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jueves, 16 de mayo de 2024

Tus siete dones - Veni Creator Spiritus!



Tu septiformis munere,
Dextrae Dei tu digitus,
tu rite promissum Patris,
sermone ditans guttura.



            Tu septiformis munere - Tú derramas sobre nosotros los siete dones

            Enriquece las almas con los siete dones y con sus frutos, capacitándonos así para obrar el bien, la belleza y la verdad, como Cristo, configurándonos con Cristo, hechos semejantes a Cristo.

            Los siete dones del Espíritu Santo perfeccionan nuestro ser y nuestro obrar adaptándolos a los modos divinos de actuar, dándoles connaturalidad con el modo de Dios al actuar. Son, los siete dones, participación en Cristo, el Ungido: espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Es la “septiforme gracia del Espíritu Santo”, que dice la Tradición en los antiguos textos litúrgicos.


            “El nombre de dones del Espíritu Santo, en el lenguaje teológico y catequético, se reserva a las energías exquisitamente divinas que el Espíritu Santo infunde en el alma para perfeccionamiento de las virtudes sobrenaturales, con el fin de dar al espíritu humano la capacidad de actuar de modo divino” (Juan Pablo II, Audiencia general, 3-abril-1991).


viernes, 26 de mayo de 2023

Caritas, spiritalis unctio - Veni Creator!



            Caritas – Amor:

            Sabemos bien cómo el Espíritu es la Persona-Don, el Amor mismo de Dios dándose.

            La iniciativa, siempre, es de Dios: Él nos amó primero. Por eso el amor –dirá la primera carta de san Juan- no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero. Su Espíritu Santo es la prueba, la prenda, la garantía, de ese amor en nosotros. Dios nos ama con su Espíritu Santo.



            El Espíritu mismo mueve nuestro ser, libremente, para que demos una respuesta de amor al Amor personal de Dios. Y de ahí se difunde el amor a los demás, el amor con palabras y verdad a nuestros hermanos.

            Donde está el Espíritu, reina la caridad; extinguiendo el Espíritu, nace el odio, las rencillas, los recelos, las envidias, la prepotencia, la soberbia, el orgullo. Haciendo espacio interior al Espíritu, dejando que Él llene el alma, atentos a sus mociones, puede haber un amor servicial, oculto, discreto, entregado, veraz, sacrificado.
 

domingo, 30 de octubre de 2022

El Espíritu Santo eficaz

Pensemos en el Espíritu Santo, no únicamente en el tiempo de Pascua, sino siempre, ya que vivimos por su acción. Es el Espíritu Santo quien continuamente santifica al Cuerpo místico de Cristo y quien sostiene y eleva las almas hasta Dios.


El gran Don del Señor resucitado será siempre el Espíritu Santo. Sin Él no hay vida, ni santidad, ni plenitud; sin Él la redención no se podría aplicar en el hoy de la Iglesia, ni llegaríamos a la verdad plena, ni nos recordaría las palabras de Jesús.

Cristo Jesús prometió el Espíritu Santo y lo derramó sin medida para que Él prolongase ahora su acción en la historia, en la Iglesia y en los hombres. El Espíritu Santo realiza en este tiempo la obra de Jesús Salvador. Toma de lo que es de Jesús y lo distribuye; no crea una nueva revelación ni una nueva salvación, calificadas de "espirituales", sino que Él lleva a cabo hoy la misma economía de la salvación, la misma obra redentora de Jesucristo.

viernes, 19 de agosto de 2022

Silencio: el alma a la escucha del Espíritu Santo (Silencio - VII)



Se requiere una educación en el silencio, un acallar todo en lo interior. Así se permite oír la voz del Espíritu Santo dentro de nosotros:

            “¿Qué hacer, entonces, para conseguir una verdadera disciplina espiritual, apta para conferir también a nosotros sus riquezas sobrenaturales? Lo primero una pregunta: ¿el Señor habla en el ruido o en el silencio? Respondemos todos: en el silencio. Y entonces, ¿por qué no hacemos silencio alguna vez; por qué no escuchamos, apenas se percibe, algún susurro de la voz de Dios cercano a nosotros? Y todavía: ¿habla Él al alma agitada o al alma quieta?


            Sabemos muy bien que para esta escucha debemos tener un poco de calma, de tranquilidad; hay que aislarse un poco de toda excitación o estímulo cercanos; y estar nosotros mismos, nosotros solos, estar dentro de nosotros. Éste es el elemento esencial: ¡dentro de nosotros! Por eso el punto de encuentro no está fuera, sino en el interior. Y crear a continuación en el propio espíritu una celda de recogimiento para que el Huésped divino pueda encontrarse con nosotros” (Pablo VI, Hom. a la unión de juristas católicos, 15-diciembre-1963).

            Al Espíritu Santo se le percibe en el silencio solamente: “Habla el Espíritu en el fondo de las almas, que saben ofrecerle el silencio para su voz dulce y fuerte, inconfundible” (Pablo VI, Aud. General, 9-junio-1965).

domingo, 5 de junio de 2022

La gran y bella solemnidad de Pentecostés



Llegado el día mismo de Pentecostés, tras una semana intensa de preparación, una palabra caracteriza la solemnidad del día: “hoy”, “hodie”. 


La liturgia presencializa los misterios salvadores y los hace contemporáneos de cada generación, cada año litúrgico, superando el recuerdo subjetivo, para comunicar su presencia y su gracia eficaz. 


“Cuando la Iglesia celebra el Misterio de Cristo, hay una palabra que jalona su oración: ¡Hoy!... Este "hoy" del Dios vivo al que el hombre está llamado a entrar, es la "Hora" de la Pascua de Jesús, que atraviesa y guía toda la historia humana” (CAT 1165).


Este “hoy” tiñe de un color nuevo y distinto las grandes solemnidades del año litúrgico comunicando su eficacia salvadora; “la liturgia celebrada en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio de Cristo” (CAT 1164). 

Por eso cada solemnidad de cada año litúrgico “es un tiempo que se repite como en una espiral progresiva y va hacia la parusía del Señor. No es un monótono repetirse de las cosas, sino la oportunidad de un continuo paso del Señor y de sus misterios en su Iglesia”[1], gracias, precisamente, al Espíritu: 

viernes, 3 de junio de 2022

La vigilia de Pentecostés



Pentecostés es una de las solemnidades del año litúrgico que en rito romano cuenta con una Misa vespertina propia, con sus lecturas y eucología, y otra Misa propia y exclusiva del día, como la Natividad del Señor, la Pascua, las solemnidades de san Juan Bautista y de san Pedro y san Pablo y la Asunción de Nuestra Señora. No son intercambiables estos formularios, y en casos tan claros como éste de Pentecostés, es completamente distinta la Misa vespertina de la Misa del día, donde se lee la lectura de Hch 2 en el “hoy” (hodie) de la Iglesia, y no anticipada a la tarde anterior, para respetar  miméticamente la cronología.



Esta Misa, a tenor de las rúbricas del Misal, se puede enriquecer, por una parte, con el canto de las Vísperas y/o la liturgia de la Palabra de manera más desarrollada, con cuatro lecturas del Antiguo Testamento con sus salmos y oración, el canto el Gloria y la colecta, epístola, Aleluya y Evangelio.

Las lecturas para la Misa vespertina en forma vigiliar ofrecen la perspectiva de la historia de la salvación donde el Espíritu Santo actúa y salva hasta ser derramado a toca carne por la glorificación de Jesús. Así la historia de la salvación continúa y se prolonga en este tiempo último y definitivo por la acción santificadora del Espíritu con sus ministerios y carismas, con sus dones y frutos.

La primera lectura es la construcción de la torre de Babel (Gen 11,1-9), donde el Señor confundió la lengua de toda la tierra. La soberbia del hombre buscó ser igual a Dios edificando algo que mostrara su grandeza, y la propia soberbia terminó por arruinarse ya que, buscando cada uno su propio interés, es imposible que se entiendan. El pecado engendra confusión, crea enfrentamiento, rompe la armonía, fomenta la división. La oración que corresponde a esta lectura recordará esta elección de Dios sobre la Iglesia y su destino: “haz que tu Iglesia sea siempre una familia santa, congregada en la unión del Padre, del Hijo y del Espíritu, que manifieste al mundo el misterio de tu unidad”.

miércoles, 1 de junio de 2022

Orando y preparándonos a Pentecostés



La liturgia actualiza los misterios de la salvación, los acontecimientos salvadores. Aquel momento único e irrepetible que fue la oración de los Apóstoles con María Santísima en el Cenáculo desde la Ascensión en adelante, se prolonga, se actualiza en la oración que hoy la Iglesia realiza. 



La séptima semana de Pascua se une a aquella oración apostólica y mariana, preparándonos a la culminación del Misterio pascual del Señor. Esta séptima semana de la Pascua posee sabor de Cenáculo. En estos días de Pascua, Dios ha dado “en la Iglesia primitiva un ejemplo de oración y de unidad admirables: la Madre de Jesús, orando con los apóstoles”[1].

La liturgia misma de la VII semana de Pascua es la prolongación de ese misterio y la preparación más eficaz y completa de la venida del Espíritu en Pentecostés. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia ofrece una sensata orientación: 


“En realidad, en el Misal y en la Liturgia de las Horas, sobre todo en las Vísperas, esta "novena" ya está presente: los textos bíblicos y eucológicos se refieren, de diversos modos, a la espera del Paráclito. Por lo tanto, en la medida de lo posible, la novena de Pentecostés debería consistir en la celebración solemne de las Vísperas. Donde esto no sea posible, dispóngase la novena de Pentecostés de tal modo que refleje los temas litúrgicos de los días que van de la Ascensión a la Vigilia de Pentecostés” (n. 155).


Los elementos que la liturgia nos proporcionan son abundantes y variados en esta VII semana. Posee elementos propios para la Liturgia de las Horas, distintos a los de las seis semanas anteriores.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Los siete dones del Espíritu en las almas



La acción del Espíritu Santo se ejerce en nuestras almas mediante sus siete dones que se nos infunden por el sacramento de la Confirmación, como reza la oración sacramental. Estos siete dones aparecen enumerados como gracias que tiene el Mesías ungido en el libro de Isaías (11,1ss) y que Cristo hace partícipes a quienes han sido ungidos por el Espíritu Santo; es una participación derivada.



“El nombre de dones del Espíritu Santo –enseñaba Juan Pablo II-, en el lenguaje teológico y catequético, se reserva a las energías exquisitamente divinas que el Espíritu Santo infunde en el alma para perfeccionamiento de las virtudes sobrenaturales, con el fin de dar al espíritu humano la capacidad de actuar de modo divino” (Audiencia general, 3-abril-1991). 


Es una capacitación en el organismo sobrenatural del hombre, para que actúe según Dios. “Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas” (CAT 1831), “son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo” (CAT 1830).


sábado, 21 de agosto de 2021

El Espíritu Santo en las almas de los fieles



Asimismo, la reflexión sobre el Espíritu Santo conduce a ver su acción en las almas de los fieles, que lo han recibido en la Iglesia, y que lo poseen en la medida en que aman a la Iglesia y viven en Ella. Se comprende, entonces, la atrevida expresión de san Agustín: “Poseemos el Espíritu Santo, si amamos a la Iglesia” (In Io., 32, 8).




            “Él es el Santo y el santificador por excelencia; es el Paráclito, nuestro patrono y consolador; es el Vivificador; es el Liberador; es el Amor; Él es el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, la gracia increada que habita en nosotros como manantial de la gracia creada y de la virtus de los sacramentos; es el Espíritu de la verdad, y la unidad, es decir, el principio de comunión y, por lo mismo, el fermento del ecumenismo, es el gozo de la posesión de Dios; es el dispensador de los siete dones y de los carismas, es el fecundador del apostolado, el sostén de los mártires, el inspirador interior de los maestros exteriores; es la voz primera del magisterio y la autoridad superior de la jerarquía; y es, finalmente, la fuente de nuestra espiritualidad: “fons vivus, ignis caritas et spiritualis unctio”” (PABLO VI, Audiencia general, 26-mayo-1971).

 
            El Espíritu Santo nos santifica, es decir, nos va haciendo santos participando de la santidad de Dios; nos va cristificando, porque va configurándonos a Cristo para que tengamos “la mente de Cristo” (1Co 2,16), los mismos “sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5). “El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios” (CAT 737). Y porque el Espíritu Santo es la Caridad de Dios, nos hace entrar en relación íntima de vida y comunión con Jesucristo, “es el principio de la vida nueva en Cristo” (CAT 735).

            El Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida nueva de Cristo dando muerte en nosotros al hombre viejo y resucitándonos para ser hombres nuevos. Él destruye en nosotros las obras de la carne y nos hace dar los frutos del Espíritu. “Vivir en Cristo” y “vivir según el Espíritu” se identifican. 


“El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Gal 5,22-23). El Espíritu es nuestra Vida: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más obramos también según el Espíritu” (CAT 736).


viernes, 30 de julio de 2021

Espíritu, carismas e Iglesia



La misión del Espíritu Santo es inseparable de Cristo y su Iglesia: en Ella actúa y se nos da, por lo que no hay oposición entre la Iglesia apostólica de Cristo y los carismas en la Iglesia dados por el Espíritu Santo, como si éste actuara al margen de Cristo; no hay oposición real entre aquello que llaman “Iglesia oficial” e “Iglesia carismática”.



            “No podemos dejar pasar esta ocasión que se nos presenta para rectificar ciertas opiniones que algunos se han formado sobre la acción carismática del Espíritu Santo, como si cada cual pudiera pretender ser favorecido por ella para sustraerse de este modo a la obediencia de la autoridad jerárquica; como si se pudiese apelar a una Iglesia carismática en oposición a una Iglesia institucional y jurídica, o como si los carismas del Espíritu Santo, cuando son auténticos, no fuesen gracias concedidas para utilidad de la comunidad eclesial, para la edificación del Cuerpo Místico de Cristo, o no fuesen concedidas preferentemente a quien tiene en la Iglesia especiales funciones directivas, o no estuviesen sujetas a la autoridad de la Jerarquía” (PABLO VI, Audiencia general, 26-marzo-1969).



            “¿A dónde va con frecuencia la gratuita sobrevaloración de las prerrogativas carismáticas, olvidando que ellas, aun siendo auténticas, deben encauzarse al bien de la comunidad, y contraponiéndolas a menudo, a las formas auténticas, institucionales de la Iglesia? ¿A dónde quiere llegar un cierto e indiscriminado pluralismo doctrinal, arbitrario y centrífugo? Y, ¿dónde está el acento de la fraternidad en una habitual y agresiva crítica demoledora de la estima y de la adhesión que se deben a la familia eclesial y a quien presta en ella el servicio pastoral de guía y potestad responsable?” (PABLO VI, Audiencia general, 21-julio-1971).


            Y además, procurando ser exhaustivo, para fijar el pensamiento, Pablo VI alertó de este peligro en muchas más ocasiones:


            “¿No tiene ya nuestra religión una fuerza suya propia para dar testimonio de sí, conservarse, renovarse por el camino tradicional y ordinario? ¿Es que el Espíritu sopla acaso solamente fuera del ámbito habitual de las estructuras canónicas? La Iglesia del Espíritu ¿se ha salido acaso de la Iglesia institucional? ¿Sólo en los llamados grupos espontáneos encontraremos de nuevo los carismas de la espiritualidad cristiana auténtica, primitiva, pentecostal? ...Quien altera la concepción de la Iglesia con la intención de renovar la religión en la sociedad moderna, estropea, por ello mismo, el canal del Espíritu establecido por Cristo, y compromete la religión del pueblo” (PABLO VI, Audiencia general, 21-febrero-1973).


viernes, 9 de julio de 2021

El Espíritu y la Iglesia: ¡jamás opuestos!



El Señor prometió a sus discípulos que cuando fuese glorificado enviaría el Espíritu Santo; “no os dejaré huérfanos” (Jn 14,18); “yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad” (Jn 14,15), que os lo dirá todo, que os llevará a la verdad plena (cf. Jn 16,13). Así Cristo, en la cruz, “inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30), y del costado de Cristo dormido en la cruz brotan el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia (bautismo y Eucaristía) y así tres son los testigos: “el Espíritu, el agua y la sangre” (1Jn 5,7-8). Como don pascual del Señor resucitado, se derrama sobre la Iglesia reunida en oración en el Cenáculo con la Virgen María. Así nace la Iglesia como obra del Espíritu Santo, como instrumento del Espíritu para prolongar la obra redentora de Cristo en la historia y entre los hombres.


  
          Hay una vinculación esencial entre la Iglesia y el Espíritu Santo; porque el Espíritu que es indivisible actúa de forma real y concreta mediante instituciones y signos para salvar, santificar e iluminar. El Espíritu Santo está en la Iglesia y fuera de ella ni contra la misma Iglesia; “la Iglesia está allí donde florece el Espíritu” (Hipólito, Trad. Apost., 35). 

La Iglesia es el ámbito del Espíritu Santo, su lugar natural de acción y santificación. La Tradición de la Iglesia así contempla la relación entre el Espíritu Santo y la Iglesia.


            “En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el “Don de Dios”... Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es decir el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios... Porque allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios;  y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia” (S. Ireneo, Adv. Haer., 3,24,1).


            El Espíritu Santo está en la Iglesia y actúa en la Iglesia y para ello genera un carisma primero que es el ministerio ordenado, instrumentos y portadores del Espíritu que lo comunican mediante los sacramentos que sellan la comunión, que gobiernan para la unidad de la Iglesia. El ministerio –al que algunos despectivamente llaman “la Iglesia oficial”- es una creación siempre actual del Espíritu Santo: “mirad por vosotros y por todo el rebaño, en medio del cual el Espíritu Santo os ha puestos como obispos para pastorear la Iglesia de Dios” (Hch 20,28); a los Apóstoles y sus sucesores –el papa y el colegio episcopal- el Señor les dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20,22-23). Luego el ministerio de Pedro (el Papa), los obispos y sacerdotes, son también un carisma, una gracia del Espíritu Santo para bien de la Iglesia.

jueves, 17 de junio de 2021

El Espíritu Santo en el Credo



El Credo se presenta con una estructura trinitaria: creo en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por tanto, creo en el ámbito de la Iglesia, el lugar donde Dios se me da y se me revela incorporándome a su pueblo elegido y santo, a la familia de Dios que es la Iglesia.



           La tercera parte del Credo expresa la fe eclesial en el Espíritu Santo y su acción: la Iglesia, el Bautismo, el perdón de los pecados, la resurrección. Aunque en la racionalidad occidental y en la espiritualidad católica, no se le ha dado mucho espacio a la reflexión sobre el Espíritu Santo, en buena medida es el gran desconocido, ya sea en la reflexión y predicación, ya sea en la relación personal con él.

            Siguiendo la formulación clásica que luego analizaremos, el Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo, la Persona de la Trinidad que “procede del Padre y del Hijo” como afirma el Credo y puesto que el Espíritu Santo es Dios igual que lo es el Padre y el Hijo “recibe una misma adoración y gloria”. La dificultad de ver al Espíritu Santo, de percibirlo pues no toma forma humana, su acción invisible, llevó a veces a negar su divinidad, lo que obligó a los Padres de la Iglesia a defender la recta fe, ofreciéndonos preciosos tratados sobre el Espíritu Santo.

            El Credo confiesa que el Espíritu Santo es Dios, la tercera persona de la Trinidad, constituyéndose así en una Comunión de Personas distintas que se aman con un amor de donación. Dios es relación, Dios es Comunión y no soledad o aislamiento. Y como el acto mismo de amar es dinámico y habla de relación, así en la Trinidad, siguiendo a san Agustín, Dios que es amor, debe poseer la misma estructura trinitaria del amor; hacen falta el amante (el Padre), el Amado (el Hijo) y el amor mismo que une amante y amado (el Espíritu Santo).

domingo, 23 de mayo de 2021

Cuando viene el Espíritu...

Cuando viene el Espíritu, cuando llega a la Iglesia, cuando desde el cielo es derramado por el Señor... ¡¡entonces nace la Iglesia!!, y, con ella, la obra del Redentor se prolonga en la historia de los hombres.

Viene el Espíritu Santo.


Sus acciones y dones dan vida y consistencia a la Iglesia. Por eso, las preces de Laudes y Vísperas, a lo largo de la séptima semana de Pascua, oraba suplicando su venida.




            e) Al servicio de Dios con ímpetu

“Oh Dios, que por la glorificación de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino, haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe”[1]. ¡Cómo cambiaron los apóstoles! La venida del Espíritu Santo supuso una transformación radical de todos ellos, en su corazón y en su inteligencia, en su obrar y sentir. El cambio fue impensable. 

Pocos días atrás, habían huido al detener al Señor en el huerto de los olivos; Pedro lo negó; al pie de la Cruz sólo estaban la Virgen María y Juan; se reúnen en el Cenáculo de nuevo pero, acobardados, tienen las puertas cerradas por miedo a los judíos... pero, en Pentecostés, recibiendo el Espíritu, salen a la plaza y anuncian a Jesucristo como Señor y Salvador y se convierten tres mil personas. La cobardía dió paso a la parresía (la audacia); la debilidad se hizo fuerte por la gracia. 

En ellos había fuego y una pasión: anunciar a Jesucristo. Incluso salen contentos del Sanedrín, una vez detenidos y azotados, por haber padecido aquel ultraje por Jesús.

viernes, 21 de mayo de 2021

Lo que hace el Espíritu en la Iglesia



Ésta es la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, y, como una epíclesis constante, la séptima semana de Pascua, en sus preces de Laudes y de Vísperas, ora suplicando el descenso del Espíritu y recuerda sus acciones salvadoras.



            c) Convierte a la Iglesia en Templo vivo de Dios

A cada uno de nosotros, Dios nos ha convertido en templos de su Espíritu Santo; la misma Iglesia, en cuanto tal, es la morada de Dios con los hombres, el Templo de Dios vivo construido por piedras vivas: “para que, haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria”[1].

El Espíritu Santo, con sus gracias y carismas, edifica para el bien común, aglutinando a los miembros de la Iglesia en un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, donde el Espíritu es su alma, y cada bautizado un miembro diferente del Cristo total: “Concédenos vivir de tu Espíritu, para ser de verdad miembros vivos de tu cuerpo”[2].

La Iglesia, por el Espíritu Santo, saldrá de los cenáculos cerrados por medio a los judíos y de las sacristías, subiendo a las azoteas y predicando en las plazas, evangelizando. 

miércoles, 19 de mayo de 2021

La Iglesia invocando al Espíritu (epíclesis)



La Iglesia ora suplicando el envío del Espíritu Santo. Su liturgia es una gran, solemne y constante epíclesis. Las preces de la Liturgia de las Horas y las oraciones de la Misa desde la Ascensión hasta el mismo día de Pentecostés muestran claramente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas.



Siguiendo las oraciones de la Iglesia y, de un modo particular, las preces de Laudes y Vísperas, encontramos una pneumatología rica y sugerente, que no es conceptual, sino orante y contemplativa.


            a) Nos impulsa a dar testimonio y nos fortalece

Cristo confiere el Espíritu Santo para que seamos sus testigos ante el mundo, dando testimonio de Él como Él da testimonio el Padre. 

El testimonio que estamos llamados a dar, y que es posible por el Espíritu, está entralazado de palabras y obras: “Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras”[1], “con la fuerza de este mismo Espíritu robustece también nuestro testimonio cristiano”[2].

El testimonio cristiano necesita la fortaleza del Espíritu Santo para no arredrarse ante dificultades o persecuciones, para no contaminarse con la mentalidad del mundo –la mundanidad-, sino poder confesar valientemente que Jesucristo es el Señor: “Envíanos, Señor, tu Espíritu Santo, para que ante los hombres te confesemos como Señor y rey nuestro”[3]. Así será un testimonio válido para el mundo, como los mártires, con su vida, confesaron a Cristo.

domingo, 31 de mayo de 2020

¡El Espíritu del Señor!



¿Cómo es?
¿Qué hace el Espíritu del Señor?
¿Quién es?
¿Por qué le urgimos su venida, su descenso?
¿A qué corresponde la necesidad de invocarlo?

 

            d) “Defensor” [1]

Es otro significado de la palabra griega “Paráclito”. El Espíritu Santo defiende del diablo que, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar y permite resistirle firmes en la fe (cf. 1P 5,8-9). 

El Espíritu defiende de las insidias del enemigo, de las tentaciones y de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del dinero (cf. 1Jn 2,16).

Se le atribuye al Espíritu una función forense ante el tribunal de Dios, la de defender a los que Él ha sellado y ungido. En el libro de Job, Satán se presenta ante el trono de Dios para acusar a Job (Jb 1-2) de mezquindad con Dios; también en el profeta Zacarías (3,1-3) 

Satán está acusando ante el Señor; el Apocalipsis, por fin, canta la derrota del insidioso acusador: “fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche” (Ap 12,10). Por el contrario, el Espíritu nos defenderá; convencerá y pondrá al descubierto el pecado del mundo, la justicia y la condena (cf. Jn 16,8) “porque el príncipe de este mundo está condenado” (Jn 16,10). 

 Defenderá a los suyos “intercediendo por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26) Entonces, “¿quién acusará a los elegidos de Dios?” (Rm 8, 33).


viernes, 29 de mayo de 2020

Nombres del Espíritu Santo



b) “Espíritu de la verdad”[1]

Este bello nombre es dado por Jesús al Espíritu Santo. El espíritu de la mentira viene del Maligno para engañar y seducir, para hacernos tropezar y enredarnos a fin de no descubrir a Dios sino caer en las trampas del cazador. 




El Maligno engaña, es el padre de la mentira, sus palabras son engañosas: "Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8, 44).

Por el contrario, sabemos que Cristo es “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6), y el Espíritu Santo, que es veraz, nos lleva a Cristo. Sus palabras son veraces para que reconozcamos la Verdad, la percibamos con una certeza interna única. 

El Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, es el “Espíritu de la verdad” ya que nos conduce a la Verdad que es Cristo, la verdad “que nos hace libres” (Jn 8,32). 

Guía la conciencia, la razón y el corazón para descubrir la Verdad. Sería tarea lenta y preciosa del Espíritu Santo conducir a la Iglesia una mejor y más renovada comprensión de todo lo que Cristo había dicho, descubriéndonos tesoros insospechados y actualizando, en el hoy de la Iglesia, la Palabra de Cristo. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

Fons vivus, ignis - Veni Creator!!



            Fons vivus – fuente de agua viva

            Donde hay agua, hay vida. Desde el principio, sobre la faz de las aguas, el Espíritu Santo aleteaba. De la roca en el desierto, tipo y figura de Cristo, golpeada por Moisés, salió agua que sació la sed de un pueblo errante. Del Templo vio el profeta Ezequiel (47) brotar por el lado oriental un reguero de agua que se convirtió en potente torrente que fecundaba la tierra. Del costado de Cristo, traspasado por la lanza, brotó sangre y agua (Jn 19,34), el Espíritu que se derramaba…



Era el agua prometida por Cristo a los suyos. A la samaritana le prometió un agua viva con la que ya no tendría más sed (Jn 4) y en el Templo, el último día, el más solemne de las fiestas, invitaba a ir a Él y beber de Él: “De su seno brotarán torrentes de agua viva” (Jn 7).

El agua es símbolo conveniente al Espíritu Santo: es la fuente viva a la que se debe acudir para saciar la sed más profunda del hombre, su deseo más íntimo e interior. 

Además, es agua, porque sólo el Espíritu puede fecundarlo todo, regar lo que hemos sembrado con mucho esfuerzo para que dé frutos abundantes para todos en el apostolado y en la vida interior, en la mortificación y en los actos ocultos a los ojos de los demás pero que se ofrecen en bien de los demás.

¡Riega, Espíritu Santo, cuanto sembramos!

martes, 26 de mayo de 2020

¿Y quién es el Espíritu Santo?



Pneumatología completa, dogmática en acto, es la liturgia con sus “ritos y oraciones” (cf. SC 48) con la especificidad del lenguaje eucológico. 

Su belleza y su hondura envuelven a la Iglesia que ora sumergiéndola en el Misterio. 



Por eso, para comprender qué es Pentecostés y su alcance salvífico y eclesial, un método válido y seguro será acudir al cuerpo eucológico con el que la Iglesia ora celebrando.

1. Algunos nombres del Espíritu Santo


Una tradición teológica se ha complacido en elaborar su contemplación del Misterio de Cristo a partir de los “nombres” de Cristo, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, así como en la predicación de la Iglesia. Ya Orígenes empleó este método[1] como también S. Basilio[2], S. Gregorio de Nisa en deliciosos y pequeños tratados[3] o S. Cirilo de Jerusalén[4]; insigne en la literatura castellana es “De los nombres de Cristo” de fray Luis de León. 

Podemos muy bien aplicar este método para adentrarnos en el misterio del Espíritu Santo siguiendo el lenguaje de la liturgia. Éste se inspira en las Escrituras, citando literalmente sus expresiones o modulándolas de manera poética.

domingo, 9 de junio de 2019

Pentecostés es plenitud



El Misterio pascual del Señor es celebrado durante cincuenta días. Su culmen, su cenit, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. La glorificación del Hijo y su desaparición visible de la escena terrestre da paso a la actuación universal e invisible, pero real y eficaz, del Espíritu Santo. 

 
La Pascua del Señor conduce a esta efusión magnífica que comunica la vida del Señor, santifica las almas, congrega en la Iglesia a todos los hombres y la impulsa a la tarea evangelizadora. Por tanto, un mismo Misterio es celebrado durante los cincuenta días: la Pascua del Señor, su glorificación, conduce a la efusión del Espíritu Santo. 

Esa es su plenitud: “para llevar a plenitud el misterio pascual”[1] y para eso “has querido que celebráramos el misterio pascual durante cincuenta días, renueva entre nosotros el prodigio de Pentecostés”[2], “al llegar a su término en Pentecostés los cincuenta días de Pascua, llenó a los apóstoles del Espíritu Santo”[3].

Con esto se subraya la unidad intrínseca de todo el tiempo pascual que se cierra con la fiesta de Pentecostés, despedida con doble “Aleluya”, el cirio pascual se apaga y se retira al baptisterio y, al día siguiente, se retoma el tiempo ordinario.