¡Corazón de Jesús, en quien habita corporalmente la
plenitud de la divinidad, ten misericordia de nosotros!
Grande es tu amor, Señor; tan grande
e inconmensurable, que te has hecho uno de nosotros, igual a nosotros en todo,
excepto en el pecado. De esta forma, Jesús, asumes todo lo humano y lo redimes;
más aún, has hecho una auténtica experiencia humana para poder sanar de raíz
nuestro corazón, siempre inclinado al pecado, y elevarnos a Ti, haciéndonos
participar en la naturaleza divina.
Tu Corazón, Señor, es el centro de
toda tu Persona; la sede de la voluntad y de los sentimientos más nobles y
puros; entrar en tu Corazón es penetrar en tu Persona misma, en tu misterio, en
tus entrañas de misericordia; asomarnos a tus llagas, cuales ventanas, es ver
la riqueza desbordante de tu personalidad: todo amor, amor hecho Carne, amor
humanado en tu santa Encarnación; amor recio y nada pueril, que ama hasta el
extremo de dar tu vida por nosotros, por todos y cada uno de nosotros. “¡No hay mayor amor que quien da la vida por
sus amigos!” (Jn 15,33).
¡Qué decisivo y vinculante poder decir: “Me
amó y se entregó por mí” (Gal 2,20)!
En ti “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col
2,9) y, al mismo tiempo, en tu
santa humanidad, “amaste con corazón de hombre” (GS 22).
El secreto del cristianismo no
radica en una moral o en un pensamiento o ideologías; el secreto del
cristianismo es dejarse fascinar por Ti, entusiasmarse por Ti, vivir en el
asombro de tu amor, compartir la vida contigo. El secreto y la fuerza misma del
cristianismo es tu Corazón: de aquí nace la verdad de la fe, la pasión y el
amor por Ti y los hermanos, la entrega de la vida a Ti en el servicio a la Iglesia; el apostolado, el
sacrificio, la oración. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el
cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por
una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).