sábado, 11 de junio de 2022

¡¡Jesucristo!! Él en todo.

Muy bien escrito, este "testamento espiritual" entregado al P. Grandmaison puede servirnos para centrar la vida en Cristo y darnos cuenta de hasta qué punto Jesucristo lo ha de ser todo.

Nada más querido que Jesucristo.

Nada más deseado que Jesucristo.

Nada mejor que Jesucristo.



Él en el centro del corazón.

Él en el centro de la inteligencia que lee, piensa, reflexiona.

Él en el centro de nuestras palabras, anunciándolo siempre.

¡Jesucristo! Él da coherencia y unidad interna a lo que somos, a lo que trabajamos, a lo que estudiamos y meditamos, al apostolado y testimonio.

¡Jesucristo siempre!

***



Testamento espiritual del P. Longhaye al P. Grandmaison, al fin del juniorado


            En cuanto al método y materia de sus estudios, deje Vd. obrar a la Compañía y trabaje de acuerdo con ella, teniendo siempre fijos los ojos en el fin supremo que es JESUCRISTO. Él es todo. Vd. lo sabía antes de oírlo tantas veces de mis labios; mi lección favorita ha caído sobre un terreno ya sembrado y fecundo. Vd. la repetirá a otros, pero ante todo la practicará a la letra.

            Si este testamento tuviera fuerza obligatoria, añadiría una cosa, solo una. Fíjese en la relación que tiene Jesucristo con cada una de las materias de sus estudios y así tendrá Vd. un medio más o menos directo de hacer de cada materia un argumento en pro de Jesucristo. Todo lo demás es curiosidad más o menos vana, ya que es más o menos incompleta o vacía. Y si el Señor le concediera a Vd. otros cuarenta o cincuenta años de vigor intelectual, aún sería poco para estudiar a Jesucristo y la relación que tienen con él todas las cosas divinas y humanas.


            Cultive Vd. además en su edad madura el talento especial, que la Providencia le ha concedido. Sea Vd. predicador, escritor, apologista o cualquier otra celebridad, su potencia de especialista será diez veces mayor, y su alma tendrá la gloria y el gozo de esta síntesis verdaderamente divina para la cual está hecha el alma de Vd.

            Mi deseo supremo: Ame Vd. a JESUCRISTO hasta el último instante de su vida. Vaya Vd. apasionándose cada día más por su persona adorable. Estudie Vd., investigue, hojee, espigue incesantemente por sí mismo y por medio de otros sus insondables riquezas. Contémplele Vd. obstinadamente hasta saberlo de memoria; mejor aún, hasta parecerse a Él, hasta ser absorbido en Él. Sí, que Él sea siempre el centro del pensamiento y de los conocimientos de Vd., el término práctico de sus estudios, sean los que sean. Haga Vd. de Él el objeto moralmente único, el argumento soberano, el alma triunfante de su apostolado.

            Sea Vd., si a Dios place y solo por su gloria, muy afamado como profesor, predicador, escritor, misionero o lo que sea. Pero desconocido o célebre, ocupado en los más altos o en los más humildes ministerios, a lo menos que cuantos le rodean vean en Vd. al hombre lleno y poseído de Jesucristo, al hombre que a propósito y fuera de propósito –si fuera posible- hable siempre de Jesucristo; y hable de la abundancia del corazón. Cualquiera que sea la inevitable parte de imperfección y de incoherencia humana que pueda Vd. tener, a lo menos no será Vd. de esos que abren un abismo entre su inteligencia y su corazón, entre su doctrina y su vida. Vd. no será de esos que conciben por el maestro una especie de pasión más bien intelectual, un entusiasmo más bien estético, ni de esos que le aman con la cabeza y con la sensibilidad, sin tener valor para abrirle el fondo de su alma. Y Vd. rogará -¿verdad que sí?- para que yo no sea tampoco de ésos.

            JESUCRISTO meditado, Jesucristo conocido, Jesucristo amado con una pasión siempre creciente y coherente consigo misma, ha de ser todo para Vd., Hermano mío… ya que Él se digna llamarle a Vd. de una manera manifiesta. Él es la dignidad de la vida religiosa de Vd.; Él es su fuerza, su consuelo, su alegría y su potencia útil.

            Y sea ésta la última palabra de mi testamento, grave, ardiente y dulce, como la recomendación suprema de un moribundo.

            9 de septiembre de 1890.





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