martes, 10 de abril de 2018

Encontrarse con el Resucitado

Una de las categorías máximas del lenguaje cristiano es la de "encuentro", porque remite a una relación personal, a una Presencia que se da y que es acogida.

El cristianismo jamás fue un razonamiento (una "gnosis"), ni tampoco fue una causa (revolucionaria, social). El cristianismo es el encuentro con el Señor, simplemente, porque Él está vivo hoy y para siempre, y sale a nuestros caminos.

La Pascua de Jesucristo es la posibilidad del encuentro no sólo con sus contemporáneos, en el siglo I, sino la posibilidad real de ese mismo encuentro hoy, porque Él se hace contemporáneo de todas las generaciones al ser Señor del tiempo, glorificado.

La misma alegría y la misma transformación de los discípulos, de los apóstoles, de las mujeres, de todos los que le vieron y oyeron y convivieron con Él es posible para nosotros. La vida cristiana es fruto para siempre de ese encuentro: ¡ah!, y cómo se nota a quien se ha encontrado de verdad con Él, porque vive de otro modo, descubre la realidad de forma nueva, su mirada es limpia... todo es cambiado en la persona que ha sido amada por Cristo.

Este es uno de los prodigios de la Pascua: que el encuentro con Cristo es real hoy para nosotros.


"«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual). 

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad. 

viernes, 30 de marzo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, IV)

No olvida san Cipriano, para exhortar a la paciencia cristiana, detenerse en la pasión de Jesús. En su pasión, Cristo nos dio un ejemplo para que sigamos sus huellas.

¿Podría ser de otro modo? En la pasión, Él se muestra modelo y ejemplo de todas las virtudes, y la paciencia aquí ocupa un lugar destacado.


El cristiano, con su paciencia, imita la paciencia de su Señor en la pasión y en la cruz.

"7. Aun durante la Pasión y la cruz, antes de derramar su sangre y de su cruel muerte, qué oprobios no escuchó con toda paciencia, qué burlas y afrentas no toleró, hasta recibir los salivazos Él, que había dado luz a los ojos de un ciego con su saliva; no mucho antes Él, en cuyo nombre son azotados el diablo y sus demonios por sus servidores, consiente en ser azotado, y en ser coronado de espinas Él, que corona a los mártires con flores que no se marchitan; en ser abofeteado con palmadas Él, que otorga la palma verdadera a los vencedores; en ser despojado de sus vestidos Él, que viste a los demás con la vestidura de la inmortalidad; en ser abrevado con hiel Él, que nos dio un manjar celestial; en beber vinagre Él, que nos brindó el cáliz de salud.

martes, 20 de marzo de 2018

La Pascua que libera (textos)

El Misterio pascual es la acción salvadora de Cristo a través de su cruz, muerte, descenso a los infiernos y santísima resurrección. En el Misterio Pascual se cifra y se contiene nuestra vida.

Una vez al año el Misterio pascual es celebrado de forma solemne, convocando a todo el pueblo cristiano, a las liturgias solemnísimas del Triduo pascual (viernes santo, sábado santo, vigilia pascual y domingo de resurrección). Es la fiesta de las fiestas, tan importante y decisiva para nuestra vida que la prolongamos durante cincuenta días.


En el Misterio pascual, Jesucristo ha realizado una obra perfecta: a través del Sacrificio en la cruz y de su santísima resurrección nos salva, nos libera y nos reconcilia con el Padre abriéndonos las puertas del cielo que Adán cerró con su pecado.

La liturgia actualiza ese Misterio pascual y nos lo da mediante el velo de los ritos y oraciones. No todo termina con la Cuaresma, ni siquiera termina en el Viernes santo, sino que desemboca en la última parte del Misterio pascual, su resurrección, vivida en la noche en vela en honor del Señor que es la vigilia pascual, la fiesta más amada y preciosa.

Necesitamos, para vivir la santísima Pascua, una teología clara y una espiritualidad bien fundamentada, que nos ayude a penetrar en el Misterio pascual del Señor. 

viernes, 16 de marzo de 2018

Espiritualidad de la adoración (XXXI)

La adoración eucarística la realizarán y vivirán hombres y mujeres de recia fe, apostólicos, entregados, que descubren la Presencia de Cristo y la necesidad de estar con Él. A su vez, la misma adoración eucarística, sosegada y amorosa, va robusteciendo y acrecentando nuestra fe, para pasar de la debilidad, o el temor, o la rutina, al ardor y la entrega a la Persona del Señor.




Con la adoración eucarística, las aspiraciones y deseos del hombre, su corazón y todo su ser, se orientan cada vez más perfectamente a Dios, sin desviaciones, ni se permite que el corazón se ate a otros objetos u otros afectos legítimos pero desordenados. La adoración eucarística realiza en nosotros el gran lema: "¡Sólo Dios!"


"Os dije en España que la Eucaristía es la fuente de toda vuestra vitalidad espiritual y apostólica; porque con vuestra actitud de adoración, profundizáis en la fe, la esperanza y la caridad. De esta manera, orientáis toda vuestra vida hacia Dios y, por tanto, hacia el misterio del hombre y de la historia humana concreta" (Juan Pablo II, Disc. a la Adoración Nocturna española, 31-octubre-1983).

La interioridad y la contemplación piden un silencio interior y exterior. Entonces el alma se hace disponible para amar y para saber reconocer el Amor de Cristo, escuchando interiormente sus palabras, sus indicaciones, los suspiros y gemidos del Espíritu Santo en nuestro interior.

La vida cristiana posee como nota constante y definitoria la oración y la contemplación; por eso la adoración eucarística es un modo privilegiado de "estar" con el Señor, amándole y escuchándole.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El bien de la paciencia (San Cipriano, III)

Ser pacientes y ser mansos es, en último término, imitar la paciencia de Dios.

¡Seamos imitadores de Dios!

Recibimos los ejemplos de paciencia de Dios para que nos conformemos al estilo divino.



"5. Y para mejor comprender, hermanos amadísimos, que la paciencia es virtud propia de Dios y que el paciente y manso es imitador de Dios Padre, cuando en su Evangelio el Señor daba saludables máximas y avisos espirituales para instruir a sus discípulos, habló así: “habéis oído lo que se publicó: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo declaro: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, el cual hace salir su sol sobre los buenos y malos y llueve sobre los justos e injustos. Pues si amareis a los que os aman, ¿qué recompensa tendríais? ¿Acaso no obran así también los publicanos? Y si saludareis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen esto también los gentiles? Debéis ser, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,43-48).