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jueves, 12 de septiembre de 2019

Características comunes de la santidad




La santidad tiene unas notas comunes para todos los bautizados.

Primero, una profunda comunión e intimidad con Jesucristo. Todos los santos han sido personas de oración, absolutamente todos. Unos le habrán dedicado más tiempo por vocación o estado de vida, otros menos tiempo porque han vivido trabajado, o entregados a tareas apostólicas, como tantas religiosos y religiosas de vida activa, pero todos han vivido de la oración. Desde que la Iglesia profundizó el misterio eucarístico y valoró la presencia eucarística de Cristo en el Sagrario, todos los santos han amado el sagrario, y sus mayores experiencias de oración han sido en el Sagrario, y no hay santidad que no pase por el sagrario. Quien desprecie o no valore o no ame el Sagrario no está en camino de santidad aunque se sepa los 72 libros de la Biblia de memoria. ¡También un ordenador puede tenerlos archivados! No hay santidad que no pase por el Sagrario.




Segundo, la santidad, para todos, es el ejercicio y del desarrollo de las virtudes teologales, la fe, la esperanza, la caridad, y se dice, en lenguaje técnico, en grado heroico, sufriendo crisis, oscuridad, persecuciones, pero en grado heroico vivieron estas tres virtudes que vienen de Dios y cuyo objeto es Dios, acompañadas, además, de las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Tercero, todos los santos han amado profundamente a la Iglesia. Ninguno habló mal de Ella, ni la atacó nunca, antes bien, los santos la han amado. Sabían las miserias de la Iglesia, sabían los pecados de la Iglesia, de los Papas –véase sino la historia de la Iglesia-, los pecados de los obispos, de los sacerdotes... sin embargo, amaron la Iglesia, y ofrendaron su vida a la Iglesia. No hicieron guetos, no se refugiaron cálidamente “con los suyos”, cerrándose. ¡Amaron la Iglesia y se entregaron a Ella! Los santos, cuando han tenido que reformar la Iglesia, lo han hecho desde dentro de la Iglesia aguantando calumnias, críticas, etc. Por ejemplo, San Juan de Ávila, que no pertenecía a nada, reformó el clero, creó colegios sacerdotales, universidad de Baeza, predicando misiones populares, predicando en los monasterios de clausura... S. Ignacio de Loyola, Sta. Teresa de Jesús, S. Juan de la Cruz, que no es solamente poeta y místico, sino también un buen gobernante de su provincia carmelita, y hábil político. Reformaron a la Iglesia con amor y desde dentro, aguantando persecuciones. San Juan de la Cruz a la hora de morir sufre incluso la persecución del prior de Úbeda, porque éste no le perdonaba que, siendo Vicario de Andalucía, le corrigió por sus abusos y escándalos años atrás. Este prior le prohibió a San Juan de la Cruz, cuando estaba muriendo, las visitas de los hermanos, le daba la peor comida, etc... Murió en santidad, pero incomprendido de los suyos, por poner el listón de la santidad bien alto y reformar la Iglesia. ¡Misterio de Cruz!

domingo, 18 de agosto de 2019

Fundamento de la santidad




“Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1Ts 4,3).

“[En los santos] la gracia del bautismo dio plenamente fruto. Hasta tal punto bebieron en la fuente del amor de Cristo que fueron transformados íntimamente, y se convirtieron a su vez en manantiales desbordantes para la sed de muchos hermanos y hermanas suyos” (JUAN PABLO II, Homilía en la beatificación de varios siervos de Dios, 7-marzo-1999).

“¡Pensad en grande! ¡Tened la valentía de ser atrevidos! Con la ayuda de Dios “trabajad por vuestra perfección”. Dios tiene un proyecto de santidad para cada uno de vosotros” (JUAN PABLO II, Homilía en la catedral de Ancona, Italia, 30-mayo-1999).



¡La santidad!

Hagamos una visión de conjunto sobre ella, porque estamos llamados a ser santos. Para ser santos no hay que ser gente rara, no hay que ser desequilibrados ni, en frase muy significativa, “ser buena persona”; eso no es ser santo. Lo nuestro es un nivel alto, vivir el Evangelio en toda su plenitud; menos que eso, es que nos hemos desviado de la meta. ¡Estamos llamados a la santidad!

                ¿Dónde radica ese hecho de la llamada a la santidad?
               
El fundamento de nuestra santidad está en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, los sacramentos que se llaman de la iniciación cristiana. Por el Bautismo y la Confirmación se nos ha dado la gracia del Espíritu Santo que nos ha hecho hijos de Dios, hermanos de Cristo, miembros del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, y se nos ha dado en germen, como una pequeña semilla, la santidad. Ahí radica el fundamento. Cada Eucaristía celebrada o adorada es una nueva llamada para ser santos. No pienses que eso no va contigo; no dejes la santidad para otros; no pienses que para ti es suficiente salvarte; no pienses que es bueno solamente cumplir con cuatro cosas y que los niveles de exigencia son para otros, los religiosos y los consagrados. Todos estamos llamados a esa perfección, a esa santidad, porque por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía el Señor nos llama.

Es una llamada universal a la santidad, dirigida a todos los hijos de Dios, a todos los renacidos en Cristo; todos, absolutamente todos, están llamados a la santidad. No hay cristianos de primera y cristianos de segunda, cristianos que están llamados a una perfección más alta y cristianos que sean la tropa, que con salvarse ya tienen bastante. Todos estamos llamados a la santidad. Eso no es una etiqueta ni un adorno, es una vocación, la primera y más fundamental vocación de todo bautizado, de todo católico. Antes que la vocación matrimonial, o la vocación religiosa, o la virginidad consagrada, está la vocación a la santidad. Y Dios nos pedirá cuentas –aunque este lenguaje no esté de moda-, haciendo un juicio, un discernimiento, en donde se nos preguntará qué hemos hecho con nuestro bautismo, con la llamada que nos hizo a la santidad.  Esta vocación es una vocación eterna, “antes de la creación del mundo nos eligió para ser santos e irreprochables ante Él por el amor”. Vemos los documentales de naturaleza en televisión, sobre el origen de la tierra, la vida, etc., y nos sorprende y admira, pues bien, antes que todo eso, millones de años, el Señor pensó en cada uno de nosotros, con nuestro nombre y apellido, y dijo: “quiero que seas hijo mío, quiero que seas santo”. “Antes de la creación del mundo nos eligió para ser santos e irreprochables ante Él por el amor”. 

sábado, 3 de agosto de 2019

Elogio de la santidad - II



Los santos son el Evangelio vivido.
El Evangelio impregnó las fibras más sensibles de sus almas, en sus razonamientos, actitudes, sentimientos y obras; ellos fueron, por su radicalidad evangélica, auténticos reformadores en la Iglesia, más con su santidad de vida que con sus iniciativas y discursos; reformadores en la Iglesia, núcleos de verdadera humanidad en cada época histórica. ¡Como ellos, también nosotros llamados a la santidad, a la vivencia renovada el Evangelio, a la adhesión amorosa y personal a Jesucristo, viviendo con fidelidad el misterio de la Iglesia, sirviendo y amando al hombre, a todo hombre!



                ¡Santos, llamados  la santidad! ¡Ahora nos toca a nosotros!
             En esta etapa histórica, ya iniciado el tercer milenio, ¡nos toca a nosotros ser los santos de este milenio!
                Ahora, ya, no más tarde, ni mañana, ni dentro de unos años, ahora nos toca ser los santos que Dios espera para los hombres y el mundo de nuestra época.
                ¿Qué responderemos al Dueño de la Viña? Él sigue llamando, con paciencia y misericordia, para que acudamos a la viña de la santidad, a trabajar con Él y para Él. ¿Quién responderemos, qué haremos? Ahora se puede entender mejor el hincapié en la santidad que Juan Pablo II está realizando.

                ¡Santos, llamados a la santidad!
                 
 Todo bautizado, viviendo en santidad. Los fieles laicos –en los muchos modos y caminos espirituales- viviendo en santidad e impregnando las realidades temporales del espíritu evangélico. Los matrimonios santos, en el mutuo amor, entrega y sacrificio, engendrando hijos para Dios y entregándoles el depósito de la fe. Los religiosos, que sean santos, en la renovada vivencia de los votos y la fidelidad a su carisma y misión. Los contemplativos santos, abiertos al Misterio, entregados  ala liturgia, la oración y el estudio. Los sacerdotes santos, configurados con Cristo Buen Pastor, santificando, enseñando y rigiendo... ¡Santos, llamados a la santidad! ¡Todos, con un mismo deseo y vocación, la santidad! ¡Santos o fracasados, no hay término medio!

                Es bueno considerar despacio qué es la santidad para así desearla más fervientemente. Que sean las palabras del Papa las que guíen la consideración:

miércoles, 24 de julio de 2019

Elogio de la santidad (I)


                La santidad es nuestro único sueño, nuestro único deseo.
                La santidad es lo más deseado, lo más alto, la mayor aspiración.
                A ella nos llamó el Señor desde antes de la creación del mundo.
                ¡Ser santos, tender a la santidad!



                ¿Será acaso una meta imposible?
                ¿Algo inalcanzable? ¿Imposible quizás?
                ¡La santidad, nuestro sueño y nuestro deseo, nuestra santa ambición!
                Cristo la quiere para nosotros... ¿por qué habremos de rechazarla, desecharla o posponerla para más tarde?
                ¡Santos! ¡Santos nosotros, con nuestro nombre y apellido, vocación, familia, circunstancias, edad, debilidades y pecados, en el propio barrio o pueblo! ¡Santos!
                ¡Santos, sí, hay que repetirlo, santos! Es posible porque Cristo se ha comprometido a ello, su Gracia no va a faltar.

                ¿Por qué reservar la santidad a unos pocos?
                ¿Por qué pensar que la santidad es para algunos consagrados?
                ¿Por qué pensar en la santidad como algo meloso, o excesivamente angelical, etéreo, y alejado de nuestro “humano concreto”?
                ¿Por qué una santidad de escayola y promesas, flores y velas, sin contacto con lo real, sin ser camino válido hoy?
                ¿Por qué pensar en lo inalcanzable y extraordinario y no en el acceso de una santidad real y cercana, hecha de entrega fiel en lo cotidiano, de amor apasionado aunque frágil?

martes, 20 de noviembre de 2018

Sencillez de la santidad (León Bloy)

Partamos de un texto, claro, de León Bloy y su conclusión: es fácil ser santo, es sencillo. Porque si no fuera así de sencillo, no sería nunca un mandato, "sed santos...", ni tampoco una vocación.





Escribía Bloy:


"La misma importancia tiene todo lo que Dios hace, por otro lado. El desplazamiento de un átomo forma parte del plan divino y tiene una importancia indecible. Nada es indiferente y los menores actos tiene una gravedad formidable. Cuando se está lo bastante favorecido por la Gracia para pensar en esto constantemente, es fácil ser santo. Se es santo.

viernes, 7 de septiembre de 2018

¡Sólo la santidad! (León Bloy)

La vida cristiana es radical seguimiento de Cristo. Las medias tintas las aborrece el Señor; a los tibios los vomita, dice el Apocalipsis.3

Y así, ser cristiano, es vivir casi expuesto al peligro de la incomprensión de los demás, porque se trata de vivir fielmente según Cristo, a costa de que nos llamen "exagerados".


¿Quién puede vivir así?

Únicamente el que ha descubierto que está llamado a la santidad y tiene el deseo de la santidad inscrito en su corazón, lo cultiva y se deja guiar por él.

¿Santidad? Sí, claro. "La alta medida de la vida cristiana ordinaria" (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 30). Esa alta medida es exigente, radical, y pone en evidencia las mediocridades que nos rodean.

jueves, 31 de mayo de 2018

La santidad de todo un pueblo (Palabras sobre la santidad - LIV)

Fascinante y provocador es el reto: ¡todos llamados a la santidad, todos santos! Ya en el libro del Levítico, Dios se dirige a su pueblo Israel diciendo: "Seréis santos porque yo, el Señor, soy santo" (Lv 11,5). Esta misma cita la recoge el apóstol san Pedro para decirle a los bautizados, al nuevo y verdadero Israel, el pueblo de Dios: "está escrito: Sed santos..." (1P 1,16).


Realmente fascinante y provocador es el reto, ya que, por una parte, hay que ser consciente de la pertenencia gratuita, sacramental, por pura elección y gracia, a un pueblo santo porque le pertenece a Dios, porque es de Dios, porque Él lo diseña, lo convoca, lo dirige, lo santifica; por otra parte, reconociendo la belleza de la santidad, es un reto dejarse conducir personalmente por la mano del Señor y vivir santamente.

Sería un error considerar entonces la santidad no como la cualidad y la vocación de todos los miembros del pueblo cristiano, sino como una especial y exclusiva llamada a unos pocos, sacerdotes y consagrados, permitiéndose los demás miembros, la inmensa mayoría por otra parte, una vida cristiana bajo mínimos, formalmente correcta, pero sin tensión espiritual, ni elevación.

No, no puede ser así, ni sería sano ni espiritual ni pastoralmente olvidar que todos están llamados a la santidad, y que ésta no es una vocación para privilegiados, sino para todo bautizado:

                "Puesto que hablamos de santidad, es oportuno tocar brevemente aquí y corregir la opinión de quienes creen que la verdadera santidad, cual la propone la Iglesia Católica, no se refiere ni obliga a todos los cristianos, sino sólo a algunos, bien sea individualmente, o unidos a otros por votos religiosos.
           Este antiguo error reaparece en las abstrusas y descaradas expresiones de algunos que, desconcertados y desconcertadores, falsamente distinguen la perfección cristiana de la perfección evangélica, y hacen mediar absurdas distancias entre los actos de la caridad de los monjes y sacerdotes, y de los seglares; o bien distorsionan con falsas interpretaciones los decretos del reciente Concilio Ecuménico, en donde claramente se sanciona y desea de todos los fieles y toda clase de seglares deben tender con corazón pleno a la santidad de vida (LG 40; AA 4; GS 48), pues la gracia divina les da posibilidad" (Pablo VI, Carta apostólica Sabaudie gemma, 29-enero-1967).

viernes, 27 de abril de 2018

Llamados a la santidad, laicos incluidos

La santidad es la vocación bautismal, clarísima para todos, que a todos convoca.

¿Necesitamos huir del mundo, escondernos de él?

¿Tal vez encerrarnos en una cueva?


La santidad es nuestra vocación y, por tanto, también los fieles laicos, en el mundo, están llamados a la santidad pero desarrollada y vivida en el mundo, dentro del mundo, como germen de una humanidad nueva y del Reino de Dios.

Nuestra predicación y enseñanza debe proponer la alta medida de la vida cristiana ordinaria (Novo Millennio ineunte, 31) a todos, una y otra vez, y convertir nuestras comunidades y parroquias -hasta nuestros blogs- en escuelas de santidad que acompañen, eduquen, estimulen, orienten.



"Discurso de Juan Pablo II
a la Asamblea plenaria
del Pontificio Consejo para los Laicos[1]
Sábado, 7 –junio-1986


 
Por eso he apreciado mucho la elección del tema de vuestra asamblea plenaria: “Llamados a la santidad para la transformación del mundo”. No disociéis esta llamada y esta misión. La Iglesia necesita santos laicos cristianos. Sí, más que reformadores, necesita santos, porque los santos son los reformadores más auténticos y más fecundos. Cada gran período de renovación de la Iglesia está vinculado a importantes testimonios de santidad. Sin la búsqueda de esta última, el aggiornamento conciliar sería una ilusión.

sábado, 10 de febrero de 2018

Lo nuestro es la santidad

Simplemente, y para pensar:

"Así pues, leemos que está escrito: 'Sed santos, porque yo soy santo, dice el Señor Dios'.

No se ha de poner sin más la semejanza de la santidad en Dios y en los hombres: pues de Dios se dice que es 'santo', mientras que los hombres, como si no lo fueran siempre, se les manda que 'se hagan santos'.

En griego, donde nosotros tenemos 'sed santos', esta expresión más bien suena 'haceos santos'. Pero nuestros traductores pusieron indiferentemente 'sed' por 'haceos'. Cada uno de nosotros, pues, desde que llega al temor de Dios y recibe en sí la divina doctrina, desde que se consagra a Dios, si de corazón se ha consagrado, se vuelve por ello 'santo'. Este puede decirse 'santo santificado'; pero verdaderamente y siempre 'santo' sólo es Dios.

¿Quieres que, por medio de las divinas Escrituras, muestre la diferencia? Escucha de qué modo se expresa Pablo, escribiendo a los Hebreos: 'El que santifica y los que se santifican, proceden todos de uno solo'.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Vocación a la santidad (Palabras sobre la santidad -XLIX)

Hay un capítulo en la Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, que se titula "Universal vocación a la santidad", en el cual, a partir del n. 39, expone cómo "todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena" (LG 40).

Releer ese capítulo, una y otra vez, predicarlo, enseñarlo, rezarlo, hace mucho bien y orienta de modo claro.


Esa convicción da luz a toda eclesiología, a todo camino espiritual: la santidad no es un camino inaccesible, reservado a unos pocos, "este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos « genios » de la santidad", decía Juan Pablo II en la Novo millennio ineunte (n. 31).

La vocación a la santidad es universal, engloba a todos los bautizados, es la característica general del pueblo cristiano, sea cual sea el estado de vida cristiano en el que uno se encuentre. Son afirmaciones conciliares de largo alcance que resitúan la perspectiva pastoral y el camino de la Iglesia; con palabras de Juan Pablo II, valorando este capítulo V de la Lumen Gentium:

lunes, 30 de octubre de 2017

Culminando en la santidad (o el fin de la oración)

La vida de oración verdadera y honda, a través de sus fases, de sus purificaciones, de la búsqueda incesante de Cristo a pesar de no sentir y vivir en oscuridad ("aunque es de noche"), desemboca en la santidad.

Esta santidad es la la plena unión con Cristo, el Amado: un amor ya verdadero y despojado de toda impureza o imperfección, que ha sido sometido por el Espíritu Santo a un proceso largo, quemando en su fuego todo lo que no era oro de amor, sino metal de baja calidad.

La unión con Cristo se consuma en la oración, y nada puede romper esta comunión personal. Ya Cristo, el Amado, ha tomado para sí -después de purificarla- al alma-Esposa, su amada. Se vive de otro modo, se ama de otro modo. Incluso la oración ha ido adquiriendo otra forma: menos ideas y discursos, más amor sereno y presencia, estando en silencio, contemplando.

La santidad en la que desemboca la vida de oración teologal se puede presentar con aquella canción de la Noche oscura de san Juan de la Cruz:

¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

Es entonces, siguiendo el hilo de esas canciones, cuando ya todo se deja en el Amado, en un sublime abandono confiado:

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

martes, 9 de mayo de 2017

Lo nuestro es ser santos

Conocemos de León Bloy una frase lapidaria, que golpea fuerte a la conciencia cristiana: "la única tristeza del mundo es la de no ser santos".


Nuestra vocación es la santidad -¿no lo habremos olvidado?- vivida en el propio estado de vida, como matrimonios, célibes, sacerdotes, religiosos, trabajadores, estudiantes, etc. etc. Nuestra vocación es la santidad.

¿Y nuestra plegaria al Señor? ¿Qué pedirle como un soniquete incansable, como una melodía que modula nuestras súplicas? ¡La santidad! ¡Dame la santidad, Señor!

Así oraba este católico francés, literato, León Bloy, con su esposa y sus hijos, con los amigos a los que acompañó en el camino de la conversión al catolicismo.

"Sólo soy capaz de una oración, de un deseo para los que amo y para mí: ¡Hacednos santos!" (Carta a los Maritain, 16 de enero de 1908).

sábado, 17 de septiembre de 2016

Llamados a la santidad (Palabras sobre la santidad - XXX)

La santidad es la consecuencia primera y última del propio bautismo, que a todos incluye, a nadie rechaza, a todo bautizado convoca. Ser santos es el desarrollo pleno de la gracia sacramental del bautismo, accesible a todos, en la medida en que se responda personalmente a Cristo y se deje a su gracia trabajar la propia alma.


¿Entonces la santidad no es para unos pocos? ¿Acaso no está reservada para unos "genios"? ¿No era un privilegio de los consagrados? Simplemente no: la santidad es una vocación que incluye y anima a todos los cristianos por haber sido hechos miembros de Cristo.

Para esa santidad, y con esa capacidad de ser santos, fue creado el corazón humano muy grande, "capaz de Dios", y es la santidad la que responde al deseo verdadero que palpita en lo interior.

martes, 21 de junio de 2016

El seglar...

Todo seglar, por su consagración bautismal, está llamado a ser un perfecto cristiano. Es la perfección de la santidad que se realiza en todos los estados de vida cristiano.


Lejos de tratarse de una vocación o de un estado de poca importancia, capaz de contentarse sólo con unos mínimos indispensables, la vocación del seglar es vocación a la santidad en el mundo, en la sociedad, en el ámbito ordinario de la vida (familia-matrimonio, trabajo, cultura, política, economía, arte...). Ahí realiza su vocación y así se demuestra lo que es ser cristiano.

La llamada, el recordatorio, la catequesis de hoy, quiere dejar fijada en la conciencia una sencilla verdad que, siendo así de sencilla, a veces se puede difuminar: todo seglar debe ser un perfecto cristiano. Así se muestra el potencial encerrado en los Sacramentos de la iniciación cristiana: un perfecto cristiano, es decir, un profeta en el mundo, un testigo, un sacerdote, un apóstol, un orante, un obrero de la viña del Señor por la consagración del bautismo.

Lo vivirá en el mundo, en el ámbito cotidiano. Ahí está el lugar y la materia de su santificación.

"Puede ser beneficio para vosotros, aunque no participéis en el Congreso de Apostolado Seglar, la lección que da a todos los seglares y fieles miembros de la Iglesia, una lección que repiten autorizadamente los documentos conciliares, que hicieron una gran apología del laicado católico; es decir, todo seglar debe ser un perfecto cristiano.

Los seglares no son cristianos de segunda fila, de dudosa fidelidad a la Iglesia y de una observancia imperfecta de los compromisos sacrosantos de su bautismo; también ellos están llamados a la perfección cristiana, al amor de Dios y del prójimo, a la santidad; una santidad conforme a su género de vida en el mundo, secular como se dice, pero no por ello tibia y complaciente con las debilidades humanas y las tentaciones del siglo; una santidad que tiende a la plenitud de la caridad y de la imitación de Cristo.

domingo, 17 de enero de 2016

El rostro de un católico santo (Palabras sobre la santidad - XXII)

Dibujar la santidad hoy, para cualquier católico en medio del mundo, implicaría multitud de líneas, puntos, perspectivas, elementos que la formarían. 

¿Cómo sería el rostro de un católico santo? 
¿Cómo vivir la santidad hoy cualquier católico, cualquier seglar, cualquier joven?


Un Mensaje del papa Benedicto XVI ofrece los rasgos fundamentales de la santidad para vivirla hoy. Es una presentación realista, capaz de orientar a todos, capaz de despertar en todos el deseo de vivir así.

"Tras las huellas de los Magos, animados por el anhelo de averiguar la verdad, jóvenes de todos los rincones de la tierra se dieron cita en Colonia para buscar y adorar al Dios hecho hombre, y después, transformados por el encuentro con él e iluminados por su presencia, volvieron a su país, como los Magos, "por otro camino" (cf. Mt 2, 12). Así también vosotros volvisteis a Holanda deseosos de comunicar a todos la riqueza de la experiencia vivida, y hoy queréis compartirla con vuestros coetáneos.

sábado, 2 de mayo de 2015

Llamada universal a la santidad (Palabras sobre la santidad - XIII)

El Bautismo y la Confirmación nos han santificado, otorgándonos una santidad a nuestro ser que luego se deberá conformar a nuestra santidad moral; santos en nuestro ser para ser también santos en nuestro obrar. Ya san Pablo hablaba de los cristianos como "los santos" y san Pedro hablará de que somos una "nación santa, un pueblo consagrado a Dios". Lo vivimos en el seno de la Iglesia que es santa.


Así, cada cristiano está llamado a la santidad, como una vocación primordial que a todos incluye. La voluntad de Dios es nuestra santificación (cf. 1Ts 4,3). Después, a partir de esa vocación universal a la santidad, vendrán las vocaciones particulares, carismas o misiones, pero su base es la vocación universal a la santidad. Ésta es vivida en el propio estado de vida, en la perfección de la caridad, desarrollando en unión con Cristo las obligaciones del propio estado, la cotidianeidad de la existencia.

Lo afirmaba claramente la constitución Lumen Gentium del Vaticano II:

sábado, 22 de noviembre de 2014

Magisterio: sobre la evangelización (XXII)

¡El evangelizador es el santo!

Un santo evangeliza por la fuerza de su propia existencia. Se convierte en testigo cualificado a la par que maestro. Y el mundo hoy, si bien es verdad que necesita verdaderos maestros, prestará oídos a los maestros que sean siempre a la vez testigos.


La nueva evangelización poseerá el impacto de los santos o no será nueva evangelización. Estos santos son quienes han tenido un encuentro con Cristo tan vital, tan fuerte, que sus vidas han cambiado y ya no la pueden entender sin referencia a Cristo. El acontecimiento definitivo en sus vidas ha sido el encuentro con Cristo. Y allá donde van, donde aman, donde trabajan, caminan, comparten, conducen a todos a Cristo, los llevan a Cristo para que realicen ese mismo encuentro personal con Él.

"Verdaderamente, los tiempos en que vivimos exigen una nueva fuerza misionera en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro, identificado con la Iglesia, solidario con la compleja transformación del mundo. Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida. En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana. Entre tanto, queridos hermanos, quienes defienden con valor en estos ambientes un vigoroso pensamiento católico, fiel al Magisterio, han de seguir recibiendo vuestro estímulo y vuestra palabra esclarecedora, para vivir la libertad cristiana como fieles laicos" (Benedicto XVI, Encuentro con los Obispos, Portugual, 13-mayo-2010).

miércoles, 16 de octubre de 2013

Fe y vida: coherencia bajo la Palabra

Una catequesis más sobre la fe debería encender nuestro espíritu y favorecer el conocimiento, la inteligencia, del misterio cristiano, así seremos educados y permanecerá constante nuestro aprendizaje de la vida cristiana.

Pero, ¿qué caracteriza la vida cristiana?, ¿cuál sería lo específico o un dato relevante, una característica permanente? La unión entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se vive. Es la armonía de la persona, la unidad de vida, sin disgregaciones, ni compartimentos estancos, tan propios de la antropología secularista.


La fe alojada o identificada acríticamente con el sentimiento, no puede realmente incidir en la vida; o identificada con la ética de los valores, dejará a la vida concreta al vaivén de los voceros de turno, sin convertir al hombre en "bueno", sin transformarlo; la fe reducida a una práctica de ritos, asistiendo muda y pasivamente, será un cumplimiento formal y externo, pero no santificador, renovando al hombre desde dentro.

La fe y la vida van unidas en la medida en que entendamos bien la amplitud e incidencia de lo que es la verdadera fe. Conocemos, y nos lo han dicho muchas veces, la indisolubilidad de este binomio que la secularización quiere divorciar, pero demos un paso más: ¿quién o qué orienta los pasos de una fe vivida e íntegra? O lo que es lo mismo, ¿cómo dirigirnos en la vida para que la fe se haga vida y la vida esté informada (: tenga la forma) de la fe?

Todo y siempre, a la luz de la Palabra. El creyente es el hombre que oye la Palabra, la recibe, se deja modelar y obedece; por la fe escucha la Palabra y le da su asentimiento y se pone en marcha en dirección allí donde la Palabra le ha trazado el camino. Son consecuencias vitales encerradas en la profesión de fe, en el hecho de pronunciar el Credo, el Símbolo.

martes, 1 de octubre de 2013

Santidad, ¡santos!

Estando en medio del mundo, dentro del mundo, con deseos de Dios, y sintiéndonos extraños, muchas veces fuera de lugar, hemos de tener claro quiénes somos y a qué somos llamados.

¡Sabemos cuál es la respuesta! ¡Ser santos!

Pero, ¿qué santidad? ¿De qué hablamos?


De aquella santidad cristiana que es obra de la Gracia, de aquella santidad cristiana que reproduce la imagen de Cristo, de esa santidad, hermosa, atrayente, que consiste en la obra del Espíritu Santo.

Así Dios actúa en todos, y todos, en medio del mundo, vivimos el drama y la tensión de estar en el mundo pero no ser del mundo, sabiendo que "lo nuestro" es algo mejor, más hermoso y bello, más maravilloso.

Los santos así modelados son luces de esperanza en el mundo y en la sociedad. Antes de cualquier compromiso con el mundo, incluso apostólico, antes de cualquier otra cosa, habremos de tener presente la realidad constitutiva de nuestro ser cristiano, la meta última a la que estamos destinados, la vocación sublime de la santidad, y sobre todo, sobre todo, la Gracia trabajándonos, dándonos forma (la forma de Cristo), con una variedad infinita de colores, matices, vocaciones, carismas.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Santa Iglesia en sus santos

La Iglesia, a la que reconocemos como Santa, por el Espíritu Santo que en ella y por ella actúa, es a la vez una Madre fecunda engendrando santos.
La santidad es una nota característica y bella de la naturaleza de la Iglesia. Y cada santo es un testigo y un aval de la fecundidad santificadora de la Iglesia; cada uno de ellos es una pequeña, minúscula, llamativa encarnación de la santidad misma de la Iglesia.


¡Ese es el rostro, la verdad de la Iglesia!

""El cristianismo -observa de Lubac-... tiene que engendrar santos, es decir, testigos de lo eterno... Santo es el que ... logra hacernos entrever la eternidad, a despecho de la pasada opacidad del tiempo".

Pues bien, este penetrar en la opacidad se ha producido en la historia de la Iglesia en todo tiempo y en toda condición, nos ha llegado desde todos los continentes y en la más desconcertante variedad de circunstancias.

Formas y documentos de la santidad en la Iglesia están presentes cualitativa y cuantitativamente a lo largo de la historia de un modo incomensurable e incomparable respecto a cualquier otro ámbito de experiencia religiosa. Recordemos esta bella página de Adrienne von Speyr: "Los santos son la demostración de que el cristianismo es posible. Por ello pueden ser guías para caminar hacia esa caridad de Dios que de otro modo parecería imposible. Pues Dios, al fundar todas las modalidades de santidad, ha abierto infinitas posibilidades, de las cuales por lo menos alguna está sin duda a mi alcance. En el seguimiento real de los santos la exigencia "siempre mayor" de la caridad cristiana resulta clara por sí misma. De hecho un santo nunca significa un límite, un freno... La inserción de los santos es una facilidad que nos ofrece el Señor, una concreción de sus mandamientos, una indicación gracias a la cual nadie se puede engañar. Y por eso no sucede que la indicación sirva solamente para empezar el camino, teniendo luego que avanzar solos con el Señor. El santo acompaña, pues llega a ser de por sí cada vez más transparencia del Señor, y por eso no debemos dejarlo a un lado. El hace que el Señor nos resulte cada vez más central. Porque la esencia de toda santidad consiste en permanecer en el Señor hasta que Él vuelva".