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sábado, 22 de enero de 2022

La Humanidad glorificada del Verbo

Es el gran misterio: Cristo resucitó. Su carne, depositada en el sepulcro, fue glorificada y convertida en Cuerpo espiritual. Resucitó.


En la Pascua del Señor, su humanidad fue glorificada; su carne fue traspasada por el Espíritu Santo inaugurando la vida eterna y convirtiéndose en Señor del Espíritu, Señor de vida, vivificador.

Hay una identidad real, una continuidad, entre la carne que sufrió la pasión y fue crucificada y la carne glorificada del Verbo encarnado. Si fuera otro cuerpo distinto no sería resurrección; si no hubiera identidad, la resurrección realmente no sería tal. Las llagas en su Cuerpo glorioso son la señal de identidad, así como la posibilidad de comer los peces asados delante de sus apóstoles y poder ser tocado por ellos.

martes, 14 de abril de 2020

La Pascua y la ofrenda de los contemplativos



La vida de cada monje, de cada monja, está en el centro del Misterio; se sitúa en el corazón de la Iglesia, en intimidad de amor nupcial con Cristo: 






“La contemplación monástica representa nada menos que el corazón palpitante de la Iglesia; no es propiamente un órgano particular, sino la energía central, que lleva la sangre de la vida total, sangre que da y conserva la vida, a todos los miembros particulares que se especializan por razón de su misión propia”[1]


Los contemplativos ofrecen sus vidas por bien de la Iglesia; la existencia de la monja tiene sentido cuando es ofrecida con amor reparador, amor de entrega, amor sacrificado, por la Iglesia, y todo lo que hace lo hace por la Iglesia, y todo lo ofrece en reparación por la Iglesia, en reparación por el pecado de los miembros de la Iglesia, en ofrecimiento sacrificial por la extensión del Reino, por la fecundidad apostólica de la predicación, de la evangelización; lo ofrece todo por la conversión de los pecadores, a favor de los débiles, los atribulados, los que son tentados.

La reparación de las consagradas contemplativas, vírgenes de Jesucristo, es eclesial, profundamente eclesial, por el bien de la Iglesia. De ese modo, además, el mundo entero entra en la clausura, pues debe encontrar un lugar en el corazón de cada comunidad monástica, que participa y se interesa y se ofrece por la salvación del mundo. 

La clausura no es aislarse egoístamente del mundo; es signo de una mayor unión y consagración por la salud del mundo; si en algún momento, la actitud espiritual de las monjas fuese de aislamiento y despreocupación de la Iglesia y del mundo, centrándose, egoístamente, en la propia perfección, mirando sólo lo interno del Monasterio, dedicados a prácticas de piedad personales, faltando la dimensión eclesial, la reparación y el ofrecimiento –como Cristo- por el mundo y en reparación por los pecados de los hombres, la vida monástica (que probablemente esté relajada en su interior, con frialdad espiritual) estará siendo infiel a lo que la Iglesia espera.

viernes, 3 de mayo de 2019

El ayuno pascual (textos)

Fue un elemento importantísimo para los cristianos el ayuno pascual, es decir, pasar el Viernes Santo y el Sábado Santo en ayuno hasta la Comunión eucarística de la Vigilia pascual, que rompía el ayuno e iniciaba la fiesta cristiana. 


Este ayuno más que penitencial, o expiatorio, se consideraba así, tal cual, "ayuno pascual", llevando a la práctica aquello que dijo el Señor: "ayunará cuando el Esposo les sea arrebatado" (Cf. Mc 2,19-20). El Esposo Jesucristo fue arrebatado en la Cruz y sepultado, y la Iglesia ayunaba no sólo el Viernes Santo sino también el Sábado Santo, día de duelo, aguardando la Pascua santísima.

Dicho ayuno poco a poco perdió su importancia, entre otras cosas, por el adelanto de la Vigilia nocturna a la misma mañana del Sábado (¡qué contrasentido!); aún hoy, para muchos, el Sábado Santo es el final de la Semana Santa y no es extraño encontrarse más de una comida juntos, o convivencia de alguna asociación y hasta grupo de amigos. El ayuno pascual parece haber desaparecido.

Sin embargo, es un elemento "litúrgico" y por tanto espiritual muy interesante y eficaz para disponernos, en cuerpo y alma, a la Vigilia pascual. La Iglesia lo recomienda:

"Es sagrado el ayuno pascual de los dos primeros días del Triduo, en los cuales, según una antigua tradición, la Iglesia ayuna "porque el Esposo ha sido arrebatado". El Viernes Santo de la Pasión del Señor hay que observar en todas partes la abstinencia, y se recomienda que se observe también durante el Sábado santo, a fin de que la Iglesia pueda llegar con el espíritu ligero y abierto a la alegría del domingo de Resurrección" (Cong. Culto divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, n. 39).

domingo, 29 de abril de 2018

Vid, sarmientos, vida, unión

"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos..."

"Permaneced en mí y yo en vosotros"

"Sin mí, no podéis hacer nada".

Esta perícopa (texto) evangélico de Jn 15 lo leeremos varias veces a lo largo de estas semanas pascuales. Ofrecen el sentido de la vida divina que nos ofrece el Señor glorificado si permanecemos unidos a Él. La unión con Cristo es posible y es real, y es el principio determinante de toda fecundidad, de todo afán apostólico, de toda vida cristiana.

Sin vida interior, sin unión constante con Jesús resucitado, es imposible que haya vida en nosotros. Caeremos en el activismo, pero cada vez más secos por dentro. Y el sarmiento que no da fruto, se seca, se corta y se arroja al fuego.

La Pascua renueva el deseo de la vida de Cristo en nosotros y de la comunión personal con Él.

"El Evangelio de hoy, quinto domingo del tiempo pascual, comienza con la imagen de la viña. «Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”» (Jn 15, 1). A menudo, en la Biblia, a Israel se le compara con la viña fecunda cuando es fiel a Dios; pero, si se aleja de él, se vuelve estéril, incapaz de producir el «vino que alegra el corazón del hombre», como canta el Salmo 104 (v. 15). La verdadera viña de Dios, la vid verdadera, es Jesús, quien con su sacrificio de amor nos da la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por la palabra del Maestro (cf. Jn 15, 2-4), si están profundamente unidos a él, se convierten en sarmientos fecundos que producen una cosecha abundante. San Francisco de Sales escribe: «La rama unida y articulada al tronco da fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros estamos unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso las buenas obras, tomando de él su valor, merecen la vida eterna» (Trattato dell’amore di Dio, XI, 6, Roma 2011, 601).

domingo, 15 de abril de 2018

La alabanza a la Pascua (textos)

Tan amada era la Pascua de resurrección, tan deseada como centro del año, tan ansiada después de la larga, austera y rigurosa Cuaresma, que los Padres de la Iglesia se deshacían en elogios a la santa Pascua, elevando así el amor de los fieles al Señor.

Para ellos, los Padres de la Iglesia, como para los fieles y todo el pueblo cristiano, la noche santa de la Vigilia pascual y las siete semanas de Pascua no eran una fiesta más, incluso un tiempo más o menos anodino, sino la Fiesta de las Fiestas.


Un buen cristiano, un buen católico, vive con la mayor intensidad posible y el júbilo que embriaga el santísimo tiempo de Pascua. Un buen católico sabe que no hay nada comparado con el tiempo litúrgico de la Pascua, y que la misma Cuaresma (que tanto empeño se suele vivir) palidece ante la luz de la Pascua.

Llega la Pascua, la primera luna llena de primera. Resucita el Señor cuando la tierra pasa del invierno a la primera, al ciclo donde todo florece, la vida brota. Es un simbolismo adecuado. El mundo se renueva, en definitiva, porque es el Señor el que viene, resucita, se constituye como el Eterno Viviente y fuente de Vida. Para los judíos, una tradición señala la primavera (el mes de Nisán) como el inicio del año porque fue en primavera (mes de Nisán) cuando Dios lo creó todo.

Y Jesús, el Señor, resucita en el mes de la creación, abriéndolo todo a una nueva creación, a la plenitud del cosmos y lo creado.

martes, 10 de abril de 2018

Encontrarse con el Resucitado

Una de las categorías máximas del lenguaje cristiano es la de "encuentro", porque remite a una relación personal, a una Presencia que se da y que es acogida.

El cristianismo jamás fue un razonamiento (una "gnosis"), ni tampoco fue una causa (revolucionaria, social). El cristianismo es el encuentro con el Señor, simplemente, porque Él está vivo hoy y para siempre, y sale a nuestros caminos.

La Pascua de Jesucristo es la posibilidad del encuentro no sólo con sus contemporáneos, en el siglo I, sino la posibilidad real de ese mismo encuentro hoy, porque Él se hace contemporáneo de todas las generaciones al ser Señor del tiempo, glorificado.

La misma alegría y la misma transformación de los discípulos, de los apóstoles, de las mujeres, de todos los que le vieron y oyeron y convivieron con Él es posible para nosotros. La vida cristiana es fruto para siempre de ese encuentro: ¡ah!, y cómo se nota a quien se ha encontrado de verdad con Él, porque vive de otro modo, descubre la realidad de forma nueva, su mirada es limpia... todo es cambiado en la persona que ha sido amada por Cristo.

Este es uno de los prodigios de la Pascua: que el encuentro con Cristo es real hoy para nosotros.


"«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual). 

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad. 

martes, 20 de marzo de 2018

La Pascua que libera (textos)

El Misterio pascual es la acción salvadora de Cristo a través de su cruz, muerte, descenso a los infiernos y santísima resurrección. En el Misterio Pascual se cifra y se contiene nuestra vida.

Una vez al año el Misterio pascual es celebrado de forma solemne, convocando a todo el pueblo cristiano, a las liturgias solemnísimas del Triduo pascual (viernes santo, sábado santo, vigilia pascual y domingo de resurrección). Es la fiesta de las fiestas, tan importante y decisiva para nuestra vida que la prolongamos durante cincuenta días.


En el Misterio pascual, Jesucristo ha realizado una obra perfecta: a través del Sacrificio en la cruz y de su santísima resurrección nos salva, nos libera y nos reconcilia con el Padre abriéndonos las puertas del cielo que Adán cerró con su pecado.

La liturgia actualiza ese Misterio pascual y nos lo da mediante el velo de los ritos y oraciones. No todo termina con la Cuaresma, ni siquiera termina en el Viernes santo, sino que desemboca en la última parte del Misterio pascual, su resurrección, vivida en la noche en vela en honor del Señor que es la vigilia pascual, la fiesta más amada y preciosa.

Necesitamos, para vivir la santísima Pascua, una teología clara y una espiritualidad bien fundamentada, que nos ayude a penetrar en el Misterio pascual del Señor. 

domingo, 4 de marzo de 2018

La Pascua redime (textos de Melitón de Sardes)

La grandeza de la Pascua que anualmente conmemoramos, y a la que nos disponemos en Cuaresma con ayuno (mucho ayuno), oraciones, mortificaciones y limosna, es que nos redime y nos re-crea.

La situación del hombre es una situación dramática; no es bueno el hombre; en su situación ahora vive el desgarro interior producido por el pecado de los orígenes, una humanidad debilitada y desordenada por el pecado original que le ha provocado la concupiscencia. Ésta lo arrastra al mal aunque no lo quiera, y cuando quiere hacer el bien lo deja pasar.

A esta humanidad caída, que por sí sola es incapaz de salvarse ni de restaurarse, ni de hacerse buena, responde la Pascua del Señor Jesucristo, que por su pasión, cruz, y resurrección, redime y recrea, hace una humanidad nueva. Por eso es tan importante para nosotros prepararnos a la Pascua, iniciada en la santísima Vigilia pascual, y captar la obra de Cristo que festejaremos durante cincuenta días.

Es la Tradición de los Padres la que nos permite el acceso a estas riquezas y por eso hemos de empaparnos de la Tradición.

Melitón de Sardes, en el siglo II, un autor del Asia Menor, subraya el contenido salvífico de la Pascua. La herencia del pecado es la muerte y la debilidad de la humanidad, con un destino sombrío y dramático.

Dejó Adán a sus hijos esta herencia:
No la pureza, sino la lujuria;
No la incorruptibilidad, sino la corrupción;
No el honor, sino la deshonra;
No la libertad, sino la esclavitud;
No la realeza, sino la tiranía;
No la vida, sino la muerte;
No la salvación, sino la perdición (Melitón de Sardes, Peri Pascha 49).

Si ésta es la herencia, podemos entender entonces el caos que el pecado ha producido tanto en el cosmos, el mundo y la naturaleza, como en el mismo hombre:

Inaudita y terrible vino a ser efectivamente la perdición de los hombres sobre la tierra. Pues he aquí lo que les ocurrió: eran arrastrados por el despotismo del pecado y empujados al mundo de las pasiones donde quedaban inundados por los placeres insaciables:

martes, 16 de mayo de 2017

Su Cuerpo resucitado

La catequesis pascual, centro del anuncio evangélico, el kerygma, incluye la resurrección del Señor y su carne glorificada, pero también es a la vez una catequesis escatológica, sobre las realidades últimas, la eternidad y el Reino, la vida eterna y la gloria, que han comenzado ya.


Desde el principio del cristianismo, la resurrección de Cristo ha sido la piedra de toque. Ya le pasó a san Pablo en el areópago, porque en el mundo griego el cuerpo era la cárcel del alma, la materia no tenía dignidad alguna y por tanto la resurrección era imposible aceptarla porque consideraban que sólo el alma inmortal podía tener un destino feliz.

Prolongando este principio de la filosofía griega, las sectas gnósticas hablaran de un dualismo irreconciliable: un prinicipio bueno, el espiritual, el alma, y un principio malo, el cuerpo, la materia. Este gnosticismo en ámbitos cristianos llegará a reinterpretar que el cuerpo de Jesús era aparente, que su cuerpo era sólo una especie de disfraz para su alma divina (= es el docetismo) y por tanto su resurrección, igualmente, era aparente porque jamás tuvo un cuerpo. Eso sería desdecir la dignidad de Dios. Le negaron su humanidad real.

Y lo que explicado así parece lejano, sin embargo, sigue en el lenguaje común hoy, donde al hablar de resurrección pensamos en categorías gnósticas y hablamos de una "resurrección de su espíritu", "resurrección de su mensaje" o que "Jesús resucitó en el corazón de los que le siguen". En ningún momento estos conceptos se ajustan al contenido de la palabra "resurrección" y al acontecimiento histórico de Cristo.

viernes, 5 de mayo de 2017

La Pascua es bautismal (textos)

La Cuaresma nació principalmente con un sello catecumenal-bautismal, es decir, como el tiempo de intensa preparación de los catecúmenos que recibirían el Bautismo y la Confirmación en la Eucaristía de la vigilia pascual.

Al principio de la Cuaresma se inscribía el nombre de los catecúmenos que iban a ser bautizados, llamados ya "elegidos"; entonces se intensificaban las catequesis, los ayunos y las oraciones. Los elegidos pasaban por diversos escrutinos en los domingos III, IV y V, para purificar el corazón y recibían los documentos de la fe: el Credo y el Padrenuestro en ritos litúrgicos, así como diversos exorcismos y la unción con el óleo de catecúmenos.

La Cuaresma se presentaba, claramente, como un tiempo bautismal, atendía y esperaba al bautismo, y así se ve en muchos textos aún, oraciones y lecturas. Porque igualmente, hoy, la Cuaresma sigue siendo tiempo bautismal: para los catecúmenos en orden a prepararse bien a su Iniciación cristiana, y para los fieles todos a fin de renovar la gracia sacramental con la renuncia a Satanás y al pecado y la profesión de la fe.

Llegada la noche santa de la Pascua, se abrían las fuentes bautismales que habían estado cerradas, incluso selladas por el obispo, porque la Pascua del Señor se comunicaba mediante la gracia de los sacramentos y así, en el Bautismo, se moría y resucitaba con Cristo. Nunca mejor que en el tiempo de Pascua para vivir la Iniciación cristiana.

La Vida nueva y glorificada del Señor por su Pascua hace que todo se renueve y une a él al hombre viejo para renazca como hombre nuevo. Comienza el tiempo bautismal, comienza la cincuentena pascual, comienza el tiempo sacramental por excelencia. La Iglesia lo vivió profundamente: sólo bautizaba, durante siglos, en el tiempo pascual.

"El día más adecuado para celebrar el bautismo es precisamente el día de Pascua, porque ese día fue consumada la pasión del Señor en la cual somos bautizados" (Tertuliano, De baptismo, 19).

domingo, 30 de abril de 2017

El mundo renovado

Canta un himno de Pascua:

Pascua sagrada, cantemos al Señor.
El mundo renovado canta un himno a su Señor.


La Resurrección de Cristo ha renovado el mundo entero, lo ha transfigurado y elevado. Se inicia la nueva creación.

"El mundo ha reencontrado, en Pascua, su inocencia bautismal, y con ella el esplendor, la juventud y la gloria de su creación" (CANTALAMESSA, R., La Pascua de nuestra salvación, Madrid 2006, p. 217).

domingo, 23 de abril de 2017

Comienza lo nuevo y eterno

Con gozo desbordante, la Iglesia celebra anualmente la Pascua del Señor Jesucristo. No le falta razón. 

Ha llegado la primavera, donde la tierra vuelve a revivir tras el invierno, todo florece, el ciclo cósmico anual anuncia la esperanza. La luna llena, la primera de la primavera, lo llena todo de luz. En ese momento, el Señor resucitó, porque Él es la verdadera luz que lo va a inundar todo, y por Él, la creación, el mundo, la tierra y también los hombres, van a ser renovados y plenificados.


Resucita el Señor, y el cosmos entero se ilumina. Pero es también el hombre concreto el que es renovado; pasa de ser un hombre viejo, guiado por su pecado, a la renovación sacramental por la gracia que lo constituye en un hombre nuevo a imagen de Cristo. Ha nacido, así pues, una nueva humanidad plasmada según el verdadero Hombre Nuevo, el Señor resucitado.

lunes, 3 de abril de 2017

El ayuno es lo propio de la Cuaresma (textos)

Si nos preguntaran qué caracteriza la Cuaresma cristiana, probablemente enumeraríamos una serie de elementos devocionales, pero se nos olvidaría el ayuno porque, con la actual disciplina del rito romano en el Código de Derecho, sólo es día de ayuno el miércoles de Ceniza y el Viernes santo, y la abstinencia de carne, además de dichos días, se extiende a todos los viernes de Cuaresma.


Pero lo característico de la Cuaresma cristiana es, fundamentalmente, de manera destacada, el ayuno cristiano, que es purificación, que es deseo, que es penitencia. 

Los días cuaresmales reproducían el desierto, la experiencia misma del desierto, que vivió el pueblo de Israel, que vivieron los santos y profetas del Antiguo Testamento, que vivió san Juan Bautista, que experimentó el mismo Jesucristo cuarenta días con sus noches sin probar alimento. Allí, en el desierto, privado de alimento, en total ayuno, se encontraron con Dios y oyeron sus Palabras, alimentándose solamente de la palabra divina, más preciosa que cualquier alimento.

La realidad del desierto se hacía presente en la vida cristiana por medio de los días cuaresmales escuchando más abundantemente las lecturas de la Sagrada Escritura y ayunando rigurosamente hasta la vigilia pascual.

sábado, 18 de marzo de 2017

La dirección de la Cuaresma (texto)

Leamos lo siguiente como si fuera la primera vez que lo vemos: la Cuaresma es el camino hacia la Pascua. Hay que repetirlo muchas veces hasta que penetre, no sólo en la inteligencia, sino en la sensibilidad y el afecto. La Cuaresma es el camino hacia la Pascua y ningún camino se puede constituir como meta en sí mismo, dejando al caminante encerrado en el camino, sino conduciéndolo a la meta, al hogar, al destino. En este caso, la Cuaresma es un camino que nos conduce a la Pascua.


El piadoso desarrollo de la Cuaresma con sus ejercicios piadosos y devociones ha llevado, en muchos casos y en muchos lugares, a considerarla en sí misma, desvinculándola de la Pascua, y viviendo ésta de manera débil, a veces incluso sin participar en las celebraciones del Triduo pascual, ni en la vigilia pascual, y no sabiendo muy bien cómo vivir ni qué hacer durante los cincuenta días pascuales.

La Cuaresma era un tiempo precioso y especial que miraba y se encaminaba a la Pascua. Nace la Cuaresma para los catecúmenos que después del largo catecumenado de uno o más años, recibían la elección y una preparación intensiva para los sacramentos de la Iniciación cristiana en la santísima vigilia pascual; nació también para los penitentes, aquellos que confesaban sus pecados en privado al Obispo (apostasía, homicidio, adulterio...) y se incorporaban al Ordo de penitentes, con ayunos, salmos y penitencias, hasta ser reconciliados y absueltos de sus pecados en la mañana del Jueves santo (costumbre romana) o en el Oficio litúrgico del Viernes santo (costumbre del rito hispano-mozárabe). Por último, y por extensión lógica, la Cuaresma incluyó a todo el pueblo cristiano que se convertía también en penitente: recibía la ceniza en la cabeza, oraba, se mortificaba, y vivía en ayuno estricto.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Una catequesis pascual

Las realidades centrales de nuestra fe tal vez no sean fáciles de explicar con palabras humanas: cruz, resurrección y glorificación de Cristo, sin embargo son centrales, nucleares, y aunque cueste trabajo explicarlas, las tenemos recibidas por unos testigos cualificados. Los apóstoles son testigos de lo que han vivido y simplemente testifican unos hechos que los marcaron ya para siempre.


Lo primero es el anuncio del Señor resucitado.

Aquel que murió en la cruz, que fue depositado en un sepulcro nuevo excavado en la roca que aún no había sido usado, y allí reposó hasta la mañana del domingo, ha resucitado, está vivo y glorioso en circunstancias nuevas, con el mismo cuerpo pero "espiritual", no sometido al espacio y al tiempo.

miércoles, 27 de abril de 2016

Al resucitar, todo es nuevo

Se abrió el sepulcro que estaba sellado y custodiado por la guardia...

Se abrió el sepulcro, la noche sola fue su testigo, y surgió el Resucitado, la Humanidad glorificada del Verbo, con toda potencia y luminosidad.


Entonces la historia cambió su curso, el tiempo fue capaz de recibir la eternidad, y la creación tuvo una primicia, la materia del cuerpo del Señor, que fue traspasada por el Espíritu.

Ya nada será lo mismo. Algo que estaba anunciado ha empezado ahora a cumplirse. ¡Cielos nuevos y nueva tierra!, a los que corresponde un Hombre nuevo. Este Hombre nuevo es Jesucristo resucitado, glorificado en su carne... y con Él, aquellos que por el bautismo y con la gracia del Espíritu, dejan al hombre viejo y se van revistiendo del nuevo, a imagen de Jesucristo.

sábado, 2 de abril de 2016

El antes y el después (Cuaresma y Pascua - textos)

Primero fue el Triduo pascual, después su prolongación en cincuenta días, el tiempo pascual o de pentecostés (porque pentecostés significa cincuenta) y finalmente existió la Cuaresma como preparación.


Era tal y tan grande la importancia de las siete semanas pascuales, que la Iglesia creó un tiempo específico de preparación más intensa. De este modo, la Cuaresma no es un fin en sí misma,  un tiempo cerrado en sí, sino una introducción, una preparación, para aquello que realmente es importante y vital: los cincuenta días de Pascua.

La evolución posterior, y el influjo de lo devocional sobre el espíritu de la liturgia, hizo que la Cuaresma fuera intensísima, cargada además de ejercicios piadosos y devocionales, pero llegada la Pascua no se sabía muy bien cómo vivirla ni qué hacer, perdiendo su importancia poco a poco, y llenando este tiempo largo de fiesta con nuevos añadidos devocionales (el "mes de mayo").

Aún hoy, tras una Cuaresma bien vivida, que en las parroquias y comunidades cristianas es sumamente cuidada, inculcada, programada pastoralmente, la cincuentena pascual aparece como un tiempo casi sin contenido propio. Apenas nada se hace que destaque lo específico de la Pascua y le dé el color especial que le es propio (no hay canto diario del "Aleluya", tampoco sobreabundan las flores, ni el cirio pascual es destacado por su luz y su exorno, rara vez se distribuye la Comunión con las dos especies).

Si nos sumergimos en la Tradición hallaremos una Cuaresma sumamente austera y penitente, nada relajada, de ayuno estricto. Pero también hallaremos las notas propias de los cincuenta días pascuales, destacadas, brillantes.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Cáritas y Triduo pascual




Cáritas, es decir, la virtud de la caridad junto con el ejercicio de Cáritas como asociación y parte de la parroquia, reciben una luz y una impronta fundamental, decisiva, determinante, con el Triduo pascual: desde la Misa en la Cena del Señor, el Jueves Santo, pasando por la Acción litúrgica del Viernes Santo para llegar a su máxima solemnidad en importancia y participación: la Vigilia pascual en la noche de Pascua.




            Y esto desde dos perspectivas: teológica y litúrgica.

La teología del Triduo pascual nos señala claramente que es el amor del Padre y el amor del Corazón de Cristo el que le lleva a la cruz y la resurrección por nosotros y nos deja como prenda y memorial la Eucaristía. Todo el Triduo pascual es un ejercicio del amor de Cristo, amándonos, dejándonos amar por Él, aprendiendo a amar así: primero amando a Cristo, luego amando a nuestros hermanos.

“Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”.
“Tomad, bebed, éste es el cáliz de mi sangre...”

La Eucaristía se vuelve signo de amor, delicadeza de caridad, pues el Señor constantemente se da, sin condiciones, con amor y amor esponsal a su Esposa, la Iglesia. La Eucaristía, que actualiza todo el Misterio Pascual, nos educa en la Cáritas.

 La fuente verdadera de la caridad es la Eucaristía. Recibir y vivir el amor de Cristo, hecho sacramento, colma el corazón e imprime un dinamismo de éxtasis, es decir, de salida de uno mismo para ir al encuentro del prójimo y amarlo y servirlo.

 De la Eucaristía nace el amor. El amor de Cristo entregado en el sacrificio de la cruz -actualizado en la Santa Misa- pide la respuesta de amor, y este amor -caridad, en lenguaje cristiano- toma forma en las obras de amor, de misericordia, de entrega, de servicialidad, al prójimo, al hermano. Comienza así la caridad eucarística a transformar el mundo no desde los grandes discursos, ampulosos, sobre las estructuras de pecado y la injusticia del sistema, sino desde mi propia entrega que acreciente un poco más el bien y el amor en el mundo.

Quienes, además por vocación especial, se dedican a la caridad, sólo podrán realizar su difícil vocación o carisma apoyados en una sólida vida eucarística. Trabajar en Cáritas, ser miembro de algún voluntariado católico o vivir como religioso en algún Instituto dedicado a la caridad, exige una solidez eucarística, que da madurez personal y entrega sin límites, y que jamás se puede sustituir por el voluntarismo, o la opción errada de secularizar la caridad, sin referencia a Jesucristo.

lunes, 14 de marzo de 2016

La Fiesta de las fiestas en cincuenta días (textos)

Conocemos y sabemos cómo la Iglesia, desde el siglo II-III festejó la santísima Pascua del Señor con cincuenta días de fiesta, las siete semanas pascuales, con costumbres propias y una mirada al Señor glorificado que derrama su Espíritu Santo y a quien esperamos que venga glorioso desde el cielo.


El deseo de seguir, no una contemplación del Misterio, sino algo más palpable como es la cronología, hizo que se introdujese un desglose del Misterio según las fechas, y así se introdujo a los cuarenta días de la resurrección la solemnidad de la Ascensión.

La Ascensión es un acontecimiento salvador que se inserta dentro de la glorificación pascual del Señor. Resucita y es entronizado a la derecha del Padre para desde allí enviar al Paráclito, al Espíritu Santo.

Es un movimiento más, un acontecimiento salvador del mismo Señor resucitado, por tanto, una secuencia más de la Pascua de Cristo.

sábado, 5 de marzo de 2016

"Costumbres" pascuales (textos)

A medida que se fue formando el año litúrgico, con características propias y tiempos litúrgicos, en una larga y lenta evolución, la cincuentena pascual, las siete semanas de Pascua, fue el primer "tiempo litúrgico" que se formó.


Primero fue el domingo, fiesta primordial de los cristianos; después se solemnizó la Pascua anual y se consideró bien pronto que hasta el día de Pentecostés era un tiempo nuevo y distinto, con la Cuaresma como preparación intensiva de los catecúmenos y los penitentes. Ya finalmente la Natividad del Señor y el Adviento.

Las siete semanas de Pascua tuvieron en todas partes, a pesar de la variedad litúrgicas de las distintas regiones y familias, algunos trazos comunes, unas determinadas "costumbres" pascuales universales: tiempo de fiesta y alegría, prohibición de rezar de rodillas y supresión del ayuno.

Es decir, la gran Tradición consideró desde el principio que las siete semanas de Pascua, sus cincuenta días, eran celebradas como un solo y gran domingo.

Estas "costumbres" pascuales las subraya san Ireneo, en el siglo II, diciendo: