“Hoy os nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).
En
la noche de Navidad, los ángeles anuncian a los pastores no el nombre del Niño,
sino Quién es ese Niño: ¡es Salvador! Porque hay salvación, existe la
esperanza; porque hay salvación, podemos vivir y refugiarnos en la Misericordia
frente a nuestra miseria. Siglos y siglos aguardando la salvación prometida y
he aquí que aparece en la persona de Jesús, “un
niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” pero que es, según lo
anunciado, “Maravilla de Consejero, Dios
guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de
la Paz” (Is 9,7).
“¿Qué les dice el ángel? No temáis. ¿Era grande ese temor? Cuando el ángel estuvo junto a ellos la gloria del Señor les envolvió en su resplandor y quedaron sobrecogidos de gran temor. Por eso él, confortándoles, agregó que no temieran y les libró del miedo al comunicarles el nombre del infante, diciéndoles: He aquí que os traigo una buena nueva, que será de gran alegría para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor (Lc 2,10-11). ¿Qué dices, oh ángel? ¿Tan grande eficacia tiene el nombre de Jesús? Sí, ciertamente, responde el ángel, pues el nombre de Jesús significa Salvador. Y éste es Cristo el Señor, Dios y hombre, y a la vez poderoso y compasivo. Por eso recomendé a los pastores que tuvieran confianza; y diciendo a José que en el día octavo le impusiera este nombre, hice que resultara fácil para todos el acercarse a aquel que, con su propio nombre, dispuso que se manifestara ya su condición de Salvador”[1].
¿Tan
necesario era este Salvador que provoca alegría, admiración y entusiasmo? ¿Lo
puede seguir provocando cuando pensamos que estamos salvados por nosotros
mismos, que, al fin y al cabo, “tan malos no somos” y ni siquiera tenemos
conciencia de pecado, del propio pecado, de la propia maldad? ¡Y sin embargo
nace por amor para salvar cargando con la Cruz, siendo crucificado y resucitar
al tercer día!

