domingo, 3 de marzo de 2019

Participar en la vida de la Iglesia (Palabras sobre la santidad - LXVI)



            La vida de la Iglesia, su realización histórica, su misión, su evangelización, deben interesar a todos y cada uno de sus miembros que, por el bautismo, son parte de la Iglesia…¡y ojalá que parte viva y no enferma o parasitaria!

            Cuando uno descubre que, en el bautismo, es hijo de la Iglesia, miembro del Cuerpo eclesial, entonces siente la vida de la Iglesia en su propia alma: no la ve como algo ajeno a su persona, ni se sienta como espectador frente a la Iglesia como un crítico de cine, que ve los defectos, los critica, y denosta a la “Iglesia institución”, con soberbia y suficiencia no disimuladas. Parece que la Iglesia no va con él, ni que él forma parte de la Iglesia y es un miembro suyo.

            Quien descubre el misterio y la verdad de la Iglesia, su Misterio divino y humano, trascendente e histórico, el principio del Espíritu que le da vida, etc., quien descubre las dimensiones de la Iglesia… ¡no puede menos que amarla con pasión, con verdad!

            Cuando se llega a alcanzar esta conciencia de la Iglesia, ¡conciencia eclesial!, entonces como un gozoso deber, se quiere participar más en su vida, involucrarse en su misión, ser parte activa. Ha hecho suya la vida de la Iglesia toda, la ha asumido, la ha integrado en su corazón.

            Pero esto requiere una explicación, mejor, una matización: ¿qué es participar en la vida de la Iglesia? ¿Qué se entiende por participar hoy y cuál sería el concepto exacto, preciso, certero, del término “participación”?

            De unos años para acá, la participación en la vida eclesial se entiende al modo secular; los sistemas democráticos de las sociedades modernas se han convertido en una referencia para la Iglesia; a ésta se la ha querido transformar según criterios sociologistas, implantando sistemas democráticos en todo y para todo como si fuera una sociedad más, olvidando la naturaleza y constitución de la Iglesia realizada por el mismo Señor.

            Ya san Juan Pablo II preguntaba: “¿Se consolida, en la Iglesia universal y en las Iglesias particulares, la eclesiología de comunión de la Lumen Pentium, dando espacio a los carismas, los ministerios, las varias formas de participación del Puegblo de Dios, aunque sin admitir un democraticismo y un sociologismo que no reflejan la visión católica de la Iglesia y el auténtico espíritu del Vaticano II?” (Tertio millennio adveniente, 36). ¡Cierto!, muchos gérmenes de secularización se infiltraron en la Iglesia: ahora ese democraticismo invade realidades eclesiales y muchas mentes. Esa fue la conclusión a la que llegaron los Padres sinodales en el Sínodo extraordinario de 1985: “¿No les hemos dado ocasión hablando demasiado de renovar las estructuras eclesiásticas externas y poco de Dios y de Cristo? A veces faltó también discreción de espíritus no distinguiendo correctamente entre la apertura legítima del Concilio, hacia el mundo, y, por otra parte, la aceptación de la mentalidad y escala de valores del mundo secularizado” (Relatio finalis, I,4).


            Esa mentalidad ha influido, y mucho, en la vida concreta de la Iglesia. Por ejemplo, la reforma y renovación de la Iglesia en lugar de ser interior, se ha centrado únicamente en la creación y revisión de estructuras eclesiásticas, en multitud de documentos y proyectos pastorales, siempre en revisión constante: “La eclesiología de comunión no se puede reducir a meras cuestiones organizativas” (Relatio finalis, II,C,1).

            Se ha producido una clericalización de los laicos y una secularización de los sacerdotes. Parecería que participar en la vida de la Iglesia es formar parte de algún organismo o estructura eclesiástica: Consejo, coordinadora, delegación, equipo, junta de gobierno, etc., y ostentar alguna responsabilidad eclesiástica: vocal, responsable, encargado, coordinador, delegado, etc. Más aún, se llega a identificar exclusivamente participar en la vida de la Iglesia con desempeñar algún servicio concreto intraeclesial: catequesis, cáritas, equipos de liturgia, cursillos de adultos, pastoral de enfermos, grupo de misiones, etc., en un claro, y se podría añadir, dramático proceso de clericalización del laicado al que se le reparten tareas intraeclesiales y se les priva del horizonte completo de la vida y misión de la Iglesia en el mundo. Incluso se valora mal, y se le califica despectivamente, a aquel que no quiere o no puede o no se siente llamado a integrarse en esos cuadros organizativos o en esas funciones, como si fuese un cristiano inmaduro o superficial.

            ¿Sería eso, nada más que eso, participar en la vida de la Iglesia? Si así fuera, la Virgen María estaría fuera y excluida de la Iglesia, ya que no formó parte ni de su estructura de gobierno apostólico, ni era miembro de ningún Consejo, ni fue misionera como Pablo y Bernabé. ¿Y alguien puede negar la primerísima función y misión de María en la Iglesia?

            Si la participación en la vida de la Iglesia fuera sinónimo de actividad en grupos eclesiales y reuniones en Consejos y organismos, tampoco participaría en la vida de la Iglesia un enfermo imposibilitado, o una contemplativa en su clausura, o un profesional entregado a su trabajo, a su familia y a la educación cristiana de sus hijos sin tiempo para más, o esa persona sencilla que va a adorar al Santísimo expuesto durante media hora, o tantos otros. Los ejemplos se podrían multiplicar en esta línea.

            Luego la verdadera participación en la vida de la Iglesia habrá que hallarla en otro punto que pueda ser común para todos y que no implique ni activismo, ni clericalización, ni democraticismo. ¿Cuál puede ser? El punto que a todos nos aúna es la santidad.

            El santo es quien participa más en la vida de la iglesia, es quien participa más de la vida de la Iglesia. Se ha expropiado de sí mismo, y ha entregado todo lo que él hace y todo lo que él es al servicio de la Comunión eclesial. Nada se ha reservado. Se sabe un miembro pequeño, “el último”, “el menor” –como Pablo (1Co 15,9; 1Co 4,9)-, y ofrece lo suyo al bien común eclesial. Tal vez, porque no sea su lugar, no asista a mil reuniones, ni entregue formularios de revisiones trimestrales, ni haga anotaciones al Orden del día enviado por el secretario del Consejo, pero su vida es plenamente de la Iglesia porque vive la santidad cotidiana y aporta a la Iglesia esa vida entera, como savia –tal vez pequeña, anónima- que enriquece y nutre a todos los miembros.

            Así la vida de la Iglesia no es más floreciente porque se acreciente el número de reuniones, Consejos y organismos, sino que lo será si hay santidad en sus miembros, amor a Cristo, obediencia a su Palabra, docilidad a la gracia, floreciente vida litúrgica. Así es como la Iglesia se renueva y crece:

Contemplamos la vitalidad de la Iglesia, como el padre mira el rostro de sus hijos para ver si están sanos, alegres, buenos. O también como el pastor que mira con avidez y afecto su grey, para ver si está completa, unida y le sigue. O también como el médico que observa en los signos externos de una persona su estado de salud interior. Así miramos nosotros a la Iglesia, sabiéndola muy rica en almas vivas y santas” (Pablo VI, Audiencia general, 14-septiembre-1966).

            La vitalidad de la Iglesia se cifra en las almas santas, no en la multiplicidad de organismos decisorios; se cifra en la santidad vivida por sus hijos, no en el incremento de burocracia y oficinas interdiocesanas, diocesanas y parroquiales plagiando sistemas empresariales y de marketing.

            Quien más se entrega sin reservas a la obra del Señor, quien más confía en la gracia que en sus propios recursos naturales, quien más se deja llevar por la actuación del Espíritu Santo, ése vive en santidad, ése participa desde lo más interno en la vida de la Iglesia. Se convierte en un miembro vivo y eficaz dentro de la Comunión de los santos:

            Uno de los signos que nos parece mejor indica la vitalidad de la Iglesia, que Nos estamos indagando, es la participación; la participación, decimos, de los miembros de la Iglesia en su vida... La humanidad misma, que forma la Iglesia, puede irradiar el elemento divino –la verdad, la caridad, la santidad, la inmortalidad-… En virtud de ello cada persona se convierte en célula viva del cuerpo místico del Señor, la Iglesia, si procura participar en lo que la unifica y vivifica” (Ibíd.).

            Una corriente de vida y de gracia fecunda constantemente la Iglesia; brota del Corazón del Salvador y vivifica a todos. Quien la recibe, agradecido, se convierte en miembro vivo, acrecienta su sentido de Iglesia y se dispone a darse por completo. ¡Esto es para todos como universal y para todos es la vocación a la santidad!: niños, jóvenes, ancianos; matrimonios y familias; enfermos e imposibilitados o catequistas y misioneros; contemplativos en sus Monasterios o trabajadores en sus respectivas profesiones…

            El criterio entonces de participación en la Iglesia no es la intervención, ni prestar un servicio parroquial (siendo buenos y necesarios, claro está), sino la participación está referida a la santidad, y cuanta mayor vida de santidad, mayor y mejor y de más alcance será la participación en la vida real de la Iglesia:

“También se ve cómo la mejor suerte para el cristiano es la de participar con plenitud en la vida de la Iglesia. ¿Quién participa más en ella? Es evidente, quien recibe de la Iglesia su santidad sacramental y trata de transfundirla a su santidad moral. Los santos son los miembros vivos de la Iglesia. Y todos estamos llamados a la santidad” (Ibíd.).


1 comentario:

  1. Precioso post. Yo añadiría que tomando la Voluntad de Dios para cada persona, como meta fundamental de vida cristiana, siendo capaz de dejar en segundo ó tercer plano los propios proyectos e ideas, es decir abnegando la propia voluntad en todo, es como el Señor, poco a poco, en la medida de la entrega de cada alma, puede y va santificando a cada miembro de la iglesia.
    Un saludo filial, Padre Javier

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