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jueves, 29 de diciembre de 2022

Mística del silencio: san Agustín - y II (Silencio - XIV)



            La predicación, en general, la liturgia de la Palabra por tanto, será eficaz, fructuosa, si el sonido llega al corazón y allí escuchamos al Maestro interior:

            “Volveos a vuestro interior, y si sois fieles, allí encontraréis a Cristo. Es él quien os habla allí. Yo grito, pero él enseña con su silencio más que yo hablando. Yo hablo mediante el sonido de mi palabra; él habla interiormente infundiendo pensamientos de temor. Grabe él, pues, en vuestro interior las palabras que me atreví a deciros… Puesto que hay fe en vuestro corazón y, en consecuencia, habita Cristo en él, él os enseñará lo que yo deseo proclamar” (Serm. 102,2).



            Es ésta una enseñanza muy querida y repetida por San Agustín, la del sonido de su predicación y el Maestro interior que revela:

            “Y yo no digo a vuestros oídos tanto cuanto esa fuente misma mana, sino cuanto puedo comprender para trasvasar a vuestros sentidos, mientras ella misma obra en vuestros corazones más abundantemente que yo en vuestros oídos” (In Ioh. ev., tr. 22,1).

            “Todos los hombres de aquel reino serán aprendices de Dios, no oirán a los hombres. Y, si algo oyen a los hombres, sin embargo, lo que entienden se da dentro; dentro resplandece, dentro se revela. ¿Qué hacen los hombres que informan por fuera? ¿Qué hago yo ahora, cuando hablo? Introduzco en vuestros oídos el ruido de las palabras. Si, pues, no revela quien está dentro, ¿por qué explico, por qué hablo? El cultivador de árboles está fuera; el Creador está dentro” (In Ioh. ev., tr. 26,7).

            “Que, pues, crezcáis y la captéis [la luz inteligible] y, cuanto más crecéis, tanto más y más la captéis, debéis pedirlo y esperarlo no de este profesor que emite sonidos a vuestros oídos, esto es, planta y riega trabajando por fuera, sino de ese que da el crecimiento” (In Ioh. ev., tr. 97,1).

viernes, 23 de diciembre de 2022

Mística del silencio: san Agustín - I (Silencio - XIII)



Si la liturgia, en las santas Iglesias orientales, es calificada de “mística”, el silencio es un elemento integrante. Nos situamos así en la liturgia como una actuación divina, sobrenatural, y no como un “hacer” exterior del hombre o del grupo. La liturgia es la santa liturgia, la divina liturgia, la mística liturgia; en ella entramos en los santos misterios.

            Las reflexiones y enseñanzas de los grandes doctores de la Iglesia sobre el silencio contemplativo han de ser igualmente válidas para el silencio adorante que envuelve la celebración de la liturgia.



            San Agustín habla del silencio en ocasiones, aunque es mucho más explícito al hablar de la interioridad que, obviamente, requiere silencio.

            Para mirar el universo, la belleza de lo creado, es necesario un silencio contemplativo: “Así el espíritu, replegado en sí mismo, comprende la hermosura del universo, el cual tomó su nombre de la unidad. Por tanto no es dable ver aquella hermosura a las almas desparramadas en lo externo, cuya avidez engendra la indigencia, que sólo se logra evitar con el despego de la multitud. Y llamo multitud, no de hombres, sino de todas las cosas que abarcan nuestros sentidos” (De Ordine, I,2,3).

sábado, 4 de enero de 2020

Objeto del discernimiento: la voluntad de Dios



El gran objeto es buscar la voluntad de Dios, saber elegir lo que le agrada al Señor y perseverar en su camino; aunque S. Agustín no tiene sistematizada una doctrina en torno a esto, son muchos los retazos sueltos en sus sermones que iluminan este proceso espiritual del cristiano.




Creed, entended, temed, absteneos de toda obra mala; informaos en la palabra de Dios, amad que os digan lo que quiere Dios y qué promete a los que cumplen su voluntad. Y para que se realice lo que Él manda, roguemos a Dios y Dios ayudará (Serm. 77 A, 4).

Brilla el oro, pero más la fe. Elige qué has de tener en tu corazón. Procura estar lleno dentro, donde Dios ve tu riqueza, aunque no el hombre (Serm. 36,8).

No existe nadie que no ame. Pero se pregunta qué es lo que se ama. No nos invita a no amar, sino a elegir lo que vamos a amar. Pero ¿qué elegimos a no ser que antes seamos elegidos nosotros? De hecho, no amamos si antes no somos amados (Serm. 34,2).

Sábete que no te conviene lo que no quieres que tengas quien te creó (Serm. 107A).

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, y XI)

El argumento de san Agustín sobre la paciencia de Dios, la paciencia cristiana y la paciencia de los cismáticos, se concluye hablando del premio de los hijos, unos recibiendo la herencia prometida, otros desheredados.


Termina el tratado hablando el autor de cómo la paciencia nos hace aguardar, y conquistar por gracia, el premio de la vida futura, la vida eterna, la feliz bienaventuranza.

Más: el premio eterno de la paciencia será Dios mismo, a quien llegaremos y quien nos recibirá, tras haber luchado aquí pacientemente, tras haber padecido aquí pacientemente por su nombre... tras haber resistido pacientemente tantos combates de distinto tipo.

Son los capítulos finales del tratado de san Agustín.

"CAPÍTULO XXVIII. DIFERENTES DONES DE LOS HIJOS Y DE LOS DESHERERADADOS

Los dones de los hijos son, en cierto modo, hereditarios, puesto que, por ellos, “somos herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rm 8,17). Los otros dones pueden recibirlos incluso los hijos de las concubinas, a los que se equiparan los judíos carnales, los cismáticos y los herejes. Pues aunque esté escrito: “arroja a la esclava y a su hijo, pues no heredará el hijo de la esclava con mi hijo Isaac” (Gal 4,30; Gen 21,20). Y Dios dijera a Abrahán: “Por Isaac será nombrado tu linaje” (Gen 21,12; Rm 9,7-8), y el Apóstol interpreta esto, cuando dice: “es decir, no son los hijos de la carne los hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa serán contados en el linaje” (Rm 9,8), para que entendiéramos que el linaje de Abrahán, según Isaac, pertenece a los hijos de Dios por Cristo. 

lunes, 12 de noviembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, X)

Los cismas son separaciones dramáticas de un grupo que se sale de la Iglesia Católica, a la que consideran pervertida, o infiel, y se autoproclaman la verdadera Iglesia, la Iglesia tradicional, la única fiel a Cristo. Pueden o no tener herejías, pueden ser estas herejías más o menos claras y evidentes, pero el cisma es siempre una división organizada por la soberbia y un afán de pureza.


Los ejemplos sobran desde el inicio de la Iglesia hasta nuestros días. Un cisma es algo formal: posee su jerarquía, su estructura, sus instituciones, no es simplemente la actitud de alguno que va realmente por libre. El cisma no es personal, sino de una parte, de un grupo de fieles.

El Donatismo fue una de esas escisiones que en su momento fue gravísima. En la Iglesia del Norte de África, Donato quería una Iglesia pura, vinculaba la eficacia de los sacramentos a la santidad del ministro y negaba la verdad del sacramento si un ministro era indigno. Se atribuyeron el ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Mucho luchó y mucho refutó san Agustín semejante cisma lacerante.

Ahora bien, ¿cuál es la paciencia verdadera y cuál es la aparente paciencia de los cismáticos? ¿Y cómo será la paciencia verdadera, cristiana, católica, sino la que aguarda que los cismáticos reconozcan su error soberbio, su terquedad y contumacia, y arrepintiéndose vuelvan al seno de la Católica?


"CAPÍTULO XXVI. LA PACIENCIA, DON DE DIOS, Y LA PACIENCIA DE LOS CISMÁTICOS

Por lo tanto, no puede dudar la piedad que la paciencia de los que toleran piadosamente es un don de Dios como la caridad de los que aman santamente. Ni engaña ni yerra la Escritura que no sólo en el Antiguo Testamento nos presenta claros testimonios de esto, cuando se dice a Dios: “Tú eres mi paciencia” (Sal 70,5), y también: “de Él procede mi paciencia” (Sal 61,6), o cuando otro profeta dice que recibimos el espíritu de fortaleza, sino que también en las Cartas apostólicas se lee: “Porque se os ha dado por Cristo no solo el creer en Él, sino también el padecer por Él” (Flp 1,29). No se atribuya, pues, el alma noble lo que oye le fue regalado.

martes, 30 de octubre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, IX)

Retorna san Agustín, no de manera sistemática, sino volviendo y ampliando, argumentando de otro modo, sobre la paciencia y cómo la buena voluntad, o simplemente la voluntad, no basta para ser pacientes.


La caridad es la fuente de la verdadera paciencia. Quien ama de verdad, es capaz de esperarlo todo, de esperar el bien, de esperar al prójimo. La caridad es paciente. No es simplemente el estado emotivo, la vida afectiva tratada romántica, sino una caridad que tiene su origen en Dios -¡Dios es caridad!- y que Él infunde en nosotros.

Un amor de caridad así, excelente, incluye la paciencia, da la paciencia. 

La voluntad ahora, transformada por una caridad teologal tan excelente, es paciente. Pero sin la caridad, sin la gracia, la voluntad se puede desviar o puede agotarse en sus buenos propósitos incluso, cansándose.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, VIII)

Acostumbrados ya de sobra al lenguaje agustiniano, a nadie le extrañará que el tratado sobre la paciencia haga una disgresión para acudir a un tema teológico clave en su pensamiento: la gracia.

Sin la gracia nada somos ni nada podemos.


Por eso, la paciencia es un don de la gracia que orienta, dirige, sostiene la voluntad humana, siempre inclinada al pecado cuando se deja guiar por sus meras fuerzas y su concupiscencia.

Dios corona su obra al coronar nuestros méritos. Son suyos, de la gracia obrando en nosotros. Y, por gracia, recibimos una paciencia santa, orientada al bien y la perseverancia, a alcanzar los dones supremos, los bienes temporales y eternos.

Son párrafos realmente deliciosos, dignos de una lectura que sea capaz de asimilar estos conceptos y vivir de una forma nueva.
 

lunes, 8 de octubre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, VII)

Como una virtud auxiliar, una ayuda, la paciencia viene dada por la caridad sobrenatural y es una ayuda para vivir esa caridad sobrenatural.

Así señala san Agustín que su origen está en Dios, como fruto de la gracia, y nosotros siempre somos mendigos de la gracia que no podemos presumir ni de méritos ni de obras, que no podemos justificarnos por nuestros méritos y obras, sino por la gracia que genera en nosotros el mérito.


Será la gracia la que nos dé la paciencia cuando infunda una mayor caridad sobrenatural y se extinga así el amor concupiscente, el amor o el deseo al pecado que nos arrastra.

Éstos son puntos claves, no sólo del Tratado sobre la paciencia, sino de todo el armazón teológico de san Agustín.


"CAPÍTULO XVII. La caridad ES LA FORTALEZA DE LOS JUSTOS

14. Los que así hablan no entienden que el inicuo es también más duro para tolerar cualquier aspereza cuanto mayor es, en él, el amor del mundo, y que el justo es tanto más fuerte para tolerar cualquier aspereza cuanto mayor es, en él, el amor de Dios. Ahora bien, el amor del mundo tiene su origen en el albedrío de la voluntad, su crecimiento en el deleite del placer y su confirmación en el lazo de la costumbre. En cambio, “la caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones”, no de nuestra cosecha, sino “por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). 

domingo, 30 de septiembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, VI)

Al estudiar la paciencia, llega san Agustín a definiciones que calibran bien cómo es esta virtud y a qué objetos se refiere para que así la vivamos.

La paciencia de los justos demuestra y señala para nosotros, cristianos, qué es esta virtud, y es necesaria para vivir justa y santamente, como advertimos en sus vidas. Nadie será santo sin la paciencia, nadie será justo sin ser paciente.

Pero siendo un don de Dios, viene por su acción gratuita y generosa en nosotros, ya que por nosotros mismos, guiados sólo por nuestra voluntad, la concupiscencia rápidamente nos arrastrará hacia la impaciencia. Nuestra voluntad está debilitada por el pecado original y sus consecuencias, dramáticas, en nuestro ser personal. 

Pidamos el don de la paciencia deseándolo de veras.


"CAPÍTULO XIV. La paciencia de LOS JUSTOS
 
11. Oigan, pues, los santos los preceptos de paciencia que da la Escritura santa: “Hijo, al entrar al servicio de Dios, mantente en justicia y temor, y prepara tu alma para la tentación. Humilla tu corazón y aguanta, para que, al final, florezca tu vida. Acepta todo lo que te sobrevenga, aguanta en el dolor y sé paciente con humildad. Porque reprueba a fuego el oro y la plata, pero los hombres se hacen aceptables en el camino de la humillación” (Eclo 2,1-5). Y en otro lugar se dice: “Hijo, no decaigas en la disciplina del Señor ni desmayes cuando seas reprendido por Él. Pues al que Dios ama, le castiga; y azota a todo hijo que le es aceptable” (Prov 3,11-12). Aquí se dice “hijo aceptable” como arriba se dijo “hombres aceptables”. Pues es muy justo que los que fuimos expulsados de la felicidad primera del paraíso, por una apetencia contumaz de las delicias, seamos aceptados de nuevo por la paciencia humilde de los trabajos. Hemos sido fugitivos por hacer el mal, pero seremos acogidos por padecer el mal. Porque allí delinquimos contra la justicia, y aquí sufrimos por la justicia.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, V)

Prosiguiendo con la lectura del Tratado sobre la paciencia, del gran san Agustín, llegamos a un lugar común en toda la predicación cristiana: la paciencia de Job.

Inocente, es abatido por sufrimientos, calamidades y enfermedades, y ha de resistir no sólo a todo ello, sino a las insinuaciones de su mujer y a los discursos capciosos de aquellos amigos.

La paciencia de Job, un santo, un justo del Antiguo Testamento, se propone como modelo virtuoso para nosotros. Leamos a san Agustín:


"CAPÍTULO XI. Paciencia del SANTO JOB

El santo Job toleró a este demonio cuando fue atormentado con ambas tentaciones, pero en ambas salió victorioso con el vigor constante de la paciencia y con las armas de la piedad. Primero perdió cuanto tenía, pero con el cuerpo ileso, para que cayese el ánimo, antes de atormentarle en la carne, al quitarle las cosas que más suelen estimar los hombres, y dijese contra Dios algo, al perder aquellas cosas por las que se pensaba que Job servía a Dios. Fue afligido también con la pérdida instantánea de todos sus hijos, de modo que los que recibió uno a uno, los perdiera de una vez, como si su mayor número no se le hubiera otorgado para mostrar la plena felicidad, sino para acumular calamidad. 

domingo, 2 de septiembre de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, IV)

Hemos de ser pacientes si queremos alcanzar bienes mayores que aún no poseemos. La impaciencia en nada nos ayuda.

La paciencia beneficia a quien aguarda y sabe resistir, logrando los bienes necesarios para el cuerpo, para el alma, para el espíritu, aunque sean muchas las dificultades exteriores, o las circunstancias que se presentan inesperadamente y hemos de afrontar valientemente, aun cuando seas costosas.

La paciencia, sin lugar a dudas, es una virtud necesaria, ardua, viril.


"CAPÍTULO VIII. Práctica de LA PACIENCIA EN EL CUERPO Y EN EL ALMA

Así pues, cuando nos torturan algunos males pero no nos destruyen las malas obras, no solo poseemos nuestra alma por la paciencia, sino que cuando por la paciencia se aflige y se sacrifica el cuerpo temporalmente, se lo recupera con una salud y una seguridad eterna, y por el dolor y la muerte se conquista una salud inviolable y una inmortalidad feliz. Por eso, Jesús, al exhortar a sus mártires a la paciencia, les prometió también la integridad futura del mismo cuerpo que no ha de perder, no digo ya un miembro, sino ni siquiera un pelo: “En verdad os digo”, dice, “que no perecerá un cabello de vuestra cabeza” (Lc 21,18). Y como dice el Apóstol: “nadie tuvo jamás odio a su carne” (Ef 5,29). Vele, pues el hombre fiel más por la paciencia que por la impaciencia, por la salud de su carne y compare los dolores del presente, por grandes que sean, con la inestimable ganancia de la incorrupción futura.

jueves, 23 de agosto de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, III)

Si los malvados, y nosotros mismos cuando dejamos a la voluntad que se guíe por sus apetitos, aguantamos lo que sea con tal de obtener tercamente lo que queríamos, cuánto más el alma, guiada por la gracia, ha de perseverar, aguantar, resistir, para alcanzar el bien.


Incluso, cuando por la paciencia aguardamos bienes temporales, legítimos, deberíamos recordar cuánta mayor paciencia necesitamos para alcanzar los bienes eternos y perseverar.

Pero sabremos si tenemos paciencia, cristiana, si conocemos su raíz y sus motivaciones.

Estas son las pautas que muestra san Agustín en el tratado sobre la paciencia:


"CAPÍTULO VI. LA CAUSA DISTINGUE LA VERDADERA PACIENCIA DE LA FALSA

            5. Así pues, cuando veas que alguien tolera algo pacientemente, no te apresures a alabar su paciencia mientras no aparezca el motivo de su padecer. Cuando éste es bueno, aquélla es verdadera; cuando éste no se mancha con la codicia, entonces aquélla se aparta de la falsedad; cuando aquél se hunde en el crimen, entonces se yerra en darle a ésta el nombre de paciencia. Pues, así como todos los que saben participan de la ciencia, no todos los que padecen participan de la paciencia, sino que los que viven rectamente su pasión, ésos son alabados como verdaderos pacientes, y son coronados con el galardón de la paciencia.


domingo, 12 de agosto de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, II)

La paciencia va vinculada al bien objetivo, y así es verdadera paciencia la que espera, resiste, aguanta, sufre, por el bien.

Los malvados, dirá san Agustín, pueden parecer que tienen paciencia hasta lograr el objeto de su maldad y sus deseos, pero eso es más que paciencia, contumacia, terquedad. La paciencia cristiana es bien distinta. ¿Cómo la discerniremos? Por sus motivos interiores, por su motivación.


Así, san Agustín comienza mostrando la supuesta paciencia del mal y de los malvados, para desenmascararla y orientar la naturaleza y el fin de la paciencia cristiana.


"CAPÍTULO III. La PACIENCIA DE LOS MALVADOS

            3. Veamos, pues, cristianos, qué duros trabajos y dolores soportan los hombres por las cosas que aman, viciosamente, y cómo se juzgan más felices con ellas cuanto más infelizmente las codician. ¡Qué de cosas peligrosísimas y muy molestas afrontan, con suma paciencia, por unas falsas riquezas, unos vanos honores o unas pueriles satisfacciones! Los vemos hambrientos de dinero, de gloria y de lascivia, y, para conseguir esas cosas, tan deseadas y una vez adquiridas no carecer de ellas, soportar, no por una necesidad inevitable sino por una voluntad culpable, el sol, la lluvia, los hielos, el mar y las tempestades más procelosas, las asperezas e incertidumbres de la guerra, golpes y heridas crueles, llagas horrendas. E, incluso, estas locuras les parecen, en cierto modo, muy lógicas.

martes, 31 de julio de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, I)

Cuando uno quiere beber agua, busca fuentes cristalinas, no contaminadas, ni siquiera que pueda haber una mínima duda sobre su salubridad. Los Padres de la Iglesia son fuentes de agua viva, no hay duda alguna cuando vemos sus fuentes y nos acercamos a beber.


La formación católica se enriquece cuando acudimos a los Padres de la Iglesia y nos sumergimos en la Tradición, mejor que acudir a quienes tal vez se ponen de moda, pero no hay en ellos garantía alguna, sólo la publicidad editorial.

A medida en que leemos los Padres de la Iglesia, descubrimos que no son monumentos del pasado ni tampoco una lectura críptica difícil: muchos tratados, homilías, escritos, etc, muestran su actualidad a la vez que ofrecen criterios claros, fecundos, para la vida católica. Por eso un interés grande debe movernos a leerlos, conocerlos.

miércoles, 5 de abril de 2017

Mirada de conjunto a la Oración del Señor

Concluidas las siete peticiones del Padrenuestro, la catequesis pronunciada por San Agustín retoma el vuelo y lanza una mirada final al conjunto.


Recapitulemos la enseñanza sobre la Oración dominical, sentados junto a los "competentes" y sus padrinos, y actualicemos la doctrina de la Iglesia.

"n. 12. Las tres primeras peticiones: Santificado sea tu nombre, Venga tu reino y Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, son eternas. Las cuatro siguientes corresponden a la vida presente.

Danos hoy nuestro pan de cada día: ¿acaso, una vez que hayamos llegado a aquella saciedad, hemos de pedir diariamente el pan de cada día? 

sábado, 1 de abril de 2017

Líbranos del mal (VII)

La última petición del Padrenuestro suplica la defensa contra el Maligno, contra el demonio.

Su presencia se nota sembrando el odio, generando el mal y la soberbia, la destrucción, la violencia, el rencor, el resentimiento. Lejos de ser una figura metafórica, un género literario que dirían algunos, es un espíritu real y concreto, caído, malvado.


Sus ataques son constantes y la Escritura de fe de ello en muchísimos pasajes. Cristo se enfrenta a él y lo vence en las tentaciones, lo pisotea con el árbol de la cruz. Ahora, dirá el Apocalipsis, se va a hacer la guerra a los que guardan los mandamientos y dan testimonio de Jesús.

Cada día, tres veces al día según la tradición litúrgica, entonamos la Oración dominical y suplicamos ser librados del Maligno.


"n. 11. Después de haber dicho: No nos dejes caer en la tentación, continúa: Y líbranos del mal

Quien quiere ser librado del mal, atestigua que está metido en él.

domingo, 26 de marzo de 2017

La tentación y las tentaciones (VI)

La sexta petición del Padrenuestro, "no nos dejes caer en la tentación", da pie de sobra a la catequesis eclesial para tratar la realidad del pecado y su intrínseca maldad, así como lo expuesto que estamos a las tentaciones.


Ni somos invencibles, ni somos imbatibles. El pecado original ha dejado sentir su reliquia en nosotros, la brecha abierta de la concupiscencia, y nosotros, sin la gracia, no podremos detenerla.

El Maligno quiere cazarnos, sinuosamente, con trampas de distinto género, adaptándose a nuestras inclinaciones naturales para echar la red, para lanzar sus dardos. Allí donde somos débiles, él viene a atacarnos, de manera repetida y con distintas estrategias. Cuando Cristo nos exhorta a estar vigilantes, sabe bien lo que dice y porqué lo dice: porque las insidias son constantes y un alma despistada, adormecida, puede dejarse envolver en el canto de sirenas de las tentaciones.

martes, 21 de marzo de 2017

Perdón, Señor, cada día (V)

Cada día hemos de pedir perdón porque cada día caemos, tropezamos, pecamos. ¡Así de débiles somos! La concupiscencia nos ha dejado maltrechos y sentimos inclinaciones de pronto que no sabemos ni podemos dominar si no es por la gracia en nosotros.


Caemos, somos pecadores. Sobre nosotros también cae el pecado de nuestros hermanos que nos dañan, nos maltratan. Si arrepentidos vuelven a nosotros y piden perdón, habremos de perdonarlos siempre, el enorme número perfecto de setenta veces siete.

El perdón de Dios a nuestros propios pecados está condicionado al perdón que, sinceramente, otorguemos a quienes nos han ofendido y lo piden a nosotros.

Así nos lo enseñó el Señor en el Evangelio y así lo consignó en su Oración.


"n. 6. Decimos a continuación: Perdónanos nuestras deudas; digámoslo, porque decimos la verdad. ¿Quién hay que viviendo en la carne no tenga deudas? ¿Quién es el hombre que vive de tal manera que no le sea necesaria esta petición? Podrá hincharse, pero no hacerse.

jueves, 16 de marzo de 2017

Danos nuestro pan (IV)

En el centro del Padrenuestro está la petición sobre el pan. Pero no hagamos una lectura reductora sobre el pan reduciéndolo a lo material, que también lo incluye, pero que va más allá.


En el "pan" está contenido todo lo necesario para nuestro existir aquí en esta vida: es el pan material, pero es también el pan de la Eucaristía, el pan de la Palabra y hasta el pan de la Gracia.

"n. 5.Y sigue: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Puede aceptarse sin dificultad que hacemos esta oración para que abunde o, al menos, que no nos falte el pan de cada día. Dijo de cada día, es decir, mientras perdura el hoy. Cada día vivimos, cada día nos levantamos, cada día nos saciamos, cada día sentimos hambre. Denos el pan de cada día.

¿Por qué no mencionó también el abrigo? Nuestro sustento consiste en la comida y en la bebida; el abrigo, en el vestido y en el techo. Nada más desee el hombre, porque dice el Apóstol: Nada trajimos a este mundo, ni podemos llevarnos nada de él. Teniendo sustento y abrigo, debemos estar contentos. Desaparezca la avaricia, pues es rica la naturaleza. Por tanto, si se refiere al alimento de cada día, puesto que razonablemente puede entenderse así  lo que decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, no nos extrañemos de que, nombrando sólo el pan, se incluya todo lo necesario.

sábado, 11 de marzo de 2017

Tu voluntad es el criterio (III)

El Padrenuestro, recitado tres veces al día, nos ponen en la tesitura del verdadero creyente, que se abandona en las manos de Dios, se deja dirigir por Él, obedece a su voluntad con prontitud, sin resistencias.


Rezar así a Dios supondrá vencer las resistencias del amor propio, del criterio inflexible donde queremos someter a Dios para que haga nuestra voluntad en lugar de la disponibilidad filial para ir a la viña a trabajar, a la hora en que se nos llame, para la tarea que se nos encomiende.

La voluntad de Dios es el criterio orientador para todas las cosas y habrá que buscar esa voluntad concreta de Dios mediante la oración y el discernimiento.

Decimos como Cristo Jesús: "Hágase tu voluntad", "aquí estoy", "envíame" como los profetas.