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martes, 26 de enero de 2010

Secularización del sacerdote, clericalización de los laicos (III)

Era importante analizar y comprender bien la alteración radical que significa la secularización en la Iglesia, donde se invierten los ministerios y funciones: el sacerdote realiza tareas seculares que son propias del laicado secularizándose, y el seglar realiza ministerios y oficios sólo dentro de la parroquia, preocupado de lo intraeclesial únicamente, clericalizándose. ¡Pero es que nada de esto corresponde la doctrina del Concilio Vaticano II, sino la infiltración de la mentalidad post-moderna en la Iglesia!

Un amplio párrafo de un discurso de Juan Pablo II refleja la situación indicando el camino:

“El compromiso de los laicos se convierte en una forma de clericalismo cuando las funciones sacramentales o litúrgicas que corresponden al sacerdote son asumidas por los fieles laicos, o cuando estos desempeñan tareas que competen al gobierno pastoral propio del sacerdote. En esas situaciones, frecuentemente no se tiene en cuenta lo que el Concilio enseñó sobre el carácter esencialmente secular de la vocación laica (cf. Lumen gentium, 31). El sacerdote, en cuanto ministro ordenado, preside en nombre de Cristo la comunidad cristiana, tanto en el plano litúrgico como en el pastoral. Los laicos le ayudan de muchas maneras en esta tarea. Pero el ámbito principal del ejercicio de la vocación laical es el mundo de las realidades económicas, sociales, políticas y culturales. Es en este mundo donde los laicos están invitados a vivir su vocación bautismal, no como consumidores pasivos, sino como miembros activos de la gran obra que expresa el carácter cristiano. Al sacerdote corresponde presidir la comunidad cristiana para permitir a los laicos realizar la tarea eclesial y misionera que les compete. En un tiempo de secularización insidiosa, puede parecer extraño que la Iglesia insista tanto en la vocación secular de los laicos. Ahora bien, precisamente el testimonio evangélico de los fieles en el mundo es el centro de la respuesta de la Iglesia al mal de la secularización” (Discurso a la conferencia episcopal de las Antillas en visita ad limina, 7-mayo-2002).

¿Vocación secular de los laicos? ¿Cuál es ese ámbito?

Sin poder ser exhaustivos:

-El propio matrimonio y la familia, donde se santifican cuando construyen la Iglesia doméstica y educan a los hijos en la fe

-El trabajo o profesión, realizado con el mejor nivel de competencia, con honradez, y aplicando los principios de justicia y caridad tal como plantea la Doctrina Social de la Iglesia

-El mundo docente, colegios, institutos, Universidad, implicándose en su vida y desarrollo: Consejo escolar, asociaciones de padres, etc.

-La actividad socio-política en sindicatos, partidos políticos que sean afines con la Doctrina social de la Iglesia, etc.

-La implicación en plataformas y asociaciones católicas (o próximas a los principios católicos y de la ley natural) que defienden la vida, el matrimonio, la familia, la libertad de educación de los padres respecto a sus hijos

-Hacer oír la voz del catolicismo –bien formado- en los diferentes medios de comunicación, tan poderosos hoy: periódicos, televisión, radio, blogs en Internet

-Colaboración gratuita y desinteresada en los distintos Centros de Orientación Familiar para ayudar a matrimonios y familias en los problemas que buscan resolver

Además las tareas eclesiales, que también son necesarias, tras previo discernimiento y capacitación: ministerio de lector litúrgico, acólito, canto y música litúrgica, la catequesis, la atención a los pobres, la visita a los enfermos, el funcionamiento interno de la parroquia (archivo, despacho, secretaría, sacristía, limpieza...), etc.

Hagamos cada cual lo que nos corresponda en la vida de la Iglesia. Ni sacerdotes secularizados ni seglares clericalizados. “Los fieles laicos deben esforzarse por expresar en la realidad, incluso a través del compromiso político, la visión antropológica cristiana y la doctrina social de la Iglesia. En cambio, los sacerdotes deben evitar involucrarse personalmente en la política, para favorecer la unidad y la comunión de todos los fieles, y para poder ser así una referencia para todos. Es importante hacer que crezca esta conciencia en los sacerdotes, los religiosos y los fieles laicos, animando y vigilando para que cada uno se sienta motivado a actuar según su propio estado” (Benedicto XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 17-septiembre-2009).

No estaría mal que para evitar confusiones y tener claridad doctrinal, para no ampararse en el “espíritu” del Vaticano II sino en sus textos reales, leyésemos:

-Para el sacerdocio: decreto Presbyterorum ordinis y su desarrollo en la exhortación apóstolica “Pastores dabo vobis”,

-Y para el laicado: decreto Apostolicam actuositatem y su desarrollo en la exhortación apostólica “Christifideles laici”.

jueves, 21 de enero de 2010

Secularización del sacerdote, clericalización de los laicos (II)


La aplicación del Concilio Vaticano II, el período postconciliar, ha coincidido con una etapa del siglo XX en que la modernidad ha dado ya paso a la post-modernidad, con una secularización absoluta de la sociedad y de la cultura, relegando la fe al ámbito privado y tomando como ideal la adaptación al mundo postmoderno. La cultura de la post-modernidad ha adoptado el relativismo como forma de medir la realidad, con lo que no hay Verdad absoluta sino opiniones, la tolerancia es método de vida, y todo se edifica sobre el vacío, sin referencia al Bien o a la Verdad.

Conocedores de esto, es muy fácil verificar que la secularización ha penetrado en la Iglesia y ha campado a sus anchas. ¿De qué forma? ¿Qué habremos de evitar? “Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y laicos. Por esa razón es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los laicos” (Benedicto XVI, Discurso al segundo grupo de obispos de Brasil en visita ad limina, 17-septiembre-2009).

El sacerdocio se secularizó primero externamente, abandonado incluso el vestido sacerdotal, y entregándose a tareas seculares más propias del laicado, se volcó en el mundo del trabajo, de la enseñanza o incluso de la política, y convirtiendo la comunidad cristiana en centro asistencial dinamizador del barrio o del pueblo, donde la predicación se reduce a contenidos sociales y políticos, impartiendo un “buenismo moral”. La identidad sacerdotal y la configuración con Cristo para el servicio de la Iglesia se disuelven para convertirse en un animador cultural, en un activista socio-político, en un trabajador social, perdiendo de vista la esencia del ministerio, arrinconando la vida litúrgica y espiritual, abdicando de su oficio de presidir la Iglesia, perdonar los pecados, etc, etc...

Ya decía Pablo VI, recién acabado el Concilio, a modo de advertencia: “La otra intención, inspirada también, ciertamente, por el deseo del bien, es la de aquellos que querrían borrar de sí toda distinción clerical o religiosa de orden sociológico, de hábito, de profesión, o de estado, para asemejarse a las personas comunes y a las costumbres de los demás; la de laicizarse, en definitiva, para poder penetrar de este modo, dicen, más fácilmente en la sociedad; intención misionera, si queréis, pero muy peligrosa y dañina, si termina en la pérdida de aquella específica virtud de reacción sobre el ambiente, que late en nuestra definición de “sal del mundo”, y hace que el sacerdote caiga en una inutilidad mucho peor que la señalaba anteriormente; lo dice el Señor: “¿Para qué sirve la sal que se ha vuelto insípida?” (cf. Mt 5,13)” (PABLO VI, Discurso al clero romano, 17-febrero-1972).

Es que el sacerdote es ante todo pastor: “Ante todo, sois sacerdotes: no sois ejecutivos, directores de empresa, agentes financieros o burócratas, sino sacerdotes. Esto significa, sobre todo, que habéis sido llamados a ofrecer el sacrificio, pues esta es la esencia del sacerdocio, y el centro del sacerdocio cristiano es la ofrenda del sacrificio de Cristo. Por eso la Eucaristía es la esencia misma de lo que somos como sacerdotes” (Juan Pablo II, Discurso a la conferencia episcopal de las Antillas en visita ad limina, 7-mayo-2002).

En vistas de eso, el laicado experimentó el influjo de esa misma secularización. Asumió funciones y tareas que en muchos casos no le correspondía; si el sacerdocio se secularizó, el laicado se clericalizó. Se confundió la promoción en el laicado con un principio de “democratización” de la Iglesia –copiando el planteamiento de la post-modernidad- y empezó a desempeñar solamente funciones intraeclesiales, incluso del gobierno de la comunidad cristiana.

El seglar comprometido, si se pudiese diseñar un perfil tan general, era el seglar que todos los días estaba en la parroquia en alguna reunión, organizando algo, decidiendo acciones pastorales, controlándolo todo, normalmente con poca vida interior, capaz de quedarse todos los días sentado en el despacho o en la sacristía, mientras el sacerdote celebra la Eucaristía, sin participar en la Misa diaria; un modelo de seglar clericalizado que al final resultaba un grupo cerrado en sí mismo, girando en torno al sacerdote que les dejaba hacer y decidir. Renunció este modelo de seglar comprometido a su misión específica que es el mundo, los asuntos temporales y la implantación de la Iglesia, ordenándolo todo según Dios; es más, fuera del templo parroquial, vivía un divorcio entre su fe y su existencia, y dejaba “la fe” sólo para la iglesia: en su casa, en el trabajo, con los amigos, etc., pensaba y vivía como todo el mundo secularizado.

jueves, 14 de enero de 2010

Secularización del sacerdote, clericalización de los laicos (I)


La renovación eclesial era necesaria y ha producido muchos frutos; la correcta aplicación del Concilio Vaticano II ha generado un dinamismo de vida en toda la Iglesia que hemos de agradecer. Sin duda, uno de los puntos sobresalientes fue la identidad del fiel laico y su misión. La promoción del laicado, necesaria, es evidente: conciencia de su dignidad, sentido vocacional y de misión apostólica, colaboración activa en la vida de la Iglesia superando los restos que pudieren haber de pasividad, de intimismo, de despreocupación.

Es la valoración que Juan Pablo II realizó en la Christifideles laici (magnífico documento para un año de catequesis de adultos):

“El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo. En nuestro tiempo, en la renovada efusión del Espíritu de Pentecostés que tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la Iglesia ha madurado una conciencia más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado de nuevo la voz de su Señor que la envía al mundo como «sacramento universal de salvación». Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo... De modo particular, el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña... Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han podido comprobar cómo el Espíritu Santo ha seguido rejuveneciendo la Iglesia, suscitando nuevas energías de santidad y de participación en tantos fieles laicos. Ello queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo estilo de colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por la participación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en la catequesis; por los múltiples servicios y tareas confiados a los fieles laicos y asumidos por ellos; por el lozano florecer de grupos, asociaciones y movimientos de espiritualidad y de compromiso laicales; por la participación más amplia y significativa de la mujer en la vida de la Iglesia y en el desarrollo de la sociedad. Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros” (ChL, n. 2).

Junto a las realizaciones positivas en el campo laical, también se han producido “dificultades y peligros”, en palabras del Papa. ¿Cuáles?

-“ la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político”

-y “la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas” (ibíd.).

¿Promocionar el laicado es reducirlo a tareas intraeclesiales?
¿Es dedicarlo en exclusiva a impartir catequesis?
¿Es encerrarlo entre las paredes del despacho parroquial a base de reuniones y revisiones?
¿Es estar en la sacristía sentados, sin hacer nada, simplemente entreteniéndose y creyendo que así están “implicados”, “comprometidos”?
¿Es protegerlos en la parroquia como un cálido refugio afectivo sin lanzarlos al orden temporal?
¿No se ha confundido la promoción al laicado con un acaparar al laicado sin una maduración de fe, experiencia creyente y formación doctrinal que los lance a la misión, al orden temporal que es lo propio de él?

domingo, 10 de enero de 2010

Transmisión de la fe (el Bautismo y la familia)


En el rito del bautismo de niños hay un signo explanativo elocuente. Tras el bautismo, la crismación y la imposición de la vestidura blanca, se enciende una pequeña vela en el cirio pascual, diciendo el ministro: "Recibid la luz de Cristo". Una vez encendida, el sacerdote o diácono, se dirige a los padres y padrinos: "A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz y perseverando en la fe pueda salir, con todos los santos, al encuentro del Señor".

El primer tema, muy paulino, es ser hijo de la luz y caminar en la luz de Cristo, rechazando las tinieblas del pecado. El pecado es oscuridad, desata las zonas oscuras del alma, y si lo cometemos, lo hacemos a ocultas, que nadie se entere. De ahí que sea la oscuridad y las tinieblas un símbolo muy adecuado.

El segundo tema es la transmisión de la fe. La pequeña llama ha de crecer y no ser apagada. La fe del niño dependerá del cuidado y atención de sus padres y padrinos: éstos lo iniciarán en la vida cristiana, en la práctica de la oración, en la celebración de los sacramentos, en vivir según el Evangelio. Éste fue el método durante siglos de evangelización cristiana: las familias evangelizaban a sus hijos y este método resultó ser sólido y expansivo durante generaciones.

La familia es un organismo vivo, en el que se realiza una circulación recíproca de dones. Lo importante es que no falte nunca la palabra de Dios, que mantiene viva la llama de la fe.

Con un gesto muy significativo, durante el rito del bautismo el padre o el padrino enciende una vela en el gran Cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, y luego, dirigiéndose a los familiares, el celebrante dice: "Que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz". Este gesto, que encierra todo el sentido de la transmisión de la fe en la familia, para ser auténtico debe ir precedido y acompañado por el compromiso de los padres de profundizar el conocimiento de su fe, avivando su llama con la oración y la práctica asidua de los sacramentos de la Confesión y la Eucaristía" (Benedicto XVI, Ángelus, 2-julio-2006).

El Bautismo de un hijo o de un nieto implica un compromiso activo y público de evangelización, de educación de la fe. La conciencia y el desarrollo de este compromiso serán un tejido capilar de evangelización hoy.


lunes, 23 de noviembre de 2009

¿Qué es eso de mística? ¿Y además para todos?


Se suele oír en ocasiones que la oración es para los consagrados, que los fieles bastante tienen con intentar santificarse con el trabajo profesional y un poco de apostolado. En otras ocasiones, la excusa es la falta de tiempo, muchas veces irreal, para dejar la oración y limitarse a recitar unas breves oraciones y salir del paso. ¡Pero la oración es para todos! La vida de oración es una gracia que Dios entrega en la vida para vivir en comunión de amor y amistad con Él y que su Gracia sostenga nuestra vida como lo más precioso que en la existencia podremos hallar.

Desechemos, así pues, la errónea idea de que la vida de oración está reservada en exclusiva para sacerdotes y religiosos. ¡El seguimiento de Cristo y la santidad de vida adquieren calidad en la oración!

Este convencimiento es el primer reto que ya tendríamos que haber superado. Juan Pablo II lo señalaba para el inicio de este Milenio: “Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «cristianos con riesgo». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral” (Novo Millennio Ineunte, n. 34).

La vida de oración, diaria, ordenada, con sus tiempos en exclusiva para Jesucristo, es un don, una gracia y una exigencia para todo católico, ya que sino seríamos “cristianos con riesgo” de que el mundo nos absorba, el pecado nos devore, el Maligno nos enrede. ¡Cuánto bien hace la oración sosegada de Laudes y Vísperas, un rato de meditación con un buen libro, la visita y adoración en el Sagrario, diariamente!

Más aún, el papa Benedicto en una catequesis hila aún más fino, y explica cómo la vida mística es para todos. Si entendemos mística por los fenómenos extraordinarios que algunos santos experimentaron, la mística estaría muy alejada de nosotros; pero entendiendo la vida mística como la acción plena del Espíritu Santo en nosotros, entendiéndola como una vida de oración que sumerge en el Misterio, entonces la vida mística es para todos, la unión mística con Dios es accesible a todos.

Veamos la catequesis del Papa. Presentando la persona y obra de San Simeón el Nuevo Teólogo, un gran santo del Oriente en el siglo X-XI, resalta que “el verdadero conocimiento de Dios no viene de los libros, sino de la experiencia espiritual, de la vida espiritual. El conocimiento de Dios nace de un camino de purificación interior, que comienza con la conversión del corazón, gracias a la fuerza de la fe y del amor; pasa a través de un profundo arrepentimiento y dolor sincero de los propios pecados, para llegar a la unión con Cristo, fuente de alegría y de paz, invadidos por la luz de su presencia en nosotros. Para Simeón esa experiencia de la gracia divina no constituye un don excepcional para algunos místicos, sino que es fruto del Bautismo en la existencia de todo fiel seriamente comprometido” (Catequesis, 17-septiembre-2009).

La vida mística es la consecuencia última del Bautismo y de cómo el Espíritu habita en nuestra alma y va elevándonos. ¿Consecuencia? “Este es un punto sobre el que conviene reflexionar, queridos hermanos y hermanas. Este santo monje oriental nos invita a todos a prestar atención a la vida espiritual, a la presencia escondida de Dios en nosotros, a la sinceridad de la conciencia y a la purificación, a la conversión del corazón, para que el Espíritu Santo se haga realmente presente en nosotros y nos guíe. En efecto, si con razón nos preocupamos por cuidar nuestro crecimiento físico, humano e intelectual, es mucho más importante no descuidar el crecimiento interior, que consiste en el conocimiento de Dios, en el verdadero conocimiento, no sólo aprendido de los libros, sino interior, y en la comunión con Dios, para experimentar su ayuda en todo momento y en cada circunstancia” (Ibíd.).

Por tanto, el camino hoy es tener vida diaria de oración, crecer en la oración, dejarse santificar y regir por el Espíritu Santo y desear alcanzar esa vida mística que es un conocimiento nuevo, amoroso, con sabor, de Dios mismo. Nadie está excluido; la vida mística es para todos.

Sólo un punto más: una pastoral seria –no secularizada- sabrá educar en la oración y acompañar a todos en el crecimiento de esta vida mística. O, si no, mala pastoral estaríamos ejerciendo.

jueves, 8 de octubre de 2009

Jóvenes católicos


Unas palabras de Benedicto XVI a los Jóvenes de la Acción Católica orientan para ver cuál es el testimonio que los jóvenes pueden dar hoy y el mucho bien de apostolado que pueden realizar en el mundo, pero al mismo tiempo señalar por dónde van los caminos de la formación catequética y espiritual de los jóvenes en nuestras parroquias, comunidades y movimientos.

"Queridos muchachos, el Señor Jesús siempre está con nosotros y siempre camina con su Iglesia, la acompaña y la protege. No dudéis nunca de su presencia. Aquel que viene a nuestro encuentro como el Emmanuel, "Dios con nosotros", nos asegura que está siempre en medio de los suyos: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

Buscad siempre al Señor Jesús; creced en la amistad con él; aprended a escuchar y a conocer su palabra y a reconocerlo en los pobres que hay en vuestras comunidades. Vivid vuestra vida con alegría y entusiasmo, seguros de su presencia y de su amistad gratuita, generosa, fiel hasta la muerte de cruz.

"Estás con nosotros". El Señor Jesús está verdaderamente con nosotros. Testimoniad a todos, comenzando por vuestros coetáneos, la alegría de su presencia fuerte y dulce. Decidles que es hermoso ser amigos de Jesús y que vale la pena seguirlo. Mostrad con vuestro entusiasmo que entre las muchas maneras de vivir que parece ofrecernos el mundo de hoy, todas aparentemente en el mismo nivel, sólo siguiendo a Jesús se encuentra el verdadero sentido de la vida y, por eso, la alegría verdadera y duradera" (Discurso, 19-diciembre-2005).

¿Qué se deduce?

-Una conciencia clara de que el catolicismo es relación vital con Jesucristo, no simplemente la entrega a unas tareas, a un voluntariado.

-La amistad personal con el Señor, siempre real y posible con la oración y los sacramentos de la Iglesia.

-El estupor ante una Presencia que acompaña y sostiene la propia vida, otorgándole felicidad, alegría, plenitud y un horizonte vital.

-El testimonio ante todos (Instituto, Universidad, ambiente laboral, amigos) de la alegría profunda, sincera, transparente, de la amistad con Cristo.

-La formación constante y la escucha de las palabras de Jesús para no estar sometido a los vaivenes de modas o ideologías.

Lo que conduzca a esto será verdadera pastoral; lo que entorpezca esto, o simplemente sirva para distraer y entretener a los jóvenes en nuestras parroquias y grupos, será secularización sin más.

domingo, 4 de octubre de 2009

La belleza y santidad del matrimonio indisoluble

Siempre igual: cuando se proclama el Evangelio de este domingo (“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre... Si uno se divorcia y se une a otra mujer comete adulterio...”) no falta quien se llega a la sacristía a decirte que “eres muy duro”, ¡y sólo he glosado el Evangelio para hablar de la indisolubilidad, del sentido del amor abierto a la entrega y al sacrificio y no sólo al amor romántico-sentimental que es inconsistente y fugaz!

El matrimonio es una realidad santa, querida por Dios, elevada a sacramento, santificada por su gracia. A los oídos católicos incluso les resulta duro este Evangelio, y no lo llegan a comprender basados en la superficie de un Jesús que es amor, un liberal que admite que si desaparece el amor, el divorcio es una salida razonable. ¡Los mismos católicos los piensan así!

Pero pierden de vista la realidad natural y sobrenatural del matrimonio. No se cimienta en los sentimientos, sino en la fidelidad de Dios y en la mutua entrega, que incluye el sacrificio, así como el amor de Jesucristo le llevó incluso a la cruz por fidelidad. Nadie dice que el matrimonio sea fácil ni camino de rosas, pero sí se dice –hay que decir- que la fidelidad y entrega sacrificial del matrimonio fundando una Iglesia doméstica se puede sostener con la gracia de Dios, con la vida de oración, con el recurso frecuente al sacramento de la Penitencia y la participación en la Eucaristía. Estos son los pilares para constituir el matrimonio en su verdad y belleza: una vocación, un camino de santidad.

Recordemos la doctrina de la Gaudium et spes sobre el matrimonio: “Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia... Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación” (GS 48).

La liturgia matrimonial recuerda claramente esta indisolubidad y el sentido santificador del matrimonio. En la fórmula de consentimiento es evidente: “te recibo a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida” (RM 66). También en el prefacio de la Misa ritual:

“Que con el yugo suave delamor
y el vínculo indisoluble de la unidad,
hiciste más fuerte la alianza nupcial,
para que aumenten los hijos de tu adopción
por la honesta fecundidad de los esposos.

Tu providencia, Señor, y tu amor
lo dispuso así de modo tan admirable,
que el nacer llena la tierra
y el renacer aumenta tu Iglesia” (RM 365),

y por supuesto la solemne y epiclética bendición nupcial, después del Padrenuestro:

“Oh Dios, que con tu poder creaste todo de la nada,
y, desde el comienzo de la creación,
hiciste al hombre a tu imagen
y le diste la ayuda inseparable de la mujer,
de modo que ya no fuesen dos, sino una sola carne,
enseñándonos que nunca será lícito separar
lo que quisiste fuera una sola cosa.
Oh Dios, que consagraste la alianza matrimonial
con un gran Misterio
y has querido prefigurar en el Matrimonio
la unión de Cristo con la Iglesia.
Oh Dios que unes la mujer al varón
y otorgas a esta unión,
establecida desde el principio,
la única bendición
que no fue abolida
ni por la pena del pecado original,
ni por el castigo del diluvio...” (RM 82).