miércoles, 12 de enero de 2022

La virtud de la justicia (y II)



¿De qué modo practicar la justicia? Hay un texto paradigmático de Juan el Bautista, “el mayor nacido de mujer” (Mt 11,11) cuando unos y otros le van preguntando qué hacer para convertirse y prepararse al Mesías que llega: 


"unos publicanos le preguntaron: Maestro, ¿qué hacemos nosotros? El les contestó: No exijáis más de lo establecido. Unos militares le preguntaron: ¿Qué hacemos nosotros? El les contestó: No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga” (Lc 3,12-14).




            Siguiendo el interrogante que le hacían al Bautista, preguntamos también nosotros: ¿de qué modo practicar la justicia?

            -Evitando cualquier injusticia, por insignificante que sea, por ejemplo, si nos han devuelto más cambio al comprar, devolverlo y no callarse.

            -Se practica la justicia tratando con sumo cuidado aquello que no sea nuestro, que nos hayan prestado, y también lo que sea de uso común (en locales, la calles, limpieza en lugares públicos, etc.).

            -Es de justicia el no perjudicar en lo más mínimo el buen nombre, la fama del prójimo, evitando escrupulosamente el criticar, el ser chismoso; y si no se puede hablar bien de alguien, mejor es callarse.

lunes, 10 de enero de 2022

Los mártires y la Eucaristía


La Iglesia lleva XXI siglos de existencia, obediente a Cristo, fiel a su vocación y misión, realizando la obra de Dios en medio de los hombres. No busca ni quiere privilegios de ningún tipo; no desea protagonismos políticos; no se mueve, aunque muchos así quieran desacreditarla, por intereses económicos. 



La vocación y la vida de la Iglesia es sobrenatural, y difícilmente se la puede comprender si se le aplican categorías de pensamiento terrenales. La Iglesia no es de este mundo aunque esté en este mundo para servir al mundo.
 
  Ideólogos y políticos, reyes y poderosos, filósofos y psiquiatras, falsos intelectuales y artistas, muchos han sido los que han atacado y siguen atacando a la Iglesia desde el prejuicio, la ideología o desde otros intereses mucho más ruines y más inconfesables.

Si se mira con serenidad la historia de la Iglesia, se observará que es una historia de luces y sombras, porque el pecado de los hombres está ahí, en la Iglesia; se observará igualmente, si se es objetivo, el bien inmenso que la Iglesia ha realizado para todos los hombres: en la promoción social, la marginación y la pobreza, en la justicia y la paz, en la enseñanza, la educación, la ciencia, la cultura, las artes... La Iglesia ha hecho que el hombre responda más plenamente a su vocación humana y sobrenatural, ha creado cultura, la cultura cristiana, y el humanismo cristiano.

Todo este inmenso bien ha tenido un alto coste: la sangre de los mártires. La Iglesia -también, cómo no, en España- posee una historia martirial muy amplia desde los primeros tiempos del cristianismo; nuestra tierra es tierra de mártires (¿dónde está lo de la tolerancia, lo de la convivencia de las tres grandes culturas, si asesinaron a muchísimos cristianos sólo por ser cristianos?). 

sábado, 8 de enero de 2022

Sin autocelebrarnos - (6)



            Hay un desplazamiento secularista en la liturgia que manipula lo sagrado y lo sustituye por el “nosotros”; se quita a Cristo y se coloca la comunidad-grupo en su lugar. La liturgia se vuelve la seña de identidad del grupo para fortalecer los lazos humanos, transmitir unas consignas humanas y valores y repetir, cansinamente, que “vamos a hacer una sociedad más justa y solidaria”.



            Esto se nota en los acentos humanos, didácticos, y muy moralistas, de las moniciones y la homilía (ésta larguísima, un mitín); se nota en el tipo de cantos durante la liturgia que procuran tener ritmo y provocar la emotividad y lo sentimental; se nota, igualmente, en la forma de multiplicar elementos para que muchos intervengan subiendo al presbiterio (una monición a cada momento, un lector por petición… o incluso la lectura de un manifiesto o “compromiso”). Esa liturgia lo centra todo en el grupo concreto.

            Cuando así se actúa, hay elementos de la liturgia que quedan postergados porque ni se les ve sentido ni se sabe qué hacer con ellos: el silencio en el acto penitencial o después de la homilía; el canto del salmo responsorial, meditativo, contemplativo; las oraciones de la Misa y la misma plegaria eucarística, dirigidas a Dios, que se recitan velozmente porque ya no se sabe orar a Dios con la liturgia; los signos de adoración (genuflexión, de rodillas en la consagración, inclinación profunda al pasar delante del altar) suprimidos… así como procesiones (de entrada, Evangelio) o el incienso…

miércoles, 5 de enero de 2022

La nube en los textos del AT (I)



LECTURA TEOLÓGICA DE LA NUBE
EN OTROS TEXTOS DEL SACERDOTAL.


         Sería imposible en este trabajo, hacer un análisis exhaustivo de todos los pasajes paralelos a Ex 40,34-38 o que presenten semejanzas indirectas o alusiones. Vamos a ceñirnos a un análisis muy somero, destacando sólo el teologúmeno fundamental: El Señor, por medio de la nube, manifiesta su gloria y su poder en medio del pueblo, y conduce a su pueblo hacia la tierra prometida. Con esta perspectiva vamos a ir abordando estos textos paralelos del sacerdotal, siendo conscientes de lo mucho que se nos puede quedar en el tintero.



         Un texto semejante, casi una repetición de Ex 40,34-38, es Nm 9,15-23. Dominan, igualmente, dos ideas fundamentales, ya vistas en el análisis de Ex 40,34ss: el Señor que está en medio de su pueblo llenando la tienda del testimonio (cfr. Nm 9,15b), y también la presencia de Dios que camina con su pueblo, guiando su marcha e indicando cuándo deben partir y cuándo deben asentarse. Es una fe consoladora, porque caminan con la certeza de que el Señor no abandona a su pueblo peregrino. 

Son plenamente conscientes de la presencia del Señor en medio de ellos hasta el punto de describir casi anécdotas: "a veces la nube permanecía sobre la morada sólo durante unos días; en cualquier caso los israelitas permanecían acampados o se ponían en movimiento según lo que mandaba el Señor" (Nm 9,20). Es una fe cierta en la presencia del Señor. Fijémonos ahora en la tienda que la nube cubre, según este pasaje. Para ello, vamos a remitirnos al Comentario Bíblico S. Jerónimo:

lunes, 3 de enero de 2022

¡¡Ser hombre de Iglesia!!



La mayor aspiración de un alma católica es llegar a ser “hombre de Iglesia”, sentir con la Iglesia y sentir la Iglesia, miembro corresponsable, que la embellece por su santidad de vida, por participar en su ser y misión, abrazando a la Iglesia en sus dimensiones humanas y divinas, en sus sacramentos, carismas, expresiones de vida, caminos espirituales diversos. El hombre de Iglesia es un alma eclesial y sin la Iglesia, Comunión, Compañía, no sabría vivir porque Ella nos ofrece a Cristo y nos da la vida.



            “En su primera acepción, sin distinción obligada entre clérigo y laico, el “eclesiástico”, vir ecclesiasticus, significa hombre de Iglesia. Él es el hombre en la Iglesia. Mejor aún, es el hombre de la Iglesia, el hombre de la comunidad cristiana. Si la palabra en este sentido no puede ser arrancada del todo al pasado, que al menos perdure su realidad. ¡Que ella reviva en muchos de nosotros! “En cuanto a mí, proclamaba Orígenes, mi deseo es el de ser verdaderamente eclesiástico”. No hay otro medio, pensaba él con sobrada razón, para ser plenamente cristiano. El que formula semejante voto no se contenta con ser leal y sumiso en todo, exacto cumplidor de cuanto reclama su profesión de católico. Él ama la belleza de la Casa de Dios. La Iglesia ha arrebatado su corazón. Ella es su patria espiritual. Ella es “su madre y sus hermanos”. Nada de cuanto le afecta le deja indiferente o desinteresado. Echa sus raíces en su suelo, se forma a su imagen, se solidariza con su experiencia. Se siente rico con sus riquezas. Tiene conciencia de que por medio de ella, y sólo por medio de ella, participa en la estabilidad de Dios. Aprende de ella a vivir y a morir. No la juzga, sino que se deja juzgar por ella. Acepta con alegría todos los sacrificios que exige su unidad. Hombre de la Iglesia, ama su pasado. Medita su historia. Venera y explora su Tradición” (De Lubac, Meditación..., p. 193).


            Al sentir con la Iglesia y sentir la Iglesia, se genera una nueva mentalidad, un nuevo modo de ver y una sensibilidad distinta: el espíritu católico, siempre integrador con dimensión universal. ¡Qué gozo y qué orgullo sentirse católico y vivir como tal! Esta catolicidad en las almas define el perfil del católico, define al hombre de Iglesia. ¿Y cómo vive y es este hombre? ¿Qué caracteriza al espíritu católico? (Cf. De Lubac, Meditación..., pp. 199ss). Se niega a dejarse obsesionar por una sola idea como un fanático vulgar, porque cree con la Iglesia, según lo demuestran todo su dogma y lo confirma la historia de las herejías, “que la salud consiste en el equilibrio”. Se guarda también de confundir la ortodoxia o la firmeza doctrinal con la estrechez o pereza de espíritu.