Mostrando entradas con la etiqueta teología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta teología. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de noviembre de 2022

La teología que nace del silencio (Silencio - XII)



Tan grande es la Palabra, que en silencio brota como escucha, admiración y alabanza. No es un callar porque no haya nada que decir, escribir, predicar o anunciar; es la glorificación de la Palabra misma, que supera todo conocimiento y toda filosofía. En silencio se recibe, en silencio se ama, en silencio se adora.


             De aquí se concluye cómo hay un silencio muy conveniente para la teología y para el mismo teólogo, un silencio de escucha y oración contemplativa del Misterio antes que el academicismo o las normas metodológicas para una redacción formal (notas a pie, forma de citar, etc.). La verdadera teología es palabra que nace del silencio del teólogo adorando el Misterio (y qué sabor tan distinto de las pseudoteologías que son ideologías sin más).

            La adoración nos sitúa ante el Misterio mismo: “Con esta palabra sólo podemos encontrarnos en la adoración. La adoración no sólo ayuda a la palabra, traspasando todas las comprensiones (o incomprensiones) y motivos (o contramotivos) humanos, a llegar, hasta lo infinito, sino que hace de antemano que todos los sentidos e interpretaciones finitos comprendidos por nosotros se trasciendan y completen en un sentido infinito y en una significación infinita”[1].

viernes, 28 de octubre de 2022

El silencio de los místicos y teólogos (Silencio - X)



El Misterio de Dios está envuelto en silencio de adoración, en un silencio lleno de respeto para no manipular el Misterio y un silencio más elocuente que muchas palabras que jamás llegarán a abarcar y aprehender el Misterio. Recordemos cómo Moisés adora y acoge la revelación descalzo y de rodillas; el Nombre de Dios no es pronunciado por sumo respeto hacia él, y se buscan circunloquios: “el Tres veces Santo”, por ejemplo.



            El silencio de adoración es lo que más conviene al Misterio de Dios:

            “Dios confía a su Nombre a los que creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. “El nombre del Señor es santo”. Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa. No lo empleará en sus propias palabras, sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo” (CAT 2143).

            De este silencio saben los verdaderos místicos y los grandes teólogos, los teólogos auténticos; místicos y teólogos han tratado a Dios, con experiencia del Dios vivo, y saben bien que es inefable y cuán difícil es trasvasar lo que ellos han visto y oído, la Palabra de vida que han palpado, al lenguaje humano para comunicarlo, verbalizarlo, analizarlo. Ante el Misterio de Dios, el hombre no encuentra palabras apropiadas para expresar aquello que ha gustado, aquello que le ha sido mostrado. Por eso muchos auténticos teólogos y los grandes místicos necesitan el silencio adorante como expresión suprema; “el hablar del místico es un hablar contra las palabras; cuanto más habla más se da cuenta de que tiene a disposición una lengua muerta, hecha de palabras gastadas; cuanto más trata de comunicarse menos se explica. En semejante situación, la única opción que le queda es el silencio. Y, en efecto, el místico sufre, más que nadie, el embarazo de las palabras y la fascinación del silencio”[1].

martes, 16 de agosto de 2022

La lex orandi para la teología (S. Basilio)

Habiendo visto tranquilamente el tratado de S. Basilio sobre "El Espíritu Santo", hemos ido hallando un método claro y firme en este Padre capadocio: vivir la liturgia, reflexionarla, hacerla teología. 



La liturgia no es un ceremonial absurdo y obligatorio; ni un acto esteticista para los sentidos y mover a devoción. Es la Iglesia misma -donde Cristo está actuando presente- la que santifica y glorifica a Dios. 

Sus ritos así como sus oraciones, sus textos litúrgicos, son expresión primera y fundamental de la fe de la Iglesia. De ahí el gran respeto que merece la liturgia para no cambiarla ni hacer mutaciones a capricho; y, segundo, la necesidad de contar con la liturgia -viviéndola, por supuesto- para elaborar una teología que merezca tal nombre.



El tratado de san Basilio, leído desde el interés por la liturgia, pone de relieve el valor teológico y dogmático de la liturgia misma. 

Ésta, por su naturaleza, es vehículo de transmisión de la fe ortodoxa y expresión primera de esa misma fe; es eslabón de la Tradición siempre viva de la Iglesia; forma parte de las tradiciones no escritas pero vinculantes para todos. 



lunes, 24 de enero de 2022

Silencio, contemplación y palabras en el teólogo

Vivir la vocación teológica y desarrollarla, profundizar en la teología y enseñarla... ¡es tarea realmente muy contemplativa!

La teología, el oficio de la teología (pensar, estudiar, rezar, enseñar) es oficio de amor. Une lo contemplativo y lo activo... si no, no es buena teología.


Dice Santo Tomás: "“El hecho de que alguien comunique a otro la verdad meditada por medio de la enseñanza parece que pertenece a la vida contemplativa" (II-II, 181, a. 3, c).

Se trata, pues, de contemplar y transmitir lo contemplado como acto de amor y servicio eclesial. Es a eso a lo que von Balthasar llamó "teología de rodillas" frente al academicismo de una "teología sentada" y yo añadiría también frente a la locuacidad de quienes hablan constantemente de todo como si de todo supieran y dominaran la materia.

Antes de todo eso, para un verdadero teólogo están el silencio y la contemplación para recibir de Dios; está antes de escribir, hablar o enseñar, el imbuirse de la oración contemplativa y la adoración eucarística, de la escucha de la Palabra, de la acción litúrgica (Eucaristía y Liturgia de las Horas).

martes, 3 de julio de 2018

Notas sobre la teología (y III)

Entre los ministerios o funciones para la vida de la Iglesia, hay que contar con la teología. Ésta es necesaria. Ésta es una riqueza. Ésta es un don.

La teología es un bien para la Iglesia, por lo que hay que valorarla, y el desempeño de esa teología requiere personas con dedicación casi exclusiva, el teólogo.


La fe revelada es pensable, es razonable, y por tanto, hay que intentar comprenderla hasta donde se pueda, dar razón de ella, y estar en contacto con la Verdad -con Cristo mismo- por medio de una vida de escucha y adoración, de mucha lectura y de estudio de las fuentes, de los Padres, de la Tradición, de la Liturgia misma.

No, no hay que mirar con sospecha ni con recelo ni la teología en sí ni el noble oficio del teólogo.

La teología es necesaria y es un bien; con palabras de Louis Bouyer:

"La teología, como todo conocimiento humano por lo demás o todo producto del arte humano en una civilización normal, no se dirige a los especialistas. Está hecha por especialistas, naturalmente, pero con una perspectiva de cooperación que es esencial a toda sociedad civilizada, donde las tareas de cada uno, aunque diferentes, se articulan unas con otras y concurren al bien común de todos.

lunes, 25 de junio de 2018

Notas sobre la teología (II)

La teología, con su carácter esponsal -pues conduce a Cristo Esposo-, se revela también esponsal respecto al propio teólogo: le reclama por completo, le pide tiempo y paciencia, maduración y sensatez, amor y mucho tiempo tanto de estudio como de contemplación silenciosa.



A veces se califica de "teólogo" a cualquiera, pero habría que clarificar planos distintos:

1) Quien ha cursado estudios de teología con el correspondiente grado académico

2) Quien además ejerce la docencia de alguna/s asignatura/s de teología en un Centro Superior

3) y quien, aparte de lo anterior, es capaz de escribir, publicar, ofreciendo una síntesis teológica, un pensamiento propio y unas aportaciones nuevas, luminosas.

Por eso, teólogos de verdad, en cuanto tales, hay muy pocos, aunque muchos se postulen como "teólogos" para defender más bien su propia ideología. 

domingo, 3 de junio de 2018

Notas sobre la teología (I)

En un curso de doctorado, descubrí a Louis Bouyer, un teólogo de amplia mirada, producción riquísima, pero que ha pasado desapercibido y no se le ha concedido el realce necesario, aunque en su tiempo contó con la amistad y la alta valoración de teólogos tales como Ratzinger, Balthasar, De Lubac.

Tanto éstos como el mismo Bouyer, se preocuparon todos por reflexionar sobre el hecho mismo de la teología, su naturaleza, su misión, sus límites, su grandeza, su vocación.


Así la teología recibe una adecuada valoración en unos momentos de "pensamiento débil" (niega que podamos conocer la Verdad) y de anti-intelectualismo (exaltando sólo lo emotivo, lo sentimental, y en el orden eclesial, lo "pastoral" mal entendido).

El teólogo recibe una llamada del Señor por medio de la Iglesia para adorar, pensar, reflexionar, escribir, enseñar, publicar... como un servicio, un ministerio, para la fe del pueblo cristiano. No, no pierde el tiempo. La teología es una vocación y vocación exigente.

Bouyer así lo piensa -como Balthasar, como Ratzinger, etc.- y lo expone. ¿Cómo es este oficio-servicio del teólogo? Sabrosas reflexiones nos lega Bouyer que merecen ser leídas varias veces, pausadamente, y asimiladas tras pensarlas:

jueves, 8 de febrero de 2018

El mundillo intelectual (y también la teología)

Para que la intelectualidad sea tal, y no degenere en ideología, o en un pensamiento débil, que se mueve al compás de las modas y los tiempos, renunciando a la Verdad, podremos intentar hoy asimilar los conceptos que Benedicto XVI nos ofreció en una homilía.

La Verdad nos ha sido dada, se nos ha entregado, se ha revelado. Es, por tanto, un Don. Pero hoy, decir que se conoce la Verdad en la Persona de Cristo, ¿no suena a intolerancia?, ¿no nos llegamos a creer que somos intolerantes? ¿No disimulamos acaso, señalando que cada uno tiene "su verdad", y que es respetable?

La Verdad, por definición, es una y a ella hay que aspirar; en ella vivimos y la verdadera intelectualidad, el pensamiento, la cultura, deberá profundizar en sus abismos y dejarse sanear por la Verdad.

"Si leemos hoy, por ejemplo, en la Carta de Santiago: «Sois generosos por medio de una palabra de verdad», ¿quién de nosotros se atrevería a alegrarse de la verdad que nos ha sido donada? Nos surge inmediatamente la pregunta: ¿cómo se puede tener la verdad? ¡Esto es intolerancia! Los conceptos de verdad y de intolerancia hoy están casi completamente fundidas entre sí; por eso ya no nos atrevemos a creer en la verdad o a hablar de la verdad. Parece lejana, algo a lo que es mejor no recurrir. Nadie puede decir «tengo la verdad» —esta es la objeción que se plantea— y, efectivamente, nadie puede tener la verdad. Es la verdad la que nos posee, es algo vivo. Nosotros no la poseemos, sino que somos aferrados por ella. Sólo permanecemos en ella si nos dejamos guiar y mover por ella; sólo está en nosotros y para nosotros si somos, con ella y en ella, peregrinos de la verdad.

Creo que debemos aprender de nuevo que «no tenemos la verdad». Del mismo modo que nadie puede decir «tengo hijos», pues no son una posesión nuestra, sino que son un don, y nos han sido dados por Dios para una misión, así no podemos decir «tengo la verdad», sino que la verdad ha venido hacia nosotros y nos impulsa. Debemos aprender a dejarnos llevar por ella, a dejarnos conducir por ella. Entonces brillará de nuevo: si ella misma nos conduce y nos penetra" (Benedicto XVI, Homilía, 2-septiembre-2012).

Con esto se disipa sin lugar a dudas el relativismo, la dictadura del relativismo que ha crecido de manera alarmante y tiránica.

viernes, 25 de agosto de 2017

El disenso en la Iglesia

Mucho ha sufrido la Iglesia cuando en una época agitada culturalmente, los años sesenta y setenta, todo fue puesto en crisis con movimientos de repulsa a todo lo anterior, ruptura con el orden existente, creación de una cultura nihilista, con sus matices de relativismo. 

Esa ruptura cultural, con el gran símbolo de "mayo del 68", se vivió en la Iglesia y aún hoy se prolonga, con el fenómeno del disenso y la contestación, de quienes dentro de la Iglesia se vuelven contra la Iglesia, calificándola de anticuada y retrógrada y con gran simplismo protestaban y discutían todo cuanto viniese de los legítimos pastores, del Magisterio y del Santo Padre.

Tales voces fueron muy numerosas en ciertos ámbitos teológicos, que asumieron un papel incompatible con el oficio auténtico de "teólogo" y se llegaron a creer que eran "nuevos profetas" del Señor ante el Magisterio y frente a los pastores de la Iglesia. Ellos se autoproclamaban "profetas" y alcanzaban eco sus voces en los medios de comunicación afines. Ellos se creían en "la base" ante la "jerarquía opresora". Sus palabras no eran más que imágenes del protestantismo liberal de principios de siglo, una secularización galopante del dogma, de la liturgia, de la moral y de la vida entera de la Iglesia. Querían confundir a la Iglesia con el mundo llegando, sin más, a la mundanización de la Iglesia y a una reducción ética (o moralista) de todo el Evangelio y de la doctrina.

Ese disenso tan virulento se mantiene hoy, con nuevas características, en la vida de la Iglesia. Han perdido mucho crédito y ya pocos se dejan engañar para seguir sus cantos de sirenas, pero en algunos ámbitos trasnochados, anclados aún en los años 60, les sirven de altavoces para seguir viviendo el disenso y seguir viviendo a costa del disenso.

Vale la pena que adquiramos ideas claras sobre qué significa el disenso y lo que supone para la vida de la Iglesia para situarnos con claridad ante tanto falso profeta, ante tantas voces directamente discordantes con el depósito de la fe y su custodio, el Magisterio.


"En diversas ocasiones, el Magisterio ha llamado la atención sobre los graves inconvenientes que acarrean a la comunión de la Iglesia las actitudes de oposición sistemática, que llegan incluso a constituirse en grupos organizados. En la Exhortación Apostólica Paterna cum benevolentia, Pablo VI presentó un diagnóstico que conserva toda su actualidad. Ahora se quiere hablar en particular de aquella actitud pública de oposición al Magisterio de la Iglesia, llamada también "disenso", que es necesario distinguir de la situación de dificultad personal... El fenómeno del disenso puede tener diversas formas y sus causas remotas o próximas son múltiples.

Entre los factores que directa o indirectamente pueden ejercer su influjo, hay que tener en cuenta la ideología del liberalismo filosófico que impregna la mentalidad de nuestra época. De allí proviene la tendencia a considerar que un juicio es mucho más auténtico si procede del individuo que se apoya en sus propias fuerzas. De esta manera se opone la libertad de pensamiento a la autoridad de la tradición, considerada fuente de esclavitud. Una doctrina transmitida y generalmente acogida viene desde el primer momento marcada por la sospecha, y su valor de verdad puesto en discusión. En definitiva, la libertad de juicio así entendida importa más que la verdad misma. Se trata entonces de algo muy diferente a la exigencia legítima de libertad, en el sentido de ausencia de coacción, como condición requerida para la búsqueda leal de la verdad. En virtud de esta exigencia, la Iglesia ha sostenido siempre que "nadie puede ser forzado a abrazar la fe en contra de su voluntad" (Dignitatis humanae, 10).

sábado, 10 de junio de 2017

La vocación del teólogo

Valoremos qué hace un teólogo verdadero en el seno de la Iglesia, cuál es su misión, de qué modo realizarla y valoremos igualmente la importancia de una teología sana, honda, razonable, fruto del estudio, de la oración y de la vivencia del seguimiento de Cristo. 

Y es que la teología es necesaria en la Iglesia y ser teólogo es una vocación y misión pastoral que nadie se puede atribuir (y menos identificando teología con 'la frontera', la 'disidencia' o el falso profetismo que ataca a la Iglesia y al Magisterio).




"Entre las vocaciones suscitadas de ese modo por el Espíritu en la Iglesia se distingue la del teólogo, que tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia.

Por su propia naturaleza, la fe interpela a la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3,19), sin embargo invita a nuestra razón -don de Dios otorgado para captar la verdad- a entrar en su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al Pueblo de Dios, según el mandamiento del Apóstol (cf. 1P 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a quienes se lo piden.

El trabajo del teólogo responde así al dinamismo presente en la fe misma: por su propia naturaleza, la Verdad quiere comunicarse, porque el hombre ha sido creado para percibir la verdad y desea en lo más profundo de sí mismo conocerla para encontrarse en ella y descubrir allí su salvación (cf. 1Tm 2,4). Por esta razón, el Señor envió a sus Apóstoles, para convertir en "discípulos" a todos los pueblos y les prediquen (cf. Mt 28,19s). La teología que indaga la 'razón de la fe' y la ofrece como respuesta a quienes la buscan, constituye parte integral de la obediencia a este mandato, porque los hombres no pueden llegar a ser discípulos, si no se les presenta la verdad contenida en la palabra de la fe (cf. Rm 10,14s).

viernes, 23 de diciembre de 2016

Sobre los Padres de la Iglesia (y IV)



            4) Invitación de altura: la mística

            El desarrollo de la vida bautismal desemboca en una vida sobrenatural y mística, profundamente orante, llena del Espíritu Santo. Eso sería la perfección bautismal por gracia y por tanto es accesible a todos, meta de todos.



            En la Tradición de la Iglesia los dones de la vida mística o una profunda espiritualidad y oración no están reservadas para unos pocos consagrados –vírgenes o monjes- mientras que para el común de los fieles fuese suficiente un mínimo de asistencia a la liturgia y alguna fugaz plegaria (o, pasados los siglos, unas ciertas devociones). Para todos se ofrece la mística, a ella encaminan a todos los bautizados.

            Ya en el catecumenado, cuando se les hacía entrega de la oración dominical, se les explicaba muy bien qué es la oración cristiana y cuál el sentido de las 7 peticiones del Padrenuestro, como vemos, por ejemplo, en los sermones de S. Agustín (serm. 56-58). La vida cristiana de por sí y para todos es una vida de oración plena.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Sobre los Padres de la Iglesia (III)



            3) Defensa de la razón

            En todos los Padres hay otra nota común, aunque la insistencia sea mayor en unos que en otros, y es la defensa de la razón. Descubren en Jesucristo el Logos mismo encarnado, la Sabiduría, la Razón, aquella que los filósofos paganos buscaron y vislumbraron, y cuyos destellos iluminaron muchos de sus razonamientos.


            Al ser Jesucristo el Logos (la Palabra, el Verbo hecho carne), la fe cristiana no es superstición, sino que es razonable, y los Padres empleaban la razón y animaban a ese uso de la razón para indagar el Misterio y exponerlo razonadamente, y razonablemente, en diálogo con las mejores filosofías de su época.

            Es muy revelador el hecho –como muchas veces repitiera Ratzinger- que el cristianismo al nacer no se puso en contacto con las religiones de su tiempo, porque eran cultos formales, sustentadores de la estructura del Imperio, costumbres en cuanto a la forma. Más bien se dirigió a las filosofías de su tiempo, a los que buscaban la verdad, sabedores de que con los filósofos podían hablar y mostrarles la Verdad plena que buscaban. Tertuliano afirma en este sentido: “Cuando Cristo apareció en el mundo, no dijo: Yo soy la costumbre, sino: Yo soy la verdad” ( ).

            Los Padres de la Iglesia amaban la razón porque era amar al Logos; y empleaban la razón porque la razón humana es una participación en el Logos para entender la Verdad y reconocerla.

martes, 6 de diciembre de 2016

Sobre los Padres de la Iglesia (II)



            2) Cristocentrismo absoluto

            Destaca poderosamente en los Padres sin excepción el anuncio o predicación de Jesucristo, Señor y Salvador, “mejor del cual nada existe” (S. Ignacio de Antioquía). Para ellos el centro de toda predicación cristiana que se precie es Jesucristo, Hijo de Dios, que verdaderamente se encarnó, nació, murió por nosotros y resucitó según la carne, y es constituido Señor de todo, del cielo y de la tierra. Hablan de Él con pasión, con entusiasmo, con fuerza. Nada puede sustituir en ellos la predicación sobre Cristo, sus misterios y su redención.



            Sería inútil buscar en los Padres otro núcleo de su predicación ni otros centros o ejes de gravedad. Nunca lo sustituirían por una aproximación humana o histórica a “Jesús de Nazaret”, un “creyente”, un “buscador de Dios” o un simple “hombre ejemplar”, que nos llevase “a lo divino”, entendido genéricamente como “trascendencia”. Sería inútil buscar ese lenguaje, que no es cristiano ni eclesial, en los Padres; es más, a quienes lo propusieron –desde el arrianismo o las corrientes gnósticas- la réplica fue brutal y clara. ¡No permitían los Padres que se alterase o que se desfigurase el Misterio de Jesucristo! Era intocable.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Sobre los Padres de la Iglesia (I)



            Enseñar Patrología, y volver una y otra vez sobre los Padres, sus escritos, sus enseñanzas, el contexto en el que cada uno desempeñó su ministerio, resulta siempre una tarea docente que enriquece no sólo a los alumnos que con mente abierta y espíritu receptivo cursan la asignatura, sino al mismo profesor que debe retornar a las fuentes patrísticas constantemente, descubrir nuevos aspectos, saborear sapiencialmente el conjunto, conocer a los Padres y tenerlos por amigos, maestros e interlocutores, mientras lee todas las obras que se vayan traduciendo y publicando. Máxime cuando la Tradición de los Padres es tan rica que resulta inagotable e inabarcable.



            Así, en cada curso que imparto Patrología, el primer beneficiado soy yo mismo, que he de repasarlo todo, descubrir elementos, profundizar en otros, dejarme cuestionar, disfrutar de algo que, de pronto, ha captado mi atención de una manera nueva y poner en conexión a los Padres con la actualidad eclesial viendo cómo sus enseñanzas y su hacer pueden enseñarnos hoy.

miércoles, 13 de enero de 2016

Teología y santidad

Tan relacionadas están la teología y la santidad, que son inseparables, y con este criterio podríamos discernir cualquier obra y cualquier presunta santidad.

La teología será buena, verdadera, hermosa, cuando su autor ha renunciado al academicismo y a las categorías ideológicas y elabora su teología con una santidad de vida personal grande y firme. Escribe, piensa, enseña, delante de Dios, ante Dios y para la gloria de Dios.


La santidad es verdadera, y no moralismo o apariencia de compromiso ético, cuando piensa a Dios y ora a Dios y vive de Dios; entonces sus palabras no serán soflamas ideológicas de hombres "comprometidos", sino palabras llenas de sabiduría, fe y Espíritu Santo.

La conjunción siempre es teología y santidad. Los grandes teólogos siempre serán los que intenten vivir la santidad y su conjunto doctrinal tendrá una belleza que hiere el alma; los grandes santos siempre son teólogos que saben hablarnos de Dios y llevarnos a Dios.

No tenemos que olvidar que cuando se produce un fallo en la coherencia personal, la verdad siempre pierde algo. Decía Rosmini: "La ciencia es común a todos, buenos y malos, pero la verdad del Evangelio, viva, puesta en práctica, sólo pertenece a los buenos". Un "maestro de teología" debe ser también, sobre todo, ante todo, partiendo de su propia experiencia, un "maestro de santidad" porque si no, habría que dudar de la naturaleza de su teología, de su peso específico cristiano.

jueves, 19 de noviembre de 2015

La teología verdadera (Palabras sobre la santidad - XXI)

La fe busca entender (fides quaerens intellectum). Y es verdad que se ama lo que se conoce, y se conoce a su vez lo que se ama. El amor pide conocer más y mejor al amado; y aquello que empezamos a conocer, desearemos conocerlo mejor si despierta el amor en nosotros.


El amor a Dios impulsa a conocerlo mejor, lo más amplia y profundamente posible, y dar a conocerlo de manera amable y razonable. La teología corresponde a ese impulso del amor y del intelecto: ama a Dios y desea conocerlo mejor y fruto de ese conocimiento, quiere darlo a conocer a todos para que todos lo amen.

La teología une amor y conocimiento; los santos han sido los mejores teólogos porque amaron a Dios sin reservas y se entregaron a un conocimiento nuevo, renovado, interior. La santidad es el mejor terreno para una buena teología, tal vez el único terreno posible para que la teología tenga raíces, crezca y dé frutos reales.

sábado, 16 de mayo de 2015

Tarea pastoral o evangelizadora de la teología

La teología, con todo el rigor científico que se quiera, y el método riguroso que debe emplear, supera los límites academicistas que a veces la encierran y se convierte, realmente, en una "ciencia de Dios" o "discurso sobre Dios", para la vida, para el anuncio, para la pastoral y la vida cristiana.


En este sentido, la teología siempre es una ciencia viva y posee, por su propia naturaleza, un carácter pastoral porque edifica la Iglesia y contribuye al bien de las almas. 

El teólogo estudia, investiga, reflexiona, escribe y enseña, cumpliendo no sólo una labor docente importantísima, sino recibiendo una misión de la Iglesia, con alma pastoral. Sus palabras y sus escritos reciben un sabor distinto cuando el teólogo no piensa en los círculos reducidos del debate teológico o académico, sino en llegar a todos, en ayudar a todos a crecer en su reflexión y en su vida cristiana. Por eso no es una ciencia aséptica, fría, sino una realidad dinámica, necesaria para la vida de la Iglesia y de las comunidades cristianas.

martes, 24 de febrero de 2015

Santidad y teología (Palabras sobre la santidad - XI)

Cuando teología y santidad caminan unidas, piensan unidas, rezan unidas, entonces esa alianza se vuelve muy fructuosa para la Iglesia y para el pensamiento. El mejor teólogo es el santo, el hombre que piensa, investiga, reflexiona, escribe y explica con un claro compromiso personal de santidad y por eso vive contemplativamente, es orante verdadero que conoce por la fe y por la razón.


La teología sin santidad, lo sabemos, se vuelve mero academicismo, una preocupación histórica alejada vitalmente, y difícilmente conduce a Dios.
La teología sin santidad, buscará su estatuto de ciencia en la historia misma y no en la revelación, y buscará un derivado en la ética y el compromiso; en el plano formal, su preocupación será sólo metodológica, apasionada por la manera correcta de citar en nota a pie de página, pero será árida, con sabor amargo, para quien reciba esa teología sin alma.

lunes, 2 de febrero de 2015

El valor perenne de la teología de von Balthasar

Hay afirmaciones o escritos que son de compromiso, y se nota que son de compromiso: se recurre a tres lugares comunes, tres tópicos que no comprometen, y se sale airoso del paso. Esto también sirve, en ocasiones, para el Magisterio pontificio, que, con suavidad, debe a veces ser tan sutil que hay que leer entre líneas ciertos Mensajes, Cartas o Discursos, ya que junto a una somera alabanza inicial de la persona o del acontecimiento, viene luego una carga de profundidad, escrita o dicha tan suavemente, que los torpes o encegados no quieren o no saben descubrir.


Pero hay muchas otras ocasiones, también en el Magisterio, donde sin trabas, se ve ardor, pasión, recalcando algo.

Éste es el caso de un Mensaje del papa Benedicto XVI a un Congreso sobre von Balthasar. No es un telegrama, o una nota breve, de adhesión impartiendo la Bendición Apostólica al final, sino una glosa de la persona de Hans Urs von Balthasar, donde no se ahorran elogios, y luego una descripción del volumen y alcance de su teología.

Este Mensaje de Benedicto XVI bien podría servir como una guía inicial para conocer y captar los núcleos del pensamiento teológico de Balthasar.

De paso, y no menos importante, es destacar cómo tanto Balthasar como su teología, está en absoluta sintonía eclesial y es un Papa quien lo ensalza. Jamás se le puede tachar de liberal, modernista o progresista: es una Papa quien reconoce el valor de Balthasar.



"Señores cardenales;

venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;

ilustres señoras y señores:



Con gran placer me uno espiritualmente a vosotros en la celebración del centenario del nacimiento de Hans Urs von Balthasar, insigne teólogo suizo, al que tuve la alegría de conocer y tratar. Creo que su reflexión teológica conserva intacta hasta hoy una gran actualidad e impulsa aún a muchos a adentrarse cada vez más en la profundidad del misterio de la fe, llevados de la mano por un guía tan autorizado. En una ocasión como esta es fácil caer en la tentación de volver a los recuerdos personales, a causa de la sincera amistad que nos unía y por los numerosos trabajos que emprendimos juntos, afrontando los numerosos desafíos de aquellos años. La fundación de la revista Communio, inmediatamente después del concilio Vaticano II, es el signo más evidente de nuestro compromiso común en la investigación teológica. Sin embargo, ahora no quiero hablar de recuerdos, sino más bien de la riqueza de la teología de von Balthasar.


domingo, 8 de junio de 2014

¿Y qué es la teología?

Personalmente, me gusta muchísimo este apartado de la Teología fundamental que reflexiona sobre el hecho mismo de la teología, condiciones, premisas, funciones, estatuto eclesial, vocación, misión.

Hay un clima de anti-intelectualismo en la Iglesia que es peligroso; se sospecha de la intelectualidad, del estudio y de la investigación, y se suprime por el "fervorín" de tono apologético, que siempre es una repetición anodina. Se sospecha del estudio y se le opone la oración, como si acaso oración y teología fuesen dos polos opuestos ante los que hubiera que escoger.

Incluso de los males de la Iglesia se culpa a la teología y a los teólogos, con un simplismo grande de análisis; y entonces, más que teólogos, se buscan "compiladores" de lo que otros dijeron, y repetidores de citas magisteriales que vean peligros por todas partes. 

Pensar es una noble función por la cual participamos del Logos-Jesucristo; investigar es una función irrenunciable de la fe que busca entender, siempre dentro de la Comunión de la Iglesia. El bello y verdadero nombre de la teología no se puede empañar con sospechas.

¿Y qué es la teología?

Un primer paso lo da el papa Benedicto XVI: