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lunes, 12 de mayo de 2025

De rodillas (Ritos y gestos - XIX) y 2ª parte



Recibir una gracia


            Los dones de Dios y su bendición se reciben de rodillas. La transmisión de la gracia mediante las grandes plegarias se recibe de rodillas. Somos pequeños ante el gran Don que Dios nos da.



            Así, en el sacramento del Matrimonio, la solemne plegaria de bendición nupcial es pronunciada sobre los esposos con imposición de manos estando éstos de rodillas (RM 81).

            En el sacramento del Orden, el ordenado recibe la imposición de manos del obispo estando arrodillado ante él (CE 509; 531; 582). Después, durante la plegaria de Ordenación, también permanecerá de rodillas (CE 510; 533).

            En los ritos de la profesión religiosa, el nuevo profeso emite la fórmula de profesión normalmente de rodillas delante del celebrante o del superior. Arrodillado después, recibirá la plegaria de bendición sobre el nuevo profeso (CE 762).

domingo, 20 de abril de 2025

De rodillas (Ritos y gestos - XIX), 1ª parte





            La postura de rodillas en la liturgia es polivalente, tiene varios sentido según en qué momento se emplee y en qué contexto de la celebración.


Penitencial y suplicante



            El significado más antiguo es el penitencial, pedir perdón e interceder. La liturgia lo incorporó pronto en oraciones y letanías.

            Ya en las Escrituras aparecen ejemplos. Ante Jesús suplica de rodillas el padre de un hijo endemoniado (Mt 17,14) o el leproso: “Si quieres, puedes limpiarme” (Mc 1,40).

            Por ser gesto penitencial, la Iglesia prohibió que se emplease en el domingo y en los cincuenta días de Pascua, ya que no son tiempos penitenciales, sino de fiesta y solemnidad. Así lo mandaba el canon 20 del Concilio de Nicea: el domingo y los cincuenta días de Pascua se reza de pie, no de rodillas. También, en el ámbito hispano, el II Concilio de Braga (año 572), en el canon LVII:

           “Del mismo modo y según la tradición apostólica, contenida en un canon antiguo, se tuvo por bien que tanto todos los domingos como todos los días de la Pascua hasta Pentecostés, hagamos nuestras oraciones, no postrados ni humillados, sino con el rostro levantado hacia el Señor, porque en estos días celebramos el gozo de la Resurrección del Señor”.

            En los primeros siglos esta postura únicamente expresaba penitencia y por eso se prohíbe. Hoy, que expresa más cosas, como la adoración, y que es postura obligatoria en algunos momentos, no pueden aducirse los cánones antiguos para quedarse de pie… ya que hay normas más recientes para realidades nuevas que en aquel tiempo no se practicaban.

miércoles, 2 de abril de 2025

Ritos peculiares en el año litúrgico (Ritos y gestos - XVIII), y 2ª parte




            -Las campanas en el Gloria. Un rito propio y peculiar se desarrolla en la Vigilia pascual; terminadas las lecturas del Antiguo Testamento y marcando el paso al Nuevo Testamento, se entona el Gloria repicando las campanas.




            Este repicar las campanas aquí tiene un alto valor pedagógico. Desde el Gloria de la Misa en la Cena del Señor las campanas han guardado silencio porque la Iglesia iba a vivir la austeridad del Triduo pascual y la muerte de su Señor. No podían repicar las alegres campanas con sus sonidos. Tres días en silencio: ahora, que resucita el Señor, por fin vuelven a sonar anunciando la Gloria del Resucitado. Terminó el tiempo de duelo y tristeza. Comienza la alegría pascual.

            Dicen las rúbricas: “Terminada la última lectura del Antiguo Testamento, con su responsorio y su oración correspondiente, se encienden las velas del altar y entona solemnemente el himno “Gloria a Dios en el cielo”, que todos continúan, mientras se hacen sonar las campanas, según las costumbres de cada lugar” (CE 349).

lunes, 10 de marzo de 2025

Ritos peculiares en el año litúrgico (Ritos y gestos - XVIII), 1ª parte



            A lo largo del año litúrgico, hay algunas celebraciones que poseen sus ritos peculiares, únicos en ese día. También ellos conforman el entramado variado de la liturgia.



 
-La Calenda en la mañana del 24 de diciembre. Cada día, según una antigua tradición, en el Cabildo Catedral y en los Monasterios, se hace la lectura del Martirologio. Al terminar Laudes –o al final de una Hora menor- se hace el anuncio de los santos y mártires que se celebrarán al día siguiente.

            La mañana del 24 de diciembre tiene lugar el canto de “la Calenda”, el anuncio de que al día siguiente, 25 de diciembre, se celebrará la santa Natividad del Señor. Este anuncio, la Calenda, reviste tal solemnidad, que incluso se canta, y el Martirologio trae la musicalización correspondiente.

martes, 18 de febrero de 2025

Postración (Ritos y gestos - XVII)



            El rito de la postración suele impactar mucho a quien lo vez por vez primera (por ejemplo, en una Ordenación) y ser un recuerdo casi exclusivo y único grabado en la memoria.




            Postrarse es más aún que arrodillarse. Postrarse es ponerse boca abajo tendido en el suelo, el rostro en tierra. Es la postura de adoración absoluta ante el Altísimo, el reconocimiento de que Dios lo es todo y nosotros, nada. Es la postura de la plegaria intensa, de la intercesión, de la petición del Espíritu Santo para que descienda.

            Ejemplos de esta postración los encontramos en las Escrituras: Abraham se postró en presencia del Señor (Gn 24,52) y el pueblo se postró rostro en tierra delante del Señor (Lv 9,24), así como Josué (Jos 5,14) o el profeta Elías (1R 18,42) ante la presencia de Dios. Lo mismo, en distintas ocasiones, hizo el gran Moisés (Dt 9,18. 25).

jueves, 30 de enero de 2025

Bendecir (Ritos y gestos - XVI), y 3ª parte



Bendiciones a lo largo del año litúrgico


            Lo que se pone al servicio de la liturgia, lo que va a servir en la liturgia de un modo relevante, recibe en su bendición en el rito litúrgico. Lo encontramos en varios momentos del año litúrgico.



            Si en el Adviento se utiliza la corona de Adviento como un signo pedagógico, en vez del acto penitencial se procede a su bendición en el primer domingo, que, extrañamente, no conlleva el signo de bendición con la cruz:

Lleno de esperanza en su venida,
tu pueblo ha preparado esta corona
con ramos del bosque y la ha adornado con luces.
Ahora, pues, que vamos a empezar el tiempo de preparación
para la venida de tu Hijo,
te pedimos, Señor, que mientras se acrecienta cada día
el esplendor de esta corona, con nuevas luces,
a nosotros nos ilumines… (Bend 1242).

            En la fiesta de la Presentación del Señor, el 2 de febrero, al inicio de la Misa se bendicen las candelas o velas que los fieles ya tienen encendidas en sus manos:

Oh Dios, fuente y origen de toda luz, que has mostrado hoy a Cristo, luz de las naciones, al justo Simeón:
dígnate santificar con tu + bendición estos cirios;
acepta los deseos de tu pueblo que, llevándolos encendidos en las manos,
se ha reunido para cantar tus alabanzas,
y concédenos caminar por la senda del bien,
para que podamos llegar a la luz eterna.


domingo, 12 de enero de 2025

Bendecir (Ritos y gestos - XVI), 2ª parte



Bendiciones en la Misa


            Además de la bendición a los fieles (antes de la comunión en el rito hispano, al final de todo en el rito romano), hallamos al menos dos bendiciones más en la Misa. Muchas se han suprimido en el actual Misal, como la bendición del agua que se echa en el cáliz así como multitud de signos de la cruz sobre la oblata.


            En la Misa, una bendición significativa es la del diácono antes de proclamar el Evangelio. Manifiesta que recibe la delegación del obispo para ese oficio litúrgico, y se implora al Señor la adecuada purificación interior del diácono para esta lectura evangélica.

            El ceremonial romano más antiguo decía únicamente que el diácono besase los pies (costumbre de origen bizantino) o la mano del Papa, como pidiendo permiso. El rito de la bendición es una importación galicana del siglo IX: después de coger el Evangeliario del altar, el diácono se ponía de rodillas delante del celebrante pidiendo y recibiendo la bendición; entonces le besa la mano, se levanta y se dirige al ambón (Righetti, II, p. 230-231).

            Así se realiza el rito según la liturgia vigente. Mientras se canta el Aleluya –o el versículo correspondiente si es Cuaresma- el diácono pide la bendición: “Padre, dame tu bendición”, y la recibe “profundamente inclinado” (IGMR 175), mientras se le dice: “El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre…” Hecho esto, junto con los acólitos con cirios y el incensario, va al altar, hacen todos inclinación, y toma reverentemente el Evangelio del altar. Omitida la reverencia al altar, lleva al ambón el libro, de modo solemne y un poco elevado, precedido por el turiferario y los acólitos con cirios (cf. IGMR 120-122; 132; 175; CE 140).

jueves, 26 de diciembre de 2024

Bendecir (Ritos y gestos - XVI), 1ª parte



            La liturgia cristiana desde el principio no sólo ha bendecido a Dios –en sus cantos e himnos- sino que también ha pedido la bendición de Dios sobre personas o elementos distintos, sacramentales o no, con una plegaria específica y normalmente trazando el signo de la cruz (y a veces, también, añadiendo la aspersión con agua bendita). Al bendecir, algo se sustrae del uso común, profano, y se pone al servicio de Dios, como una especial dedicación entra en el ámbito divino.


            Por eso la liturgia cristiana no únicamente bendice a Dios, sino que bendice materias, elementos creados… ¡hasta se bendice la mesa y los alimentos!

            Para una “teología de la bendición” es sumamente recomendable acudir a los Prenotandos del Bendicional.

            El origen de toda bendición está en Dios y en su infinita bondad y misericordia: “La fuente y origen de toda bendición es Dios bendito, que está por encima de todo, el único bueno, que hizo bien todas las cosas para colmarlas de sus bendiciones y que aun después de la caída del hombre, continúa otorgando esas bendiciones, como un signo de su misericordia” (Bend 1).

Los exorcismos (Ritos y gestos - XV), y 2ª parte



En el Bautismo de niños

            El ritual del bautismo de párvulos actual pretende ser una síntesis adaptada de todo el proceso del Bautismo de adultos. Por eso contiene muchos elementos del proceso catecumenal de adultos, tales como la unción con el óleo de catecúmenos, el effetá o, en este caso, el exorcismo.


            Esta oración de exorcismo concluye la oración de los fieles y prepara la unción con el óleo de los catecúmenos (cf. RBN 69).

            Reza así:

Dios todopoderoso y eterno,
que has enviado tu Hijo al mundo,
para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal,
y llevarnos así, arrancados de las tinieblas,
al Reino de tu luz admirable;
te pedimos que estos niños
lavados del pecado original,
sean templo tuyo,
y que el Espíritu Santo habite en ellos (RBN 119).

            En Apéndice, el ritual ofrece otra oración de exorcismo ad libitum:

Señor Dios todopoderoso,
que enviaste a tu Hijo único
para que el hombre, esclavo del pecado,
alcance la libertad de tus hijos.
Tú sabes que estos niños van a sentir
las tentaciones del mundo seductor
y van a tener que luchar contra los engaños del demonio.
Por la fuerza de la muerte y resurrección de tu Hijo,
arráncalos del poder de las tinieblas
y, fortalecidos con la gracia de Cristo,
guárdalos a lo largo del camino de la vida (RBN 215).

martes, 10 de diciembre de 2024

Los exorcismos (Ritos y gestos - XV), 1ª parte



            Todo exorcismo es una plegaria dirigida a Dios pidiendo la liberación de algo o de alguien del poder de Satanás para que se reintegre al servicio de Dios. Así purificada la materia o la persona, será libre en el servicio del Señor. Se prolonga de este modo el poder de Cristo sobre los demonios, tantas veces aparecido en el Evangelio, por medio de la acción de la Iglesia.



Exorcismo mayor


            Hay un ritual propio de exorcismo para el caso más grave de posesión o influjo diabólico. Es el exorcismo mayor dirigido a expulsar al demonio de una persona.

            La Iglesia lucha contra Satanás invocando a su Señor para ayudar a los fieles que experimentan la posesión diabólica, librarlos de las insidias del demonio y de toda perturbación.

            Es una auténtica liturgia: aspersión con agua bendita, letanía, salmos, Evangelio, imposición de manos, el Credo, el crucifijo que es besado, la fórmula deprecativa invocando a Dios y la fórmula imperativa “por la que en nombre de Cristo se conjura directamente al diablo para que salga del fiel vejado” (REx 28). Termina el rito con una fórmula de acción de gracias, oración y bendición.

            La larga fórmula deprecativa es una invocación a Dios para que libere al fiel del demonio (REx 61):

jueves, 28 de noviembre de 2024

Lavatorio de manos (Ritos y gestos - XIV)



            Como a veces se presenta el Lavabo de las manos del sacerdote en la Misa como consecuencia de recibir él personalmente las ofrendas al pie del altar, veamos primero el rito de las ofrendas, la ubicación del lavabo y el modo de realizarlo hoy según el Misal romano.


            La oblación de los fieles está documentada entre otros por san Cipriano, san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín, san Cesáreo de Arlés, san Gregorio Magno y el Ordo Romanus (OR) I.

            Las Constituciones Apostólicas establecían la materia de las ofrendas: «No se ha de llevar cualquier cosa al altar, salvo en su época, las espigas nuevas, las uvas, también el aceite para la santa lámpara y el incienso para el momento de la divina oblación. Las demás cosas que se presenten sean destinadas a la casa, como presentes para el obispo o los presbíteros, pero no para el altar» (VIII, 47,3-4 SC 336,274-276).

            Sabemos por las mismas Constituciones (VIII, 12,3) que los dones aportados por el pueblo eran llevados por los diáconos al altar. Lo mismo decía la Tradición Apostólica: offerant diaconi oblationes (c. 4). Las aportaciones de los fieles se convirtieron en Occidente en una auténtica processio oblationis. Más tarde, en Roma según atestiguan los Ordines, el traslado de los dones fue una tarea clerical sin solemnidad especial: OR I, 69ss (OR II, 91ss).
           

sábado, 2 de noviembre de 2024

La vestición (Ritos y gestos - XIII), y 2ª parte



La vestición en la profesión religiosa

            Muertos al mundo, consagrados para Dios, sólo para Dios: el religioso, a semejanza del bautismo que lleva a plenitud, se despoja de su ropa para recibir el hábito religioso.


            Ya san Benito habla de la vestición al profesar un nuevo hermano: “Después en el oratorio, sáquenle las ropas suyas que tiene puestas, y vístanlo con las del monasterio” (RB 58,26).

            Algún tiempo después de S. Benito se hizo frecuente la vestición del hábito religioso, bendiciéndolo y entregándolo con alguna fórmula ritual.

            Esto es lo normal en la vida consagrada, por lo expresivo de despojarse de lo anterior y empezar una nueva vida de consagración a Dios absoluta. El hábito es un signo poderoso y elocuente “de vida consagrada” (Perfectaecaritatis, 17).

            El Ritual de la profesión religiosa (que es un ritual-marco para que se inspire en él los rituales de las distintas Familias religiosas) señala que el hábito se recibe al terminar el noviciado y realizar la profesión temporal, “pues según una antiquísima costumbre, el hábito se entrega al acabar el tiempo de prueba, ya que el hábito es signo de vida consagrada” (RPR 5).

miércoles, 16 de octubre de 2024

La vestición (Ritos y gestos - XIII), 1ª parte



            Ya san Pablo expresa la novedad radical del ser cristiano con un cambio de vestiduras: “Revestíos del Señor Jesucristo” (Rm 13,13), “os habéis revestido de Cristo” (Gal 3,27). El cambio de vestidos en la liturgia expresa el cambio en lo interior del ser obrado por la gracia en el sacramento, o el nuevo modo de vivir en la Iglesia en el caso de la profesión religiosa.




Vestidos bautismales


            La Tradición, desde el principio, despojaba a los catecúmenos de sus vestidos, los bautizaba desnudos, y después les entregaba las vestiduras blancas, símbolo de su nueva condición:

            “Bautizad después a los hombres y finalmente a las mujeres, que habrán dejado sueltos sus cabellos y habrán dejado a un lado las joyas de oro y plata que llevaban, pues nadie llevará consigo un objeto extraño al introducirse en el agua… De este modo [el sacerdote] lo entregará desnudo al obispo o al presbítero que, a fin de bautizarlo, está en pie junto al agua” (Hipólito, Traditio, c. 21).

            Era una cuestión práctica: el bautismo era realmente un baño y por tanto había que desnudarse para entrar en la fuente bautismal.

sábado, 28 de septiembre de 2024

Las procesiones (Ritos y gestos - XII) y 3ª parte



Procesiones en las celebraciones sacramentales

            La liturgia ni mucho menos es estática, todos sentados y clavados en sus sitios, sino que implica también movimiento. Y esto lo vemos también en las celebraciones sacramentales de la Iglesia cuando no se reduce su expresividad ni se simplifica su desarrollo litúrgico.


            -La Iniciación cristiana de adultos conlleva dos procesiones, de ida y de vuelta del baptisterio que para desarrollar allí la acción sacramental, y, una vez concluida, volver al altar, uniéndose a los fieles.

            En la Vigilia pascual, tras la homilía, se organiza la procesión al baptisterio: primero un acólito llevando el cirio pascual, luego los catecúmenos con sus padrinos, después los diáconos, los concelebrantes y el Obispo, mientras se canta la letanía de los santos (CE 358-359).

            Terminados los sacramentos, regresan igualmente en procesión, los neófitos vestidos de blanco con los cirios encendidos (o los padrinos de los niños con los cirios, en el caso de párvulos) mientras se entona un cántico bautismal (CE 366).

lunes, 2 de septiembre de 2024

Las procesiones (Ritos y gestos - XII), 2ª parte



Al hilo del año litúrgico

            La liturgia a lo largo del año litúrgico incluye distintas procesiones en algunos ritos concretos.




           -El 2 de febrero, celebrando la Presentación del Señor, se bendicen las candelas o velas encendidas en el atrio o entrada de la iglesia, y luego, cantando: “Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”, se avanza en procesión hasta el altar, continuando la Misa con el canto del Gloria. En esa procesión se aclama a Cristo-Luz, realizando ritualmente lo que Simeón, el anciano, proclamó de nuestro Señor.


            -En la Cuaresma era tradicional en el uso romano la statio. Los fieles con el Papa se congregaban en una basílica –sobre la hora de Nona- e iban cantando las letanías de los santos hasta llegar al punto de llegada, la basílica donde se realizaba la statio, la Misa con el Papa.

            “La importancia dada a la Cuaresma por la Iglesia tuvo en Roma un particular relieve en el solemne oficio estacional, celebrado cada día de la cuarentena y de la sucesiva semana de Pascua, cuyo conjunto constituye una de las más admirables creaciones de la liturgia latina” (Righetti, I, p. 747). En los misales manuales antiguos de los fieles, se ve cómo el Misal de S. Pío V recuerda esta práctica al encabezar cada misa con el sitio en que se celebraba: “Estación en…”

            La procesión para la Misa estacional se tenía el lunes, miércoles y viernes, y desde el tiempo de Carlomagno, también el sábado. Así lo declara el Ordo Romanus I.

lunes, 12 de agosto de 2024

Las procesiones (Ritos y gestos - XII), 1ª parte



            La liturgia es también movimiento, y por tanto, dentro de ella, la procesión es un movimiento expresivo, significativo. Siempre somos un pueblo en marcha, peregrino, hacia Dios: “La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» anunciando la cruz del Señor hasta que venga” (LG 8).

            En la liturgia se desarrollan distintas procesiones.



Procesiones en la Misa

            En la Misa, cuatro procesiones distintas se desarrollan: procesión de entrada, la del Evangelio, la de las ofrendas y la procesión de comunión.

            En procesión caminan los ministros al altar, precedidos por el incensario, la cruz y los cirios y el Evangeliario en procesión, señalando la meta: el altar, el encuentro con Dios, la dimensión peregrina de la Iglesia.

            Procesión llena de solemnidad es aquella en que mientras se canta el Aleluya, el diácono porta el Evangeliario hasta el ambón acompañado de cirios e incienso humeante, disponiendo así a todos los fieles a escuchar al Señor mismo por su Evangelio.

            Con cierto orden, no hay por qué temer el movimiento en la liturgia por el valor simbólico que tiene y porque la liturgia es actio, acción, y a veces, por tanto, movimiento.

jueves, 18 de julio de 2024

La insuflatio (Ritos y gestos - XI)



            Un gesto litúrgico, no muy frecuente, es la insuflatio, es decir, el hecho de soplar.

            Lo hallamos en la consagración del santo crisma, en la Misa crismal y en los ritos del catecumenado.



En la consagración del santo crisma

            Muy del gusto y estilo franco-germánico en la liturgia, se introdujo la insuflación sobre el óleo crismal en primer lugar, y tiempo después, una oración de exorcismo antes de proceder a la plegaria de consagración. Son uno de los pocos ritos litúrgicos que realiza el obispo en el momento de preparación del crisma.

            La primera mención de la insuflatio la hallamos en el OR XXIV, 18: “antes de bendecirlo, insufla y sopla tres veces en la ampolla”. También en el OR XXVIII, 21: “antes de que la bendiga, sopla tres veces en la ampolla”. El OR XXX B, 19, añade a la insuflatio un nuevo detalle ritual: “haciendo la cruz sobre ella [la ampolla crismal] diciendo: In nomine patris et filii…” El soplo, por tres veces como hasta ahora, se realiza en forma de cruz. El OR XXXI, 25, ignora sin embargo ese uso y sólo prescribe soplar tres veces sobre la ampolla del óleo crismal.

domingo, 30 de junio de 2024

Fecundidad del silencio - y II (Silencio - XLIII)



Más difícil y laborioso es ir logrando el silencio interior, comenzando por el silencio de la imaginación y de la memoria, ya que “el encuentro con Dios exige la exclusión de las disipaciones de la actividad interior, ejerciendo sobre la misma un control efectivo”[1]. Y silencio de la afectividad, simpatías naturales, placeres, preferencias, para centrar el afecto sólo en Dios con libertad.


            El silencio se da en la oración y en la liturgia para que sean verdaderos encuentros con el Señor y pueda el Señor comunicarse y donarse. “La vida de oración está ritmada por una alternancia de palabras (exteriores e interiores) e intervalos de silencio. La plegaria litúrgica conoce pausas de silenciosa adoración. La meditación calla para descansar en Dios. Sólo la oración contemplativa se distingue por un silencio más continuo”[2].

Para que haya una verdadera pastoral litúrgica hoy, un cuidado de la celebración, estos elementos del culto cristiano, tales como el silencio, deben ser privilegiados, eliminando el subjetivismo que tiende a poner en primer lugar al hombre y sus acciones, para dejar paso a la objetividad del Misterio, Dios, ante el cual se adora, se escucha, se reza, se le da gracias.

El silencio en la liturgia es un silencio que adora porque está ante el Misterio; "este misterio continuamente se vela, se cubre de silencio, para evitar que, en lugar de Dios, construyamos un ídolo. Sólo en una purificación progresiva del conocimiento de comunión, el hombre y Dios se encontrarán y reconocerán en el abrazo eterno su connaturalidad de amor, nunca destruida..." (Juan Pablo II, Carta apostólica Orientale lumen, 16). En la liturgia, no lo olvidemos, estamos ante Dios y le glorificamos; estamos ante su Presencia que todo lo llena. Así el silencio es la respuesta del corazón ante el Misterio; "a esta presencia nos acercamos sobre todo dejándonos educar en un silencio adorante, porque en el culmen del conocimiento y de la experiencia de Dios está su absoluta trascendencia. A ello se llega, más que a través de una meditación sistemática, mediante la asimilación orante de la Escritura y de la Liturgia" (ibíd.).

viernes, 28 de junio de 2024

La conmixtio (Ritos y gestos - X)



            Surge en la Iglesia romana, con el uso del fermentum: una partícula que el Papa separaba en los días festivos y enviaba a los obispos suburbicarios y sacerdotes titulares de la Urbe, que la depositaban en el cáliz como signo de unión, según declara el papa Inocencio I. San Ireneo cita este uso en una carta dirigida al papa Víctor; recuerda cómo en tiempos anteriores varios Papas, desde san Aniceto hasta san Sixto, mantenían relaciones de comunión con otras Iglesias con praxis distintas. Y conmemora el uso de la Iglesia de Roma de enviar la sagrada Eucaristía a otras comunidades cristianas como señal de caridad y unión.



           Esta costumbre la imitaron los obispos con sus sacerdotes en el uso latino. Duró mucho en la Iglesia de Occidente. Pero cuando el fermentum ya no se enviaba, se pasó al uso de la conmixtio: el sacerdote separaba un trozo de la hostia y la depositaba en el cáliz con una oración.

            Con la conmixtio se quiso significar la unidad de las especies consagradas, no como cosas muertas o separables, sino formando una sola cosa, el cuerpo vivo y glorioso de Cristo, preludiando el misterio de la resurrección. Esta conmixtio de origen teológico nació en Oriente y la comenta Teodoro de Mopsuestia sobre el año 400.

            Esta conmixtio tuvo auge en las liturgias orientales y occidentales, y la realizó también la liturgia papal, de modo que se suplió al antiguo fermentum (aunque se realizaba en el mismo momento y consistía en lo mismo, dejar caer un trozo del Pan consagrado dentro del cáliz).

domingo, 2 de junio de 2024

El beso (Ritos y gestos - IX), y 2ª parte



Osculumpacis – el beso santo de la paz

            Pero el beso también es signo de comunión fraterna y eclesial (no lo trivialicemos como mero gesto afectuoso, sentimental).

            El beso de paz forma parte de los ritos más primitivos de la liturgia cristiana. Sigue el mandato paulino: “Saludaos mutuamente con el beso de paz” (Rm 16,16), “saludaos unos a otros con el beso santo” (1Co 16,20; cf. 1Ts 5, 26), como también del mismo san Pedro: “saludaos unos a otros con el beso de amor fraterno” (1P 5,14).

            San Justino, en su I Apología, da testimonio de cómo la oración común se sellaba con el beso de paz, antes de pasar al rito eucarístico: “Acabadas las preces, nos saludamos con el ósculo” (c. 65), y también Hipólito en la TraditioApostolica: “Una vez que hayan orado, ofrezcan ósculo de paz. Y entonces ya ofrezcan los diáconos la oblación al obispo”.

            Se situó al final de la Oración de los fieles como sello de comunión orante en todas las liturgias y antes del ofertorio. Así permanece en todas las liturgias; en el rito hispano-mozárabe se sitúa entre los dípticos y la plegaria eucarística, como explica s. Isidoro: “La cuarta [oración] después de éstas, se introduce para el ósculo de la paz, a fin de que, reconciliados por la caridad, todos mutuamente se asocien dignamente con el sacramento del cuerpo y sangre del Señor, porque no consiente el cuerpo indivisible de Cristo disensiones de nadie” (De eccl. off., I, 15).

            Pero en el rito romano se fue trasladando a la cercanía del Padrenuestro, antes de la comunión. Dice san Agustín: “Cuando se ha completado la santificación decimos la oración dominical… Después de ella se dice “La paz con vosotros” y se besan entre sí los cristianos con el ósculo santo, que es signo de paz” (Serm. 227).

            El ósculo, según las costumbres antiguas, se daba en los labios; poco a poco se estableció la separación de sexos en la nave en razón del pudor para el beso de paz: “Y el obispo salude a la Iglesia y diga: “La paz de Dios con vosotros”, y el pueblo responda: “Y con tu espíritu”. Y el diácono diga a todos: “Saludaos unos a otros en el ósculo santo”, y los del clero besen al obispo, y los hombres a los hombres, y las mujeres a las mujeres” (Const. Apost., l. 8, c. 12, n.8-9).

            Y como hicieron los ministros, con el paso del tiempo el beso se convirtió en un abrazo donde se rozaban las mejillas.

            Como es un beso santo, de comunión fraterna y concordia eclesial, los Padres y los documentos antiguos insisten en que sea sincero y santo, no como el beso de Judas:

            “Y el diácono que asiste al pontífice diga al pueblo: “¿Alguien tiene algo contra alguien? Nadie sea hipócrita”. Después salúdense los hombres mutuamente, y las mujeres también entre sí con el beso en el Señor, pero que nadie lo haga con engaño como Judas, que entregó con un beso al Señor” (Const. Apost., l. 2, c. 57, n. 16-17).

           “¿Por qué te rebelas temerariamente contra Dios? Guardas resentimiento contra tu hermano, afilando contra él el cuchillo, armándole engaños, llevando tu corazón el veneno maligno, ¿y clamas a Dios: “Perdóname mis deudas como ya también he perdonado a mi deudor”? ¿Has venido a orar en la iglesia de Dios o a mentir? ¿A alcanzar gracia o a atraerte ira? ¿A conseguirte perdón de pecados o aumento de castigos? ¿A obtener salvación o tormento? ¿No ves que por esto nos damos el ósculo en aquella hora temible a fin de que, apartado todo lazo inicuo y todo endurecimiento de corazón, nos lleguemos al Señor con corazón puro?

           ¿Qué haces, oh hombre? Mientras los ángeles de seis alas sirven en los oficios litúrgicos cubriendo la mesa mística; mientras los querubines asisten alrededor de ella y cantan con voz clara el himno del trisagio; mientras los serafines se inclinan con gran reverencia; mientras el pontífice te alcanza misericordia por medio de su oración; mientras todos están en estos momentos sobrecogidos de temor y temblor; mientras es sacrificado el Cordero de Dios; mientras desciende de lo alto el Espíritu Santo; mientras los ángeles rodean invisiblemente a todos el pueblo y marcan con una señal e inscriben las almas de los fieles, ¿tú no te horrorizas de despreciar y dar a tu hermano el beso de Judas y de tener escondido en lo más íntimo del corazón el recuerdo constante de las injurias y el veneno mortal de la serpiente contra tu hermano?...

           Hablemos así y digamos cada día esto [habiendo perdonado a nuestros hermanos] en los momentos en que asistimos a la veneranda y tremenda sinaxis; el sacerdote, conociendo esto, después de la consagración del sacrificio incruento eleva el pan de la vida y lo muestra a todos. Después el diácono elevando la voz, dice: “Atendamos”, es decir, atended a vosotros mismos, hermanos; pues hace un momento habéis dicho unánimemente: “Tenemos nuestros corazones elevados al Señor”. Y además, confesando a Dios vuestra pureza y vuestro perdón de las injurias, dijisteis: “Perdónanos, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, y por eso os disteis unos a otros el ósculo de paz” (S. Anastasio Sinaíta, Sermón de la santa sinaxis).

            En la segunda mitad del siglo XII aparecen los osculatorios o portapaz, descendiendo la paz desde el altar a los fieles.

            Desde muy antiguo este beso ritual, santo, se consideró una preparación a la comunión, ya en tiempos de san Gregorio Magno. “Así, por ejemplo, un grupo de monjes amenazados de naufragio, primero se dieron el ósculo de paz y luego recibieron el Sacramento que llevaban consigo (S. Gregorio Magno, Dial., III, 36)” (Jungmann, p. 1021).

            El beso de paz tiene una forma estilizada, apropiada para el marco santo de la liturgia y así respetar su profundo sentido espiritual; según las rúbricas del Ceremonial de obispos de 1600:

           “El que da la paz, sin previa inclinación, pone las manos extendidas sobre los hombros del que la recibe, y éste las coloca debajo de los codos del que la da; aquél dice Paxtecum y éste responde Et cum spiritutuo, acercándose a la vez de modo que la mejilla izquierda de uno toque ligeramente la del otro” (Mtnez. de Antoñana, I, p. 490).

            Sabiendo que es un beso santo, y ubicado antes de la Comunión, hay que vivirlo espiritualmente, realizarlo con sobriedad, y cortando el empuje emotivista, sentimental, que se le ha querido dar.


El beso fraterno en el Sacramento del Orden

            El beso al nuevo ordenado aparece ya en las antiguas fuentes litúrgicas romanas tras la plegaria de ordenación; incluso la Traditio de Hipólito en la ordenación del nuevo obispo habla de que todos intercambian el ósculo de paz con él (c. 2), al igual que el sacramentario Veronense.


            También se da este beso a los nuevos presbíteros, antes de situarse entre el orden de los presbíteros, e igual al diácono. Así se mantuvo en el ceremonial romano hasta el siglo XIII, cuando el Pontifical de Guillermo Durando trasladó este beso al final de la misa (cf. Righetti, II, p. 969).

            En el actual Pontifical romano, el beso se da una vez terminada la plegaria de ordenación y las entregas, ya sea al obispo recién ordenado, ya a los nuevos presbíteros y diáconos, inmediatamente antes de pasar a la liturgia eucarística.

            Las rúbricas especifican el sentido de este beso.