Habiendo visto tranquilamente el tratado de S. Basilio sobre "El Espíritu Santo", hemos ido hallando un método claro y firme en este Padre capadocio: vivir la liturgia, reflexionarla, hacerla teología.
La liturgia no es un ceremonial absurdo y obligatorio; ni un acto esteticista para los sentidos y mover a devoción. Es la Iglesia misma -donde Cristo está actuando presente- la que santifica y glorifica a Dios.
Sus ritos así como sus oraciones, sus textos litúrgicos, son expresión primera y fundamental de la fe de la Iglesia. De ahí el gran respeto que merece la liturgia para no cambiarla ni hacer mutaciones a capricho; y, segundo, la necesidad de contar con la liturgia -viviéndola, por supuesto- para elaborar una teología que merezca tal nombre.
El tratado de san Basilio,
leído desde el interés por la liturgia, pone de relieve el valor teológico y
dogmático de la liturgia misma.
Ésta, por su naturaleza, es vehículo de transmisión
de la fe ortodoxa y expresión primera de esa misma fe; es eslabón de la Tradición siempre viva
de la Iglesia;
forma parte de las tradiciones no escritas pero vinculantes para todos.

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