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miércoles, 28 de julio de 2021

Virtud teologal de la fe (y III)



5. Pero la fe queda incompleta si se reduce sólo a la entrega confiada y a saber interpretar y mirarlo todo con los ojos de Dios; hay que añadir que la fe es aceptación y profesión de la fe católica, de la Verdad revelada. Tiene, pues, un contenido dogmático, de recta Verdad.



Lo más razonable, lo que mejor se acomoda al espíritu humano y su inteligencia, es la fe. Ésta no es algo irracional, ni mágico. La fe, por ser lo más razonable para el hombre, puede ser pensada, formulada; se puede indagar: ésta es la tarea de la teología, esto es algo irrenunciable al hombre: pensar y comprender la fe. Predicaba S. Agustín: “cree para entender; entiende para creer”. 

La razón y la fe, dice Juan Pablo II, son las dos alas del espíritu humano para comprender la Verdad. La fe tiene que ser pensada, estudiada, ¡es la fe misma la que lo pide!, sabiendo siempre que de Dios podemos conocer muchas cosas, pero siempre serán más las que no conozcamos, porque estamos ante el Misterio que es siempre mayor que nosotros y nuestra inteligencia. 

La fe ilumina la inteligencia en este camino, pero sabiendo siempre que Dios es mayor y si pensamos la fe –la teología lo hace- es para amar y adorar más a Dios.

sábado, 4 de julio de 2020

Obstáculos a la fe



            Un escollo para la fe, muy de moda hoy, es el subjetivismo. Todo es opinable porque se da por hecho que no existe la Verdad, tan sólo opiniones todas igualmente respetables, y la fe se ha desplazado al aspecto meramente subjetivo, lo que uno cree, lo que le parece; ya la fe no es la Verdad que se acoge, sino la selección de verdades que cada cual realiza. Cada uno compone su Credo, casi un manifiesto, apartándose en la práctica de la fe eclesial. Los justificamos a veces diciendo que “son creyentes a su modo”, cuando no hay un orden lógico en ellos, sino que reina la subjetividad. Algunos rechazan aquellas verdades de fe que no acaban de entender, creando una fe a la medida de su pequeña inteligencia. Otros, confunden conceptos, afirman unas cosas y niegan otras: creen en Cristo, pero no en la Iglesia; niegan la resurrección de la carne (afirmación sublime de la unidad sustancial de la persona) y prefieren la reencarnación; niegan la divinidad de Cristo pero afirman rezarle a la Virgen; dicen creer en Cristo pero lo equiparan a cualquier otro personaje de la historia de las religiones, y negando el valor redentor universal de la cruz, ven todas las religiones igualmente válidas y salvíficas.

            Analizaba el papa Pablo VI: 


“Hay otros que no queriendo separarse totalmente de la religión cristiana aplican a la fe un criterio selectivo; es decir, afirman que creen en algunos dogmas, pero no admiten otros que les parecen inadmisibles, incomprensibles o excesivos. Se contentan con una fe a la medida de su cerebro. Y no se paran sólo aquí, sino que muchas veces este criterio de autonomía al juzgar las verdades de nuestra fe lo extienden hasta aquel libre examen, que consiente a cada uno concebir la fe a su manera, y que desposee a la misma fe de su objetiva consistencia” (Catequesis, 8-abril-1970).


            El subjetivismo –hacer cada uno una fe a su medida, un credo a su gusto- pervierte el carácter racional (razonable) y verdadero de la fe, que se apoya en la autoridad de Dios que se revela. Por eso no es un asunto privado de la conciencia.


sábado, 30 de mayo de 2020

El conocimiento que otorga la fe



La fe es un conocimiento nuevo y superior, una percepción nueva de la realidad, de todo lo creado, de la vida y de uno mismo; no un conocimiento técnico, de pruebas de laboratorio o de empirismo que sólo conoce aquello que experimenta y demuestra racionalmente, o aquello únicamente que uno puede ver y tocar, pero sí un conocimiento que no contradice a la razón, basado en la autoridad de la Palabra de Dios, en los signos y obras de Cristo y en el testimonio de quienes vieron estas cosas y nos las han transmitido.  


“La fe es un reino de misterio; para nosotros la fe, durante esta vida que es todavía un aprendizaje, una iniciación, una fe oscura; la fe no se apoya sobre argumentos de evidencia racional; se apoya, sí, en formidables razones de credibilidad tanto intrínseca como extrínseca, pero está basada de por sí sobre la autoridad de una Revelación, sobre la Palabra de Dios” (Pablo VI, Catequesis, 18-mayo-1977).


La fe es luz, conocimiento y sabiduría del corazón para vivir. ¡Qué necesaria y qué gozosa la fe! Y sin fe, por el contrario, cuánto absurdo, cuántas preguntas sin respuesta, qué tono más triste adquiere todo. Este conocimiento por fe nos revela el sentido y la medida de todo.


domingo, 12 de abril de 2020

La fe y la razón, relacionadas siempre



Son fecundas las relaciones entre la fe y la razón como modos de conocimiento; sin la fe (que también es conocimiento, pero superior) la razón se puede volver técnica, sin referencias, inhumana, y no podrá dar respuesta a las cuestiones más profundas del hombre ni ofrecer un sentido a la vida: será sólo ciencia y técnica, un pensamiento débil, la afirmación de la nada y del relativismo –todo da igual, cada uno decide lo bueno y lo malo-. Un mundo sin fe es un mundo triste y deshumanizado que se vuelve contra la persona y la vida.

             

Pablo VI ofrece su reflexión: 

“Aquí un nuevo modo de conocimiento puede integrar el conocimiento autónomo de la razón; el conocimiento por vía de fe, prestado por nosotros, o más bien misteriosamente otorgado a nosotros como don divino, a la palabra de Dios puede llenar nuestra alma de una luz verdadera y gozosa; una luz siempre incipiente, rebosante de revelaciones y de certezas, pero todavía enigmática (cf. 1Co 13,12), y que nos invita a un doble acto, de asentimiento confiado y de meditación exploradora. ¿Puede ser esto realidad en nuestros días? ¿Puede lograrse una regeneración del pensamiento del hombre moderno, estimulado para la búsqueda de la verdad científica, y capacitado para acoger y contemplar aquella Verdad, que constituye una sola cosa con la Vida?” (Catequesis, 14-noviembre-1973).

            La fe es la respuesta adecuada a la inteligencia humana y es su luz; la inteligencia es guiada por la fe para conocer más y mejor; y a su vez la fe que acepta busca entender y comprender. ¡Qué necesarios son para, siempre y hoy tal vez aún más, el pensamiento y la reflexión, la lectura, la formación, la catequesis, el estudio personal! ¡Cuán necesario se revela hoy un conocimiento sistemático, profundo, riguroso, de la fe para el laicado católico! El estudio de la fe y la formación del católico, además, es urgente por cuanto muchos planteamientos y conductas de creyentes, y muchas crisis y dudas son debidos a la ignorancia, a la poca consistencia de nuestro conocimiento:


martes, 11 de junio de 2019

La belleza de la verdad (y II)



            La Iglesia prolonga la presencia de Cristo y de Él ha recibido una misión: “id y enseñadles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,20). El Espíritu Santo la irá llevando “a la verdad completa” (Jn 16,12), actualizando la Palabra de Cristo y desvelando sus insondables riquezas. La Iglesia recibe de su Señor el “depositum fidei” (2Tm 1,14), lo guarda con aprecio, lo entrega sin alterarlo, lo comunica sin deformarlo. La Iglesia, que es apostólica, deviene de esta forma “cooperadora de la verdad”.


   
         El catolicismo se distingue por tener la suerte de poseer el Magisterio de la Iglesia y la unidad de la doctrina preservando así el depósito de la fe de la subjetividad y de las opiniones personales, tal como hacen el protestantismo y muchos grupos eclesiales que se tienen por modernos y progresistas. 

          El modernismo, hijo del protestantismo liberal fue la corriente subterránea que afloró en el postconcilio y que azotó la Iglesia. Todo es mito, leyenda elaborada, no hay autoridad alguna, triunfo del subjetivismo, libre interpretación, omitir lo que pueda ser incómodo o difícil para la mentalidad actual, para terminar con el moralismo del “compromiso” y el lenguaje vacío de la “solidaridad”, justificándose en un hipotético “espíritu del Vaticano II” que sólo existe en su fantasía sin que jamás hayan leído los documentos de este Concilio. 

             El Magisterio es lo suficientemente prudente para no admitir en su seno corrientes que dinamiten la fe y la Tradición eclesial: y eso es el modernismo, ayer con el nombre de “disenso” y “contestación” en la etapa postconciliar, y hoy con el disfraz de la creatividad pastoral. Aquel modernismo de principios del siglo XX desencadenó, entre otros fenómenos, la secularización interna de la Iglesia.

martes, 14 de mayo de 2019

La belleza de la verdad (I)



            A los oídos de nuestros contemporáneos, muchos de ellos también católicos, no les suena bien las palabras “verdad”, “dogma”, “magisterio”, “doctrina”. Son hijos de su época, y muy marcados por las corrientes de moda que crean una forma de pensamiento, se sienten incómodos en el interior de la Iglesia que se define como depositaria de la verdad, como “columna y fundamento de la verdad” (1Tm 3,15).



            Muy alarmados, se preguntan y cuestionan: ¿Qué Verdad? Como Pilato, escéptico, dicen: ¿y qué es la verdad? ¿Existe? ¿Se puede conocer? 

           El pensamiento dominante se llama relativismo e influye hoy en todos los ámbitos. Se afirma que no existe la verdad o que si existe no se puede llegar a conocerla. En su lugar la verdad se ha sustituido por verdades parciales, por opiniones que son modos de ver de cada cual. Si no existe la verdad, todo es opinable, cada cual puede pensar lo que quiera y sería verdadero. La verdad ha sido sustituida por opiniones. Todo da igual, es relativo. La verdad ya no se descubre por la fuerza de la misma verdad que persuade y seduce y se ajusta a las exigencias profundas del corazón. 

          La verdad responde a estas exigencias del corazón y el hombre es capaz de conocerla por la estructura de su razón, creada por Dios.

sábado, 10 de junio de 2017

La vocación del teólogo

Valoremos qué hace un teólogo verdadero en el seno de la Iglesia, cuál es su misión, de qué modo realizarla y valoremos igualmente la importancia de una teología sana, honda, razonable, fruto del estudio, de la oración y de la vivencia del seguimiento de Cristo. 

Y es que la teología es necesaria en la Iglesia y ser teólogo es una vocación y misión pastoral que nadie se puede atribuir (y menos identificando teología con 'la frontera', la 'disidencia' o el falso profetismo que ataca a la Iglesia y al Magisterio).




"Entre las vocaciones suscitadas de ese modo por el Espíritu en la Iglesia se distingue la del teólogo, que tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia.

Por su propia naturaleza, la fe interpela a la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3,19), sin embargo invita a nuestra razón -don de Dios otorgado para captar la verdad- a entrar en su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al Pueblo de Dios, según el mandamiento del Apóstol (cf. 1P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a quienes se lo piden.

El trabajo del teólogo responde así al dinamismo presente en la fe misma: por su propia naturaleza, la Verdad quiere comunicarse, porque el hombre ha sido creado para percibir la verdad y desea en lo más profundo de sí mismo conocerla para encontrarse en ella y descubrir allí su salvación (cf. 1Tm 2,4). Por esta razón, el Señor envió a sus Apóstoles, para convertir en "discípulos" a todos los pueblos y les prediquen (cf. Mt 28,19s). La teología que indaga la 'razón de la fe' y la ofrece como respuesta a quienes la buscan, constituye parte integral de la obediencia a este mandato, porque los hombres no pueden llegar a ser discípulos, si no se les presenta la verdad contenida en la palabra de la fe (cf. Rm 10,14s).

miércoles, 22 de febrero de 2017

¡La Verdad! (meditación - reflexión)

¡La Verdad!

¿Y qué es la Verdad? -pregunta el escéptico Pilato, un relativista moderno.

Pero resulta que Alguien se ha proclamado "el Camino y la Verdad y la Vida" (Jn 14,6).




En Cristo ha brillado la gracia y la verdad, por Él nos han venido (cf. Jn 1,1-18). El mismo hombre creado, que participa del Logos por medio de su razón-inteligencia tiene tal estructura que está hecho para la Verdad y sin la Verdad se halla frustrado. El hombre ha sido creado capaz de Dios, por tanto, su razón es capaz de abrazar la Verdad y reconocerla.

La Verdad es nuestro anhelo, perenne necesidad, eterna felicidad.

"Movido por un amor sin medida, Dios ha querido acercarse al hombre que busca su propia identidad y caminar con él (cf. Lc 24,15). Lo ha liberado de las insidias del "padre de la mentira" (cf. Jn 8, 44) y lo ha introducido en su intimidad para que encuentre allí, sobreabundantemente, su verdad plena y su verdadera libertad. Este designio de amor concebido por el "Padre de la luz" (St 1,17; cf. 1P 2,9; 1Jn 1,5), realizado por el Hijo vencedor de la muerte (cf. Jn 8,36), se actualiza incensantemente por el Espíritu que conduce "hacia la verdad plena" (Jn 16,13).

La verdad posee en sí misma una fuerza unificadora: libera a los hombres del aislamiento y de las oposiciones en las que se encuentran encerrados por la ignorancia de la verdad y, al abrirles el camino hacia Dios, une a unos con otros. Cristo destruyó el muro de separación que los había hecho ajenos a la promesa de Dios y a la comunión de la Alianza (Cf. Ef 2,12-14). Envía al corazón de los creyentes su Espíritu, por medio del cual todos nosotros somos en Él "uno solo" (cf. Rm 5,5; Gal 3,28). Así llegamos a ser, gracias al nuevo nacimiento y a la unción del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5; 1Jn 2, 20. 27), el nuevo y único Pueblo de Dios que, con las diversas vocaciones y carismas, tiene la misión de conservar y transmitir el don de la verdad. En efecto, la Iglesia entera, como "sal de la tierra" y "luz del mundo" (cf. Mt 5, 13-14), debe dar testimonio de la verdad de Cristo, que hace libres.

miércoles, 20 de julio de 2016

El ansia del hombre, llegar a Dios

La antropología cristiana es la reflexión sobre el hombre a la luz de Cristo, o sea, de la revelación plena. Tema éste necesario para saber quiénes somos, qué nos aguarda, cuál es nuestro destino y dignidad, cómo son nuestras capacidades.

En el hombre creado destaca un deseo de Dios; hay en su interior un deseo de llegar a Dios y alcanzarlo, y mientras no lo logre, el corazón estará inquieto, buscando donde apaciguarse, asentarse.


La orientación fundamental del hombre es Dios, por quien suspira. Para ello, ha dejado sus huellas en la creación, en lo creado, y en el mismo hombre también, para que a través de ellas podamos alcanzar un cierto conocimiento de Dios, conocimiento natural, que ojalá, en todos los casos, sea completado por la fe y el conocimiento sobrenatural.

El buen uso de la razón, o incluso meramente usar la razón sin marginarla ni desconfiar de ella, sería una buena herramienta, necesaria, para conocer a Dios. "Pensad bien", es un consejo de Pascal que a todos nos vendrá bien aplicar.

No creamos que esta catequesis es ni complicada ni lejana a la experiencia de lo concreto de nuestras vidas; tal vez sea central, perteneciente a lo primero que hallamos si miramos la naturaleza humana, y por tanto, punto de conexión para poder dialogar con los demás, con quienes aún no creen o vacilan.

                "¿Cómo se llega a conocer a Dios? Esta es la gran pregunta, que atormenta al espíritu moderno. Es cuestión antigua, tan antigua como la historia del hombre; pero hoy es cuestión que se ha hecho atormentada porque el progreso del conocimiento humano ha hecho más exigente la necesidad de dar a tal pregunta una respuesta satisfactoria con relación a los hábitos de nuestra mentalidad, es decir, a nuestra racionalidad crítica y científica y al empeño cognoscitivo de nuestra experiencia sensible. Se produce ahora el hecho de que este progreso nuestro del conocimiento parece encontrar, y encuentra en la práctica, mayores dificultades para llegar a Dios, que las que encontraba en tiempos pasados, cuando se admitía y presuponía normalmente el conocimiento de Dios en todas las formas del pensar; mientras hoy el conocimiento de Dios no se propone como principio indiscutible, sino como conclusión final del mismo pensamiento. Y es difícil llegar a tal conclusión. Se diría que nos hemos hecho más inteligentes, más instruidos, y al mismo tiempo menos religiosos, o sea, menos capaces de llegar a Dios.

El vacío y las modernas consecuencias del ateísmo

                ¿Tendremos que renunciar a tal conquista? El ateísmo contemporáneo responde: sí, debemos renunciar. Esta respuesta, al parecer tan simple, produce un vacío tal en el pensamiento y en la vida del hombre que llega a suscitar grandes y graves problemas, y a turbar la confianza en el mismo pensamiento, o en el sentido positivo de la vida. Quienes creen poder fundar un humanismo sobre el ateísmo vienen a ser en realidad profetas de un nihilismo, que se presenta en primer lugar todo él gratuito, inestable, irracional, y que suple esta carencia con nociones empíricas o insuficientes, con sistemas arbitrarios y violentos, y más tarde con conclusiones pesimistas, revolucionarias y desesperadas. Y el gran ausente, Dios, llega a ser la pesadilla de quien reclama la verdad al pensamiento. Encontramos testimonios de los literatos: “Dios me ha atormentado toda la vida”, dice, por ejemplo, un personaje representativo de un célebre escritor ruso, Dostoievski).

miércoles, 13 de julio de 2016

La Iglesia, la historia y la historia de la Iglesia

Por varias razones, este discurso de Pablo VI me ha llamado la atención y creo que nos puede iluminar.

Aborda de qué manera acercarse a la historia y estudiarla. Algo tan sencillo, que sin embargo ha sido manipulado en tantas ocasiones, tergiversando la historia, o silenciándola, o manipulándola, o mostrándola desde el prisma de diferentes ideologías y memorias. La historia nada tiene que ver con ello, pues ella estudia los hechos pasados, con documentos, con la verificación propia de esta ciencia.


Conocer la historia, qué duda cabe, enriquece a todos al ver de dónde venimos y las causas profundas, siempre varias y no una única causa, que desemboca en la vida de los hombres y sus cambios, a veces dramáticos.

También es bueno, buenísimo, conocer la historia de la Iglesia, inmunizándonos así a las leyendas negras que circulan interesadamente y que una mente acrítica, o con poca base, asumiría sin dudar. Recordemos, por ejemplo, cómo san Felipe Neri en su Oratorio, dedicaba mucho tiempo a explicar la historia de la Iglesia a sus jóvenes. Somos un pueblo con una historia concreta, y esa historia la hemos de conocer nosotros desde ella misma y no desde fuera, con los prejuicios de las leyendas que circulan impunemente.

Se trata de estudiar, de leer, de formarse y forjarse criterios. La Iglesia no tiene miedo a la historia, porque ni la magnifica ni la disfraza; en todo caso, tiene miedo de los manipuladores de la historia.

Veamos las orientaciones que ofrecía Pablo VI en un discurso.

"Quisiéramos deciros hoy brevemente lo que constituye, a los ojos de la Iglesia, la dignidad de la historia. 
El primer punto que se impone a la atención es el rigor de su método. El método histórico está basado en la investigación: investigación del documento, del texto auténtico, del escrito contemporáneo de los acontecimientos que se estudian. Investigación muchas veces larga y difícil, a veces recompensada -no siempre- por el descubrimiento inesperado del documento que viene a esclarecer un aspecto de la realidad histórica, a confirmar una hipótesis largo tiempo acariciada. Esta investigación supone calidades y virtudes que tienen gran precio a los ojos de la Iglesia; en primer lugar, la paciencia, que es la compañera fiel del investigador en un trabajo con frecuencia árido y monótono; la perseverancia en el estudio de los textos; el arte de interpretarlos, de hacer revivir una época más o menos lejana y olvidada, de insertar un dato aislado en un contexto general.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Matricularse en la Universidad (y II)

A la hora de ir a la Universidad y pasar unos años decisivos en ella, habría que preguntarse: ¿Qué es la Universidad? ¿Qué puedo esperar y qué debo buscar en ella? También todos los demás habremos de mirar a la Universidad sabiendo lo que es y la función primordial que representa para la vida social, para la cultura, para la formación de las distintas generaciones.

Y para saber y valorar la Universidad, y los jóvenes y docentes para vivirla intensa y profundamente, la fe católica ilumina nuestra propia razón para valorarla justamente y aunar esfuerzos y búsquedas.

Son descriptivas las palabras del papa Benedicto XVI:

"Pero ahora debemos preguntarnos: ¿Y qué es la universidad?, ¿cuál es su tarea? Es una pregunta de enorme alcance, a la cual, una vez más, sólo puedo tratar de responder de una forma casi telegráfica con algunas observaciones. Creo que se puede decir que el verdadero e íntimo origen de la universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere la verdad. En este sentido, se puede decir que el impulso del que nació la universidad occidental fue el cuestionamiento de Sócrates. Pienso, por ejemplo —por mencionar sólo un texto—, en la disputa con Eutifrón, el cual defiende ante Sócrates la religión mítica y su devoción. A eso, Sócrates contrapone la pregunta: "¿Tú crees que existe realmente entre los dioses una guerra mutua y terribles enemistades y combates...? Eutifrón, ¿debemos decir que todo eso es efectivamente verdadero?" (6 b c). En esta pregunta, aparentemente poco devota —pero que en Sócrates se debía a una religiosidad más profunda y más pura, de la búsqueda del Dios verdaderamente divino—, los cristianos de los primeros siglos se reconocieron a sí mismos y su camino.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Matricularse en la Universidad (I)

La Universidad es un templo del saber, el lugar para potenciar la razón y saberla usar. Muchos jóvenes se matriculan en la Universidad, y para los jóvenes católicos, y para quienes se relacionan con el mundo académico en los estudios superiores, debe ser vivido el ámbito universitario como un desafío, un reto, para desarrollar su razón y crecer en la sabiduría, guiados por la fe. Será la fe la que acompañe y purifique la razón. Esto ha de ser integrado en los católicos que viven su etapa de formación universitaria.


La razón se reduce cuando se limite a lo empírico, a lo meramente experimentable, sin buscar las razones y causas últimas, sin buscar el sentido. La razón se ha limitado al ámbito de lo verificable mediante experimento, el método prueba-error, haciendo de la razón una "razón práctica". Se acumulan conocimientos técnicos, pero se ha renunciado a buscar la Verdad y ha dejarse interpelar por los interrogantes últimos.

La razón está abierta al Misterio, consciente de que es mucho lo que puede abarcar y comprender, pero que el Misterio es siempre mayor que la propia capacidad humana de análisis racional. El racionalismo cierra la razón en sí misma, y todo lo somete al imperio de la razón, rechazando orgullosamente aquello que se le escape y no pueda dar una explicación racional.

En la Universidad, bien vivida y con deseo de sinceridad y Verdad, un joven católico y un docente pueden trabajar fecundamente cuando unen fe y razón, pues ese es el ámbito más verdadero de la Universidad, no simplemente el curriculum de créditos, exámenes y trabajos. La Universidad es algo más: el ámbito del Logos, de la razón. Con palabras del papa Benedicto XVI:

jueves, 30 de julio de 2015

Formarse para ser portavoces del Verbo

Al servicio de Jesucristo, Verbo de Dios, hemos de poner todo cuanto somos y las capacidades de nuestra alma: inteligencia, voluntad y afectos. Todo al servicio del Verbo.

La buena voluntad no basta, porque se puede dejar llevar de iluminismos, o de la subjetividad, o de ideologías que sin analizarse a fondo, aparentan ser cercanas o impactantes. Con la buena voluntad no se vive.


La razón-inteligencia ha de cultivarse y ponerse también al servicio de la Palabra y así el estudio, la formación cultural, serán recursos indispensables pensando en el mundo con el que hemos de hablar y al que hemos de anunciar. Tengámoslo claro: la formación sólida es imprescindible, y no se puede suplir por la buena voluntad o por la piedad (mejor, por el pietismo).

Un discurso del papa Benedicto XVI a los seminaristas les orienta el camino que hay que recorrer; pero es claramente extensible tanto a los sacerdotes ya ordenados como a los laicos que tomen en serio su apostolado seglar. Decía el Santo Padre:

"La formación del sacerdote requiere integridad, plenitud, ejercicio ascético, constancia y fidelidad heroica en todos los aspectos que la constituye; en el fondo debe haber una sólida vida espiritual animada por una relación intensa con Dios a nivel personal y comunitario, con especial cuidado en las celebraciones litúrgicas y en la frecuencia de los sacramentos.
 

jueves, 16 de julio de 2015

La Iglesia como instancia crítica

La Iglesia, por su propia naturaleza, es una instancia crítica que purifica la razón, que la ayuda en el desempeño de su misión: contemplar la Verdad.


Ante la cultura que niega la Verdad, o que instrumentaliza el uso de la razón, o que niega su capacidad de conocimiento (pensamiento débil) y la reduce a lo experimental, lo técnico o lo científico, la Iglesia se convierte en valedora de la razón. Sí, valedora de la razón, su defensora leal, sin los recortes de la Ilustración, del racionalismo o de la post-modernidad.

Esto conlleva sus consecuencias prácticas y pastorales y asumir una misión en el seno de la cultura occidental. Necesitaremos una mente abierta, despierta, para asumir estos nuevos retos que tal vez no nos parezcan inmediatos pero que son las bases de la vida social, cultural y familiar.

El trabajo y la reflexión las marcan un discurso del papa Benedicto XVI; lo que señala para Estados Unidos -es un discurso a un grupo de obispos en visita ad limina- es válido para toda cultura occidental.


"La Iglesia en Estados Unidos, por su parte, está llamada, en todo tiempo oportuno y no oportuno, a proclamar el Evangelio que no sólo propone verdades morales inmutables, sino que lo hace precisamente como clave para la felicidad humana y la prosperidad social (cf. Gaudium et spes, 10). Algunas tendencias culturales actuales, en la medida en que contienen elementos que quieren limitar la proclamación de esas verdades, sea reduciéndola dentro de los confines de una racionalidad meramente científica sea suprimiéndola en nombre del poder político o del gobierno de la mayoría, representan una amenaza no sólo para la fe cristiana, sino también para la humanidad misma y para la verdad más profunda sobre nuestro ser y nuestra vocación última, nuestra relación con Dios. Cuando una cultura busca suprimir la dimensión del misterio último y cerrar las puertas a la verdad trascendente, inevitablemente se empobrece y se convierte en presa de una lectura reduccionista y totalitaria de la persona humana y de la naturaleza de la sociedad, como lo intuyó con gran claridad el Papa Juan Pablo II.

viernes, 19 de junio de 2015

Santidad, cultura y razón (Palabras sobre la santidad - XIV)

En el mundo de la cultura, el mundo del pensamiento, de la investigación, de la Universidad, del arte..., el mundo de la razón y de la búsqueda de la Verdad, también los santos son necesarios.


Ellos pueden, por su vida interior llena de Dios, emplear la razón plena y absolutamente, sin las cortapisas de la ideología o de un pensamiento débil que desconfía de la razón y apoya el vitalismo del sentimiento. Ellos, los santos, por su experiencia de Dios, pueden buscar y mostrar la Verdad enfrentándose al nihilismo reinante y al relativismo que afirman que la Verdad no existe, que todo depende de las opciones personales de cada uno y que no existe nada más allá de lo que vemos y sentimos. Éste es el pensamiento de la postmodernidad... que se infiltra en las aulas, en la tele, en el cine, en los debates, en los libros y novelas...

viernes, 30 de enero de 2015

El cristianismo no es costumbre, sino...

Desde el principio, y esto es tremendamente llamativo, el cristianismo ni se relacionó ni se encuadró entre las religiones de su tiempo. No se concebía a sí mismo como una religión, sino que buscó el diálogo y la relación con la filosofía, ya que se concebía a sí mismo como "filosofía".

¿Cuáles eran las diferencias para que el cristianismo hiciese una opción así?

Las religiones de aquel tiempo eran un culto exterior, unos sacrificios rituales, vinculados a la vida del propio Estado. En nada incidían en la vida ni había una componente existencial: entraban en el marco de lo político, de la res publica, garantizando el orden social. Tampoco tenían nada que ver ni con la verdad ni con Dios mismo, pues el panteón admitía absolutamente todo en igualdad de condiciones. Estaba, pues, más relacionado con la costumbre social que con la verdad de la adoración.

La filosofía, por el contrario, marcaba el estilo de vida del filósofo que vivía buscando la Verdad, con una ética concreta. Su discurso estaba marcado por la razón y el diálogo. Aquí el cristianismo encontró un camino trazado: el Logos era Jesucristo, el diálogo era la controversia razonable para buscar la Verdad, y aquí los seguidores de quien es la Verdad desarrollaron su acción. El componente ético, elevado, de los filósofos, con un peculiar estilo de vida cuadraba más con lo nuevo del cristianismo: éste era la verdadera filosofía y enseñaba un modo elevado, moral, de vivir.

El cristianismo, profundamente razonable -no racionalista, no confundamos-, dialoga o puede dialogar con quienes buscan la Verdad mediante la razón. Es el diálogo fe y cultura, o, dicho de otra manera, el diálogo con nuestro mundo para mostrarle a quien es la Verdad, el Camino, la Vida. El cristianismo ni es costumbre ni son ritos religiosos vacíos en un orden social, sino la Verdad entrando en la historia.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Tareas de la Universidad

Para un católico, que sabe que el Logos se ha hecho carne, la Universidad debe ser algo querido e importante, porque es un templo para la sabiduría y para la razón donde la fe empuja a conocer más y mejor, saboreando la sabiduría.

Desde luego habrá que olvidar la imagen de tantas y tantas Facultades que se han convertido en una mera escuela casi de secundaria, con bajísimo nivel intelectual, académico e investigador, para ser un lugar de expender algunos títulos académicos, tras unos exámenes, y con una gran carga ideológico que impide que la razón busque y profundice. Habremos de alejar la imagen, y convertir transformando el hecho mismo, de que la Universidad es un lugar para todos durante bastante años, independientemente del deseo de crecer, de saber y de adquierir un saber universal, integrador. Todos los jóvenes se matriculan en la Universidad sin saber ni el porqué ni el para qué ni desear nada.

"Nuestro tiempo es un tiempo de grandes y rápidas transformaciones, que se reflejan también en la vida universitaria: la cultura humanista parece afectada por un progresivo deterioro, mientras que se pone el acento en las disciplinas llamadas “productivas”, de ámbito tecnológico y económico; hay una tendencia a reducir el horizonte humano al nivel de lo que es mensurable, a eliminar del saber sistemático y crítico, la cuestión fundamental del sentido. La cultura contemporánea, entonces, tiende a confinar a la religión fuera de los espacios de la racionalidad: en la medida en la que las ciencias empíricas monopolizan los territorios de la razón, no parece haber espacio para la razón del creer, por lo que la dimensión religiosa es relegada a la esfera de lo opinable y de lo privado. En este contexto, las motivaciones y las mismas características de la institución universitaria se ponen en cuestión radicalmente.

domingo, 26 de enero de 2014

La vida íntima del teólogo

¿A qué nos referimos con la vida íntima del teólogo?

A aquello que es la fuente de su vida y la dirección que marca su vocación teológica.

La fuente de la vida del teólogo es el Logos, que lo ha aprehendido, y el teólogo se ha dejado llevar, contemplando, razonando, amando, dejándose interpelar... Este Logos, la Razón, el Verbo, la Palabra, se ha hecho carne en Jesucristo. El teólogo se pone a la escucha y ejercita la fe que busca entender. Superando un mero racionalismo, descubre el Logos y las posibilidades de la razón puestas en el orden de la fe y al servicio de la fe.

"No es que yo crea que con sus libros los teólogos hayan sido los operarios más serviciales en la Iglesia; no, pero también estoy convencido de que sin ellos ciertas misiones sagradas suyas no se pueden cumplir. Sin el logos del teólogo, la fe puede convertirse en magia o en ideología, sucumbir al poder o desconocer sus orígenes en una historia particular, olvidar que ella se nutre de memoria, experiencia y esperanza, que, por tanto, siendo la vida presente sagrada, ella reclama y abre a la vida eterna, aquella que sólo Dios nos puede otorgar. La teología, hoy como siempre, es un carisma al servicio de Dios y de los hombres en la Iglesia.

Quienes nos dedicamos a ella no la hemos elegido, sino que nos hemos encontrado elegidos para esa misión por una especial invitación de Dios o por obediencia a quienes con la autoridad apostólica nos encargaron su cultivo. Ella es un servicio a la fe, la esperanza y la caridad" (O. González de Cardedal, La teología en España (1959-2009), Madrid 2010, p. 444).

domingo, 21 de julio de 2013

"¿Y qué es la verdad?"

¡Casi nada!

Es la gran pregunta del escéptico, Pilato, aunque no exenta de búsqueda.

Es la pregunta del hombre de hoy al que se le ha inculcado que todo "depende", bebiendo del relativismo existente.


"Depende": depende lo útil porque si no sirve, para qué la verdad, "depende" de las ideologías y de las modas del momento; "depende" de la confianza que se tenga en la razón o de su negación... "¡Depende!"

El diálogo -¿o era monólogo?- de Pilato sintetiza las dudas y cuestiones del hombre postmoderno, tan pagado de sí mismo, anclado en el relativismo y desconfiando de la razón para proyectar el peso fuerte en el sentimiento (vitalismo, emotividad, afectividad desordenadísima, impulsos).
¿Y qué es la verdad?

jueves, 3 de enero de 2013

El Logos, la razón, ¡y un Niño!

La razón racionalista -valga la expresión- se encierra al final en sí misma; presumiendo de sabia se hace necia porque sólo admite aquello que llega a comprender y abarcar o medir. La razón racionalista, la razón ilustrada, es tremendamente estrecha, aunque presuma y se vanaglorie de exacta, precisa, conocedora de todo; tan estrecha, que lo que no entiende o no puede llegar a abarcar se cree con derecho a negar su existencia, su valor y arrinconarla en el inmenso cajón-desastre de la "superstición", superchería, o pre-racional.



¡Cuántos choques y cuántos prejuicios! Sólo porque partían del principio de la universalidad de la razón humana y su omnipotencia se encuentran luego con realidades que les es imposible comprender. Han usado mal la razón porque la han cerrado en lugar de abrirla a aquello que la supera. Se dan de bruces con la realidad una y otra vez. Lo que era "científico" ayer, hoy es desechado, saltando de "dogma" en "dogma científico" según pueda avanzar la razón en el orden práctico, científico o filosófico.

Pero hay un salto abismal -y lo han dado, y se han caído en el precipicio- cuando realidades que la superan, de orden trascendente y no por ello menos reales, son subestimadas por el prejuicio y el orgullo intelectual de esa razón ilustrada, de ese racionalismo presuntuoso.

El Logos, la razón de todas las cosas, la Inteligencia ordenadora y creadora de todo, el principio último de cuanto existe, no es el azar ni la casualidad, que se pueda determinar en un laboratorio o en una tribuna cultural. Ya lo sabían los filósofos de la antigüedad. El Logos está en Dios mismo: es el Verbo, la Palabra.

Pero la locura mayor que excede a esa razón empequecida, a ese pensamiento débil de la postmodernidad, es el momento en que la razón creadora de todo entra en la historia, en el tiempo, haciéndose carne en un niño, en un bendito niño, que es el Hijo de Dios. La razón así entendida se choca con el Misterio de la Razón.