domingo, 10 de junio de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, VIII)

Si en la última catequesis leímos cómo san Cipriano relacionaba los bienes de la paciencia con la caridad, ahora, para recalcar más aún su argumentación, expondrá los males que acarrea la impaciencia.

El impaciente no tiene medida del tiempo, ni de la duración, sino del instante. Sin visión sobrenatural alguna, fuerza todo para que ocurra aquí y ahora sin aguardar ni esperar. Es incapaz de pensar y de amar.


La paciencia es una virtud necesaria para edificar el bien, la impaciencia es una fuerza destructora que arrasa incluso el poco y pequeño bien que acaba de sembrar.

"19. Y para que resplandezcan mejor, hermanos amadísimos, los beneficios de la paciencia, consideremos por contraposición los males que acarrea la impaciencia.

Así como la paciencia es un don de Cristo, así la impaciencia, por el contrario, es un don del diablo; y al modo como aquél en quien habita Cristo es paciente, lo mismo siempre es impaciente aquél cuya mente está poseída por la maldad del demonio.

En resumen, tomemos las cosas por sus principios. El diablo no pudo sufrir con paciencia que el hombre fuese creado a imagen de Dios; por eso se perdió a sí mismo primero, y luego perdió a los demás. Adán, impaciente por gustar el mortal bocado, contra la prohibición de Dios, se precipitó en la muerte y no guardó la gracia recibida del Cielo con la ayuda de la paciencia. Caín, por no poder soportar la aceptación de los sacrificios y ofrendas, mató a su hermano. Esaú bajó de su mayorazgo a segundón y perdió su primacía por su impaciencia en comer un plato de lentejas.

¿Por qué el pueblo judío, infiel e ingrato con los favores de Dios, se apartó del Señor, sino por la impaciencia? No pudiendo llevar con paciencia la tardanza de Moisés, que estaba hablando con Dios, osó pedir dioses sacrílegos, llamando guías de su peregrinación a una cabeza de toro y a un simulacro de arcilla, y nunca desistió de mostrar su impaciencia, puesto que no aguantaba nunca las amonestaciones y gobierno de Dios, llegando a matar a sus profetas y justos y hasta llevar a la cruz y al martirio al Señor.

La impaciencia también es la madre de los herejes; ella, a semejanza de los judíos, los hace rebelarse contra la paz y caridad de Cristo y los lanza a funestos y rabiosos odios. Y para no ser prolijo: todo lo que la paciencia edifica con su conformidad en orden a la gloria, lo destruye la impaciencia por la ruina.


20. Por tanto, hermanos amadísimos, una vez vistas con atención las ventajas de la paciencia y las consecuencias de la impaciencia, debemos mantener en todo su vigor la paciencia, por la que estamos en Cristo y podemos llegar con Cristo a Dios.

Por ser tan rica y variada, la paciencia no se ciñe a estrechos límites ni se encierra en breves términos. Esta virtud se difunde por todas partes, y su exuberancia y profusión nacen de un solo manantial; pero al rebosar las venas del agua se difunde por multitud de canales de méritos y ninguna de nuestras acciones puede ser meritoria si no recibe de ella su estabilidad y perfección. 

La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de las pasiones, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas, la trabajosa castidad de las viudas, la indivisible unión de los casados.

La paciencia mantiene en la humildad a los que prosperan, hace fuertes en la adversidad y mansos frente a las injusticias y afrentas. Enseña a perdonar enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con ahínco e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer las tentaciones, tolerar las persecuciones, consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, la que levanta en alto nuestra esperanza, la que encamina nuestras acciones por la senda de Cristo, para seguir los pasos de sus sufrimientos. La paciencia nos lleva a perseverar como hijos de Dios imitando la paciencia del Padre".

viernes, 8 de junio de 2018

¡Corazón de Cristo!



¡Corazón de Cristo, fuente de vida y santidad, delicia de todos los santos!

            Llena de tu amor a tu Iglesia, a tu Esposa: hazla cada día más inmaculada y santa, “sin mancha ni arruga” (Ef 5,27), para que testimonie y manifieste tu amor. Que tu Iglesia sea una: que en Ella no existan divisiones, que no haya lugar para la rivalidad y el enfrentamiento entre carismas, espiritualidades, movimientos; que no haya ambiciones ni deseos de protagonismo que minan la credibilidad, ni el arribismo en aras de conseguir privilegios o puestos de importancia, el “intento de llegar ‘muy alto’, de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir... llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo” (BENEDICTO XVI, Hom. Ordenac. Sacerdotal, 7-mayo-2006). ¡Reine el amor en tu Iglesia, reine tu mismo amor! Así tu Iglesia, con la sencillez de la caridad cristiana, pobre, humilde y libre, servirá mejor al hombre de hoy, en los nuevos desiertos en que vive. Haznos disponibles para “conservar y acrecentar la virtud pastoral de la Iglesia, que la presenta, libre y pobre, en el comportamiento que le es propio de madre y maestra, amorosísima con sus hijos fieles, respetuosa, comprensiva, mas cordialmente invitante con aquellos que aún no lo son” (PABLO VI, Disc. en el rito de coronación, 30-junio-1963)..

            ¡Corazón de Jesús! Mira a tus sacerdotes que son escogidos por Ti con amor de predilección; haz que sean “pastores según tu corazón, que apacienten a tu pueblo con saber y acierto” (Jr 3,15), con un corazón indiviso, llenos de celo apostólico, con cierta y comprobada caridad pastoral, que amen a su rebaño, a sus fieles, y se entreguen a ellos, se gasten y desgasten por ellos sin buscar otra cosa que el bien de las almas y tu gloria, que “no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor... un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto” (BENEDICTO XVI, Hom. Ordenac. Sacerdotal, 7-mayo-2006). Haz, Señor, que tus sacerdotes te amemos cada día más; con mayor unción y delicadeza celebremos la Santa Misa, promovamos el culto eucarístico y la adoración a tu Cuerpo, siendo nosotros los primeros en estar contigo en el Sagrario, reparando e intercediendo por tu pueblo, “permaneciendo con frecuencia en oración de adoración [eucarística] y enseñándola a los fieles” (cf. BENEDICTO XVI, Disc. al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006); que con perseverancia estemos en el confesionario todos los días para dispensar tu misericordia, como nos exhortaba el papa Benedicto: “servid a todos; estad a su disposición en las parroquias y en los confesionarios” (Discurso al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006); que pongamos todo empeño, cuidado, preparación y solicitud en la predicación, sea cual sea, transmitiendo la sana doctrina.

miércoles, 6 de junio de 2018

¡Corazón de Jesús!



¡Corazón de Jesús, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad, ten misericordia de nosotros!

          Grande es tu amor, Señor; tan grande e inconmensurable, que te has hecho uno de nosotros, igual a nosotros en todo, excepto en el pecado. De esta forma, Jesús, asumes todo lo humano y lo redimes; más aún, has hecho una auténtica experiencia humana para poder sanar de raíz nuestro corazón, siempre inclinado al pecado, y elevarnos a Ti, haciéndonos participar en la naturaleza divina.

            Tu Corazón, Señor, es el centro de toda tu Persona; la sede de la voluntad y de los sentimientos más nobles y puros; entrar en tu Corazón es penetrar en tu Persona misma, en tu misterio, en tus entrañas de misericordia; asomarnos a tus llagas, cuales ventanas, es ver la riqueza desbordante de tu personalidad: todo amor, amor hecho Carne, amor humanado en tu santa Encarnación; amor recio y nada pueril, que ama hasta el extremo de dar tu vida por nosotros, por todos y cada uno de nosotros. “¡No hay mayor amor que quien da la vida por sus amigos!” (Jn 15,33). ¡Qué decisivo y vinculante poder decir: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20)!

            En ti “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2,9) y, al mismo tiempo, en tu santa humanidad, “amaste con corazón de hombre” (GS 22).

            El secreto del cristianismo no radica en una moral o en un pensamiento o ideologías; el secreto del cristianismo es dejarse fascinar por Ti, entusiasmarse por Ti, vivir en el asombro de tu amor, compartir la vida contigo. El secreto y la fuerza misma del cristianismo es tu Corazón: de aquí nace la verdad de la fe, la pasión y el amor por Ti y los hermanos, la entrega de la vida a Ti en el servicio a la Iglesia; el apostolado, el sacrificio, la oración. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).

martes, 5 de junio de 2018

Mecanismos de la Providencia (León Bloy)

Dios actúa sin parar -"Mi Padre siempre trabaja" (Jn 5,17)-, su plan de salvación y santificación no se derrumba por nada y así podemos vivir confiados: "hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados" (Lc 12,7).

La Providencia de Dios es constante, aunque misteriosa; a veces es desconcertante por los caminos elegidos que parecen incluso alejarse de su fin. "¿Por dónde nos lleva Dios?" -ésa es la pregunta del hombre sorprendido por unos planes de la Providencia que no son rectilíneos casi nunca.


Y viene a nuestra ayuda, aunque sólo lo reconocemos a largo plazo y no cuando estamos en la sorpresa del camino de Dios, la frase paulina: "A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien" (Rm 8,28).

O sea, todo, hasta lo aparentemente malo, o incluso lo que es malo en sí, Dios puede transformarlo y sacar un bien.

domingo, 3 de junio de 2018

Notas sobre la teología (I)

En un curso de doctorado, descubrí a Louis Bouyer, un teólogo de amplia mirada, producción riquísima, pero que ha pasado desapercibido y no se le ha concedido el realce necesario, aunque en su tiempo contó con la amistad y la alta valoración de teólogos tales como Ratzinger, Balthasar, De Lubac.

Tanto éstos como el mismo Bouyer, se preocuparon todos por reflexionar sobre el hecho mismo de la teología, su naturaleza, su misión, sus límites, su grandeza, su vocación.


Así la teología recibe una adecuada valoración en unos momentos de "pensamiento débil" (niega que podamos conocer la Verdad) y de anti-intelectualismo (exaltando sólo lo emotivo, lo sentimental, y en el orden eclesial, lo "pastoral" mal entendido).

El teólogo recibe una llamada del Señor por medio de la Iglesia para adorar, pensar, reflexionar, escribir, enseñar, publicar... como un servicio, un ministerio, para la fe del pueblo cristiano. No, no pierde el tiempo. La teología es una vocación y vocación exigente.

Bouyer así lo piensa -como Balthasar, como Ratzinger, etc.- y lo expone. ¿Cómo es este oficio-servicio del teólogo? Sabrosas reflexiones nos lega Bouyer que merecen ser leídas varias veces, pausadamente, y asimiladas tras pensarlas: