domingo, 12 de mayo de 2019

Jesús, salvador (El nombre de Jesús - y XIV)

El nombre de Jesús es constante dulzura y misericordia para el alma creyente. La liturgia, muchas veces influida por la devoción popular, introdujo el "dulce nombre Jesús" como memoria o como una Misa votiva. Sus textos nos llevan a la contemplación, llena de amor, del nombre de Jesús, de su Persona misma.




Consideremos, entonces, las peticiones que en la oración litúrgica le pedimos a Dios Padre en la Misa votiva del Santísimo Nombre de Jesús, ya que el contacto real con Jesús y su salvación se da en la oración y en los sacramentos:

Al venerar el santísimo nombre de Jesús, te rogamos, Señor,
que, después de gustar su dulzura en este mundo, recibamos en el cielo los gozos eternos (Oración colecta).

Padre todopoderoso, acepta complacido las ofrendas que te presentamos en nombre de Cristo,
pues sabemos, por su promesa,
que cuanto pidamos en su nombre nos será concedido (Oración sobre las ofrendas).

viernes, 10 de mayo de 2019

San Juan de Ávila, el predicador infatigable



            Si, como san Pablo afirma, fides ex auditu, la fe viene por el oído (cf. Rm 10,14), por la predicación, san Juan de Ávila, cuyo modelo es san Pablo, dedicó muchas horas al ejercicio de la predicación. ¿De qué manera? Basta ver los sermones y las pláticas que nos han llegado para hallar algunas características sobresalientes, válidas para nosotros hoy:



-          están repletos de doctrina cristiana clara y sólida, procurando iluminar y enseñar en lugar de acudir a lugares comunes; la ignorancia engendra siempre males y él procura elevar el conocimiento de la fe cristiana de sus oyentes explicando los dogmas y verdades de la fe o comentando teológicamente la Escritura

-          son a la vez veneros de espiritualidad, porque al conocimiento firme de las verdades de la fe, une la devoción y el fuego de cómo vivirlos con un amor suave y tierno al Señor

-          como profeta y reformador, señala también los pecados y vicios de la época, sin alusiones vagas ni genéricas, de manera que suscite la conversión y reforma de costumbres, despreocupado de halagar el oído o no ser “políticamente correcto”

-          muchísimas veces, tal vez por estilo oratorio cuidado, pero también tal vez sea por su propio corazón, el sermón o la plática se convierte en oración en alta voz, en plegaria; es un corazón orante, que se desborda en oración al Señor y desvela lo que sinceramente pedía antes de poder predicar

martes, 7 de mayo de 2019

Aleluya, nuestro grito, nuestra alegría



“Este momento, el del repensamiento inmediato y global de la Pascua, triunfo de la nueva Vida, perfecta ya en Cristo, iniciado y prometido un día en plenitud proporcionada también a nosotros, ¿cómo encontrar expresiones adecuadas? 




La Iglesia que sabe bien a qué vértice de inefabilidad puede llegar el sentimiento religioso, ha encontrado una solución, la de condensar el júbilo, la emoción, el amor, en una sola palabra, en una exclamación: “¡Aleluya!” 

Es el grito pascual, y es un grito bíblico antiquísimo; lo encontramos ya en el Antiguo Testamento (cf. Sal 135,3), y ha recibido amplia acogida en las liturgias del Nuevo Testamento. Significa: ¡alabad al Señor!; y además ha servido especialmente para dar al gozo espiritual su nota espontánea y explosiva, que diciéndolo todo, querría decir más; el canto sagrado ha encontrado en él el texto para sus encantadas y encantadoras divagaciones melódicas, así como la voz para sus potentes aclamaciones colectivas; pero siempre para expresar en júbilo lo que prorrumpe del corazón rebosante de fe y de amor (cf. Ap 19,1-7). 

¡Aleluya! ¡Detengámonos en este grito pascual! 

domingo, 5 de mayo de 2019

Hombres espirituales (Palabras sobre la santidad - LXVIII)


A menudo y con frecuencia, decir “espiritual” es entendido de manera deficiente, como si fuera un buenismo angelical, con una oración piadosísima y encerrado en sí mismo, sin pisar tierra nunca, con falta de un sentido adecuado de la realidad y, casi, incapacidad pastoral o evangelizadora o apostólica. Más aún ocurre esto con el concepto “vida mística” o “místico”. 




            Si se califica a alguien así, inmediatamente es sospechoso, se le mira de forma extraña y se da por hecho que vive fuera de la realidad y de lo cotidiano. ¿Acaso ser espiritual puede llegar a ser sospechoso? ¿Tal vez la vida mística deja a los hombres embobados y los vuelve ineficaces para obrar, amar, servir?

            Un santo, con su vida, echa por tierra esas prevenciones a lo espiritual y a la vida mística; la consideración del fenómeno de la santidad, plasmado en tantos hijos de la Iglesia, conduce a una comprensión certera y ajustada de lo que es ser espiritual y de lo que es la mística cristiana.

            La Tradición acuñó un término muy expresivo para los hombres santos: “pneumatóforos”, es decir, “portadores del Espíritu”. La espiritualidad entonces será estar llenos del Espíritu Santo y poderlo irradiar y comunicar; la vida espiritual, sensu stricto, es dejarse conducir por el Espíritu Santo, con sus dones y sus frutos, con docilidad y amor. La vida espiritual es sintonía y comunión con el Espíritu Santo. ¡Eso sí es ser espiritual!, porque adquiere una sintonía constante e interior, una connaturalidad con la acción y las mociones del Espíritu.

            Esto halla su origen en el bautismo y en el santo Sello del Crisma, en la confirmación. En el cristiano se va desarrollando esta vida del Espíritu Santo, y el santo es quien ha vivido el más pleno desarrollo de la acción del Espíritu. Es el cristiano “perfecto”. Ha sido obediente y dócil, se ha dejado guiar y llevar por el Espíritu Santo y no por su capricho o impulsividad; ha desarrollado todo lo contenido –y dado- en los sacramentos de la Iniciación con los que fue consagrado a Dios.

viernes, 3 de mayo de 2019

El ayuno pascual (textos)

Fue un elemento importantísimo para los cristianos el ayuno pascual, es decir, pasar el Viernes Santo y el Sábado Santo en ayuno hasta la Comunión eucarística de la Vigilia pascual, que rompía el ayuno e iniciaba la fiesta cristiana. 


Este ayuno más que penitencial, o expiatorio, se consideraba así, tal cual, "ayuno pascual", llevando a la práctica aquello que dijo el Señor: "ayunará cuando el Esposo les sea arrebatado" (Cf. Mc 2,19-20). El Esposo Jesucristo fue arrebatado en la Cruz y sepultado, y la Iglesia ayunaba no sólo el Viernes Santo sino también el Sábado Santo, día de duelo, aguardando la Pascua santísima.

Dicho ayuno poco a poco perdió su importancia, entre otras cosas, por el adelanto de la Vigilia nocturna a la misma mañana del Sábado (¡qué contrasentido!); aún hoy, para muchos, el Sábado Santo es el final de la Semana Santa y no es extraño encontrarse más de una comida juntos, o convivencia de alguna asociación y hasta grupo de amigos. El ayuno pascual parece haber desaparecido.

Sin embargo, es un elemento "litúrgico" y por tanto espiritual muy interesante y eficaz para disponernos, en cuerpo y alma, a la Vigilia pascual. La Iglesia lo recomienda:

"Es sagrado el ayuno pascual de los dos primeros días del Triduo, en los cuales, según una antigua tradición, la Iglesia ayuna "porque el Esposo ha sido arrebatado". El Viernes Santo de la Pasión del Señor hay que observar en todas partes la abstinencia, y se recomienda que se observe también durante el Sábado santo, a fin de que la Iglesia pueda llegar con el espíritu ligero y abierto a la alegría del domingo de Resurrección" (Cong. Culto divino, Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, n. 39).