jueves, 2 de agosto de 2018

Iglesia, belleza, artistas (VI)

Avanza el discurso de Benedicto XVI con una sugestiva interpretación: tomando pie del Juicio Final de Miguel Ángel, explica el sentido de la historia humana y su gran recapitulación.

Mientras tanto, el hombre vive herido y sediento por la belleza. Sin belleza no puede vivir, y la belleza de la que goza aquí, con el arte en sus variadas facetas y expresiones, es sólo un pálido reflejo que trasciende a sí mismo para elevar a Dios.


¡La belleza es necesaria!

¡La belleza nos humaniza!

¡La belleza nos eleva!

¡La belleza -artística- nos habla de la Belleza -que es Dios-!

¿Qué nos ofrece la teología, la misma Iglesia hoy? La "via pulchritudinis", o sea, el camino de la belleza.

"Queridos amigos, dejemos que estos frescos nos hablen hoy, atrayéndonos hacia la meta última de la historia humana. El Juicio universal, que podéis ver majestuoso a mis espaldas, recuerda que la historia de la humanidad es movimiento y ascensión, es tensión inexhausta hacia la plenitud, hacia la felicidad última, hacia un horizonte que siempre supera el presente mientras lo cruza. Pero con su dramatismo, este fresco también nos pone a la vista el peligro de la caída definitiva del hombre, una amenaza que se cierne sobre la humanidad cuando se deja seducir por las fuerzas del mal. El fresco lanza un fuerte grito profético contra el mal, contra toda forma de injusticia. Sin embargo, para los creyentes Cristo resucitado es el camino, la verdad y la vida; para quien lo sigue fielmente es la puerta que introduce en el "cara a cara", en la visión de Dios de la que brota ya sin limitaciones la felicidad plena y definitiva. Miguel Ángel ofrece así a nuestra vista el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de la historia, y nos invita a recorrer con alegría, valentía y esperanza el itinerario de la vida. Así pues, la dramática belleza de la pintura de Miguel Ángel, con sus colores y sus formas, se hace anuncio de esperanza, invitación apremiante a elevar la mirada hacia el horizonte último. 

martes, 31 de julio de 2018

Tratado de la paciencia (San Agustín, I)

Cuando uno quiere beber agua, busca fuentes cristalinas, no contaminadas, ni siquiera que pueda haber una mínima duda sobre su salubridad. Los Padres de la Iglesia son fuentes de agua viva, no hay duda alguna cuando vemos sus fuentes y nos acercamos a beber.


La formación católica se enriquece cuando acudimos a los Padres de la Iglesia y nos sumergimos en la Tradición, mejor que acudir a quienes tal vez se ponen de moda, pero no hay en ellos garantía alguna, sólo la publicidad editorial.

A medida en que leemos los Padres de la Iglesia, descubrimos que no son monumentos del pasado ni tampoco una lectura críptica difícil: muchos tratados, homilías, escritos, etc, muestran su actualidad a la vez que ofrecen criterios claros, fecundos, para la vida católica. Por eso un interés grande debe movernos a leerlos, conocerlos.

domingo, 29 de julio de 2018

Eucaristía, encuentro con Cristo, don mayor

Interrumpiendo la lectura semi-continua del evangelio de san Marcos, más breve, se completan los domingos del Tiempo Ordinario insertando el discurso del Pan de vida del evangelio de san Juan (cap. 6).

De este modo, cada tres años, al seguirse el ciclo B de lecturas, todos los fieles tenemos ocasión de escuchar en el domingo la doctrina eucarística del Evangelio.





Al considerar el misterio eucarístico, podremos profundizar en él, vivirlo mejor, celebrar con mayor unción y devoción, ser consciente de su grandeza, extender su acción hacia toda nuestra vida de manera que sea un culto en espíritu y verdad: forma una vida eucarística.


Se superan entonces la rutina, la tibieza, el apagamiento o la distancia que a veces podamos tomar de la Eucaristía; caen las excusas fáciles para ausentarse; se llega a comprender incluso que ante tal grandeza, el desarrollo de la Misa requiere su tiempo y jamás la prisa o la precipitación podrán tener cabida.

El discurso del pan de vida es el desarrollo y explicación que hace el Señor de un gran signo: la multiplicación de los panes y de los peces. La Eucaristía es el mayor don del Señor, su mayor donación hasta el extremo.

martes, 24 de julio de 2018

Condición sine qua non para muchas cosas (Palabras sobre la santidad - LVII)

Aburridos y cansados de palabras y más palabras, de discursos y más discursos programáticos, de demagogia que se ve a leguas y sin embargo es aplaudida por conciencias adormecidas y mentes embrutecidas... lleguemos al centro y núcleo: la santidad es lo único que vale, y, por tanto, es la condición sine qua non para obras grandes, hermosas, perdurables, llenas de verdad.

Las cosas ni se hacen ni se cambian de verdad, en su ser, por la fuerza de los discursos, ni por la capacidad humana confiada en solamente en sí misma y en su presunta bondad; tampoco se cambian por la razón ilustrada y el activismo desbordante; mucho menos por el populismo lleno de gestos grandilocuentes para que sean bien vistos, ni tampoco por las soflamas de los siempre omnipresentes profetas -así se llaman ellos a sí mismos, cuando en realidad son pseudo-profetas-.

Las cosas, es decir, la vida, el mundo, la cultura, la misma Iglesia, etc., sólo se cambian y se transforman si hay santidad, y si no, es esfuerzo inútil que pronto se derrumba.

Por ejemplo, la reforma de la Iglesia. Sabemos que ella misma se define como "Ecclesia semper reformanda", Iglesia siempre en proceso de reforma porque sus hijos la entorpecemos, la afeamos. Pero, ¿quién reforma la Iglesia? ¿Acaso el ideólogo? ¿El inconformista? ¿El que ha asumido los planteamientos y mentalidad del relativismo, de la democracia, de una Iglesia popular? 

¿Quién la reforma? ¿Quien quiere hacerla más humana y menos divina, plagiando descaradamente el funcionamiento de las sociedades liberales? ¿Aquél que quiera hacerla a su medida, sentado en una mesa, en unas interminables reuniones? ¿El que busca arrasar con todo, y comenzar de cero, de nuevo, a partir de sí mismo, sin solución de continuidad con la Iglesia de siempre, la que arranca del mismo Cristo y los Apóstoles, la que se engarza en la Tradición?

Pues más bien, y de manera ineludible, será la santidad la que reforme la Iglesia, porque lo hará de un modo fiel a Cristo y al Espíritu Santo, con conciencia eclesial. Así lo hicieron los santos reformadores a lo largo de la historia y así sigue siendo real también hoy. Sólo la santidad es capaz de reformar la Iglesia; lo demás, no sirve.

domingo, 22 de julio de 2018

Criterios de paz verdadera

Jesucristo es nuestra Paz. Así lo proclama la carta a los Efesios tal como escuchamos este domingo en la liturgia dominical.

¿La paz del consenso?
¿La paz irénica a costa de la verdad?
¿La paz del voluntarismo?
¿La paz de los fuertes sobre los débiles?
¿La paz de la conciencia amortiguada, amordazada, anestesiada?


Otra, otra Paz, muy distinta y verdadera. La tranquilidad en el orden -diría san Agustín en La Ciudad de Dios- de manera que reina un orden nuevo y verdadero, porque la paz va asociada a la Verdad.

Benedicto XVI comentaba esta lectura y señalaba algunas consecuencias existenciales que se derivan del hecho de que Cristo sea nuestra paz. Así podremos discernir la verdadera de la falsa paz en nuestra conciencia.