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viernes, 11 de junio de 2021

El Corazón del Salvador (y II)

¡Cristo tiene Corazón! Es pura misericordia; es el Amor mismo de Dios manifestado en toda su Persona, en su ser.

Se entregó por nosotros, encarnándose por la salvación del mundo; padeció, subió al árbol de la Cruz y de su costado traspasado derramó sangre y agua, generando la Iglesia.


¡Nos amó y se entregó por nosotros!

Su Corazón es nuestra salvación, porque en nada podemos confiar salvo en sus entrañas de misericordia.

Así la Iglesia ha inculcado la piedad hacia el Corazón del Salvador, dejándonos indicaciones para comprender este Misterio:


CORAZÓN DE JESÚS, ABISMO DE TODAS LAS VIRTUDES (Juan Pablo II, Ángelus, 28 de julio de 1985):


            1. “Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes”.
            Bajo el corazón de la Madre ha sido concebido el hombre. El Hijo de Dios ha sido concebido como hombre... A la luz del momento de la concepción, a la luz del misterio de la Encarnación, contemplamos toda la vida de Jesús, nacido de María. Buscamos, siguiendo las indicaciones de las letanías, describir en cierto sentido esta vida desde dentro a través del corazón.
            

martes, 8 de junio de 2021

El Corazón del Salvador (I)

¡Fuente de vida santidad, abismo de todas las virtudes!

Así se invoca al Corazón de Jesús en las Letanías, confiando en el Salvador, siempre misericordioso, y en su acción hacia nosotros. 


Él tiene piedad de nosotros. Él es todo misericordia para nosotros.

Esta devoción, además, nos sitúa en el núcleo mismo de la redención. Cristo ha reparado el pecado de Adán, el del hombre, el de toda la humanidad, y nos permite ahora asociarnos a Él, reparando por nuestro pecado y por los pecados de los hombres.

Veamos una catequesis de Juan Pablo II:




La reparación de Cristo y de los cristianos  (Juan Pablo II, 20-IV-1983):


            El sacrificio expiatorio de la cruz nos hace comprender la gravedad del pecado. A los ojos de Dios el pecado jamás es un hecho sin importancia. El Padre ama a los hombres y está profundamente ofendido por sus ofensas y rebeliones. Aun estando dispuesto a perdonar, Él, por el bien y el honor del hombre mismo, reclama una reparación. Pero es justamente aquí cuando la generosidad divina se muestra del modo más sorprendente. El Padre entrega a la humanidad su propio Hijo para que ofrezca esta reparación. Con ello muestra la abismal gravedad del pecado, puesto que reclama la más alta reparación posible, la cual viene de su propio Hijo. A la vez, revela la grandeza infinita de su amor, pues es el primero, con el don de su Hijo, en llevar el peso de la reparación.

viernes, 19 de junio de 2020

Riquezas insondables del Corazón de Cristo (y III)

Hondón de espiritualidad, y día de gozo, es la solemnidad del Corazón de Jesús. En Cristo lo hallamos todo; sin Él nada valemos. Con Él lo podemos todo; sin Él, nada podemos hacer.

Él es nuestra vida, nuestra salud, nuestra redención, nuestro amor.

Él, nuestro Camino; El, la Patria.

¡Jesús, Salvador, Redentor amoroso de la humanidad!



***



Carta de Juan Pablo II, al P. Kolvenbach, Prepósito General de la Compañía de Jesús, en Paray-le-Monial (Francia), 5 de mayo de 1986:

            Al reverendísimo padre Peter-Hans Kolvenbach, prepósito general de la Compañía de Jesús:

            Durante mi peregrinación a Paray-le-Monial he querido venir a orar en la capilla en la que es venerada la tumba del bienaventurado Claudio la Colombière, el cual fue “el siervo fiel” que, en su amor providencial, el Señor dio como director espiritual a Santa Margarita María Alacoque. Es así como llegó en primer término a ser el difusor de su mensaje.

            En pocos años de vida religiosa y de ministerio intenso se reveló como un “hijo ejemplar” de la Compañía de Jesús, a la cual, según testimonio de la misma Santa Margarita María, Cristo confió la misión de difundir el culto de su corazón divino.

miércoles, 17 de junio de 2020

Riquezas insondables del Corazón de Cristo (II)

Con la enseñanza de Pablo VI en un documento, avancemos en la consideración del Corazón de Cristo, fuente de vida espiritual riquísima para la Iglesia, como así se ha demostrado durante siglos.

Es la devoción al Corazón de Jesús, con todo lo que ello implica y las consecuencias para la vida cristiana, un método de vida y de identidad cristiana.





Carta “Diserti interpretes”, de Pablo VI, 25-mayo-1965

Hemos mostrado abiertamente nuestro pensamiento, deseando en gran manera que “este culto al Sdo. Corazón florezca cada día con más vigor y sea estimado por todos como una insigne y segura forma de piedad”, nos sirve de extraordinario gozo contemplar los grupos generosos y humildes de vuestros hijos, que fieles a su Instituto, dan preclaro testimonio con su vida a los hombres de nuestro tiempo, de cómo deban también ellos practicar esta excelente devoción, de la que saquen como de su fuente el esfuerzo necesario “para conformar sus vidas al Evangelio, reformar valientemente sus costumbres y ajustarlas cada vez mejor a las normas de la ley divina” (ibíd., n. 5).

Éste creemos que es vuestro deber y vuestro trabajo peculiar: que puesto que libremente habéis seguido esta divina vocación, difundáis cada vez con más ardor este amor al Santísimo Corazón de Jesús y, de palabra y con el ejemplo, mostréis a todos que aquí es donde han de recibir la inspiración y la mayor eficacia, tanto para la deseada renovación interior y moral, como para una mayor virtualidad de las instituciones de la Iglesia, como reclama el Concilio Vaticano II.

lunes, 15 de junio de 2020

Riquezas insondables del Corazón de Cristo (I)

Un texto de Pablo VI sobre el Corazón de Cristo nos prepara e invita a indagar, sondear, admirar, las riquezas del Corazón de Jesús, de su amor hacia nosotros, hacia la humanidad.





Carta apostólica “Investigabiles divitias” de Pablo VI, 6 de febrero de 1965:

            1. “Las insondables riquezas de Cristo” (Ef 3,8), que brotaron del costado abierto del Divino Redentor, en el momento en que, muriendo en la Cruz, reconcilió al género humano con el Padre celestial, han brillado con luz tan clarísima en estos últimos tiempos, gracias a los progresos del culto al Sagrado Corazón, que de ello se han seguido gozosos frutos para la Iglesia.

            2. En efecto: después que nuestro misericordioso Salvador se apareció, como se dice, a la santa religiosa Margarita María en Paray-le-Monial y le pidió instantemente que los hombres todos, como en público competencia de culto, honrasen su Corazón, herido por amor nuestro, y reparasen  las ofensas por Él recibidas, es increíble cómo floreció en casi todas las partes de la tierra, entre el clero y el pueblo cristiano, esta devoción que ya antes en diversos sitios se había iniciado, principalmente por la labor de S. Juan Eudes.
            La Sede Apostólica canonizó este culto, cuando el 6 de febrero de 1765, nuestro predecesor de venerable memoria Clemente XIII, aceptando las súplicas de los Obispos de Polonia y de la Archicofradía Romana, intitulada del Corazón de Jesús, concedió a la noble nación polaca y a la antedicha cofradía el poder celebrar la fiesta litúrgica en honor del Corazón de Jesús, con Misa y Oficio propios; y a este efecto aprobó el Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos el 26 de febrero del mismo año (cf. Encíclica Haurietis Aquas de Pío XII).

viernes, 14 de febrero de 2020

Santidad: enamorarse de Cristo




“Sí, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21,17). “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21).


“Avanzad por el camino de la santidad, es decir, dejaos conquistar por la presencia de Cristo, el Salvador, que llama a sus discípulos a permanecer en su amor” (JUAN PABLO II, Discurso a los peregrinos a la beatificación de Josemaría Escrivá, 18-5-1992).





                “Si Cristo no ha resucitado, somos los hombres más desgraciados, no tenemos esperanza, pero Cristo ha resucitado el primero de todos”. Esa es la afirmación clave del capítulo 15 de la primera carta a los Corintios: El Señor ha resucitado, el Señor está vivo. Nuestra religión católica no es una conmemoración dolorista de alguien que sufrió mucho en la cruz y lo dejamos enterrado; no es un recuerdo; tampoco nuestra religión es simplemente una educación de tipo moral para ser buenos. No. Aquí tratamos y experimentamos y celebramos a Cristo Resucitado. El Señor está vivo.

                Esto es lo que viene expresado en la devoción al Corazón de Jesús: el Corazón como signo de vida, el Corazón glorificado de Cristo resucitado. La experiencia de los santos es la experiencia de vivir una relación personal de amor con Jesucristo. 

Nadie se enamora de una idea, nadie se enamora de un proyecto. Uno se enamora de una persona. Cuando uno se va a casar es porque se enamoró; porque se enamoró hubo matrimonio. No fue una idea sobre la otra persona, sino el enamoramiento de una persona. 

Los santos se han enamorado de Jesucristo, porque está vivo, porque es real, porque podemos unirnos a Él, con una mayor intimidad y una segura confianza más que la de cualquier matrimonio humano. 

Los santos vivieron la experiencia de enamorarse de Cristo, de vivir y tratar con Cristo, de entregarse mucho a la oración porque hablaban mucho con Cristo.

jueves, 16 de enero de 2020

Es mucho más fácil (Palabras sobre la santidad - LXXXI)


La vida cristiana en santidad se define no por grandes cosas, ni por grandes acciones exteriores, no por un intenso y estéril activismo ni por la búsqueda de populismo, no por llamativos fenómenos extraordinarios en la vida interior… sino por algo más elemental y accesible.

 
El santo, la santidad en sí, es la respuesta al amor primero, desbordante e insondable, inimaginable e inmerecido, de Dios en su Hijo. “Él nos amó primero” (1Jn 4,19). Quien así es amado, ve cómo su propio corazón comienza a amar de otro modo más puro, oblativo, entregado, humilde. Se convierte en un testigo del amor, de la caridad. A su lado se expande el amor, el santo irradia un amor nuevo que Él recibe y comunica a los demás


 “No consiste la santidad sino en amor humilde de Dios y del prójimo”, escribía san Juan de Ávila (Carta 158), lejos del ruido y del fárrago de mil cosas y actividades. Es mucho más fácil la santidad de lo que algunos creen. El santo simplemente ama. Sus gestos, su mirada, su tono humano, su comprensión y acogida, su buen humor calmado, todo cuanto hace, traslucen un punto de unión superior y excelente: el amor. El santo es un testigo creíble del amor. ¡Se le nota en mil detalles!, transparenta un corazón puro, limpio, manso; denota en sus actos, en su carácter y en su rostro, una fuente límpida y cristalina.

¡La santidad bien sabe de amor!, de amor auténtico y no meramente sensible, anímico o afectivo. Ama siempre, no por temporadas o por euforia, sino día a día, día tras día: ¡siempre!, porque el amor es constante y perseverante: no ama una sola vez, mucho, adquiriendo notoriedad y haciendo que se crean que es “buena persona”, permaneciendo indiferente en el resto de las ocasiones. No es bondad ocasional… sino amor diario, con el fundamento del amor de Jesucristo. Esta perseverancia en el amor es señal de identidad del amor de verdadero. Pero hay que sumarle otra: el amor sin acepción de personas, ya que quien ama con el amor de Jesucristo no da a unos todo y a otros, la mayoría, nada. No ama sólo a quienes le aman: ¿qué mérito tendrían? (cf. Lc 6,32). Ama a los suyos (a sí mismo y a quienes le corresponden con afecto), ama sirviendo, con menor intensidad afectiva pero igual entrega, a cualquiera que rodee al santo, conocido o desconocido; la santidad, ¡qué bien sabe del amor!, llega a amar a los enemigos, haciéndoles el bien, sin albergar ni un resquicio de odio, resentimiento o rencor.

viernes, 25 de octubre de 2019

En vez de solidaridad humana, un gran amor a Cristo (Palabras sobre la santidad - LXXVII)



Arrebatados, poseídos, llenos de un gran amor a Cristo: ¡así vivieron todos los santos!; tuvieron este amor como lo más precioso, más auténtico, más necesario, y se entregaron al amor de Jesucristo sin oponer resistencias. Cada minuto de su vida fue para Cristo, cada pensamiento volaba hacia Cristo, en cada acción buena por el prójimo estaban sirviendo con amor a Cristo.



Hicieron de sus vidas un obsequio a Cristo; oraron cada vez más por tratar de amistad con Cristo; callaron e hicieron silencio interior para escuchar bien, contemplativamente, la voz y la palabra de su amado Jesucristo. Cada sacrificio, cada penitencia, cada mortificación, cada ejercicio de las virtudes cristianas, cada trabajo, era una ofrenda de amor a Cristo. Sus corazones estaban puestos en Cristo, sus vidas eran Cristo (cf. Flp 1,21), lo único que deseaban era estar con Cristo. ¡El amor a Cristo era su consistencia, su fundamento!

De este modo, pues, hemos de entender la santidad: el amor a Cristo y la entrega incondicional a Él. “¿Qué es la santidad? Es perfección humana, amor elevado a su nivel más alto en Cristo, en Dios” (Pablo VI, Hom. en la canonización de S. Juan Nepomuceno Neumann, 19-junio-1977).

Los santos cultivaron con finura su amor a Cristo (¡sabiendo siempre que es Él quien nos amó primero!): la liturgia y los sacramentos centraban sus vidas, participando en ellos con fervor y devoción, nunca fría o rutinariamente, nunca como ceremonias ajenas a ellos, modificables a su gusto o capricho. Muy especialmente la Eucaristía celebrada y el Sagrario, así como la exposición del Santísimo, fueron su refugio: vivían de la Eucaristía, ponían su corazón en el Sagrario, ante el Sagrario se empapaban de Cristo y allí conversaban con Él, les exponían sus trabajos, preocupaciones, afanes apostólicos, intercesión y súplicas por los demás. ¡Qué sería de los santos sin la Santa Misa y sin el Sagrario! ¡Cómo los vivían! Como los ciervos buscando las fuentes de agua (cf. Sal 41), así los santos saciaban la sed de su alma en el Sagrario. Allí amaban a Cristo, crecían en el amor a Él y se dejaban amar y transformar por Él.

viernes, 18 de octubre de 2019

Los santos conocieron y trataron a Cristo




“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26).

“Los santos son especialmente los que han tenido un conocimiento global más exacto de Dios, y lo han adquirido a través de una fe vivísima, nutrida en la contemplación y sostenida por el don de sabiduría” (JUAN PABLO II, Discurso a los obispos chilenos en visita “ad limina”, 28-agosto-1989).




A la sorpresa de aquellos que conocían a Jesús “de toda la vida”, corresponde también nuestra propia admiración por la persona de Jesucristo. Aquellos conocían quién era desde pequeño, era el hijo de carpintero, en una aldea pequeña de 200 habitantes es fácil conocer e identificar a todos los habitantes y sus entresijos: es el hijo del carpintero; su padre José y su madre María; sus hermanos, sus familiares más próximos, Santiago, María...: “¿de dónde saca la sabiduría con la que habla?” 

Para aquellos mismos que le conocían resultaba un misterio. No llegaban a atisbar siquiera que aquel paisano, era el Hijo de Dios, la Sabiduría de Dios, el que hablaba con palabras de vida eterna.

Pero también así andamos nosotros. Conocemos al Señor de oídas,  de toda la vida; nos han hablando del Señor, de la Virgen y de los santos desde que éramos pequeñitos, pero, a veces, nos ha faltado esa asimilación personal, ese tratar con el Señor de verdad para descubrir quién es Jesucristo. Nos hemos quedado en la periferia de la persona, pero no hemos entrado en el Misterio del Señor. Sabemos de sus milagros, de sus obras, sabemos de memoria tres o cuatro frases del Evangelio, pero no nos hemos parado todo lo que necesitábamos, a tratar de verdad con el Señor.



viernes, 16 de junio de 2017

Plegaria: amor de Jesucristo (S. Juan de Ávila)

Las plegarias que los santos suelen dejar consignadas en sus escritos poseen un alto valor teológico, sin el tono melifluo, acaramelado de tantas oraciones piadosas. Están hechas de una pieza, demuestran solidez doctrinal y una pasión grande por el Señor. Orar con ellas, en cierto modo, es hacer "teología de rodillas" pues iluminan la inteligencia al tiempo que elevan el corazón.



El amor de Jesucristo en su Corazón por cada uno de nosotros es una elevación teológica que nos ofrece san Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, suficiente como para encender en nosotros el fuego del amor a Cristo pero también para considerar teológicamente las maravillas de la redención encerradas en el Corazón de Cristo y accesible a todos.

De esta forma, la espiritualidad del Corazón de Jesús es una espiritualidad que se centra en la Redención, en el amor, en la expiación solidaria y en la ternura hacia la Persona del mismo Cristo (sin resabios éticos, tan propios del moralismo).

Oremos guiados por la meditación de san Juan de Ávila.



            "Alabada sea, Señor, tu bondad, que, con la grande gana que tienes de darte, pides tan poco por ti.

   

lunes, 12 de diciembre de 2016

Perspectivas para mirar a los santos (Palabras sobre la santidad - XXXIII)

La santidad, concretada en la vida de cada uno de los santos, debe ser pensada, amada, valorada, desde las distintas perspectivas que ofrece un fenómeno tan especial. Una simple mirada nunca logrará abarcar el misterio de la santidad ni logrará abarcar el misterio personal de un santo. Son, cada uno de ellos, muy plurales, polifacéticos, porque reflejan un Misterio insondable, inefable: la santidad de Jesucristo.


Los santos, cuando se les conoce, cuando se les presenta en la Iglesia, nos enriquecen y estimulan. Una buena presentación de los santos son un acceso certero para ver los valores actuales de la santidad y suscitar el anhelo de la santidad.

"A la vez, [la Iglesia] presenta estos excelsos ejemplos a la imitación de todos los fieles, llamados con el bautismo a la santidad, meta propuesta a todo estado de vida. Los santos y los beatos, confesando con su existencia a Cristo, su persona y su doctrina, y permaneciendo estrechamente unidos a él, son como una ilustración viva de ambos aspectos de la perfección del divino Maestro. 

sábado, 10 de diciembre de 2016

Espiritualidad de la adoración (XVI)

Muy vinculada a la devoción al Corazón de Jesús, la adoración eucarística establece una corriente de amor, de reparación, de intercesión, de expiación, entre el corazón orante y el Corazón divino del Redentor.


La devoción al Corazón de Jesús, expresada siempre el primer viernes de mes, más que vinculada a una imagen o una iconografía concreta, está dirigida al Corazón vivo de Cristo, a su Persona, presente realmente en la Eucaristía. Así, estar ante la custodia o de rodillas ante el Sagrario, es el mejor homenaje de amor y reparación al Corazón de Cristo y nace así una espiritualidad sencilla y honda.

El cristianismo es el encuentro personalísimo con el Señor, donde Él muestra todo su amor, su interioridad, su Corazón y esto se convierte en un acontecimiento decisivo en la existencia. Se descubre uno profundamente amado por el Señor y trata entonces de responder con amor a Quien tanto lo ama. En este sentido se entienden las bellísimas palabras de Benedicto XVI:

sábado, 30 de mayo de 2015

Plegaria: deleitarse en Cristo

Donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón. En lugar de desparramarse y perderse, el corazón busca donde volcarse por completo. Su tesoro es Cristo, y allí debe tender y deleitarse en Él, glorioso y vivo, presente, sin atarse ni detenerse en las criaturas.

El deseo del alma debe ser Jesucristo para que el corazón esté sosegado, consolado, feliz. Las criaturas de una forma u otra, cansan y alborotan, y dejan vacío en mil ocasiones.



Sólo Cristo colma el deseo profundo de la persona.

Así oramos hoy con la plegaria de san Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, permitiendo que su doctrina nos forme también a nosotros hoy.



Deleitarse en Cristo y no en las criaturas


            ¡Soberano Señor, y cuán sin excusa has dejado la culpa de aquellos que, por buscar deleite en las criaturas, te dejan y te ofenden, siendo los deleites que hay en ti tan considerables, que si todos los de las criaturas se juntasen en uno solo, serían verdaderamente hiel en comparación de ellos!
 

martes, 27 de mayo de 2014

Certezas de la fe

Hay momentos de crecimiento en la fe que todos vamos pasando, de manera más brusca o más suave, para que la fe busque más y mejor solamente a Jesucristo, y en Él se afiance la vida entera, dejando de ser "costumbre" a ser una adhesión vital, una respuesta completa de la vida entera.


¿Es cierto lo que creo? ¿Sólo he asimilado algo que me han dicho o es una verdad palpitante, fascinante? ¿En qué me baso para creer? ¿Cómo puedo saber que creo de verdad?

Son preguntas que se hace quien vive la fe pero busca creer mejor, más firme, más libre, más entregadamente. Un joven, sincero y audaz, a mi juicio de gran valía, me escribió:



miércoles, 12 de junio de 2013

Para alcanzar la humildad... ¡del Corazón de Jesús!

¡Jesús!



"Jesús, cuando eras peregrino en nuestra tierra, tú nos dijiste: ‘aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y vuestra alma encontrará descanso’. Sí, poderoso Monarca de los cielos, mi alma encuentra en ti su descanso al ver cómo, revestido de la forma y de la naturaleza de esclavo, te rebajas hasta lavar los pies a tus apóstoles. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad: ‘Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El discípulo no es más que su maestro… Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu corazón manso y humilde, y quiero practicarlas con la ayuda de tu gracia.

lunes, 4 de febrero de 2013

Salmo para proclamar el amor de Dios

Por encima de toda adversidad, de toda dificultad, de todo sufrimiento, de toda soledad y abandono; superando la enfermedad, la oscuridad o la crisis; trascendiendo todo gozo, todo amor a las criaturas; traspasando el pasado, el presente y el futuro, hay una realidad inabarcable, infinita: el amor de Dios. Este amor de Dios acompaña al hombre en todo momento, lo sostiene, lo cuida, lo guarda de todo mal, y el hombre puede encontrar su felicidad y su plenitud respondiendo, libremente, al amor de Dios. Porque Dios ha amado al hombre primero, gratuitamente, entregando a su propio Hijo, la persona, toda persona, en toda cultura y en todo momento histórico, puede responder a este Amor con amor, entregándose del todo al Todo. El amor de Dios precede, suscita y acompaña la respuesta y la entrega del hombre.


El cristianismo es una maravillosa historia de Amor: del Amor condescendiente y misericordioso de Dios al hombre en Jesucristo y de la entrega confiada del hombre a su Salvador y Redentor. Este Amor sí que es único y eterno. 

El amor humano, el amor de las criaturas, es finito y caduco, como finito y caduco es el propio hombre, sólo el Amor de Dios permanece para siempre (cf. 1Cor 13) porque el Amor de Dios espera, disculpa, cree, aguanta sin límites: ¡el Amor no pasa nunca! La historia de cada persona, enigmática a veces, otras dolorosa, otras feliz, es una historia de Amor. El Amor de Dios está ahí, en el corazón y en la historia del hombre:

“desde que comienza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a manera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada diligentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los divinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección” (S. BASILIO MAGNO, Regla Monástica Mayor, Respuesta 2,1). 

El Amor de Dios no puede enseñarse: ¡basta abrir los ojos del corazón para descubrirse tremendamente amado por el Señor! A su lado el amor de las criaturas parecerá nada, “palillos de romero seco” que diría Sta. Teresa.

martes, 23 de octubre de 2012

Amor a Cristo (Exh. a un hijo espiritual - III)

"Cristo debe ser amado más que nuestros padres, porque no nos dan nuestros padres lo que Cristo nos da. ¿Y quién podría referir cumplidamente sus favores? ¿No nos lo da todo y no deja de proporcionárnoslo cada día? Y es que Dios, al vernos bajo la culpa de innumerables pecados, no nos miró con desprecio sino que nos redimió; ni, vagabundos como íbamos, alejados de Él, por distintos caminos equivocados, no nos condujo a precipitarnos a la muerte, sino que nos llamó a la vida eterna.

Y cuando, como unos desagradecidos a tantos favores suyos, habíamos huido de Él, cual Padre clementísimo vino a buscarnos: sentado como estaba en su trono sublime, por nosotros bajó a la tierra y llegó a tal grado de humildad que tomó la condición de esclavo; y quien en su puño puede encerrar el mundo entero, fue envuelto en pañales en un pesebre; y quien con la palma de sumano abarca elcielo, no tuvo dónde reclinar su cabeza. Siendo rico se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con Él; y el que sobre las nubes ha de venir a juzgar a vivos y muertos, aceptó el juicio de un hombre; y aunque para los sedientos es fuente eterna, cuando tuvo sed le pidió agua a la samaritana. El que con su propia carne sació nuestra hambre, tuvo hambre al ser tentado en el desierto; y Aquel a quien, junto con el Padre, sirven los ángeles, se digna servir a los hombres.

Sus manos, con las que obró muchísimos milagros, por nosotros fueron traspasadas con clavos; y a su boca, con la que predicó a la humanidad la doctrina salvadora, le dieron hiel en vez de comida. El que ni hirió ni dañó a nadie, fue golpeado y sufrió ultrajes; y Aquel con cuya sola inclinación de cabeza resucitaron todos los muertos, soportó voluntariamente una muerte en la cruz. Y todo esto lo padeció para regalarnos la vida eterna.

Y aunque nos hace inmensos favores, nada nos exige, salvo que conservemos para Él sin mancha nuestros templos, para que pueda habitar siempre dentro de nosotros y nosotros permanezcamos en Él. No nos pide oro ni plata ni nada de esto, pues si lo tenemos, nos manda repartírselo a los pobres: nos busca a nosotros, nos echa de menos, en nosotros desea descansar"

(S. Basilio, Exh. a un hijo espiritual, n. 3).

miércoles, 10 de octubre de 2012

El amor a Dios (Exh. a un hijo espiritual- II)

"Así pues, ama a Dios con todas tus fuerzas para que en todos tus actos le complazcas. Pues, si quien contrae matrimonio se apresura a complacer a su esposa, mucho más aún el monje [entiéndase en sentido general, el hombre de Dios solo ante Dios] debe complacer a Cristo de todas las maneras. Quien ama a Dios, guarda sus mandamientos. Que Dios no quiere ser amado sólo de boquilla, sino con pureza de corazón y justicia en las obras. Pues quien dice: "Amo a Dios", pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.

En efecto, un hombre de esta clase se engaña a sí mismo y por sí mismo se deja seducir. Y Dios no escruta las palabras sino el corazón, y ama a los que le sirven con un corazón sencillo. Si con tal cariño amamos a los padres terrenales, que tan escaso tiempo soportaron fatigas por nosotros, ¿no deberemos amar aún más al celestial?

Ciertamente también ese cuidado que ellos nos prestaron, es un favor a nosotros que nos hace Cristo, el máximo dispensador de todo. En verdad, antes de que naciéramos en este mundo, su providencia ya preparó a nuestros padres para que sus cuidados nos nutrieran: ¡pero es que hasta los pechos de la madre se llenan de leche cuando el niño ha nacido!

Amemos, entonces, por encima de todo a Dios, que nos modeló a nosotros y a nuestros familiares con sus propias manos, y cuantas cosas buenas se nos hacen cada día atribuyámoslas a ese favor suyo. Y amemos también a nuestros padres como a nuestras propias entrañas si no nos impiden llegar a servir a Cristo..." (S. Basilio, Exh. a un hijo espiritual, n. 3).

martes, 17 de enero de 2012

¡Enamorados!

Vivir cristianamente sólo se puede si se está enamorado. ¿De qué? Más que de una acción o actividad, sería enamorado de una Persona. ¿De quién? ¡Enamorados de Jesucristo!

"Sólo si estamos enamorados del Señor, seremos capaces de llevar a los hombres a Dios y abrirles a Su amor misericordioso, y abrir así el mundo a la misericordia de Dios" (Benedicto XVI, Audiencia general, 18-agosto-2010).

Me parece sublime.

¿Cuántas veces no habrá que repetirlo?

La vida cristiana sólo se comprende si hay una relación de amor muy personal, íntimo y cercano con Jesucristo. No nos consagramos a una tarea; tampoco un apostolado o una actividad caritativa es nuestra razón de ser. No somos filántropos que aman al mundo y aman al hombre, considerado en abstracto.

Lo nuestro es algo más: ¡Jesucristo!
Lo nuestro es vivir un Amor mayor, el que Él nos entrega amándonos primero, y que suscita nuestra respuesta personal y única, que nadie puede dar por nosotros ni en nuestro lugar.

El secreto de la vida cristiana es estar enamorados del Señor.
La vitalidad de la existencia creyente es vivir llenos de un amor absoluto por Jesucristo.
La fecundidad de lo que somos y vivimos se cifra en sentir verdadera pasión por Cristo.

¡Que Él lo sea todo!
Y lo demás, vendrá por añadidura (la vida moral, el compromiso, el apostolado, la ascesis, la mortificación, la santidad...)

Enamorados, así y tal cual. Ahora bien... ¿nos notarán que estamos enamorados de Cristo, verán con meridiana claridad que rebosamos amor por Cristo? ¡Pues eso es lo que evangeliza!


miércoles, 19 de octubre de 2011

Lo primero y lo secundario (pongamos orden en la pastoral)

A veces las fuerzas se debilitan en las cosas secundarias del cristianismo, entendiendo secundarias no como relativas, sino como aquellas realidades que han de ir en segundo lugar; y lo primero, lo que es realmente prioritario en el cristianismo, a veces lo damos por conocido, o por suficiente. Dicho con el refranero: construimos la casa por el tejado.

¿Qué es lo primero?

Siempre, realmente siempre, llevar a la persona de la mano para que se encuentre cara a cara con Jesucristo (en la oración, en la liturgia, en la predicación, en un retiro, en un cursillo de cristiandad... ¡en todo lo que se haga!), porque el encuentro con Cristo es donde nos lo jugamos todo. Ahí sale uno feliz, pleno, transformado. El Evangelio es un relato maravilloso de encuentros con Cristo, y la narración de cómo salieron transformados de aquel encuentro.

¿Qué es lo secundario?

Lo que viene después es que la persona se "rehace", se construye de nuevo, alcanzando una personalidad cristiana. Ésta incluye una mentalidad cristiana que le permite discernir según el Espíritu todas las realidades. Y esta personalidad cristiana incluye la moral, la ley nueva que ilumina la conciencia y la forma y la lleva a actuar según Cristo. Pero esto es fruto de quedar transformado cuando uno se sitúa ante Cristo y se sabe amado, perdonado y redimido por Él.

Estos puntos son fundamentales para orientar no sólo la pastoral, la formación y la evangelización, sino también para el propio lenguaje cristiano y para la formulación de la teología y pensamiento cristianos. Primero es conducir al hombre hasta que se encuentre personalmente con Jesucristo y quede impactado; y fruto del estupor de este encuentro, ayudarle en el proceso de conversión y seguimiento.