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miércoles, 29 de enero de 2020

El discernimiento personal


El discernimiento requiere unos criterios mínimos para hacerlo según Dios:

                        a) Conformidad con la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia

                        b) el servicio para la edificación de la Iglesia y la sociedad.
  



El consejero espiritual objetiva los sentimientos, emociones y vivencias y sitúa en un horizonte de eclesialidad.


Estos criterios se codifican en S. Ignacio y el proceso de elección descrito en sus Ejercicios:

                        a) conquistar la libertad interior: sin predeterminación o prejuicio, "vencerse a uno mismo"

                        b) Pedir acertar y desear acertar

                  c) Dejarse interpelar y cambiar lo que sea frente a la Palabra. Prontitud para el cambio e indiferencia.

                        d) Consolaciones y desconsolaciones: que confirman la elección realizada.

 

domingo, 31 de julio de 2011

Oblación de mayor amor y estima


Con san Ignacio bien podríamos aprender a rendirnos completamente al Amor de Dios y entonces, libres de todo, buscar sólo su Gloria y el bien de los hombres.

Ese fue el ejercicio de su vida y así lo plasmó en ese proceso interior que llamamos "Ejercicios Espirituales". Al final, habiendo reconocido el fin para el que soy creado, reconocido y aborrecido el pecado internamente, siguiendo a Cristo que llama a través de la meditación de su vida, hallando contrición por su Pasión y gozo por su Resurrección, el cristiano se dispone a entregarse a Dios en su Iglesia.

Entonces surge, con la fuerza de la verdad y de la vida, la siguiente plegaria de san Ignacio, situados en el corazón de la Iglesia, sintiendo con la Iglesia:

Tomad, Señor,
y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer.
Vos me disteis, a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro:

disponed de ello según Vuestra Voluntad.

Dadme Vuestro Amor y Gracia,

que éstas me bastan. Amén.

viernes, 31 de julio de 2009

San Ignacio, apóstol del Corazón de Cristo (Ejercicios y pedagogía)


La devoción al Corazón de Jesús no consiste en un conjunto de prácticas devocionales o sentimentales; ni es el culto a una imagen, a veces demasiado melosa. Es una devoción que se podría definir como un proceso: cristificación, es decir, vivir en un proceso constante de identificación con Cristo, permitir que Cristo viva en mí, que seamos uno. Es una comunión tal con Cristo que me hago semejante a Él porque Él quiere vivir en mí y que yo le transparente. Este proceso constante es la clave de la devoción al Corazón de Cristo.

S. Ignacio de Loyola fue un apóstol del Corazón de Jesús. Incluso –permítase el atrevimiento- nos legó un manual muy práctico de esa devoción: el libro de los Ejercicios. ¿Un manual? ¿Vienen oraciones y devociones varias? ¡No! ¿Es un libro con ideas, alta teología, erudición... para proporcionar material para la meditación y la reflexión? ¡Menos aún, que no el mucho saber intelectual llena el alma, sino el gustar internamente! ¿Entonces, qué?

Es la guía de un proceso que cambia a la persona, ordena su mundo interior, y logra que Cristo lo vaya siendo todo. Los Ejercicios espirituales de S. Ignacio poseen una dinámica que toca en la persona su memoria, su inteligencia y su mundo afectivo; lo sitúa en el principio de realidad –lo que yo soy, tal como soy, con mi pecado, en las circunstancias en las que vivo-; ordena todo sin inclinarse sin guiarse por afectos desordenados... para avanzar en el seguimiento de Cristo, “buscando y hallando la voluntad de Dios” para mí [EE 1]. ¡Para ser como Cristo!

Ignacio nos sitúa. Hay que ver qué soy, para qué he sido creado, cuál es el fin de mi vida: la orientación que llena la vida es Dios (“sed de Dios... hasta que descanse en Ti”), y en función de eso hay que retornar al camino, convertirse, reordenar. La situación concreta es la del pecado: soy pecador, pecador realmente, con pecados concretos. El proceso pide llegar a aborrecer el propio pecado y romper con los lazos que me retienen.
Entonces S. Ignacio nos pone a caminar con Cristo: meditar con la imaginación, los sentidos, la inteligencia y el corazón la vida de Cristo, su pasión y su Resurrección. ¿Objetivo? “Conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre para que más le ame y le siga” [EE 104]. Esto es, que lo que medito y contemplo se grabe de tal forma en mí, que me transforme, y yo llegue a vivir, actuar, pensar, sentir, amar, obedecer como Cristo. El proceso termina -¡si es que alguna vez acaba!- en una entrega de amor a Jesucristo y la inserción apostólica y filial en la Iglesia. La “contemplación para alcanzar amor” (la quintaesencia de los Ejercicios) induce a reconocer en todo el amor de Dios y responderle con la entrega de todo mi amor para que en adelante mi vida sea en todo amar y servir. Pero esto no es individualista: quien es de Cristo, quien se une a Cristo, desemboca en la Iglesia, siente la Iglesia, ama la Iglesia, no se aparta un ápice de la enseñanza de la Iglesia y en la Iglesia halla su lugar, su vocación y su compromiso apostólico.

Características entonces del proceso de cristificación:

-Ordenar la vida viéndome como Dios me ve en mi situación concreta

-Conocer mis pecados y aborrecerlos (proceso constante de conversión)

-Conocimiento interno de Cristo: una oración que me transforma en Él
-Amor y seguimiento a Cristo
-Ofrenda de la propia vida al servicio de la voluntad de Dios

-Sentir con la Iglesia, ser un alma eclesial


S. Ignacio de Loyola es un gran maestro y pedagogo. Brilla con luz propia, es evidente. De él recibimos hoy una enseñanza profunda sobre la verdadera devoción al Corazón de Cristo.