lunes, 24 de enero de 2022

Silencio, contemplación y palabras en el teólogo

Vivir la vocación teológica y desarrollarla, profundizar en la teología y enseñarla... ¡es tarea realmente muy contemplativa!

La teología, el oficio de la teología (pensar, estudiar, rezar, enseñar) es oficio de amor. Une lo contemplativo y lo activo... si no, no es buena teología.


Dice Santo Tomás: "“El hecho de que alguien comunique a otro la verdad meditada por medio de la enseñanza parece que pertenece a la vida contemplativa" (II-II, 181, a. 3, c).

Se trata, pues, de contemplar y transmitir lo contemplado como acto de amor y servicio eclesial. Es a eso a lo que von Balthasar llamó "teología de rodillas" frente al academicismo de una "teología sentada" y yo añadiría también frente a la locuacidad de quienes hablan constantemente de todo como si de todo supieran y dominaran la materia.

Antes de todo eso, para un verdadero teólogo están el silencio y la contemplación para recibir de Dios; está antes de escribir, hablar o enseñar, el imbuirse de la oración contemplativa y la adoración eucarística, de la escucha de la Palabra, de la acción litúrgica (Eucaristía y Liturgia de las Horas).

sábado, 22 de enero de 2022

La Humanidad glorificada del Verbo

Es el gran misterio: Cristo resucitó. Su carne, depositada en el sepulcro, fue glorificada y convertida en Cuerpo espiritual. Resucitó.


En la Pascua del Señor, su humanidad fue glorificada; su carne fue traspasada por el Espíritu Santo inaugurando la vida eterna y convirtiéndose en Señor del Espíritu, Señor de vida, vivificador.

Hay una identidad real, una continuidad, entre la carne que sufrió la pasión y fue crucificada y la carne glorificada del Verbo encarnado. Si fuera otro cuerpo distinto no sería resurrección; si no hubiera identidad, la resurrección realmente no sería tal. Las llagas en su Cuerpo glorioso son la señal de identidad, así como la posibilidad de comer los peces asados delante de sus apóstoles y poder ser tocado por ellos.

jueves, 20 de enero de 2022

Argumentos de Tradición para la liturgia (S. Isidoro)




La liturgia además está configurada, y como tal se recibe, por “la tradición apostólica” (I, introd.). Al ser un hecho de Tradición, junto a lo que expresamente relata o prescribe la Escritura, se recibe y se tiene como norma lo que ha llegado a la vida de la Iglesia por tradición apostólica.



La importancia del canto de los salmos en la Iglesia viene avalada por el hecho de la Tradición y por la referencia a san Agustín. “La Iglesia antigua de tal forma cantaba que mandaba salmodiar al cantor con ligera flexión de la voz, de tal manera, que más se asemejaba a un declamador que a un cantor. Por los sensuales, no por los espirituales, se introdujo en la Iglesia la costumbre de cantar, para que, a quienes no conmovían las palabras, se enterneciesen con la suavidad de la armonía” (I, 5). 


Explicado lo cual recurre a la doctrina del Doctor gratiae:


            “Así el bienaventurado Agustín, en el libro de sus Confesiones, aprueba la costumbre  de cantar en la Iglesia, “para que por el halago de los oídos, dice, al ánimo débil se eleve a la degustación de la piedad, pues en las mismas santas exhortaciones más piadosa y ardientemente se levantan nuestras almas al ardor de la piedad mediante el canto que sin él. Todos nuestros afectos según la diversidad de sones, acaso por la novedad, no me explico por qué misteriosa tendencia, se excitan más mediante el canto que se ejecuta con suave y artística voz” (I, 5).  


De la Tradición viene la práctica litúrgica de los himnos, composiciones poéticas cantadas, rechazadas en otras Iglesias. Los himnos más antiguos son compuestos por san Hilario y la composición llega a grado excelso y amplísima difusión en Occidente con san Ambrosio. Es lo que explica san Isidoro: 


“Hilario, obispo de las Galias, pictaviense de origen, conspicuo por su elocuencia, fue maestro en componer himnos. Tras él, es gloriosamente conocido el obispo Ambrosio, enaltecido varón en Cristo y doctor clarísimo en la Iglesia como prolífico autor de himnos; por él les viene el nombre de himnos ambrosianos, porque fue durante su episcopado cuando comenzaron a entonarse en la diócesis de Milán y, tan célebres se hicieron, que se extendieron a todas las iglesias de Occidente. Se da el nombre de himno a toda composición poética compuesta para alabar a Dios” (I, 6).


miércoles, 19 de enero de 2022

"Anunciamos tu muerte..." - II (Respuestas - XXXII)



4. Siempre más sobrio, el rito romano no conoce ni practicó tantas intervenciones por parte de los fieles. Tradicionalmente sólo tuvo tres: el diálogo inicial, el Sanctus y el Amén final.

            Con la reforma litúrgica y el Misal romano de 1970 se introdujo una aclamación después de la consagración. Las palabras “Mysterium fidei”, que con el transcurso de los siglos se desplazaron al interior de las palabras de la consagración del cáliz, se eliminaron de ese lugar y se colocaron tras la consagración como una afirmación de fe y aclamación que el sacerdote pronuncia: “Éste es el sacramento de nuestra fe” o “Éste es el Misterio de la fe”, y los fieles cantan o responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”



            Al reimprimir la segunda edición del Misal romano en castellano, en 1988, se añadieron otras dos fórmulas más, de libre elección, para esta aclamación después de la consagración. En la 2ª fórmula, el sacerdote dice: “Aclamad el misterio de la redención”, y se responde: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”. Por último, en la 3ª fórmula ad libitum el sacerdote dice: “Cristo se entregó por nosotros”, prosiguiendo el pueblo: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.

            El sentido de aclamación que poseen estas fórmulas, requiere que en las Misas más solemnes se cante, enfatizando la alabanza de todos.

martes, 18 de enero de 2022

Caminos (sencillos) del humanismo cristiano

El valor de la persona, el reconocimiento del valor y dignidad del otro, el respeto a su pasado y a su presente, a su riqueza interior... en nuestro mundo, son llamada y signo de un nuevo momento y expresión histórica del cristianismo, la de un recto y profundo humanismo cristiano



Más aún, ya Juan Pablo II, en su primera encíclica, "Redemptor Hominis", programática de lo que es su pontificado, afirmaba que "el hombre es el camino de la Iglesia" (nº 14): el hombre no es un absoluto, está referido, abierto, religado, llamado, a Dios: aquí radica la mejor y más esencial referencia del humanismo cristiano, que nace en el mismo momento en que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14) uniéndose de este modo a todo hombre (GS 22).

Se habla a menudo, en la prensa, en la televisión, de la "deshumanización" que invade nuestro mundo. El cine contemporáneo lo denuncia, la misma sociedad reclama un mundo "más humano". Mas esta plena humanización sólo encontrará su más plena y satisfactoria realización en el catolicismo.

Signos de deshumanización se denuncian cuando a los enfermos, en hospitales o consultas médicas, se les trata, a veces, como un estorbo, casi sin respeto, como un número o expediente, hacinados en los pasillos, perdiendo toda dignidad; o el trato frío de las ventanillas de cualquier oficina, donde se despersonaliza, sin una acogida ni ningún rasgo de amabilidad, de ver en el otro una persona; signos de deshumanización, incluso, en la misma Iglesia pueden ocurrir cuando se exige, se obliga, se imponen cargas pesadas pero luego no se mueve un dedo para ayudar a llevarlas (cf. Mt 23,4) siendo así que el Evangelio es descanso, yugo suave y carga (cf. Mt 11,28.30), que no agobia, ni hunde, ni provoca desconsuelo en el alma; se puede dar una deshumanización cuando en la Iglesia no se escuche al otro, sus necesidades y problemas, sus carismas y sus deseos, porque la Iglesia -en sus hijos- deberá y querrá escucharlo y recibirlo "como al mismo Cristo" (máxima que tanto insistirá S. Benito en su Regla Monástica), amarlo e intentar ganarlo para Cristo, con suavidad, con "lazos de amor" (Os 11,4).

En todas las circunstancias y en todos los ámbitos, la Iglesia sabe que el hombre es su camino, portadora Ella misma del mejor y más profundo humanismo que lo va realizando como germen, semilla y fermento del Reino. Ella misma "humaniza" porque sabe el valor que tiene toda persona (¡y el alto precio que Jesucristo pagó por ella: su propia sangre!).