martes, 2 de mayo de 2023

El aceite (Elementos materiales - III)



            El aceite y la unción son usados en toda la antigüedad en muchas culturas, con carácter religioso o no, en particular en la cuenca mediterránea, donde el olivo es muy abundante, árbol típico del paisaje mediterráneo; se adapta bien a la tierra árida y sedienta, y su tronco retorcido y nudoso muestra su fuerza y longevidad.



            El simbolismo del aceite, de alguna manera, se enraíza en su naturaleza. En el mundo mediterráneo, el aceite ocupa un lugar esencial, tanto para la alimentación como para el embellecimiento del cuerpo y para su luminosidad. “Las propiedades del aceite hacen de él en la antigüedad un elemento fundamental sobre todo en ámbitos no religiosos: por ejemplo en la medicina, donde protege, cura y alivia el dolor; en el deporte, por cuanto tonifica el cuerpo y da fuerza a la musculatura; en la cosmética utilizado para purificar la piel y para conferirle esplendor, o bien unidos a las esencias como perfume”[1]. En ámbitos religiosos, las características del óleo suscitan desde la antigüedad un simbolismo variado: es signo de prosperidad, y se convierte también en signo de fiesta y bendición divina.



El aceite en el Antiguo Testamento

            El uso del aceite es muy variado a lo largo de las Escrituras y expresa realidades y situaciones distintas (abundancia, fiesta, castigo...) de Israel.

            El aceite evoca la abundancia y la prosperidad. Es el alimento esencial con el que Dios, en el Antiguo Testamento, sacia a su pueblo fiel (Dt 11,14) y cuya privación es signo de castigo (Mi 6,15; Ha 3,17); se enumera a menudo entre los dones que hace Dios a su pueblo fiel; expresa la felicidad que conocerá la comunidad de los elegidos en el mundo escatológico (Os 2,24).

            El aceite expresa también el alivio y la curación por las propiedades lenitivas  que aconsejan emplearlo como remedio (Is 1,6; Jr 8,22; Mc 6, 13; Lc 10,34; St 5,14-15), porque es considerado como una medicina capaz de devolver la salud o de aliviar los dolores y dar fuerza por sus propiedades terapéuticas gracias a su capacidad de penetrar y curar y ser un ungüento reparador; “era un procedimiento médico o paramédico del que se esperaba la curación o, también, un cierto alivio. Se curaban con óleo las llagas y las heridas”[2]. El aceite formaba parte de la farmacopea de los antiguos. Los rabinos se preocuparon de determinar los casos en los que se podía hacer una unción de aceite y vino en sábado. Así, según el Talmud palestino se permitía a condición de que la preparación se hubiese realizado la víspera[3]. Incluso es utilizado en la purificación del leproso según el ritual (Lv 14,15-18. 26-29).

            El aceite evoca la luz como combustible que se consume al iluminar (Ez 27,20; Mt 25,3-5) y es empleado en la cocina para preparar alimentos o condimentarlos (Ex 29,23; Lv 2,4) o para freír (1Cro 9,31; 1Cro 23,39; Lv 2,5). “Para condimentar las comidas se usaban el aceite de oliva y la sal. El aceite se producía especialmente en Galilea, como se deduce de la bendición de Aser (Dt 33,24)”[4].

            Perfumado, el óleo da suavidad, belleza, frescura; mantiene tersa la piel y la fortifica. Mezclado con esencias perfumadas, el óleo es utilizado en las festividades, símbolo de fiesta y alegría, de riqueza y felicidad (Prov 27,9; Sal 132,2; Is 61,3; Am 6,6). Pero privarse del aceite perfumado, unido al ayuno, va unido a la tristeza o al duelo (Dn 10,3; 2S 12,20; Mi 6,15).

            El aceite es derramado para consagrar algo al Señor, dedicarlo en exclusiva a Él, como memorial de su acción salvífica: por ejemplo, Jacob en Betel (Gn 28,18; 35,14) o Moisés en la Tienda del encuentro y el altar de los holocaustos (Ex 40,9-10).

            Por su utilización en los ritos consecratorios, el óleo simboliza la profundidad y la plenitud de la consagración que hace pasar del mundo profano al mundo sagrado. Así, la unción real expresa el poder de la elección divina (1S 10,1; 16,13; 2R 9,6; 1R 1,39)[5] y así queda coronado el rey a la espera de los tiempos de la salvación en que el verdadero Rey será el Mesías, el Ungido. También en la consagración del sacerdote se derrama el óleo. Sumemos también la unción de los profetas (1R 19,16; Is 61,1). “El óleo es sustancia viscosa que se impregna, así como la unción simboliza una transformación íntima y permanente de la persona, una consagración y la transmisión de una fuerza sagrada. La unción de reyes y sacerdotes no es propia sólo de Israel, sino también de otras culturas religiosas del antiguo Oriente”[6].


En el Nuevo Testamento

            En cuanto al Mesías (que significa ungido), es aquél que ha recibido la plenitud de la unción real. Jesús se califica a sí mismo de Mesías (cf. Lc 24,46), tal como lo reconoce la comunidad apostólica (Hch 2,36; 10,38) y que, junto al nombre de Jesús, se convertirá en el nombre propio del Señor. La unción es como el vehículo del Espíritu de Dios, que reviste de la fuerza necesaria a las personas que el Señor ha elegido para una misión. Siendo Jesús el Ungido por excelencia, se señala así cómo por la unción del Espíritu Santo realiza la misión de sacerdote, rey y profeta.

            El Nuevo Testamento habla también de manera simbólica de la unción del cristiano para designar el don del Espíritu (2Co 1,21; 1Jn 2,20. 27[7]).

            Cabe recordar asimismo la utilización del aceite por los luchadores que se embadurnaban de él para resbalar fácilmente entre las manos del contrincante, y su empleo por los deportistas en los masajes. Da fuerza y agilidad a los músculos antes y después de las luchas y actividades.

            Pero un uso nuevo, no estrictamente médico o terapéutico sino claramente espiritual para la salvación de cuerpo y alma es la unción a los enfermos que hallamos en Mc 6,7.13 y en St 5,14; no tiene solamente un fin médico; es también salvífico.Es un poder mayor, no únicamente médico, el que consigna el evangelio de Marcos: los apóstoles lo ejercen al expulsar los demonios y al ungir a los enfermos (Mc 6,13). Según el contexto, Jesús les dio expresamente este poder para ello (Mc 6,7). A diferencia de Jesús y siguiendo la costumbre de la época, los Apóstoles deberán usar el óleo para la unción, y deberán ejercer no un poder originario y personal, sino un poder derivado de Jesús.

            La carta del apóstol Santiago, entre los consejos a las distintas situaciones de los miembros de la comunidad cristiana, prescribe qué hacer cuando uno está enfermo, postrado, situaciones que se viven en la espera de la parusía del Señor. Los presbíteros de la Iglesia, llamados por el enfermo, han de orar sobre él (al estar acostado) y a esta palabra de fe corresponde el signo de la unción. Se da una primacía de la oración sobre la acción de ungir[8] evitando una acción mágica o supersticiosa: su virtud curativa se da en función de la oración de fe. Con mucha naturalidad se recomienda esta acción sobre el enfermo (oración y unción), lo cual hace suponer que se basa en una praxis vigente en las comunidades de la región en que escribe el autor. Santiago recomienda un uso bien establecido en las comunidades a las que escribe, sin inventar rito alguno, ya que para estas comunidades judeocristianas el óleo bien podía representar (hacer presente) la vida eterna.


El aceite en la liturgia cristiana

            Era una prolongación natural que el aceite, usado en la vida de Israel y mostrado en la Escritura, se integrara en la liturgia cristiana como elemento creado puesto al servicio del orden de la Gracia. Tan sólo una visión panorámica, sin entrar en detalles, nos puede orientar en los distintos óleos y sus usos litúrgicos.

            Desde el principio, y a tenor de lo prescrito por la epístola de Santiago, el óleo era la materia central del sacramento de la Unción de enfermos. Una vez bendecido, durante el primer milenio era habitual que los fieles mismos, a modo de sacramental probablemente, se lo llevasen en caso de necesidad y se lo aplicasen o lo degustasen y, en los casos más graves, fueran los sacerdotes hasta el enfermo a rezar sobre él y ungirlo.

            El rito sacramental se va centrando, cada vez más, en la presencia del sacerdote que reza, impone las manos al enfermo y lo unge con una fórmula sacramental. En el rito romano, al vincularse la Unción con el perdón de los pecados y la penitencia, se retrasa el momento de su realización hasta después del viático, convirtiéndose en “Extremaunción”, ungiendo los miembros y sentidos del enfermo-agonizante con sentido penitencial; así hasta la reforma litúrgica emanada del Vaticano II en que el sujeto puede ser ungido cuando hay un peligro grave para su vida (por enfermedad o una ancianidad que lo debilita), ungiendo en la frente y en las manos y con una fórmula sacramental que invoca la gracia del Espíritu Santo para que lo ayude, lo libre de sus pecados y le conceda la salvación.

            Tras el bautismo un óleo diferente, el de acción de gracias, era administrado por los presbíteros y a continuación el Obispo crismaba a los neófitos[9]. En los ritos de la iniciación cristiana, el óleo comunicaba el don del Espíritu Santo. Abundan los testimonios en este sentido. No tardó mucho en unificarse esta doble unción post-bautismal, quedando reservada la Crismación al Obispo para la comunicación del Don del Espíritu, en la misma celebración bautismal o diferida en el tiempo. Cuando se generalizó casi exclusivamente en Occidente el bautismo de infantes, éstos eran ungidos con Crisma a la espera de que el Obispo confirmase esta unción inicial, otorgándoles el Don del Espíritu Santo; en Oriente, sin embargo, el párvulo es crismado por el sacerdote en el bautismo y recibe también la Eucaristía.

            En el rito romano, a partir de los siglos XIII-XIV, se confiere una unción con el crisma en la cabeza del párvulo recién bautizado, y se difiere el sacramento de la Confirmación a un momento posterior (uso de razón, juventud...) a la espera de que sea el Obispo quien lo celebre. Con la unción con el santo Crisma, la configuración del cristiano con Cristo es plena mediante el Espíritu Santo, y es constituido por el Bautismo en sacerdote, profeta y rey, consagrado a Dios.


           El sentido de consagración que tiene el santo Crisma llevó a incluirlo, no como materia sacramental, en el sacramento del Orden para los obispos y presbíteros en el rito romano, aquellos ungidos en la cabeza, éstos en las manos. Fueron ritos añadidos en la Edad Media.

            Llegó un momento, por influencia hispano-mozárabe, en que el rey era  y también ungido; rito que “pasó a Francia y de allí a la liturgia romana, que amplió notablemente el rito con la entrega de la espada, del cetro, del pomum o globo de oro, símbolo del mundo, y la imposición de la corona real o imperial...”[10].

            El altar y los paramentos de un nuevo templo recibieron, con las influencias franco-germánicas, la unción con el crisma, cuando antes, en la tradición romana, se consideraba suficiente la Oblación eucarística. Se recogía así un rito expresivo, muy visual, de la tradición bíblica para el altar cristiano y la basílica: queda consagrado a Dios. Pero poco a poco se va complicando su realización ritual. Se da, además, un paralelismo evidente entre la iniciación sacramental del cristiano (baño, unción, vestidura, cirio, comunión eucarística) y la dedicación de la iglesia (aspersión, unción, vestición del altar, iluminación del templo, celebración eucarística).

            Uso hermoso y significativo es verter el Crisma durante la plegaria de bendición del agua bautismal. En el rito hispano-mozárabe, después de exorcizar las aguas, se derrama el óleo; “las aguas bautismales son santificadoras porque están santificadas por la presencia del Espíritu Santo. Por eso, Ildefonso ve en esta mezcla del óleo con las aguas la presencia del Espíritu Santo”[11]. Los ritos orientales, por su parte, incorporaron la infusión del myron durante la plegaria de bendición del agua bautismal.

            Esta infusión del óleo en las aguas bautismales es conocida en el rito romano y va adquiriendo mayor desarrollo. Con el OR XI (n. 94) y el XXIV se prescribe la infusión del santo crisma por influencia de la Galia y España como un signo visible del descenso del Espíritu sobre las aguas. No tardó mucho en ampliarse el rito: en el Ordo XXX B la infusión se realiza con el crisma mezclado con óleo de los catecúmenos y así se realiza, en muchas diócesis, durante la Edad Media, variando sólo las fórmulas o la forma ritual (con la mano, con una pequeña varilla metálica, con una espátula). La infusión del crisma y el óleo de los catecúmenos en la bendición del agua bautismal, duró en el rito romano, hasta el Misal romano de 1970 que simplificó los ritos durante esta plegaria[12]. Esto hace que el rito romano en la actualidad sea uno de los pocos cuya bendición del agua bautismal no emplea el signo de la infusión del santo crisma.

            Finalmente, un tercer óleo, llamado algunas veces “óleo de exorcismo” y comúnmente ahora “óleo de los catecúmenos” –en Oriente, óleo de alegría-, destinado a las unciones de aquellos que se preparan a la Iniciación cristiana. Es ésta una unción de combatiente; fortifica al catecúmeno para la lucha suprema contra las potencias del mal, disponiéndolo a la renuncia a Satanás, a la profesión de fe cristiana y a sumergirse en las aguas bautismales. Antes de bendecir el agua bautismal, los catecúmenos reciben una unción pre-bautismal.


Aceite empleado hoy en la liturgia santa

            Tres óleos o aceites distintos son los empleados en la liturgia. El santo crisma es aceite puro de oliva mezclado con bálsamo y esencias aromáticas, para ser un perfume penetrante, de buen olor. El óleo de los catecúmenos y el óleo para la unción de enfermos son de aceite de oliva o también pueden ser de otro aceite vegetal.

            Son el elemento fundamental para las unciones sagradas de distintos ritos y sacramentos. Se guardan en frascos cerrados y en un lugar digno. Normalmente se empapa un algodón de este aceite y se moja los dedos en él. Para ganar en expresividad es preferible usar los óleos durante la celebración en tarros de cristal, dignos, que se vea que es aceite, no algo mágico.

            El aceite para la unción de los enfermos lo puede bendecir el sacerdote si no tiene a mano el óleo bendecido por el obispo: en este caso se bendice óleo suficiente para ungir al enfermo en la frente y en las manos y lo que sobre se empapa en un algodón y luego se quema.

            Los aceites consagrados se cambian cada año. En la Misa crismal, cercana la Pascua, se bendicen los óleos por el obispo para que los ungidos con Él gocen de la vida nueva de Cristo. Además se guardan con honor y reverencia, según la costumbre cristiana, en el baptisterio y, si no, en un lugar digno de la sacristía.





[1] F. TRUDU, Le unzioni, RPL 2009 (5), n. 276, p. 34.
[2] N. PEDERZINI, L´Unzionedegliinfermi..., p. 12; cf. R. ZANCHETTA, Malattia. Salute. Salvezza. Il rito come terapia,EdizioniMessaggero, Padova 2004, p. 215.
[3] Cf. E. COTHENET, La guérisoncomme signe du Royaume et l´onction des malades (Jc 5,13-16), en AA.VV., La maladie et la mort du chrétiendans la liturgie. Conférences Saint-SergeXXIesemained´étudesliturgiques, Paris-1974, CLV-EdizioniLiturgiche, Roma 1975, p. 113.
[4] A. SACCHI, Comida, en NDTB, p. 297.
[5] Cf. A. KNIAZEFF, Les ritesd´intronisationroyale et impériale, en AA.VV., Les bénédictions et les sacramentauxdans la liturgie. Conférences Saint-SergeXXXIVeSemained´EtudesLiturgiques, Paris 1987, CLV-EdizioniLiturgiche, Roma1988, pp. 129-130.
[6] F. TRUDU, Le unzioni..., p. 35.
[7] Cf. I. DE LA POTTERIE, L´Onction du chrétienpar la foi,RevueBiblique 49 (1959), pp. 12-69.
[8] J. FEINER, Enfermedad y sacramento..., p. 476.
[9] Cf. M. GARRIDO BOÑANO, Curso de liturgia romana, BAC, Madrid 1961, p. 385. En la Traditio, “después de haber sido bautizado un catecúmeno, un sacerdote le unge con óleo que ha sido santificado. Una vez que ha entrado en la iglesia el neófito, el obispo le impone las manos y recita una invocación para impetrar sobre el neófito la gracia, y luego le unge la cabeza con óleo santificado y el da el beso de la paz”, ib., p. 388.
[10] M. GARRIDO BOÑANO, Curso de liturgia romana..., p. 428.
[11] J. M. HORMAECHE BASAURI, La pastoral de la iniciación cristiana..., p. 111.
[12] Cf. J. GIBERT, Los formularios de la bendición del agua en el “Ordo baptismiparvulorum” y en el “ordo initationischristianaeadultorum”, en EL 1974, pp. 308-309; R. AMIET, La Veilléepascaledansl´Église latine – I. Le riteromain, Du Cerf, Paris 1999, pp. 343-347; J. PASCHER, El año litúrgico, BAC, Madrid 1965, p. 184; H. A. P. SCHMIDT, Hebdomada sancta, Vol. II, Herder, Romae-FriburgiBrisg.-Barcinone 1957, pp. 860-861.

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