El Señor prometió a sus discípulos que cuando fuese glorificado
enviaría el Espíritu Santo; “no os dejaré huérfanos” (Jn 14,18); “yo le pediré
al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad” (Jn 14,15), que os
lo dirá todo, que os llevará a la verdad plena (cf. Jn 16,13). Así Cristo, en
la cruz, “inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30), y del costado
de Cristo dormido en la cruz brotan el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia (bautismo y
Eucaristía) y así tres son los testigos: “el Espíritu, el agua y la sangre”
(1Jn 5,7-8). Como don pascual del Señor resucitado, se derrama sobre la Iglesia reunida en oración
en el Cenáculo con la
Virgen María. Así nace la Iglesia como obra del Espíritu Santo, como
instrumento del Espíritu para prolongar la obra redentora de Cristo en la
historia y entre los hombres.

Hay una vinculación
esencial entre la Iglesia
y el Espíritu Santo; porque el Espíritu que es indivisible actúa de forma real
y concreta mediante instituciones y signos para salvar, santificar e iluminar.
El Espíritu Santo está en la
Iglesia y fuera de ella ni contra la misma Iglesia; “la Iglesia está allí donde
florece el Espíritu” (Hipólito, Trad. Apost., 35).
La Iglesia es el ámbito del
Espíritu Santo, su lugar natural de acción y santificación. La Tradición de la Iglesia así contempla la
relación entre el Espíritu Santo y la Iglesia.
“En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha sido
confiado el “Don de Dios”... Es en ella donde se ha depositado la comunión con
Cristo, es decir el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación
de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios... Porque allí donde
está la Iglesia,
allí está también el Espíritu de Dios; y
allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia” (S. Ireneo, Adv. Haer.,
3,24,1).
El Espíritu Santo está
en la Iglesia
y actúa en la Iglesia
y para ello genera un carisma primero que es el ministerio ordenado,
instrumentos y portadores del Espíritu que lo comunican mediante los
sacramentos que sellan la comunión, que gobiernan para la unidad de la Iglesia. El ministerio
–al que algunos despectivamente llaman “la Iglesia oficial”- es una creación siempre actual
del Espíritu Santo: “mirad por vosotros y por todo el rebaño, en medio del cual
el Espíritu Santo os ha puestos como obispos para pastorear la Iglesia de Dios” (Hch
20,28); a los Apóstoles y sus sucesores –el papa y el colegio episcopal- el Señor
les dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les
quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn
20,22-23). Luego el ministerio de Pedro (el Papa), los obispos y sacerdotes,
son también un carisma, una gracia del Espíritu Santo para bien de la Iglesia.