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miércoles, 24 de marzo de 2010

Viacrucis: La Resurrección de Jesús (XV)

15ª Estación: La santa Resurrección de Jesús

Nada tendría sentido y quedaría la redención inacabada, si el Señor no hubiese resucitado de entre los muertos. ¡Resucitó el Señor!. Lo vieron vivo, el sepulcro vacío, las vendas y el sudario –como si el cadáver se hubiese evaporado dentro de la sábana- estaban en su sitio, comieron los discípulos con él, se les apareció en distintas ocasiones. ¡Resucitó el Señor! Cada año, la noche de Pascua, la Iglesia reúne a sus hijos en vela en la liturgia más solemne y espectacular del año, la santa Vigilia pasc
ual, para asistir gozosa a la Resurrección de su Señor y Esposo. ¡Qué deseo, qué anhelo, qué impaciencia en el corazón de un católico fiel por llegar a asistir, vivir, exultar en la Vigilia pascual!

¡Resucitó el Señor!

Resucitó: todo cambia, la creación se renueva.

Resucitó: su luz disipa las tinieblas del corazón y del
espíritu.
Resucitó: triunfa el amor de Cristo sobre el odio del pecado.

Resucitó: venció sobre la muerte, comienza la vida nueva
.

Y porque Cristo ha resucitado es posible la esperanza, la caridad, la vida, la gracia, la misericordia, la luz, la razón. Y porque Cristo ha resucitado, el hombre no está solo, pues el Señor se hace Compañero de camino, Presencia, Palabra cálida y reconfortante. Y porque Cristo ha resucitado la vida no queda confinada a los límites del tiempo y aniquilada por la muerte, sino que la vida se proyecta a la eternidad del cielo, al Amor de Dios y la Compañía de los Santos, como explicaba Pablo VI: “Quien ha muerto en Cristo, en Cristo resucitará. La muerte corporal no es el inexorable fin de nuestra existencia: es el sueño que precede a una nueva jornada sin ocaso. ¡Maravilloso, maravilloso! Sí, así es, ciertamente. ¿No cambia entonces la valoración de todo lo presente? Si esta breve, precaria, sufrida existencia, juzgada según la ley del reloj universal, el tiempo, está en coordinación con otra sucesiva y sin fin, ¿no cambia entonces la clasificación de los valores presentes? ¿No deben ser juzgados en función de los futuros? Y si estos bienes futuros quedan determinados según los presentes: ¡qué responsabilidad, qué precio adquieren precisamente estos valores de nuestra cotidiana existencia!” (Pablo VI, Mensaje Pascual, 10-abril-1977).

Resucitó el Señor.
El Cordero pascual ha sido inmolado.
Brilla la luz de Cristo sobre el mundo.
Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado.

(n.b. ¿Cómo es posible, así pues, que los católicos no acudan en masa a sus parroquias para celebrar la Vigilia pascual? ¿Cómo para esto muchos se sienten con libertad para ignorar la Tradición de la Iglesia (y para algunas minucias se les llena la boca con la Tradición)? ¿Tal vez porque no hay costumbre de asistir? ¿Celebramos su muerte acudiendo a la iglesia, abandonamos su resurrección en la Vigilia? ¡Santa Pascua, te ansiamos, te saludamos ya!)

lunes, 22 de marzo de 2010

Viacrucis: Jesús es sepultado (XIV)

14ª Estación: Jesús es sepultado

Comentaba san Juan Crisóstomo: “La providencia de Dios dispuso que fuera depositado en una tumba nueva donde nadie había sido enterrado aún, a fin de que no se pensara que la resurrección lo había sido de alguna otra persona que yaciera allí con él, y para que los discípulos pudieran ir fácilmente y así convertirse en testigos oculares de lo que aconteciera, ya que el lugar era accesible. Y a fin de que no sólo ellos fueran testigos del enterramiento, sino también los enemigos de Cristo. Pues la colocación de los sellos de la tumba y el hecho de apostar soldados como guardas atestiguaban el enterramiento. Cristo se esforzó para que esto fuera reconocido no menos claramente que la resurrección. Los discípulos, por tanto, se esmeraron mucho en el enterramiento para probar que realmente había muerto” (In Ioan., hom. 85,4).

La solidaridad de Cristo nos redime. Esta solidaridad de su amor para con los pecadores sobrepasa todo lo que podamos imaginar o pensar. En Él está el dolor de los pecadores. Cristo ha bajado a lo más profundo de la tierra cuando bajó a los infiernos, para buscar las almas de los escogidos. Dios transformó este abismo en camino.

Es real su descenso a la región de tinieblas y muerte y así se introducen el amor, la luz y la vida donde nada había. “El que acaba de morir es distinto de todos los demás muertos. Murió puramente de amor; murió de amor humano-divino; más aún, su muerte fue el acto supremo de ese amor, y el amor es lo más vital que existe. Y así su verdadera condición de muerto –y esto significa la pérdida de cualquier contacto con Dios y con los demás hombres...- es también un acto de su amor más vital. Allí, en la extrema soledad, ese amor se predica a los muertos, más aún: se comunica a los muertos” (Von Balthasar, Meditaciones sobre el Credo apostólico).

El amor de Cristo penetra en la angustia, la oscuridad y el sinsentido. Entonces la esperanza es posible, porque asumiéndolo todo, todo lo redime. Más aún: resulta sorprendente meditar cómo la angustia del mundo, experimentada por cada hombre, queda asumida y redimida por la angustia de Jesús, el abandono y el silencio del Padre, hasta el extremo, hasta la muerte, hasta la soledad del reino de las tinieblas. Así cualquier hombre –nosotros, tú, yo- es comprendido por Cristo y Cristo conoce tu angustia y dolor porque antes Él los ha padecido para transformarlos: las tinieblas serán iluminadas por la luz de la Pascua, y la esperanza vencerá todo abatimiento, desconsuelo y noche oscura. Y es que nada de lo humano le es ajeno a Cristo. La esperanza es posible porque Cristo la ha conquistado para el hombre. En la encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI ofrecía una contemplación del descenso a los infiernos de Cristo: “Cristo ha descendido al “infierno” y así está cerca de quien ha sido arrojado allí, transformando por medio de él las tinieblas en luz. El sufrimiento y los tormentos son terribles y casi insoportables. Sin embargo, ha surgido la estrella de la esperanza, el ancla del corazón llega hasta el trono de Dios. No se desata el mal en el hombre, sino que vence la luz: el sufrimiento –sin dejar de ser sufrimiento- se convierte a pesar de todo en canto de alabanza” (n. 37).

Nace la esperanza; nace para ti, siempre hay esperanza ya que Cristo baja a los infiernos de tus problemas, de tu soledad, de tu angustia; baja a las tinieblas de tu oscuridad interior, de tu desolación. Te comprende, te ama y te conforta... porque ya se empieza a vislumbrar la luz pascual. Sé fuerte, ten ánimo: nace la esperanza para ti.

sábado, 20 de marzo de 2010

Viacrucis: El descendimiento de Jesús de la cruz (XIII)

13ª Estación: El descendimiento de Jesús de la cruz

Ha muerto pronto, más lo que era usual para un crucificado que tardaba en morir ahogándose por asfixia y cansancio algunos días. Los pocos que le eran fieles estaban al pie de la cruz y bajan –solicitado y obtenido el permiso de Pilato- el cuerpo muerto de Jesús. Contemplad los rostros, mirad la tristeza y la impotencia que sienten viendo la injusticia que se ha cometido con Cristo y cómo ha quedado su cadáver. Lo depositan en el regazo de su Madre. La Virgen María recibe el
Cuerpo de Cristo. Lo recibe con la misma obediencia con que lo concibió por obra del Espíritu en su seno. Antes, todo fue luz; ahora, las tinieblas se ciernen sobre la tierra.

Para recibir el cuerpo de Jesús sólo hay una actitud espiritual posible, el amor, la reverencia, la adoración, pues ese Cuerpo bendito es el Cuerpo del Hijo de Dios hecho hombre. María recibe el Cuerpo de Cristo inmolado. Nos conmueve la piedad y ternura del momento. Pero también hoy es real la posibilidad de recibir el cuerpo del mismo Cristo, y lo recibimos y acogemos en cada comunión, en el acto mismo de comulgar. El pan consagrado ya es el mismo Jesucristo pero ahora Glorioso, Vivo, Fuerte.


¡Qué poder más eficaz y santificador tiene la comunión cuando se comulga con devoción, recogimiento, fervor, hambre de Cristo y en gracia de Dios! ¡Qué terrible y triste, por el contrario, tantas comuniones rutinarias, sin amor, sin examinar, sin prepararse ni dar gracias después! Las almas progresarían mucho en santidad si sus comuniones fueran fervorosas, con unción, piedad y amor.


Cuerpo de Cristo místico es la Iglesia, cuya Cabeza es el Señor y nosotros miembros suyos; Cuerpo de Cristo es la Iglesia y recibimos este Cuerpo eclesial, significado en el Sacramento, con amor. ¿Acaso habría otra forma de recibir a la Iglesia, más que con amor?, ¿otra manera que no sea “sentir con la Iglesia”, obedecer a sus pastores, profesar la fe ortodoxa, celebrar fielmente la liturgia según sus normas, vivir la vida moral que brota del Bautismo? ¿Acaso se puede recibir a la Iglesia si no es amándola apasionadamente, con obediencia y aportándole lo nuestro y a nosotros mismos? Es verdad que tiene arrugas y heridas pero éstas son las debilidades, los defectos, los pecados, el orgullo, el protagonismo, la ambición, de quienes la formamos y que ensombrecen y afean su belleza sin igual.


¡Santa Iglesia, Cuerpo de Cristo que recibimos de la Virgen! “Alabada sea también esta gran Madre por el Misterio divino que nos comunica, introduciéndonos en él por la doble puerta que constantemente está abierta de su Doctrina y de su Liturgia. Alabada sea por el perdón que nos garantiza. Alabada sea por los hogares de vida religiosa que suscita y protege, y cuya llama sostiene. Alabada sea por el mundo interior que nos descubre y en cuya explotación nos lleva de su mano. Alabada sea por el deseo y la esperanza que fomenta en nosotros. Alabada sea también por todas las ilusiones que desenmascara y disipa en nosotros, a fin de que nuestra adoración sea pura. ¡Alabada sea esta gran Madre! Madre casta, ella nos infunde y nos conserva una fe siempre íntegra, que ningún decaimiento humano ni abatimiento espiritual, por profundo que sea, es capaz de afectar. Madre fecunda, no cesa de darnos por el Espíritu Santo nuevos hermanos... Madre venerable, ella nos garantiza la herencia de los siglos” (Henri de Lubac).

jueves, 18 de marzo de 2010

Viacrucis: Jesús muere en la cruz (XII)

12ª Estación: Jesús muere en la cruz

El Señor está muerto en la cruz, muerto como una gran ofrenda que expía los pecados del mundo, de la humanidad y de cada hombre; el Cordero inocente ha sido sacrificado, su sangre derramada, el cáliz de la pasión apurado, la redención lograda, la reconciliación alcanzada, las profecías cumplidas, la pasión culminada, el Verbo enmudecido, los brazos extendidos para abrazar y acoger a todo hombre herido y pecador... y el amor manifestado. Sí: el amor manifestado, concreto, tangible. Y desde entonces, cada cual puede llegar a decir con verdad: “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).


¡Brote del corazón una alabanza al amor de Cristo crucificado! Los Padres de la Iglesia y los místicos nunca cesaron de cantar el amor del Crucificado:

“Visitando la tierra embriagaste los corazones terrenos. ¡Oh amantísimo Señor, suavísimo, benignísimo, hermosísimo, clementísimo! Embriaga nuestros corazones con ese vino, abrásalos con ese fuego, hiérelos con esa saeta de tu amor...


No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amor. La cabeza tienes reclinada para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entrañas, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros.


De manera que, mirándote, Señor, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura y el misterio, las heridas de tu cuerpo. Y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi corazón” (S. Juan de Ávila, Trat. del amor de Dios, n. 14).


Y tras el momento contemplativo, siempre embriagador, se impone reflexionar y ser prácticos, realistas, para que la vida diaria se transforme. Así, ahora, aquí, estando ante el Señor crucificado, habremos de plantearnos seriamente: ¿qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo? (cf. San Ignacio, EE.EE, 53), empezando un coloquio con Jesús.


Si miro atrás, y recorro mi vida, ¿qué obras, trabajos, apostolado, he hecho por Cristo?


Miro a mi presente, al hoy en que vivo, ¿y qué estoy haciendo por Cristo?

Si no me engaño, ¿mi vida hoy es un regalo para el Señor? ¿Hago todo lo que Él me pide y espera de mí o vivo mi catolicismo torpemente, con mediocridad, con tibieza?


Y un último momento; después del Viacrucis, de acompañar a Cristo en su pasión, ¿qué debo hacer por Cristo? ¿Qué me está pidiendo? ¿Qué compromiso concreto con la Iglesia, con mi parroquia, qué acción apostólica, qué tarea? Pues el Señor te está esperando; es más, el Señor espera mucho de ti: ¿qué respuesta de amor y de vida le vas a dar hoy, no mañana, hoy, ahora y aquí?

martes, 16 de marzo de 2010

Viacrucis: Jesús, clavado en la cruz

11ª Estación: Jesús es clavado en la cruz

La lección suprema y difícil sobre la fidelidad la aprendemos en grado supremo en la escuela de la cruz. Allí el Maestro nos imparte una lección, no con palabras, sino con el ejemplo de su vida. Con el ruido ensordecedor del martillo clavando, se vienen a la memoria las palabras de la Escritura, ¡tantas!, que hablan de la fidelidad; recuerdan que Dios es Fiel, no se vuelve atrás ni se retracta de su alianza ni de su promesa de salvación: “así sabrás que el Señor tu Dios es Dios: el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y guardan sus preceptos” (Dt 7,9). El Nuevo Testamento reclama esa misma fidelidad a los discípulos de Cristo: “mantengamos firme la confesión de la esperanza pues fiel es el autor de la promesa” (Hb 10,23). Sabemos siempre que “si lo negamos, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2Tm 2,13). Y consuela oír a san Pablo decirnos: “Él os mantendrá firmes hasta el final... Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. ¡Y él es fiel!” (1Co 1,8-9). Pero... no olvidemos que mientras, como sonido de fondo, están clavando al Redentor en la Cruz. ¿Acaso no bastaría mirar esto para conocer que Él es fiel?


La virtud de la fidelidad hoy no está en alza. Como conlleva abnegación y sacrificio, la fidelidad apenas se encuentra y fácilmente se rompen compromisos, se falta a la palabra dada, se abandonan tareas o apostolados, se cambia de opinión y de criterios según las modas o intereses. El hombre se vuelve cambiante, casi sin principios, acomodaticio. Y aquí se juegan las tres fidelidades básicas: ser fiel a Dios, a los demás y a uno mismo. Permanecer, inasequible al desaliento, como Cristo clavado en la cruz.


La virtud de la fidelidad es el mantener el compromiso libremente aceptado y el empeño en terminar cualquier misión en la que uno se ha comprometido. La fidelidad es, como dice santo Tomás de Aquino, “cumplir exactamente lo prometido” (II-IIae, q. 80, a.1), confirmando de este modo las palabras con los hechos, y esto será posible en personas maduras, equilibradas, que nutren su fidelidad en la fidelidad de Dios y alimentan esa fidelidad en la entrega del Señor en la santa Misa.


La fidelidad requiere fortaleza y perseverancia. La fortaleza nos permite asumir riesgos que sean necesarios sin acobardarse ni claudicar y nos permite resistir pacientemente las dificultades o peligros o tentaciones que se presentan tantas veces. Quien es fuerte puede ser fiel, y no desistir ante la primera adversidad.


Pero junto a la fortaleza, la perseverancia, la cual es el esfuerzo de proseguir el compromiso o la tarea sin abandonarla o dejarla inacabada, sino llegar hasta el final, culminándola. La fidelidad a veces no se mantiene por la rutina o por el cansancio. Comenzamos pronto -sin calcular nuestras posibilidades y viviendo de ilusiones- muchas tareas, voluntariados, incluso apostolados (en catequesis, en Cáritas...) pero cuando pasado un tiempo veo que la realidad se impone y que me pide sacrificio, comienzo a faltar, voy poco a poco abandonando, presento torpes excusas; no soy fiel porque vivía en una mentira: mi propio egoísmo que nada conoce de compromiso, entrega y fidelidad.


Sin embargo, Cristo está siendo clavado en la cruz y jamás se desdice de su palabra ni rehuye de su compromiso, ni desiste por cansancio. Cristo está siendo clavado en la cruz: esa es su última lección sobre la fidelidad. Escucha los golpes secos mientras lo clavan en la cruz.

viernes, 12 de marzo de 2010

Viacrucis: Jesús despojado de sus vestiduras (X)

10ª Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Ya no le queda nada y la humillación va alcanzando cotas impensables. Es despojado de sus vestiduras; está desnudo como Adán, pero mientras que éste se acercó al árbol del conocimiento del bien y del mal con soberbia para ser igual a Dios, Cristo desnudo se acerca al árbol de la cruz con humildad para unir al hombre con Dios.


Nada tiene. Es absolutamente libre y se entrega a Dios. Nada le retiene, nada se lo impide. ¿Qué cubre la desnudez de Jesús? El amor de Dios. No existen ataduras para Jesús. Es libre, absoluta y soberanamente libre: “nadie me quita la vida sino que yo la entrego libremente” (Jn 10,17).


La libertad de espíritu es condición para servir a Dios, ya que nadie puede servir a dos señores. “Mirad –dice san Agustín- el amor del hombre; es como la mano del alma: si coge una cosa, no puede asirse a otra. El que ama el siglo no puede amar a Dios; tiene la mano ocupada. Le dice Dios: “Ten lo que te doy”; mas no quiere dejar lo que tenía, y no puede recibir lo que se le ofrece” (Serm. Guelf. 20,2). Libres nos quiere el Señor, libres porque pagó un alto precio por nuestra libertad: su pasión y muerte. Pero el hombre, antes que la desnuda libertad prefiere la túnica de los apegos y afectos desordenados. No domina su corazón, y un corazón inmaduro y débil busca refugios seguros pagando con la libertad.

Y aquí se comienza el capítulo doloroso y difícil de los apegos, o en lenguaje ignaciano, de los afectos desordenados, que nublan la inteligencia para decidir y disminuyen la fuerza de la voluntad. Ya sólo se vive pendiente y volcado en estos afectos desordenados. Parece como si uno no pudiera vivir sin esos afectos, como si se hundiera el mundo y todo se volviera asfixiante.


El afecto desordenado se apega a cualquier cosa, objeto, o persona; se apega al dinero, al prestigio, a un determinado puesto, cargo o responsabilidad; o bien, se apega a una persona a la que consideramos única, maravillosa, a la que idealizamos y de la que dependemos casi con un enamoramiento sólo afectivo y que suple las carencias de amor del matrimonio o de la situación que vivo, evadiéndome de mi realidad, buscando esa compañía, su palabra, su sonrisa, su ánimo. Engañamos a la propia conciencia diciendo que no hay nada malo o buscamos excusas y pretextos argumentando falsamente para justificarnos ante los demás (“es amistad”, “es apostolado”, “es por cuestiones de trabajo”, etc.). Esto no es sano, se oculta, se disimula ante los demás, porque en el fondo sabe que no actúa correctamente.


Sólo despojándose de las vestiduras se es libre; sólo desenmascarando esos apegos y cortándolos, se es libre para en todo amar y servir a Dios. Sólo cuando, de veras, el amor de Dios es el centro del mundo afectivo, se es libre y se ama a cada persona y realidad en su justa medida, teniendo un orden en el amor y no un desorden interno. Y aquí la enseñanza de san Agustín se vuelve luminosa y liberadora: “Vive justa y santamente aquel que sabe dar el justo valor a cada cosa. Tendrá un amor ordenado el que no ame lo que no se debe amar, ni deje de amar lo que se debe amar, ni ame más lo que se debe amar menos, ni ame igualmente lo que se debe amar más o menos, ni ame menos o más lo que se debe amar con igualdad” (De Doct. Christ., 1,25).

miércoles, 10 de marzo de 2010

Viacrucis: Jesús cae por tercera vez (IX)

9ª Estación: Jesús cae por tercera vez

Agotado, exhausto, no puede más y ha caído por tercera vez al suelo. Tres caídas lleva ya. Ahora apenas se entienden las palabras pronunciadas por Pilato: “Ecce Homo”, “Éste es el Hombre” (Jn 19,15).


Pero, este Jesús caído, este Jesús sin fuerza, sin figura, sin belleza, que está en el suelo, ¿éste es el Hombre, éste es el verdadero Hombre, éste es el prototipo e ideal de Hombre?


La filosofía contemporánea ha exagerado su optimismo hasta los límites más increíbles. Ha exaltado al hombre y lo ha puesto en el lugar de Dios. Ya no existe Dios, sólo existe el hombre, y este hombre es considerado fuerte, autónomo, que marca y determina su propia conciencia moral decidiendo lo
bueno y lo malo, y lo único que tiene que hacer es vivir, disfrutar y gozar del momento. Debe ser grande e importante y no preocuparle nada, pisotear al más débil con tal de engrandecerse. Sentimientos tales como la compasión, el desprendimiento, la misericordia, o virtudes como el sacrificio, la paciencia, la delicadeza, o comportamientos que lleven a la entrega, el compromiso o el apostolado... todo esto parece ajeno a la imagen del superhombre que se nos hace desear y que se nos ofrece hoy como el ideal del hombre post-moderno.

Este falso modelo de superhombre, ¡qué daño está haciendo! Y sin embargo, ¡qué extendido está! Se ve a muchos que son tan pobres que sólo tienen dinero y se creen ya autosuficientes, sin necesidad de nadie, hablan y se comportan con arrogancia, buscando ser admirados y agasajados, pero son pobres en su alma, sin cultura, sin finura de espíritu, les falta humanidad. Se cree tan perfecto que juzga duramente a quienes son, naturalmente, imperfectos. Se experimenta como un triunfador de la vida y mira a los demás como inútiles y fracasados. Éste es el superhombre. ¡Cuántas veces se olvida de que la gloria del mundo pasa; que hoy estás bien alto y mañana los aduladores ni te miran! O se olvidan que hoy tiene salud y mañana se está enfermo. Todo pasa, absolutamente todo. Y si siguiéramos analizando algo más, comprobaríamos que este superhombre prefiere eliminar el sufrimiento, la ancianidad y los estados terminales con la eutanasia; y controlar si quiere hijos o le estorban, y lo regula con el crimen, nefando e inicuo, del aborto ya legalizado. Ésta es la mentira del superhombre.


Pero el hombre de verdad, el Hombre auténtico, creado por Dios en santidad y justicia, es Cristo al que contemplamos caído. El estado del hombre real es su limitación porque no es Dios; está herido por el pecado original, es débil, cae muchas veces y otras tantas vuelve a retomar su camino. El hombre real es humilde porque conoce y acepta sus limitaciones y tiene una mirada de misericordia cuando ve que otro es igualmente débil; el hombre creado sabe que somos peregrinos, que todo pasa, que pasa el mundo con sus pasiones y deseos inmoderados y arrogancia y dinero. Sólo “el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1Jn 2,17).


El verdadero Hombre, el Modelo y Arquetipo de Hombre, es Cristo, Cristo sufriente, débil y misericordioso; es Cristo que cae por tres veces y se levanta para seguir su camino de Cruz. La afirmación de Pilato tenía toda la razón, más de la que el propio Pilato se imaginaba: “Ecce Homo”, “Éste es el Hombre”.

lunes, 8 de marzo de 2010

Viacrucis: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén (VIII)

8ª Estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén

Dos bienaventuranzas se entrelazan en este momento del Viacrucis; las mujeres piadosas son conmovidas por la misericordia hacia el Señor pues “dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”; y por otra parte, llorando por el sufrimiento de Cristo, reciben consuelo de Él, pues “dichosos los que lloran porque ellos serán consolados”.


Misericordia, y bien grande, sienten aquellas
mujeres viendo la injusticia que con Cristo se está cometiendo ¡y ya quisieran paliarle sus sufrimientos! Desfigurado ya no parece hombre y provoca repulsión mirarlo a la cara. La misericordia, el mayor y más excelente atributo de Dios, es sufrir y pasar por el corazón la debilidad del otro, del prójimo. Un corazón misericordioso nunca pasa ajeno ante el sufrimiento de nadie, ni ante su debilidad, ni su dolor, ni su soledad (tan aguda soledad de nuestro mundo que a tantos lacera). El corazón no se vuelve insensible, ni indiferente, ni altanero: la misericordia es un amor eficaz y activo, con obras reales –las obras de misericordia- para el prójimo que sufre. No conoce palabras ni discursos grandilocuentes ni cuotas ni límites para luego no hacer nada, pero siempre quedar bien. El amor más excelente se llama misericordia. “La misericordia –predicaba san Gregorio de Nisa- es afecto lleno de amor hacia aquellos que están afligidos por cosas tristes y molestas... la misericordia nace de alguna forma de amor... Luego la misericordia, como la definición misma la manifiesta, es madre de la benevolencia, la prenda del amor, el vehículo de todo afecto amistoso” (Hom. Bienav., 5).

Las mujeres de Jerusalén lloran; Jesús las consuela. Y se cumple aquí la Bienaventuranza: “Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados”. Hay un llanto que merece el consuelo de Dios: el llanto conmovido viendo el egoísmo, la iniquidad, el pecado del mundo; viendo a los hombres que no aman a Cristo, que le rechazan, que siguen hoy rechazándole, apartándose de Él y alejándose de la Iglesia; que sufre viendo que el Redentor no es amado, que la Iglesia es atacada o perseguida a veces por sus propios hijos; un llanto misericordioso cuando se ven tantas vidas rotas, tanta maldad, tantos hombres –incluso católicos- que viven como si Dios no existiera o no tuviera nada que ver con ellos; lloran por tantos católicos que sólo lo son de nombre, de apariencia y aparentar, sin vida de oración, sin participar de la Eucaristía, que nunca se les ve ante el Sagrario, sin apostolado, sin obras de caridad... que usan de la Iglesia para parecer que son algo ante la sociedad. Ese llanto... ese llanto será consolado por el mismo Señor.


San León Magno enseñaba: “Este llanto... no es común con la aflicción de este mundo... Es otra la razón de este llanto, otra la causa de estas lágrimas. La tristeza religiosa o llora el propio pecado o el ajeno” (Serm. 95). Bienaventurados aquellos que “no dejan de llorar por las iniquidades del mundo y los delitos de los que pecan. Estos pues, que tan santamente lloran, les promete el Señor justamente la consolación del júbilo eterno” (Cromacio de Aquileya, Com. Ev. Mat., 17, 3, 2).


La misericordia y las lágrimas... y Cristo cargando con el pecado del mundo. Pero será Él, sólo Él el que triunfará y Resucitado será misericordioso con los que tuvieron misericordia, y ya Glorioso consolará a los que lloraron por el pecado del mundo. Sigue tu camino, Cristo, no te detengas. Te acompañaremos y aguardaremos tu consuelo. No estás solo, contigo estamos, Jesús.

sábado, 6 de marzo de 2010

Viacrucis: Jesús cae por segunda vez (VII)

7ª Estación: Jesús cae por segunda vez

En el sentir actual, en la cultura de hoy, se ha perdido a Dios, se le ha arrinconado, considerándolo insignificante, sin valor real para la vida del hombre y de la sociedad. Lo hemos convertido en prescindible, en innecesario y reducido a la lejanía, confinado a un sentimiento interior y sin repercusión alguna. Se ha oscurecido el sentido de Dios. Y rápida y silenciosamente se le ha sustituido por lo que el escritor inglés Chesterton llamaba los otros dioses: “la Usura, la Lujuria y el Poder”. Dios ha quedado apartado. Su lógica consecuencia, y es un gran drama para el hombre contemporáneo, es la pérdida del sentido y conciencia de pecado. Sin referencia a Dios, que es el Bien
y la Verdad, el hombre no recibe luz en su camino, ni diferencia lo bueno en sí mismo de lo malo, ya no sabe qué es el pecado, todo le es igual y se introduce el relativismo moral donde cada uno decide libremente lo que para él es pecado o no lo es. Ya no existen normas objetivas, sólo existe lo subjetivo, opiniones de cada cual y la conciencia moral de la persona perdida, sin referencia, ni orientación, ni directrices; de ahí la equivocada y perniciosa frase: “allá cada uno con su conciencia”.

O se mira el pecado sin maldad moral, sólo como los defectos de carácter, pequeñas debilidades y normalmente referido sólo –casi como terapia psicológica- a problemas de la convivencia diaria. Incluso muchos llegan a la errónea convicción de que no tienen pecado. ¡Qué poco se conocen! ¿Cómo puede alguien creerse santo, inmaculado, perfecto o sin pecado? Es la gran confusión moral, el relativismo, la oscuridad de unos hombres -¿tal vez tú y yo?- que no sienten necesidad de la redención de Cristo. San Pablo diría que “hemos hecho inútil la cruz de Cristo” (1Co 1,17).


Ya afirmó Pío XII, gran pontífice del siglo XX, que “el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado” (Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos en Boston, 26-octubre-1946). Y Juan Pablo II afirmó: “La pérdida del sentido del pecado es, por lo tanto, una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista. Si el pecado es la interrupción de la relación filial con Dios para vivir la existencia fuera de la obediencia a Él, entonces pecar no es solamente ne-gar a Dios; pecar es también vivir como si él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria” (Rec. et Paen., n. 18).


Pero la Palabra de Dios viene en nuestra ayuda y nos enfrenta a nuestros propios pecados, que son concretos y reales. Y así nos dice: “conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias” (Rm 13,13-14). ¿Y quién no se ve aludido en las obras de la carne que enumera san Pablo? “Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el reino de Dios... No seamos engreídos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros” (Gal 5,19-21.26).


Preguntaron los fariseos: “¿También nosotros estamos ciegos? Jesús les contestó: -Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste” (Jn 9,40-41). ¿Deseas saber si el pecado existe, si es grave? Mira a Cristo, por segunda vez ha caído en tierra. Tus pecados y los míos le pesan tanto que lo han derribado.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Viacrucis: La Verónica limpia el rostro de Jesús (VI)

6ª Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús

Una mujer se atreve a lo que nadie se arriesgaba; sale de la fila, se expone a las burlas o a los empujones de los soldados, y movida por la compasión y la misericordia, como sólo una mujer sabe hacerlo, le limpia el rostro al Salvador. La piadosa tradición cuenta que ese divino rostro quedó sobreimpresionado en el paño de la mujer. Es el único gesto valiente y decidido, con una recompensa impen
sable: tener grabado su rostro.

“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. Toda la tradición espiritual de la Iglesia insiste en la necesidad de buscar el rostro de Jesús para adquirir la semejanza con Él. La Verónica deviene hoy para nosotros en un icono, en una imagen del verdadero creyente y orante al tiempo que un estímulo para nosotros.

Las cosas son más sencillas de lo que parecen y el catolicismo no es tan co
mplicado. Todo se reduce a un encuentro de verdad, profundo, con el Misterio, con el rostro de Jesús, donde cada uno se encuentra fascinado por Cristo, se siente amado como nunca antes lo había sido; acogido como nadie lo había acogido; escucha palabras de boca de Cristo que responden a su inteligencia y a los deseos más profundos, nobles y puros y se siente feliz con Cristo. Es la gracia del encuentro con el Señor que suscita en el corazón el estupor y la fascinación. Después de ese encuentro todo encaja: la liturgia, la vida moral, la oración, que será santificarse con Cristo, vivir santamente como Cristo, tratar con Cristo. Y todo nace, surge con vigor, de la gracia del encuentro; en palabras de Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).

Se multiplican actividades, proyectos, reuniones, programas, actos culturales... y pasa a veces a un segundo lugar lo que debería ser siempre lo primero: contemplar el Rostro de Jesús, estar ante Él muchas veces, no vaya a ser que hagamos muchas cosas por Jesús y en su nombre pero apenas estemos con Él y se vaya vaciando o secularizando nuestro espíritu cristiano y enfriando la amistad personal con Jesús. “El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil de ‘hacer por hacer’. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando ‘ser’ antes que ‘hacer’” (Juan Pablo II, NMI,15).


No hay tarea más importante ni cometido más urgente que la experiencia personal y eclesial de contemplar el rostro de Cristo en silencio y amor, cada día, en la oración personal, en la adoración eucarística, en la misa diaria, en la lectura del Evangelio. Con la fuerza que le caracterizaba Juan Pablo II explicaba que “a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrecen el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente de aquel misterio” (NMI, 20). Hoy el cristianismo deberá distinguirse por el arte de la oración y cada católico de verdad asumir su compromiso de una vida de oración diaria, de unas normas de vida, para contemplar el rostro de Cristo y que este rostro se imprima en el alma. ¿Católico sin vida diaria de oración personal? ¡No hay católico!


¡Santa mujer Verónica!, que tu ejemplo nos convierta en orantes para que en nuestras almas se grabe el rostro de Cristo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Viacrucis: El cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz (V)

5ª Estación: El cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Un hombre, un espectador que volvía de trabajar en el campo, es forzado a llevar la cruz porque Jesús parece que no va a llegar vivo al Calvario. Este hombre recibe una encomienda única y preciosa: ayudar al Salvador, aliviarle del peso de la Cruz. Pero éste no es un hecho esporádico, aislado, algo del pasado o una simple anécdota. No. No es algo pasado, ya que se convierte en vivo, actual, contemporáneo a nosotros, que también debemos, podemos, necesitamos, aliviar al Salvador de la carga qu
e soporta, llevar nosotros su cruz para que Él retome fuerzas. Esto, en lenguaje católico, tiene un nombre: se llama reparación, y una medida, la del amor, pues más se reparará cuanto más se ame al Redentor.

Quien ama no se queda impasible, frío, inerme; quien ama se implica, siente como propio el dolor ajeno y hace suyos los sufrimientos del prójimo. Quien ama mucho hace lo posible e incluso lo imposible para que el otro no sufra llegando a tomar sobre sí el dolor del otro. ¿Y la reparación, entonces, en qué consiste? En un amor tan grande, tan apasionado, fuerte, vivo e intenso, que mirando a Cristo quiero consolarlo, ayudarlo, aliviarlo; viéndolo hoy todavía despreciado por los hombres, yo ofrezca mi homenaje de amor y de entrega; que si lo veo solo –y cuántos sagrarios no están hoy abandonados- por amor lo acompañe y esté de rodillas ante el Sagrario; que si veo tanta frialdad incluso en muchos católicos, yo ofrezca a Cristo mi fervor y mi recogimiento al estar en la iglesia, al asistir a la Eucaristía, al comulgar; que si muchos se olvidan de Él con ingratitud y sólo se acuerdan de Cristo cuando tienen dificultades, yo viva en su presencia cada día, invoque su nombre con alguna jaculatoria, haga oración cada día y trate con Él en amistad; que si otros viven indiferentes ante Cristo como si nada tuviera que ver con sus vidas y fuera un añadido, algo superpuesto, yo viva cimentando mi vida en Cristo porque Él tiene que ver con todo lo humano, con lo que soy, con lo que vivo, sueño, sufro, amo, siento... que tiene que ver con mi vida, mi noviazgo, mi matrimonio, mi familia, mi trabajo, mi forma de pensar, ¡con todo!


La espiritualidad de la reparación, que tanto tiene que ver con el gesto del Cirineo, posee unas formas y unas prácticas concretas. Se repara ofreciendo al Corazón de Jesús todas las obras y trabajos cada mañana; se repara cuando se ofrece a Cristo el dolor, una enfermedad o una circunstancia concreta y difícil; se repara estando de rodillas en oración ante el Señor en el Sagrario o en la custodia; se repara cuando, voluntariamente, se practica alguna penitencia, alguna mortificación. Entonces, y de esta forma preciosa, uno se convierte hoy en Cirineo de la Cruz de Jesús, entregando amor y compañía al Corazón de Cristo.

Reparación y expiación; demos la palabra a Edith Stein, a santa Teresa Benedicta de la Cruz y que ella, maestra espiritual, nos imparta su doctrina: “El peso de la Cruz que Cristo ha cargado, es la corrupción de la naturaleza humana con todas su consecuencias de pecado y de sufrimiento... Sustraer del mundo esa carga, ése es el sentido último de la Via Crucis... Cualquiera que a lo largo del tiempo haya aceptado un duro destino en memoria del Salvador sufriente, o haya asumido libremente sobre sí la expiación del pecado, ha expiado, en parte, el inmenso peso de la culpa de la humanidad y ha ayudado con ello al Señor a llevar esta carga; o mejor dicho, es Cristo-Cabeza quien expía el pecado en estos miembros de su cuerpo místico que se ponen a disposición de su obra de redención en cuerpo y alma... La expiación voluntaria es lo que nos une más profundamente y de un modo real y auténtico con el Señor” (Amor por la Cruz).

sábado, 27 de febrero de 2010

Viacrucis: Jesús se encuentra con su Madre (IV)

4ª Estación: Jesús se encuentra con su Madre

Fue corriendo. La habían alertado de lo que le pasaba a su Hijo, ¿y cómo iba Ella a faltar?, ¿cómo iba a dejar solo al Santo, al Inocente, al fruto bendito de sus entrañas? ¿Podía faltar, acaso acobardarse? Al fin y al cabo, la pasión del Hijo era la pasión de la Madre; Ella, la Virgen María, debía vivir su propia pasión, aquella que le fue anunciada por el anciano Simeón: “a ti una espada te traspasará el alma”, y ¡cuántos dolores sufrió la Virgen bendita!, ¡qué modo tan admirable el de la Virgen María de compartir la pasión de su Hijo, asociarse a su Redención, obedecer al designio salvador del Padre!


La Madre acudió presurosa, nada la retenía. Vio el juicio y la sentencia, oyó al populacho acusar injustamente y p
edir la ejecución del Inocente; se horrorizó viendo a su Hijo desfigurado por la corona de espinas, los latigazos y la sangre; su corazón se desgarraba viendo a su Hijo en la vía dolorosa como un espectáculo en el que todos vociferaban. Pero Ella, ¡qué mujer, la Mujer por excelencia!, quería estar con Cristo, ofrecer el consuelo de su Compañía, una mirada de amor, una presencia que fuera aliento. Y María se encuentra con Jesús, se entrecruzan las miradas; es entonces cuando Jesús recibe la única mirada de consuelo, de comprensión, de afecto sincero.

¡Bien sabe de dolores la Virgen María! ¡Bien sabe de sufrimientos, de desgarro, de pasión y de cruz! Bien sabe ella -¿quién mejor que Ella?- lo que es sufrir y consolar a su vez al que está sufriendo olvidándose de sí misma y de su propia aflicción. Es Madre, Madre Dolorosa, por encima de todo, Madre... Dios quiera que a tan buena y excelente Madre sepamos corresponder con el afecto de hijos sinceros, con piedad, con devoción. Sin embargo el trato y el diálogo con la Virgen no puede limitarse a los momentos extremos de dolor o de cruz. ¿Quién no necesita a su Madre? Y más cuando esta Madre es toda Santa, bendita entre todas las mujeres, Inmaculada, ¿quién no necesita a su Madre? ¿Quién no necesita a tal Madre?


La Iglesia se ha distinguido por la tierna y suave devoción a la Virgen María, y la espiritualidad católica integra entre sus elementos necesarios la oración a la Virgen María y privilegia dos formas para realizarlas cada día: el Ángelus y el Rosario, y si nos llamamos católicos, y si decimos que queremos mucho a la Virgen, y si afirmamos que le tenemos devoción, rezaremos con afecto tanto el Rosario como el Ángelus, todos los días, hombres y mujeres, mayores y jóvenes.

El Ángelus, entretejido de citas bíblicas y las tres Avemarías, es un saludo y evocación divina del misterio de la Encarnación, su forma y estructura “hace que a distancia de siglos conserve inalterado su valor e intacto frescor” (Pablo VI).


El Rosario es el recurso de los católicos fieles para rezar a la Virgen y con la Virgen; es tal su valor que sería muy pobre limitarse a rezarlo sólo en algunos actos o simplemente en los cultos, es oración diaria pues es “compendio de todo el Evangelio”, “oración contemplativa, de alabanza y súplica al mismo tiempo”, “oración evangélica”.


Pues la Virgen nos consuela en nuestro dolor y aflicción, aliviemos el corazón de tan buena Madre rezando cada jornada el Ángelus y el rosario; pues Ella es Madre amantísima, tratemos en oración con Ella como hijos devotos.

viernes, 26 de febrero de 2010

PIedad popular en Cuaresma

La Cuaresma siempre ha sido muy rica en elementos variados de la piedad popular nacidos como sustitutos a una liturgia que apenas decía nada, ni se entendía nada, para nutrir la espiritualidad:

"En el ámbito de la piedad popular no se percibe fácilmente el sentido mistérico de la Cuaresma y no se han asimilado algunos de los grandes valores y temas, como la relación entre el "sacramento de los cuarenta días" y los sacramentos de la iniciación cristiana, o el misterio del "éxodo", presente a lo largo de todo el itinerario cuaresmal. Según una constante de la piedad popular, que tiende a centrarse en los misterios de la humanidad de Cristo, en la Cuaresma los fieles concentran su atención en la Pasión y Muerte del Señor" (Directorio Piedad popular..., n. 124). Hoy, en lugar de sustitutos, estos elementos de la pi
edad popular pueden muy bien encontrar su inspiración en la liturgia y, a la vez, conducir a la liturgia como participación en el Misterio.

El Directorio
Piedad popular y liturgia ofrece el camino adecuado para celebrarlos, para vivirlos y para recomendarlos:

a) Veneración de la Cruz

En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.

No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos.

129. El texto evangélico, particularmente detallado en la narración de los diversos episodios de la Pasión, y la tendencia a especificar y a diferenciar, propia de la piedad popular, ha hecho que los fieles dirijan su atención, también, a aspectos particulares de la Pasión de Cristo y hayan hecho de ellos objeto de diferentes devociones: el "Ecce homo", el Cristo vilipendiado, "con la corona de espinas y el manto de púrpura" (Jn 19,5), que Pilato muestra al pueblo; las llagas del Señor, sobre todo la herida del costado y la sangre vivificadora que brota de allí (cfr. Jn 19,34); los instrumentos de la Pasión, como la columna de la flagelación, la escalera del pretorio, la corona de espinas, los clavos, la lanza de la transfixión; la sábana santa o lienza de la deposición.

Estas expresiones de piedad, promovidas en ocasiones por personas de santidad eminente, son legítimas. Sin embargo, para evitar una división excesiva en la contemplación del misterio de la Cruz, será conveniente subrayar la consideración de conjunto de todo el acontecimiento de la Pasión, conforme a la tradición bíblica y patrística" (Directorio..., nn. 128-129).

b) Lectura de la Pasión


La Iglesia exhorta a los fieles a la lectura frecuente, de manera individual o comunitaria, de la Palabra de Dios. Ahora bien, no hay duda de que entre las páginas de la Biblia, la narración de la Pasión del Señor tiene un valor pastoral especial, por lo que, por ejemplo, el
Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae sugiere la lectura, en el momento de la agonía del cristiano, de la narración de la Pasión del Señor o de alguna paso de la misma.

Durante el tiempo de Cuaresma, el amor a Cristo crucificado deberá llevar a la comunidad cristiana a preferir el miércoles y el viernes, sobre todo, para la lectura de la Pasión del Señor...

Fuera de la celebración litúrgica, la lectura de la Pasión se puede "dramatizar" si es oportuno, confiando a lectores distintos los textos correspondientes a los diversos personajes; asimismo, se pueden intercalar cantos o momentos de silencio meditativo" (Directorio..., n. 130).

c) Viacrucis


"Para realizar con fruto el
Vía Crucis pueden ser útiles las siguientes indicaciones:

- la forma tradicional, con sus catorce estaciones, se debe considerar como la forma típica de este ejercicio de piedad; sin embargo, en algunas ocasiones, no se debe excluir la sustitución de una u otra "estación" por otras que reflejen episodios evangélicos del camino doloroso de Cristo, y que no se consideran en la forma tradicional;

- en todo caso, existen formas alternativas del Vía Crucis aprobadas por la Sede Apostólica o usadas públicamente por el Romano Pontífice: estas se deben considerar formas auténticas del mismo, que se pueden emplear según sea oportuno;

- el Vía Crucis es un ejercicio de piedad que se refiere a la Pasión de Cristo; sin embargo es oportuno que concluya de manera que los fieles se abran a la expectativa, llena de fe y de esperanza, de la Resurrección; tomando como modelo la estación de la Anastasis al final del Vía Crucis de Jerusalén, se puede concluir el ejercicio de piedad con la memoria de la Resurrección del Señor.

135. Los textos para el Vía Crucis son innumerables. Han sido compuestos por pastores movidos por una sincera estima a este ejercicio de piedad y convencidos de su eficacia espiritual; otras veces tienen por autores a fieles laicos, eminentes por la santidad de vida, doctrina o talento literario.

...Serán preferibles los textos en los que resuenen, correctamente aplicadas, las palabras de la Biblia, y que estén escritos con un estilo digno y sencillo.

Un desarrollo inteligente del Vía Crucis, en el que se alternan de manera equilibrada: palabra, silencio, canto, movimiento procesional y parada meditativa, contribuye a que se obtengan los frutos espirituales de este ejercicio de piedad" (Directorio..., nn. 134-135).

En breve síntesis, estos son algunos de los principales ejercicios de piedad cuaresmales. Realizarlos bien, con honda espiritualidad, conducirán a vivir mejor la Cuaresma y a no perder de vista el horizonte que es la Pascua (ésta, tantas veces difuminada en el horizonte, quedando los ejercicios devocionales de la Cuaresma únicamente en la muerte y en el sepulcro).

jueves, 25 de febrero de 2010

Viacrucis: Jesús cae por primera vez (III)

3ª Estación: Jesús cae por primera vez

Jesús cae al suelo por el peso de la cruz, no una vez, ni dos, sino hasta tres veces, según la tradición. Está bebiendo y apurando el cáliz de la pasión, ¡y cuán amargo es este cáliz!, pero Él va a apurar este cáliz porque ante el Padre se ha comprometido: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”.


Jesús cae, ahora por vez primera. Es la mañana del Viernes Santo. Está agotado, exhausto, debilitado en sus fuerzas físicas tanto como en sus fuerzas psíquicas. Terrible ha sido la noche del Jueves Santo. Celebró la Cena pascual con sus discípulos e instituyó la Eucaristía, pero luego, la noche, ha tomado un ritmo vertiginoso de dolor, burlas, humillación y traiciones, que han ido mermando la resistencia humana de Cristo. Judas abandonó el grupo apostólico para entregar a Jesús; ha orado largo tiempo, incluso sudó sangre en el Monte de los Olivos ante la perspectiva de lo que se le avecinaba; fue prendido como un malhechor, conducido a casa de Anás y también de Caifás, negado por Pedro como Jesús mismo le había avisado, juzgado por Pilato, maltratado por los soldados, apaleado, escupido, coronado de espinas y azotado. Sin comer, ni beber, ni reposar. La maldad del pecado de los hombres ha caído sobre la carne bendita e inocente del Cordero de Dios. Sale camino del Calvario entre los gritos y la curiosidad morbosa de la muchedumbre –otra vez la muchedumbre- y cae por el peso de la cruz; cae por el peso de la iniquidad de los hombres; cae por el peso y gravedad de los pecados de los hombres, de su soberbia, de su orgullo, de su deseo de dinero, de infidelidades, de adulterio, de egoísmo, de desinterés, tibieza y mediocridad, de falta de amor, respuesta y entrega de los hombres a su Corazón.

Una deficiente cristología nos hace creer que Jesucristo era simplemente un Dios disfrazado de hombre, pero que no era realmente hombre; que como era Dios jugaba con ventaja en la Pasión, que Él puede sufrir la pasión y la cruz, porque “como era Dios...” y sin embargo nosotros no podemos con la cruz porque sólo somos hombres. Con eso justificamos la postura cómoda y mediocre cuando escapamos de la cruz y rechazamos todo lo que sea cruz en nuestra vida. Cristo era hombre como nosotros, igual a nosotros excepto en el pecado; sufrió como cualquier hombre; y el dolor, el sufrimiento, el desgarro, los padeció como cualquier otro hombre. ¡Y nosotros huimos de la cruz! Ante la más mínima dificultad o circunstancia contraria, huimos de la cruz: buscamos sucedáneos para evadirnos, para no tener que afrontar la cruz; centramos la vida entonces en objetos y en personas que llenen el corazón y nos distraigan de la realidad de la que queremos escapar. Huyendo apresuradamente de la cruz nos entregamos al trabajo en exceso con tal de olvidar o incluso a tareas apostólicas, o de caridad o catequesis o apostolado que no los hacemos por Dios y bien de la Iglesia, sino para acallar la frustración; se vuelca el corazón y los afectos en alguien a quien idealizamos y del que dependemos para saciar la sed afectiva; se huye entregándose a falsos ídolos tales como el prestigio social, el dinero, etc. Pero no hay cristiano sin cruz como no hay Cristo sin cruz. Y también de nuestra cruz personal, que tanto pesa, se puede decir la aclamación ritual del Viernes Santo: “Mirad el árbol de la cruz en el que estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo”.

martes, 23 de febrero de 2010

Viacrucis: Jesús carga con la cruz (II)

2ª Estación. Jesús carga con la cruz.

La majestad y el señorío de Jesús aquí quedan demostrados. Había venido, se había encarnado, para esta hora, la hora de la salvación de los hombres, buscaba sólo que “tuvieran vida y vida abundante” (Jn 10,10) y Él había venido “para dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10,45). Ya ha llegado su hora, comienza a caminar, empieza su Via Crucis, su camino de cruz. Esa cruz, el travesaño horizontal, pesadísimo, lo colo-can los soldados sobre sus hombros. La muchedumbre -¿quién se fiará de
las muchedumbres?- mira el espectáculo curiosa, divertida, entretenida. Nadie, nadie va a ayudarle, nadie mueve un dedo. A nadie parece importarle el sufrimiento del Redentor, ni descubren su valor, ni piensan en su sentido. Son espectadores de la vida, al margen de todo, inactivos de brazos cruzados, corazones duros e insensibles que incluso –alguno habrá- pensará que “algo habrá hecho”, “se lo tenía merecido”. Son ese tipo humano grandilocuente que hablan de todo, que embelesan cuando se les escucha, con discursos muy comprometidos, que pronuncian muchas palabras, que hasta quieren parecer católicos muy bien formados, entregados y apostólicos... pero que jamás harán nada; seguirán en la fila de los que miran, nada más que miran, únicamente miran... mientras el Señor sigue cargado con la cruz; mientras la Iglesia en su misión ante el mundo sigue cargada con la cruz; mientras cada creyente sigue cargado con la cruz.

Jesús cumple y realiza lo que predica: “el que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9,23). Carga con su cruz: ahora sigamos sus huellas y carguemos cada cual con su cruz todos los días, cada día. Mas ¿cómo habremos de hacerlo? ¿De qué forma hay que cargar con la cruz? ¿Acaso es posible? ¿Cómo acogerla y llevarla? Y no menos terrible y fascinante a un tiempo la pregunta por el sentido de la cruz: ¿Por qué? ¿Para qué sirve? ¿Posee alguna utilidad?


Ante nosotros se abre el capítulo sugestivo de la espiritualidad de la Cruz y comenzamos a leerlo mirando a Cristo en su Viacrucis: desde el instante en que la cruz de Jesús es instrumento de redención, la cruz diaria de cada cristiano es su pequeña contribución a la redención del mundo; unidos a la cruz del Salvador, cada pequeña cruz llevada sobre nuestros hombros tiene valor salvador y santificador, expía, repara, salva, redime. Se actualiza aquello que escribía san Pablo: “completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo a favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24), y que cada uno de nosotros, igualmente, podría repetir hoy.


Pues sabiendo esto, en absoluto resultará difícil deducir cómo llevar la cruz: como el mismo Cristo, con dignidad, abrazándola, asumiéndola, es decir, aceptándola sin cuestionar el concreto plan de Dios sobre ti ni renegar de ella ni exigirle cuentas a Dios ni considerar que es injusta porque nada malo hemos hecho –nada hizo Cristo que era el Justo, el Inocente, y sin embargo cargó con su cruz-. Así pues, cada mañana haremos con renovador amor y conciencia plena nuestro ofrecimiento de obras; al iniciarse la jornada y rezar un rato ante Dios, le ofreceremos el día, el trabajo, las obras, las dificul-tades y los logros, lo adverso y lo favorable: todo para tu gloria, Señor, y en cuanto a mí, “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14).

viernes, 19 de febrero de 2010

Viacrucis: Sentenciado a muerte (I)

1ª Estación: Jesús es sentenciado a muerte.

¡Qué cambiante somos! ¡Qué poco fieles! Más bien el hombre es acomodaticio, se mueve por intereses muy variados y, fingiendo afecto, estima o amistad, con palabras melosas, halagadoras, se junta con quien parece que es importante, a quien me acerco para que los demás me vean y poder presumir de mi amistad con uno u otro. Cree que eso le da prestigio. Espera siempre sacar algo a cambio... y falsifica la amistad, la profana. Son personas que no quieren a nadie, que no le tienen afecto a nadie, que sólo se quieren a ellos mismos y van siempre detrás, cuales aduladores, de los importantes y grandes del mundo o de la Iglesia.

Las muchedumbres seguían a Jesús, parecían encantadas con Él, lo adoraban, lo querían. Días antes, el que hoy llamamos Domingo de Ramos, lo habían aclamado como Rey cuando entraba en Jerusalén: “¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Pero ahora que ha sido detenido y maltratado, ahora... ahora gritan y vociferan desaforados: “¡Crucifícalo!” Antes aplaudían a Jesús, estaban a su lado, ahora esas mismas multitudes aplauden a los ejecutores, se enfrentan a Jesús, lo quieren ver muerto. ¡En qué poco tiempo han cambiado! Ya no ganan nada estando con Jesús, ya no les interesa. “Crucifícalo”. Menos mal que Cristo nunca se dejó engañar ni seducir con esos aprovechados: “os digo que me buscáis... porque comisteis pan hasta saciaros” (Jn 6,25). Pobre de aquel mediocre que teniendo un cargo o una responsabilidad se cree importante e imprescindible y se cree los halagos de quienes le rodean y que le dicen que es el mejor, que sin él no podríamos hacer nada, que cuánto vale... y cuando no tiene ya relieve social ni ocupa un cargo se ve solo, sin nadie. Se acercaban para aprovecharse de Él. Jesús ya puso en guardia: “¡ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso hacían vuestros padres con los falsos profetas!” (Lc 6,26).


Jesús se ha quedado solo y los que antes le rodeaban fingiendo amistad ahora quieren quitarlo de en medio. ¡Amistad! ¡Tremenda palabra! Se ama al otro tal cual es y no por los beneficios que me pueda reportar; se ama al otro incondicionalmente, sin halagos, estando sobre todo al lado del amigo cuando otros le dan de lado, cuando pasa la prueba del dolor; la amistad fiel, sencilla y discreta, que comparte vivencias, que asume dolores, que se orienta por los mismos y altos ideales espirituales que dan sentido y esperanza a la vida.


Los que seguían a Jesús por interés egoísta gritan su muerte. Pero ahí, en la muchedumbre, con un gran sentimiento de derrota y de impotencia, fijaos bien, los verdaderos amigos de Jesús no dan crédito a sus ojos. Mirad: ahí está la Virgen María, ahí están las piadosas mujeres, ahí está el joven Juan evangelista. Ahí están, desconsolados, los que supieron qué era la verdadera amistad.