La
fe se encarna en la vida.
La
fe es para la vida.
La
fascinación por Cristo perdura cuando la fe, viva, se convierte en vida, en
método constante para la existencia real.
La
vida no es una aventura constante, una permanente emoción: así la quieren los
adolescentes y los inmaduros, que luego chocan de bruces con la realidad y no
saben vivir, causándoles hastío todo, absolutamente todo.
Cada
día tiene la misma fatiga, la misma cadencia. Eso hace que cueste trabajo, que
tenga una parte fatigosa. Pero es ahí, realmente ahí, en lo cotidiano y
rutinario, en los problemas reales de la jornada y de la vida en general, donde
se lleva a cabo la verificación de la fe. La fe debe ser verificada en todo lo
humano que soy, en lo que vivo, sufro, me cuestiona, me ilusiona.
La
fe se verifica en los desafíos de la realidad.



