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jueves, 28 de diciembre de 2023

Silencio durante la imposición de manos (Silencio - XXXIII)



“La imposición de manos y la Plegaria de Ordenación son el elemento esencial de todas las Ordenaciones… Mientras se imponen las manos, los fieles oran en silencio, pero participan en la Plegaria de Ordenación escuchándola…” (PR 7).



            Se reitera en las rúbricas; en la ordenación episcopal: “El obispo ordenante principal impone en silencio las manos sobre la cabeza del elegido. A continuación, acercándose sucesivamente, lo hacen los demás Obispos también en silencio” (PR 45); en la ordenación de presbíteros: “El Obispo impone en silencio las manos sobre la cabeza de cada uno de los elegidos. Después de la imposición de manos del Obispo, todos los presbíteros presentes, vestidos de estola, imponen igualmente en silencio las manos sobre cada uno de los elegidos” (PR 130); por último, en la ordenación diaconal: “El obispo impone en silencio las manos sobre la cabeza de cada uno de los elegidos” (PR 206).

            No suena el órgano, no se canta nada, nada se dice. Es el silencio de la acción del Espíritu Santo comunicándose por la imposición de manos.

            Con la belleza acostumbrada y dominio de la palabra, explicaba Benedicto XVI este silencio:

martes, 7 de junio de 2022

El ministerio sacerdotal

Conviene, como una nota, una señal, un recordatorio para todos, entrar de vez en cuando en el ejercicio del ministerio sacerdotal, en sus notas, en sus características, en su vertiente de "officium amoris" (ministerio de amor), en su espiritualidad.

La visión secularizada del sacerdote lo ha reducido a líder o animador de la comunidad, o aquel que sólo se debe reducir a tareas seculares, sociales o benéficas. Pero el ministerio es una identidad del propio ser con Jesucristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del Orden. Posee rasgos distintivos propios, aquellos que le vienen del sacramento, para el servicio de la Iglesia. Por eso conviene tanto para el sacerdote la santidad, para ser una transparencia e icono, imagen visible, de Cristo.

En una alocución al clero romano, que cada año se tiene en Cuaresma, el Papa Pablo VI les ofrece a los sacerdotes de su diócesis de Roma tres certezas sobre las que crecer y robustecerse.


"Ante todo, la certeza de ese nexo original, irrevocable, inefable que os une a Cristo y que llamamos sacerdocio.

El sacerdocio no es un simple oficio eclesiástico, un simple servicio prestado a la comunidad; es un sacramento, una santificación interior consistente en la colación de especiales y portentosos poderes que capacitan al sacerdote para obrar 'in persona Christi' y por ello le confieren un 'carácter' especialísimo, indeleble, que lo califica ante Cristo como su instrumento vivo y con ello le pone en especial e inagotable relación de amor con Cristo: "Vos amici me estis" (Vosotros sois mis amigos, Jn 15,14). Nuestra vida espiritual debería alimentarse constantemente con la conciencia de nuestra ordenación y de la elección amorosa que Cristo hizo de nosotros: "Ego vos eligi" (Yo os he elegido, Jn 15,16) y no experimentaría oscilaciones de duda y de tibieza si esta inmanente voluntad amorosa y potente de Cristo de querer actuar mediante nuestra humilde persona, siempre disponible para Él, la descubriésemos como una invitación a una intimidad confiada.

viernes, 14 de mayo de 2021

Celebración dominical sin sacerdote

Las celebraciones dominicales a la espera de sacerdote (o como se las llamaba: "en ausencia de presbítero") proliferan por pura necesidad.


Son un sustituto y deben tener sus límites y muy claro lo que se puede y no se puede hacer. Pero sobre todo, son una reflexión para valorar mucho más el ministerio sacerdotal y el sacramento de la Eucaristía -bien celebrado-. Cuando no se tienen estos dos sacramentos en un comunidad o parroquia, hay algo que falta y que es imprescindible para la vida misma de la Iglesia.



Lo anormal en la vida de la Iglesia, y que oscurece su apostolicidad, es la multitud de asambleas que en domingo no pueden celebrar la Eucaristía. Es una situación dolorosa que deja a la Iglesia local incompleta sin su Eucaristía dominical:

            Cuando por escasez de sacerdotes, se confía a fieles no ordenados una participación en el cuidado pastoral de una parroquia, estos han de tener presente que, como enseña el Concilio Vaticano II, “no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la Sagrada Eucaristía” (PO 6). Por tanto, considerarán como cometido suyo el mantener viva en la comunidad una verdadera “hambre” de la Eucaristía, que lleve a no perder ocasión alguna de tener la celebración de la Misa, incluso aprovechando la presencia ocasional de un sacerdote que no esté impedido por el derecho de la Iglesia para celebrarla (EE 33).

viernes, 30 de abril de 2021

El sacerdote en la Misa (apostolicidad de la Iglesia)



La apostolicidad acaba concretándose en el sacerdote válidamente ordenado, que realiza lo que hace la Iglesia y con su mismo sentido, pero que –como recordábamos- no tiene potestad para añadir, cambiar o quitar nada a su antojo, pues el sacerdote ordenado es el último eslabón que une la asamblea con la apostolicidad de la Iglesia.



El sacerdote actúa “in persona Christi”. El Papa Juan Pablo II recuerda esta doctrina en Ecclesia de Eucharistia: el sacerdote no es uno más entre iguales, sino el mismo Cristo que está a la mesa sirviendo. Juan Pablo II recuerda lo específico sacerdotal en la Eucaristía para salvaguardar la apostolicidad y no convertir la asamblea en un grupo meramente humano, o una secta o iglesia independiente.

            In persona Christi quiere decir más que “en nombre“ o también “en vez” de Cristo. “In persona”: es decir, en la identificación específica, sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. El ministerio de los sacerdotes, en virtud del Sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al Sacrificio de la Cruz y a la Última Cena (EE 29).

            En la misma celebración litúrgica se expresa de diversos modos que deben ser tenidos en cuenta:

*     Preside desde la sede como Cristo Cabeza y Maestro
*     Se reviste de ornamentos sagrados nobles, como pedagogía litúrgica, expresando que él es “Otro”, ipse Christus.
*     Realiza la mención explícita del nombre del Papa y del Obispo de la Iglesia local (no del Abad o Provincial, o Superior General), por la apostolicidad sacramental, no jurídica.
*     Al partir el Pan, se realiza la inmixtión, signo muy antiguo en el rito romano de comunión con el Papa [y por tanto, con el propio Obispo].


jueves, 28 de enero de 2021

Reverencia y dignidad de los sacerdotes - 1ª (Sacralidad VII)



Mucho depende de la unción con la que sacerdotes y obispos celebren la santa liturgia. Si adquieren un hábito celebrativo lleno de piedad, de reverencia, conscientes ante Quién están y de Quién son su mediación (in persona Christi), facilitará –sin hieratismo, sin esteticismo, sin posturas forzadas- que en la liturgia brille el Misterio.

            El sacerdote es la mediación visible del Liturgo invisible, Jesucristo sumo y eterno Sacerdote. La persona entera del sacerdote debe ocultarse, hacerse transparente, servidor del Misterio, desterrando la tentación de convertirse en protagonista, en showman simpático que acapare todo para lucirse. Es imprescindible una gran dosis de humildad para oficiar los misterios divinos y un alma muy sacerdotal, llena de unción, para dejarse atrapar por el Misterio y vivirlo.



            Por eso, algo evidente pero muy olvidado, es que el sacerdote como servidor que es, no manipule la liturgia a su capricho o criterio, sino que observando las normas litúrgicas, ofrezca a Dios y a los fieles la liturgia de la Iglesia, no su propia reelaboración creativa. “La observancia ritual ayuda a que el sacerdote no sea protagonista en la celebración, favoreciendo que los fieles no se fijen en él y descubran a Dios y el culto sea un encuentro con Dios, que ocupa siempre el centro. La obediencia del sacerdote a las rúbricas es una señal elocuente y silenciosa de su amor a la Iglesia, a la cual sirve, sin servirse de ella. No podemos tratar la liturgia como si fuera un material por nosotros manipulable, pues se trata de una realidad sagrada” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 328).

            El porte exterior del sacerdote refleja su interior, su alma sacerdotal y su disposición contemplativa, lo cual, bien cuidado y vivido, ayudará a los fieles a una verdadera participación interior en la liturgia. Lo pide la Iglesia para el bien de los fieles:

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Reparamos en la comunión de los santos



Insertos en la Comunión de los santos, todo me viene entregado y regalado, y lo “mío” ya no es mío, es de la Iglesia y repercute en la Iglesia, y cada uno vive de la Iglesia y se ofrece a la Iglesia. En palabras de Von Balthasar: 



“En la Iglesia nada se hace, todo se otorga como don; y con la fecundidad del don del creyente ha de producir el treinta, el sesenta o el ciento por uno. Y nada es para uno mismo, sino para la totalidad que Jesús designa como “reino de Dios”. Ni siquiera se toma por cuenta propia la oración”[1]


Así mi oración santifica a otros, mi sufrimiento contribuye a la conversión de los pecadores, mi pequeña penitencia fortalece a los que son tentados, mis actos de paciencia y vencimiento sirven a aquellos más débiles, que sufren tribulación para que no desfallezcan porque “los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas”[2]; mi entrega hace que muchos abran sus vidas al Evangelio; mis sacrificios, que muchos crezcan en la fe, los que antes andaban en tinieblas[3]. Y del mismo modo, en el silencio del Misterio, yo soy sostenido y apoyado por los otros miembros de la Iglesia.

Estos principios se aplican tanto a la santidad como al pecado de los miembros de la Iglesia puesto que todo influye en el misterio de la Comunión de los santos.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Lo ofrecido es reparador



Aceptar no es que todo “nos guste”, le encontremos sabor agradable y coincida con nuestro deseo y voluntad. Aceptar es prestar nuestra colaboración en el plan que Él nos muestra y señala a cada uno y que incluye el sufrimiento y la cruz. 

No es que nos agrade, podemos pedir que pase de nosotros el cáliz[1], pero deseando hacer la voluntad de Dios en donde hallamos el sentido y la plenitud de la existencia (“Nuestra paz, Señor, es cumplir tu voluntad”, preces Laudes Viernes II Salterio).



“Acoger el sufrimiento no es compadecerse en él. No es amar el sufrimiento por sí mismo. Es consentir ser humillado. Es abrirse al beneficio de lo inevitable, como la tierra que deja que el agua del cielo la penetre hasta el fondo de sus entrañas. Hay todo un arte de sufrir que no hay que confundir ni con el arte de cultivar el sufrimiento ni con el arte de evitarlo. El que se hace la víctima y se autoenternece por su dolor, pierde inmediatamente sus beneficios. Y lo mismo le pasa al que se repliega sobre su dolor y alcanza un gozo perverso saboreando su amargura. Cuando llega, no hay que rechazar el sufrimiento ni ceder ante él. No hay que luchar ni tratar de engañarle. Hay que acogerlo sin demasiada complacencia. Pero tal acogida nunca es definitiva. Por eso constituye el más alto ejercicio de libertad... El único medio de ser feliz es no ignorar el sufrimiento y no escapar de él, sino aceptar su transfiguración. Tristitia vestra vertetur in gaudium [vuestra tristeza se convertirá en alegría]”[2].


Hemos de ser conscientes que rechazar el sufrimiento, rebelarnos contra la cruz debilita nuestra vida teologal porque la fe duda de la bondad de Dios (¿cómo Dios, si es bueno y me ama, permite esta cruz en mi vida?); la esperanza, al no ver ni horizonte ni salida, desconfía en que las promesas de Dios se puedan cumplir; el amor se enfría al no sentir el Amor de Dios, sino el silencio y el abandono de Dios, e incluso la desolación del alma (como Jesús crucificado). 

lunes, 28 de octubre de 2019

La virtud de la penitencia es reparadora



Con espíritu generoso de ofrenda, vivir en amorosa actitud penitencial todos aquellos momentos que la sabiduría espiritual de la Iglesia señalan.

Es penitencia –siempre con amor que se ofrece- el cumplimiento de las leyes y los deberes del propio estado (matrimonial, religioso, sacerdotal, consagración, oficios y trabajos). 



Muchas veces cuesta hacer aquellas cosas cotidianas que son ineludibles y obligatorias, pero adquieren un valor redentor cuando las hacemos y las realizamos  bien, con la mejor perfección posible y esmero, “henchidos de Dios”[1]

Nos vamos santificando al realizar las pequeñas cosas diarias de nuestro oficio o vocación, y son fuente de redención y santificación si las hacemos con amor oferente.

Una segunda fuente de penitencia es la aceptación de la cruz, abrazarse a la cruz, integrando, con amor reparador, las dificultades y sufrimientos de la propia vida, sirviendo “con generosidad de espíritu”[2], “haz que aceptemos con generosidad las contrariedades de la vida”[3]

En bastantes ocasiones las preces de las Laudes, que son preces de consagración y santificación del día[4], presentan este aspecto reparador de la cruz diaria, de las dificultades y contrariedades; de hacer de la jornada con sus trabajos, desvelos y afanes un sacrificio espiritual agradable al Padre. Algunos ejemplos pueden ser iluminadores:

Concédenos, Señor, que con el corazón puro consagremos el principio de este día en honor de tu resurrección, y que santifiquemos el día entero con trabajos que sean de tu agrado (Miércoles I Salterio). 

Tú que te entregaste como víctima por nuestros pecados, acepta los deseos y proyectos de este día (Jueves I)

 Señor, Sol de justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día (Sábado I) 

Que sepamos bendecirte en cada uno de los momentos de nuestra jornada y glorifiquemos tu nombre con cada una de nuestras acciones (Sábado I).

miércoles, 26 de junio de 2019

Ministerio sacerdotal: gracia del Señor

¡Bendito sea Dios por el don del sacerdocio!

Los sacerdotes de Cristo edifican a la Iglesia con un amor esponsal.

Son presencia de Cristo, prolongan su acción redentora.


Unidos a Él, los sacerdotes son los pastores en nombre del Pastor.

Son padres de almas que buscan la santidad de sus hijos espirituales, lloran con sus dolores, disfrutan con sus alegrías, a todos animan, a todos exhortan, a todos acompañan.

Sus vidas son una ofrenda absoluta para la santificación de todos los fieles, el apoyo sobrenatural para que todos vivamos en santidad.

"La reflexión que, siguiendo los documentos del concilio Vaticano II, queremos dedicar hoy al ministerio y a la vida de los sacerdotes se sitúa muy bien a la luz de la liturgia de esta fiesta. De los presbíteros se habla especialmente en el decreto Presbyterorum ordinis. Son heraldos del Evangelio, «colaboradores diligentes de los obispos» (Lumen gentium, 28), encargados de edificar y regir el pueblo de Dios con la predicación de los sacramentos, y de guiarlo con sabiduría hacia la plena realización del reino de Dios. Esta tarea no es en absoluto fácil, sobre todo en el ámbito de la vida contemporánea. Por tanto, sus funciones, como subraya el citado decreto conciliar, son «de máxima importancia y cada vez más difíciles», pero indispensables para la renovación de la Iglesia (cf. Presbyterorum ordinis, 1). En efecto, ¿se podría pensar en la comunidad cristiana sin su presencia y su servicio diario?

martes, 26 de junio de 2018

Sacerdotes íntegramente del Señor


J. GUITTON, Un testimonio para nuestro tiempo: sacerdotes consagrados a Cristo, en L´Osser Rom, ed. española, 1-marzo-1970, p. 1



 "Hace unos días estuve charlando con un obispo ortodoxo ruso del Patriarcado de Moscú y la conversación sobre el celibato de los sacerdotes. El obispo ruso me dijo: "Nosotros ordenamos a veces a personas casadas, pero no permitimos que un sacerdote se case. Autorizamos a los eclesiásticos a trabajar en una fábrica para ganarse la vida, pero deseamos que dejen ese trabajo en cuanto les sea posible. Y queremos que en la fábrica se presenten como sacerdotes. Para nosotros, los ortodoxos, el sacerdocio es una misión sagrada. Por eso, estamos convencidos de que ustedes, los occidentales, los latinos, no hacen bien dejando que el problema del celibato eclesiástico se discuta ante el tribunal de la opinión pública. Nuestra tradición oriental autoriza la ordenación de algunas personas casadas, como también lo han hecho ustedes y lo siguen haciendo en ciertas regiones. Pero tengan cuidado: si separan el sacerdocio del celibato, se producirá una rápida decadencia en occidente. El Occidente no es lo bastante místico como para soportar sin decadencia el matrimonio de los sacerdotes. La Iglesia de Roma -y esto es una gloria para ella- ha conservado durante todo un milenio esta ascesis eclesiástica. Antes de ponerla en discusión debe pensarlo muchísimo".


Un amigo protestante me escribe en el mismo tono: "Este carisma de vuestra Iglesia, el celibato consagrado, es esencial para el ecumenismo. Nosotros, los reformados, tenemos necesidad de él".

lunes, 26 de febrero de 2018

En el estado de vida sacerdotal (Palabras sobre la santidad - LII)

El ejercicio del ministerio sacerdotal es objetivo, es decir, independientemente de la santidad personal del sacerdote, la gracia fluye por sus manos en favor de los cristianos. La gracia de los sacramentos no está supeditada a la dignidad y santidad personal del ministro, sino a la objetividad de la acción de Cristo a través del ministro ordenado.


En ese sentido siempre hay que tener claro aquello que escribiera y predicara san Agustín frente a la herejía donatista:  "Si bautiza Pedro, es Cristo quien bautiza; si bautiza Pablo, es Cristo quien bautiza; y si bautiza Judas, siempre es Cristo quien bautiza" (In Ioh. ev. 6,7). Por eso el Catecismo explica:

"Puesto que en último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste no impide a Cristo actuar (cf Concilio de Trento: DS 1612; 1154). San Agustín lo dice con firmeza:
«En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega a través de él conserva su pureza, lo que pasa por él permanece limpio y llega a la tierra fértil [...] En efecto, la virtud espiritual del sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y, si atraviesa seres manchados, no se mancha» (In Iohannis evangelium tractatus 5, 15)" (CAT 1584).

Sin embargo, evidentemente, siempre será mejor y más deseable la santidad personal del ministro ordenado: "la santidad de los presbíteros contribuye poderosamente al cumplimiento fructuoso del propio ministerio, porque aunque la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación, también por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, pueden decir con el apóstol: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal., 2, 20)" (PO 12), enseña el Concilio Vaticano II.

¿Cómo es santo un sacerdote o un obispo?
¿En qué consistirá su santidad?
¿Debe copiar modos específicos de los monjes, o de los religiosos, o tal vez parecerse al laicado inserto en el mundo secular?

martes, 26 de septiembre de 2017

Deseos sacerdotales de Pablo VI

El Beato Pablo VI, a punto de ser ordenado diácono en 1920 y, en breve, sacerdote, escribió una carta que es expansión de su corazón.




Posee la ternura de quien se acerca en breve al altar del Señor; tiene los rasgos de la conmoción y estupor ante un Misterio -Cristo y el sacerdocio- siempre mayores, siempre superiores, al pobre que es elegido por el Señor y recibe la imposición de manos.

Me parece esta carta una pieza antológica de los escritos íntimos del joven Giovanni Battista Montini.

¡Cuántos no habrán experimentado lo mismo! ¡Cuántos no habrán suplicado lo mismo al Señor los días previos a la ordenación sacerdotal!


Brescia, 6 de marzo de 1920

Queridísimo don Francesco:

Siento una viva alegría al saber que has querido compartir conmigo la alegría y la solemne inquietud de mi primera ordenación definitiva, porque, al compartirla, la alegría crece y la inquietud deja paso a ese sentimiento de confianza que es propio de la amistad en Cristo. 

lunes, 26 de junio de 2017

El sacerdocio...

Sólo unas palabras, que no por breves son superficiales, para ver, valorar, agradecer, el sacerdocio.



"Por la sagrada ordenación que recibisteis, y por los sacramentos que celebráis, estáis llamados a ser hombres de comunión. Así como el cristal no retiene la luz, sino que la refleja y la devuelve, de igual modo el sacerdote debe dejar transparentar lo que celebra y lo que recibe. Por tanto os animo a dejar trasparentar a Cristo en vuestra vida con una auténtica comunión con el obispo, con una bondad real hacia vuestros hermanos, una profunda solicitud por cada bautizado y una gran atención hacia cada persona. Dejándoos modelar por Cristo, no cambiéis jamás la belleza de vuestro ser sacerdotes por realidades efímeras, a veces malsanas, que la mentalidad contemporánea intenta imponer a todas las culturas. Os exhorto, queridos sacerdotes, a no subestimar la grandeza insondable de la gracia divina depositada en vosotros...

Sin la lógica de la santidad, el ministerio no es más que una simple función social. La calidad de vuestra vida futura depende de la calidad de vuestra relación personal con Dios en Jesucristo, de vuestros sacrificios, de la feliz integración de las exigencias de vuestra formación actual. Ante los retos de la existencia humana, el sacerdote de hoy como el de mañana – si quiere ser testigo creíble al servicio de la paz, la justicia y la reconciliación – debe ser un hombre humilde y equilibrado, prudente y magnánimo". 

(Benedicto XVI,  Discurso a los sacerdotes, religiosos y laicos, Ouidah, Benín, 19-noviembre-2011).

domingo, 9 de octubre de 2016

El sacerdote, don de Dios a los hombres

Grandeza del sacerdocio y tensión espiritual: en íntima unión con Dios, con corazón libre, y al mismo tiempo sumergido de lleno en el contacto con los hombres, al servicio de la Iglesia.

Es un hombre de Dios: su vida, sus afectos, sus intereses, están siempre y en todo ordenados primero a Dios, con una plegaria continua, la liturgia vivida, la oración personal. Lleno de Dios, se acerca a los hombres, a los fieles cristianos, para ser testigo, padre, maestro, hermano, santificador, consuelo.


Las esencias del ministerio sacerdotal deben preservarse de todo contagio, de toda mentalidad secularista, o de la mirada horizontalista, que todo lo quiere humanizante con falso humanismo, o del activismo que rompe la unidad personal y poco bien hace.

¡Sacerdotes de Cristo para la Iglesia! Siempre son un don.

"Conocemos vuestra dedicación al ministerio  y las ansias de vuestro apostolado.

                Conocemos también el respeto y reconocimiento que suscitan en tantos fieles vuestro desinterés evangélico y vuestra caridad apostólica. También conocemos los tesoros de vuestra vida espiritual, de vuestro coloquio con Dios, de vuestro sacrificio con Cristo y vuestras ansias de contemplación en medio de la actividad. Nos sentimos impulsados por cada uno de vosotros a repetir las palabras del Señor en el Apocalipsis: “Scio opera tua, et laborem, et patientiam tuam” (2,2).

                ¡Qué conmoción, cuánta alegría nos proporciona esta visión; qué reconocimiento! Os lo agradecemos y os bendecimos, en el nombre de Cristo, por lo que sois y por lo que hacéis en la Iglesia de Dios. Vosotros sois, con vuestros obispos, sus obreros de mayor valía, sus columnas, sus maestros, sus amigos y los dispensadores directos de los misterios de Dios (cf. 1Co 4,1; 2Co 6,4).


domingo, 26 de junio de 2016

Sacerdotes para la evangelización

La impronta de la gracia sacramental en el Orden impulsa al sacerdote, a imagen de Cristo, Cabeza y Pastor, a ser un evangelizador nato, a poseer un celo evangelizador, una pasión por Cristo inacabable, inagotable.

El sacerdote no es un "funcionario" de sacramentos, como a veces los fieles lo consideran y lo tratan así; ni el archivero al que acudir a la que hora que se quiera para pedir documentos. Es un icono, una imagen clara y transparente, de Jesucristo; para él la evangelización es la causa de su vida.

Juan Pablo II, por ejemplo, en la encíclica Redemptoris missio, recordaba los vínculos entre el sacerdote y la evangelización:

"Colaboradores del Obispo, los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, están llamados a compartir la solicitud por la misión: « El don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación "hasta los confines de la tierra", pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles ». Por esto, la misma formación de los candidatos al sacerdocio debe tender a darles « un espíritu genuinamente católico que les habitúe a mirar más allá de los limites de la propia diócesis, nación, rito y lanzarse en ayuda de las necesidades de toda la Iglesia con ánimo dispuesto para predicar el Evangelio en todas partes ». Todos los sacerdotes deben de tener corazón y mentalidad misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos a los más alejados y, sobre todo, a los grupos no cristianos del propio ambiente. Que en la oración y, particularmente, en el sacrificio eucarístico sientan la solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera" (n. 67).

Además veamos la perspectiva que abre Juan Pablo II en la Pastores dabo vobis:

jueves, 19 de mayo de 2016

¡¡Sacerdotes del Señor!!


"Bien sabéis lo que la Iglesia y las almas esperan de vosotros:

una fidelidad constante a las exigencias del carácter sacramental,

una actitud de servicio consagrado a los demás,

una entrega cotidiana a la tarea de santificación,
para no ensombrecer la auténtica fisonomía de vuestra realidad misteriosa y estupenda.
Sois herederos, instrumentos de Cristo;

mediadores de sus dones.

Se os pide, por tanto -y de ello sois gozosamente conscientes-,

ser testimonios nítidos, convincentes, del Cristo fuerte y humilde, 
sincero y obediente,
recogido y operante,

que extiende el misterio de su redención

y que, a través de vuestra palabra y acción sacerdotales,

continúa su obra de salvación para el mundo.

Vivid siempre lo que sois,

lo que representáis,

lo que tratáis".

(Pablo VI, Disc. a diez nuevos sacerdotes, Oss Rom, 22-marzo-1968).

lunes, 17 de agosto de 2015

El ideal sacerdotal

Precioso, difícil, sublime:

"Un sacerdote debe ser al mismo tiempo pequeño y grande, noble de espíritu, como de sangre real; 
sencillo y espontáneo, como de raíz campesina; 
héroe en la conquista de sí mismo, 
hombre que se ha batido con Dios, 
fuente de santificación,
pecador al que Dios ha perdonado,
soberano de sus deseos,
servidor de los tímidos y de los débiles, 
que no se arredra delante de los poderosos y se inclina en cambio delante de los pobres, 
discípulo de su Señor,
jefe de su rebaño,
mendigo de manos extremadamente abiertas,
portador de innumerables dones,
hombre en el campo de batalla,
madre para confortar a los enfermos, 
con la sabiduría de la edad y el abandono de un niño,
en tensión hacia la altura y con los pies en el suelo,
hecho para la alegría, 
experto en sufrimientos,
distanciado de toda clase de envidia, 
previsor, 
que habla con franqueza,
amigo de la paz,
enemigo de la inercia, 
siempre fiel...
¡Tan diferente de mí!" (Manuscrito medieval encontrado en Salisbury).

jueves, 30 de julio de 2015

Formarse para ser portavoces del Verbo

Al servicio de Jesucristo, Verbo de Dios, hemos de poner todo cuanto somos y las capacidades de nuestra alma: inteligencia, voluntad y afectos. Todo al servicio del Verbo.

La buena voluntad no basta, porque se puede dejar llevar de iluminismos, o de la subjetividad, o de ideologías que sin analizarse a fondo, aparentan ser cercanas o impactantes. Con la buena voluntad no se vive.


La razón-inteligencia ha de cultivarse y ponerse también al servicio de la Palabra y así el estudio, la formación cultural, serán recursos indispensables pensando en el mundo con el que hemos de hablar y al que hemos de anunciar. Tengámoslo claro: la formación sólida es imprescindible, y no se puede suplir por la buena voluntad o por la piedad (mejor, por el pietismo).

Un discurso del papa Benedicto XVI a los seminaristas les orienta el camino que hay que recorrer; pero es claramente extensible tanto a los sacerdotes ya ordenados como a los laicos que tomen en serio su apostolado seglar. Decía el Santo Padre:

"La formación del sacerdote requiere integridad, plenitud, ejercicio ascético, constancia y fidelidad heroica en todos los aspectos que la constituye; en el fondo debe haber una sólida vida espiritual animada por una relación intensa con Dios a nivel personal y comunitario, con especial cuidado en las celebraciones litúrgicas y en la frecuencia de los sacramentos.
 

viernes, 26 de junio de 2015

¡El sacerdocio! Algo más que una profesión

Catequesis sencilla, pero no por ello menos honda: el sacerdocio en la Iglesia es algo más que un funcionariado para sostener unos servicios; es más que una profesión como la mirada secularizada pretende inquirir.


El sacerdocio es vocación, misión... y presencia de Cristo en medio de su Iglesia. Los errores y debilidades personales no pueden ocultar ni velar el misterio: el sacerdocio es un don de Cristo, y para quien lo recibe, una gracia infinita, no exenta de cruces, de sufrimientos morales y espirituales de muy distinto tipo.

Sólo la mirada de fe llega a descubrir la grandeza del sacerdocio, sus exigencias, su entrega, su donación, su estar identificado con Cristo.


                "Si supierais, queridos hermanos, queridos hijos, cómo nos conmueve vuestra presencia y cómo este título de sacerdotes que llevamos nos llega al alma todas las veces que, al encontrarnos con sacerdotes, tenemos ocasión de hablar de esta elección nuestra con hermanos nuestros, como lo sois vosotros. Pensamos en toda la grandeza de nuestro sacerdocio, nuestra vocación. El misterio de esta elección, porque el Señor nos ha elegido; la misión a la que estamos destinados, cuantas cosas pasan a través de nosotros, gracias, carismas, poderes. Y todo ello, ¿para qué?, para el pueblo de Dios. Somos los instrumentos, los canales de transmisión de la palabra, de la gracia, de la dirección espiritual, del gobierno de la Iglesia. Debemos transformar esta gran familia, que es el pueblo de Dios, en un cuerpo orgánico, que debemos estructurar, mantener unido, tranquilizar y también animar. 


domingo, 14 de junio de 2015

Magisterio: sobre la evangelización (XXVIII)

La evangelización es una acción eclesial corresponsable; ningún sujeto la agota, sino que todos los miembros de la Iglesia, cada cual según su vocación, son responsables de que avance. Todos, absolutamente todos, son corresponsables en su ámbito y según su estado de vida, de la evangelización.

Los sacerdotes también están implicados en la nueva evangelización, y lo están por una vinculación sacramental única con Jesucristo, la del sacramento del Orden, que los ha configurado con Él. No son los protagonistas, ni los únicos responsables, pero sí son enviados a evangelizar de un modo propio e irrenunciable.

Entendamos bien la raíz sacramental que se halla en el sacerdote por la imposición de las manos del Obispo. Desde ese momento, el presbítero es un enviado, y lo que cualifica su vida es la misión recibida en Cristo, por Cristo.

"Si toda la Iglesia es misionera y si todo cristiano, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, quasi ex officio (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1305) recibe el mandato de profesar públicamente la fe, el sacerdocio ministerial, también desde este punto de vista, se distingue ontológicamente, y no sólo en grado, del sacerdocio bautismal, llamado también sacerdocio común. En efecto, del primero es constitutivo el mandato apostólico: "Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Como sabemos, este mandato no es un simple encargo encomendado a colaboradores; sus raíces son más profundas y deben buscarse mucho más lejos.