miércoles, 27 de mayo de 2020

Fons vivus, ignis - Veni Creator!!



            Fons vivus – fuente de agua viva

            Donde hay agua, hay vida. Desde el principio, sobre la faz de las aguas, el Espíritu Santo aleteaba. De la roca en el desierto, tipo y figura de Cristo, golpeada por Moisés, salió agua que sació la sed de un pueblo errante. Del Templo vio el profeta Ezequiel (47) brotar por el lado oriental un reguero de agua que se convirtió en potente torrente que fecundaba la tierra. Del costado de Cristo, traspasado por la lanza, brotó sangre y agua (Jn 19,34), el Espíritu que se derramaba…



Era el agua prometida por Cristo a los suyos. A la samaritana le prometió un agua viva con la que ya no tendría más sed (Jn 4) y en el Templo, el último día, el más solemne de las fiestas, invitaba a ir a Él y beber de Él: “De su seno brotarán torrentes de agua viva” (Jn 7).

El agua es símbolo conveniente al Espíritu Santo: es la fuente viva a la que se debe acudir para saciar la sed más profunda del hombre, su deseo más íntimo e interior. 

Además, es agua, porque sólo el Espíritu puede fecundarlo todo, regar lo que hemos sembrado con mucho esfuerzo para que dé frutos abundantes para todos en el apostolado y en la vida interior, en la mortificación y en los actos ocultos a los ojos de los demás pero que se ofrecen en bien de los demás.

¡Riega, Espíritu Santo, cuanto sembramos!



CAT 694 El agua. El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento: del mismo modo que la gestación de nuestro primer nacimiento se hace en el agua, así el agua bautismal significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo. Pero "bautizados [...] en un solo Espíritu", también "hemos bebido de un solo Espíritu"(1 Co 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34; 1 Jn 5, 8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cf. Jn 4, 10-14; 7, 38; Ex 17, 1-6; Is 55, 1; Za 14, 8; 1 Co 10, 4; Ap 21, 6; 22, 17).

            “Fecunda el mundo con tu Espíritu, agua viva que mana del costado de Cristo, para que la tierra entera se vea libre de las espinas de todo mal” (Preces I Visp. Pentecostés).

            Y así: “Señor Jesús, que, elevado en la cruz, hiciste que manaran torrentes de agua viva de tu costado, envíanos tu Espíritu Santo, fuente de vida” (Preces Laudes Pentecostés).


            Ignis:

            “Nuestro Dios es fuego devorador” (Hb 12,29); una imagen muy plástica de cómo es Dios: caridad, amor; todo lo quema y purifica, y comunicando su llama, en nada disminuye en sí mismo. El fuego es luz que ilumina rompiendo la noche y es calor de vida para evitar el frío aterrador. Así obra el Espíritu Santo.

            Como lenguas de fuego se posó sobre los Apóstoles en la mañana de Pentecostés, como fuego pedimos ahora que venga a nosotros: “llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

            De ahí que san Juan de la Cruz pueda dirigirse al Espíritu considerándolo fuego, calor y luz:

1. ¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!

2. ¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.

3. ¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

4. ¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras:
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!

            La devoción, el fervor, el celo apostólico, van asociados así al fuego y es una nota de vitalidad del Espíritu en nosotros. ¡Ha de haber fuego en nuestras palabras, en nuestros apostolados! ¡Ha de haber fuego y pasión en nuestra plegaria, en nuestro canto, en el Oficio divino, en la adoración eucarística! Mal signo será siempre la apatía, el desinterés, la frialdad ante Dios, el cumplimiento exacto limitado al mínimo… porque habremos hecho extinguir el Espíritu en nosotros (cf. 1 Ts 5,19).

  

CAT 696 El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que "surgió [...] como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha" (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que "bautizará en el Espíritu Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!" (Lc 12, 49). En forma de lenguas "como de fuego" se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor

viva). "No extingáis el Espíritu"(1 Ts 5, 19).


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