Sin lugar a dudas, lo mejor que
tiene la Iglesia
son sus santos. En ellos se muestra la verdad de la Iglesia misma, en ellos se
verifica qué significa ser hijo de Dios e hijo de la Iglesia. Durante
XXI siglos de cristianismo, los santos -¡y cuántos son!, ¡incalculables!- han
embellecido a la Iglesia,
una y otra vez, constantemente, de mil maneras distintas, con tonalidades
diferentes.
Cuando
se quiere conocer qué es la
Iglesia, cuando se pretende estudiar el misterio de la Iglesia –con el tratado de
“eclesiología”-, resulta imprescindible detenerse en esta “eclesiología de los
santos” o “ciencia de los santos”, ya que, si no es así, se corre el peligro de
valorar a la Iglesia
externamente y desde fuera, como institución humana o como bienhechora por sus
acciones educativas, sociales o caritativas, como una ONG más de nuestro mundo.
No llegarían al núcleo, no tocarían su centro, el Misterio de la Iglesia les quedaría
velado, no alcanzarían a descubrirlo y maravillarse.
Los
análisis simples no pueden percibir el misterio de la Iglesia. Las claves únicamente
sociales, aplicadas a la
Iglesia, sirven de poco. La Iglesia es más que todo
ello. Su verdad última está en los santos, que son la mejor realización de la Iglesia, sus frutos
reales, la confirmación del origen divino de la Iglesia.
La Iglesia es Madre porque
engendra hijos para Dios en las aguas bautismales y los santifica. La Iglesia es Madre porque
engendra santos. La Iglesia
es el firmamento del mundo con la constelación de los santos, como estrellas,
que señalan nuevas rutas para los hombres. La Iglesia, con los santos,
es una lámpara en la ciudad secular, puesto en lo alto para iluminar a todos en
las noches de la historia.
















