entera a esa contemplación no quiere decir que los demás estén dispensados de ella: todos tienen que realizar constantemente en la fe, de manera espiritual, su haber muerto y resucitado y su “haber sido co-trasladados al cielo”, cualquiera que sea el estado de la Iglesia a que pertenezcan”[1]. Es el modo de colaborar (reparar) con Cristo.

Ahora bien, esto será posible por el maravilloso misterio de la Comunión de los santos. Aquí aparece la dimensión eclesial de la reparación que debe brillar y animar toda nuestra existencia. La Iglesia es un misterio de comunión, la Iglesia es la Comunión de los santos[2]

jueves, 24 de enero de 2019

Los santos y nosotros (Palabras sobre la santidad - LXIV)

Se comprende más fácilmente la relación entre los santos y nosotros, cuando se ha podido compartir la experiencia de vida con una persona santa, totalmente de Dios, conviviendo con nosotros. Se ve la fácil familiaridad espiritual, una sintonía connatural, una "complicidad" en el camino de la fe, una confidencia mutua y un mutuo encomendarse ante el Señor.

La vida santa de alguien con quien hemos convivido nos sirve de estímulo y ejemplo, corrigiendo nuestras deficiencias en el servicio al Señor, y viendo cómo alguien, que no es distinto de nosotros, ha caminado fielmente y se ha dejado guiar por el Espíritu Santo haciéndonos palpar cómo la santidad no es inalcanzable ni extraña.

Lo que hemos vivido en el plano diario, alguna que otra vez, y que ha dejado profunda huella sin duda alguna, nos permite abordar y comprender en su totalidad la relación entre los santos y nosotros.

En primer lugar, los santos son testigos de una vida real, esforzada por su parte, labrada por parte de la gracia de Dios; con dificultades, tanteos, retrocesos, avances, crecimiento, virtudes que iban floreciendo despacito... y conocer sus vidas no es un mero género histórico, mucho menos legendario, sino la confrontación con algo real que nos espolea, que nos estimula. 

Los santos son referentes, modelos de identidad, que sirven como orientación para el "hoy" que cada cual ha de vivir.

"En estos momentos un deseo se apodera de nuestras almas; el de fijar nuestra mirada en la historia de estos nuevos beatos, en el punto donde la transparencia de la santidad, como decíamos, es el centro de la luz que de ellos irradia. Queremos ver cómo Dios se ha manifestado en ellos. Es un deseo muy piadoso y digno de ser alimentado, y satisfecho en la medida de lo posible. Es el amor a la ciencia hagiográfica que debería, como lo fue antes en la educación espiritual de los fieles, ser todavía hoy promovida y cultivada más de lo que normalmente se hace, y hoy más que antes, porque la hagiografía se alimenta de la verdad histórica y de doctrina psicológica. El “Martirologio” debería volver a ser un libro de moda en la Iglesia que hoy se está renovando. Y en nuestro caso, la historia de estos beatos, no menos que la de los grandes campeones del cristianismo, nos ofrecería el interés propio de las grandes aventuras, de los grandes heroísmos, de los grandes gestos, que transfiguran la estatura de personas humildes y escondidas. Historia bellísima, hermanos queridísimos; nos permitimos aconsejar a todos su lectura por la belleza que en ella se descubre y por la edificación que de ella se desprende" (Pablo VI, Hom. en la beatificación de 24 mártires de Corea, 6-octubre-1968).

lunes, 22 de octubre de 2018

Consecuencias o dimensiones de una Iglesia santa (Palabras sobre la santidad - LXI)

Al afirmar que la Iglesia es santa, como lo hacemos en el Credo, como lo hemos visto y experimentado muchas veces en nuestra vida, estamos afirmando dimensiones convergentes, consecuencias diferentes, líneas que se unen en un punto común: la santidad de Jesucristo con la que embellece a su Iglesia.


¡La Iglesia es santa! Quien, con miopía interior e intelectual, no viera más allá, se quedara con la fachada externa de la Iglesia y con los aspectos que a primera vista saltan rápidos y llamativos: sus defectos aparentes, sus miserias humanas, los pecados y fallos de sus hijos... Incluso si quiere pasar ese primer umbral, su mirada se puede detener en los otros aspectos, los institucionales, los visibles, su Derecho, su organización, sus acciones y obras, consecuencia evidente de un Cuerpo que vive en la historia, en la sociedad, y formada también por hombres.

Pero la mirada debe subir de nivel, ampliarse, alcanzar una visión de conjunto, y entonces descubre que sus factores externos, invisibles, y sobrenaturales, son mayores y más importantes y más determinantes y hasta más fundamentales que aquellos que a simple vista se ven, se valoran, se juzgan.

No faltan ejemplos de esa mirada exterior y superficial a lo que meramente se ve en un somero y fugaz análisis. Los fallos y las limitaciones de la Iglesia son patentes, como toda institución donde hay hombres que son, por naturaleza, pecadores aunque redimidos. Pero siempre habrá que ir más allá:

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Asociados al sufrimiento... ofreciendo (León Bloy)

"Compartir con Cristo" era el ansia del apóstol Pablo: compartía sus sufrimientos para rebosar del consuelo de Cristo; compartía con el Señor los dolores de su pasión en favor de su Cuerpo que es la Iglesia. Sufría con Cristo para ser con Él glorificado.

Así la dinámica de la vida cristiana transcurre en ese compartir constante con el Señor sus gozos y alegrías, así como su pasión, sus dolores y su sufrimiento.



Así el sufrimiento con Cristo, lleno de amor y por amor redentor, rebosa hacia los demás como una Copa de salvación. Lo mío deja de ser mío, lo entrego, y se vuelve fecundo para los demás. Por eso, el misterio del sufrimiento (ya sea físico en la enfermedad, o moral, o espiritual por la oscuridad) se convierte en una fuente de gracia para los demás.

León Bloy -lo hemos visto ya en muchas catequesis del blog- es un apasionado del misterio de la Comunión de los santos y nos ofrece luces que nos orientan y nos sitúan para vivir sobrenaturalmente, para vivir en lo invisible del Misterio.

Él escribía:

viernes, 3 de agosto de 2018

Y la Comunión de los santos siempre viva (León Bloy)

Podemos aportar mucho a los demás miembros de la Iglesia, llegando a límites insospechados y alcanzando a hermanos nuestros que tal vez jamás conoceremos, cuando somos capaces de ofrecer y enriquecer ese tesoro de gracias de la Comunión de los santos.


Nos toca aportar como, a nuestra vez, somos receptores humildes y agradecidos de mil gracias distintas que nos vienen por el sacrificio de alguien, o por la plegaria escondida de otro, o por las obras santas de aquél de más allá.

Es educativo que nos paremos a pensar el volumen de gracia que adquiere la Comunión de los santos:

miércoles, 4 de julio de 2018

Lo que sirve la Comunión de los Santos (León Bloy)

Indudablemente, por nuestra inserción en el Cuerpo eclesial, santificados por la gracia de Cristo que nos regenera, unos y otros estamos unidos incluso -en el plan de Dios- con los cristianos que vendrán en generaciones sucesivas.

Los vínculos son grandes y fuertes; un torrente de caridad, y hasta de generosidad al ofrecer, recorre el Organismo sobrenatural que es la Iglesia. 


Cada gesto insertado en la comunión de los santos alcanza su grandeza a través del tiempo, con valor de infinito. 

“Cada uno de los actos que realizamos en la caridad tiene repercusiones ilimitadas. En el último día nos será dado el comprender las resonancias incalculables que han podido tener en la historia espiritual del mundo, las palabras, o las acciones, o las instituciones de un santo”[1].

Para León Bloy, la Comunión de los santos es una realidad muy marcada en su alma, sobre la que reflexiona y en la que vive.
 

lunes, 13 de noviembre de 2017

Nuestra relación con los santos

En la reflexión teológica sobre la santidad, y por tanto, en nuestra vida pastoral y espiritual, hemos de ofrecer y vivir todas las dimensiones.

Ser santos es nuestra vocación; la santidad es la vocación fundamental del pueblo de bautizados. Cuanto mejor se considere la santidad desde el punto de vista teológico, más claro tendremos el camino para vivirla y para predicarla y para enseñarla y para proponerla a todos.

El marco general en que vivimos nuestra vocación a la santidad es la Comunión de los santos: en ella hemos sido situados, y ningún santo es un solitario -incluso viviendo en soledad física- sino que está arropado y englobado en la Comunión de los santos. Esta misma Comunión no solamente lo enardece en su camino, sino que le muestra la ayuda solícita de los santos, se enriquece con sus ejemplos, ve la obra de Dios en ellos y comprende lo que Dios puede estar realizando en él mismo.

"Soy transformado a imagen de Cristo de manera absolutamente única y personal, pero lo soy en comunión con todos mis hermanos. Por eso puedo descubrir en mis hermanos conformados a imagen de Cristo, su Rostro, y puedo vivir en su familiaridad, en la alegría común de glorificar juntos al Dios que nos salva" (LE GUILLOU, M-J., El rostro del Resucitado, Encuentro ed., Madrid 2012, p. 366).

Así dice la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II:

"Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno [157]. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino [158], hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio" (LG 50).

Situados en la Comunión de los santos, siempre fecunda, se entiende mejor la necesidad real de un contacto personal con los santos. Nuestra recta devoción hacia ellos no será, ciertamente, multiplicar novenas, o pasar la mano por la imagen del santo, u otras prácticas que -aisladas de la Iglesia, de los sacramentos, etc.- a veces se ven. La recta devoción es la amistad y familiaridad con ellos, y como ocurre en la vida terrena, social, con unos nos llevamos mejor que con otros; con algunos santos nos sentimos más identificados, más cercanos, y son para nosotros un reflejo del Rostro de Cristo y de la acción del Espíritu Santo.

Leer, por ejemplo, las obras escritas de los santos, y leer una buena biografía -hagiografía se llama- nos permiten comprender por dónde Dios los llevó, cómo los fue transformando, qué luchas afrontaron, etc. Es buenísimo leer las vidas de los santos para comprender la acción de la Gracia de Dios.

sábado, 19 de agosto de 2017

La santidad... y la comunión de los santos

Un apartado de la obra de Marie-Joseph Le Guillou, "El rostro del Resucitado", trata de la santidad, destacando los contenidos fundamentales del Concilio Vaticano II.

La forma de presentarlo, o el lenguaje que emplea el autor, me parecen sencillos y claros para nosotros e incluso cabría resaltar que al leer el texto uno desea más la santidad y comprende mejor el misterio de la Iglesia como una preciosa Comunión de los santos, real, efectiva, muy concreta.

Dice el texto, aunque sea muy amplio:

"Para todos los cristianos, la vida religiosa es una llamada a esa transfiguración perfecta a imagen de Cristo que es la vocación de todos y que es, siempre y a la vez, personal y comunional.

Soy transformado a imagen de Cristo de manera absolutamente única y personal, pero lo soy en comunión con todos mis hermanos.

Por eso puedo descubrir en mis hermanos conformados a imagen de Cristo, su Rostro, y puedo vivir en su familiaridad, en la alegría común de glorificar juntos al Dios que nos salva (LG 50).

Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino, hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio (LG 50).

domingo, 12 de febrero de 2017

Nadie reza solo (IV)

La vida cristiana tiene una gran parte que es "invisible", incluso mayor que la parte "visible". Lo que vemos es poco comparado con todo lo que nos rodea y es invisible. El Misterio de Dios sostiene y rodea nuestra vida.


Ya en la liturgia, por ejemplo, cuando cantamos el "Sanctus", lo hacemos no únicamente los participantes que vemos allí presentes, sino que intervienen y nos rodean "los ángeles y los arcángeles, y con todos los santos", "los ángeles y todos los coros celestiales".

El Oficio divino, incluso recitado en privado, es siempre y en todo momento oración eclesial y la Iglesia entera prolonga un canto de alabanza y glorificación cuando alguien tiene entre sus manos el libro de la Liturgia de las Horas.

"La oración, que se dirige a Dios, ha de establecer conexión con Cristo, Señor de todos los hombres y único Mediador, por quien tenemos el único acceso a Dios. Pues de tal manera él une así a toda la comunidad humana, que se establece una íntima unión entre la oración de Cristo y la de todo el género humano. Pues en Cristo y solo en Cristo la religión del hombre alcanza su valor salvífico y su fin.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Nadie reza solo (III)

Cada uno, por el Bautismo, lleva en cierto modo a toda la Iglesia en su alma, y se convertirá en "católico" cuando su corazón sea así, integrador, portando en sí a la Iglesia entera.

Ya Orígenes, en un texto clásico, maravilloso, recogido por De Lubac, señal su deseo de ser un "vir ecclesiasticus", es decir, un hombre de Iglesia, con sentido de Iglesia: "En cuanto a mí, mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico" (In Lc., hom. 2).

Ahondemos más, porque así entenderemos mejor la oración cristiana en la comunión de los santos, cuanto mejor comprendamos la naturaleza eclesial.

De Lubac escribía:

"En nuestro lenguaje actual, este bello nombre["eclesiástico"] está desgastado por no decir que está degradado. Se ha convertido en el título con que se designa una profesión determinada en los registros de la administración civil, en una etiqueta que se pone en el anaquel de determinadas prendas. Y en la misma Iglesia apenas lo usamos sino en un sentido puramente exterior. ¿Quién le devolverá su amplitud y nobleza? ¿Quién nos enseñará a conocer los valores que evocaba antiguamente? En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el "eclesiástico", vir ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdura su realidad. ¡Que ella reviva en muchos de nosotros!

***

"En cuanto a mí, proclamaba Orígenes, mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico". No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de la Casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es "su madre y sus hermanos". Nada de cuanto la afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente rico con sus riquezas. Tiene conciencia de que por medio de ella, y sólo por medio de ella, participa de la estabilidad de Dios. Aprende de ella a vivir y a morir. No la juzga, sino que se deja juzgar por ella. Acepta con alegría todos los sacrificios que exige su unidad" (De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, cap. VII, pp. 192-193).

jueves, 24 de noviembre de 2016

Nadie reza solo (II)

Nadie reza solo. 

Cristo ora en su Iglesia, por tanto, Cristo ora en cada uno de nosotros.


Cristo ora por nuestros labios.

Cristo ora por nuestros corazones.

La oración es cristiana por su vinculación con Cristo en la Iglesia.

Recordemos un precioso texto de san Agustín:

"Cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el Cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su Cabeza, y el mismo salvador del Cuerpo es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros.

Ora por nosotros como Sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra Cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros" (Enar. in Ps., 85,1).

jueves, 10 de noviembre de 2016

Nadie reza solo (I)

La teología de la oración nos muestra el aspecto, más que comunitario, eclesial de toda oración. Lo comunitario sería la oración junto con otros, la misma oración, marcada por la liturgia; lo eclesial puede ser comunitario pero también puede ser personal, privado.

Nadie reza solo. 

Cuando un cristiano reza, toda la Iglesia está rezando en sus labios y en su corazón. No somos partes aisladas, sino un todo, un Cuerpo en el que todo se comunica porque es uno. En cada uno, delante de Dios, está "sintetizada", "compendiada", la Iglesia entera, la del cielo y la de la tierra.

No, nadie reza solo. 

La oración más secreta, más solitaria, es siempre oración eclesial, rodeada de la Iglesia entera. 

Una visita sosegada al Señor en el Sagrario, no es un acto privado o intimista, sino una oración eclesial, de toda la Iglesia, por una sola persona arrodillada. 

Las Laudes, por la mañana temprano, antes de empezar la jornada e incluso antes de que salga el sol, rezando a solas en la habitación o en la capilla, es oración de toda la Iglesia aun cuando la reza una persona sola. 

El cuarto de hora o la media hora de oración personal, es oración de toda la Iglesia que crece cuando un alma está creciendo en la oración. 

El rezo del Rosario, caminando, paseando, musitando las Avemarías y pensando en los misterios ya ofrecidos, es oración no privada, subjetiva, sino igualmente eclesial.

Así como Cristo murió en la cruz, "uno por todos", y existe una solidaridad sobrenatural donde Cristo está unido a todos sus hermanos, a la humanidad entera, así el orante ante Dios es una reproducción de ese "uno por todos". Nadie reza solo: estamos en el "uno por todos". Y eso se llama "comunión de los santos".

martes, 4 de octubre de 2016

Oramos dentro de la Comunión de los santos

El cristiano jamás ora solo, a título privado, casi con un corte intimista y subjetivo. Cuando un cristiano ora, la Iglesia entera está orando por sus labios y por su corazón. Incluso el eremita más alejado en un desierto, o el contemplativo en su celda a solas con el Solo, el bautizado que entra en su aposento y cierra la puerta, jamás es una oración privada.


Lo que somos lo somos como Iglesia, cuando oramos, oramos como Iglesia, y en la oración están todos incluidos, todos orando, todos beneficiándose de la oración personal de uno, aun cuando la soledad sea extrema. Y es que los lazos bautismales son más fuertes: nos han hecho parte de un Cuerpo, de un pueblo santo, y todo nos pertenece a todos.

Un cristiano ora, incluso estando solo, en la Comunión de los santos. Recordemos una cita de san Juan Crisóstomo:

“El Señor nos enseña –dice S. Juan Crisóstomo- a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque Él no dice “Padre mío” que estás en el cielo, sino “Padre nuestro”, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia” (Hom. In Mat. 19,4). 

Cualquier catequesis sobre el Padrenuestro lo avala: nuestra oración se da en el seno de la Iglesia y en cuanto miembros de la Iglesia. Nuestra vida recibe luces, gracias, por vivir la Comunión de los santos, de la que siempre recibimos invisiblemente mucho, y a la que entregamos y aportamos lo que somos, hacemos, sufrimos, oramos, intercedemos.


"De aquel que reza, todos los santos son sus compañeros. Con él, todos oran; con él, incluso en el cielo, combaten, ya que interceden ante Dios y vigilan activamente a sus hermanos de la tierra. Por otra parte, como el director o el padre espiritual, atestiguan, delante de él, la obra de Cristo y la operación del Espíritu según su forma eclesial, tanto ofreciéndola en Cristo según sus carismas respectivos como ofreciéndola a Dios en la unanimidad, diciendo con una sola voz: "Santo, Santo, Santo". Nada impide pensar que este o aquel santo está particularmente unido a este o aquel fiel: el santo patrón, santo Domingo para este hermano predicador, aquel otro santo que amaría particularmente a aquel fiel, o el que este fiel escogería. Estas preferencias pueden ser interiores a una verdadera comunión.

lunes, 26 de septiembre de 2016

La Iglesia como comunidad/comunión de los santos (II)

La vinculación de unos con otros, sobrenatural y por gracia, mediante el Espíritu Santo que forma a la Iglesia como Comunión de los santos, mutuamente nos enriquece. Es de todos lo que cada uno aporta u ofrece, lo que cada uno es, fecundando así la Comunión.

Los lazos reales en el Cuerpo místico del Señor forman una red invisible y extensa de puntos de contacto, donde fluyen y confluyen virtudes, oraciones, méritos y sacrificios, llegando allí donde ni soñamos, llegando a quien ni conocemos pero que nos necesita. Cada uno a su vez es sostenido por los demás, con una eficacia sobrenatural impensable.

Nos necesitamos todos y nos pertenecemos unos a otros. Nada es exclusivo de nadie, sino que todo está a disposición permanente de los demás en este Cuerpo del Señor. Es la solidaridad de los redimidos en la santa Comunidad, la Iglesia.

"En lo más íntimo de sí, si el hombre es una sola cosa con los demás, de tal modo que la culpa ajena se convierte en propia, así también la expiación de un hombre que puede alcanzar a los demás. El Hijo de Dios se hizo hombre y cargó sobre sí la culpa de la raza humana. Ésta no es una frase vacía o simplemente un pensamiento hermoso. Getsemaní muestra que esa frase expresa una realidad de lo más tremenda, una experiencia de lo más impresionante. Jesús intercedió en favor de nosotros, y, de este modo, hizo que su sufrimiento pasara a ser patrimonio nuestro. Él nos ha redimido, no sólo por su ejemplo, su doctrina y su enseñanza -todo esto pasa a un segundo plano-, sino por la expiación reparadora vicaria con la que intercedió ante Dios por nosotros. Tan grande es la comunidad objetiva de la expiación, que un niño renace a una nueva existencia y a una nueva vida. Gracias a la eficacia salvífica, sin que esa criatura ponga algo de sí.

Tenemos la comunidad de los renacidos a la vida nueva, es decir, la comunidad de los santos. La gracia de Cristo, como un único torrente de vida, impregna a todos. Todos viven a partir de su misma figura operante. En todos obra precisamente el Espíritu Santo. Cada uno recibe la gracia no sólo para sí, sino también para los demás, y la derrama a raudales por medio de cada palabra, de cada encuentro, de cada buen pensamiento, de cada buena acción realizada con amor. Todo fortalecimiento en la gracia, en virtud de una mayor fidelidad, profundización y crecimiento interior, robustece también esta difusión de la gracia entre los demás. Cuando alguien crece en el conocimiento y en el amor, también, produce su efecto sobre los otros, no sólo por la palabra, la escritura y el ejemplo visible, sino, inmediata y esencialmente.

viernes, 26 de agosto de 2016

La Iglesia como comunidad/comunión de los santos (I)

Preciosa y edificante dimensión de la Iglesia que ensancha el alma al contemplarla: la Iglesia es una gran comunidad, una verdadera y cierta Comunión de los santos.

Cuanto más profundicemos en esta visión de la Comunión de los santos, mejor entenderemos la verdad de la Iglesia, derrumbando los pequeños muros que alzamos partiendo sólo de sus necesarias estructuras visibles y organización o de las contingencias pequeñas y domésticas de nuestro lugar eclesial concreto.

La Iglesia es más de lo que vemos y experimentamos cotidianamente. La Iglesia es más grande, más bella y más hermosa que las pequeñas limitaciones humanas que nos rodean.

Miremos a la Iglesia en su verdad: nos sentiremos una pequeña parte de un gran todo. Veremos que lo visible está insertado en lo invisible de una comunidad que supera el espacio y el tiempo y que incluye muy realmente a la Iglesia del cielo, a los santos. Por ello, no estamos solos en la Iglesia, ni somos solitarios, sino que la vinculación es sobrenatural, con una verdadera relación y comunicación entre todos.

"La Iglesia genera una verdadera comunidad. Ella ofrece la comunidad en la verdad, en las supremas realidades sobrenaturales, tal como son conocidas por medio de la fe. He aquí los fundamentos de la existencia sobrenatural, para todos igual: Dios, Cristo, la Gracia, la acción del Espíritu Santo.

¿Qué significa esto para la comunidad? Todos se apoyan en los mismos fundamentos, en todos obran las fuerzas reciénmencionadas. Los mismos fines son reconocidos por todos, las mismas pautas sirven de base para el juicio que todos realizan. Todos reconocen los mismos ideales de perfección moral y humana, y adoptan las mismas actitudes espirituales fundamentales. En medio de todas sus diferencias, ¡cuán profundamente se han de ligar los hombres que toman esto con seriedad! ¡Con cuánta profundidad uno puede conocer al otro y conocer lo que, en definitiva, es decisivio para él, con lo cual se da cuenta del camino que debe seguir!