¿Cómo es posible que el Señor esté presente en la
liturgia (SC 7)?
¿De qué forma nos tocan los misterios de Cristo a cada
uno de nosotros?
Y, a la vez, y en otro plano, ¿por qué la Hostia grande, o varias
Hostias grandes, el pan consagrado, el sacerdote debe “realmente partirlo en
partes diversas y distribuirlas, al menos, a algunos fieles” (IGMR 321)?
¿Por qué la liturgia es “fons et culmen”, fuente y
culmen, de la vida de la
Iglesia (SC 10) y sin embargo no agota toda la vida y acción
de la Iglesia
(SC 9)?
¿O, por qué al nombrar a “Jesucristo” en el Gloria in
excelsis (cf. Caeremoniale, 68 a), o a las palabras del Credo “y por obra del
Espíritu Santo...”, todos nos inclinamos respetuosamente (IGMR 137)?
¿Cuál es la razón por la que la Iglesia vive de la Eucaristía?
¿Qué vinculación, qué lazo de unión tienen la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía?
¿Cómo es que se actualiza el Misterio pascual HODIE,
“Hoy”, HIC ET NUNC, aquí y ahora, y en la liturgia “hay que poner el mayor
empeño” (NMI 35) en palabras de Juan Pablo II?
¿O, por qué en la tercera edición del Misal, hemos de
ponernos ya en pie al decir “Orad hermanos para que este sacrificio...” (IGMR
43; 146), o estar de rodillas en la consagración (ibíd.) o que los fieles
“cuando comulgan de pie... antes de recibir el Sacramento, hagan la debida
reverencia” (IGMR 160), es decir, una inclinación?
¿Por qué es obligatorio que el sacerdote se lave las
manos en la Misa
–con claro sentido espiritual- “de pie a un lado del altar” (IGMR 145) y no en
el altar o poniendo un cuenco encima para que se lave en él?
¡Cuántos otros ejemplos y contrastes se podrían proponer!
Lo grande se expresa en lo pequeño. Y todo tiene su
relación, su sentido, su forma concreta de realizarse según señala la Iglesia.
Las grandes realidades de la fe, los Misterios salvadores de Cristo, se hacen presente en la liturgia y se expresan a veces con multitud de pequeñas cosas, pequeños elementos (ritos, inclinaciones, cantos, etc.). Lo grande se da en lo pequeño de la liturgia.
Por eso hay que conocer bien la liturgia, celebrarla adecuadamente -sin cambiar ni variar nada ni añadir nada- y profundizar en su sentido teológico y espiritual, sabiendo el porqué de las cosas.
Clarísimo: "sabiendo el porqué de las cosas"
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