miércoles, 9 de noviembre de 2022

Palabra y silencio en la revelación (Silencio - XI)



Pero es necesario, aún más, ahondar en el silencio y su relación con la verdadera teología, porque de aquí saldrá el esbozo fundamental de qué es la teología y el valor del silencio como elemento contemplativo en un continuo recibir, escuchar, contemplar. Interrelación constante: Palabra y silencio, teología y silencio, contemplación y donación. Seguimos aquí la reflexión de von Balthasar[1].

            Con la hondura habitual de este teólogo, el autor examina la relación entre la Palabra y el silencio, algo específicamente propio de la experiencia cristiana. Hay, en general, un deseo de silencio: “En todas las religiones se da un hastío de la palabra y una fascinación por el silencio”[2].



            El cristianismo parte de la revelación de Dios mismo, de su plenitud en Jesucristo y de un hecho histórico: Cristo nacido, muerto y resucitado. Con palabras ha de transmitir y predicar y, sin embargo, le es connatural también el silencio porque está tratando de los misterios divinos. “Muy pronto, en el primer paso que se da después de la época de los Apóstoles, en Ignacio de Antioquía, el silencio levanta su cabeza por encima de la palabra; y lo hace con unas fórmulas tan definitivas, que no han sido jamás superadas y que apenas se han vuelto a alcanzar alguna otra vez en el cristianismo”[3].


            Balthasar aduce como prueba algunos textos de S. Ignacio de Antioquía, a cual más hermoso:

            “Es mejor callar y ser que hablar y no ser. Bueno es el enseñar, cuando se hace lo que se dice. Sólo Uno es, pues, Maestro: el que dijo y se hizo. Pero también lo que hizo en silencio, es digno del Padre. El que posee verdaderamente la palabra de Jesús, puede oír también su silencio, a fin de que sea perfecto, a fin de que actúe por lo que dice y sea conocido por su silencio” (A Ef., 15,1-2).

            [El Padre] “el cual se ha revelado por medio de su Hijo Jesucristo, que es su Palabra salida del silencio” (A Magn., 8,2).

            Los grandes misterios de Cristo han ocurrido también en el silencio: “tres misterios que hablan en voz alta y que fueron realizados en el silencio de Dios” (A Ef., 19,1), como son la concepción y nacimiento virginales y la muerte en cruz. La experiencia del Misterio supera las palabras.

            Con san Clemente de Alejandría tenemos ya el principio de una teología negativa que sabe que no puede abarcar a Dios ni comprenderlo por completo ni decirlo por entero. “El Logos hecho hombre es, empero, el que nos saca de nuestros límites abriéndonos a la realidad inaprensible de Dios”[4], como escribe san Clemente de Alejandría:

            “Una vez que hemos quitado todo lo que se adhiere a los cuerpos y a las llamadas cosas corporales y nos sumergimos en la grandeza de Cristo para desde allí acceder con santidad hasta lo infinito, entonces nos acercaremos de alguna manera a la percepción del Todopoderoso y conoceremos no lo que Él es, sino lo que no es” (Strom., V, 71,3).

            Todo viene dado por la Palabra, Palabra única y definitiva, que hay que escuchar y acoger, y ante esta Palabra, enmudecen las palabras, guardando silencio. Como dice Orígenes:

            “Toda palabra de Dios, que en el comienzo estaba en Dios…, es algo distinto de las palabras. La palabra es algo uno compuesto de múltiples sentencias, pero ninguna de esas palabras es Palabra: El que habla las cosas verdaderas, aun cuando hablase sobre todo y no dejase fuera nada, sólo diría, sin embargo, una sola cosa. Los santos, que siempre se atienen únicamente a la Palabra Única como meta, no hablan mucho” (In Ioh., ev., V,4-6).

            O como dice también san Agustín:

            “En el principio era la Palabra. Esto sólo puede entenderse sin palabras; no se entiende con palabras humanas. La Palabra es una cierta forma sin forma, pero que es la forma de todas las cosas que tienen forma… Todo se encuentra en ella; y, sin embargo, como es Dios, todo se encuentra asimismo por debajo de ella. Hemos dicho cuán incomprensible es lo que fue leído; pero no lo hemos leído para que el hombre lo comprenda, sino para que se duela de no comprenderlo y se aplique a percibir la Palabra inmutable… Hablamos de Dios; ¿qué extraño, pues, que no comprendas? Si lo comprendes, no es Dios. Tocar un poco a Dios con la mente es una gran felicidad; pero comprenderle es imposible… La Palabra se hizo carne para alimentarnos con la leche de los menores de edad” (Serm. 117).

            Lo más sólido es la acción con que la Palabra se hizo carne, y esta acción es una palabra silenciosa. Para san Agustín la palabra y la respuesta que se dan entre Dios y el hombre, entre Cristo y la Iglesia, rebasan hasta tal extremo lo decible, que las palabras se disuelven en una alabanza sin palabras. Y es también san Agustín quien afirma que “todas las palabras de la revelación se concentran en una única palabra, la caridad, que habla más por hechos que por palabras”[5].

            La Palabra de Dios brotó históricamente de la callada ocultación de Dios, como muy bien lo entendió S. Ignacio de Antioquía, como antes, en la predicación paulina: “según la revelación del misterio mantenido en silencio por tiempos eternos” (Rm 16,25), misterio “que no fue dado a conocer” (Ef 3,4) a las generaciones pasadas como lo ha sido ahora, por Cristo, en el Espíritu. Pero es más que la palabra positiva de la Escritura o incluso que su muerte redentora, es la “incalculable riqueza del misterio de Cristo” (Ef 3,8-9) y la realización de ese misterio oculto.

            Si antes la Palabra fue mantenida en silencio, ahora tras la revelación es de tal forma superabundante que nos deja callados y admirados: nos queda conocer cuánto supera el amor al conocimiento, es decir, abandonar el propio conocimiento para ser poseídos por el conocimiento de Dios. Esto es obra del Espíritu de la Verdad.



[1] H. U. von BALTHASAR, “Palabra y silencio”, en Verbum caro. Ensayos teológicos I, Madrid 1964.
[2] Balthasar, “Palabra y silencio”, 167.
[3] Id., 171.
[4] Id., 173.
[5] Id., 177.

No hay comentarios:

Publicar un comentario