domingo, 21 de febrero de 2021

Solemnidad, oración y reverencia (Sacralidad - VIII)



Es evidente que el modo, el estilo, de celebrar la liturgia un obispo o un sacerdote va marcando a los fieles poco a poco, influye en la manera en que todos los demás van a vivir la liturgia porque, insensiblemente, a la larga, el modo de un sacerdote va educando al pueblo cristiano.

            Por eso es tan primordial que sacerdotes y obispos celebren bien, centrados en el Misterio, siguiendo las prescripciones de los libros litúrgicos sin quitar nada, cambiar o añadir, sumergiéndose en Dios con espíritu de fe y sin estar distraídos.



            Nuestra liturgia es muy rica, pero para que estas riquezas beneficien la vida espiritual de todos los fieles cristianos, sean un manantial de espiritualidad, habrá que cortar de raíz tantos abusos (grandes o pequeños) que se cometen, tantos inventos en la liturgia, tantos modos vulgares, secularizados, de celebrar y vivir la liturgia. Esto provoca que apenas se dé unidad en la liturgia y se varíe muchísimo de un sacerdote a otro, o de una parroquia a otra, porque cada cual hace y deshace a su antojo (salvada la buena voluntad).

            Hay que volver a algo tan elemental como que todos se ajusten a lo que marcan las normas litúrgicas y cultivar un espíritu orante en la liturgia, con dignidad, unción y fervor. Benedicto XVI lo tenía muy claro e insistía en ello:

            “La garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de este Misal” (Carta a los Obispos que acompaña al Motu proprio Summorum Pontificum, 7-julio-2007).

viernes, 19 de febrero de 2021

La cruz siempre (Palabras sobre la santidad - XCI)



            Cuando se narran las vidas de los santos como vidas angelicales, con profusión de milagros e intervenciones divinas, parece, en un primer momento, que todo lo tuvieron fácil, más fácil que nosotros, para ser santos. ¡Como si no hubieran sufrido, como si no hubieran tenido que padecer persecuciones exteriores y asaltos del demonio! Esas hagiografías son más bien leyendas, dulces coloridos que distraen.



            La realidad es muy diferente. Los santos, cada santo, fueron expertos en la ciencia de la cruz. Sus vidas no son líneas rectas, sin tropiezos ni dificultades, sino que estuvieron siempre marcadas por la cruz de una forma u otra, y ellos vivieron conscientes de que el Señor les daba a compartir un poco el peso de su propia cruz. Lo recibieron con paz y serena aceptación.

            Los santos están marcados por la cruz: ése es el camino cristiano para todos que ellos han recorrido generosamente: “En el mundo real, el único que existe, nadie se hace fuerte sin un endurecimiento penoso; nadie se ennoblece sin una cantidad de renuncias hirientes, nadie se convierte en un verdadero artista sin ser mucho tiempo desconocido y sin llevar, muy probablemente, una vida trágica; nadie en todo caso se convierte en santo sin participar, a su medida, en la Cruz” (Balthasar, Nouveaux points de repère, Commnio-Fayard (sin ciudad), 1980, 196).

domingo, 7 de febrero de 2021

Obispos para la unidad de la Iglesia (S. Cipriano)

Los obispos, por el sacramento del Orden, forman un colegio, el de los sucesores de los apóstoles; la cabeza del colegio episcopal es el Papa, sucesor de Pedro.

En el tratado sobre "La unidad de la Iglesia", de S. Cipriano, los obispos junto con Pedro, cuidarán de la unidad de la Iglesia.



Los obispos tienen una función clara dentro de la Iglesia para Cipriano, desde una colegialidad. 


"Esta unidad debemos mantenerla firmemente y defenderla sobre todos los obispos... El episcopado es uno solo, del cual uno participa solidariamente con los demás" (De Unit. Eccl. 5). 

Los obispos son defensores por su naturaleza eclesial, y que fueron constituidos pastores, jefes, por el mismo Señor "[éste] escogió a los obispos y superiores" (Epist. 3,3). Partiendo del conocido texto "Tu es Petrus" (Mt 16,18), Cipriano explica no sólo el primado de Pedro sino la elección de los obispos basándose en la sucesión apostólica por la imposición de manos. 


"Nuestro Señor... regulando el honor debido a los obispos y el orden de su Iglesia, habla en el Evangelio y dice a Pedro: 'Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella'. De ahí viene, a través de la serie de los tiempos y las sucesiones, la elección de los obispos y la organización de la Iglesia: la Iglesia descansa sobre los obispos, y toda la conducta de la Iglesia obedece a la dirección de esos mismos jefes" (Epist. 33,1).

miércoles, 3 de febrero de 2021

"Te rogamos, óyenos" - I (Respuestas - XXI)



1. Ya el apóstol san Pablo exhortaba: “Ruego, pues, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto. Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador” (1Tm 2,1-3).

            Los fieles cristianos, los bautizados, oraban ejerciendo su sacerdocio bautismal; elevaban a Dios preces y súplicas. Pronto, muy pronto, la Iglesia asumió en su liturgia la tarea de pedir e interceder. Recordemos, por ejemplo, el testimonio de san Justino, a mitad del siglo II: “[tras la homilía] luego nos levantamos todos juntos y elevamos nuestras oraciones” (I Apol. 67), “y por todos los demás donde quiera que estén” (I Apol. 65).



            Esta oración de los fieles, con ese carácter de súplica, se extendió a todos los ritos y familias litúrgicas, normalmente tras la homilía y cercana la presentación y ofrenda del pan y del vino. Los catecúmenos y los penitentes asistían a la Misa hasta que acababa la homilía; entonces los despedía el diácono: “Catecúmenos, id en paz”, “Penitentes, id en paz”. Sólo se quedaban en la basílica para el rito eucarístico los ya bautizados, es decir, los fieles cristianos. Por eso estas preces se llaman “oración de los fieles”, porque son los fieles bautizados quienes oran. Es muy importante este matiz, como luego veremos.


            2. Esta oración de los fieles es un gran ejercicio de oración, una intercesión grande, amplia, con un corazón eclesial y católico que presenta súplicas por todos los hombres. Interceder, como Cristo en la cruz por sus propios verdugos, es un ejercicio de caridad teologal. Nadie queda excluido de la oración de la Iglesia, nadie rechazado. Los fieles cristianos en la liturgia ejercen su sacerdocio bautismal elevando oraciones de intercesión.

lunes, 1 de febrero de 2021

La Eucaristía, fuente y cumbre de la evangelización



La Eucaristía es “fuente y cumbre” de la vida de la Iglesia (cf. SC 10). En Ella está contenido; es la fuerza de la evangelización y al mismo tiempo, su cumbre. 

No hay incompatibilidad alguna entre liturgia y evangelización, sino mutuas y profundas relaciones frente a toda separación que el secularismo, las ideologías, los falsos conceptos de liturgia. 



La voz del Concilio Vaticano II deja bien sentados los principios:

            La sagrada liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia; pues para que los hombres puedan llegar a la liturgia, es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión... Por eso, a los no creyentes la Iglesia proclama el mensaje de salvación para que todos los hombres conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y se conviertan de sus caminos haciendo penitencia. Y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia, y debe prepararlos además para los sacramentos, enseñarles a cumplir toda clase de obras de caridad, piedad y apostolado, para que se ponga de manifiesto que los fieles sin ser de este mundo, son la luz del mundo y dan gloria al Padre delante de los hombres (SC 9).


            No obstante, la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios, por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la Cena del Señor.
            Por su parte, la liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados con “un mismo sacramento pascual”, “vivan siempre unidos en el amor de Dios”; ruega a Dios que “vivan siempre de acuerdo con la fe que profesaron”; y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente, y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin (SC 10).