jueves, 20 de enero de 2022

Argumentos de Tradición para la liturgia (S. Isidoro)




La liturgia además está configurada, y como tal se recibe, por “la tradición apostólica” (I, introd.). Al ser un hecho de Tradición, junto a lo que expresamente relata o prescribe la Escritura, se recibe y se tiene como norma lo que ha llegado a la vida de la Iglesia por tradición apostólica.



La importancia del canto de los salmos en la Iglesia viene avalada por el hecho de la Tradición y por la referencia a san Agustín. “La Iglesia antigua de tal forma cantaba que mandaba salmodiar al cantor con ligera flexión de la voz, de tal manera, que más se asemejaba a un declamador que a un cantor. Por los sensuales, no por los espirituales, se introdujo en la Iglesia la costumbre de cantar, para que, a quienes no conmovían las palabras, se enterneciesen con la suavidad de la armonía” (I, 5). 


Explicado lo cual recurre a la doctrina del Doctor gratiae:


            “Así el bienaventurado Agustín, en el libro de sus Confesiones, aprueba la costumbre  de cantar en la Iglesia, “para que por el halago de los oídos, dice, al ánimo débil se eleve a la degustación de la piedad, pues en las mismas santas exhortaciones más piadosa y ardientemente se levantan nuestras almas al ardor de la piedad mediante el canto que sin él. Todos nuestros afectos según la diversidad de sones, acaso por la novedad, no me explico por qué misteriosa tendencia, se excitan más mediante el canto que se ejecuta con suave y artística voz” (I, 5).  


De la Tradición viene la práctica litúrgica de los himnos, composiciones poéticas cantadas, rechazadas en otras Iglesias. Los himnos más antiguos son compuestos por san Hilario y la composición llega a grado excelso y amplísima difusión en Occidente con san Ambrosio. Es lo que explica san Isidoro: 


“Hilario, obispo de las Galias, pictaviense de origen, conspicuo por su elocuencia, fue maestro en componer himnos. Tras él, es gloriosamente conocido el obispo Ambrosio, enaltecido varón en Cristo y doctor clarísimo en la Iglesia como prolífico autor de himnos; por él les viene el nombre de himnos ambrosianos, porque fue durante su episcopado cuando comenzaron a entonarse en la diócesis de Milán y, tan célebres se hicieron, que se extendieron a todas las iglesias de Occidente. Se da el nombre de himno a toda composición poética compuesta para alabar a Dios” (I, 6).


miércoles, 19 de enero de 2022

"Anunciamos tu muerte..." - II (Respuestas - XXXII)



4. Siempre más sobrio, el rito romano no conoce ni practicó tantas intervenciones por parte de los fieles. Tradicionalmente sólo tuvo tres: el diálogo inicial, el Sanctus y el Amén final.

            Con la reforma litúrgica y el Misal romano de 1970 se introdujo una aclamación después de la consagración. Las palabras “Mysterium fidei”, que con el transcurso de los siglos se desplazaron al interior de las palabras de la consagración del cáliz, se eliminaron de ese lugar y se colocaron tras la consagración como una afirmación de fe y aclamación que el sacerdote pronuncia: “Éste es el sacramento de nuestra fe” o “Éste es el Misterio de la fe”, y los fieles cantan o responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”



            Al reimprimir la segunda edición del Misal romano en castellano, en 1988, se añadieron otras dos fórmulas más, de libre elección, para esta aclamación después de la consagración. En la 2ª fórmula, el sacerdote dice: “Aclamad el misterio de la redención”, y se responde: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”. Por último, en la 3ª fórmula ad libitum el sacerdote dice: “Cristo se entregó por nosotros”, prosiguiendo el pueblo: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor”.

            El sentido de aclamación que poseen estas fórmulas, requiere que en las Misas más solemnes se cante, enfatizando la alabanza de todos.

martes, 18 de enero de 2022

Caminos (sencillos) del humanismo cristiano

El valor de la persona, el reconocimiento del valor y dignidad del otro, el respeto a su pasado y a su presente, a su riqueza interior... en nuestro mundo, son llamada y signo de un nuevo momento y expresión histórica del cristianismo, la de un recto y profundo humanismo cristiano



Más aún, ya Juan Pablo II, en su primera encíclica, "Redemptor Hominis", programática de lo que es su pontificado, afirmaba que "el hombre es el camino de la Iglesia" (nº 14): el hombre no es un absoluto, está referido, abierto, religado, llamado, a Dios: aquí radica la mejor y más esencial referencia del humanismo cristiano, que nace en el mismo momento en que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14) uniéndose de este modo a todo hombre (GS 22).

Se habla a menudo, en la prensa, en la televisión, de la "deshumanización" que invade nuestro mundo. El cine contemporáneo lo denuncia, la misma sociedad reclama un mundo "más humano". Mas esta plena humanización sólo encontrará su más plena y satisfactoria realización en el catolicismo.

Signos de deshumanización se denuncian cuando a los enfermos, en hospitales o consultas médicas, se les trata, a veces, como un estorbo, casi sin respeto, como un número o expediente, hacinados en los pasillos, perdiendo toda dignidad; o el trato frío de las ventanillas de cualquier oficina, donde se despersonaliza, sin una acogida ni ningún rasgo de amabilidad, de ver en el otro una persona; signos de deshumanización, incluso, en la misma Iglesia pueden ocurrir cuando se exige, se obliga, se imponen cargas pesadas pero luego no se mueve un dedo para ayudar a llevarlas (cf. Mt 23,4) siendo así que el Evangelio es descanso, yugo suave y carga (cf. Mt 11,28.30), que no agobia, ni hunde, ni provoca desconsuelo en el alma; se puede dar una deshumanización cuando en la Iglesia no se escuche al otro, sus necesidades y problemas, sus carismas y sus deseos, porque la Iglesia -en sus hijos- deberá y querrá escucharlo y recibirlo "como al mismo Cristo" (máxima que tanto insistirá S. Benito en su Regla Monástica), amarlo e intentar ganarlo para Cristo, con suavidad, con "lazos de amor" (Os 11,4).

En todas las circunstancias y en todos los ámbitos, la Iglesia sabe que el hombre es su camino, portadora Ella misma del mejor y más profundo humanismo que lo va realizando como germen, semilla y fermento del Reino. Ella misma "humaniza" porque sabe el valor que tiene toda persona (¡y el alto precio que Jesucristo pagó por ella: su propia sangre!). 

domingo, 16 de enero de 2022

Sentencias y pensamientos (XXVII)

12. ¿Eres tú o tenemos que esperar a otro? Las obras de Cristo están patentes y son fruto hoy de su Presencia en la vida de nuestros hermanos: el perdón que vence cualquier ofensa sin resentimiento; la paz en medio de tormentas de la vida; la alegría comunicativa, tal vez, en medio de una enfermedad... Es Cristo quien lo logra. Con esas obras, ¿de verdad vamos a fiarnos de otro? ¡Es Él! Ven. Ven.
 
 
 
13. Cristo sigue siempre pasando por la vida: unos Cursillos, un retiro, unos Ejercicios, una catequesis, una homilía, un rato de adoración, una enfermedad, una persona... sólo hace falta estar atentos como Zaqueo, deseosos de Él, necesitados de su Presencia.
 
 

14. El evangelio de Zaqueo es evangelio de esperanza: la misericordia inmensa de Cristo que sigue pasando por nuestra vida. Ni se escandaliza de nuestros pecados y debilidades, ni nos juzga con desprecio. Va a nuestro encuentro pasando por nuestra vida. Quien lo acoja, halla la salvación, cambia de vida, experimenta una plenitud única.

¡Qué bien, Señor, que no huyes de mí, ni pasas de largo!, ¡no me condenas, no me humillas! Me amas, me aceptas, me acoges, me abrazas y me transformas.



viernes, 14 de enero de 2022

Internet para la evangelización



Si, tal como expresó el poeta clásico Terencio, “nada de lo humano me es ajeno”, Internet no es una realidad comunicativa ajena o extraña a la Iglesia, sino que también le importa y asume esta realidad de comunicación virtual como medio de evangelización, transmisión de la fe, educación cristiana y presencia que engendra cultura. 




Pensar así, comprender de esta forma el fenómeno de Internet, implica abandonar una visión pastoral estrecha y reducida (una “pastoral de campanario”) que sólo ve lo poco que a uno le rodea limitándose a hacer “lo de siempre” y mirando como sospechoso otras formas, métodos o realidades a las que se califica despectivamente como “pérdida de tiempo”.

Si en general los nuevos medios de comunicación social eran calificados por Juan Pablo II como areópagos, Internet, más en concreto, es definido como un foro, y esto mismo ya supone una riqueza y demuestra lo interesante, apasionante incluso, que puede resultar la red:

            “Internet es ciertamente un nuevo “foro”, entendido en el antiguo sentido romano de lugar público donde se trataba de política y negocios, se cumplían los deberes religiosos, se desarrollaba una gran parte de la vida social de la ciudad, y se manifestaba lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Era un lugar de la ciudad muy concurrido y animado, que no sólo reflejaba la cultura del ambiente, sino que también creaba una cultura propia. Esto mismo sucede con el ciberespacio, que es, por decirlo así, una nueva frontera que se abre al inicio de este nuevo milenio. Como en las nuevas fronteras de otros tiempos, ésta entraña también peligros y promesas, con el mismo sentido de aventura que caracterizó otros grandes períodos de cambio. Para la Iglesia, el nuevo mundo del ciberespacio es una llamada a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje evangélico”[1].

            De hecho, muchas páginas en Internet se llaman “foros” en función de proponer un tema de debate o coloquio donde cualquiera puede intervenir creando conversaciones virtuales apasionantes, a veces tensas, otras sumamente elevadas en contenido y argumentación. Es algo nuevo que pide participación.