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jueves, 30 de abril de 2015

Los enfermos, ¡lugar y vocación en la Iglesia!

Si la mirada al misterio de la Iglesia fuese solamente natural, sociológica, con perspectivas humanas, en ella buscaríamos sólo lo útil, es decir, la miraríamos como una organización humana más, cuyos miembros estarían cualificados según los "compromisos" y las tareas que asuman para hacerla dinámica, viva, caritativa. Es decir, sólo estarían en la Iglesia los miembros "comprometidos" ya que la Iglesia serviría sólo para hacer cosas, especialmente caritativas, sociales, etc.

Sin embargo, la Iglesia, con elementos visibles y con la organización que requiere un Cuerpo vivo como éste, el Cuerpo místico de Cristo, posee dimensiones sobrenaturales, místicas, invisibles. Quien más hace, tal vez, no es el más "comprometido" en lo social, en Cáritas o en las misiones, sino el contemplativo, la persona orante, el enfermo en su casa. La valoración que haya que hacer entonces será muy distinta; el criterio es el sobrenatural.

La Iglesia, el Templo del Dios vivo, la morada de Dios entre los hombres, está continuamente edificándose con piedras vivas y santas; cada bautizado es una piedra viva, diferente y única a la vez: el ministerio ordenado, la vida consagrada, el padre de familia, la persona que visita enfermos, un catequista, un salmista, un cantor, el ama de casa y la abuela con sus nietos, el misionero, el profesional en su trabajo... y también los enfermos y los ancianos que ya no pueden salir de casa. Todos están en la Iglesia edificándola, cada cual en su estado de vida, en su vocación, en su carisma y con las circunstancias concretas.

Los enfermos en la Iglesia tienen su lugar y su vocación propia, y viviendo en Cristo, están edificando la Iglesia tanto como cualquier otro "más activo" o "más comprometido". Su ausencia visible de la comunidad cristiana por la enfermedad no es desaparición de lo invisible de la Iglesia, sino un modo nuevo de entrar en el Misterio de la Iglesia.

"La Iglesia es, por esto mismo, la matriz de las vocaciones, la oficina de reclutamiento, podríamos decir, para los hombres en busca de un motivo por el que valga la pena vivir, buscar, amar, actuar, sufrir, morir. 

martes, 4 de junio de 2013

Vocación (así, sin más)

La vocación es una llamada gratuita del Señor; gratuita porque no corresponde a nuestros méritos y deméritos, sino a un Don del Señor que pensó en cada uno de nosotros y nos llamó.

Una llamada común, para todos, desde siempre, es la vocación a la santidad. Todos, sin exclusión, a ella estamos llamados.

Pero luego, a cada uno, una llamada particular, una vocación específica para un estado de vida cristiano que conforma todo lo que somos y nos sitúa ante el mundo y en el mismo seno de la Iglesia de una forma peculiar y única: vida sacerdotal, vida religiosa, vida laical y vida matrimonial.

Con el Papa, meditemos -retomemos- este sentido de la vocación, sabiéndonos llamados y amados por el Señor para algo concreto y dando gracias permanentemente.

"Ahora entramos en el centro de nuestra meditación, encontramos una palabra que nos afecta de modo particular: la palabra “llamada”, “vocación”. San Pablo escribe: “comportaos de una manera digna de la vocación, de la klesis, que habéis recibido” (Ef 4,13). Y la repetirá poco después, afirmando que "…una misma esperanza a la que habéis sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida" (v. 4). Aquí, en este caso, se trata de la vocación común a todos los cristianos, es decir, de la vocación bautismal: la llamada a ser de Cristo y a vivir en Él, en su cuerpo. Dentro de esta palabra está inscrita una experiencia, resuena el eco de la experiencia de los primeros discípulos, la que conocemos por los Evangelios: cuando Jesús pasó por la orilla del lago de Galilea, y llamó a Simón y Andrés, y después Santiago y Juan (cfr Mc 1,16-20). Y antes aún, junto al río Jordán, después del bautismo, cuando dándose cuenta de que Andrés y el otro discípulo lo seguían, les dijo: “Venid y veréis” (Jn 1,39). La vida cristiana comienza con una llamada y queda siempre una respuesta, hasta el final. Y esto tanto en la dimensión del creer como en la del actuar: tanto la fe como el comportamiento del cristiano son correspondencia a la gracia de la vocación.

sábado, 25 de mayo de 2013

La vocación seglar al apostolado

Resulta llamativo que en el "Año de la Fe", el gran Papa Pablo VI dedique varias catequesis, y algunas más que vendrán, sobre el apostolado y sobre el laicado. ¿Pero qué tiene que ver esto con la fe? ¿Un año de la Fe y habla del apostolado?


La fe, si es tal, es dinámica, viva, apostólica, testimoniante. En ese Año de la Fe, convulso culturalmente, con caminos nuevos en la Iglesia, ya parecía que la fe o meramente era un revulsivo ético-revolucionario para la sociedad cambiando las estructuras o era un sentimiento privado. Por eso hablar de Fe es también hablar de apostolado y testimonio, dinamizando la vida eclesial de todos sus miembros.

La fe es confesante, activa, práctica. La fe es camino, movimiento, misión.

Un año dedicado a la Fe ayer (en 1968) como ahora (2012-2013) es también mostrar las consecuencias de una fe integrada, asimilada, interiorizada. De ahí surgirá el apostolado. Por esta razón Pablo VI habla del apostolado y sus palabras siguen vivas y penetrantes cuarenta años después.

sábado, 18 de mayo de 2013

El seglar bautizado es un testigo

La fe -¡Año de la fe!- convierte al bautizado en un apóstol y en un testigo. En apóstol por cuanto es enviado al mundo, a los hombres, por parte del Señor; en testigo, porque de lo que ha visto y oído, de lo que sus manos tocaron, la Palabra de la Vida, da un testimonio real y elocuente en el mundo.

La fe se encarna en los testigos, no en los ideólogos. La fe suscita testigos, y el mundo contemporáneo pide maestros que sean siempre a la vez testigos con su vida de Jesucristo.

El testimonio cristiano se da cuando se vive la fe bautismal sin reducciones, sino alcanzado su virtualidad completa, desarrollándola, y se fortalece la fe misma con el testimonio dado. Apóstol y testigo es todo bautizado, por tanto, también todo seglar en su ambiente, en el orden temporal y mundano.

Esta es otra preciosa catequesis de Pablo VI en el Año de la fe para formarnos y remover la conciencia.

"Un pensamiento actual se nos ofrece a la breve exhortación con la que queremos dar a la audiencia general un contenido doctrinal, familiar y modesto, digno de recuerdo y de reflexión; el pensamiento es sobre la exaltación que el Concilio ha hecho de cada uno de los miembros de la santa Iglesia, de cada fiel, de donde ha resultado la dignidad y la misión que competen al cristiano en cuanto tal y por ello también al simple laico. Esta magnífica doctrina merece ser comprendida y meditada;  nos lleva a las fuentes del misterio de la Iglesia, nos hace reflexionar sobre la naturaleza y la vocación del pueblo de Dios, y debe nutrir en profundidad la conciencia de cada fiel, y puede dar también al laico, al simple cristiano, no revestido de poder eclesiástico, ni perteneciente al estado religioso, un sentido vivo de su plenitud espiritual y de su compromiso apostólico con respecto a la comunidad eclesial (Cf. "Prima Romana Synodus", núms. 208 ss; Lumen Gentium, cap. IV).

Quisiéramos que estas enseñanzas fueran familiares para cada uno de vosotros. Cada fiel y, digámoslo ahora, cada seglar debería darse cuenta de su definición y de su función en el cuadro del designio divino de la salvación (Cf. Rahner, XX siècle, págs. 125 ss). Bástenos ahora en esta charla elemental presentar a vuestra consideración una palabra, que tiene mucha fortuna en el lenguaje espiritual moderno, la palabra "testimonio". Es una bella palabra, muy densa en significado, emparentada con otra, más grave y específica, "apostolado", del que el testimonio parece ser una forma subalterna, pero bastante extensa, que va desde la sencilla profesión cristiana, silenciosa y pasiva, hasta la cima suprema, que se llama martirio y que significa precisamente testimonio. Esto indica ya que el término, hoy tan usado, de testimonio, encierra, más aún, manifiesta muchos aspectos de la mentalidad cristiana; de estos aspectos sólo vamos a referirnos a algunos, para ofrecer en este diálogo nuestro tema para vuestras sucesivas indagaciones mentales.

jueves, 9 de mayo de 2013

La vocación cristiana es vocación al apostolado

En el contexto de aquel año de la Fe, desde junio de 1967 a junio de 1968, Pablo VI ofreció sus catequesis para iluminar no sólo la virtud sobrenatural de la fe, sino sus implicaciones y consecuencias.


Una de estas consecuencias es cómo la fe, la vocación cristiana, es una vocación al apostolado. La fe forja apóstoles y los envía, sin arriconarlos, encerrarlos, paralizarlos sino lanzándolos al mundo. Pero, ¿quién es sujeto apto para el apostolado? ¿Sólo las vocaciones de especial consagración? ¿Cuál es el fundamento verdadero del apostolado? ¡El Bautismo! Luego la fe cristiana es, de por sí, vocación al apostolado y todo bautizado es transformado en apóstol.

Palabras hermosas y catequesis precisa y esperanzada, la que nos ofrece el papa Pablo VI. Pero sean éstas una catequesis no sólo para disfrutarlas o aumentar nuestro caudal de conocimientos, sino para cuestionarnos, examinarnos, revisarnos, discernirnos.

"Tenemos que manifestaros que la visita de tantos hijos queridos despierta en nuestro espíritu la reflexión sobre los nuevos aspectos que el último Concilio ha querido considerar e ilustrar exponiendo su doctrina sobre el pueblo de Dios, del que formamos parte todos los que estamos en la Iglesia (cf. LG 12), y dictando la doctrina del laicado para evidenciar las prerrogativas que se le han de reconocer, y que pueden resumirse en dos capítulos, en los cuales puede encerrarse la llamada "teología del laicado": es decir, el puesto que ocupan en la Iglesia de Dios y la actividad eclesial y apostólica a que, hoy especialmente, están llamados.

sábado, 23 de febrero de 2013

El cristiano, hombre consagrado a Dios (fe)

La fe nos ha comunicado una nueva vida, la vida divina, la vida de los hijos de Dios, la adopción filial, una configuración con Cristo, una estrecha relación con el Espíritu Santo.


La fe nos ha recreado -mediante los sacramentos de la redención-, nos ha convertido en un pueblo santo, el pueblo Dios, y a cada uno de nosotros lo ha constituido en profeta en medio del mundo, rey ante la esclavitud del pecado, sacerdote que ofrece en el altar de su corazón los holocaustos de una vida santa y de una plegaria constante y asidua ante Dios.

El cristiano es un creyente, es decir, un hombre que cree, que vive de la fe y que la fe es el sostén de su vida, el todo de su existencia, y que, por tanto, ha sido consagrado a Dios mediante los sacramentos. Ya vive en Dios y para Dios: ¡pertenece a Dios!

Anda por el mundo el cristiano como un consagrado a Dios, con el sello de Dios en su vida y, tal vez, se ha ido olvidando del estilo de vida que como consagrado le pertenece; y, tal vez, no ha descubierto la grandeza y la verdad de esta consagración bautismal.

Redescubrir y considerar la fe -un Año de la fe- es redescubrir y considerar cómo Dios ha situado al cristiano en el mundo como un consagrado. Vive ya de otra manera en el mundo. Vive y obra con conciencia clara de a Quién pertenece y para Quién dedica todas sus obras y sus más íntimos afectos.

Buena tarea sería en este Año recuperar y vivir plenamente nuestra condición de consagrados, su dignidad, su vocación, su misión en el mundo, su plegaria.

"La Iglesia está en un período de renovación. Esta renovación puede consistir en dar nuevas formas a la organización externa y social de la Iglesia y también en brindar nuevas actividades a los miembros de la Iglesia, nuevo fervor, nuevo movimiento, y también puede consistir en despertar en el pueblo de Dios, en el clero y en los fieles, una nueva conciencia: la conciencia de su vocación, de su elevación, de su destino; la conciencia de su carácter mesiánico, de su santidad, de su contribución, en la misión profética de la Iglesia, de su renovación sobrenatural con Dios, de configuración en la unidad y dignidad del Cuerpo Místico de la Iglesia.

Este despertar de la conciencia, en la Iglesia y de la Iglesia, de su ser, de su misterio, que hace de los hombres seguidores de Cristo un pueblo elegido y especial, ha sido particularmente estudiado por el Concilio Ecuménico, celebrado hace poco; ciertamente, fue una de sus principales intenciones ilustrarlo y promoverlo, como uno de los factores principales de la renovación cristiana. Resultado de este esfuerzo de claridad interior y de búsqueda de la raíz renovadora de la vida de la Iglesia ha sido la mejor valoración del carácter sagrado de los que pertenecen a la misma Iglesia, la profundización en el "sacerdocio real", con que están investidos todos los cristianos. De esta suerte, se ha hablado ampliamente del sacerdocio real, es decir, del sacerdocio común a todos los fieles.

viernes, 27 de julio de 2012

El laicado vivo que asume tareas

¿Un laico recibe algún encargo de la Iglesia? ¡Sí! El dinamismo propio del bautismo, concretado en su vocación laical, lo lleva a vivir su vocación en el mundo asumiendo tareas que le pertenecen por su propia naturaleza.

¡Ah!, ¿pero no es la pura pasividad? ¡No! El fiel laico posee una vocación y una misión, irrenunciable, insustituible. Le pertenece a él, no al sacerdote; es suya, no del religioso o consagrado.

¿Entonces? Pues habrá que mostrar el horizonte de la vocación laical y su campo de acción, recordarlo las veces que sean necesarias y ayudar, animar y acompañar en el desempeño de su apostolado.

"La Iglesia se concentra de modo especial en educar a los discípulos de Cristo, para que sean cada vez más testigos de su presencia en todas partes. 

-Toca a los fieles laicos mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, 
  • que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; 
  •  que la esperanza cristiana ensancha el horizonte limitado del hombre y lo proyecta hacia la verdadera altura de su ser, hacia Dios; 
  • que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo; 
  •  que el Evangelio es garantía de libertad y mensaje de liberación; 
  • que los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, como la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad, son de gran actualidad y valor para la promoción de nuevas vías de desarrollo al servicio de todo el hombre y de todos los hombres. 

 -Compete también a los fieles laicos participar activamente en la vida política de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con todos aquellos a quienes importa la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común. Los cristianos no buscan la hegemonía política o cultural, sino, dondequiera que se comprometen, les mueve la certeza de que Cristo es la piedra angular de toda construcción humana...

viernes, 27 de mayo de 2011

En el silencio escuchó Samuel su voz

En nuestra pastoral (disculpen que use esta palabra "talismán" que empleamos para todo y con la que justificamos todo), repito, en nuestra pastoral debe incluirse una perspectiva que es la de educar en el silencio. ¿Por qué? ¿Acaso somos eremitas perdidos, o cartujos, o vivimos en el desierto? No, cierto. Pero es que sólo en el silencio se puede escuchar la voz de Dios, la voz de Dios que llama incansablemente.

Muchas veces en las catequesis con jóvenes los educamos en muchas cosas (y si somos muy modernos, los educamos "en valores"), pero en el proceso formativo cristiano hay que incluir, necesaria e ineludiblemente, la educación en el silencio. Ahí, callados los ruidos exteriores y luego los ruidos interiores de la imaginación y la fantasía, se puede llegar a escuchar la voz de Dios que habla elocuentemente.

De la educación al silencio y de la calidad del silencio depende la vocación. Seguro que muchos jóvenes están siendo llamados por Dios a una vocación de especial entrega, de exclusividad y envío, pero no tienen sintonizada la emisora interior adecuada. ¡Ay si sintonizaran bien! Se volvería a repetir muchísimas veces la experiencia de Samuel en la noche: "Habla, Señor, que tu siervo escucha".

lunes, 2 de mayo de 2011

Discernir la vocación

En la vida cristiana, discernir significa valorar los signos e indicaciones de todo tipo en la existencia y ver cuál es el camino que el Señor está trazando, aquello que el Señor desea y espera de nosotros. Definamos discernir como una búsqueda libre de la voluntad de Dios concreta.

No hace mucho, "Católico" dejaba un comentario con una pregunta y vamos a tratar de responderle, señalando algunos principios para poder discernir.

Escribía él:

"Me gustaría, si es posible, que me comentara qué elementos se dan en la persona para reconocer que, efectivamente, una vocación es de Dios y no fruto de la imaginación o responde a un deseo únicamnente personal (propio o creado por terceros). Muchas gracias.

Un abrazo,

Católico" 

Hay dos campos de discernimiento: la orientación fundamental de la vida (vocación, esto es, llamada de Dios para algo) y las diversas opciones de cosas más concretas y temporales (una tarea, un apostolado específico, una decisión).
A) Un principio es fundamental para reconocer los signos de Dios: Los deseos de Dios en el alma se identifican por el ímpetu, la duración (si es pasajero, es capricho de la voluntad) y por la paz que dejan (porque se vive en paz ya que sabemos que si es de Dios, Él los realiza).

Cuando Dios llama a una vocación, aprovecha la naturaleza de la persona: sus inclinaciones espontáneas, sus cualidades, su manera de ser... Dios hace sentir una atracción hacia algo para que la persona se dé cuenta de que su corazón siempre se orienta hacia un mismo objeto. Es una atracción irresistible, un cierto afecto (al sacerdocio, o a una Congregación religiosa concreta, o al matrimonio), en el que no se puede dejar de pensar, aunque uno se vea muy lejos del ideal y de ser capaz de realizarlo. Pero esa atracción es ya un primer signo de Dios si dura en el tiempo y al pensar en ello provoca consuelo.

martes, 21 de septiembre de 2010

Enseñanzas de Newman sobre la oración

Poco a poco, artículo tras artículo, vamos leyendo y considerando la doctrina y los discursos del Papa en este viaje a Inglaterra; muchos de ellos dedicados a Newman, figura que pienso hay que conocer, y me lo digo a mí mismo también mientras escribo.


En los primeros párrafos de la homilía de beatificación, el Papa señala a Newman, el gran pensador, el gran intelectual, como un hombre orante, un hombre amasado por la oración que iluminaba su trayectoria, su búsqueda y la profundización en sus descubrimientos.

"Inglaterra tiene un larga tradición de santos mártires, cuyo valiente testimonio ha sostenido e inspirado a la comunidad católica local durante siglos. Es justo y conveniente reconocer hoy la santidad de un confesor, un hijo de esta nación que, si bien no fue llamado a derramar la sangre por el Señor, jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Él a lo largo de una vida entregada al ministerio sacerdotal, y especialmente a predicar, enseñar y escribir. Es digno de formar parte de la larga hilera de santos y eruditos de estas islas, San Beda, Santa Hilda, San Aelred, el Beato Duns Scoto, por nombrar sólo a algunos. En el Beato John Newman, esta tradición de delicada erudición, profunda sabiduría humana y amor intenso por el Señor ha dado grandes frutos, como signo de la presencia constante del Espíritu Santo en el corazón del Pueblo de Dios, suscitando copiosos dones de santidad. 

El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón”, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios. Como escribió en uno de sus muchos hermosos sermones, «el hábito de oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia –os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente... se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes» (Sermones Parroquiales y Comunes, IV, 230-231). El Evangelio de hoy afirma que nadie puede servir a dos señores (cf. Lc 16,13), y el Beato John Henry, en sus enseñanzas sobre la oración, aclara cómo el fiel cristiano toma partido por servir a su único y verdadero Maestro, que pide sólo para sí nuestra devoción incondicional (cf. Mt 23,10). Newman nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: «Tengo mi misión», escribe, «soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio... si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres» (Meditación y Devoción, 301-2) (Homilía en la Beatificación de Newman, Birmingham, 19-septiembre-2010)

Recordemos que en la víspera, en la vigilia de oración, el Papa ya había afirmado:

martes, 19 de enero de 2010

¿Oramos por las vocaciones? "Pedid al dueño de la mies..."

De los pocos mandatos explícitos sobre la oración, o mejor, sobre pedir algo concreto, Cristo dejó el encargo de orar por las vocaciones: “Pedid al dueño de la mies, que mande obreros a su mies”.

A veces, ante la crisis de vocaciones, puede cundir el desánimo, extenderse el desaliento y ver siempre todo oscuro, sin esperanza.

Hay que pensar que, como regla general aun cuando hay excepciones, allí donde hay fidelidad a Cristo, a la Iglesia y a su Magisterio, donde hay fidelidad al propio carisma sin que la secularización penetre, Dios suele bendecir con vocaciones; pero donde hay acomodación a la mentalidad del mundo, y todo se quiere reinterpretar para ser más modernos, allí no crecen las vocaciones, sino que hay esterilidad.

Las vocaciones, así pues, nacen donde hay fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Y es una inmensa alegría cuando un joven, tras una sólida formación catequética y una vida cristiana fuerte en su parroquia (o comunidad, o movimiento, o colegio), empieza a descubrir y discernir su vocación; sin los elementos anteriores, ¿puede Dios llamar y ser escuchado? Trabajemos por superar la secularización interna de la Iglesia, el bajo nivel de la catequesis y la vida tan lánguida de muchas comunidades cristianas.

Las vocaciones son un don de Dios y una acción de su gracia. Tengamos el convencimiento que señalaba san Agustín: “¿Pero es que llegará a haber y se podrá encontrar pastores que no busquen su propio interés, sino el de Cristo? Los habrá sin duda, se los encontrará con seguridad, ni faltan ni faltarán” (Serm. 46,19).

Siempre hemos de orar por las vocaciones:

-antes de la última petición de las preces de Vísperas, incluir una por las vocaciones;
-en la oración de los fieles en la Santa Misa
-pidiendo en un misterio del Rosario cada día
-ofreciendo a Dios algún sacrificio o mortificación, o una enfermedad y sus molestias (¡cuánto pueden hacer los enfermos por el bien y la edificación de la Iglesia si ofrecen sus sufrimientos!).

La Iglesia recomienda mucho la oración constante por las vocaciones: “enséñese a todo el pueblo cristiano que tiene obligación de cooperar de diversas maneras, por la oración perseverante y por otros medios que estén a su alcance, a fin de que la Iglesia tenga siempre los sacerdotes necesarios para cumplir su misión divina” (Presbyterorum ordinis, n. 11). Así, “la confianza total en la incondicional fidelidad de Dios a su promesa va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de cooperar con la acción de Dios que llama y, a la vez, contribuir a crear y mantener las condiciones en las cuales la buena semilla, sembrada por Dios, pueda echar raíces y dar frutos abundantes. La Iglesia no puede dejar jamás de rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cf. Mt 9, 38) ni de dirigir a las nuevas generaciones una nítida y valiente propuesta vocacional” (Pastores dabo vobis, 2).

La oración por las vocaciones incumbe a todos y es tarea eclesial, siendo entonces la primera acción pastoral y vocacional al alcance de todos, personal y comunitariamente:

“La Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva y exigente de Jesús, que nos pide que «roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar por las vocaciones —mientras toma conciencia de su gran urgencia para su vida y misión— reconoce que son un don de Dios y, como tal, hay que pedirlo con súplica incesante y confiada. Ahora bien, esta oración, centro de toda la pastoral vocacional, debe comprometer no sólo a cada persona sino también a todas las comunidades eclesiales... Hoy, la espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser cada vez más una práctica constante y difundida en la comunidad cristiana y en toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la experiencia de los apóstoles, que en el Cenáculo, unidos con María, esperan en oración la venida del Espíritu (cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar también hoy en el Pueblo de Dios «dignos ministros del altar, testigos valientes y humildes del Evangelio»” (Pastores dabo vobis, 38).

Por último, es muy necesaria la oración por los sacerdotes: “Los fieles cristianos, por su parte, han de sentirse obligados para con sus presbíteros, y por ello han de profesarles un amor filial, como a sus padres y pastores; y al mismo tiempo, siendo partícipes de sus desvelos, ayuden a sus presbíteros cuanto puedan con su oración y su trabajo, para que éstos logren superar convenientemente sus dificultades y cumplir con más provecho sus funciones” (Presbyterorum ordinis, n. 9).

domingo, 4 de octubre de 2009

La belleza y santidad del matrimonio indisoluble

Siempre igual: cuando se proclama el Evangelio de este domingo (“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre... Si uno se divorcia y se une a otra mujer comete adulterio...”) no falta quien se llega a la sacristía a decirte que “eres muy duro”, ¡y sólo he glosado el Evangelio para hablar de la indisolubilidad, del sentido del amor abierto a la entrega y al sacrificio y no sólo al amor romántico-sentimental que es inconsistente y fugaz!

El matrimonio es una realidad santa, querida por Dios, elevada a sacramento, santificada por su gracia. A los oídos católicos incluso les resulta duro este Evangelio, y no lo llegan a comprender basados en la superficie de un Jesús que es amor, un liberal que admite que si desaparece el amor, el divorcio es una salida razonable. ¡Los mismos católicos los piensan así!

Pero pierden de vista la realidad natural y sobrenatural del matrimonio. No se cimienta en los sentimientos, sino en la fidelidad de Dios y en la mutua entrega, que incluye el sacrificio, así como el amor de Jesucristo le llevó incluso a la cruz por fidelidad. Nadie dice que el matrimonio sea fácil ni camino de rosas, pero sí se dice –hay que decir- que la fidelidad y entrega sacrificial del matrimonio fundando una Iglesia doméstica se puede sostener con la gracia de Dios, con la vida de oración, con el recurso frecuente al sacramento de la Penitencia y la participación en la Eucaristía. Estos son los pilares para constituir el matrimonio en su verdad y belleza: una vocación, un camino de santidad.

Recordemos la doctrina de la Gaudium et spes sobre el matrimonio: “Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia... Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación” (GS 48).

La liturgia matrimonial recuerda claramente esta indisolubidad y el sentido santificador del matrimonio. En la fórmula de consentimiento es evidente: “te recibo a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida” (RM 66). También en el prefacio de la Misa ritual:

“Que con el yugo suave delamor
y el vínculo indisoluble de la unidad,
hiciste más fuerte la alianza nupcial,
para que aumenten los hijos de tu adopción
por la honesta fecundidad de los esposos.

Tu providencia, Señor, y tu amor
lo dispuso así de modo tan admirable,
que el nacer llena la tierra
y el renacer aumenta tu Iglesia” (RM 365),

y por supuesto la solemne y epiclética bendición nupcial, después del Padrenuestro:

“Oh Dios, que con tu poder creaste todo de la nada,
y, desde el comienzo de la creación,
hiciste al hombre a tu imagen
y le diste la ayuda inseparable de la mujer,
de modo que ya no fuesen dos, sino una sola carne,
enseñándonos que nunca será lícito separar
lo que quisiste fuera una sola cosa.
Oh Dios, que consagraste la alianza matrimonial
con un gran Misterio
y has querido prefigurar en el Matrimonio
la unión de Cristo con la Iglesia.
Oh Dios que unes la mujer al varón
y otorgas a esta unión,
establecida desde el principio,
la única bendición
que no fue abolida
ni por la pena del pecado original,
ni por el castigo del diluvio...” (RM 82).