sábado, 4 de septiembre de 2021

"Levantemos el corazón..." (Respuestas - XXVIII)




1. Heredado de la liturgia sinagogal, este diálogo se introdujo fácil y rápidamente en la liturgia cristiana y lo hallamos en todos los ritos de las distintas familias litúrgicas tanto occidentales como orientales: “El Señor esté con vosotros… -Levantemos el corazón / Lo tenemos levantado hacia el Señor. –Demos gracias al Señor, nuestro Dios / Es justo y necesario”.



            Actualmente, en el rito romano, este diálogo se realiza al inicio de la plegaria eucarística y el diácono durante el canto del pregón pascual, en la noche de la santísima Vigilia pascual. Antes, y tenía su razón de ser, y era muy expresivo, se realizaba también este diálogo en la plegaria de bendición del agua bautismal en la Vigilia pascual y el obispo al iniciar la gran plegaria de consagración del santo crisma; hoy esto se ha suprimido.

            Veamos las rúbricas de la Ordenación General del Misal romano. El diálogo inicia la gran plegaria eucarística: “En este momento comienza el centro y la cumbre de toda la celebración, esto es, la Plegaria Eucarística, que ciertamente es una oración de acción de gracias y de santificación. El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo. El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio” (IGMR 78).


            Las rúbricas del Ordinario de la Misa señalan lo siguiente: “Al iniciar la Plegaria Eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta o dice: El Señor esté con vosotros; el pueblo responde: Y con tu espíritu. Cuando prosigue: Levantemos el corazón, eleva las manos. El pueblo responde: Lo tenemos levantado hacia el Señor. En seguida el sacerdote, con las manos extendidas, agrega: Demos gracias al Señor, nuestro Dios, y el pueblo responde: Es justo y necesario. A continuación el sacerdote, con las manos extendidas, continúa con el Prefacio” (IGMR 148).

Nada dice del tono de voz –que la tradición litúrgica siempre calificó de “tono de prefacio”, es decir, más fuerte y elevado-, pero sí señala que las manos están más elevadas que en las demás oraciones de la Misa. Se extienden en el saludo: “El Señor esté con vosotros”, y se elevan al decir: “Levantemos el corazón”, y así elevadas se continúa la plegaria eucarística. Hasta la elevación de las manos del sacerdote destaca que esta gran oración es superior a todas las demás de la Misa.


            2. Los Padres de la Iglesia tuvieron en alto honor y estima la liturgia, hasta tal punto que sus homilías, sermones y muchos tratados, partían de textos o ritos litúrgicos para explicarlos a sus fieles. Es decir, realizaban una mistagogia de la liturgia, una profundización a partir de la misma liturgia a sus oyentes o lectores.

            No es de extrañar que en ellos encontremos sermones explicando el sentido y alcance de este diálogo: “¡Levantemos el corazón!”, “¡Demos gracias al Señor, nuestro Dios!” Los fieles del pueblo cristiano participaban así mucho mejor de la liturgia, captaban su belleza y su misterio, eran conscientes de lo que hacían y respondían en la santa liturgia.


            3. Ejemplos no faltan de la explicación mistagógica de los Padres a este diálogo ritual: sean ellos los que ahora nos enseñen a nosotros.

            A los nuevos bautizados, S. Cirilo de Jerusalén les dedica unas Catequesis mistagógicas, enseñándoles paso a paso los sacramentos pascuales que ya han recibido. Al llegar a la plegaria eucarística, les dice esto sobre el diálogo:

            “Después de esto, el sacerdote clama: “Levantemos el corazón”. Porque verdaderamente en esta hora tremenda conviene levantar el corazón a Dios, y no rebajarlo a la tierra y a los negocios terrenos. Equivale, pues, a que el sacerdote mande en aquella hora dejar los cuidados todos de la vida y las solicitudes domésticas, y levantar el corazón al cielo, a Dios amante de los hombres.

            Después respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, asintiendo al mandato por medio de lo que confesáis. Nadie pues asista de tal manera que diciendo con la boca: “lo tenemos levantado hacia el Señor”, con la intención tenga su espíritu en los negocios de la vida. En todo tiempo, pues, debemos acordarnos de Dios. Y si esto por debilidad humana es imposible, al menos en esta hora debemos procurarlo” (Cat. Mist. V,4).

            Usado también en la liturgia antioquena, san Juan Crisóstomo, como antes san Cirilo, pide la máxima atención a los fieles y que ni se distraigan ni charlen, sino que realmente el corazón esté en el Señor:


            “A los que olvidan las divinas colectas y a los que en la hora de la terrible y mística cena se ocupan en vanas conversaciones y charlatanerías les diría yo: Hombre, ¿qué estás haciendo? Cuando el sacerdote dijo: “Levantemos el corazón”, tú, ¿no le hiciste una promesa diciendo: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”?, ¿no te avergüenzas y enrojeces de ser hallado mentiroso en aquella hora? ¡Extraña cosa! Está preparada la mística cena, y el Cordero de Dios se inmola por ti; por ti se angustia el sacerdote, brota de la sagrada mesa el fuego espiritual, asisten los querubines, vuelan en torno los serafines, los espíritus de seis alas cubren su rostro, todas las virtudes incorpóreas con el sacerdote interceden por ti; desciende del cielo el fuego espiritual; la sangre se derrama del costado inmaculado al cáliz para tu purificación, y tú, ¿no temes ni te avergüenzas de encontrarte en esa hora tremenda hecho un mentiroso? Teniendo la semana ciento sesenta y ocho horas, sólo una separó Dios para Sí, y tú la empleas en obras profanas y ridículas y en vanas charlatanerías. ¿Con qué confianza te acercas después a los misterios?” (S. Juan Crisóstomo, Sobre la penitencia, hom. 9).


            Idéntica interpretación ofrecerá san Agustín; nuestra atención al Señor, arriba, llena de esperanza, sin distraernos con lo terrenal:

            “Toda la vida de los verdaderos cristianos es un: “¡Levantemos el corazón!”; dije la de los verdaderos cristianos (los hay sólo de nombre), de los cristianos en realidad y verdad. ¿Qué significa ese: “Levantemos el corazón”? Poner la esperanza en Dios y no en ti. Tú estás abajo, Dios arriba. Si colocas en ti la esperanza, tiene abajo el corazón y no arriba. Por lo cual, oyendo al sacerdote decir: “¡Levantemos el corazón!”, respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”; lo tenemos en el Señor. Que la respuesta lleve dentro una verdad. No niegue la conciencia lo que dice la lengua” (Serm. 229,3).

            Otra interpretación que ofrecerá san Agustín señala cómo es pura gracia levantar el corazón:

            “Lo primero, después de la oración, se os advierte que levantéis arriba los corazones; esto tienen que hacer los que son miembros de Cristo. Si sois miembros de Cristo, ¿dónde está vuestra cabeza? No puede haber miembros sin cabeza; si la cabeza no hubiera ido delante, los miembros no podrían seguir. ¿Adónde fue vuestra cabeza? ¿Qué es lo que repetís en el símbolo? Al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre. En el cielo, pues, está nuestra cabeza; por eso al oír: “Levantemos el corazón”, respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”; y para que no atribuyáis a vuestra propias fuerzas, a vuestros propios méritos, a vuestros propios esfuerzos, el tener vuestros corazones en el Señor, porque don de Dios es tener levantados los corazones, por eso continúa el obispo o presbítero que ofrece el sacrificio: “Demos gracias al Señor nuestro Dios” por tener levantados el corazón” (Serm. 227).

            Y también:

            “Pues de alguna manera preguntamos y avisamos y decimos: “Levantemos el corazón”. No abajo; el corazón se pudre en la tierra; levantadle al cielo. Pero ¿adónde arriba el corazón? ¿Qué respondéis? ¿Adónde arriba el corazón? “Lo tenemos levantado hacia el Señor”… Arriba el corazón, si no es al Señor, no es justicia, sino soberbia; por eso cuando hemos dicho: “Levantemos el corazón”, porque todavía tener el corazón arriba puede ser soberbia, vosotros respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Luego es dignación; soberbia, no; y porque es ésta una dignación, el que tengamos el corazón arriba hacia el Señor, ¿lo hemos hecho nosotros? ¿Lo pudimos con nuestras propias fuerzas? La tierra que éramos, ¿la hemos levantado hasta el cielo? De ningún modo. Él lo hizo; Él se dignó; Él alargó su mano; Él ofreció su gracia; Él puso arriba lo que estaba abajo” (Serm. 229 A,3).


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