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miércoles, 30 de agosto de 2023

Glorificar y adorar a Dios

"El hombre está creado para alabar, servir, reverenciar y dar gloria a Dios"[1], y la glorificación de Dios es un elemento fundamental de la vida del cristiano. 



Contemplando las mirabilia Dei, lo que Dios ha hecho por su pueblo por amor, sólo puede responder mediante la adoración, la alabanza, la glorificación.

El Catecismo de la Iglesia Católica presenta así este elemento de adoración:

La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho y la omnipotencia del Salvador que nos libra del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el "Rey de la gloria" y el silencio respetuoso en presencia de Dios "siempre mayor"[2].

lunes, 27 de enero de 2014

Magisterio: sobre la evangelización (XIII)

La Iglesia, nunca instalada, se calza constantemente las sandalias, se reviste la túnica, y con el celo por el anuncio del Evangelio, sale a los caminos del hombre para mostrarle a Cristo.

Tarea permanente, nunca acabada, es ésta de la evangelización. La Iglesia siempre está in statu missionis, en estado de misión. Esa conciencia de misión es la que hoy debe alentar el espíritu y toda pastoral, el compromiso pastoral y cualquier apostolado, toda iniciativa nueva sea parroquial o sea en los nuevos areópagos de la fe y la razón, de la cultura, del arte...

"La Iglesia ha adquirido una conciencia aún más clara de su innata vocación misionera, reconociendo en ella un elemento constitutivo de su misma naturaleza. En obediencia al mandato de Cristo, que envió a sus discípulos a anunciar el Evangelio a todas las gentes (cf. Mt 28, 18-20), también en nuestra época la comunidad cristiana se siente enviada a los hombres y a las mujeres del tercer milenio, para darles a conocer la verdad del mensaje evangélico y abrirles de este modo el camino de la salvación. Y esto como decía no es algo facultativo, sino la vocación propia del pueblo de Dios, un deber que le incumbe por mandato del mismo Señor Jesucristo (cf. Evangelii nuntiandi, 5). Más aún, el anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo" (Benedicto XVI, Discurso a un Congreso sobre el 40 aniversario del decreto Ad Gentes, 11-marzo-2006). 

Obsérvese bien: el primer servicio que podemos prestar es evangelizar. La evangelización no es un momento posterior a la promoción humana, a la educación, al desarrollo, o a ese "estar anónimamente" inserto en la ciudad o en el barrio pensando que sólo "estar" como uno más ya es significativo. La evangelización es "el primer servicio" que podemos prestar porque orienta la vida del hombre en el encuentro con Cristo. 

martes, 21 de enero de 2014

Confiar (en Dios, claro)

El creyente es un hombre que confía en Dios, una confianza sin fisuras. "Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor".

La fe, siempre razonable, sabe que nadie es más digno de confianza, nadie más digno de crédito -y se lo gana a pulso- que Dios.


¡Confiar! Sí, aunque a veces sea un confiar en noche cerrada, gimiendo, sin sentir ni experimentar nada. Entonces se grita: ¡Abba!, ¡Padre!

Una confianza que permite al hombre edificarse sobre Roca y no sobre las arenas movedizas de otras seguridades, más inmediatas y aparentes, pero más falsas y peligrosas.

Un creyente es un hombre de fe inquebrantable en Dios, de confianza firme y probada en Dios.

"Dios me ha creado para un servicio preciso; me ha encomendado un trabajo que no ha encomendado a nadie más. Tengo una misión que cumplir que quizá no llegue a conocer nunca en esta vida, pero se me dirá en la otra... No me ha creado para nada. Haré el bien, ejecutaré la tarea que me ha encomendado... sin ni siquiera quererlo, si observo sus mandamientos y le sirvo en el lugar que me corresponde.

viernes, 27 de julio de 2012

El laicado vivo que asume tareas

¿Un laico recibe algún encargo de la Iglesia? ¡Sí! El dinamismo propio del bautismo, concretado en su vocación laical, lo lleva a vivir su vocación en el mundo asumiendo tareas que le pertenecen por su propia naturaleza.

¡Ah!, ¿pero no es la pura pasividad? ¡No! El fiel laico posee una vocación y una misión, irrenunciable, insustituible. Le pertenece a él, no al sacerdote; es suya, no del religioso o consagrado.

¿Entonces? Pues habrá que mostrar el horizonte de la vocación laical y su campo de acción, recordarlo las veces que sean necesarias y ayudar, animar y acompañar en el desempeño de su apostolado.

"La Iglesia se concentra de modo especial en educar a los discípulos de Cristo, para que sean cada vez más testigos de su presencia en todas partes. 

-Toca a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, 
  • que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; 
  •  que la esperanza cristiana ensancha el horizonte limitado del hombre y lo proyecta hacia la verdadera altura de su ser, hacia Dios; 
  • que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo; 
  •  que el Evangelio es garantía de libertad y mensaje de liberación; 
  • que los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, como la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad, son de gran actualidad y valor para la promoción de nuevas vías de desarrollo al servicio de todo el hombre y de todos los hombres. 

 -Compete también a los fieles laicos participar activamente en la vida política de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con todos aquellos a quienes importa la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común. Los cristianos no buscan la hegemonía política o cultural, sino, dondequiera que se comprometen, les mueve la certeza de que Cristo es la piedra angular de toda construcción humana...

domingo, 15 de enero de 2012

Himno a la Iglesia

Para que amemos cada vez más a la Iglesia, y la consideremos en su realidad teologal, como Misterio donde acontece el amor y la salvación de Dios en Cristo, leamos este himno a la Iglesia. Y sea nuestra intención la de amar y sentir siempre con la Iglesia.



"¡Mira, en mí se arrodillan los pueblos
que hace ya mucho fenecieron,
y desde mi alma brillan hacia lo eterno muchos paganos!

Yo estaba en secreto en los templos de sus dioses,
yo estaba oscuramente en las sentencias de los sabios.
Yo estaba en las torres de los astrónomos,
yo estaba con sus mujeres solitarias
sobre las que descendía el Espíritu.

Yo fui la añoranza de todos los tiempos,
yo fui la luz de todos los tiempos,
yo soy la plenitud de los tiempos.

Yo soy su gran confluencia, yo soy su eterna armonía.

¡Yo soy el camino de todos sus caminos:
por mí los milenios se dirigen a Dios!"

(Gertrud von le Fort, Himnos a la Iglesia).



¡Qué bella, qué fecunda, qué virginal a un tiempo es la Iglesia!

¡Cómo vivifica el mundo, canalizando el Agua del Espíritu!

¡Qué hermosa: aglutina a los hombres de todos los pueblos y de todas las épocas en un pueblo nuevo, el pueblo de redimidos y los encamina hacia Dios!

¡Cuánto bien ha hecho la Iglesia!

¡Qué orgullosos podemos sentirnos de ser hijos de Ella!

viernes, 1 de octubre de 2010

Prelatura de Moyobamba

1 de octubre, Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las misiones.

¿Algo pasado de moda?

La misión es consustancial al ser y al existir de la Iglesia: se trata del anuncio de Jesucristo, muerto y resucitado, que comunica la salvación agregándonos a su Cuerpo, que es la Iglesia. Es una necesidad. Es la dicha de la Iglesia. La Iglesia existe para evangelizar. Así lo escribía Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi.

Y hoy el deseo de anunciar a Cristo sigue adelante su curso. El Evangelio sigue su avance glorioso. La Palabra sigue creciendo.

La Prelatura de Moyobamba en Perú, asumida principalmente por la archidiócesis de Toledo, es una realidad viva y floreciente. Hay sacerdotes diocesanos que con solicitud pastoral, son llamados por Cristo para, dejando su tierra, marchar hacia el Perú, a esta Prelatura, a servir a sus hermanos edificando la Iglesia. No son cooperantes de ningún voluntariado, ni buscadores de la justicia social por un tiempo: son amigos de Cristo que quieren proclamar su Nombre y su salvación.

Ahora en octubre parten dos sacerdotes de Sevilla para Moyobamba y dos sacerdotes de mi diócesis de Córdoba. Es una feliz noticia.

Tengamos pues presente a la Iglesia que evangeliza, que se edifica en territorios nuevos, que extiende el amor salvador del Redentor.

Y así desde hace unos días, tenemos el enlace a la página de la Prelatura, en comunión de misión. Visitadla. Oremos por Moyobamba, por los sacerdotes que van a colaborar entregándose, por las vocaciones, por la misión evangelizadora de la Iglesia.

jueves, 8 de julio de 2010

El contexto cultural europeo

Hemos de conocer el mundo en que vivimos, sus luces, sus carencias y oscuridades, sus retos y desafíos. En la exhortación apostólica "Ecclesia in Europa", Juan Pablo II ofrecía su análisis certero.

"Quisiera recordar la pérdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos dan la impresión de vivir sin base espiritual y como herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo de la historia. Por eso no han de sorprender demasiado los intentos de dar a Europa una identidad que excluye su herencia religiosa y, en particular, su arraigada alma cristiana, fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo.
En el Continente europeo no faltan ciertamente símbolos prestigiosos de la presencia cristiana, pero éstos, con el lento y progresivo avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada.

8. Esta pérdida de la memoria cristiana va unida a un cierto miedo en afrontar el futuro. La imagen del porvenir que se propone resulta a menudo vaga e incierta. Del futuro se tiene más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes, el vacío interior que atenaza a muchas personas y la pérdida del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos de esta angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en el matrimonio.

Se está dando una difusa fragmentación de la existencia; prevalece una sensación de soledad; se multiplican las divisiones y las contraposiciones. Entre otros síntomas de este estado de cosas, la situación europea actual experimenta el grave fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto mismo de familia, la persistencia y los rebrotes de conflictos étnicos, el resurgir de algunas actitudes racistas, las mismas tensiones interreligiosas, el egocentrismo que encierra en sí mismos a las personas y los grupos, el crecimiento de una indiferencia ética general y una búsqueda obsesiva de los propios intereses y privilegios. Para muchos, la globalización que se está produciendo, en vez de llevar a una mayor unidad del género humano, amenaza con seguir una lógica que margina a los más débiles y aumenta el número de los pobres de la tierra.

jueves, 14 de enero de 2010

Secularización del sacerdote, clericalización de los laicos (I)


La renovación eclesial era necesaria y ha producido muchos frutos; la correcta aplicación del Concilio Vaticano II ha generado un dinamismo de vida en toda la Iglesia que hemos de agradecer. Sin duda, uno de los puntos sobresalientes fue la identidad del fiel laico y su misión. La promoción del laicado, necesaria, es evidente: conciencia de su dignidad, sentido vocacional y de misión apostólica, colaboración activa en la vida de la Iglesia superando los restos que pudieren haber de pasividad, de intimismo, de despreocupación.

Es la valoración que Juan Pablo II realizó en la Christifideles laici (magnífico documento para un año de catequesis de adultos):

“El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo. En nuestro tiempo, en la renovada efusión del Espíritu de Pentecostés que tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha madurado una conciencia más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado de nuevo la voz de su Señor que la envía al mundo como «sacramento universal de salvación». Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo... De modo particular, el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña... Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han podido comprobar cómo el Espíritu Santo ha seguido rejuveneciendo la Iglesia, suscitando nuevas energías de santidad y de participación en tantos fieles laicos. Ello queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo estilo de colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por la participación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis; por los múltiples servicios y tareas confiados a los fieles laicos y asumidos por ellos; por el lozano florecer de grupos, asociaciones y movimientos de espiritualidad y de compromiso laicales; por la participación más amplia y significativa de la mujer en la vida de la Iglesia y en el desarrollo de la sociedad. Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros” (ChL, n. 2).

Junto a las realizaciones positivas en el campo laical, también se han producido “dificultades y peligros”, en palabras del Papa. ¿Cuáles?

-“ la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político”

-y “la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas” (ibíd.).

¿Promocionar el laicado es reducirlo a tareas intraeclesiales?
¿Es dedicarlo en exclusiva a impartir catequesis?
¿Es encerrarlo entre las paredes del despacho parroquial a base de reuniones y revisiones?
¿Es estar en la sacristía sentados, sin hacer nada, simplemente entreteniéndose y creyendo que así están “implicados”, “comprometidos”?
¿Es protegerlos en la parroquia como un cálido refugio afectivo sin lanzarlos al orden temporal?
¿No se ha confundido la promoción al laicado con un acaparar al laicado sin una maduración de fe, experiencia creyente y formación doctrinal que los lance a la misión, al orden temporal que es lo propio de él?

martes, 12 de enero de 2010

Revisemos la catequesis


Que se ha producido en estos años una débil transmisión de la fe, es un hecho indiscutible; que la enseñanza en la catequesis se ha visto mermada a lugares comunes con rasgos de terapia psicólogica, “buenismo” y opciones morales, es algo incontestable. La secularización interna de la Iglesia es su causa. Pero, ¿tal vez podríamos quedarnos con los brazos cruzados? ¿Nos damos cuenta del potencial humano que supone la acción catequética de la Iglesia con niños y jóvenes, menos con los adultos, y el poco fruto que durante decenios se está recogiendo? Damos poco, nos conformamos con menos, y la catequesis se ve incapaz de entregar el tesoro de la fe en lo que significa conocer, celebrar, vivir y orar la fe (el dogma, la liturgia, la moral, la oración). Los recursos humanos y pedagógicos los tenemos sobradamente, entonces lo que falla es su realización, su contenido y la mentalidad de fondo que subyace.

Vayamos, como siempre, al Magisterio. “El anuncio del Evangelio de la esperanza comporta, por tanto, que se promueva el paso de una fe sustentada por costumbres sociales, aunque sean apreciables, a una fe más personal y madura, iluminada y convencida. Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos” (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, n. 50).

Primer paso: ser consciente del objetivo último de la catequesis que es formar una fe madura y personalizada que repercute en todos los ámbitos de la vida, personales y sociales.

Por eso, la catequesis deberá ir asumiendo una nueva fisonomía: “Además de esforzarse para que el ministerio de la Palabra, la celebración de la liturgia y el ejercicio de la caridad, se orienten a la edificación y el sustento de una fe madura y personal, es necesario que las comunidades cristianas se movilicen para proponer una catequesis apropiada a los diversos itinerarios espirituales de los fieles en las diversas edades y condiciones de vida, previendo también formas adecuadas de acompañamiento espiritual y de redescubrimiento del propio Bautismo. En este cometido, el Catecismo de la Iglesia Católica es obviamente un punto de referencia fundamental. En particular, reconociendo su innegable prioridad en la acción pastoral, se ha de cultivar y, si fuera el caso, relanzar el ministerio de la catequesis como educación y desarrollo de la fe de cada persona, de modo que crezca y madure la semilla puesta por el Espíritu Santo y transmitida con el Bautismo. Remitiéndose constantemente a la Palabra de Dios, custodiada en la Sagrada Escritura, proclamada en la liturgia e interpretada por la Tradición de la Iglesia, una catequesis orgánica y sistemática es sin duda alguna un instrumento esencial y primario para formar a los cristianos en una fe adulta” (Id., n. 51).

Segundo paso: el contenido que se transmite en la catequesis ha de ser alimento eclesial para formar y forjar esa fe adulta y personalizada (interiorizada, si se prefiere). Ese contenido debe estar cimentado y expuesto mediante la Escritura y la Tradición, las fuentes imprescindibles, así como el Magisterio de la Iglesia comenzando por el Catecismo. ¿Tal vez no habrá mucha catequesis improvisada que sólo mira la propia experiencia, demasiado análisis y revisión del mundo, demasiada introspección, libros muy endebles pero siempre entretenidos con dibujos y fotos?

El tercer paso, podríamos añadir, es la persona del catequista: hombre de Dios, orante, formado, con pasión por Jesucristo. ¡Éste sí será un apóstol que contagiará el entusiasmo por Cristo y por la Iglesia!

sábado, 9 de enero de 2010

Cristo revela predicando sencillamente


Sino que cuando el hijo de Dios, hija mía, se apartó del Cielo y de la derecha de su Padre.
Cuando se apartó de su sede a la derecha.
No hizo, no realizó ese gran derroche,
No hizo ese gran abandono para venir a contarnos pamplinas
De cuatro centavos.
Palabras vacías.
Y enredos incomprensbiles.
Sino que, a ese precio, vino a decirnos los que nos tenía que decir.
¿No es así?
Tranquilamente.
Simplemente, honestamente.
Directamente. Primeramente.
Ordinariamente.
Como un buen hombre habla a un buen hombre. De hombre a hombres. No se entretuvo en embrollar todo esto.
Tenía algo que decirnos, nos dijo lo que tenía que decirnos...

Así vino él a nosotros con un encargo.
Tenía un encargo para nosotros de su padre.
Cumplió su encargo con nosotros y se volvió.
Vino, pagó (¡con qué precio!), y se va. No se puso a contarnos cosas extraordinarias. Nada es tan sencillo como la palabra de Dios.
No nos dijo sino cosas bien ordinarias.
Muy ordinarias.
La encarnación, la salvación, la redención, la palabra de Dios.
Tres o cuatro misterios.
La oración, los siete sacramentos.
Nada es tan sencillo como la grandeza de Dios.
Nos habló sin rodeos ni embrollos.
No empleaba refinamientos ni enredos.
Hablaba llanamente, como un hombre sencillo, crudamente, como un hombre en el barrio,
Un hombre con el pueblo.
Como un hombre en la calle que no busca sus palabras y no crea confusiones.
Para charlar.

(Péguy, El pórtico de la segunda virtud).

miércoles, 6 de enero de 2010

La Iglesia, una casa de puertas abiertas

Resulta ser la fiesta de hoy una fiesta realmente entrañable, tierna pero sin infantilismos, de un afecto desbordante de Dios, rostros sonrientes, ojos brillantes, ilusiones revividas. ¡Es la epifanía del Señor, su manifestación, su aparición gloriosa! Es todo aparentemente sencillo tal como lo relata San Mateo, pero, a la vez, da origen a hermosas tradiciones.

El Misterio es precioso. Tan precioso como esperado durante siglos. El protagonista es un “Niño”, Jesús, la Palabra que se ha hecho carne y que ha acampado ya entre nosotros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado. Hasta ahora, ¿quién han descubierto la realidad, la verdadera profundidad de este Niño en quien habita la plenitud de la divinidad? Han ido unos pastores, gente marginal, sencilla, pobre, los cuales han recibido un anuncio angélico: Hoy os nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. ¡Qué trabajo tuvieron los ángeles en estos días! ¿Fueron los sabios? ¿Acaso los escribas? ¿Acudieron los fariseos y saduceos? ¿Se atrevieron, siquiera se enteraron, los sacerdotes del Templo de Jerusalén? No. No había luces especiales, no se dignaron ir los grandes del mundo. Sólo unos pastores. Hoy acuden los grandes, pero no los que se suponen oficialmente que tenían fe y creían en el Señor, sino unos magos, unos extranjeros, unos paganos... que tuvieron que recorrer muchos kilómetros. ¿Qué Dios es éste que se manifiesta a los pobres y a los sabios extranjeros?

Van a Belén. Entran ya en la casa, tal como precisa San Mateo; una casa, ya han dejado el pesebre y la gruta y se han trasladado provisionalmente a una pequeña casa. ¿No habita este Dios en palacios? Hasta ahora va todo al revés, aparentemente. ¡Pero qué de lecciones nos regala el Señor! Las de hoy no son menos importantes que las anteriores.

Los magos son los que buscan con sinceridad a Dios, los que se atreven a peregrinar en busca de la Verdad. ¡Cuántos hombres hoy no estarán buscando a Dios! ¡Cuántos aún sin saberlo, tras la búsqueda de la felicidad, están buscando a ese Dios tan sencillo! ¡Cuántos serían felices si supieran lo que buscan y acudieran a adorar a Jesús! Unos magos: ellos son la representación de toda la humanidad, de los hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación que son salvados por Jesucristo, ¿o acaso vino sólo para Israel, para unos cuantos, unos escogidos? Todos los hombres de buena voluntad están representados en estos magos. Cristo ES PARA TODOS. A todos los espera, a todos busca –cual buen Pastor-, a todos viene a redimir. Son estos magos la primera cosecha de redención de Jesús, sus primeras gavillas. ¡Desde la cuna ya están salvando! ¡No pierde el tiempo este Niño! ¡Tiene prisa por salvar... desde la cuna hasta la cruz cuando clame: Tengo sed! ¡Sed de almas! ¡Sed de redención desde el pesebre de madera al madero de la cruz!

La casa donde se halla a Jesús es la misma Iglesia. No te extrañes y recuerda las Escrituras. Esta casa de Belén, Casa del Pan, Casa de la Eucaristía, es la ciudad puesta en lo alto de un monte, que bien difícil es de ocultar; esta casa es el candil que contiene la luz puesta en lo alto para que ilumine a todos los de casa. Esta casa –la casa de Belén, la misma Iglesia hoy- es una casa de puertas abiertas, todos pueden entrar en ella, quien quiera tiene las puertas abiertas y un sitio para él, es una casa común que tiene por centro a Jesús: en ella entraron los pastores, tal vez las buenas gentes de Belén, hoy los magos... La casa no se cierra, la casa está lista para todos: Venite adoremus!! En esta casa se halla la Luz verdadera que ilumina a todo hombre: Jesús, Luz del mundo, Jesús, Luz de la vida, Jesús, luz para el ciego.

¡Cuántas cosas hallamos en estos misterios redentores! Fijémonos en el simbolismo de la casa en esta epifanía, donde todo es luz y apertura. ¡Ojalá se nos quedase bien grabado en el alma: La Iglesia es una casa de puertas abiertas! En la Iglesia todos pueden hallar un lugar, todos caben, todos tienen sitio, todos pueden encontrar en la Iglesia su cálido hogar, todos absolutamente todos... y a nadie se exige ninguna etiqueta ni ningún tipo de carnet de identidad o de signos que identifiquen distinguiendo. Siempre son peligrosas las tendencias de hacer de la Iglesia en vez de una casa de puertas abiertas una catacumba, relegándola a lo escondido; ni convertir la Iglesia en pequeños salones para unos pocos, ni ser una reunión de elegidos o perfectos que miren por encima del hombro a los demás católicos porque no pertenezcan a esto o aquello. No hay nada más contradictorio que una Iglesia cerrada, de perfectos espirituales, clasificando a los cristianos como de primera clase, de segunda y de tercera. La Iglesia es una casa de puertas abiertas porque nada tiene que esconder, ni hay secretismo en ella, ni nada que ocultar porque sea para unos pocos predilectos... Todo lo que sea cerrado en la Iglesia huele mal. ¡La Iglesia no tiene nada que esconder u ocultar! Porque su misión es más bien abierta, universal, transparente: entregar a Cristo a las almas, lo que es mismo, evangelizar.

Es esta Iglesia abierta la que nos proporciona sumo gozo y renueva sus esperanzas cuando ve las realidades de un catolicismo pujante, diverso, en parroquias, en Monasterios, en asociaciones laicales, en vida religiosa... en tantas realidades eclesiales en todos los países y continentes...

Ya se está cumpliendo: un solo canto, una sola vez, en diversas lenguas e idiomas, que cantan alabad al Señor todas las naciones. Cristo contemplado por los ángeles, predicado a los paganos. Alabad al Señor todas las naciones.

¡Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad!
La Gloria de Jerusalén, la gloria de Dios es este Niño al cual adoran hoy todas las naciones.
Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas.
Venid, ¡venid naciones todas!, venid y postraos.
¡Aclamadlo todos los pueblos!, porque la fidelidad del Señor es eterna.
¡Venid, venid a Belén!
¡Venid y entremos en la Iglesia donde está Cristo Luz, Cristo Palabra, Cristo Camino, Cristo Verdad!
¡Venid, venid, os rogamos, oh hombres todos!
Venite adoremus Dominum!!

lunes, 4 de enero de 2010

Revelación: lo que predica, cómo lo predica...

Jesucristo, hija mía, no vino a nosotros para contarnos frivolidades.
Ya comprendes que no hizo el viaje a la tierra,
Un gran viaje, entre nosotros,
(Y estaba tan bien donde estaba).
(Antes de venir.
No tenía todas nuestras preocupaciones).
Él no bajó a la tierra
Para contarnos chistes
Ni gracias.
No hay tiempo para divertirse.
No puso, no empleó, no derrochó
Los treinta y tres años de su vida terrestre,
De su vida carnal,
Los treinta años de su vida privada,
Los tres años de su vida pública,
Los tres días de su pasión y de su muerte,
(Y en el limbo los tres días de su sepulcro),
No puso, no empleó, no derrochó todo eso,
Sus treinta años de trabajo y sus tres años de predicación y sus tres días de pasión y muerte,
Sus treinta y tres años de oración,
Su encarnación, que es propiamente su encarnamiento,
Su hacerse carne y carnal, su hacerse hombre y su muerte en cruz y su sepultura,
Su encarnamiento y su suplicio,
Su vida de hombre y su vida de obrero y su vida de sacerdote y su vida de santo y su vida de mártir,
Su vida de fiel,
Su vida de Jesús,
Para venir luego (al mismo tiempo) a meternos chismes.
No puso, no empleó, no derrochó todo eso.
No hizo todo ese derroche
Considerable
Para venir a darnos, para darnos luego
Adivinanzas
Que adivinar
Como un mago.
Haciéndose el vivo.
No, no, hija mía, y Jesús tampoco nos ha dado unas palabras muertas
Que tengamos que guardar en pequeñas cajas
(O en grandes),
Y que tengamos que conservar en aceite rancio
Como momias de Egipto.
Jesucristo, hija mía, no nos entregó palabras en conserva
Para guardar,
Sino que nos entregó palabras vivas
Para alimentar.

(Péguy, El pórtico de la segunda virtud).

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Educar para la liturgia VIII: Vida interior


"3. La vida interior, las formas externas y las obras

La obra de la salvación se realiza en la soledad y el silencio. En el diálogo silencioso del corazón con Dios se preparan las piedras vivas de las cuales está construido el reino de Dios y se modelan los instrumentos selectos que ayudan en la construcción. La corriente mística que atraviesa los siglos no es un afluente errante que se separó imperceptiblemente de la vida de oración de la Iglesia; ella constituye precisamente la instancia más íntima de su vida orante. Cuando rompe con las formas tradicionales, sucede porque en esa corriente vive el Espíritu que sopla donde quiere, que ha creado todas las formas de la tradición, y que va creando siempre nuevas formas. Sin el Espíritu y sin las corrientes místicas en las que Él se manifiesta no habría ni liturgia ni Iglesia.

¿No era el alma del salmista real un arpa cuyas cuerdas sonaban bajo la caricia del aliento del Espíritu Santo? Del corazón rebosante de la Virgen llena de gracia brotó el himno de gozo del “Magnificat”. El cántico profético del “Benedictus” abrió los labios enmudecidos el anciano Zacarías cuando vio realizarse visiblemente las misteriosas palabras del ángel. Lo que en aquel momento emanaba de los corazones inundados del Espíritu y encontraba su expresión en palabras y obras, fue transmitido luego de generación en generación.

La corriente mística de que antes hablábamos constituye de esa manera el himno de alabanza polifónico y siempre creciente al Creador, Dios uno, Trino y Salvador. Es por eso que no se trata de contraponer las formas libres de oración como expresión de la piedad “subjetiva” a la liturgia como forma “objetiva” de oración de la Iglesia. A través de cada oración auténtica se produce algo en la Iglesia, y es la misma Iglesia la que ora en cada alma, pues es el Espíritu Santo, que vive en ella, el que intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26). Esa es la oración auténtica, pues “nadie puede decir ‘Señor Jesús’, sino en el Espíritu Santo” (1Co 12,3). ¿Qué podría ser la oración de la Iglesia, sino la entrega de los grandes amantes a Dios, que es el Amor mismo? La entrega de amor incondicional a Dios y la respuesta divina –la unión total y eterna- son la exaltación más grande que puede alcanzar un corazón humano, el estadio más alto de la vida de oración. Las almas que lo han alcanzado constituyen verdaderamente el corazón de la Iglesia, en cada una de ellas vive el amor sacerdotal de Jesús. Escondidas con Cristo en Dios no pueden sino transmitir a otros corazones el amor divino con el cual han sido colmadas, y de esa manera cooperan en el perfeccionamiento de todos y en el camino hacia la unión con Dios que fue y sigue siendo el gran deseo de Jesús.

De esa misma manera entendió María Antonieta de Geuser su vocación. Ella se sentía llamada a realizar la gran empresa del cristiano en medio del mundo y el camino que ella siguió tiene sin duda alguna carácter de modelo para los muchos que hoy se sienten movidos a comprometerse en la Iglesia a través de una entrega radical en su vida interior, pero que no les ha sido dada la vocación de seguir al Señor en el recogimiento de un convento.

El alma que ha alcanzado el grado más alto de la oración mística en la actividad apacible de la vida divina, no piensa ya en otra cosa, sino en entregarse al apostolado al que Él la ha llamado.

“Esa es la tranquilidad en el orden y a la vez la actividad liberada de toda atadura. El alma se presenta a esa lucha llena de paz, porque ella está actuando según el sentido de los decretos divinos. Ella sabe que la voluntad de su Dios se plenifica por el crecimiento de su gloria, pues, si bien muchas veces la voluntad humana pone barreras a la omnipotencia divina, es siempre la omnipotencia divina la que triunfa, y la que realiza una obra grandiosa con el material que queda. Esa victoria el poder divino sobre la libertad humana, que a pesar de todo permite obrar libremente, es uno de los aspectos más grandiosos y más dignos de admiración del plan de salvación... “(Marie de la Trinité, carta del 27 de septiembre de 1917). Cuando María Antonieta de Geuser escribió esta carta se encontraba ya en los umbrales de la eternidad, sólo un velo suave la separaba de esa última perfección que nosotros llamamos la vida de gloria.

En los espíritus bienaventurados que entraron a formar parte de la unidad de la vida divina, todo es uno: actividad y quietud, contemplar y obrar, hablar y callar, escuchar y expresarse, entrega total receptora del amor y sobreabundancia de ese amor que se derrama en cantos de alabanza y agradecimiento. Tanto tiempo como nos encontremos todavía de camino (y cuanto más lejana la meta, tanto más intensamente), estaremos sujetos a las leyes de la temporalidad, y no podremos prescindir del hecho de que para la realización de la vida divina en nosotros es necesaria una evolución y una complementación mutua de todos los miembros del Cuerpo Místico".

(Edith Stein, La oración de la Iglesia).

sábado, 5 de diciembre de 2009

Educar para la liturgia VII: el coloquio interior y la misión


"A la Santa [sigue con el ejemplo de Santa Teresa de Jesús] le parecía necesario que aquí suceda lo que en tiempo de guerra.

“Hame parecido es menester como cuando los enemigos en tiempo de guerra han corrido toda la tierra y viéndose el Señor de ella apretado, se recoge a una ciudad que hace muy bien fortalecer, y desde allí acaece algunas veces dar en los contrarios, y ser tales los que están en la ciudad, como es gente escogida, que pueden más ellos a solas que con muchos soldados, si eran cobardes, pudieron, y muchas veces se gana de esta manera victoria... Mas, ¿para qué he dicho esto? Para que entendáis, hermanas mías, que lo que hemos de pedir a Dios es que en este castillo que hay ya de buenos cristianos, no se nos vaya ya ningunos con los contrarios, y a los capitanes de este castillo o ciudad los haga muy aventajados en los caminos del Señor, pues son los predicadores y teólogos. Y pues los más están en las religiones, que vayan muy adelante en su perfección y llamamiento, que es muy necesario... ¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes!; han de vivir entre los hombres y tratar con los hombres y estar en los palacios y aún hacerse algunas veces con ellos en lo exterior. ¿Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el mundo y vivir en el mundo y tratar negocios del mundo... y ser en lo exterior extraños del mundo... y, en fin, no ser hombres sino ángeles? Porque, a no ser esto así, ni merecen nombre de capitanes, ni permita el Señor salgan de sus celdas, que más daño harán que provecho; porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los que han de enseñar. Y si en lo interior no están fortalecidos en entender lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies y estar desasidos de las cosas que se acaban y asidos a las eternas, por mucho que lo quieran encubrir, han de dar señal. Pues ¿con quien lo han sino con el mundo? No hayan miedo se lo perdone, ni que ninguna imperfección dejen de entender. Cosas buenas, muchas se les pasarán por alto, y aún por ventura no las tendrán por tales; mas mala o imperfecta, no hayan miedo. Ahora yo me espanto quién los muestra la perfección, no para guardarla, que de esto ninguna obligación les parece tienen..., sino para condenar, y a las veces lo que es virtud les parece regalo. Así que no penséis es menester poco favor de Dios para esta gran batalla adonde se meten, sino grandísimo... Así que os pido, por amor del Señor, pidáis a su Majestad nos oiga en esto. Yo, aunque miserable, lo pido a su Majestad, pues es para gloria suya y bien de su Iglesia, que aquí van mis deseos... Vean las que vinieren que teniendo santo prelado lo serán las súbditas, y como cosa tan importante ponedla siempre delante del Señor; y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor” (Camino de perfección, Cap. 3).

¿Qué es lo que proporcionó a esa religiosa, que había vivido en oración desde hacía decenios en una celda conventual, el ardiente deseo de hacer algo por la causa de la Iglesia y una mirada aguda para las necesidades y exigencias de su tiempo? Precisamente el hecho de haber vivido en oración, de haberse dejado llevar por el Señor cada vez más profundamente a las moradas interiores del castillo del alma, hasta esa última donde Él podía decirte “...que era ya tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas y Él tendría cuidado de las suyas, y otras palabras que son más para sentir que para decir” (Morada 7, 2, 1). Por eso no podía ella sino ocuparse con diligencia de las cosas del Señor, el Dios de los ejércitos. (Palabras de nuestro Santo Padre Elías que fueron tomadas como lema en el escudo de nuestra orden). Quien se entrega incondicionalmente al Señor es elegido como instrumento para construir su Reino. Sólo Dios sabe de cuán gran ayuda fueron las oraciones de Santa Teresa y de sus hijas para evitar el cisma de la fe en España, y qué poder increíble desarrolló esa oración en las luchas de fe en Francia, Holanda y Alemania.

La historia oficial no menciona esos poderes invisibles e inquebrantables, pero la confianza de los pueblos creyentes y el examinante y cuidadoso juicio de la Iglesia les conocen perfectamente. Y nuestra época se ve cada vez más obligada, cuando todo fracasa, a esperar de esa fuente escondida la última salvación".

(Edith Stein, La oración de la Iglesia).

lunes, 30 de noviembre de 2009

Contexto cultural en España: anunciar aquí y ahora


Es sugerente conocer el análisis o descripción que nuestros Obispos hicieron en el Plan Pastoral de 2002-2005 para impulsar la vida de la Iglesia en España. Los modos de evangelizar, anunciar, catequizar deben responder a las nuevas situaciones para que sea eficaz, y no pensar que podemos seguir haciendo lo mismo con los mismos métodos que hace años. El mundo hoy se transforma muy rápidamente y a él hemos de dirigirnos de modo inteligible.

Además, ni podemos ser ingenuos ni ignorantes, sino realistas y conscientes del mundo cultural de hoy.

"La cultura pública occidental moderna se aleja consciente y decididamente de la fe cristiana y camina hacia un humanismo inmanentista. Insertos como estamos en Europa, después de la caída del muro de Berlín se ha manifestado con más claridad que el complejo cultural, que podemos llamar globalmente “la cultura moderna”, presenta ante todo un rostro radicalmente arreligioso, en ocasiones anticristiano y con manifestaciones públicas en contra de la Iglesia. Los Medios de comunicación transmiten y en alguna manera generan esta cultura. La misma legislación de los países la favorece. Por ejemplo: la legislación pretendidamente “humanista”, pero sin relación al derecho natural, sobre la vida humana naciente, la eutanasia, la familia, las migraciones; o la marginación de la religión, reducida todo lo más a la esfera de lo privado y ni siquiera mencionada en la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea. También en España las leyes a menudo se convierten en un factor que genera secularismo y alejamiento de la tradición cristiana. Una atenta lectura de este humanismo inmanentista difuso es fundamental, si se quiere acertar en el planteamiento de propuestas pastorales adecuadas.

Esta cultura inmanentista, que es el contexto actual en el que vive la Iglesia en España, se convierte en causa permanente de dificultades para su vida y misión. Influye directamente en aspectos tan graves como el cuestionamiento de Jesucristo en cuanto único Salvador, la crisis de fe, el debilitamiento de su transmisión, la escasez de vocaciones, o el cansancio de los evangelizadores. Por lo demás, tampoco un cristianismo calificado de “tolerante” o “actualizado” es comprendido ni aceptado en cuanto cristianismo, sino sólo en cuanto “abierto” a los principios de la mencionada cultura pública, es decir, a su disolución como fe religiosa y a su integración en la cosmovisión inmanentista dominante. Se da una situación de nuevo paganismo: El Dios vivo es apartado de la vida diaria, mientras los más diversos ídolos se adueñan de ella.


El humanismo inmanentista se manifiesta en diversas formas mentales o actitudes vitales, que no es necesario describir ahora, porque ya lo hemos hecho en otros documentos. Una mirada puramente sociológica encontraría aquí las dificultades y la opacidad para el anuncio del Evangelio. Pero nuestros ojos de testigos de Jesús han de saber descubrir en los “signos de los tiempos” las llamadas de Dios a su Iglesia y los reclamos de Buena Noticia que esta cultura muestra: “alzad los ojos y ved los campos que blanquean ya para la siega” (Jn 4,35). Como Iglesia, estamos llamados a aportar “alma” al mundo, según la autoconciencia de los primeros cristianos. La fe en Dios y la luz del Evangelio iluminan a la Iglesia y le otorgan capacidad de discernimiento, de anuncio salvífico y denuncia del pecado. Hemos de ofrecer a la sociedad nuestro sentido de la vida y las razones de nuestra esperanza. Es la mejor contribución que podemos hacer a nuestros hermanos los hombres" (CEE, Plan Pastoral 2002, nn. 7-9).

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La cultura inmanentista -agnóstica- postmoderna

Nuestro mundo, es evidente, es un mundo triste porque ha perdido la esperanza; intenta apagar esa tristeza aferrándose a lo inmediato y a aquello que la pueda evadir. Pero no lo logra porque se va apartando de la fuente de la esperanza. Con palabras de Juan Pablo II:

"En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como « el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre », por lo que, « no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria ». La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera. En esta perspectiva surgen los intentos, repetidos también últimamente, de presentar la cultura europea prescindiendo de la aportación del cristianismo, que ha marcado su desarrollo histórico y su difusión universal. Asistimos al nacimiento de una nueva cultura, influenciada en gran parte por los medios de comunicación social, con características y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno. Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una « cultura de muerte »" (Ecclesia in Europa, n. 9).

¿Pero esta cultura "tolerante", tan "democrática", libre y abierta, oculta tantas cosas que van contra el propio hombre? ¿Cómo puede ser esto? Además, ¿cómo responder, de qué forma actuar?

"Además, por doquier es necesario un nuevo anuncio incluso a los bautizados. Muchos europeos contemporáneos creen saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen. Con frecuencia se ignoran ya hasta los elementos y las nociones fundamentales de la fe. Muchos bautizados viven como si Cristo no existiera: se repiten los gestos y los signos de la fe, especialmente en las prácticas de culto, pero no se corresponden con una acogida real del contenido de la fe y una adhesión a la persona de Jesús. En muchos, un sentimiento religioso vago y poco comprometido ha suplantado a las grandes certezas de la fe; se difunden diversas formas de agnosticismo y ateísmo práctico que contribuyen a agravar la disociación entre fe y vida; algunos se han dejado contagiar por el espíritu de un humanismo inmanentista que ha debilitado su fe, llevándoles frecuentemente, por desgracia, a abandonarla completamente; se observa una especie de interpretación secularista de la fe cristiana que la socava, relacionada también con una profunda crisis de la conciencia y la práctica moral cristiana. Los grandes valores que tanto han inspirado la cultura europea han sido separados del Evangelio, perdiendo así su alma más profunda y dando lugar a no pocas desviaciones. « Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra? » (Lc 18, 8). ¿La encontrará en estas tierras de nuestra Europa de antigua tradición cristiana? Es una pregunta abierta que indica con lucidez la profundidad y el dramatismo de uno de los retos más serios que nuestras Iglesias han de afrontar" (Ecclesia in Europa, n. 47).

La cultura de hoy es ésta: dramático, pero cierto. El momento que toca vivir es tiempo de esperanza y de evangelización. Pero la pregunta que se plantea es la siguiente:
¿responde nuestra acción eclesial a estos retos?
¿La pastoral -¡qué nombre empleado para justificar todo!- está atenta a estos desafíos y los aborda?
¿O no será que a veces las acciones pastorales son débiles en su contenido, plagios de organizaciones empresariales con muchas reuniones y actividades, entretenimiento y simple estar juntos a veces de meriendas y comidas?
¿Es una pastoral valiente, audaz, creativa, sólida en su contenido, acometiendo magnánimamente las grandes empresas evangelizadoras?

Preguntas, desde luego, para un amplio examen de conciencia y un renovado impulso, saliendo ya de la pastoral "del propio campanario" y de la catequesis como pequeño grupo de amigos hablando de sus propios sentimientos.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El fraude de la pastoral secularizada


La pastoral secularizada está bastante extendida. Los criterios de la secularización marcan, a veces insensiblemente, el quehacer de la Iglesia. Plagiando un sistema empresarial, la Iglesia se dedica a reuniones, planificaciones, programaciones y revisiones constantemente. Puede que sean necesarias, tal vez haya que hacerlas. Pero la pastoral secularizada parte del planteamiento de considerar el Misterio de la Iglesia de forma reducida, sólo como “la comunidad de seguidores de Jesús”. Los contenidos doctrinales, dogmáticos, morales, se presentan muy menguados, muy discretos, muy apagados, para ser atrayentes y no asustar. Se pretende, de buena fe, llegar a muchos, pero para que estos muchos no se asusten, todo resulta descafeinado. Se busca una síntesis, o una simbiosis, entre lo que se vive socialmente y lo evangélico. Se produce un temor a que se vayan, a que se asusten, a exigirles la vivencia cristiana del seguimiento.

La pastoral secularizada quiere ahorrarse la crisis de Cafarnaúm que Cristo mismo no evitó: “¿También vosotros queréis marcharos?” No temió Cristo ni calculó sus palabras por si se escandalizaban del discurso del pan de vida y de la proclamación de su divinidad y actuar salvífico. Habló claramente.

Cristo no temió en ser “bandera discutida”, “signo de contradicción”, e incluso proclama dichosos a los perseguidos y advierte “¡ay si todo el mundo habla bien de vosotros!”; la pastoral secularizada se asusta de esto y procura contemporizar con todos, amoldarse a los gustos de todos con tal de caer bien a todos aunque haya que traicionar ciertos principios innegociables.

Cristo hablaba claro, con “autoridad”, la pastoral secularizada emplea lenguaje ambiguo, políticamente correcto que no suscita conversión y crecimiento, sino dejar a cada cual tranquilo en sus posturas y planteamientos para que la iglesia siga llena.

La pastoral secularizada presenta la salvación como una ancha autopista de diversos carriles, mientras que Cristo habla de una “puerta estrecha”.

La pastoral secularizada quiere que todo valga por igual, Cristo pide una radicalidad en el seguimiento: “negarse a sí mismo”.

La pastoral secularizada cuando habla de diálogo con el mundo entiende más bien “consenso”, pero Cristo simplemente proclama que Él es “la Verdad” (Jn 14,6).

La pastoral secularizada silencia palabras y conceptos cristianos: pecado, mortificación, ascesis, ofrecimiento, sacrificio, entrega, contemplación, trascendencia, negación, juicio... pero Cristo trata estas realidades con total naturalidad.

La pastoral secularizada le quita importancia a todo, como si nada pasara, pero Cristo le da seriedad al pecado.

Esa pastoral secularizada es la pastoral de malos pastores. En el fondo, se engaña y se oculta la verdad de Jesucristo, y las ovejas quedan a merced de cualquier lobo, de ayer o de hoy. La predicación de san Agustín sobre estos puntos no deja lugar a dudas:

“¿Y cómo definir a los que, por temor de escandalizar a aquellos a los que se dirigen, no sólo no los preparan para las tentaciones inminentes, sino que incluso les prometen la felicidad en este mundo, siendo así que Dios mismo no la prometió? Dios predice al mismo mundo que vendrán sobre él trabajos y más trabajos hasta el final, ¿y quieres tú que el cristiano se vea libre de ellos? Precisamente por ser cristiano tendrá que pasar más trabajos en este mundo.

Lo dice el Apóstol: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido. Y tú, pastor que tratas de buscar tu interés en vez del de Cristo, por más que aquél diga: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo será perseguido, tú insistes en decir: «Si vives piadosamente en Cristo, abundarás en toda clase de bienes. Y, si no tienes hijos, los engendrarás y sacarás adelante a todos, y ninguno se te morirá». ¿Es ésta tu manera de edificar? Mira lo que haces, y dónde construyes. Aquel a quien tú levantas está sobre arena. Cuando vengan las lluvias y los aguaceros, cuando sople el viento, harán fuerza sobre su casa, se derrumbará, y su ruina será total” (Serm. 46,11).

¡Ojo, que Cristo es dulce, pero no dulzón; que Cristo es bondad pero también es exigente por el bien y la salvación del hombre!

Ya lo decía Isaías: “¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!” (5,20). Creo que todos hemos tenido experiencia de la pastoral secularizada y lo decepcionante que es, como encantadores de serpientes. ¿Nos atrevemos a cambiarla ya?

miércoles, 21 de octubre de 2009

Evangelización, misión y misiones


El Señor envió a sus apóstoles, antes de su Ascensión, a predicar el Evangelio, enseñando a todos a guardar todo lo que Él mandó y bautizar para sumergirlos en el Misterio de Dios, dándoles la vida divina e incorporándolos a la Iglesia. Generaciones sin número entendieron así el mandato misionero de Cristo y desde el mismo día de Pentecostés, se convirtieron en osados apóstoles en las zonas paganas, yendo siempre más lejos, "mar adentro", con tal de que Cristo fuese conocido y amado y pudiera seguir salvando. Nada antepusieron a Cristo. Con nada confundieron la misión apostólica. Y así casi hasta nuestros días. La misión es explícitamente cristocéntrica y eclesial. Sin imposiciones, pero con la valentía apostólica de hablar de Cristo. Cuando en el tejido eclesial entra la secularización, se trastoca el orden misionero en muchísimos casos para identificar la misión única y exclusivamente con las obras de desarrollo humano, de progreso social, reduciéndose la misión a la filantropía anónima, al voluntariado social tal como tantas ONG y otras organizaciones realizan. Incluso aún hoy, cuando se escucha hablar de las misiones, lo único que se presenta es la obra social, pensando que sin hablar de Cristo porque no se considera necesario, tal vez lleguen los demás a la fe. Las obras de desarrollo son insuficientes para responder al mandato tan claro de Jesucristo. "La misión, si no está animada por el amor, se reduce a actividad filantrópica y social. A los cristianos, en cambio, se aplican las palabras del apóstol san Pablo: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14). La misma caridad que movió al Padre a mandar a su Hijo al mundo, y al Hijo a entregarse por nosotros hasta la muerte de cruz, fue derramada por el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Así, todo bautizado, como sarmiento unido a la vid, puede cooperar a la misión de Jesús, que se resume en llevar a toda persona la buena nueva de que "Dios es amor" y, precisamente por esto, quiere salvar el mundo.

La misión brota del corazón: quien se detiene a rezar ante el Crucifijo, con la mirada puesta en el costado traspasado, no puede menos de experimentar en su interior la alegría de saberse amado y el deseo de amar y de ser instrumento de misericordia y reconciliación... La misión brota siempre de un corazón transformado por el amor de Dios, como testimonian innumerables historias de santos y mártires, que de modos diferentes han consagrado su vida al servicio del Evangelio.

La misión es, por tanto, una obra en la que hay lugar para todos: para quien se compromete a realizar en su propia familia el reino de Dios; para quien vive con espíritu cristiano su trabajo profesional; para quien se consagra totalmente al Señor; para quien sigue a Jesús, buen Pastor, en el ministerio ordenado al pueblo de Dios; para quien, de modo específico, parte para anunciar a Cristo a cuantos aún no lo conocen" (Benedicto XVI, Ángelus, 22-octubre-2006).

martes, 20 de octubre de 2009

A vueltas con la secularización interna de la Iglesia


La cultura en la que se desenvuelve nuestra vida es la post-modernidad, que está de vuelta del cristianismo, que cree conocerlo porque conoce algunas manifestaciones externas, y lo ha reducido a un fenómeno cultural y turístico, pero sin incidencia social ni vitalidad. La sociedad post-moderna ha erigido el relativismo como criterio y medida de todas las cosas ("todo vale, todo es igualmente respetable, no existe la Verdad sino que cada cual tiene su verdad/opinión"). Y ese clima cultural y de pensamiento se infiltró en la Iglesia dejándola debilitada y vaciada de su ser y de su misión. Esta es la secularización interna de la Iglesia.

Una Iglesia que sea moderna y mundana, dedicada a tareas intramundanas (construir una sociedad justa en alianza con todos los grupos o movimientos de transformación), entregada a tareas asistenciales únicamente para suplir las carencias sociales del Estado. Pero, ¿eso es la Iglesia? ¿Esa es la misión de la Iglesia que Cristo le confió?

Nuestros obispos señalaron este grave problema y sus consecuencias en el Plan pastoral 2002-2005, "Mar adentro". Lo que ellos afirmaban debería despertarnos y emprender una tarea de regeneración eclesial.

"El problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna. La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera. Es cierto que esta situación eclesial está influida por la cultura en que nos toca vivir. Pero es preciso mirar con atención las repercusiones que está teniendo en el interior de la Iglesia para darle la debida solución. Tomar conciencia de esto no significa promover ningún repliegue al interior. Con este diagnóstico pretendemos, más bien, adoptar la postura y la perspectiva adecuada para la misión. Es decir, que no sea la cultura ambiente, sino la propia identidad de ser Iglesia de Jesucristo la que nos marque los caminos pastorales, la perspectiva global y los asuntos cruciales de la vida eclesial.

Entre los efectos de esta situación de “secularización interna” destacamos:

- la débil transmisión de la fe a las generaciones jóvenes;

- la disminución de vocaciones para el sacerdocio y para los institutos de vida consagrada;

- el cansancio e incluso desorientación que afecta a un buen número de sacerdotes, religiosos y laicos;

- la pobreza de vida litúrgica y sacramental de no pocas comunidades cristianas" (nn. 10-11).

Seamos conscientes de la situación secularizada en que vivimos... ¡y acometamos la misión de la Iglesia fielmente, con clara identidad y ardor apostólico!

domingo, 18 de octubre de 2009

Eucaristía y el anuncio misionero


Partamos de un texto y luego saquemos conclusiones:

"[Los santos nos invitan a] avanzar cada vez más por el camino de la perfección evangélica, sostenidos por la constante unión con el Señor, realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. De ese modo, podremos vivir la vocación a la que todo cristiano está llamado, es decir, la de ser "pan partido para la vida del mundo", como nos recuerda oportunamente la Jornada mundial de las misiones, que celebramos hoy. El nexo entre la misión de la Iglesia y la Eucaristía es muy significativo.

En efecto, la acción misionera y evangelizadora es la difusión apostólica del amor, que se concentra en el santísimo Sacramento. Quien acoge a Cristo en la realidad de su Cuerpo y Sangre no puede quedarse con este don para sí mismo; se siente impulsado a compartirlo mediante el testimonio valiente del Evangelio, el servicio a los hermanos que atraviesan dificultades y el perdón de las ofensas. Además, para algunos la Eucaristía es germen de una llamada específica a abandonarlo todo para ir a anunciar a Cristo a los que aún no lo conocen" (Benedicto XVI, Ángelus, 23-octubre-2005).


-La Eucaristía no es un refugio del sentimiento, ni se limita al tiempo de la celebración; imprime su huella en todo lo que la Iglesia es, marca el carácter y la vida de todos los católicos en todos los aspectos de su vida. La Eucaristía transforma la existencia.

-Al no ser un refugio, la Eucaristía es un Sacramento "difusivo de sí mismo", impulsa más allá a algo más, a la entrega y transmisión de ese amor de manera que todos participen en la salvación de Cristo.


-La Eucaristía conlleva un mandato: "Podéis ir en paz", el aspecto de la misión. Cada miembro es enviado como discípulo y apóstol en los caminos del mundo, solidario de la misión de Cristo, a anunciar el Evangelio allá donde su vida transcurre. La misión no es para unos especialistas, sino vocación bautismal -ser profeta por el bautismo-.


-La evangelización o es eucarística o no será evangelización. La misión, las misiones, son el trabajo de implantación de la Iglesia y anuncio del Evangelio, no de obras filantrópicas pensando que lo único importante es lo material y la distribución de pan, relegando el anuncio de Jesucristo al silencio, como si Jesucristo fuere algo accesorio y no fundamental, e incluso valorando todas las religiones como iguales, válidas y verdaderas, tal como pretende la secularización y el sincretismo.
La Eucaristía corrige la dirección que el secularismo ha intentado dar a la evangelización y a las misiones.

-Hablar de evangelización y de misión es hablar de Eucaristía entregada que impulsa a que todos conozcan a Cristo, lo amen y le sigan.