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sábado, 28 de marzo de 2020

La envidia (Predicación de S. Basilio - y V)

El envidioso no puede por menos que disimular. 

Trata de ocultar su tristeza, que le reconcome; se pone un máscara ante la persona a la que envidia, pero, por detrás, realiza afirmaciones y comentarios despectivos.


En su máscara de hipocresía, intenta ante los demás, con buenas palabras, menospreciar, despreciar, hacer de menos a aquel a quien envidia.

No sabe destacar nada bueno, ni valorar lo que tiene, sino que debe empozoñarlo todo con alguna frase hiriente, pero educada; mordaz, pero revestida de buenas intenciones. "Es una lástima que...", "si no fuera por...", "yo lo aprecio mucho, pero..."


lunes, 23 de marzo de 2020

La envidia (Predicación de S. Basilio - IV)

Huir de la envidia es el mejor método para no caer en ella, y, por tanto, llenarnos de una caridad sobrenatural, cuya fuente es Dios.

La envidia debe corregirse con la caridad y también con el discernimiento, el pensamiento frío, que valora lo de los demás y se alegra, sabiendo también reconocer lo propio y estar agradecido por los bienes que uno ya posee.


Desaparecerá la envidia si en vez de anhelar y desear los bienes pasajeros y mundanos que vemos en los demás, elevamos la mirada y solamente deseamos los bienes eternos, los que de verdad valen, porque todo lo demás es absolutamente efímero: dinero, gloria, fama, poder... ¡Cuántos lo tenían todo y han caído después! ¿Vamos a envidiar algo tan mudable, que pasa tan pronto?



            "n. 5 ¡Huyamos de tan intolerable mal! Es enseñanza de la serpiente, invención del demonio, siembra del enemigo, garantía de castigo, obstáculo de piedad, camino del infierno y privación del Reino. En efecto, los envidiosos son reconocidos claramente por su propio rostro. Tienen los ojos secos y lánguidos, el rostro sombrío, el ceño fruncido, su alma turbada por la pasión, puesto que no tiene un juicio acertado de la verdad de las cosas. Para ellos no hay acción que daba ser alabada por su virtud; ni la elocuencia, aunque esté adornada con solemnidad y gracia, ni ninguna otra cosa de las que se alaban y admiran…

            Son terribles en hacer menos con sus desprecios lo que debe ser alabado, y en denigrar la virtud a partir del vicio próximo a ella. Llaman osado al valiente e insensible al prudente, cruel al justo, malicioso al sabio, y al magnánimo le tachan de vulgar y al liberal de derrochador; al frugal, por el contrario, de tacaño. En resumen, cualquier virtud tiene para ellos cambiado su nombre en el del vicio opuesto…

miércoles, 18 de marzo de 2020

La envidia (Predicación de S. Basilio - III)

Dos ejemplos de las Escrituras nos ilustran bien, según predica S. Basilio, sobre la envidia. Por una parte, lo sucedido al predilecto de Jacob, su hijo José, y la envidia de sus hermanos. Por otra parte, la envidia que se vuelca sobre el mismo Cristo.

Las descripciones y análisis que hace san Basilio son agudos, perspicaces, desenmascarando la envidia, siempre disfrazada de justicia, siempre hipócrita, reticente al bien.





 En la medida de lo posible, hemos de preservarnos apartándonos del envidioso, pues éste envidiará siempre a los cercanos y, probablemente, a los que está unidos por razón de amistad o familiaridad.




           " n. 4. ¿Qué hizo esclavo al generoso José? ¿No fue la envidia de sus hermanos? En este caso es digna de admirar la sinrazón de este mal, pues, por temor al resultado de sus sueños, hicieron esclavo a su hermano, como si un esclavo nunca pudiera llegar a ser respetado. Sin embargo, si sus sueños eran verdaderos, ¿qué artificio impediría que sucediera completamente lo predicho? Y si eran falsas las visiones de sus sueños, ¿en concepto de qué envidiáis al que se equivoca? Mas lo cierto es que, por disposición de Dios, su argucia se volvió contra ellos, pues a través de los mismos medios con que creyeron impedir la predicción, prepararon claramente el camino de su cumplimiento.

            En efecto, si no hubiera sido vendido, no habría ido a Egipto, ni habría sido acosado debido a su virtud por los deseos de una mujer intemperante, ni habría sido metido en la cárcel, ni se habría hecho amigo de los criados del faraón, ni habría interpretado sus sueños, gracias a lo cual recibió el gobierno de Egipto y fue reverenciado por sus propios hermanos, que acudieron a él debido a la carencia de trigo.

sábado, 14 de marzo de 2020

La envidia (Predicación de S. Basilio - II)

Con la envidia, hay que considerar que siempre va al revés: cuando debería llorar por el mal ajeno, entonces está alegre; cuando debería alegrarse por el bien del otro, entonces se aflija, se consume de celos y rabia.

¡Claro que no lo va ni a decir ni a reconocer! Pero sufre enormemente faltando al amor, a la caridad.



San Basilio en su sermón "sobre la envidia" señala la actuación del envidioso y luego argumenta recurriendo a las Sagradas Escrituras, con momentos significativos de envidia: Caín y Saúl.




           " n. 2. Sin duda no encuentra médico para su enfermedad, ni puede hallar remedio alguno que ahuyente su mal, cuando las Escrituras están llenas de tales remedios; un solo alivio aguarda para su enfermedad: ver si alguno de los que envidia se viene abajo. Éste es el límite de su odio: ver que el envidiado, antes feliz, es ahora miserable; el que antes era admirado, ahora es digno de lástima. Entonces hace las paces y es su amigo, cuando lo ve llorando y lo contempla lamentándose. No se alegra con el que es feliz, pero se lamenta con el que llora.
           
            n. 3. ¿Qué habrá, pues, más terrible que esta enfermedad? Destrucción de la vida, oprobio de la naturaleza, enemiga de los dones que nos han sido dados por Dios, enemiga de Dios. ¿Qué impulsó al demonio, príncipe del mal, a la guerra contra los hombres? ¿No fue la envidia? Por ella también se declaró abiertamente contrario a Dios, cuando se disgustó con Él por su munificencia para con el hombre, y se vengó con el hombre mismo, puesto que con Dios no pudo.

miércoles, 11 de marzo de 2020

La envidia (predicación de S. Basilio - I)

Como la conciencia siempre necesita luz para formarse, y vencer así la tiniebla de la ignorancia, edificando en el bien, conozcamos el pecado de envidia.

De este modo, sabiendo cómo es este pecado capital, sus raíces y sus ramas, podremos discernirla mejor y, en su caso, extirparla de nosotros con la gracia durante el tiempo cuaresmal.


San Basilio Magno dedicó un sermón amplio sobre la envidia y será su palabra la que nos enseñe, para acostumbrarnos, de paso, a ser formados por la Tradición de los Padres.



            "n. 1. Dios es bueno y procura sus bienes a quien los merece; el diablo es malo y es autor de toda maldad. Y como al bueno sigue la buena disposición, así al diablo le acompaña la malicia. Guardémonos, pues, hermanos, del mal de la envidia; no seamos partícipes de las obras del adversario y nos encontremos sentenciados a la misma condena, pues si el soberbio cae en la condena del diablo, ¿cómo escapará el envidioso al castigo preparado por el demonio?

            Ningún vicio tan funesto brota en las almas de los hombres como la envidia, que, sin afligir apenas a los de afuera, es el mal principal y característico de quien lo posee. Pues, lo mismo que la herrumbre corroe al hierro, así la envidia al alma que la posee; y, aún más, como las serpientes que, según cuentan, devoran el vientre materno que las engendró, así también la envidia provoca que se consuma el alma que la produce, porque la envidia es pesar por el éxito del prójimo.

sábado, 16 de abril de 2011

El pecado de envidia (y V)

"Y, porque la envidia procede de la soberbia, la medicina contra este veneno es amar la humildad y aborrecer la soberbia que es madre de muchos vicios y de seguro de la envidia. El soberbio no puede sufrir superior o igual alguno. Fácilmente tiene envidia de aquellos que en alguna cosa le aventajan, por parecerle que él queda más bajo si ve a otros en más alto lugar.

Esto lo captó muy bien el apóstol Pablo, cuando dijo: "No seamos codiciosos de la gloria mundana compitiendo unos con otros y teniendo envidia unos de otros" (Gal 5,28). Pablo, según esto, pretendiendo cortar las ramas de la envidia, cortó primero la raiz amarga de la ambición, de donde la envidia procede.

Por igual razón debemos apartar el corazón del amor desordenado de los bienes del mundo y amar la heredad celestial y los bienes espirituales. Estos no se hacen menores porque muchos los posean, sino que más se dilatan cuanto más crece el número de los que los gozan. Todo lo contrario de lo que acontece con los bienes materiales, cuanto entre más poseedores se los repartan. Y en esto reside el por qué la envidia atormenta tanto el alma de quien los ambiciona. La razón es que recibiendo otro lo que él codicia, o del todo se lo quita o al menos se lo disminuye. Es natural que el envidioso sienta pena si otro posee lo que él desea, e incluso cree necesitar.

El gran remedio contra la envidia es hacer al prójimo el mayor bien que se pueda. No debe contentarse uno con no tener pesar de los bienes del prójimo sino que debe trabajar por hacer todo el bien que se pueda y pedir al Señor que haga él lo que nosotros o no sabemos o nos sentimos incapaces de hacer.

lunes, 11 de abril de 2011

El pecado de envidia (IV)

"Entre los muchos sufrimientos que asedian al envidioso se encuentra el esfuerzo cosntante que debe realizar para que no se descubra su propia envidia. Quiere perjudicar al que provoca su envidia y, a la vez, quiere que no se note el sentimiento que le empuja a ello. La rabia le impulsa a realizar el mal, pero el temor le contiene y le sujeta. Suele sucumbir al miedo, porque este vicio es propio de personas pusilánimes. Por esto mismo se sirve del anonimato, de la denuncia cobarde, de las palabras con doble sentido, de las insinuaciones encubiertas, de los medios que no le comprometen, pero con los que difícilmente logra sus propósitos y sólo consigue la propia amargura. Porque el envidioso vive en un tormento de desesperación y de rabia, en un fuego que abrasa sin consumirse y que más se enciende cuanta más felicidad ve en los otros.

Parece, a veces, que Dios se divierta sacando al envidioso ileso de sus intrigas contra sus víctimas, ascendiéndolas al lugar más destacado. ¡No es así! Lo que sucede es que no pueden las nubes ocultar por mucho tiempo el azul de cielo ni deja la luna de seguir su majestuoso camino a pesar de los aullidos de los lobos. Pero, quien es dominado por la envidia, tampoco puede satisfacerse cuando logra su objetivo. Si alguna vez el ser humano, dominado por la envidia, logra gozarse en la desgracia de alguien, la voz de su conciencia le recrimina entonces y arroja sobre su alegría la amargura del remordimiento [esto si no ha deformado su propia conciencia].

Desde que el mundo es mundo
 
Cuando uno considera la envidia que existió no sólo entre los dos hermanos que fundaron Roma, sino entre los dos primeros hermanos que poblaron la tierra, la cual fue tan grande que bastó para matar uno al otro; y la que hubo entre José y sus hermanos, la cual les hizo venderle como esclavo; y la que hubo entre los mismos discípulos de Cristo antes que sobre ellos viniese el Espíritu Santo; y, sobre todo, la que tuvieron Aarón y María, hermanos y escogidos de Dios, hacia su hermano Moisés, ¿quién podrá imaginar lo que harán los otros seres del mundo, donde no hay esos vínculos de parentesco, esa comunión de ideales ni ese influjo especial de Dios? Tristemente se trata de un vil comportamiento que se enseñorea desde siempre, y me temo que enseñoreará siempre y en todo tiempo de la tierra, y la tiene sometida.

lunes, 4 de abril de 2011

El pecado de envidia (III)

La autora del artículo detalla las características de la persona envidiosa; a mi gusto, con una minuciosidad y exactitud sorprendentes.

"Se pueden señalar al menos seis características de la persona envidiosa:

1. Al envidioso le produce pesar o descontento el bienestar y la fortuna de los demás. Ve los bienes del otro, pero no las dificultades inherentes a su conducta, ni las privaciones y desventajas que, a veces durante casi toda la vida, ha tenido que superar para conseguirlos.


Su principal arma es la lengua. La verdad no tiene ante sus ojos valor alguno, ni la espiritualidad le infunde el más mínimo respeto. En todas las acciones y las palabras de las personas que le son superiores en algún aspecto buscan un motivo de crítica y de censura. Suelen ser maestros en el arte de la murmuración, y lo ejercen confiando en ella el éxito de sus perversos deseos. Ocultan con esmero el fin que se proponen, y hacen ver que sólo al bien y al interés general se dirigen sus palabras. Para no alertar y poner en su contra el ánimo de quienes les escuchan, comenzarán alabando al que desean derribar con sus palabras. Expresarán, de muchas y variadas maneras, la peculiar forma de apreciarles y el dolor que les causa ver disminuidas con defectos las apreciadas cualidades que tiene esa persona digna de elogio. Si oyen elogios que vayan dirigidos a la persona a la que envidian, se cuidan mucho de mostrar la más mínima señal de indignación, y hasta asentirán -el envidioso suele ser adulador- si no encuentran ningún medio para hacer daño. A pesar de ello, más tarde sembrarán las dudas, disminuirán el valor de su virtud y lanzarán insinuaciones maliciosas. A veces, con el silencio dirán más que con palabras y, en ocasiones, su gesto, la tensión de sus rasgos serán más elocuentes que un largo discurso de censura.

2. El envidioso es una persona próxima al envidiado: próxima en espacio y en fortuna, dando razón a santo Tomás. Yo no puedo envidiar a un Rockefeller, pero sí a don Achille, mi párroco, que es un gran filósofo. la gran desigualdad provoca admiración, mientras que la desigualdad mínima provoca envidia y ojeriza.

domingo, 27 de marzo de 2011

El pecado de envidia (II)

Seguimos con el artículo sobre la envidia:

"La envidia es considerada por Tomás de Aquino como una de las raíces del odio.


Envidia, etimológicamente, viene del verbo latino videre, que indica la acción de ver por los ojos, y de la partícula in; de modo que invidere significa mirar con malos ojos -no ver. De este modo se erige la envidia en raíz o madre del odio a la persona: invidia est mater odii, primo ad proximum, decía Santo Tomás.

Podría decirse, pues, que la pupila del envidioso descarga sobrelo que mira una sustancia invisible, semejante al veneno de la serpiente. Cuenta Plutarco que Eutélidas tenía tanto poder negativo en sus pupilas que podía dañarse a sí mismo con sólo mirarse al espejo. Ese poder fue llamado por los latinos fascinum (de ahí nuestra palabra fascinación), que en castellano también se llama mal de ojo. Cuando el "aojador" encuentra una cosa viva y hermosa, buena, elevada, lanza contra ella la luz envenenada de sus pupilas y la hace languidecer paulatinamente, o incluso la mata. El mal surgido del fascinador es provocado o inducido por las "cualidades" de otros hombres, estimadas como negativas: ¿pero qué cualidades son estimadas aquí como "negativas" y provocadoras de la reacción maléfica de la "fascinación"? ¿Las buenas o las malas? Aunque parezca mentira, normalmente son las buenas.

Lo negativo y provocador son las cualidades del otro

 Una persona inteligente, capacitada o con cualidades físicas, psíquicas y sociales, que tantas veces hacen de ella una persona simplemente normal, luchadora, trabajadora es el provocador, el inductor que atrae el rechazo del envidioso.

martes, 22 de marzo de 2011

El pecado de envidia (I)

Me limitaré a transcribir un artículo que me encantó al describir minuciosamente el pecado de envidia. ¡Cuánta maldad encierra! A veces vemos y valoramos puritanamente otros pecados más groseros, carnales... y nos olvidamos de pecados sutiles a veces en sus formas, como son la soberbia y la envidia. Ésta es realmente destructora, pérfida, y siempre muy bien disimulada.

"Cervantes llamó a la envidia carcoma de todas las virtudes y raíz de infinitos males. "Todos los vicios -añadía- tienen un no sé qué de deleite consigo, pero el de envidia no trae sino disgustos, rencores y rabia".

La envidia no es la admiración que sentimos hacia algunas personas, ni la codicia por los bienes ajenos, ni el desear tener las cualdiades de otro. Es otra cosa.

La envidia es entristecerse por el bien ajeno. Es quizá uno de los vicios más estériles y que más cuesta comprender y, al mismo tiempo, también probablemente de los más extendidos, aunque nadie presuma de ello. De otros vicios sí que a veces presumimos, incluso cambiándoles el nombre: el mal genio se convierte en temperamento fuerte; la insolencia, en sinceridad a ultranza; el orgullo y la prepotencia, en defensa de la verdad -¡la propia!...-.

La envidia va destruyendo -como una carcoma- al envidioso. No le deja ser feliz, no le deja disfrutar de casi nada, pensando en ese otro que quizá disfrute más. Y el pobre envidioso sufre mientras se ahoga en la tristeza más inútil y la más amarga: la provocada por la felicidad ajena.