Al afirmar que la Iglesia es santa, como lo hacemos en el Credo, como lo hemos visto y experimentado muchas veces en nuestra vida, estamos afirmando dimensiones convergentes, consecuencias diferentes, líneas que se unen en un punto común: la santidad de Jesucristo con la que embellece a su Iglesia.
¡La Iglesia es santa! Quien, con miopía interior e intelectual, no viera más allá, se quedara con la fachada externa de la Iglesia y con los aspectos que a primera vista saltan rápidos y llamativos: sus defectos aparentes, sus miserias humanas, los pecados y fallos de sus hijos... Incluso si quiere pasar ese primer umbral, su mirada se puede detener en los otros aspectos, los institucionales, los visibles, su Derecho, su organización, sus acciones y obras, consecuencia evidente de un Cuerpo que vive en la historia, en la sociedad, y formada también por hombres.
Pero la mirada debe subir de nivel, ampliarse, alcanzar una visión de conjunto, y entonces descubre que sus factores externos, invisibles, y sobrenaturales, son mayores y más importantes y más determinantes y hasta más fundamentales que aquellos que a simple vista se ven, se valoran, se juzgan.
No faltan ejemplos de esa mirada exterior y superficial a lo que meramente se ve en un somero y fugaz análisis. Los fallos y las limitaciones de la Iglesia son patentes, como toda institución donde hay hombres que son, por naturaleza, pecadores aunque redimidos. Pero siempre habrá que ir más allá:


