Mostrando entradas con la etiqueta Virgen María. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Virgen María. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de mayo de 2022

Valor litúrgico del rito de coronación de una imagen de la Virgen (II)



Cuando se corona una imagen de la Virgen María, de arraigada devoción, con culto permanente desde siglos, no nos limitamos al mero momento ceremonial, probablemente emotivo para una parroquia o una localidad. Hay algo más, debe ser algo más.



Este rito de coronación de la Virgen María para todos debe ser llamada fuerte y exigente a la santidad, al “alto compromiso de la vida cristiana ordinaria”. 

Todos estamos llamados a la santidad, cada cual en su estado de vida. Al levantar los ojos y ver a nuestra Madre coronada, imitemos su colaboración y disponibilidad a la gracia. Sólo así seremos santos. 

Una coronación canónica, tan deseada por todos los fieles que le tienen devoción a esa imagen de la Virgen María, ha de suponer un impulso en la renovación de la vida cristiana; que suscite un “anhelo de santidad” en todos los hijos e hijas de la Diócesis, de la localidad, de la parroquia. 

viernes, 20 de mayo de 2022

Valor del rito litúrgico de coronación de una imagen de la Virgen



Es un rito litúrgico bello y, a la vez, expresión de fe y devoción sincera y honda.



La piedad popular ha meditado durante generaciones el quinto misterio glorioso del Rosario, contemplando “la coronación de la Virgen María como Reina y Señora de todo lo creado”. La carta apostólica de Juan Pablo II “Rosarium Virginis Mariae” nos introduce en su meditación: 


“A esta gloria [la vida de Cristo resucitado], que con la ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio glorioso-, María resplandece como Reina de los ángeles y los santos, anticipación y culmen de la condición escatológica de la Iglesia” (n. 23). 


Considerar la coronación de María al rezar diariamente el Rosario, es elevar el corazón hacia las realidades últimas, felices y definitivas. Ella, la primera, participa de la gloria de su Hijo en cuerpo y alma. 

miércoles, 20 de abril de 2022

La nube en el NT: la Anunciación



         Dos ejemplos significativos de la nube en el N.T. son la Anunciación y la Transfiguración, en los cuales hay una alusión, en el primero implícita, en el segundo explícita, para poner de relieve cómo la gloria del Señor, por medio de la nube, se hace presente en la vida de Jesús.




        La Anunciación, relatada por Lucas (1,26-38), es una construcción literaria para expresar el sí libre de María a Dios y la encarnación del Verbo, no por medio humano, sino por la obra exclusiva de Dios por el Espíritu. La forma de realizarlo está expresada por Lucas con una alusión a la nube del Éxodo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (1,35a). La sombra a la que hace referencia el texto proviene del anan -cubrir-, el verbo hebreo que se relaciona con la nube -anan- que manifiesta el kabod, la gloria del Señor. 

Dice el texto griego: "pneuma 'ágiov epeleúsetai epì sè kaì dúnamis upsístou episkiásei soi", siendo "episkiásei" un verbo que significa cubrir con su sombra, proyectando una sombra, acción que realiza el Espíritu Santo ("epeleúsetai"), expresada por el verbo epérjomai, que también significa cubrir proyectando sombra, venir, etc... Por eso podemos identificar perfectamente uno y otro miembro de la acción, el Espíritu con el poder del Altísimo[1], la venida del Paráclito con la sombra proyectada y, por tanto, la nube con el poder del Altísimo que desciende sobre la nueva tienda que es María. Así la sombra proyectada por el Espíritu que cubre a María se pone en relación con la sombra que proyecta la nube sobre la tienda donde se depositaba el arca, como vimos al analizar el texto fundamental de este trabajo (Ex 40,34-38)[2] y como aparece reflejado en otros textos paralelos, ya citados anteriormente.


Oyes cómo nuestros padres estuvieron bajo la nube, y una nube ciertamente beneficiosa, ya que refrigeraba los ardores de las pasiones carnales; la nube que los cubría era el Espíritu Santo. Él vino después sobre la Virgen María, y la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra, cuando engendró al Redentor del género humano (S. AMBROSIO, De myst., nº 12-16).


miércoles, 8 de septiembre de 2021

La Virgen, Aurora de nuestra salvación



La piedad cristiana goza cuando contempla a la Virgen María. Y siempre ha invocado a la Señora con confianza y filial devoción. Tanto y tan grande es el amor por la Madre, que los fieles cristianos la han llamado de diferentes maneras, con distintas advocaciones, algunas más ligadas a la zona geográfica donde se vive (Valle, Araceli, Fuensanta), otras advocaciones vinculadas a las necesidades del pueblo cristiano que la invoca (Socorro, Auxilio, Piedad) y otras advocaciones relacionadas con el horizonte de la revelación y de la salvación (Esperanza, Gracia, Inmaculada, Asunción).



Cuando llamamos a la Virgen “Aurora”, la estamos contemplando e invocando con un título que se refiere a la salvación y a la misma persona de Cristo. A Jesucristo se le llama “Sol que nace de lo alto” en el cántico del Benedictus que proclama Zacarías, padre de Juan Bautista, y que la liturgia entona cada mañana en Laudes. ¡Cristo es el Sol de justicia! ¿Por qué? Porque la noche expresa, con gran simbolismo, la situación del hombre y del pecado: es oscuridad, tiniebla, muerte. No se ve, no se sabe por dónde caminar. Se vive paralizado, aterrorizado. 

Pero Cristo es el Sol verdadero, “resplandor de la luz eterna, sol de justicia”: disipa las tinieblas, avanza y crece iluminando todo y llenándolo todo de alegría y de vida. El Sol de la mañana ahuyenta el terror de la noche, la angustia del enfermo que se acrecienta durante la noche. 

Todo es nuevo con el sol, todo es nuevo con Cristo, el verdadero Sol. La misma Escritura Santa, para anunciar la salvación que trae Cristo, pronuncia un precioso oráculo: “sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor”.

miércoles, 23 de junio de 2021

La liturgia de una coronación canónica



La coronación de una imagen de la Virgen se puede realizar en el transcurso del canto de las Vísperas solemnes, o de una celebración de la Liturgia de la Palabra o de la Eucaristía. 



Tras la homilía se presentan las coronas, el obispo recita una solemne plegaria de acción de gracias, las asperja con agua bendecida y corona primero la imagen del Niño y luego la de la Virgen, mientras se entona una aclamación solemne, para, finalmente, incensar la imagen.

La oración solemne de acción de gracias y bendición de las coronas ofrecen la clave espiritual con la que vivir estos ritos solemnes de fervor mariano. 

En esta plegaria se mira, primero, la gloria de Cristo y de su Madre: 


“Bendito eres, Señor del cielo y de la tierra, que con tu misericordia y tu justicia dispersas a los soberbios y enalteces a los humildes; de este admirable designio de tu Providencia nos has dejado un ejemplo sublime en el Verbo encarnado y en su Virgen Madre: tu Hijo, que voluntariamente se rebajó hasta la muerte de cruz, resplandece de gloria eterna y está sentado a tu derecha como Rey de reyes y Señor de señores; y la Virgen, que quiso llamarse tu esclava, fue elegida Madre del Redentor y verdadera Madre de los que viven, y ahora, exaltada sobre los coros de los ángeles, reina gloriosamente con su Hijo, intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina de misericordia”.


martes, 15 de junio de 2021

Piedad mariana: la coronación canónica de una imagen de la Virgen



La Dormición de la Virgen María, el misterio de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos, por tanto, de su glorificación corporal, estuvo muy presente en el sentir del pueblo de Dios durante siglos, muchísimo antes de su definición dogmática en 1950. 




En Oriente y en Occidente se celebraba el tránsito glorioso de la Santísima Virgen, asociándola y uniéndola a la Pascua del Señor; por eso no sólo su alma sino también su cuerpo ya participa de la gloria, de la Resurrección. Muchas catedrales, Monasterios e iglesias con el correr de los siglos se titularon “de la Asunción”. 

El afecto del pueblo cristiano empezó a hablar del triunfo y glorificación de María como de una coronación regia, y la veneraban e invocaban como Reina y Señora de todo lo creado.
  
Hermosos cuadros, o imágenes de la Virgen representaban la coronación de la Virgen: así encontramos obras de Fra Angelico, Fra Filippo Lippi (1469), del Maestro Velilla (s. XV), Rafael, El Greco (1592), Velázquez, etc.; normalmente, para expresar la glorificación de la Virgen, se la adornaba con una corona, plasmando artísticamente la visión del Apocalipsis: “una mujer vestida de sol, coronada con doce estrellas, la luna bajo sus pies…” (Ap 12,1). 

El rosario incorporó la coronación de María Santísima a los misterios gloriosos, que durante generaciones, contemplaron así a María.

sábado, 5 de junio de 2021

¿Qué es una coronación canónica?



Tal vez sería lo mejor, para empezar, ver lo que el ritual nos enseña en su introducción, al describir el sentido de una coronación. 



La Santa Madre Iglesia no ha dudado en afirmar repetidamente la legitimidad del culto tributado a las imágenes de Cristo, de su Madre y de los santos y con frecuencia ha adoctrinado a los fieles sobre el significado de este culto. La veneración a las imágenes de santa María Virgen frecuentemente se manifiesta adornando su cabeza con una corona real. Y, cuando en la imagen de la santa Madre de Dios lleva en los brazos a su divino Hijo, se coronan ambas imágenes” (nn. 1-2).


Desde que Cristo, por su Encarnación, es “imagen visible de Dios invisible”, la Iglesia ha representado los misterios de nuestra salvación en imágenes que nos remiten a lo que representan; las imágenes tienen un culto de veneración, no tanto por ellas mismas, cuanto por lo que representan. Es por ello que coronar una imagen de la Virgen María es un acto de veneración a la Santísima Virgen, un modo, muy visual y plástico, de dejar traslucir el amor filial a la Señora. 

jueves, 15 de agosto de 2019

Misterio de María, imagen de la Iglesia



La fiesta de la Asunción de Nuestra Señora tiene una doble perspectiva que no se puede olvidar, recogida en los textos eucológicos de esta Misa. Es la perspectiva mariana y eclesial.


En María encuentra la Iglesia un signo de esperanza y en Ella reconoce su propia vocación y destino ya realizado en uno de sus miembros más eminentes. ¿Qué espera la Iglesia? ¿Cuál es su fin último? ¿Cuál es el objeto último de su esperanza? La participación plena en el Misterio Pascual de Jesucristo, la glorificación definitiva. María brilla en la Iglesia como imagen purísima de lo que la Iglesia espera y ansía. 

Es decir: la resurrección, la glorificación, la participación plena en la vida intratrinitaria de tal forma que lo ya realizado en María se realizará un día en los cristianos, en la Iglesia misma ("aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo" OC, Misa del día). Nuestra esperanza cristiana encuentra en María una prenda y un aliento a esta Iglesia peregrinante:

                                    Porque hoy ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra (Pf).

María es imagen de la Iglesia, tipo de la Iglesia. Así lo recogen los textos eucológicos y la Tradición de la Iglesia. María tipo de la Iglesia implica que la Iglesia mira su realización y destino, su ser más profundo en la Virgen y participa de su esperanza:

                                    Por la intercesión de la Santísima Virgen María, que ha subido a los cielos, haz que nuestros corazones, abrasados en tu amor, vivan siempre orientados hacia ti (OF Misa del día).

miércoles, 15 de agosto de 2018

La Asunción de Nuestra Señora



Entre todos los descendientes de David, escogiste una humilde doncella, hija de la tierra, y la introdujiste en el cielo, tú que del cielo vienes[1].




El centro de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María no es otro que su participación plena en el Misterio Pascual de su Hijo Jesucristo. Ella, la "Hija de su Hijo", alcanza la meta de la glorificación prevista y preparada por Jesucristo en su Misterio Pascual (Pasión, Muerte, Resurrección), es decir, la Asunción es la glorificación del ser de María, cuerpo y alma que entra en los cielos, la primera de nuestra raza, nuestra hermana y madre, donde la Iglesia, significada y recapitulada en María espera llegar:


Porque te has complacido, Señor, en la humildad de tu sierva, la Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu Hijo y la has coronado de gloria y esplendor; por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria” (OC Misa vigiliar).
“Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con él de su misma gloria en el cielo” (OC Misa del día).


martes, 15 de agosto de 2017

"¡Hoy ha sido elevada a los cielos!"


¿Cómo no poseerá María con su carne santa el reino de los cielos, ella que no cometió deshonestidad ni adulterio ni fue petulante ni realizó obra alguna torpe de la carne sino que permaneció limpia?[1]
  
“¡Qué pregón tan glorioso para ti, María! Hoy has sido elevada por encima de los ángeles y con Cristo triunfas para siempre!” (Ant. Entrada Misa vespertina)




Esta fiesta es particularmente interesante en orden a ver la esperanza de la Iglesia anhelando el futuro que ya contempla gozosamente en la Virgen. Si bien el dogma proclamado es muy reciente (1-Noviembre-1950), esta fiesta mariana tiene gran raigambre dentro de la tradición litúrgica de muchas Iglesias. 

Es conveniente, para captar incluso la profundidad de este misterio, mirar la historia de la liturgia para ver cómo la Iglesia ha considerado de gran importancia el tránsito glorioso de María en orden a comprender y anhelar su misma gloria en el cielo.

Esta solemnidad hay que considerarla como el prototipo de las primeras fiestas marianas, "el día de la Madre de Dios María, como la denomina el Leccionario Armenio de Jerusalén (siglo V) aunque la fiesta se centró más tarde en la glorificación de María, es decir, en su dies natalis"[2]

jueves, 8 de diciembre de 2016

Gracia tras gracia

Así se puede definir la acción de Dios, constante y salvífica: gracia tras gracia.

De Cristo hemos recibido gracia tras gracia. Un proceso se ha desencadenado en nosotros: la gracia nos he venido por medio de Jesucristo.


El tesoro de su gracia se ha derramado. Como un cascada, salto tras salto, llega hasta nosotros. Claro, no podíamos salvarnos a nosotros mismos, por la virtud de nuestra naturaleza humana, confiando sólo en nuestro poder y capacidad.

La gracia ha venido en ayuda de nuestra debilidad. 

Esta gracia se desencandenó abundantemente en Santa María, desde el mismo instante de su Concepción. Se iniciaba la salvación de la humanidad, de la nueva humanidad que va a nacer. "Llena de gracia": nada se interpuso en ella a Dios.

domingo, 20 de diciembre de 2015

El camino a Cristo es la Virgen María

Imbuidos del espíritu de estas ferias mayores de Adviento, donde la figura, la presencia y la misión de la Santísima Virgen están tan presentes, seamos catequizados en el sentido espiritual que posee la intervención de la Virgen María en la historia de la salvación.

Ella es la Madre, la colaboradora; Ella es el camino a Cristo. Con Ella vivimos el Adviento y de su mano, muy especialmente, las ferias mayores para intensificar nuestra adecuada preparación interior al nacimiento del Salvador.



                "Esta audiencia en las proximidades de la Navidad no nos permite pensar en otra cosa ni hablar más que del gran hecho, del gran misterio de la Encarnación, del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, dos veces engendrado, como decía una inscripción en la antigua basílica de San Pedro: sin madre en el cielo, sin padre en la tierra, es decir, Hijo eterno de Dios Padre e Hijo en el tiempo de María, uno en la Persona Divina del Verbo, que asocia a su divinidad la humanidad de Jesús, el Hombre Dios, nuestro Salvador, nuestro Maestro, nuestro Hermano, sacerdote sumo entre cielo y tierra, centro de la historia y del universo. Quien advierte la realidad de este acontecimiento no puede ocuparse de otra cosa; y cuanto más supera nuestra capacidad de comprensión tanto más atrae y empeña nuestra avidez de contemplación; todo en Cristo se concentra, todo se ilumina. Y la gran maravilla es, después, ésta: que cada uno de nosotros está interesado en el hecho prodigioso; nos afecta personalmente y no de modo accidental y fortuito, sino de modo esencial; nuestro destino está ligado con el acontecimiento; ninguno de nosotros puede prescindir de la relación que el nacimiento de Cristo establece entre Él y cada uno de nosotros.

Punto focal del misterio

                Pero no es éste el momento para detenernos en semejante meditación, de la que nos basta aquí el recuerdo para exhortaros a buscar en la próxima celebración de la dulcísima fiesta lo que constituye su punto focal; es decir, el misterio de la venida de Cristo entre nosotros. Son tantas las cosas exteriores que adornan y embellecen la Navidad que a menudo su significado verdadero se nos queda escondido, de modo que lo que hemos acumulado de fiestas, de ritos, de luces, de cánticos, de regalos, de comida, de juegos en torno a la Navidad para gustar de ella su serena belleza termina a veces por obstaculizar el gozo de su valor espiritual. Este hecho, nos parece, tiene una explicación indulgente y legítima: si el Señor, pensamos, ha venido a este mundo, a nosotros, pequeño y pobre, que también Él participe de nuestra escena terrena, es decir, que podamos ir a Él por los senderos comunes de nuestra experiencia y vida sensible; la majestad y la infabilidad de Dios nos son veladas por nuestra semblanzas humanas; su humanidad nos ha librado del temor y de la fatiga de buscar por vías angélicas, más altas y difíciles, el encuentro con Él. Célebre es a este propósito la frase del gran doctor de la Encarnación San León Magno: El Hijo de Dios, “invisibilis suis, visibilis est factus in nosotros”, invisible por su naturaleza, se ha hecho visible en la nuestra (Sermón 22,2; PL 54, 195). Grande cosa es ésta; quiere decir que toda nuestra expresividad humana, lógica, sentimental, simbólica, artística, popular… puede servir, bien usada, al lenguaje religioso, sin profanar lo sagrado; es ésta la justificación teológica del aparato exterior litúrgico, del arte y, en nuestro caso, de la brillantez navideña y especialmente del belén.

domingo, 31 de mayo de 2015

La caridad misionera (de María)

A imagen de María en el misterio de la Visitación, la Iglesia busca por todos los medios y siempre, llevar a Cristo a los demás, para que el hombre contemporáneo, perdido, secularizado, exulte de gozo al reconocer la Presencia de quien realmente llena la vida.


Es una caridad que se puede denominar misionera, ya que la caridad no es meramente asistencial, sino ese mayor amor que procura entregar el mayor Bien, Jesucristo.

La Visitación de la Virgen María es modelo eximio de evangelización y misión, movidos por la caridad.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Inmaculada en su Concepción, ¡Santa María!

Porque preservaste a la Virgen María
de toda mancha de pecado original,
para que en la plenitud de la gracia
fuese digna madre de tu Hijo
y comienzo e imagen de la Iglesia, Esposa de Cristo,
llena de juventud y de limpia hermosura.

Purísima había de ser, Señor,
la Virgen que nos diera al Cordero inocente
que quita el pecado del mundo.

Purísima la que, entre todos los hombres,
es abogada de gracia y ejemplo de santidad.
Por eso con los ángeles y los santos,
cantamos sin cesar...

“Porque preservaste a la Virgen María
de toda mancha de pecado original,
para que en la plenitud de la gracia
fuese digna madre de tu Hijo”.


    El Señor preparó el cuerpo y el alma de Santa María para la venida del Verbo, para que el Verbo entrase en el santuario y allí tomase la carne humana de la carne virginal de Santa María.  María, elegida, Señora, recibe gracia tras gracia, preservada del pecado original, de la concupiscencia y las tendencias heridas del corazón. ¡Toda Santa!


“Y comienzo e imagen de la Iglesia, Esposa de Cristo,
llena de juventud y de limpia hermosura”.


    María es el tipo teológico de la iglesia; lo que María es significa lo que la Iglesia está llamada a ser –y lo de María y lo de la Iglesia realizado en cada alma-.  Como María es la  más limpia hermosura, llena de juventud y alegría en la entrega, disponibilidad... así la Iglesia, siempre renovándose, dando la primacía a la Gracia, se rejuvenece y embellece para su Esposo Amado, Jesucristo.

Cita aquí el prefacio un bellísimo y hondo texto del Concilio Vaticano II:

"La santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María,unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo; en Ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención y la contempla gozosamente, como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser" (SC 103).

viernes, 7 de diciembre de 2012

En el Adviento, la presencia señera de la Virgen

Santa María acompaña nuestros pasos; Ella, presente en el Adviento de forma destacadísima alienta nuestra esperanza teologal y se presenta como señal segura por parte del Señor de que Dios cumple siempre sus promesas.  
También su espera maternal es modelo y figura de nuestra propia espera del Señor que vendrá.

Si vemos los textos litúrgicos descubriremos los matices con que es presentada la Virgen y enriquecerá la vivencia espiritual del Adviento.

Diariamente las antífonas de la Hora Intermedia se ve el plan de Dios realizado mediante María:



"Los profetas anunciaron que el Salvador nacería de la Virgen María" (ant. Tercia).

"El ángel Gabriel dijo a María: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres" (ant. Sexta).
"Dijo María: ¿Qué saludo es éste que me turba? ¿Voy a dar a luz al Rey sin romper los sellos de mi virginidad?" (ant. Nona).

domingo, 19 de agosto de 2012

Dimensión mariana de la Iglesia

La Iglesia encuentra en María su espejo más claro; se mira en la Virgen y descubre su origen, su vocación, su misión hoy y su destino celestial. Ya el Concilio Vaticano II, en su capítulo VIII de la constitución Lumen Gentium, afirmaba que María es tipo y figura de la Iglesia, y en la Constitución Sacrosanctum Concilium señala: "en Ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención y la contempla gozosamente, como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser" (n. 103).


Relación, pues, íntima, no meramente devocional (como "la Virgen lo puede todo", "mejor rezarle a la Virgen que rezar a Cristo", celebrar fiestas y memorias devocionales por encima del calendario litúrgico porque "el Señor no se enfada porque es su Madre"... y expresiones semejantes).

Lo mariano en la Iglesia implica reconocer en la Iglesia a una Persona, a un Tú con el que Cristo habla, y no una mera agregación de personas, un régimen asambleario, un colectivo anónimo de "seguidores de Jesús", un grupo de gente que se encuentra a gusto entre ellos... La Iglesia es el Tú de Jesucristo, su Compañera, su Esposa, la nueva Eva del verdadero Adán. Maravillosa conclusión, teológica y espiritual a la par, la que ofrece Ratzinger:

"La constitución sobre la Iglesia termina con el capítulo que nos habla sobre la Madre de Dios. La cuestión de si se le debía dedicar un texto propio fue, como es sabido, objeto de un amplio debate. Pienso que, en todo caso, se acertó al introducir directamente el elemento mariano en la doctrina sobre la Iglesia. Con ello se pone de manifiesto, una vez más, el punto del que hemos partido: la Iglesia no es aparato, no es mera institución, ni es tampoco una de tantas entidades sociológicas. La Iglesia es persona. Ella es una mujer. Es madre. Es viviente. La comprensión mariana de la Iglesia representa el más decidido rechazo de un concepto de Iglesia meramente organizativo y burocrátco. A la Iglesia no podemos nosotros hacerla. Debemos ser Iglesia. Y sólo en la medida en que la fe, más allá de nuestro hacer, forje nuestro ser, somos Iglesia, está en nosotros la Iglesia. Únicamente en el ser mariano nos hacemos Iglesia. Tampoco en el origen fue hecha la Iglesia, sino engendrada. Ella fue engendrada cuando en el alma de María se despertó el Fiat". 
El párrafo -realmente magistral, para releerlo varias veces- culmina con una afirmación aún más sorprendente. Identificado plenamente con la doctrina del Concilio Vaticano II ya que es Magisterio de la Iglesia, Ratzinger subraya cómo el deseo del Concilio es que la Iglesia despierte en nuestras almas, retomando una frase de Guardini, y cómo para ello María señala el camino:

miércoles, 15 de agosto de 2012

Santísima Asunción de la Virgen a los cielos

En cuerpo y alma, María ha sido levantada hoy al cielo participando de la gloria pascual y resucitada de su Hijo Jesucristo, a quien estuvo íntimamente asociada en la obra de la redención.


Día gozosísimo para la Iglesia al contemplar su esperanza ya realizada en la Virgen María.; día pascual y día de fiesta. Hasta tal punto solemne, que la liturgia romana ofrece dos formularios completos de oraciones para la Misa y lecturas bíblicas: uno para la Misa vespertina de la vigilia (ayer por la tarde, por tanto, y obligatorio) y otro para la Misa del día, la que celebramos a lo largo de esta jornada.

Y como los textos de la liturgia (que se llaman propiamente "textos eucológicos") reflejan y expresan la fe de la Iglesia, el prefacio que hoy se canta (¡y ojalá sea cantado y no meramente recitado!) ofrece el motivo de acción de gracias cantando la gloria del Misterio de la Asunción:

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación 
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, 
Dios todopoderoso y eterno, 
por Cristo, Señor nuestro.
 
Porque hoy ha sido llevada al cielo la Virgen, Madre de Dios; 
ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; 
ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra. 
Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro 
la mujer que por obra del Espíritu, concibió en su seno 
al autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro.

lunes, 30 de julio de 2012

La Iglesia es mariana (Catequesis)

La Iglesia es mariana.

Sí. Pero, ¿qué queremos decir con ello? Hemos de situarnos en el plano de la catequesis que nos forma y de la teología que reflexiona. Por ello quitemos el devocionalismo de pensar que la afirmación "la Iglesia es mariana" significa que ante todo hay que potenciar el culto mariano (que es necesario, claro, sin los excesos de equiparar a María con Cristo).

La Iglesia es mariana porque la Virgen María es la mejor prefiguración, imagen y tipo de la Iglesia. 

Lo que ocurrió en María es lo que ocurre en la Iglesia; la perfección y santidad de María es la perfección y santidad que la Iglesia está llamada a alcanzar. 

Las relaciones entre la Virgen María y la Iglesia son estrechísimas, y cuanto más mire e imite a María, la Iglesia será más santa y por tanto, como María, será Virgen, Esposa y Madre.

Demos algunos pasos. 

El primer paso, la Tradición. La patrística, con su aguda percepción del Misterio, proclamaba la mutua relación entre la Virgen y la Iglesia:

"Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo: uno nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo Hijo.
Pues así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, asimismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes.
Ambas son madres, y ambas vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra.
Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas se entiende con razón como dicho en singular de la virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia, y se entiende como dicho de la virgen madre Iglesia en general lo que en especial se dice de la virgen madre María; y lo mismo si se habla de una de ellas que de la otra, lo dicho se entiende casi indiferente y comúnmente como dicho de las dos" (Isaac de la Estrella, sermón 51).
El Misterio de la Virgen Madre desvela el misterio de la Iglesia misma; aquello que la Virgen es en plenitud, eso será la Iglesia aún peregrina. Son palabras de Juan Pablo II recogiendo la enseñanza de la Lumen Gentium del Vaticano II:

domingo, 13 de mayo de 2012

Las celebraciones de la palabra (y V)

Cualquiera que conozca de verdad la liturgia, sabe que superando los aspectos meramente exteriores, incluso esteticistas, que tanto agrandan a algunos, la liturgia es por sí misma e incluye en sí misma mucha teología, mucha más sabiduría pastoral que la de los "pastoralistas modernos" y, por supuesto, honda espiritualidad.


Las visiones parciales se absolutizan fácilmente en detrimento de otras dimensiones. 

Quienes sólo ven la liturgia como un acto pastoral, la adaptarán según sus criterios y modas pastorales deseando hacerla "atractiva", un happening. Quienes sólo ven la liturgia como teología, se preocuparán exclusivamente de la materia y la forma, la correcta pronunciación de las palabras sacramentales. Quienes sólo ven la liturgia como rúbricas, terminan por valorar lo estético, lo solemne y barroco (número de velas y cirios, corte y confección de la casulla, bordados y encajes del mantel), sin preocuparse de una vivencia interior y fructuosa, ya que sólo ven un acto de suma belleza para los sentidos. Así se podría seguir en la medida en que se absolutizan visiones parciales.

Las celebraciones de la palabra de Dios que hemos ido explicando hasta ahora tienen su historia, su sentido, su utilidad pastoral y su modo concreto de celebrarlas (su ritual). Ese fue el contenido de catequesis anteriores. Pero quedarían incompletas si no añadiésemos su hondura espiritual, la dimensión espiritual inherente a toda liturgia.

En este caso, las celebraciones de la palabra de Dios tienen una impronta mariana, son un acto mariano en su esencia.

domingo, 1 de enero de 2012

Simplemente, ¡María Madre Dios!


"Y al que tenía sólo Padre,
ya también Madre tenía,
aunque no como cualquiera
que de varón concebía,
que de las entrañas de ella
él su carne recebía;
por lo cual Hijo de Dios
y de el hombre se decía.

Ya que era llegado el tiempo
en que nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía
abrazado con su esposa,
que en sus brazos le traía,
al cual la graciosa Madre
en un pesebre ponía
entre unos animales
que a la sazón allí había.

Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio
que entre tales había;
pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía;
y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:
el llanto de el hombre en Dios
y en el hombre la alegría,
lo cual de el uno y de el otro
tan ajeno ser solía.
(S. Juan de la Cruz, Romance In principio erat Verbum, vv. 267- 310).

            Con esta perla literaria de San Juan de la Cruz nos introducimos en esta fiesta que cierra la Octava de Navidad, la celebración litúrgica de la maternidad divina de Santa María, la más antigua fiesta de rito romano. Tal vez queda oscurecida en nosotros por el convencionalismo social de desearnos un “próspero año nuevo”, o por la Jornada por la paz, pero la fe que busca entender, se hace celebración y fiesta ante esta Maternidad: “La Madre ha dado a luz al Rey –hemos cantado en Laudes-, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya” (Antífona 3ª de Laudes).

¡Qué hermoso Misterio, qué belleza virginal ilumina hoy el mundo! 

¡Qué grande es nuestro Dios! 

¡Qué delicia contemplar amando la delicadeza y excelsitud de nuestro Dios que busca un modo, a la vez humano y sobrenatural, para entrar en nuestro mundo! María, Casa de Bendición; María, Custodia viviente; María, arca de la Nueva Alianza, Santuario del Señor, nueva Jerusalén, Primicia e imagen de la Iglesia. 

¡Santa María, bendita seas, claro espejo de la santa Iglesia!