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lunes, 3 de enero de 2022

¡¡Ser hombre de Iglesia!!



La mayor aspiración de un alma católica es llegar a ser “hombre de Iglesia”, sentir con la Iglesia y sentir la Iglesia, miembro corresponsable, que la embellece por su santidad de vida, por participar en su ser y misión, abrazando a la Iglesia en sus dimensiones humanas y divinas, en sus sacramentos, carismas, expresiones de vida, caminos espirituales diversos. El hombre de Iglesia es un alma eclesial y sin la Iglesia, Comunión, Compañía, no sabría vivir porque Ella nos ofrece a Cristo y nos da la vida.



            “En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el “eclesiástico”, vir ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdure su realidad. ¡Que ella reviva en muchos de nosotros! “En cuanto a mí, proclamaba Orígenes, mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico”. No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de la Casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es “su madre y sus hermanos”. Nada de cuanto le afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente rico con sus riquezas. Tiene conciencia de que por medio de ella, y sólo por medio de ella, participa en la estabilidad de Dios. Aprende de ella a vivir y a morir. No la juzga, sino que se deja juzgar por ella. Acepta con alegría todos los sacrificios que exige su unidad. Hombre de la Iglesia, ama su pasado. Medita su historia. Venera y explora su Tradición” (De Lubac, Meditación..., p. 193).


            Al sentir con la Iglesia y sentir la Iglesia, se genera una nueva mentalidad, un nuevo modo de ver y una sensibilidad distinta: el espíritu católico, siempre integrador con dimensión universal. ¡Qué gozo y qué orgullo sentirse católico y vivir como tal! Esta catolicidad en las almas define el perfil del católico, define al hombre de Iglesia. ¿Y cómo vive y es este hombre? ¿Qué caracteriza al espíritu católico? (Cf. De Lubac, Meditación..., pp. 199ss). Se niega a dejarse obsesionar por una sola idea como un fanático vulgar, porque cree con la Iglesia, según lo demuestran todo su dogma y lo confirma la historia de las herejías, “que la salud consiste en el equilibrio”. Se guarda también de confundir la ortodoxia o la firmeza doctrinal con la estrechez o pereza de espíritu.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Sentir con la Iglesia (¡¡Creo en la Iglesia!!)



Llegamos al final a dos actitudes vitales, dos disposiciones cordiales e íntimas para el católico, tanto más necesarias hoy cuanto más se ataca, se discute, se está distante de la Iglesia; y las dos disposiciones espirituales y profundas serán el amor a la Iglesia y renovar la confianza en la Iglesia.

            Sí, ¡amar la Iglesia tal cual es, como el Señor la quiso!



            “No le tengáis miedo; amadla. Os decimos con san Agustín: Amate hanc Ecclesiam, estote in tali Ecclesia, estote talis Ecclesia (Serm. 138). Y percibid la relación única personal y vital que esta misteriosa institución, a la que podemos llamar sin duda sacramento de salvación (cf. LG 48), tiene con cada uno de nosotros, como intermediaria obligada y decisiva en el problema central e inevitable de nuestro destino, el problema religioso. Porque son siempre verdaderas y urgentes las palabras de Cipriano: “Para que cada uno pueda tener a Dios como Padre, debe tener primero a la Iglesia como madre” (De cath. unit., c. 6)” (PABLO VI, Discurso al Congreso Internacional de Derecho canónico organizado por la Universidad Civil de Roma, 19-enero-1970).


            Sí, también, y al mismo tiempo, una renovada confianza en la santa Iglesia y no la desconfianza reinante de su doctrina, enseñanza, vida, liturgia, magisterio. 


“La Iglesia no es un fenómeno histórico y social cualquiera que se pueda modificar a capricho. Es un hecho espiritual y religioso: una fe lo engendra, una autoridad lo dirige, un Espíritu lo vivifica. La Iglesia merece nuestra confianza, nuestra fidelidad, nuestro servicio, nuestro amor” (PABLO VI, Audiencia general, 22-octubre-1969). 


¡Confianza en la Iglesia, Madre y maestra, Esposa de Cristo!


            “Y nosotros, nosotros, ¿somos cristianos de verdad?, ¿qué relaciones de fe y de gracia nos unen a esta bendita y presagiosa Iglesia de Dios?,  ¿somos cristianos de verdad?, ¿somos católicos?, ¿sólo de nombre o en la realidad de nuestra vida?, ¿la Iglesia es, realmente, nuestra Madre, nuestra Maestra?, ¿es, realmente, nuestra nave para la gran travesía sobre el mar tempestuoso del mundo presente, nuestra confianza? Hermanos, sea éste un momento decisivo para nuestra vida. Renovemos aquí... nuestro compromiso humilde, fuerte y fiel; sí, ¡seremos fieles! Su Iglesia será nuestra sabiduría, nuestra concordia, nuestra palestra de caridad. ¡Qué gozo para toda nuestra vida!” (PABLO VI, Audiencia general, 22-junio-1977).


jueves, 11 de noviembre de 2021

¿Cómo nos situamos ante la Iglesia?



A la reflexión sobre el ser y la misión de la Iglesia, sobre su naturaleza y misterio, debe seguir la adhesión cordial y fiel a la Iglesia y un examen de conciencia sincero: ¿Cuáles son nuestras disposiciones de espíritu? ¿Cuál es nuestro sentimiento profundo y personal, al menos el dominante, ante la Iglesia? ¿Cuál es nuestra actitud ante la Iglesia? 



“Ante esa Iglesia a la cual Cristo antes que nadie, como su Fundador, Maestro y Redentor, consagró tantos pensamientos, tantos deseos, tantas preocupaciones y, para decirlo todo con una palabra, tanto amor: “Cristo amó a la Iglesia, escribe san Pablo, y se entregó por ella” (Ef 5,25)” (Pablo VI, Audiencia general, 12-septiembre-1973).


            ¿Cómo nos situamos ante la Iglesia? ¿Y qué lugar ocupa la Iglesia en nuestro corazón?

            Unos se sienten indiferentes ante la Iglesia, la consideran un conjunto de instituciones, normas y ritos que nada serio tienen que ver con ellos. No atacan a la Iglesia, pero tampoco la sienten  como suya. Están dentro de la Iglesia pero como si no estuvieran; se desentienden de la vida y misión de la Iglesia y sólo quieren que la Iglesia esté a su servicio para determinados actos y para poder celebrar algunos sacramentos sin apenas incidencia en sus propias vidas. Su sentido religioso y su relación con Dios está atrofiado. La Iglesia se vuelve para ellos un simple templo, un edificio, una realidad distante de la que se desentienden y que, eso sí, se creen con derecho a exigir cuando algo quieren.

            Otros, en la Iglesia, se sitúan como críticos, que se creen poseedores de una verdad superior y que tienen siempre la solución a todos los retos y problemas pastorales mientras que la Iglesia, para ellos, siempre va con retraso, nunca acierta, necesita modernizarse, adaptarse a los tiempos y las modas. Estos críticos, por encima de la Iglesia, siempre miran con recelo a la Iglesia misma, a su Tradición y Magisterio, a sus pastores, a su liturgia, pretendiendo crear una Iglesia paralela, moderna, atractiva, que sólo existe en su mente. Son críticos destructores, llenos de amargura y resentimiento, que se disfrazan con el traje de “profetas”. Decía Pablo VI:


            “Hoy está bastante extendido este espíritu pesimista, que cuando se trata de la Iglesia sólo tiene ojos para denunciar sus deformidades, tanto las verdaderas como las falsas, y para sacar de aquí un argumento farisaico en alabanza propia y en condenación de ella. A estos críticos tan severos, y a veces influenciados por prejuicios, y carentes de generosidad, querríamos invitarles a una mayor serenidad: a aquella serenidad que hace posible el diálogo y que vuelve a encender el amor en el corazón. ¿Cómo podríamos pretender construir la Iglesia sin amor?” (Ibíd.).


jueves, 21 de octubre de 2021

Creo en la Iglesia, Pueblo de Dios



La misma definición bíblica de “pueblo de Dios” ha sido profundamente tergiversada, como tantos otros conceptos y afirmaciones emanadas del Concilio Ecuménico Vaticano II. 



“Pueblo de Dios” expresa una consagración y una propiedad personal del Señor, organizado según la voluntad de Dios, con pastores que orientan y presiden a este pueblo, y donde se subraya su dimensión peregrina y caminante, en vez de estática y acabada. El Concilio Vaticano II, en su constitución dogmática Lumen gentium, explicó a la Iglesia con la expresión “Misterio” en el primer capítulo y con “Pueblo de Dios” en su segundo capítulo. Expresiones ambas necesarias y complementarias que no agotan la realidad de la Iglesia.

            Pueblo de Dios, ¿qué significa? Decía la Lumen gentium:


“En todo tiempo y en todo pueblo son adeptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cf. Act, 10,35). Quiso, sin embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció una alianza, y a quien instruyó gradualmente manifestándole a Sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y figura de la nueva alianza, perfecta que había de efectuarse en Cristo... Nueva alianza que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre (cf.  1Co, 11,25), convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles que se condensara en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un nuevo Pueblo de Dios” (LG 9).


            Este Pueblo de Dios, entendámoslo bien, tiene unas características propias “que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia” (CAT 782): es de Dios, su propiedad personal; se es miembro de este cuerpo por la fe y el bautismo y tiene por cabeza a Cristo visible además en sus pastores; su identidad es la de ser hijos de Dios, como ley tiene el mandamiento del amor, su misión es ser sal y luz del mundo y su meta última, el Reino de Dios.  Con estos rasgos, es evidente que poco o nada tiene que ver con una concepción sociológica, donde pueblo se interpreta como un colectivo igualitarista.

miércoles, 6 de octubre de 2021

¡Creo en la Iglesia!



Para poder hablar de la Iglesia con un lenguaje de fe, la mejor categoría de pensamiento es la de “Misterio”. La Iglesia es un Misterio, un signo del Amor de Dios, un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu, que es ya un anticipo y germen del Reino de Dios; es el pueblo cristiano, el Templo del Dios vivo, el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa del Señor, la viña santa, el nuevo y verdadero Israel. 



¡Cuántas imágenes de la Iglesia encontramos en las Escrituras!, porque ningún nombre, ninguna imagen bíblica, agota el Misterio de la Iglesia. No sólo es Cuerpo de Cristo ni sólo es Pueblo de Dios ni sólo Esposa del Señor... lo es todo a la vez, y lo supera: es un Misterio que comunica la salvación de Dios, que prolonga la acción y la presencia del Resucitado entre los hombres. En palabras de De Lubac:


            “El misterio de la Iglesia es un resumen de todo el Misterio. Es por excelencia nuestro propio misterio. Nos abraza por completo. Nos rodea por todas partes, ya que Dios nos ve y nos ama en su Iglesia, ya que en ella es donde Él nos quiere y donde nosotros le encontramos, y en ella es donde también nosotros nos adherimos a Él y donde Él nos hace felices”. “La Iglesia, que brotó del Costado herido de Cristo en el Calvario y se templó en el Fuego de Pentecostés, avanza como un río y como una llama. Ella nos envuelve a su paso para hacer manar en nosotros nuevas fuentes de agua viva y para encender una nueva llama. La Iglesia es una institución que perdura en virtud de la fuerza divina que ha recibido de su Fundador. Más que una institución, es una Vida que se comunica. Ella pone el sello de la Unidad sobre todos los hijos que Dios reúne” (Meditación sobre la Iglesia, Madrid 1988, pp. 46 y 53).


            Así se entiende, aunque para algunos les resulte casi escandaloso, la doble dimensión de la Iglesia, humana y divina, visible e invisible, jerárquica y carismática. El Concilio Vaticano II lo explicará claramente, y de ahí habrá que deducir todas las consecuencias prácticas, concretas y espirituales para vivir, amar y sentir con la Iglesia. Dice la Lumen Gentium:

domingo, 12 de septiembre de 2021

Los siete dones del Espíritu en las almas



La acción del Espíritu Santo se ejerce en nuestras almas mediante sus siete dones que se nos infunden por el sacramento de la Confirmación, como reza la oración sacramental. Estos siete dones aparecen enumerados como gracias que tiene el Mesías ungido en el libro de Isaías (11,1ss) y que Cristo hace partícipes a quienes han sido ungidos por el Espíritu Santo; es una participación derivada.



“El nombre de dones del Espíritu Santo –enseñaba Juan Pablo II-, en el lenguaje teológico y catequético, se reserva a las energías exquisitamente divinas que el Espíritu Santo infunde en el alma para perfeccionamiento de las virtudes sobrenaturales, con el fin de dar al espíritu humano la capacidad de actuar de modo divino” (Audiencia general, 3-abril-1991). 


Es una capacitación en el organismo sobrenatural del hombre, para que actúe según Dios. “Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas” (CAT 1831), “son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo” (CAT 1830).


viernes, 9 de julio de 2021

El Espíritu y la Iglesia: ¡jamás opuestos!



El Señor prometió a sus discípulos que cuando fuese glorificado enviaría el Espíritu Santo; “no os dejaré huérfanos” (Jn 14,18); “yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad” (Jn 14,15), que os lo dirá todo, que os llevará a la verdad plena (cf. Jn 16,13). Así Cristo, en la cruz, “inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30), y del costado de Cristo dormido en la cruz brotan el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia (bautismo y Eucaristía) y así tres son los testigos: “el Espíritu, el agua y la sangre” (1Jn 5,7-8). Como don pascual del Señor resucitado, se derrama sobre la Iglesia reunida en oración en el Cenáculo con la Virgen María. Así nace la Iglesia como obra del Espíritu Santo, como instrumento del Espíritu para prolongar la obra redentora de Cristo en la historia y entre los hombres.


  
          Hay una vinculación esencial entre la Iglesia y el Espíritu Santo; porque el Espíritu que es indivisible actúa de forma real y concreta mediante instituciones y signos para salvar, santificar e iluminar. El Espíritu Santo está en la Iglesia y fuera de ella ni contra la misma Iglesia; “la Iglesia está allí donde florece el Espíritu” (Hipólito, Trad. Apost., 35). 

La Iglesia es el ámbito del Espíritu Santo, su lugar natural de acción y santificación. La Tradición de la Iglesia así contempla la relación entre el Espíritu Santo y la Iglesia.


            “En efecto, es a la misma Iglesia, a la que ha sido confiado el “Don de Dios”... Es en ella donde se ha depositado la comunión con Cristo, es decir el Espíritu Santo, arras de la incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escala de nuestra ascensión hacia Dios... Porque allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios;  y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia” (S. Ireneo, Adv. Haer., 3,24,1).


            El Espíritu Santo está en la Iglesia y actúa en la Iglesia y para ello genera un carisma primero que es el ministerio ordenado, instrumentos y portadores del Espíritu que lo comunican mediante los sacramentos que sellan la comunión, que gobiernan para la unidad de la Iglesia. El ministerio –al que algunos despectivamente llaman “la Iglesia oficial”- es una creación siempre actual del Espíritu Santo: “mirad por vosotros y por todo el rebaño, en medio del cual el Espíritu Santo os ha puestos como obispos para pastorear la Iglesia de Dios” (Hch 20,28); a los Apóstoles y sus sucesores –el papa y el colegio episcopal- el Señor les dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20,22-23). Luego el ministerio de Pedro (el Papa), los obispos y sacerdotes, son también un carisma, una gracia del Espíritu Santo para bien de la Iglesia.

jueves, 17 de junio de 2021

El Espíritu Santo en el Credo



El Credo se presenta con una estructura trinitaria: creo en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por tanto, creo en el ámbito de la Iglesia, el lugar donde Dios se me da y se me revela incorporándome a su pueblo elegido y santo, a la familia de Dios que es la Iglesia.



           La tercera parte del Credo expresa la fe eclesial en el Espíritu Santo y su acción: la Iglesia, el Bautismo, el perdón de los pecados, la resurrección. Aunque en la racionalidad occidental y en la espiritualidad católica, no se le ha dado mucho espacio a la reflexión sobre el Espíritu Santo, en buena medida es el gran desconocido, ya sea en la reflexión y predicación, ya sea en la relación personal con él.

            Siguiendo la formulación clásica que luego analizaremos, el Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo, la Persona de la Trinidad que “procede del Padre y del Hijo” como afirma el Credo y puesto que el Espíritu Santo es Dios igual que lo es el Padre y el Hijo “recibe una misma adoración y gloria”. La dificultad de ver al Espíritu Santo, de percibirlo pues no toma forma humana, su acción invisible, llevó a veces a negar su divinidad, lo que obligó a los Padres de la Iglesia a defender la recta fe, ofreciéndonos preciosos tratados sobre el Espíritu Santo.

            El Credo confiesa que el Espíritu Santo es Dios, la tercera persona de la Trinidad, constituyéndose así en una Comunión de Personas distintas que se aman con un amor de donación. Dios es relación, Dios es Comunión y no soledad o aislamiento. Y como el acto mismo de amar es dinámico y habla de relación, así en la Trinidad, siguiendo a san Agustín, Dios que es amor, debe poseer la misma estructura trinitaria del amor; hacen falta el amante (el Padre), el Amado (el Hijo) y el amor mismo que une amante y amado (el Espíritu Santo).

miércoles, 12 de mayo de 2021

"Jesucristo es Señor"



Jesucristo, verdadero Dios, es igualmente verdaderamente hombre. Una sola Persona divina con dos naturalezas, la naturaleza divina y la naturaleza humana, sin confusión, sin mezcla, sin separación y sin división. 



Para siempre y eternamente, Jesucristo es Dios y hombre, reconciliando en su Persona lo que por el pecado estaba separado: es constituido así Puente, Pontífice, entre Dios y el hombre. ¡Qué bien lo exalta líricamente, el pregón pascual de la solemne vigilia pascual!:

            “Quien se encuentra con Cristo en la co-humanidad de Jesús, accesible a él como co-hombre, encuentra también a Dios mismo, no una esencia bastarda que se metería de por medio. La preocupación de la Iglesia primitiva por afirmar su verdadera humanidad; sólo si Jesús es realmente hombre como nosotros, puede ser nuestro mediador; sólo si es realmente Dios como Dios, la mediación alcanza su término” (Ratzinger, Introducción al cristianismo, Salamanca 1987 (6ª), p. 136).

            Era de justicia que si por un hombre entró el pecado en el mundo, por un hombre viniese la salvación. Además, para que se lograse la redención, el Verbo de Dios tenía que ser plenamente hombre, asumir todo lo humano porque lo que no es asumido no es redimido. Así Jesucristo asume la carne humana, asume su voluntad, su inteligencia y su memoria –el alma humana-, asume la temporalidad y la mortalidad. Es plena y completamente hombre para salvar al hombre. La santa humanidad del Señor es instrumento de salvación.

            El Misterio se hace accesible y cercano porque el Verbo se ha hecho carne y habita entre nosotros (cf. Jn 1,14) cumpliéndose las profecías y la esperanza de Israel en la anunciación, porque el Salvador se ha hecho visible y apareció la bondad de nuestro Dios, porque nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, que despierta la adoración de los pastores y de los magos y provoca la irrupción festiva y el canto gozoso de los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo...”. Él es “imagen visible de Dios invisible” (cf. Col 1,15), y puede decir “quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9), “nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6), “el Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).

sábado, 20 de marzo de 2021

Jesucristo, Hijo único de Dios



La reflexión de la Iglesia nunca dejó de profundizar en el ser y en la misión de Jesucristo porque se jugaba ahí la verdad, el sentido y el alcance de la propia redención. Los primeros concilios –Nicea, Éfeso, Calcedonia, los de Constantinopla- fueron fijando con precisión el contenido de la fe mediante la formulación de los dogmas, para señalar la verdad sobre Cristo rechazando los errores. Lo definido en estos Concilios queda reflejado en el Credo: “Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos... engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre...”. Sin embargo, siguen dándose formas erróneas, reducciones cristológicas que se extienden mucho pero no responden a la fe de la Iglesia; algunas de estas reducciones han alcanzado gran difusión y han perturbado la fe sencilla de los católicos.



            a) Cristo sólo en el pasado

            Para algunos, Jesucristo es un personaje del pasado, de una historia que aconteció y que rememoramos una y otra vez, hacemos memoria de él, pero al igual que nos podemos acordar y acercar a cualquier personaje de la historia. Lo miramos lejano, consideramos la santa Misa como un ejercicio de memoria colectiva, y se olvida su santa resurrección, es decir, que realmente está vivo y glorioso, que no es simple memoria la Misa, sino presencia real del Señor, que de nuevo se hace presente, amable, cercano y salvador. 

Nos hemos fijado sólo en su vida terrena, en su dolor y pasión, vinculando la fe a la devoción a una imagen concreta de Cristo, sin vivir una plena relación personal de comunión y amistad con Jesucristo glorioso. Es significativo y triste, la ausencia de una espiritualidad pascual y el modo irrelevante de vivir los cincuenta días de Pascua, incluso la poca asistencia y participación en la liturgia anual más solemne, la santa Vigilia pascual. Para muchos, que Cristo haya resucitado no les significa nada, incluso les daría igual. Muchos católicos piensan y viven como si Cristo hubiese quedado para siempre enterrado; todo terminado en el Sábado Santo. La relación con Dios es difusa, piensan y hablan de un Ser superior, Alguien más allá, pero no lo experimentan como Padre de nuestro señor Jesucristo. 

domingo, 28 de febrero de 2021

Dios creador de todo



            Es tan inmenso el amor de Dios que piensa depositar sus beneficios en alguien distinto de sí mismo. No tenía necesidad ya que él es perfecto en Sí mismo, Santo y Feliz, pero quiso crear el mundo, lo visible y lo invisible, y sobre todo al hombre para que gozase de Dios.



           El origen de todo es Dios; el mundo no encuentra su existencia en sí mismo, fruto del azar o la casualidad. La ciencia intentará averiguar el cómo del mundo y de la vida, y se sucederán una tras otra muchas teorías. Pero llevando todo a sus últimas consecuencias, no se podrá hallar otra respuesta al porqué, sino es por un acto primero y libre de Dios. El orden del universo, del mundo, sus leyes físicas y matemáticas, la perfecta constitución del cuerpo y el alma del hombre, remiten a una Inteligencia Superior, a un Origen primero, y éste sólo puede ser Dios que crea de la nada. La fe en el Dios creador determina el modo de ver y de vivir el mundo y de experimentarse el hombre a sí mismo, de relacionarse con el mundo y con los demás.

            Dios es Creador por puro amor. Él no necesitaba ni al mundo ni al hombre para ser feliz, ya que es perfecto en sí mismo; es más bien un acto de soberana libertad y de amor, pues crea para volcar su amor difusivo de sí mismo en el hombre creado a su imagen y semejanza. “Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad” (CAT 293). “Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad” (CAT 295). Es decir, crea al hombre para volcar su amor, para que el hombre disfrute de la bondad de Dios.

            San Ireneo –el primer teólogo cristiano- lo explicaba así:

domingo, 17 de enero de 2021

La preciosa paternidad de Dios



            Toda paternidad humana no es son un pálido reflejo de la fuente de la verdadera paternidad, la de Dios. La paternidad es un ejercicio de amor difusivo de sí mismo, que ama al hijo tal cual es, en su originalidad e irrepetibilidad, considerado como distinto, único, y respetando su libertad. La paternidad es una realidad antes espiritual que física o biológica, de libertad y no de posesión, de amor oblativo y no de egoísmo. El hijo es una persona, una realidad distinta, y se realizará en la medida en que, libremente, responda al amor de Dios Padre.




            Cuando llamamos a Dios “Padre” lo hacemos con categorías de pensamiento limitadas y proyectando la experiencia humana de la paternidad. Pero siempre resulta insuficiente: el misterio de la paternidad  divina es inabarcable. ¿Qué podemos afirmar entonces? La Escritura nos da suficientes indicaciones.


            “Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios trasciende la dimensión humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Trasciende también la paternidad y la maternidad humanas, aunque sea su origen y medida: Nadie es padre como lo es Dios” (CAT 239).


lunes, 11 de enero de 2021

El Credo - y III (Respuestas - XX)



4. ¿Qué valor, qué importancia tiene el Credo? ¿Para qué una fórmula fija? ¿Por qué la misma y recitada de memoria? ¿No sería eso un empobrecimiento? ¿No es la fe un sentimiento, o una experiencia, según nos dice hoy la mentalidad secularizada?

            La Tradición de los Padres nos ofrece las respuestas necesarias cuando explicaban el Símbolo (o Credo) a los catecúmenos.



            El Símbolo está lleno de afirmaciones de las Escrituras, reunidas en una fórmula, más accesible a la memoria. Lo explica san Cirilo de Jerusalén:

            “Posee y conserva sólo la fe que aprendes y prometes, la que ahora te transmite la Iglesia, la que está confirmada por la entera Escritura. Y porque no todos pueden leer la Escritura, ya que a unos la falta de preparación, a otros la falta de tiempo disponible les impide llegar a conocerla, para que el alma no se pierda por falta de instrucción, abarcamos toda la doctrina de la fe en unas pocas líneas. Quiero que la recordéis con las mismas palabras, y que la recitéis entre vosotros con todo esmero, no copiándola en hojas de papiro, sino grabándola con la memoria en el corazón; estando atentos para que, cuando hagáis esto, ningún catecúmeno oiga las verdades que se os han transmitido; y que durante todo el tiempo de vuestra vida sea como los recursos del camino, sin dar cabida a otra fe que ésta; aun en el caso de que nosotros mismos diéramos un giro diciéndoos lo contrario de lo que ahora os estoy explicando, o aunque un ángel hostil transformado en ángel de luz te quisiera engañar… Y entre tanto, mientras escuchas sus palabras exactas, graba la fe en tu memoria; durante el tiempo que haga falta recibe la demostración que la divina Escritura da sobre cada una de las verdades contenidas. Porque el compendio de la fe no se realizó atendiendo el parecer de los hombres, sino después de recoger de toda la Escritura las partes principales, que formarían una completa enseñanza de la fe. Y del mismo modo que el grano de mostaza contiene muchos ramos en una simiente pequeña, así también esta fe encierra en su seno con pocas palabras todo el conocimiento de la religión contenida en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Considerad, pues, hermanos, y mantened firmemente la doctrina transmitida que ahora recibís, e inscribidla en la tabla de vuestro corazón” (Cat. V,12).

jueves, 3 de diciembre de 2020

El Credo - II (Respuestas - XIX)



3. Además de ser rezado en la Misa los domingos y solemnidades, el Credo aparece en la liturgia en otros momentos.

            a) Catecumenado y Bautismo

            En primer lugar, como ya apuntábamos y es obvio, en el catecumenado y en la liturgia del Gran Sacramento de la Iniciación cristiana.



            Los catecúmenos, ya “elegidos” para vivir los sacramentos, viven esa Cuaresma previa como un “tiempo de purificación e iluminación” con diversos ritos, entre ellos la entrega del Símbolo: “en el Símbolo, en el que se recuerdan las grandezas y maravillas de Dios para la salvación de los hombres, se inundan de fe y de gozo los ojos de los elegidos” (RICA 25). El Símbolo se les entrega a lo largo de la III semana de Cuaresma (cf. RICA 53) y lo devolverán, es decir, lo recitarán en los ritos previos que tienen lugar la mañana misma del Sábado Santo, preparándose para la Vigilia pascual (RICA 54).

            Así se desarrolla el rito de la entrega del Credo. El diácono los invita a acercarse: “Acérquense los elegidos, para recibir de la Iglesia el Símbolo de la fe”, y el celebrante se dirige a ellos diciéndole: “Queridos hermanos, escuchad las palabras de la fe, por la cual recibiréis la justificación. Las palabras son pocas, pero contienen grandes misterios. Recibidlas y guardadlas con sencillez de corazón” (RICA 186). Comienza a recitar el Credo y todos los fieles presentes se unen a continuación.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Lo que Dios es



Dios es Padre: así nos lo ha revelado Jesús que nos ha manifestado la bondad de Dios y nos lo ha dado a conocer. “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Jesús se sabe Hijo e Hijo único, en sentido propio y originalísimo, y esa paternidad de Dios que tantas veces aparece en el Evangelio (“Tú eres mi Hijo amado”) modifica el concepto y la idea que los hombres pudieran tener de Dios. 





Con la razón natural podemos llegar a una cierta inteligencia de Dios, de su esencia y majestad, pero jamás el hombre hubiese podido acceder al pleno conocimiento de Dios. Descubre a Dios según las categorías siempre limitadas de su inteligencia, y puede llegar a descubrirlo todopoderoso, sabio, infinito, incluso creador y hasta providente. Mas si Dios no hubiera manifestado lo que Él es, no lo hubiésemos descubierto nunca.

            Y resulta que Dios, el que Es, es Amor, y que es Trinidad de personas, Comunión de Amor personal, difusivo de Sí mismo, y por eso engendra, que no crea, a su Hijo único Jesucristo, y en su Hijo único quiere también hacer al hombre hijo suyo por el Bautismo, hijo adoptivo. Esta realidad queda muy precisada en la predicación de la Iglesia:

domingo, 8 de noviembre de 2020

El Credo - I (Respuestas - XVIII)



1. Los domingos y solemnidades, y en alguna ocasión más importante o especialmente significativa, después del silencio de la homilía (o si no hubiere homilía, tras el Evangelio), todos a una recitan el Credo, la profesión de fe, puestos en pie.

            Las rúbricas del Misal prescriben lo siguiente:


“El Símbolo o Profesión de Fe, se orienta a que todo el pueblo reunido responda a la Palabra de Dios anunciada en las lecturas de la Sagrada Escritura y explicada por la homilía. Y para que sea proclamado como regla de fe, mediante una fórmula aprobada para el uso litúrgico, que recuerde, confiese y manifieste los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía.
El Símbolo debe ser cantado o recitado por el sacerdote con el pueblo los domingos y en las solemnidades; puede también decirse en celebraciones especiales más solemnes.
Si se canta, lo inicia el sacerdote, o según las circunstancias, el cantor o los cantores, pero será cantado o por todos juntamente, o por el pueblo alternando con los cantores.
Si no se canta, será recitado por todos en conjunto o en dos coros que se alternan” (IGMR 67-68).

            Incluso el cuerpo se integra en la profesión de fe con el gesto de la inclinación: “El Símbolo se canta o se dice por el sacerdote juntamente con el pueblo (cfr. n 68) estando todos de pie. A las palabras: y por la obra del Espíritu Santo, etc., o que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, todos se inclinan profundamente; y en la solemnidades de la Anunciación y de Navidad del Señor, se arrodillan” (IGMR 137).

            Dos son las fórmulas que se pueden emplear: el Credo niceno-constantinopolitano, más desarrollado y preciso, o el Símbolo apostólico, breve y conciso, éste aconsejado especialmente para la Cuaresma y la Pascua (cf. Ordo Missae, 19). Únicamente éstos porque estas fórmulas son la fe de la Iglesia; ya pasó la moda desafortunada de sustituirlo por cualquier canto (“Creo en vos, arquitecto, ingeniero…”) o por la lectura de un manifiesto o compromiso o “fe” elaborada por alguien o por algún grupo de catequesis o de liturgia. Sólo esas dos fórmulas de profesión de fe se pueden emplear.

sábado, 3 de octubre de 2020

Idolatría... ¡¡y sin embargo un solo Dios!!



La profesión de fe afirma con claridad: “creo en un solo Dios”. En las Escrituras se repite una y otra vez que Dios es uno, que sólo Dios es Dios y los demás son ídolos, dioses falsos creados o imaginados por los hombres. La idolatría era un pecado abominable a los ojos de Israel. Habían experimentado que Dios es uno, grande y misericordioso, que se había elegido un pueblo -–srael- y se había dado a conocer revelándose a Abraham liberando a su pueblo de la esclavitud de Egipto y entregando su Ley santa a Moisés. “Yo soy el Señor y no hay otro” (Is 45). “Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo darás culto”. 



Los otros pueblos circundantes y todas las religiones tienen sus pequeños dioses que son una proyección del hombre y sus necesidades, pero que además son manipulables y no exigen la entrega fiducial del hombre. Un ídolo es algo creado a la medida del hombre, de sus miedos y temores, que le dan seguridad. El becerro de oro es paradigmático: a Dios no lo ven, Dios es mayor que su inteligencia, les pide entrega absoluta, fidelidad y obediencia; pero un ídolo en principio es más atractivo, más concreto, más tangible, da seguridad pero no parece que pida nada a cambio –sin embargo, va, lentamente, esclavizando-. El hombre prefiere la multitud de ídolos que lo hacen esclavo antes que el riesgo de la libertad y la fe confiada en Dios.

            “El Señor es uno” recitaba la profesión de fe de Israel, que forma que sólo Dios es Dios, el único Absoluto, y todo lo demás no puede ser absolutizado ni competir con Él: ni el poder ni el Estado ni el positivismo jurídico (las leyes crean lo que es moral y ético) ni ningún tipo de nacionalismo excluyente y totalitario; ni tampoco el dinero ni los bienes ni sistema económico alguno; ni la exaltación del eros, del instinto, de la emotividad, del subjetivismo ególatra. Cuando se absolutiza lo que es relativo, el hombre ha perdido su libertad, y eso es el paganismo y la construcción de un mundo lleno de ídolos donde Dios queda excluido, y que se vuelve contra el hombre.

miércoles, 12 de agosto de 2020

El Credo: expresión de nuestra fe



Para la Iglesia, el Credo era una fórmula que a modo de síntesis, contenía la verdad revelada y, como adhesión a esa verdad, la vida se ajustaba a la norma evangélica. No era un cúmulo de ideas, sino una verdad que determinaba el modo de vivir (los afectos, sentimientos, comportamientos públicos y sociales). 



El catecumenado de la Iglesia, en su Tradición, entregaba solemnemente la fórmula de fe a los catecúmenos en la Cuaresma previa al Bautismo, una vez que se había comprobado que el catecúmeno conocía la fe de la Iglesia y había abandonado el modo pagano y mundano de vivir y seguía las costumbres evangélicas. En la catequesis, por ejemplo san Cirilo de Jerusalén, los preparaba amonestándoles:


            “Al aprender y confesar la fe, debes abrazar y guardar como tal sólo la que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la Escritura, pero puesto que no todos pueden leer las Escrituras –a unos se lo impide la impericia y a otros sus ocupaciones-, para que el alma no perezca por la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que lo recitéis en vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino grabándolo de memoria en tu corazón... 

La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única doctrina de la fe” (Catequesis V, nº 12).


jueves, 10 de marzo de 2016

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica... (IV)

La tercera y última parte del Credo está dirigida a la profesión de fe en el Espíritu Santo, Persona divina.

Su acción es real y eficaz -no es mera 'fuerza del universo', 'energía cósmica' o simple sentimiento-: vive y actúa y diviniza porque Él mismo es Dios.


Esta acción del Espíritu Santo tiene lugar, como ámbito privilegiadísimo, la santa Iglesia Católica: en ella el Espíritu Santo nos aglutina en una Comunión relacionándonos a unos con otros, formando la Comunión de los santos.

Por el Espíritu Santo se nos da el perdón de los pecados -la blasfemia sería pensar que Él no puede ni perdonarnos ni obrar la redención, cerrándonos a Él-; Él nos resucitará porque es Espíritu de vida y nuestra carne está llamada a la resurrección cuando el Espíritu Santo sople y nos resucite; por Él, con su impulso, se nos da la vida eterna.

Decimos en el Credo:

lunes, 7 de marzo de 2016

Padeció, fue crucificado, resucitó, subió al cielo... (IV)

En los misterios de Cristo se cifra nuestra salvación y redención.

Todo lo que Cristo vivió e hizo y padeció fue, no por Él, sino por nuestra salvación.

Todo lo vivido por Jesucristo en su Triduo pascual son acontecimientos salvadores.


Al llegar a este punto, recitando el Símbolo (el Credo), profesamos la fe en Cristo Salvador y Redentor por medio de su pasión y su cruz, por medio de su santísima resurrección y glorificación al cielo. Recordemos, como canta el pregón pascual, que "de nada nos habría valido nacer si no hubiéramos sido redimidos".

Profesamos:


Creo en Jesucristo...
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos,
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.