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martes, 16 de enero de 2024

Dios mío, ven en mi auxilio (Respuestas - LVI)



Desde muy antiguo, sobre el siglo V-VI, la Liturgia de las Horas se comienza entonando el que preside: “Dios mío, ven en mi auxilio”, a lo que todos responden: “Señor, date prisa en socorrerme”, añadiéndole después el “Gloria al Padre y al Hijo… Amén. (Aleluya)”. Así se entonan las alabanzas divinas.


            “Dios mío, ven en mi auxilio…” es un versículo del salmo 69,2. Se pide la ayuda de Dios para comenzar a cantar debidamente su gloria. Ya san Benito da testimonio de esta práctica en su Regla: “En primer lugar dígase el verso “Dios mío ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme”, el gloria y el himno de cada hora” (RB 18,1).

            ¿Cuál es el alcance de este versículo? ¿Qué dice, qué expresa, qué suplica? San Agustín lo glosa diciendo: “Luego clamemos todos al unísono con estas palabras: Dios mío, ven en mi auxilio. Pues necesitamos de continua ayuda en este mundo. ¡Cuándo no la necesitaremos! Sin embargo, ahora, colocados en medio de la tribulación digamos de modo particular: Dios mío, ven en mi auxilio” (Enar. in Ps. 69,2).

            En esta vida terrena, peregrina, siempre seremos –con expresión agustiniana- mendigos de Dios, mendigos de su gracia: suplicamos siempre su ayuda, su asistencia.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Te Deum - y II (Respuestas - LV)



3. El lenguaje y los términos que emplea el Te Deum lo sitúan en el siglo IV o, como muy tarde, siglo V. Veamos algunos indicios que apuntan en esa dirección.

            Los títulos cristológicos más antiguos no se encuentran ya en el Te Deum como sí se encuentran en el “Gloria in excelsis” (que es más antiguo), títulos tales como Cordero de Dios, Señor, Padre todopoderoso. Se seguirán usando, pero no con tanta frecuencia porque hay una nueva sensibilidad cristológica y nuevas controversias con el dogma cristológico que requieren expresiones más precisas aún.



            Destacan las afirmaciones sobre la naturaleza divina de Jesucristo en plena polémica antiarriana: “Tú eres el Hijo único del Padre” o la expresión “Tú aceptaste la condición humana”. Cristo no es una criatura, ni un ser intermedio entre Dios y el hombre, sino el Hijo único y eterno del Padre.

            Otras expresiones nos ubican en el siglo IV: “el coro de los apóstoles… los profetas… el blanco ejército de los mártires”, señalando cómo la Iglesia ya daba culto a los apóstoles, a los profetas y a los mártires, celebrando el “dies natalis” de éstos, el día de su nacimiento al cielo por el martirio. San Cipriano tiene una expresión semejante a ésta del Te Deum. Escribe: “Allí el coro glorioso de los apóstoles, allí el gozoso grupo de los profetas, la multitud innumerable de los mártires”[1]. Con la suma de todos estos elementos, habrá que situar al anónimo autor del Te Deum en el siglo IV, y no faltan autores que indican a Nicetas de Remesiana como su autor, como lo parecen señalar la coincidencia de distintos manuscritos antiguos.

sábado, 4 de noviembre de 2023

Te Deum - I (Respuestas - LIV)



1. En el siglo V se comienza a emplear en la Iglesia un himno festivo de acción de gracias, el Te Deum. Se emplea en solemnes ocasiones de acción de gracias a Dios convocando al pueblo cristiano al canto del Te Deum.



            En la actual Liturgia de las Horas, el Te Deum se canta o se recita al final del Oficio de lecturas, antes de la oración conclusiva, en los domingos, fiestas y solemnidades (exceptuando los domingos de Cuaresma). Así dicen las rúbricas de la IGLH:

            “En los domingos, excepto los de Cuaresma, en los días de la Octava de Pascua y de Navidad, en las solemnidades y fiestas, después de la segunda lectura, seguida de su responsorio, se recita el Te Deum, el cual se omite en las memorias y en las ferias. La última parte de este himno, desde el versículo “Salva a tu pueblo, Señor” (Salvum fac populum tuum) hasta el fin, puede omitirse libremente” (IGLH 68).

            Es costumbre además en Monasterios, comunidades cristianas, Asociaciones, Adoración Nocturna, etc., terminar el año civil recitando el Te Deum como acción de gracias por el año transcurrido. Esta piadosa costumbre está enriquecida con indulgencia plenaria: “Al fiel cristiano que rece en acción de gracias “A ti, oh Dios, te alabamos” se le concede indulgencia parcial. La indulgencia será plenaria el día uno de enero y en la solemnidad de Pentecostés, si este himno se reza públicamente” (Enchiridion, 2).

            En el rito de ordenación episcopal, terminado la comunión y la oración de postcomunión, se entona el Te Deum, mientras el nuevo obispo con mitra y báculo, acompañado de otros obispos, va por la nave del templo bendiciendo a los fieles presentes antes de dirigir una alocución final (PR 61-62).

viernes, 6 de octubre de 2023

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu - y II (Respuestas - LIII)



3. Al parecer, ya en el siglo IV se había extendido por todas partes la costumbre de terminar el canto de cada salmo con el “Gloria al Padre”, costumbre ininterrumpida.

        La Introducción General a la Liturgia de las Horas determina el uso del “Gloria al Padre”. Esta doxología concluye la invocación inicial “Dios mío, ven en mi auxilio” (IGLH 41). Cada salmo y cada cántico concluye también con esta doxología (a no ser que expresamente se diga lo contrario, como ocurre con el Cántico de las criaturas de Dn 3): “al final de cada salmo se mantiene en vigor el concluir con el “Gloria al Padre” y “como era”. Pues el Gloria es la conclusión adecuada que recomienda la tradición que da a la oración del Antiguo Testamento un sentido laudatorio, cristológico y trinitario” (IGLH 123).

            El Gloria cantado al final de los salmos eleva el canto a la Trinidad, alabando, y mirando a Cristo Jesús. Un elemento original, “una característica típicamente cristiana fue, luego, la doxología trinitaria, que se añadió al final de cada salmo y cántico: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Así cada salmo y cántico es iluminado por la plenitud de Dios” (Juan Pablo II, Aud. General, 4-abril-2001). Es un magnífico remate para culminar cada salmo con una luz cristiana-trinitaria: “Si se sienten y se viven así, la doxología trinitaria que corona todo salmo se transforma, para cada creyente en Cristo, en una continua inmersión, en la ola del Espíritu y en comunión con todo el pueblo de Dios, en el océano de vida y de paz en el que se halla sumergido con el bautismo, o sea, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Ibíd.).

            Esta doxología menor resalta cómo toda oración cristiana es trinitaria:

lunes, 4 de septiembre de 2023

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu - I (Respuestas - LII)



1. Muy especialmente en la Liturgia de las Horas, y en devociones tales como el rosario, una de las plegarias por las que participamos en la liturgia es el “Gloria”. Se le llama “doxología menor” para diferenciarla de la “doxología mayor” que es el himno “Gloria a Dios en el cielo”.



            Ya desde muy antiguo, la Iglesia alabó así, brevemente, a la santísima Trinidad, nombrando a las Tres Personas y confesando que sólo a Dios se le debe la gloria, la alabanza, el honor y el poder. Así esta doxología es una alabanza y una confesión de fe al mismo tiempo: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”.

            Las doxologías o alabanzas[1], que la Iglesia canta en su liturgia dependen de las del NT, y éstas, a su vez, guardan relación con las doxologías del Antiguo Testamento. En el NT hay una serie de doxologías dirigidas sólo al Padre; otras dirigidas al Padre por Cristo y algunas solamente a Jesucristo. Se entonan estas doxologías considerando los atributos de Dios, o las obras de su creación y sobre todo sus maravillas en la historia de la salvación y de la redención de los hombres.

viernes, 4 de agosto de 2023

Nunc dimittis (Respuestas - LI)



1. Ha llegado la noche, es el tiempo del descanso nocturno. Una jornada más ha transcurrido, ofrecida a la gloria de Dios, santificada. Ahora, brevemente, la Iglesia reza las Completas para encomendar a Dios el descanso de la noche: “Las Completas son la última oración del día, que se ha de hacer antes del descanso nocturno, aunque haya pasado ya la media noche” (IGLH 84).



            2. Su breve estructura –examen de conciencia, himno, salmo, lectura breve y responsorio- realza más si cabe el cántico evangélico “Nunc dimittis”, el cántico de Simeón al ver a Cristo en su Presentación en el Templo de Jerusalén. “Con el cántico podemos decir que culmina esta Hora” (IGLH 89).

            El cántico va precedido por una antífona fija, invariable, dirigida a Dios como una súplica: “Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz”. Es un sueño confiado en las manos de Dios. Pero, como dice el Cantar, “mientras dormía, mi corazón velaba” (Cant 5,2) y se pide que velemos con Cristo incluso durante el sueño: “para que, despiertos o dormidos, vivamos con él” (1Ts 5,10). Es súplica esperanzada: “que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1Ts 5,23).


lunes, 10 de julio de 2023

Magnificat - y II (Respuestas - L)



3. Puede ayudarnos a captar la grandeza de este cántico evangélico la Tradición de los Padres.

            Escribe S. Ambrosio:

“Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando íntegra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios. 

El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María, la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor.

El Señor es engrandecido ciertamente, pero no en el sentido de que reciba por medio de nuestras palabras algo que a él le faltaba, sino porque con estas palabras él queda engrandecido en nosotros. En efecto, porque Cristo es la imagen de Dios, cuando alguien actúa con piedad y con justicia engrandece la imagen de Dios -pues todo hombre ha sido creado a su imagen y semejanza- y, al engrandecer esta imagen, también él queda engrandecido por una mayor participación de la grandeza divina” (Exp. In Luc., 2,26-27).


            Por su parte, Beda el Venerable comenta el Magnificat casi versículo a versículo:

viernes, 2 de junio de 2023

Magnificat - I (Respuestas - XLIX)



1. Al caer la tarde, en el oficio solemne y sereno de Vísperas, la Iglesia entona el cántico evangélico del Magnificat, como hizo por la mañana, en las Laudes, con el cántico evangélico del Benedictus.

            Como en Laudes, en el oficio litúrgico de Vísperas tampoco se proclama nunca la lectura de un evangelio, sino que el único texto evangélico es este canto tras la lectura breve (en Vísperas, esta lectura breve siempre es del NT porque sigue a un cántico del NT, nunca será del Antiguo Testamento). Todos en pie cantan el Magnificat, se santiguan a las primeras palabras (“Proclama mi alma la grandeza del Señor”) y en celebraciones particularmente solemnes, durante el Magnificat se puede incensar con honor el altar, al sacerdote y a los fieles.


            Se llega así, con este cántico evangélico, al momento culminante de las Vísperas.


            2. Éste es el canto de alabanza que entonó la Virgen María delante de su prima Isabel, en la visitación. Es la exultación de la Santísima Virgen a la acción salvadora de Dios, que cumple las promesas hechas a Israel: ¡Dios es fiel!

            Es éste un canto en el que la Virgen entrelaza distintos versículos de la Escritura y tiene un precedente que le inspira, el cántico de Ana, la madre de Samuel (1S 2): “Mi corazón se regocija por el Señor, mi poder se exalta por Dios… Se rompen los arcos de los valientes y a los cobardes los ciñe de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan…”

sábado, 6 de mayo de 2023

Benedictus - y II (Respuestas XLVIII)



3. Enriquezcamos toda esta reflexión con el comentario de los Padres de la Iglesia al Benedictus y así beberemos de la Tradición.

“Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos”:



“No pensemos que aquí se habla de enemigos corporales, sino espirituales. Porque el Señor Jesús, “fuerte en la batalla”, ha venido para destruir a todos nuestros enemigos, para liberarnos de las insidias que proceden de la mano de todos nuestros enemigos “y de la mano de todos los que nos odian”” (Orígenes, In Luc., X,3).

“La misericordia que tuvo con nuestros padres”:

“Yo pienso que Abraham, Isaac y Jacob han gozado de la misericordia de Dios gracias a la venida de nuestro Señor y Salvador. Pues es inimaginable que quienes vieron y se alegraron con antelación de ese día, no hayan sacado provecho de él a su llegada y de su nacimiento virginal. ¿Y qué digo de los patriarcas? Apoyándome en la autoridad de las Escrituras, tendré la audacia de elevarme aún a más altura y diré que la presencia del Señor Jesús y los planes de su Providencia no solo han sido de provecho para la tierra, sino también para el cielo. Por eso dice el Apóstol. ‘Por su sangre en la cruz ha pacificado la tierra y el cielo’. Así pues, si la presencia del Señor ha sido útil para el cielo y para la tierra, ¿por qué va a tener uno miedo de afirmar que su venida ha aprovechado también a nuestros antecesores, para que se cumpliera aquello que dice: ‘Para hacer misericordia con nuestros padres y acordarse de su alianza santa, del juramento que hizo a nuestro padre Abraham’, con el fin de concedernos ser libres ‘del temor al poder de nuestros enemigos’?” (Orígenes, In Luc., X,3).


martes, 18 de abril de 2023

Benedictus - I (Respuestas - XLVII)




1. La celebración litúrgica de las Laudes hace memoria, por la mañana, de la santa resurrección del Señor y se dirige y ordena a santificar la mañana (cf. IGLH 38).

            Nunca en la Liturgia de las Horas, según la costumbre romana, se lee el Evangelio –excepto en el oficio de Vigilias-: “conforme a la tradición, se han excluido los Evangelios” (IGLH 158), sino que el Evangelio se reserva para la Misa del día, proclamándose en forma de lecturas breves o largas el resto de los libros de la Escritura.


            Centro solemne de las Laudes es el cántico evangélico del Benedictus, ya que a los cánticos evangélicos en la Liturgia de las Horas “se les ha de conceder la misma solemnidad y dignidad con que se acostumbra a oír la proclamación del Evangelio” (IGLH 138). Todos se ponen en pie, se santiguan al decir las primeras palabras y se puede incensar con honor el altar. Por su naturaleza, el cántico evangélico requiere ser cantado.


            2. El “Benedictus” es el canto de alabanza que entonó Zacarías al nacer su hijo, Juan el Bautista. Canta la salvación de Dios que llega, describe la misión del Precursor y alaba al Salvador como Sol naciente.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.

viernes, 10 de marzo de 2023

"Señor, no soy digno de que entres..." - y II (Respuestas - XLVI)



3. El rito romano empleó una fórmula distinta a la del resto de familias litúrgicas (“lo Santo para los santos”) suscitando la humildad de todos antes de acercarse a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. Dice el sacerdote: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”, y todos a una con el sacerdote, responden: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Todo esto se realiza sosteniendo el sacerdote un fragmento del Pan consagrado, ya fraccionado, sobre la patena o sobre el cáliz (cf. IGMR 84) invitando “al banquete de Cristo” (ibid.)


            Se suscita de este modo humildad y un profundo espíritu de fe para acercarse dignamente a la sagrada comunión: “pronuncia un acto de humildad, usando las palabras evangélicas prescritas” (IGMR 84).

            Lo que recibimos en la comunión ni es algo ni es un símbolo de nada ni es una construcción humana ni es un alimento común. Recibimos a Alguien, al mismo Cristo Señor en el Sacramento: de ahí el rito de preparación, y por eso, también, el cuidado al comulgar, la reverencia y la solemnidad de ese momento –sin canalizaciones, ni saludos, ni conversaciones, ni distribuir la comunión apresuradamente-:

            “Lo que se nos entrega en la comunión no es un trozo de cuerpo, no es una casa, sino Cristo mismo, el Resucitado, la persona que se nos comunica en su amor que ha pasado por la Cruz. Esto significa que comulgar es siempre una relación personal. No es un simple rito comunitario, que podamos despachar como cualquier otro asunto comunitario. En el acto de comulgar, soy yo quien me presento ante el Señor, que se me comunica a mí. Por esta razón, la comunión sacramental ha de ser siempre, al mismo tiempo, comunión espiritual. Por esta razón, antes de la comunión, la liturgia pasa del nosotros al yo. En esos momentos soy yo quien es llamado en causa. Soy yo quien es invitado a salir fuera de mí mismo, a ir a su encuentro, a llamarlo”[1].

viernes, 10 de febrero de 2023

"Señor, no soy digno de que entres..." - I (Respuestas - XLV)



1. Es usual y dato común en todas las liturgias, ya sean orientales, ya sean occidentales, que inmediatamente antes de distribuir la comunión eucarística, el sacerdote se dirija al pueblo y lo invite a acercarse a comulgar con disposiciones de fe, humildad, santo temor de Dios y, por tanto, en gracia y no en pecado mortal. No es un acceso indiscriminado a todos, sino que se ha de estar preparado y en estado de gracia.

          
  El Catecismo lo recuerda afirmando que “para responder a esta invitación debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia… Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar” (CAT 1385). También, muy claramente, Juan Pablo II escribía: “el juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que ‘obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave’ (cn. 915)” (Ecclesia de Eucharistia, 37).


            2. Por eso, recordando la santidad de la Eucaristía misma y la necesaria disposición de los fieles, la liturgia introdujo una invitación sacerdotal que es una admonición, una advertencia para todos. La más difundida y corriente es “Sancta sanctis”, es decir, “lo Santo (o las cosas santas) para los santos”. Los fieles todos aclaman y responden con humildad: “sólo Tú eres santo”, reconociendo que, aunque puedan comulgar y están en gracia, son pequeños comparados con la santidad absoluta de Jesucristo.

            ¿Testimonios? El primero que se puede aducir lo hallamos en las catequesis de S. Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV:

martes, 10 de enero de 2023

Cordero de Dios - y II (Respuestas - XLIV)




3. Al ser un rito que duraba tiempo, como hemos visto, pronto apareció un canto que lo acompañase, apropiado para ese rito eucarístico tan entrañable.

            Por ejemplo, en el rito hispano-mozárabe, el pan se parte (y luego se colocan 9 trozos en forma de cruz sobre la patena evocando cada misterio de Cristo) mientras se canta la “antífona ad confractionem”, la antífona para la fracción. El Ordinario ofrece varias:

            “Cristo, acuérdate de nosotros en tu reino, y haznos dignos de tu resurrección”.

            “Acepta, Señor, en tu presencia nuestro sacrificio, y sea de tu agrado”.


            “Danos, Señor, la comida a su tiempo, abre tu mano, y sacia nuestras almas con tus bendiciones”.

            “Descienda sobre nosotros, Señor, tu misericordia, como la esperamos de ti”.

            Y en el santo tiempo pascual: “Venció el león de la tribu de Judá, la raíz de David, aleluya”.

            El rito romano introdujo a finales del siglo VII una letanía de origen griego: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo”. Según el Liber pontificalis, un Papa de origen griego, Sergio I (687-701) fue quien introdujo esta letanía.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Cordero de Dios - I (Respuestas - XLIII)



1. La solemne, y se supone que amplia, fracción del pan consagrado va acompañada de un canto en forma de letanía: “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”, canto que debe durar tanto como dure la misma fracción y que jamás se omite ni se sustituye por otro canto “de paz” (en el rito romano no existe ese canto de paz, porque el rito de la paz es muy breve y sobrio), como recuerda el mismo Misal (cf. IGMR 366).



            Se parte el pan consagrado y se fracciona para distribuirlo en la sagrada comunión una vez que todos se han dado la paz brevemente, sin empezar a partirlo cuando los fieles están aún dándose el abrazo santo de paz: “La fracción comienza después de haberse dado la paz” (IGMR 83). Entonces se canta la letanía “Cordero de Dios” y el sacerdote va partiendo todo el pan consagrado.

            Atendamos a las rúbricas del Misal:

“La súplica Cordero de Dios se canta según la costumbre, bien sea por los cantores, o por el cantor seguido de la respuesta del pueblo el pueblo, o por lo menos se dice en voz alta. La invocación acompaña la fracción del pan, por lo que puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta cuando haya terminado el rito. La última vez se concluye con las palabras danos la paz” (IGMR 83).

domingo, 13 de noviembre de 2022

"Tuyo es el reino, tuyo el poder..." (Respuestas - XLII)




6. La Oración dominical concluye con un embolismo, es decir, una oración que desarrolla la última petición “líbranos del mal”.

            Dice la IGMR: “El sacerdote solo añade el embolismo, que el pueblo concluye con la doxología. El embolismo que desarrolla la última petición de la Oración del Señor pide con ardor, para toda la comunidad de los fieles, la liberación del poder del mal” (IGMR 81). Este embolismo es un desarrollo del Padrenuestro “estrechamente ligado a él. Con el embolismo se vuelve a la plegaria presidencial. El celebrante en nombre de todos lo hace en él más explícito y desarrolla la petición ya contenida al final de la oración del Señor”[1].



            En el rito romano, el embolismo suplica no caer en la tentación y ser protegidos de todo mal, subrayando la liberación última, plena y verdadera, que ni es sociológica ni política, sino la Venida gloriosa y definitiva de Jesucristo, la escatología y el establecimiento de su reinado. Se pide, en un primer momento, una preservación de todos los males y del pecado, de todo lo que pueda perturbarnos; después, pide la paz y la misericordia divina, o sea, su gracia, que es fuente de libertad verdadera; por último, el plano escatológico: se afirma la esperanza cristiana y se confiesa aquello que esperamos, que no es sino la venida gloriosa y última de Cristo Señor.

sábado, 8 de octubre de 2022

Padrenuestro - y V (Respuestas - XLI)



9. Muchos son los comentarios que los Padres hicieron sobre la Oración dominical para desentrañar su contenido: Orígenes, Tertuliano y Cipriano en sus tratados sobre la oración, S. Cirilo de Jerusalén en sus catequesis mistagógicas, S. Ambrosio en su tratado mistagógico sobre los sacramentos, S. Agustín en sus sermones a los catecúmenos en la entrega de la Oración dominical y cartas, etc.



Cedamos la voz a los Padres. Un primer ejemplo podría ser la mistagogia que realiza S. Cirilo de Jerusalén a los recién bautizados:

«Padre nuestro que estás en los cielos» (Mt 6,9). ¡Oh gran misericordia de Dios para con los hombres!, juntamente con su amor. Hasta tal punto se compadeció de quienes se apartaron de él y se afirmaron en los mayores males que les concedió el olvido de las injurias y la participación en la gracia de modo que le llamasen Padre: «Padre nuestro que estás en los cielos». Pues del cielo habían de ser quienes llevarán la imagen del cielo, en quienes Dios habita y con quienes él camina.

«Santificado sea tu nombre». Por su naturaleza el nombre de Dios es santo, digámoslo nosotros o no lo digamos. Pero ya que, por medio de quienes pecan, se le profana en ocasiones, según aquello de que «el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones», oramos para que en nosotros sea santificado el nombre de Dios. Y no es que comience a ser santo porque anteriormente no lo fuese, sino que en nosotros se hace santo cuando nos santificamos nosotros mismos y hacemos cosas dignas de la santidad.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Padrenuestro - IV (Respuestas - XL)



7. La oración predilecta y más amada, entregada por Cristo, es el Padrenuestro. Es el “compendio de todo el evangelio” (Tertuliano, De orat., 6). Toda oración para ser cristiana deberá concordar con el Padrenuestro porque sólo así se orará en el Espíritu, como conviene:



“Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual” (S. Agustín, Ep. a Proba, 130,12,22).

Con la oración dominical, confesamos admirados que Dios, por el bautismo, nos ha hecho hijos suyos, dándonos el espíritu de adopción y pudiendo llamar a Dios Padre y compartir la heredad del Hijo único y amado:

domingo, 14 de agosto de 2022

Padrenuestro - III (Respuestas - XXXIX)



5. De distintas formas se reza el Padrenuestro según las distintas liturgias, tanto en la Misa como en la Liturgia de las Horas.

            En el Ordinario de la Misa romana actual, tras la monición, extendiendo las manos el sacerdote, lo rezan juntos a una sola voz el pueblo y el sacerdote: “El sacerdote hace la invitación a la oración y todos los fieles, juntamente con el sacerdote, dicen la oración” (IGMR 81); “terminada Plegaria Eucarística, el sacerdote con las manos juntas, dice la monición antes de la Oración del Señor; luego, con las manos extendidas, dice la Oración del Señor juntamente con el pueblo” (IGMR 152).



            Anteriormente, con el Misal romano de S. Pío V (hoy forma extraordinaria del rito romano), recogiendo una antigua costumbre, el sacerdote lo rezaba solo, en voz baja; levantaba la voz al decir: “et ne nos inducas in tentationem”, y el acólito o los fieles sí decían juntos la última petición: “sed libera nos a malo”. Éste era el modo que se practicaba entre los monjes que seguían la Regla de S. Benito: “Nunca deben terminarse las celebraciones de laudes y vísperas sin que al final recite el superior íntegramente la oración que nos enseñó el Señor, en voz alta para que todos la puedan oír, a causa de las espinas de las discordias que suelen surgir, con el fin de que amonestados por el compromiso a que obliga a esta oración cuando decimos: ‘Perdónanos así como nosotros perdonamos’, se purifiquen de ese vicio. Pero en las demás celebraciones solamente se dirá en voz alta la última parte de la oración para que todos respondan: ‘Y líbranos del mal’” (RB 13,12-13).

            En la Divina Liturgia de S. Juan Crisóstomo, el rito bizantino, precedido por unas letanías, el sacerdote invita a todos diciendo: “Y concédenos, Maestro, que con confianza y sin condenación podamos atrevernos a llamarte Dios celestial y Padre, y a decirte” y entonces el pueblo reza junto: “Padre nuestro…”

lunes, 18 de julio de 2022

Padrenuestro - II (Respuestas - XXXVIII)



4. En el Misal romano, la primera fórmula con la que el sacerdote invita a los fieles a orar es antigua y clásica: “fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir…” A muchos les resulta dura o extraña esa expresión: “nos atrevemos a decir”; contagiados de una imagen muy secularizada de Dios han olvidado que siendo nuestro Padre, Dios es Dios, estamos ante el Misterio, y es osadía, o audacia, llamarle “Padre”. Sólo lo hacemos porque Cristo nos lo ha dicho así y nos ha dado el Espíritu Santo que clama “Abba, Padre” (Gal 4,6). Rezamos así con un santo atrevimiento, con confianza filial, pero llena de reverencia, de piedad, del santo temor de Dios, conscientes de nuestra pequeñez ante el Misterio mismo de Dios.


            El Catecismo lo recuerda también: “En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padrenuestro con una audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: Atrevernos con toda confianza; Haznos dignos de” (CAT 2777).

            Es luminoso el comentario que escribe Jungmann a esta monición: “El entusiasmo que produce la majestad de la oración dominical, reflejada en tales palabras, encuentra su expresión tamibén, aunque en forma más comedida, en las frases introductorias de nuestra misa romana. Para el hombre, formado de polvo y cenizas, es, ciertamente, un atrevimiento (audemus) hacer suya una oración en la que se acerca a Dios como hijo a su padre. Acabamos de ver mencionada la palabra “atrevimiento” en las liturgias orientales. Se repite con frecuencia en boca de los santos Padres cuando hablan del Pater noster. Comprenderemos aún mejor la reverencia que siente ante la oración dominical la liturgia romana y que, sin duda, está muy en su puesto, si recordamos que entonces a esta oración se la mantenía en secreto no sólo ante los gentiles, sino aun ante los catecúmenos hasta momentos antes de que por el bautismo se convertían en hijos del Padre celestial. Pero hasta los ya bautizados debían sentir siempre con humildad la enorme distancia que les separaba de Dios. Por otra parte, el mismo Hijo de Dios nos enseñó estas palabras, mandándonos que las repitiéramos. Fue éste un mandato salvador, una instrucción divina. Los sentimientos concretados en la oración cuadran maravillosamente con la hora en que tenemos entre nuestras manos el sacrificio con que el mismo Hijo se presentó y sigue presentándose ante su Padre celestial”[1].

sábado, 18 de junio de 2022

Padrenuestro - I (Respuestas - XXXVII)



1. La oración propia de los hijos de Dios, es decir, de los bautizados que han recibido el espíritu filial de adopción según san Pablo (Rm 8,15), es el “Padrenuestro”, también llamado “oración dominical”, es decir, “oración del Señor”, pues fueron los labios de Cristo los que la pronunciaron para nosotros, encomendándonos: “Cuando oréis, decid: Padre nuestro…” (Lc 11,2).

            Es oración tan propia de los hijos de Dios, de los bautizados, que los catecúmenos –ni antes ni ahora- la rezaban. Eran despedidos tras la homilía porque no eran fieles cristianos todavía para poder participar de la oración común. Cuando han sido ya elegidos para ser bautizados en la próxima Vigilia pascual, se les realiza el rito de la entrega del Padrenuestro. Transcurre en la V semana de Cuaresma.



            Muy claro explica el motivo el Ritual de la Iniciación cristiana de adultos: “También se entrega a los elegidos la ‘Oración dominical’ que desde la antigüedad es propia de los que han recibido en el Bautismo el espíritu de los hijos de adopción, y que los neófitos recitan juntamente con los demás bautizados al participar por primera vez en la celebración de la Eucaristía” (RICA 188).

            En una celebración, tras las lecturas bíblicas, se proclama el Evangelio donde el Señor pronuncia el Padrenuestro, con esta admonición del celebrante a los elegidos: “Ahora escuchad cómo el Señor enseñó a orar a sus discípulos” (RICA 191). Tras la homilía se ora por los elegidos.