En la celebración eucarística se realiza no sólo una comunión visible con la Iglesia apostólica y católica, sino con la Iglesia invisible, la del cielo.
La Iglesia es un Misterio de Comunión, y aquí habría que recordar y
extraer las consecuencias del dogma de la Comunión de los santos. La asamblea no es un
grupo particular, cerrado en sí mismo, que se mira a sí mismo, sino el Cuerpo
de Cristo en comunión con la
Iglesia celestial, con los santos.
Todo lo nuestro, nuestras
plegarias e intercesiones, nuestros sacrificios, la ofrenda eucarística, por la Comunión de los Santos,
repercute en todo el Cuerpo Místico que es la Iglesia, aunque de modo
invisible y guiados sólo por la fe. Por eso, la Iglesia, es un Misterio
abierto, social, no cerrado y exclusivista.
Existen unos vínculos espirituales,
pues el Espíritu nos une a todos, tanto en el cielo como en la tierra. Es un
Misterio invisible, pero no por ello menos cierto y real. Von Balthasar, en su
libro “Católico”, cita un párrafo admirable de Lutero que nos puede dar esta
dimensión espiritual, sobrenatural, de dimensión comunional, de la misma
Eucaristía. Es una de las mejores y más
amplias explicaciones de lo que es la Comunión de los santos (lo invisible de la Eucaristía), dogma que
pasa tan desapercibido muchas veces en nuestra praxis espiritual y en el
Misterio mismo de la
Eucaristía –como si ésta fuera de una secta-.
“Esta es la comunión de los
santos de la que nos gloriamos... ¿Es que no es bueno para nosotros permanecer
allí, donde todos los miembros sufren cuando un miembro padece, y donde todos
se alegran cuando uno es glorificado? Por tanto, cuando sufro, no sufro solo,
conmigo sufre Cristo y sufren todos los cristianos; como dice el Señor: “Quien
os toque, ese toca mi pupila”. Mi carga la llevan así otros, su fuerza es la
mía. La fe de la Iglesia
viene en auxilio de mis temores, la castidad de otros soporta la tentación de
mi concupiscencia, el ayuno de otros se convierte para mí en ganancia, la
oración de otros se preocupa por mí. Y así puedo gloriarme, en verdad, de los
bienes de otros como de los míos propios; y los míos son suyos en realidad
cuando me deleito y me alegro junto con ellos. Yo puedo ser vergonzoso y sucio:
aquellos a los que quiero, a los que apruebo, son bellos y agradables. Con este
cariño me hago dueño no sólo de sus bienes, sino de ellos mismos, y así,
gracias a su gloria, mi ignominia se convierte en honor, gracias a su
abundancia se cubre mi necesidad, gracias a sus méritos serán perdonados mis
pecados. ¿Quién quiere, pues desesperar de sus pecados? ¿Quién no querría
alegrarse en sus castigos, siendo así que él no lleva por sí mismo sus pecados
y castigos o, por lo menos, no los lleva él solo, cuanto tantos santos hijos de
Dios, y Cristo mismo le acompañan? ¡Qué
gran cosa es la Comunión
de los Santos y la Iglesia
de Cristo!









