miércoles, 22 de abril de 2020

Jesús en el Sagrario



¿Quién se contenta con ver la foto de alguien a quien quiere en vez de estar con él, salir juntos, comer, dar un paseo? Cuando se quiere a alguien, lo que se quiere es estar con él, convivir, compartir... y una foto es sólo un recordatorio y una suplencia. Nada puede sustituir la presencia de la persona querida. Por eso no nos detenemos sin más en las imágenes del Señor, por bellas que sean, por artísticamene bien labradas que estén..., sino que las imágenes de Cristo nos conducen a algo más: ¡¡a estar con Él de verdad!!


 
Tenemos la gran ventaja de su presencia real. Está muy cerca porque el Sacramento de la Eucaristía es su presencia real y en cada Sagrario está Él: basta acercarse, rezar de rodillas, mirar la puerta del Sagrario y la vela roja encendida cerca de él para estar en su presencia, disfrutar de su amor, gozar de su compañía, hablarle, interceder, conversar con Cristo. 

Ahí está: en cada Sagrario, ¡Jesús vivo!

Deberíamos abrir los ojos del corazón con sencillez, dilatar y ensanchar nuestra alma, encender nuestros afectos y devoción y asombrarnos de tan gran maravilla; será ocasión de ver la Belleza del Misterio de la Eucaristía, para contemplar y gozar de la potencia y Vida de Cristo Resucitado. Entonces, y sólo entonces, quedaremos fascinados por Cristo. 


¿Cómo es posible, Señor, que te hayas quedado con nosotros? 
¿Cómo es que te has dignado cambiar la sustancia del pan en tu cuerpo? 
¿Cómo puede ser, Señor, que tu delicia sea estar con los hijos de los hombres; cómo que Tú nos des pan vivo, alimento de inmortalidad? 
Señor de infinita misericordia, Resucitado, ¿tanto amor nos tienes que te entregas a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía?



Es menester que brote en nosotros, en cada alma, asombro, admiración, amor, gratitud, ante el portento del amor que es la Eucaristía. Sólo así habrá en nuestra alma verdadero amor por la Eucaristía y la consideraremos como lo que es, un gran regalo, el más grande y verdadero regalo del Resucitado.

La petición de los discípulos de Emaús, que tantas veces es nuestra propia petición, “quédate con nosotros”, fue y es realmente atendida, de manera insospechada y grande; con palabras de Juan Pablo II: 


“A la petición de los discípulos de Emaús de que permaneciera ‘con’ ellos, Jesús respondió con un don mucho más grande: mediante el sacramento de la Eucaristía encontró la forma de permanecer ‘en’ ellos. Recibir la Eucaristía significa entrar en comunión profunda con Jesús” (Mane nobiscum Domine, 19).

 Vivir más profunda e intensamente la Eucaristía será, indefectiblemente, crecer en la vida interior y en santidad, en el amor de Cristo, en el servicio atento al prójimo, al hombre, transformando nuestro mundo. Hemos, pues, de vivir eucarísticamente, vivir cada vez más la Eucaristía y vivir de la Eucaristía.

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